lunes, 3 de octubre de 2016

LA VIEJA HABANA DE ASDRÚBAL.

Si había algo que no podía entender eran las diferencias entre su origen y su realidad. Dedicó mucho tiempo a desentrañar las razones por las cuales las circunstancias le habían hecho transitar entre situaciones tan diferentes y determinantes para desembocar en algo tan alienante y que siempre, como un reproche recurrente, pautaba su quehacer.

Asdrúbal sabía que con ese nombre que su madre decidió cargarle, más que un simple acto de complacencia gratificante a su progenitor, había decidido ofrecérselo como una muestra de respeto, veneración y fidelidad al cónyuge al perpetuarlo en él; así, sería llamado desde que empezó a tener conciencia de sí mismo y hasta el final de sus días. Era el mayor de la prole, después vinieron sus otros dos hermanos cuyos nombres, al no poder conciliarse repetitivamente con la rémora del mismo patronímico, sus padres decidieron que, al menos, empezarían con la letra A: Anselmo y Aurelio. Luego, en la escuela, los identificaban como los “triple A”

Pensaba con frecuencia que llegaría el momento en que pudiera ejecutar una especie de venganza concebida en términos de romper tradiciones y pudiera deshacerlas nombrando a su primer hijo, que resultó ser el único, con un apelativo esencialmente deslindado de ellas y del consabido continuismo del abecedario.  De alguna manera, ello fue evidencia de la callada inconformidad en que creció sin poderla exteriorizar para no convertir su disgusto en una frustración familiar. Aceptar aquella decisión ajena, le producía un sentimiento de culpabilidad que, de manera espontánea, lo hacía vivir entre la rebeldía y la supuesta libertad de que todos hablaban con absoluta puerilidad sin alcanzar a entender por qué.

Al menos, solía pensar, si alguien iba a quererlo, no le importaría demasiado que su nombre le pareciera feo y ajeno a su deseo; iba a explicarle lo que se había encargado de averiguar sobre el origen: era el de un guerrero, fundador de la nueva Cartago en el Levante Ibérico, que dio la vida por su hermano Aníbal, cuando trataba de ayudarlo a tener éxito en la campaña de éste en Italia (año 207 a.c.) Probablemente, a nadie le interesaría y estaba consciente de que había sido el nombre de su padre por las mismas razones engarzadas en lo ignoto y, muy ajenas de lo que él fue el primero en descubrir tratando de satisfacer la curiosidad y complementarla a fin de enorgullecerse. Al fin, que las contadas veces en que intentó explicarlo, siempre conseguía miradas desaprensivas y un silencio sentencioso.

Al respecto, todo devino en reiteración a la que se fue acostumbrando con los años y cuando le tocó tomar lo que le parecían decisiones importantes, Asdrúbal era lo de menos. Si la casualidad lo hubiera puesto alguna vez en la coincidencia de nombre y apellido con otro Asdrúbal, la individualidad de sus actos se encargaría de establecer la diferencia.

Nunca tuvo noticias de que algo así llegara a suceder porque su apellido tampoco era común; Echenique, de origen vasco, y que se acomodaba mejor a la heráldica familiar porque su abuelo paterno provenía de las vascongadas y a finales del XIX, había llegado al pueblo en el que Asdrúbal nació por razones fuera de cualquier vínculo determinado por su voluntad. Allí, a saber, el primer Asdrúbal, el viejo; fue a dar con sus huesos entumidos por los años y el esfuerzo de la labranza, entre las fértiles tierras al sur de la capital. Llegó como soldado y terminó como labriego, asentado en inimaginada latitud para crear una familia intrascendente. Algo muy común entre vecinos.

