lunes, 22 de diciembre de 2014

EL REY DE LOS OSTIONES. (Relato)


                                                              I
Ismael era, entre muchos, uno más. Nunca se desveló por ser un tipo estudioso, ni se interesó por trascender los vínculos que lo ataban a su origen familiar, típico de gente enraizada en un ambiente pueblerino. Era el segundo de cuatro hermanos, pero en su entorno, algo diferente de los otros tres.

Desde que tomó conciencia de la independencia que trae consigo la adolescencia decidió que no sería igual a su padre: un hombre de trabajo. De la madre tampoco heredó sus buenas costumbres, su eterna vocación de ama de casa le parecía anodina y concluyó que su existencia no debía ser tan breve como la de ella que murió siendo él, aún, niño.

Se llevaba bien con sus hermanos pero nunca aceptó el papel que su hermana mayor asumió a la muerte de su progenitora y se hacía ideas acerca de cómo desentenderse de su tutela. Las cosas que se le ocurrían solían concurrir para terminar en la misma disyuntiva: carecía de independencia económica para alzar el vuelo, abandonar la casa e independizarse.

La relación con su padre era muy elemental. El viejo quería convertirlo en carpintero, un hombre de oficio como el suyo, que le permitía ufanarse de su honradez y del respeto que inspiraba entre los que lo conocían; Ismael le escuchó decir muchas veces: tienes que ayudarme, hacerte un hombre de bien para que aprendas lo que yo sé y puedas mantener una familia cuando la tengas.

Pero Rosendo se daba cuenta que cuando Ismael trataba de aserrar una tabla, los cortes le quedaban sesgados e inexactos y, peor aún, si intentaba clavar clavos, se martillaba los dedos. Al cumplir los quince años los dos estaban seguros que la carpintería no era lo suyo.

Cuando empezó a salir de noche y en un pueblo donde los destinos eran limitados, se hizo asiduo visitante de los plantes de jugadores de barajas, dominó y ciló. Se dio cuenta que aquello le apasionaba y al igual que los compinches congregados, podía ganar mucha plata. El desempeño de los tahúres no le parecía criticable, se jugaban lo suyo y se imponía el que más sabía aunque la mayor parte de las veces no fuera en buena lid. Ni idea tenía de la compulsión irrefrenable que la ludopatía alienta entre sus víctimas.

Cuando logró contar con un poco de dinero hizo lo que siempre había querido; abandonó la abrumadora rutina del día a día, predecible y sin sorpresas en que creció y se largó a un poblado colindante sobre la costa donde la cercanía del mar prohijaba a los intrépidos que como él estaban dispuestos a jugarse algo más que la fortuna. Pescadores de ostiones en La Isabela eran casi todos y se convirtió en uno de ellos, aunque con ciertas diferencias.

Ismael no aprendió lo de los ostiones por tradición familiar, ni tenía prole que mantener; mujeres tenía varias, se le daban fácil y siempre ponía el ojo en las que no querían compromisos indisolubles, más bien hombres que les satisficieran, las mantuvieran de buen ver y con el que pudieran exhibirse para dar celos a las que les habían antecedido y evitar a toda costa que aparecieran otras mientras era posible atisbar algo mejor. El ciclo del mujeriego no suele interrumpirse y para la de turno es un reto desde el inicio de la relación. La obligación, contrariamente, se produce en consecuencia de circunstancias inconcebibles de antemano y aparece, únicamente, cuando el zapato entra en horma. Para él, era inaceptable cualquier situación que estableciera límites a su libertad.

Muy joven, a los veinte, ya había conseguido cierto reconocimiento en el negocio de los ostiones; tenía a su disposición un grupo de muchachones que los recolectaban a puro pulmón en el arrecife coralino entre La Isabela y Cayo Esquivel, riesgo que corrían por ganarse unos pesos para comer, tomar ron y jugárselo en los garitos donde Ismael, que les pagaba; se hacía nuevamente con buena parte del dinero.

Ningún tahúr de categoría es ajeno al arte de la trampa como vehículo de su envidiada suerte y aquellos jóvenes imberbes que se sentaban a la mesa de dominó o a jugar las cartas, nunca se dieron cuenta que Ismael siempre ocupaba el mismo puesto porque detrás del que tenía enfrente había un espejo capaz de reflejar las fichas de su pareja o las barajas de su adversario. La silla era su trono y se la respetaban, a veces; cuando las apuestas no eran muy fuertes, se dejaba ganar por aquello de que: entre col y col, una lechuga.

Su tarima de la playa era muy concurrida, vendía bien y manejaba a su competencia con aderezos que los otros no ofrecían y así, engrosaba su clientela. Luego pagó soborno a las autoridades, ávidas de cobrar el barato y empezó a vender cerveza y ron y…a emplear muchachas de buen ver capaces de exhibir sus atributos entre ropajes de poca tela. Para ese entonces ya era el más próspero de los ostioneros de La Isabela y se adentró en el comercio del molusco y sus secretos; nada menos que para venderlos a distribuidores y en puestos de la capital.

Antes de cumplir los veinticinco y sin haber vuelto a saber de la familia, se enteró que Rosendo había muerto de un ataque al corazón, que su hermana mayor se había juntado con un guajiro analfabeto, muy trabajador, según le contaron y que se dedicaba a velar hornos de carbón en los montes cerca de Caibarién. Su único hermano varón se alistó de recluta voluntariamente en el ejército y la hermana menor estaba loca. Vaya familia la mía, pensó, razón tenía para haberla abandonado; un tipo con sus pretensiones no era merecedor de hacerse cargo de tal desastre. Seguía aferrado a la idea del éxito que conseguir el dinero trae aparejado y los placeres carnales obtenidos en el manoseo de cuerpos desinhibidos y voluptuosos, parecían darle la certeza de sus decisiones. El chulo Ismael regentaba diez puestos en la playa de su medio local y había abierto tres en diferentes lugares de La Habana. Luego serían más.

