Aún le quedaba por consumir el último segmento de la vitola Churchill que atrapaba
con delicadeza entre el índice y el del medio de su mano derecha, era esa, ni
más grande, ni menor; la que le producía la justa satisfacción y comprobaba que
el tiro de aquellos cigarros, a pesar de ser baratos, era bueno.
Otros, del mismo precio, exhibían una capa rugosa producto del uso de hojas
despalilladas y cortadas con evidente descuido de los productores. Algo
imperdonable para un fumador de habanos que se preciaba de poseer cierta
experticia. Era, en Él, una costumbre.
En menos tiempo del necesario para que el cigarro se convirtiera en un
montón de cenizas y su aroma se hubiese difuminado en el ambiente para pesar
de muchos y personal placer, terminó de leer aquella novela de una escritora
novel y primeriza en el afán de contar historias. Suele suceder que los novatos irrumpen con una fuerza aguijoneada por la necesidad de
deslumbrar y ante los anaqueles atestados de las librerías, los consumidores de
ficción apuestan por nombres conocidos; sería pecaminoso
arriesgarse a emplear tiempo en tratar de descubrir. Para eso están las
editoriales. Él, también lo pensó muchas veces, pero no dejó que la duda lo
intimidara.
Entonces tomo la decisión. Auscultó la referencia en la contraportada ―el
tema se le anunció algo trillado y bajo el efecto de un “boom”― pero le pareció
interesante que lo hubiese tenido en cuenta una mujer y no un hombre, porque la
mayoría de las veces el asunto era de hombres y las mujeres, un
adorno formando parte de una escenografía erótica: narcotráfico.
Había una acotación, posiblemente sugerencia del editor
de contenidos, en la que se hacía referencia al acertado tratamiento
psicológico de los personajes, víctimas y sumidos en la necesidad insoslayable del
consumo de estupefacientes. Podía ser algo distinto a lo clásico del tema
aunque sin muchas variaciones; tiroteos, estafas, agentes y funcionarios
banales y corruptos, traiciones, venganzas y muerte por ajusticiamientos tras
consabidas torturas; ahí, la justicia es más falsa que la de la clásica imagen
con los ojos vendados para denotar imparcialidad en el intento de sostén de una
balanza en equilibrio.
Trescientas y tantas páginas en formato común e impresas en tipos lo
suficientemente grandes y en espaciadas líneas; todo como para hacer más agradable
y digerible la lectura. Pero aún, Él no estaba seguro de que el costo cubriera
los riesgos de enfrentarse a la autora de una primera novela y que de paso quedara satisfecho, eso; estaba por verlo. Él, era un lector voraz pero
también gustaba de escribir. Había llegado a un intento de abordaje de la
literatura ―por mucho que se intente, es imposible ― en que sin
considerarse un experto, por lo menos poseía el conocimiento para poder discriminar
entre lo bueno y lo malo transitando la mediocridad de otros tantos.
Sabía que el escritor se entrena a
través de la lectura y por eso se desataba en Él la curiosidad del juicio:
escritor que no lee es como atleta que acude a la competencia sin
entrenamiento y la frustración de la derrota, el reconocimiento ad infinitum de su ignorancia. Paradigmas, siempre existen; pero
serán como el azogue de un espejo en el que la imagen refleja algo que no se puede
conseguir porque la visión apunta con un índice amenazante que posee una doble
y contradictoria lectura: trata de ser tú mismo o nunca serás como lo que soy…
Es una cuestión de tergiversación inevitable a niveles corticales, eso creía, porque
al observarse sólo imaginaba y la distorsión, era una convicción inalterable.
Le sucedió lo que esperaba. El primer tirón lo llevó desde el preámbulo de
las primeras líneas hasta más allá de la mitad, luego, en dos más y un par de Churchills de por medio, uno de ellos inconcluso, se durmió por voluntad en lo
que meditaba en que la calidad del producto ―como en el caso de sus habanos― no
siempre está en razón de la experiencia. El resto de las páginas serían consumidas muy pronto, tanto como la propia cadencia lo imponía. Se incorporó
y lo primero que tomó entre las manos fue aquel libro para retomar la lectura
mientras preparaba el café y concluir que en las horas siguientes no habría nada
capaz de distraerlo. Ni siquiera, el azulado humo de su puro en espirales dando
vueltas alrededor de su cabeza.
Es cierto, pensó Él, que la ficción lo es antes de ver la luz en la mente
de quien la crea, pero también realidad a pesar de la creatividad y los
entuertos de eso que llaman estilo. Parece ser
así hasta en el caso de la ciencia-ficción. Luego, vino sin intentarlo y de su
recuerdo, aquella vez en que se tropezó con Kafka después de haber escuchado
en su salón de clases a un profesor al que tenía por infalible, y; en los
estantes de un zaguán donde un anciano de barba blanca y larga vendía libros de
segunda mano.
― ¿Y a usted, joven, le interesa eso?, dijo el librero señalando el ejemplar que
Él sostenía en una de sus manos.
― Es curiosidad, acotó Él. Lo único que sé, es que puede resultar difícil
la lectura, pero me gusta armar rompe-cabezas…tal vez esté comprando uno que ya
fue completado de antemano.