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Cuando las circunstancias lo compulsaron a que su vida diera un vuelco, Asdrúbal no estaba preparado todavía. Prevalecía en él, la conformidad de una rutina elemental que hacía parte de su personalidad y de la que ni siquiera había intentado desembarazarse. Era un joven con diecisiete años acabados de cumplir, enfundado en uniforme militar de recluta y con todos los atributos de la bastedad de tal categoría; sus compañeros le llamaban Asdrúbal el guajiro, pero lo que más le molestaba era que los oficiales obviaran su nombre de pila y se refirieran a él gritándole, solamente, Guajiro. Tratándose de una institución apegada a normas de conducta estrictas le parecía irrespetuoso, pero nunca se atrevió a protestar.

Era la consecuencia de una identificación implícita. Aquellos hombres representaban un orden que a más de hacerlos poseedores del mismo origen en su gran mayoría, comenzaban a invadir los predios citadinos para cambiar su imagen mediante la impostación de la fuerza. Para Asdrúbal, los tres años siguientes de su servicio militar se convirtieron en huella peyorativa y descartable. Con frecuencia regresaba a lugares comunes que le eran conocidos y tomó conciencia de que estaba en ellos porque era utilizado en contra de su voluntad.

Al término de su servicio, la ciudad lo atrajo por sus diferencias y aunque la había observado de soslayo  en contadas ocasiones, decidió quedarse en ella. Conoció a una muchacha que era de allí y se casaron. El único problema con Marcia, su mujer, no era su nombre, a ella nunca le importó; más bien su origen, y cuando él le sugería ir al pueblo a visitar a sus padres, ella siempre se negaba y tenía que hacer el viaje solo. Al viejo Asdrúbal y a Yolanda, su esposa, a quien llamaban Yola; no había manera de sacarlos del arrabal en que se habían hecho viejos y ni siquiera lo hicieron cuando nació su único nieto en ese entonces. Asdrúbal, tuvo que llevarles a Víctor al que la familia materna acaparó por simples razones de territorialidad llamándole Vitico. Las pocas veces que sus abuelos paternos lo vieron, se habían operado en él los cambios propios de su edad y lo iban reconociendo, cada vez, como si tuvieran ante sus ojos a un niño diferente.

Por esos años ya se había hecho común que las parejas y su prole vivieran agregados con la familia de alguno de los cónyuges. El ritmo de las construcciones se vio detenido y el contar con la posibilidad de hacer vida independiente, un deseo quimérico. La idea de tal necesidad no parecía ser preocupación de las autoridades envueltas en otro tipo de campañas para politizar la sociedad de acuerdo a sus intereses.

Para Asdrúbal, Marcia, y tras la llegada de Vitico; era un despropósito reducir sus expectativas a permanecer en una pequeña habitación que debían compartir con una hermana menor de Marcía, impidiéndoles gozar de la natural intimidad de una pareja joven. En aquel pequeño apartamento de dos recámaras convivían con sus suegros y el cuñado, el hermano varón de Marcia, que dormía en un sofá de la pequeña sala-comedor y amontonaba sus escasas pertenencias en cajones acomodados bajo la cama de sus padres. Los roperos, abarrotados, no daban para tanto; eran pequeños para adecuarlos a la estrechez y se usaban para guardar lo que ellos apreciaban como la “ropa de salir”

― Oye Asdrúbal, ¿por qué no te apuntas en la lista para que te consigas uno de esos locales comerciales que le están entregando a la gente?, le comentó Daniel…

Daniel, además de compañero de trabajo, era el tipo con el que había trabado una amistad que lo hacía su confidente, estaba entre los pocos que sabía,  porque Asdrúbal se lo había comentado; que cuando quería tener intimidad con su mujer tenía que salir de su casa, hacer la “cola” de una posada y pagar por el término de dos horas en medio de extraña y aborrecible situación que obligaba a las parejas a cronometrar el amor. En virtud de que tampoco eran tantos aquellos cubiles del placer y la demanda se había incrementado, el coito estaba sujeto a un límite de tiempo. Llegó el momento en el que había que llevar sábanas y fundas o prescindir de ellas a fuero de acostarse sobre una colchoneta empercudida.