Ya para entonces, sus viajes de negocio a la gran urbe eran frecuentes. Cobraba el dinero de las entregas en efectivo y estas llegaban a sus lugares de destino en paneles, sino refrigerados, cargados de neveras con hielo seco que en recorridos de ocho a diez horas, mantenía la carga en perfecto estado. Lo mismo le vendía a los gallegos de los soportales del Prado, a los chinos del Mercado Único o a los guajiros, gente de su mismo origen, en la Playa de Marianao. Solían ser los más torvos y regateadores a la hora de pagar, pero por aquello de que perro no come perro, sabía cómo manejarlos.

A Ismael le gustaba alojarse en hoteles de poca monta, después de todo, su concepción de la civilidad no se había aguzado ni siquiera como resultado de los fajos de billetes que cargaba en los bolsillos y en los hoteluchos del centro, no tenía que esforzarse para justificar o vulnerar la entrada en unión de las putas de las que se hacía acompañar. Siempre tuvo suerte, sabía desempeñarse en ese ambiente… hasta un día. Pasado de copas se metió en el cubil y en la cama con una meretriz que lo desfalcó; se quedó dormido y cuando despertó ya no había ni dinero, ni prendas y mucho menos rastro de la que hizo la noche con él.

Se maldijo mil veces bajo la regadera; mientras, despotricaba en contra de  la escurridiza y su ascendencia, haciéndolo en alta voz para tratar de acorralar su incapacidad de venganza al escucharse y terminar concluyendo que aún le quedaba el dinero de la venta de los puestos sin colectar; suerte para él haber pagado por adelantado el alquiler de la habitación, de lo contrario hubiera tenido que fugarse por una ventana y al asomarse a la única que había pensó que hubiera sido un suicidio involuntario lanzarse desde aquel segundo piso de puntal tan elevado.

El viaje de regreso a La Isabela donde tenía una casa grande, de madera, vieja y con pocos muebles y en la que siempre lo esperaba la amante de turno y la mesa de juego cerca de la pared donde estaba el armario con puertas de cristal y el espejo de las trampas; lo hacía  en ómnibus de una compañía que por el color naranja de los mismos llamaban La Mandarina y cuyos destinos eran los territorios del centro insular en que habían estaciones importantes. Ese día, en los asientos paralelos al que ocupaba estaban sentadas dos mujeres; una matrona pasada de los cincuenta y una bella joven, como él, en los medianos veinte. Debían ser madre e hija. La insistente mirada de Ismael le impedía dudarlo porque en los ojos de ambas se revelaba el hito del parentesco.

El ajetreo capitalino y la monotonía del paisaje, de común se confabulaban y lo sumían en involuntario y profundo sueño hasta el final del viaje. Pero esa vez no durmió y aguzó el oído lo más que pudo para tratar de enterarse lo que comentaban entre sí las dos mujeres. Pudo escuchar el nombre de la joven, María, que en el coloquio se limitaba a llamar mami a su acompañante. Si éstas mujeres dejan la guagüa antes de llegar a Sagüa, me bajo donde lo hagan, pensó decidido. Tuvo mucha suerte, los tres tenían el mismo destino pero el suyo con María, ni siquiera lo imaginaba.

                                                     II

A María no le gustaba pensar en lo que para ella era su tragedia. Había crecido sola porque entre la constante presencia de Dolores, su madre y la ausencia del padre al que solo después de cumplir los siete, alcanzó a conocer por la existencia de una fotografía maltratada por el tiempo y la desidia de su progenitora, nunca había visto.

Por intermedio de inevitables e ineludibles preguntas a Dolores supo que era un “hombre importante”, que vivía en La Habana, estaba casado y que tenía más de un medio-hermano; no sabía cuántos, porque Lolita, apócope por el que todos en el pueblo llamaban a Dolores, tampoco lo sabía. Siempre, comentarios al vuelo que la madre hacía a la hija con menos deseo que voluntad y, según pensaba, María fuera capaz de entender el egoísmo encarnado en la maldad de aquel hombre.

La relación entre madre e hija estaba originalmente marcada por una obsesiva dependencia mutua. La madre aferrada a la hija por el recuerdo del amor y la traición de la que se consideraba víctima, la hija por el apego al reconocimiento espontáneo que sentía por todo lo que aquella mujer le daba. Era hija única de ella, concebida producto de una relación frugal entre los apetitos sexuales de un hombre y el amor de una mujer que no quiso saber, jamás, de hombre alguno. Nadie se atrevía a dudar que en los tiempos de su juventud tampoco cediera a los requerimientos de otros, que no le faltaron.

La historia era simple, asumida en el tiempo y en ambiente de secreto que no lo era porque el único devaneo amoroso de Dolores tuvo consecuencia y María había crecido escuchando referencias al padre como a un fantasma que ocasionalmente y de paso por el pueblo, ya nadie recordaba. No tuvo otra alternativa que acostumbrarse a escuchar que un “señor” al que su propia madre llamaba "Él", le había dado la vida.

Cuando tenía siete años y descifraba con cierta lentitud frases muy simples que llamaban su atención, descubrió que Lolita terminaba de esconder entre las páginas de una biblia, único libro existente entre las cuatro paredes del rectángulo indivisible en que residían, una fotografía del tamaño de una postal e imagen del pecado amparado por el sagrado contenido de las Escrituras. Intrigada por la curiosidad infantil en esa etapa de los ¿por qué?, María se atrevió a pensar que el secreto de la otra parte de su existencia vivía agazapado entre las páginas del voluminoso texto que, de vez en vez, su madre abría al azar hojeando las páginas impresas en diminutos tipos para volver a cerrarlo y abrazarse a él por dos razones que se debatían entre lo que consideraba su pecado y el amor a Dios.