― ¿Qué le debo?
― Deme lo que quiera, no sé qué tiempo lleva ahí…aquí la gente viene en
busca de novelitas rosa, de aventuras y policíacas y de eso, cada vez me queda menos.
El viejo librero hizo una pausa, se exprimió la barba con la diestra, para después sacudirse los pelos que le quedaron pegados al anverso en ademán de
aplauso y deshacerse de ellos mediante el uso de ambas, tal vez, pensando que si le quedaba
tiempo lo recogería todo, metería los libros en cajones y de vez en vez, poder darse al efímero placer de releer algo que no fuera comercial a pesar de ser
trascendental.
Él, sacó de la bolsa un par de pesos
arrugados que el hombre ni siquiera miró.
― Gracias, vaya a desarmar el rompecabezas y si lo consigue, esos que tanto le
gustan los encontrará inútiles… siempre suelen
terminar en imágenes bellas de un paraíso
inexistente.
― Éste viejo es un filósofo, se dijo en voz muy baja y a sí mismo. ¿Se habrá leído todo
lo que la gente no compra?
Estaba seguro de que el hombre no lo escuchó, porque cuando había avanzado unos
pasos, miró de soslayo y lo vio acariciándose la barba, sentado en el
banquillo del que no se había movido, ahora, con ambas manos y dejando que se
acumularan pelos como alambres sobre el objeto final de su mirada entre los
pies. ¿Pensaría en marcharse?, y, ¿en qué forma? ¿Lo haría definitivamente o para volver? Él,
no podía saberlo.
Salió de allí con “El Proceso” bajo el brazo y cuando lo enfrentó, terminó
por solidarizarse con “Joseph K”, llegó a sentir la hoja del puñal clavada por “la
justicia” en su pecho como una suerte de sentencia que pende sobre todos sin
que seamos conscientes.
Basta ya de disquisiciones en soliloquio, pensó. Pero se percató de que
lo leído en aquellas páginas de la novela que ahora lo atraía, guardaba una
estrecha similitud con su propia vida. Salvando las distancias y los escenarios,
era algo demasiado parecido, inclusive, muy familiar. En ese instante
comprendió el por qué de los involuntarios giros del pensamiento cuando la
lógica de la voluntad precisa de otras cosas. La relación con aquellos
recuerdos apuntaba a un vuelco capaz de hacerle tomar conciencia de su propio
infierno y entendía mejor la razón de acercarse al final de la historia, su
historia; que apenas conocía por haberla tratado de evitar tantas veces. Tuvo la
tentación de adelantarse, pero no lo hizo. El hechizo de las interrogantes no
debe quedar roto, es parte del estímulo y…todo a su tiempo.
Cuando llegó al final no tenía nada que concluir, sabía que iba a morir
solo y que sus pecados no serían perdonados, al menos, en el mundo que iba a
dejar… y de otros, la duda infalible lo había obligado a desentenderse para poder convertirse en pecador a discreción y voluntad. Ahora estaba
convencido de que la confesión voluntaria, aquella que se vierte en la virginidad de
una cuartilla en blanco, es la única real. Nadie se miente a sí mismo y menos al
despedirse, otra confesión que implica elaboraciones es esencialmente perversa
porque tiende a la justificación. No hay culpa sin motivo: mal que bien, es
así y la respuesta suele aparecer sin aviso, en el encontronazo con
realidades dirimidas a futuro, impredecibles.
Él, había creído encontrarla muchas veces bajo diferentes circunstancias; de manera diversa, coloreada entre los tonos del placer y la exuberancia de
cuerpos deseados, pero en cualquier caso era parte de una historia inconclusa
en la que los años se mezclaban con recuerdos para hacerla difusa en su cerebro en el que se producía un acto de discriminación involuntaria.
Cuando Él cerró aquel libro volvió a leer la minuta en la contraportada, era
su costumbre; pero se percató de que la historia era diferente a otras
similares en las que los héroes transgreden el infinito de las posibilidades y
el final es predecible. Entendió mejor. Había pagado por una novatada capaz de producir réditos, de motivarlo a desdeñar clichés, empujar mamparas hacia predios de luz y no de sombras y a derrumbar muros resquebrajados a consecuencia de la humedad acumulada en su interior.
Él, se sirvió otro café y mientras lo disfrutaba arrimando los labios al borde
frío de la tasa, se dispuso a dar término a su vitola Churchill ― quemarse,
pensó, !que inmerecido destino para un apellido ilustre y conspicuo! Entonces,
Él sólo imaginó la genialidad que entraña una lectura buena acompañada por el efecto
de la nicotina… nada más.
Entretanto, Él optó por la espera... como en la imagen de la diva que hizo de la canción una ilusión y sostenía entre sus dedos la boquilla… envueltos sus encantos por un tul sugerente que arropaba el ensueño.
Entretanto, Él optó por la espera... como en la imagen de la diva que hizo de la canción una ilusión y sostenía entre sus dedos la boquilla… envueltos sus encantos por un tul sugerente que arropaba el ensueño.