― ¿Y, crees tú que algún día me entregarán uno de esos adefesios? La lista es larga, y la espera más, argumentó Asdrúbal.

― La esperanza es lo último que se pierde, y algunos lo están consiguiendo, respondió Daniel tratando de persuadirle.

Aunque Asdrúbal manifestaba cierta pereza por tomar la iniciativa, se lo comentó a Marcia y para ella la idea se volvió una compulsión de la que no dejaba de hablarle un solo día a su marido. Se informó, averiguó todo lo relacionado con las gestiones que debían realizarse con diferentes organismos y empresas estatales y un día esperó a Asdrúbal con la planilla para radicar la petición ― un largo “cuéntame-tú-vida”― en mano y que debía ser completado por él, en calidad de “jefe del núcleo familiar”

La “solicitud” estaba impresa en una mal lograda copia de mimeógrafo, en anverso y reverso, sólo de esa manera podía lograrse que fueran dos cuartillas y ayudar a la “campaña para la racionalización de recursos” y la “lucha contra el burocratismo”; a decir verdad, la indagatoria pretendía saberlo todo del  solicitante y con tales propósitos, debieron haber sido cuatro pliegos. Lo primero que desanimó a Asdrúbal fue que ante tantas preguntas, que en su caso parecían tener una respuesta similar, sus posibilidades parecían nulas. Lo que debía describir, nada tenía que ver con su restringida situación habitacional, más bien con su “integración revolucionaria” No obstante, rellenó los espacios, marco las alternativas y sin muchas espectativas, puso el cuestionario en manos de Marcia, que se encargó del resto.

Pasaron dos largos años en los que hasta la esperanzada mujer se había cansado de esperar sin tener noticias definitivas y cada vez que intentaba averiguar, el argumento era, exactamente, el mismo. Había perdido la cuenta de cuantos rostros tuvo frente a ella para escuchar lo que entendía como simple dilación, era una respuesta invariable: “su caso está siendo considerado, si se toma alguna decisión, se les avisará oportunamente”

La situación de Asdrúbal se había tornado crítica, su hijo estaba creciendo y por falta de espacio para una cuna, tenía que dormir con ellos, además; le habían trasladado para una fábrica muy lejos de su lugar de residencia que llamaban “Combinado del Vidrio” en las Alturas de la Lisa, de allí hasta Aguiar 208, en La Habana Vieja y donde estaba el apartamento en que vivía, tenía que dar la vuelta completa de la ruta 43; desde la cabecera, donde concluía el viaje de ida, hasta el paradero, donde se originaba. Aún, y en ambas direcciones, debía terminar el trayecto a pie y hacer un recorrido de varias cuadras. Otra de las emblemáticas características de la ciudad, la facilidad de moverse mediante el uso del transporte público, se estaba convirtiendo en lo contrario y nadie podía explicarlo de forma convincente.

― Asdrúbal, amor; mira lo que llegó hoy.

Tenía un sobre amarillo, pequeño y con ventana de celofán entre las manos que dejaba ver sin duda alguna que Asdrúbal Echenique Armenteros era el destinatario.

― Y, eso, ¿qué es, qué dice?

― Creo que por fin nos van a dar un local, te están citando para la oficina de “Recursos y Viviendas” del regional. No puedes dejar de ir. Si tienes que faltar al “Combinado”, inventa cualquier cosa.

El telegrama era escueto y Asdrúbal, al leerlo, se convenció que no decía mucho más ― sólo la dirección a la que debía acudir. Ni siquiera le precisaban la hora, eso sí, debía presentarse a la cita “a la mayor brevedad posible”

Esa noche, y a pesar del cansancio, se desvelaron y con Vitico rendido entre los dos, se dedicaron a hacer planes, hablar de lo que les depararía el futuro y soñar con la tenencia de un sitio, sólo para ellos. Algo tan sencillo como disfrutar a plenitud de un hogar familiar, dependía de una “asignación” Había comenzado la década del 70 y el país estaba en función de conseguir la zafra más grande de su historia. Era la tarea nacional de mayor envergadura orientada por el máximo líder ¿Tendría algo que ver con que les dieran la oportunidad de conseguir lo que querían? Elucubrando extrañas relaciones, quisieron pensar que sí, pero se equivocaban.