A pesar de haber olvidado situaciones ocurridas después de aquella, su segunda epifanía, María se hizo a la idea de irrespetar, por incontenible curiosidad, la voluntad materna y se atrevió  a hurtar la foto que con poco tiempo para reparar en ella, escondió entre sus cosas. Estaba segura que era Él y fue más lejos, sentía la necesidad de la confirmación que sólo podía ofrecerle la única persona en la que confiaba: su madre.

-Mami, ¿es Él?, ¿es mi papá?

Dolores no tuvo tiempo para reponerse del vacío que experimentó al escuchar a su hija e involuntariamente soltó el plato de losa que enjuagaba haciéndose pedazos al caer junto a su secreto. Volteada, con las manos aferradas a la meseta y como quien salta al vacío sin saber cómo alcanzar el otro lado del abismo, asintió. Luego, en el desencuentro de un silencio fugaz entre la inocencia reflejada en la mirada de la niña y la furiosa expresión en la suya, pensó en arrancarle de las manos la fotografía; pero decidió no hacerlo al verla pálida y sin poder defenderse de su decisión a pesar de las circunstancias. María, exponiendo la foto entre sus manos nerviosas, parecía querer reclamar la vigencia de la imagen, única de la existencia de su padre.

Aquel hombre dejó de ser Él y se convirtió en Rey, apócope de su patronímico: Reynaldo. Su imagen consiguió escapar de su recóndito refugio y fue a parar bajo el cristal de la mesita al lado de la cama. Ahora la fotografía en sepia y de medio torso de Rey era visible y bajo el cristal, semejaba la imagen de un cadáver acomodado en los estrechos límites de un catafalco, en velatorio eterno  e insepulto; las dos sabían que aún estaba vivo. Los muertos no ríen ni aparentan ufanarse de su postura para hacer agradable el recuerdo de su visión a los demás.

María se hizo mujer amparada bajo la santidad de su nombre y la sobreprotección de la madre que se miraba en ella cuando Reynaldo apareció en su vida. No terminó la enseñanza secundaria por celos, los de Lolita, que no soportaba que los muchachos de su edad se acercaran a la ventana tras haberla acompañado al regreso de la escuela. Semejante caminata, pensaba, no puede ser por solidaridad ni originada en una amistad sincera, era el interés  que desde el pasado y su experiencia, le hacían imposible entenderlo de otra manera.

Obsesionada con la idea de que María podía correr su misma suerte le impidió continuar los estudios y convirtió el cuadrilátero de las afueras del pueblo en celda de un convento de clausura al que nadie osaba acercarse. Su casa, mientras ella tuviera vida, sería un sagrado lugar para santificar la pureza de su hija a la cual, con toda intención, le había dado como patronímico el de la madre de Jesús y de todos los humanos. Las virtudes de su hija no podían quedar en entredicho y según su voluntad, ella también sería santa.

Pero tratar de ocultar la belleza de la mujer en la que María se había convertido prohibiéndole maquillajes, visitas al peluquero y envolviendo su cuerpo en vestimentas que consideraba apropiadas como atributo de la discreción de una doncella, no conseguía eclipsar, a pesar del intento, el porte natural de aquella guajira esbelta, trigueña, de piernas torneadas y andar cadencioso. En la expresión bondadosa de su rostro de virgen de carne y hueso se escondía el secreto de la vida yaciente en la negrura intensa de su mirada, la tentadora carnosidad de sus labios y el altivo perfil de su nariz que desafiaba la perfección. La melena azabache, larga y suelta, se derramaba sobre la espalda justo sobre el lugar donde la discreción del vestuario no permitía esconder la magnanimidad de lo que su madre pretendía hacer imperceptible.

Al ir al centro, madre e hija se acompañaban mutuamente sin que Lolita pudiera evitar los piropos dirigidos a, quien habiendo dejado de serlo, aún llamaba niña. Señora, vaya con Dios, que yo voy con su hija…era uno que siempre los potenciales pretendientes solían repetir sin mucha imaginación y ningún refinamiento; al fin, en los límites de aquellos potreros cubiertos por  cañaverales y bosques, seccionados por callejuelas tapadas por el rojo lodo y la arcilla, no estaba el hombre de María y futuro dueño de su virginidad celosamente guardada por su madre, cancerbera irreductible, frente al único pecado de su propia existencia.

Al término del viaje de regreso María, Lolita e Ismael descendieron del ómnibus. La tarde, envuelta en el soplo otoñal de un viento fresco invitaba al silencio y la meditación. Para las dos mujeres, el resultado de la mala experiencia que por razones ajenas acababan de vivir, debió ser lo indicado y cuando se disponían a partir la voz del hombre, en tono amable, se dejó escuchar a sus espaldas.

-Perdón, dijo, ya sé que no son de aquí y que viven en Quemado, está al caer la noche; ¿Tienen quien las lleve?

Inmediatamente y escondiendo a María de la displicencia de Ismael, Dolores adelantó su respuesta:

-Mire señor, argumentó, aunque ya debe andar por ahí, o estar al llegar, Heliodoro siempre es quien nos lleva de vuelta cuando venimos a Sagüa. Además, agregó; ¿cómo sabe que vivimos en Quemado?, nosotras no lo conocemos; ¿Quién es usted?

-Las escuché conversar en el autobús, quizás no me vieran, pero estaba sentado al lado de ustedes y me gustaría presentarme; mi nombre es Ismael, con todo respeto… mi señora.

Dolores frunció el ceño en gesto de desaprobación para manifestar, sin expresarlo, su malestar; pero María respondió con una sonrisa silenciosa enfrentando tímidamente la mirada del interlocutor en ademán de complicidad y sin que su madre la observara. A su retaguardia, la imaginaba con la mirada dirigida al suelo y las manos entrelazadas bajo la cintura reforzando el lenguaje gestual utilizado como escudo ante la impúdica mirada de los hombres. En cierto modo Dolores no se equivocaba, pero esta vez, María levantó la cabeza, apartó la vista del contacto de todas las pisadas y escapó por segundos de la consabida voluntad materna.

Heliodoro nunca apareció y con la noche encima, las dos mujeres no tuvieron otra alternativa que aceptar el ofrecimiento de Ismael que se apresuró en encontrar otro botero que las llevara de regreso y además, les ofreció su compañía. En el recorrido, poco más de media hora, y a pesar de los intentos por entablar conversación, sólo obtuvo lacónicas y monosilábicas respuestas de Dolores. Como recompensa, la aprobación reflejada en el rostro de María que sin decir palabra lo obligaba a una especie de ejercicio caracterizado por una gran dosis de imaginación al tratar de recordar el sonido de su voz durante los diálogos entre madre e hija en el autobús.

Cuando descendieron del vehículo, un destartalado Ford del 50, con olor a bodrio en su interior, Ismael las acompañó hasta la puerta del rectángulo que Dolores se apresuró en alumbrar activando el interruptor de la única bombilla colgante del centro del techo a dos aguas y convencerse que todo estaba en orden. María volvió a sonreírle con el añadido de una mirada que desde la intensidad de sus pupilas parecía asegurarle que, a pesar de todo, se volverían a ver. No se equivocaban; ni María en la intención, ni Ismael en su interpretación. La culpabilidad hizo entonces presa de María al escuchar las primeras y únicas palabras de su madre antes de ir a la cama: escucha hija, a los hombres no hay que mirarlos de esa forma, se hacen ideas malas y creen que todas somos iguales… Esa noche se quedó dormida con la mano sobre la fotografía del padre buscando amparo y lo eximió de culpas por su soledad. Iba a intentarlo, ella también tendría un hombre; pero de otra manera.  

                                                 III

Aunque debía ser considerado un acto de violencia, no era refrendado como tal a consecuencia de que por esa vía, un número considerable de las uniones que engrosaban las estadísticas en rojo sobre uniones e hijos nacidos fuera de matrimonio, estaban vinculadas al rapto. Las uniones consensuales para vivir en amasiato no eran mal vistas; sólo por quienes se consideraban colateralmente relacionados con las circunstancias y su denuncia, un trámite engavetado por las autoridades y la mayoría de las veces resuelto mediante acciones de venganza.

El hombre, parte decisiva en el ejercicio de su voluntad, tomaba la iniciativa y  robaba su pareja cuando por otras razones no podía estar a su lado. A la grupa de un caballo, dando a la escena el mentís de un acto vandálico con el carácter de la acción de un bandolero que huye con el objeto de su deseo amparado en la oscuridad con alevosía y nocturnidad, obligaba a que tales argumentos legales fueran cancelados mediante la complicidad de los involucrados. El inicio de la relación era un acuerdo entre dos y nada, ni nadie, debía impedirlo; los posibles efectos penales quedaban condonados en razón del contubernio.

Ismael terminó robándose a María, y ella lo aceptó. El acto estuvo caracterizado por una diferencia; el día acordado él la espero cerca del cuartón en lugar previamente convenido y sobre la motocicleta que le pidió prestada a un amigo. El clásico equino resultó sustituido por un vehículo motorizado y María, sentada a sus espaldas, sobre una parrilla acolchonada y fuertemente asida a su cintura. Nunca había puesto sus manos sobre cuerpo de hombre, pero no tuvo mucho tiempo de reparar en ello. Todo fue tan rápido que lo único que sentía era miedo. Miedo a la oscuridad y lo sinuoso del camino. Sólo al tomar la carretera a La Isabela, destino que desconocía, pensó en la reacción de Dolores.

Estaba segura que cuando Lolita despertara ella estaría lejos, al lado de Ismael, y sería feliz; ya tendría tiempo de convencerla. No le importaba demasiado que antes de tomar la decisión lo único que había sucedido fuera el mutuo envío de unas escuetas notas y su vida cambiara al aceptar vivir al lado de un hombre al que no conocía. Por intermedio del emisario de las esquelas, minúsculas y apasionadas, no exentas de elementales errores ortográficos, Ismael la convenció de su pasión y María se atuvo a la aventura de que él le cumpliera todas sus promesas.

El caserón de La Isabela estaba preparado para la escena, la amante de turno había sido compelida por Ismael a dejar el lugar con anticipación y al llegar, los dos se dieron cuenta que el arrepentimiento no era parte del desenlace de aquella situación.

-¿Qué lugar es éste, es un hotel?

-No María, ésta es tú nueva casa, mi casa y la de nuestros hijos… cuando lleguen…

Sin dudas, lo había dicho con inseguridad tratando de reforzar en ella la idea del compromiso y su disposición de crear una familia. A María le pareció apropiada la respuesta y aceptó trasponer el umbral de la puerta, último límite hacia el pecado. Ahora, caminaba a su lado sintiéndose asida por el talle y la mano de él sobre su cadera le dejaba sentir algo que desconocía. Era como si al avanzar en dirección a la alcoba, flotara en vez de caminar. Avergonzada de sí misma, sintió los efluvios emanados de su sexo aunque en forma diferente a las veces en que había deseado entregársele. Ya estaba allí y todo lo imaginado era tan real que no quería evitar pertenecerle.

Para él, fue lo pensado y algo más. Se consideraba un tipo avezado en los trajines del sexo y tenía razón, pero desconocía el apetito desatado por la virginidad de una mujer que, aún desnuda ante sus ojos, no era igual a las que había conocido. La indefensión de María, su inexperiencia ante los besos y las caricias lo desarmaron y al poseerla sintió que, también para él, aquella era la primera vez y se esforzó por ser tierno y comprender, sin reclamarle, por qué lloraba en silencio impedida a voluntad de poner sus manos sobre la piel desnuda y sudorosa de su cuerpo.