En la mañana, Asdrúbal madrugó más de lo común y emprendió el camino a casa de Daniel para pedirle que lo excusara por su ausencia. La citación era oficial, pero su motivo no estaba dentro de las “justificaciones” aceptadas para no asistir al trabajo: otra campaña “contra el ausentismo laboral” se estaba verificando, y de no ser por razones de enfermedad avaladas por un certificado médico, cualquier ausencia podía tener consecuencias. Se vivía el síndrome de la revolución y de campaña en campaña, aunque todo fuera falso; era una mentira dentro de otra mayor.

― Coño, mi socio, por fin; ¿qué quieres que diga? Preguntó Daniel.

― No sé, que estoy indigestado, con cagaleras; lo que se te ocurra. Eso sí, diles que estoy bien jodio y en cama, que tengo fiebre, mareos y vómitos; que estuve al borde de la deshidratación.

― ¿Y el certificado?

― Ya, ya lo pensé, me voy a coger el día, más tarde voy al policlínico, veo al médico de guardia y le invento un cuento. Espero que al menos me de alguna receta y un “hago constar” de que estuve allí.

― Coño, Asdrúbal, no sabes cuánto me alegro, ustedes se lo merecen. Les diré que me mandaste el recado con Marcia.

Todo el recorrido lo hizo a pie; de la casa de Daniel a la oficina de Recursos y Vivienda, eran sólo unas cuantas cuadras, pero cuando llegó se tropezó con la primera dificultad imponderable: había un montón de personas con un telegrama similar al suyo haciendo “cola” frente a la entrada. A las 8:00 a.m. y según se podía leer en el horario de atención al público colgado al interior de la puerta de cristal de doble hoja, nadie llegaba para dar cuenta de los impacientes ciudadanos en espera. Por fin, a las 9:00 a.m., una hora después, una muchacha de apariencia inocua abrió desde el interior y empezó a repartir tarjetines numerados en lo que los interesados se disputaban la entrada.

Asdrúbal se percató de que los “turnos” se estaban agotando y calculó que con un poco de suerte alcanzaría alguno antes de que algo así pudiera suceder. Fue uno de los últimos y lo que menos le importó fue convencerse de que en aquel pequeño local iba a permanecer de pie, en condiciones de hacinamiento. Aún no se prohibía fumar y todos los que lo hacían prendían cigarrillos y algún que otro puro, contribuyendo al enrarecimiento del ambiente. Dos pequeños ventiladores en ambos costados, servían para recircular el aire enrarecido en medio de la asfixiante atmósfera prevaleciente.

Antes de que “la compañera”; la chica de la puerta, repartiera el último “número” Asdrúbal echó una ojeada al exterior y constató que había tenido mucha suerte, afuera; un numeroso grupo protestaba por la posposición de sus citaciones. En eso, con una voz meliflua y atiplada, desgarrada a veces por el esfuerzo de hacerse escuchar, la compañera anunció que “los turnos se habían agotado y que no se repartirían más hasta el siguiente día.

― Pueden retirarse, agregó sentenciosa e indiferente.

Más que saber que su número era el 38, lo que le preocupaba a Asdrúbal era pensar que 37 personas en su misma situación estaban delante de él, explicando sus casos, la necesidad que los tenía allí y lo que pudiera demorar el intercambio de preguntas y respuestas entre los solicitantes y los funcionarios, que eran cuatro; ¡sólo cuatro!

Su mente se aceleró y comenzó a hacer cálculos: treinta y siete entre cuatro, casi 10 por cada uno. ¿Atenderían a todos, o se darían por vencidos? Lo primero que hizo fue tratar de establecer la relación de tiempo entre los interrogados y el interrogador y aunque todos no se demoraban lo mismo, calculó que eran unos 20 minutos por caso; eran las 9:30 a.m., luego, treinta y siete por veinte (necesitaba un papel y utilizó el sobre de la citación) eran 7 horas y cuarenta minutos, casi las 8 horas de la jornada laboral…pero, y ¿si descontaba la hora de almorzar…?, más algún que otro caso que se dilatara.

Para consolarse a sí mismo pensó que podían haber algunas situaciones dirimidas en menos tiempo ¿Era garantía de seguridad haber conseguido un número y estar dentro? Quería preguntar, pero no se atrevió. Decidió tranquilizarse y sobreponerse a la zozobra. Al fin, que para estar allí, había esperado más de dos años.

Cuando Asdrúbal escuchó la llamada de su número se dirigió a la única mesa entre las cuatro que estaba disponible. De momento se vio frente al funcionario al que le correspondía ventilar su caso; hubiera querido que fuera una de las dos mujeres porque intuía que en tal situación, ellas serían capaces de mostrar mayor sensibilidad y ya se había dado cuenta que no todos los que comparecían, salían de aquel sitio recibiendo una respuesta satisfactoria.

― ¿Nombre?, inquirió el funcionario.

― Asdrúbal Echenique Armenteros.

Sin articular palabra, el hombre se levantó de la silla para dirigirse a una mesa en que se amontonaban los expedientes de los solicitantes, al parecer, ordenados alfabéticamente. Después de hurgar entre el montón a la izquierda, extrajo un folder que de regreso a la silla que ocupaba, anduvo hojeando con cierta parsimonia y no menos indiferencia por el trabajo que habitualmente debía realizar.

― Bien, está usted casado con Marcía, tiene un hijo, Víctor; de dos años…

― Ya casi tres, le interrumpió Asdrúbal, el mes que viene los cumple, comentó.

― Vive con la familia de su esposa. Siete en total, ustedes incluidos ¿Cierto?

Comenzó a leer todos los nombres, sin dar importancia a la observación del peticionario sobre la proximidad del cumpleaños de Vitico. Asdrúbal entendió que le había sido indiferente y que aquel “compañero” no estaba allí para entablar un diálogo personal con él y menos en lo relacionado con las particularidades de su situación.

― Debo comunicarle, dijo el hombre, que en virtud de las observaciones de su caso, queda usted consignado para la categoría de “necesidad no perentoria”

― Y, ¿qué significa eso, compañero?

― Que sólo puede optar por la entrega de un local que está categorizado como inhabitable, pero que se considera re-habitable si acepta la designación y se compromete a su rehabilitación.

El hombre entonces, levantó la mirada para tropezar con la de Asdrúbal que, sin entender, era más bien inquisitiva.

― Si decide aceptar, se compromete a todo lo relacionado con la re-incorporación del inmueble bajo la categoría de uso familiar y deberá firmar un contrato de ocupación, fecha a partir de la cual deberá pagar una cuota de alquiler por los próximos 20 años de $ 20.00 mensuales.

― Debo aclararle que no es de la responsabilidad, ni de la incumbencia de esta dependencia ninguna gestión, obra de re-acondicionamiento, ni restablecimiento de los servicios de agua o electricidad. Todo ello corre de su cuenta. Se podrá establecer el susodicho contrato, al momento en que usted regrese con los documentos pertinentes y la habitabilidad del local pueda ser constatada.

Era evidente que aquel sujeto actuaba bajo el efecto de un discurso que debió haber pronunciado tantas veces que se lo tenía aprendido de memoria.

― Y, ¿dónde está el local?, inquirió Asdrúbal…

― Tiene suerte, dijo el hombre. Es una ubicación céntrica y con acceso a muchas rutas de guagua (ómnibus, quería decir)

― ¿Sabe dónde está el Martí? (se refería al Teatro, que permanecía abandonado por ese entonces) ― Dragones y Zulueta, por la parte que da a Dragones…

― ¿Puedo ver el sitio?, ¿me dará usted los datos? Dijo Asdrúbal, aún con cierta confusión.