Con el devenir de los días y sin margen para pensar en otra cosa que no fuera amar, todo fue cambiando. El lenguaje corporal del himeneo se manifiesta en función del instinto y el amor no se inscribe en códices, ni responde a códigos; es tan antiguo como los humanos y por su naturaleza, siempre irrepetible. El sentimiento de correspondencia lo hace necesario y el deseo, en su lascivia, lo dota de las artes necesarias para sentirlo.

A Ismael ya no le iba bien. Las cosas empezaron a cambiar después del 68 y el negocio de los ostiones quedó bajo el control del Instituto Nacional de la Pesca, una dependencia del Ministerio de la Industria Alimenticia. No le quedó otra alternativa que dedicarse al juego, algo que nunca dejó de hacer, aunque ahora con la absoluta compulsión de un ludópata y de manera clandestina. El juego era ilegal y estaba proscrito.

El mobiliario que compró en Santa Clara para agradar y complacer a María fue desapareciendo poco a poco para conseguir dinero y cubrir deudas, mientras; los reclamos de ella se difuminaban ante la incapacidad de Ismael de reconocer su problema. Cuando ganaba, compraba cosas para su reina, como la llamaba; cuando perdía, la dejaba sin trono y sin tálamo. Ella lo soportaba todo porque lo quería, era el padre de su hijo y estaba encinta de la que vino después. Su relación con Ismael era un caso típico de eso que los psicólogos definen como codependencia.

Para ese entonces María sabía que la soledad no la había abandonado. Su marido, macho redomado, ni le daba, ni le pedía cuentas y al nacer su hija se refugió en la compañía de los dos niños. Él no quería que saliera, no le gustaba que la vieran y le parecía que todas sus obligaciones debían estar relacionadas con la crianza de los niños, las cosas de la casa y la satisfacción de sus instintos. Si él hubiera sido un hombre de bien, como la mayoría, a ella no le hubiera molestado tanto que la celara, Ismael no era un fantasma ni la imagen en una fotografía, pero el mismo sentimiento de indefensión que siempre la acompañó seguía siendo parte de su cotidianidad. Primero, víctima de los celos de su madre, luego de los de un hombre para cuyo egoísmo no encontraba justificación.

                                                      IV

Para María todo se fue enfriando en el tiempo. Era muy introvertida y en consecuencia no le gustaba enfrentar los problemas que para ella conformaban la mayor parte de su existencia; el recuerdo de su madre a la que estaba segura de haber traicionado y de la que no quiso volver a saber, la relación con Ismael, tortuosa y representativa de una elección equivocada. Nada, excepto los hijos en los que trataba de encontrar refugio, integraba un pasado digno de recordar a la vez que se consideraba gestora de su orfandad y sin posibilidad de superarla. A veces, durante largas noches en solitario en que Ismael no aparecía, se culpaba a sí misma de lo que estaba viviendo y trataba de evadirse pensando en cualquier sacrificio que fuera capaz de realizar para evitar que sus hijos se convirtieran en otras víctimas. Esa era su única preocupación, pero no lo consiguió.

Un día se enteró que Dolores había muerto, según le contaron, de causas naturales resumidas entre la vejez y el sufrimiento y el cuartón de Quemados, había desaparecido bajo el efecto voraz de un nuevo tipo de geofagia mono productora del gobierno que se preparaba para llevar a cabo una súper zafra azucarera que se lo tragaba todo; hasta su propia historia y la de aquella mujer incorruptible sepultada en el anonimato que vivía únicamente en su memoria y en la que su presencia era sinónimo de culpabilidad y pecado. Estaba convencida de que el perdón nunca existió y nadie podía concedérselo, para entonces; era demasiado tarde.

Lo peor era que el hombre en el que había depositado su confianza la engañaba, casi siempre lo hizo desde el comienzo de la relación y sin disimularlo, como el domingo aquel en que tuvo la osadía de irse con la amante a la playa en compañía de sus hijos.

-Me llevó los niños a pasear, no creo que te interese venir con nosotros…

María alzó la mirada entre la sumisión y el desafío sin decir palabra. En efecto, no le interesaba porque estaba segura que vivir a su lado era una obligación, una mala costumbre impuesta por las circunstancias a sabiendas de que él no iba a cambiar: Ismael nunca sería un buen marido y menos, buen padre. ¿Cómo era posible que se hubiera enamorado de un hombre así?

-No te pierdas con ellos, mira donde los llevas, atinó a decirle.

-No te preocupes, vamos a la playa.

Domingo al fin, la playa era un hervidero de gente que mataba el tiempo del agobio semanal entre cervezas y refrigerios bajo los cocoteros. A la sombra cómplice de ellos y de una desvencijada sombrilla, Ismael se acomodó junto a la mujer que los acompañaba.

-Oye, ¿no crees que los niños le cuenten a la mamá que estamos juntos?

-No, ya les advertí; ellos me obedecen, soy su padre, no tienen por qué decir nada.

La amante trabajaba en un chinchal que Ismael frecuentaba y en el que entablaron la relación. Allí se empleaba como mesera y en poco tiempo empezaron a andar juntos, algo que para ambos era frecuente. Ella, mujer de muchos hombres y él de muchas mujeres; ahora, eran el uno para el otro mientras sus cuerpos se entregaran al disfrute del placer que mutuamente conseguían sin que la discreción limitara sus actos ni el prejuicio fuera más allá del cuestionamiento de una involuntaria delación infantil. A ella no le interesaba y a él, los que le conocían, no iban a dejar de envidiarle su fama de mujeriego empedernido, orgullo de macho. Mientras, los niños jugaban en la arena, correteaban por ella y se sumergían en el rompiente de las olas cerca de la orilla.