Entonces el hombre abrió una gaveta al centro del escritorio, extrajo un pliego de papel en blanco y anotó la dirección exacta del lugar: Dragones, el número del inmueble (especificando que se trataba de la planta baja, pues el edificio era de varios pisos) y las entrecalles. Agregó además, Regional Centro Habana, Seccional Habana Vieja.

― Asdrúbal echó una mirada al reloj colgado en la pared, al fondo, porque sabía que era el que determinaba el horario de funcionamiento de la Oficina y que, aunque estaba muy cerca del sitio de referencia, a sólo unas cuadras, quizás tuviera tiempo de regresar.

― ¿Hasta qué hora están aquí?, preguntó… eran las 3:45 p.m.

― Hasta las 4:30 p.m.

― ¿Y no me entrega usted unas llaves o algo así, compañero?

― No es necesario, allí encontrará un compañero custodio que se encargará de mostrarle el sitio. ― Enséñele éste papel…

Echó mano de un gomígrafo que golpeó un par de veces sobre una desgastada almohadilla y acuñó el papel con la dirección del lugar.

― Es todo, dijo el funcionario.

Sin ninguna otra cosa que agregar, el hombre, como si su minúsculo poder lo convirtiera en ser exento de cualquier disquisición; se limitó a decir: próximo.

Asdrúbal salió de allí corriendo, llevaba entre las manos la ansiada solución a un problema que no era sólo suyo y mientras avanzaba entre los transeúntes esquivándolos para evitar tropezarse, en unos minutos se vio de frente a una realidad que desbordó los límites de lo imaginable. Sabía que todos aquellos “locales” que se estaban entregando en arriendo solían estar en condiciones deplorables. Pero lo que el funcionario había catalogado como “inhabitable” y en posibilidad de ser rehabilitado era, prácticamente, un derrumbe.

Frente a una puerta carcomida por el comején, sin llavín y a medio abrir como única condición de mantenerse en pie, un hombre de avanzada edad, con traje de miliciano y un brazalete que lo identificaba como “custodio” en un lugar en que no había nada de valor, daba cabezazos entre sueño y vigilia, sentado en un taburete destartalado.

― Buenas tardes, dijo Asdrúbal, acercándose y sin quitar la vista del portón metálico que, desprendido de sus raíles le permitía observar, parcialmente, la acumulación de desperdicios en el interior. El viejo se desperezó para responder:

― Aquí no hay baño, esto está “clausurado”, si quiere hacer sus necesidades búsquese otro sitio.

Lentamente, como si le hubiera puesto un freno involuntario a su premura y casi decidido a regresar y desistir de todo aquello, Asdrúbal sacó el papel del bolsillo de su camisa, y se lo mostró al hombre.

― ¿Qué dice ahí?, léamelo, no tengo buena vista.

Con ademán de ignorancia (que no era sólo visual) Asdrúbal rescató el papel de las manos del viejo y le leyó lo poco que había escrito en él.

― A ver, déjeme ver, ¿tiene el cuño del Regional?

Evidentemente, era lo único que podía descifrar y que le interesaba.

― Amigo, dijo el sereno (día y noche ese era el papel que aquel hombre desempeñaba) ojalá le convenga, han venido muchos antes de usted y nunca han regresado. Venga, le voy a enseñar; ándese con cuidado y no se espante con las ratas, ni las cucarachas y, si les tiene miedo, mejor no entre…

El viejo se levantó cansado y con la parsimonia que parecía caracterizar cada uno de sus movimientos, echó mano de un tubo para calzar la puerta de entrada en el costado y evitar que se desprendiera de unas grandes bisagras que bajo el efecto de la herrumbre habían perdido todo su poder de articulación.