Ismael estaba seguro que nada iba a trascender y bajo los efectos del alcohol el desasosiego de sus manos daba rienda suelta al instinto motivado por el deseo que la mujer no hacía nada por evitar. La traición era alevosa, capaz de desafiar la inocencia de sus propios hijos ante cuya lejana mirada no era posible ocultar la intención. Antes del regreso, al atardecer, ya los niños habían comenzado a callar a pesar de sentirse culpables. No dirían nada, a su mamá no le hubiera gustado enterarse que su papá le daba besos a otra mujer que no era ella.

María nunca pensó que Ismael se atrevería a tanto. Esa noche antes de acostarlos, le preguntó a los niños a dónde los había llevado su padre.

-Fuimos a la playa, mami; dijo el varón que era el mayor.

-Papi estaba con una amiga, agregó la pequeña.

-¿Pero ustedes la conocen, saben quién es?

-No, nunca la hemos visto.

-¿Y cómo es?, ¿cómo se llama?

-Es rubia, se llama Rosaura…fue buena con nosotros.

-Niños, a dormir, mañana tienen que levantarse temprano para ir a la escuela.

Cuando María regresó a la habitación él roncaba la borrachera a medio vestir tirado sobre la cama y ella pudo ver las marcas aun rojizas en su cuello. Al otro día, se habían convertido en moretones que él ni siquiera se preocupaba por ocultar. Podía soportarlo todo y era parte del destino  al que su insensatez la había llevado; pero el engaño, la traición y el morbo de unas escenas denigrantes ante la mirada inocente de sus hijos, eso no; Ismael había ido demasiado lejos.

Pasó todo el lunes tratando de indagar quién era aquella mujer rubia llamada Rosaura y no le fue difícil enterarse dónde trabajaba, varias versiones provenientes de otras tantas fuentes coincidieron en que Rosaura era una tipa de Sagüa y trabajaba en el chinchal de La Isabela, convertido en expendio de pizzas, espaguetis y lasañas. De regreso a la casa, de donde ya Ismael había desaparecido, quien sabe por cuantos días y para pasársela jugando, se metió en la cocina y buscó el cuchillo que por su gran tamaño nunca se usaba. Lo encontró metido bajo unos trapos, dentro de una gaveta, oxidado por la falta de uso, pero arma mortal al fin.

La vecina de la casa contigua contó luego que había visto a María en el patio mientras deslizaba la hoja sobre una piedra pómez tanteando de vez en vez el filo de aquel perfilo con el pulgar de su diestra y terminar limpiándolo con un pedazo de estopa embadurnado en aceite de cocina. Nada que llamara demasiado la atención acerca del posible uso que el cuchillo pudiera tener en manos de María, hacendosa ama de casa, siempre entregada a los quehaceres del hogar y a la familia.

La mañana del día en que sucedieron los hechos parecía una más en la secuencia de las vidas de sus protagonistas. María se levantó al amanecer y como de costumbre fue a la cocina, preparó el café, única infusión que desde hacía algún tiempo alimentaba su desgano a esa hora y el desayuno de los niños; sobre la meseta, una bolsa lo suficientemente grande como para esconder cosas y que utilizaba cuando iba a recoger las cuotas de alimentos asignados en la bodega. Levantó los niños, los vistió con sus uniformes limpios y bien planchados y les advirtió que los llevaría con la maestra un poco más tarde, después de resolver un problema...

-Si vamos al lugar donde trabaja la muchacha que estaba en la playa con papi, ¿ustedes me pueden decir quién es? Pero no pueden equivocarse, les advirtió.

Los niños asintieron y aunque estaban ajenos a lo que iba a suceder, el silencio fue presagio de la tragedia y evidencia de que la tardanza inusual para llegar a la escuela fuera motivo de júbilo. El ambiente era tenso y el mutismo de los tres reforzaba la incomodidad de algo terrible y por ocurrir. Los niños aguzan su sensibilidad ante el silencio de sus mayores y aunque no puedan concebir planes macabros, la elocuencia de sus expresiones termina evidenciado su desconcierto y aquella pregunta: ¿pueden decirme sin equivocarse, quien era la muchacha que acompañaba a papi en la playa?, los hacía sentirse culpables. Entre la advertencia de Ismael: no vayan a decirle nada a su mamá…y lo que ella les estaba requiriendo, sentían que se fraguaba una venganza pero a ambos le debían obediencia.

Frente al chinchal recién abierto y con contados comensales a esa hora de la mañana había un tipo sentado frente a la registradora tras el mostrador y dos camareras; la última palabra era de María, que ante la evidencia de su percepción, se adelantó a preguntar a sus hijos:

-Esa rubia que está junto a la barra –estaba segura de la respuesta, porque la otra camarera era trigueña- ¿es la que estaba con ustedes en la playa?

Los niños se miraron entre sí como para tratar de encontrar acuerdo en su respuesta y asintieron en silencio.

-No se muevan de aquí hasta que yo venga; esperen, no vayan con nadie, regreso enseguida.

María se acercó a la mujer situándose frente a ella a la distancia apropiada para la ejecución de su venganza; debajo del brazo izquierdo colgaba la cartera en la que ocultaba el cuchillo aun impregnado de la grasa que había usado para limpiarlo y según pensó, facilitar su cometido.

-¿Rosaura?

-Sí ¿Quién es usted?, no me parece conocerla, va a comer algo; siéntese, ¿la puedo atender?

El diálogo fue tan rápido, que Rosaura nunca imaginó que aquel ofrecimiento serían sus últimas palabras en vida. María sacó el cuchillo de la bolsa y se lo hundió en el pecho a Rosaura partiéndole el corazón en dos. La segunda puñalada se la dio a un cadáver, justo en medio de la parte baja del vientre dejándole clavada la hoja con el propósito de mutilar en aquel cuerpo el atributo de su mancillada dignidad de mujer ofendida. No estaba segura de que los niños presenciaron lo ocurrido, pero no tuvo tiempo de correr a su encuentro. El hombre saltó por encima del mostrador para reducirla a su custodia sin esfuerzo hasta que llegó la policía y los gritos de horror de los testigos atrajeron la atención de los curiosos que deambulaban por la calle y se esforzaban por ver el cadáver desangrándose sobre el piso con aquel inmenso cuchillo a medio clavar en el bajo vientre de la occisa. Horrorizada, sin entender del todo lo que había sucedido, la otra empleada corrió al encuentro de los niños al escuchar a  María referirse a ellos y decir que debían estar esperándola a la entrada; los abrazó e hizo un esfuerzo por apartar sus miradas de la escena del crimen que su madre acababa de cometer. La mujer trataba de consolarlos y aunque consiguió alejarlos, sospechaba que algo habían visto porque el llanto de ambos era desgarrador, tanto así, que los hizo enmudecer.

Luego, el oficio de rigor de las autoridades que se llevaron a María detenida por el homicidio y su culpabilidad de la que nunca trató de defenderse. Las investigaciones basadas en la confesión de la victimaria, la entrega de los niños a la familia del padre; la tía, hermana de Ismael, casada con el guajiro bonachón y analfabeto que velaba los hornos de carbón en Caibarién, la otra, la más joven, sumida en los misterios de un desvarío mental congénito y el varón, recluta voluntario, que había logrado alcanzar, para ese entonces, el grado de sargento. Ismael, cuando alguien le contó lo sucedido optó por  desaparecer y nadie supo de él por mucho tiempo. Algunos que le conocían adelantaron la hipótesis de que andaba por La Habana escondido y que les había dejado saber que tuvo mucha suerte porque María no hizo lo mismo con él, atreviéndose a comentar que el amor de su mujer era la causa de que le hubiera perdonado la vida. Cuando comenzaron a circular las versiones de lo acontecido y María se enteró, contaban que ella sólo se reía sin agregar argumentos.

Ya para ese entonces los procedimientos judiciales que se consideraban de oficio, como era el caso, se dirimían con rapidez. La presentación de la acusada ante el tribunal seguida de los argumentos de la fiscalía y los posibles descargos de una defensa comprometida de antemano por la propia confesión de la victimaria, engrosaban un legajo para ser archivado. Luego, en un caso criminal, el proceso “visto para sentencia” y la decisión judicial que para María fue de veinte años de privación de libertad que debería servir en el Reclusorio de Mujeres de Guanajay. El mismo día en que fue dictada la sentencia y a la salida del juzgado, le esperaba la furgoneta en la que junto a otras presas, todas convictas por la comisión de delitos comunes –no políticos- fue trasladada al destino previsto para comenzar su vida de presidiaria. La única del pequeño grupo condenada por asesinato era ella y a partir de ese momento debió acostumbrarse a que siempre la miraran con recelo. En tal ambiente, la mujer que es asesina puede llegar a serlo una vez más soliviantada por el efecto de cualquier circunstancia.

                                          - EPÍLOGO -

Pepe llegó temprano ese sábado, era su día preferido de la semana porque no tenía que preocuparse de hacer nada en la mañana de domingo. Había estado compartiendo con sus dos mejores amigos, asiduos compañeros de correrías y aventuras, entre los intersticios de algunos barrios habaneros. Tenía una novia con la que estaba a punto de casarse y no le interesaba buscarse problemas; ella esperaba que él le fuera fiel a pesar de la distancia de más de trescientos kilómetros, en otra provincia y otra ciudad y, a contrapelo de cualquier estímulo, era un tipo sensato y un desliz le parecía un acto de traición.

Ya se había acostado, pero como dormía cerca de la puerta; fue el primero en escuchar los toques espaciados y discretos que hubieran podido ser imperceptibles de no ser por su ubicación en un sofá de la sala en el que se acomodaba cada noche. Esperó, intrigado por el temor y la duda, el sonido que aún más bajo, volvió a repetirse e intuyó que de no responder no se volvería a producir. Miró el reloj en su muñeca del que no se despojaba nunca porque desde el sofá que le servía de cama no era posible atisbar razón del tiempo para determinarlo con exactitud. Se levantó, eran  más de las once, encendió la bombilla que iluminaba el descanso en la escalera acercando el ojo al visor y alcanzó a ver la reacción de sorpresa de la mujer que del otro lado, dirigió la mirada a la claridad mientras esperaba que alguien abriera. Entre la puerta y la persona había una reja que a esa hora permanecía cerrada bajo llave lo que le permitía asegurarse contra cualquier mala intención de la desconocida.

-Buenas noches, ¿qué desea?, dijo Pepe al abrir.

-Perdone, ¿aquí vive Petra?

-Sí, es mi madre ¿Quién es usted?

-Soy María, la que era esposa de Ismael, su sobrino. Usted debe ser Pepito, su hijo, disculpe; no nos conocemos, pensaba que era más joven ¿Está su mamá?

Pepe abrió la reja permitiéndole entrar y la invitó a sentarse en lo que llamaba a Petra.

-Espere, ya le aviso. Creo que sé quién es usted.

La mujer, exactamente acomodada en un mínimo espacio de la silla, movía nerviosamente las piernas como quien espera despejar en poco tiempo el motivo de su presencia. Tras haber iluminado la pequeña saleta, escenario del inesperado encuentro, Petra apareció desperezándose y trató de entender la presencia de la visitante que osaba alterar la tranquilidad a semejante hora.

-Mamá, ella es María, la que era mujer de Ismael.

La mujer se incorporó, tendiéndole la mano; pero Petra la abrazó para permanecer unos segundos en silencio.

-Siéntate hija, pero ¿qué haces aquí?, ¿cómo supiste mi dirección?

-Mire Petra, es lo de menos, antes déjeme explicarle por qué he venido.

-Bueno, me imagino que te habrán dado la libertad…

-No, no, nada de eso; estoy fugada y sé que me están buscando. Mi condena es de veinte años y apenas he cumplido ocho, llevó una semana en la calle y no puedo permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Donde estoy ahora no puedo quedarme por más tiempo ¿Cree que pueda esconderme aquí unos días? Ya me falta poco para irme del país y no le causaré molestias…

Pepe, acomodado en otra silla, escuchó la petición desesperada de aquella mujer y su historia tomó vida y cuerpo ante sus ojos, la había escuchado varias veces en diferentes circunstancias pero estaba seguro de la respuesta de su madre.

-Hija, me estas pidiendo que me haga cómplice de un delito y aunque entiendo tú situación, no puedo complacerte; dime, ¿cómo es eso de que estas a punto de irte del país?, ¿acaso no me acabas de decir que te fugaste de la cárcel?

-Sí, pero aproveché un pase que me dieron por buena conducta y no regresé, ya tengo más de una semana de no haberme presentado. Me han estado buscando en lugares dónde se imaginan que puedo estar, pero he logrado evadirme…

-Si no permite que me quede, al menos quisiera saber si puede ayudarme con algún dinero. Ya le entregué a los que me van a sacar todo lo que he podido conseguir pero aún me faltan $500.00 para completar los $4000.00 que tengo que pagarles.

-Bueno, eso es otra cosa. Pepe, ¿crees que la puedas ayudar con algo?

-Mira vieja, le puedo dar $100.00, ¿y tú, cuánto?

-Otros $100.00, no tengo más… ¿quieres comer algo María?

-Bueno, aunque no lo crea, tengo todo el día con el estómago vacío y en mi situación dependo de lo que otros quieran ofrecerme.

En ese momento, María se arrebujó en la silla y comenzó a llorar, probablemente no le quedaba otra cosa por hacer que demostrar su indefensión de esa manera, era una mujer acorralada y ahora un despojo; lamentable víctima de sus errores y de su pasado.
Petra fue a la cocina a prepararle un refrigerio. Entonces Pepe la escuchó decir varias veces la misma palabra entre sollozos incontrolables: gracias, muchas gracias, gracias… la repetía como si una sola vez no fuera suficiente para dejar entrever que en su situación cualquier cosa que no fuera contra sus propósitos constituía un motivo de agradecimiento.

Para Pepe era difícil cotejar la imagen de la mujer que tenía ante sí con las descripciones que había escuchado. La guajira esbelta y bella, de desafiante anatomía y larga cabellera negra desplegada ante la mirada deseosa de los hombres sobre los confines de una silueta escultural, no coincidía con su visión. Ahora se trataba de una mujer envejecida, en apariencia, mucho mayor que la edad que debía tener, macilenta y flácida, mal vestida y enfundadada en unos pantalones azules y desgastados que presumiblemente eran parte del uniforme de reclusa. El torso, cubierto con un chaquetón negro que hacía imperceptible las líneas de su cuerpo, cerrado hasta el cuello como para esconderse dentro de él y el cabello corto y entrecano que le daba a su rostro una expresión casi masculina.

-Cómete esto María y llévate estas boberías. Es un pan con tortilla de cebolla, no tengo otra cosa que ponerle, dijo Petra. En éste cartucho, hay unas galletas de manteca y la mitad de una barra de dulce de guayaba para cuando te entre hambre, agregó.
En un vaso grande y de grueso vidrio, le sirvió parte del contenido de una limonada que había preparado en un jarro de aluminio quemado por el fondo y dejó el resto sobre la mesita del centro a discreción de María. Mientras la observaba deglutir todo aquello, Petra se le acercó para meterle en uno de los bolsillos del chaquetón cinco billetes de $20.00 con la imagen de otro conspicuo “desaparecido”: Camilo Cienfuegos.

-Anda Pepe, trae lo tuyo. Ya es tarde y María tiene que irse.

Pepe tomó su parte de los ahorros que tenía para gastarlos en la luna de miel, ya tenía fecha para la boda; le faltaban apenas unos tres meses.

-Aquí tiene usted, hay algo más de cien, imagino que lo va  necesitar para moverse en lo que logra su propósito. Le deseo mucha suerte y que todo le salga bien.

Poniéndose en pie, María metió todo el dinero en el mismo bolsillo del chaquetón y en el otro, el cartucho con las vituallas. Cuando Petra y Pepe se asomaron al balcón la vieron desplazarse sobre la acera, pegada a los edificios  y agazapada entre el silencio y la oscura soledad de la noche; el paso apresurado en actitud de quien huía hasta de sí misma. Sólo ella sabía cuál era su destino.

Transcurrido un tiempo después de aquella inesperada visita se supo que María logró escabullirse de la persecución de sus carceleras; pero en el conjuro para la salida clandestina por la playa de Jibacoa había un infiltrado que delató el plan a las autoridades y todo se vino abajo. Al identificarla, se dieron cuenta que era la reclusa escapada de Manto Negro, aún cárcel de mujeres; le abrieron otra causa por fuga clandestina del país, volvieron a juzgarla y le agregaron seis años a la condena que cumplía; cuatro por el asunto de la salida y dos más por la fuga de la prisión.

Pepe se casó según lo tenía previsto y dos años más tarde, en el 80, se fue por El Mariel en compañía de su mujer, su hijo pequeño y sus suegros. Nunca volvió a saber nada; ni de María, ni de Ismael, su primo, al que solo recordaba haber visto en un par de ocasiones; la primera, cuando tenía unos catorce años e Ismael era, aún,  rey de los ostiones. Luego se lo tropezó casualmente en Santa Clara y aunque lo reconoció -se preciaba de ser un buen fisonomista- prefirió no abordarlo. Al verlo envejecido, desaliñado y mal vestido, experimentó eso que la gente define como vergüenza ajena.

José Antonio Arias Frá

El Rey de los Ostiones.

En: “Cuentos y Relatos de La Memoria Intrusa”

Miami, Diciembre 2014.

   

 

 

 

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