― Este pedazo de tubo es mi defensa, a cada rato aparece un gracioso que se quiere colar para mear y si no se quiere ir, agarro el tubo y se lo muestro, enseguida sale que jode. Soy Cespé y a mí, hay que respetarme.

Asdrúbal se limitó a sonreír sin que lo abandonara un rictus de incredulidad que la tensión de los músculos en derredor de la boca hacía perceptible y notó que un sudor frío, cada vez más copioso, servía para trasladar la misma situación de incomodidad al resto del cuerpo.

El custodio iba delante y abriéndose paso por un deslinde muy estrecho que alguien había creado para dejar amontonada la basura y los escombros a ambos lados. Los roedores, visibles, no se aventuraban a interferir el paso de los que andaban el trillo; más bien parecían respetar la ruta del humano que se aventurara entre ellos y vivir acomodados en sus respectivas y pequeñas colinas de insalubridad. Las cucarachas y quien sabe que otras alimañas, se desplazaban por las paredes laterales de una derruida edificación que debió tener, para ese entonces, casi un siglo. A lo mejor al caer la noche, y en la oscuridad, todo era distinto: una orgía de aquellos habitantes voluntarios en medio de su inconsciente desenfreno, mezcla de instinto diferencial entre insectos y roedores, para devorarse entre ellos.

― De vez en cuando dejo que entren los gatos, impiden que los ratones se salgan a la calle, porque los obligan a esconderse. En cuanto a las cucarachas, eso no tiene remedio. ― La gente de los altos se queja de que van a parar a sus cuartos (los pisos de arriba se habían convertido en una cuartería en la que vivían hacinados, más de un centenar de personas)

― Y esto, ¿qué cosa era, qué había aquí?, preguntó Asdrúbal.

― Era la bodega de unos gallegos, lo recuerdo muy bien. Nada de lo que ahora ve; todo muy organizado, limpio y con anaqueles llenos de comida. Allí, ―señaló a su derecha ― estaba el mostrador, aquí, detrás; la trastienda y el inodoro. No era tan grande, pero tenía tremenda clientela y veníamos a tomar cerveza y ron en la barra, jugando al cubilete. Se juntaba mucha gente de los trenes y hasta de los muelles. Uno de los gallegos se llamaba Américo y su socio, Bernardo.

― Entonces ha vivido usted por mucho tiempo en este barrio.

― Oh, sí, respondió el viejo, desde que en el Martí se armaban tremendos fetecunes  con Candita, la mulata culona que bailaba rumba ¿la conoce?, todavía está viva y en el duro. Venía mucha gente “de la jai” (high) y unos maquinones que le metían miedo al susto, “último modelo” Ahora, dicen que lo van a arreglar…a lo mejor eso le conviene, ¿no cree?

― Y, ¿dónde vive usted?, preguntó Asdrúbal.

― Por ahí, Muralla abajo, tengo un cuarto para mí solo, la madre de mis hijos se murió y yo me las arreglo como puedo.

― Y, ¿cuántos hijos tiene?

― Tenía dos, que yo sepa, eran hijos de la difunta; al mayor, lo mataron unos alzaos hijo´e putas en el Escambray, era teniente y el otro, el que me queda, se juntó con una santiaguera que trajo de Oriente y vive en Buenavista. Tengo un par de nietos, pero casi nunca los veo…

― Bueno, ya vio lo que le espera ¿Qué le parece, le entra o se rinde?

Asdrúbal salió de allí convencido de que jamás volvería, posiblemente, pensó; dejaría que cualquier plazo para dar una respuesta se diluyera en el tiempo. Tenía la fetidez incrustada en sus orificios nasales y adherida a la ropa y en su cabeza, no había respuesta alguna de su cerebro que lo hiciera capaz de imaginar como aquel lugar que le ofrecían podía ser reconstruido para volver a ser habitable.

El edificio entero debía ser echado abajo y no dejar piedra sobre piedra y lavar, haciéndolo desaparecer, la destartalada imagen de aquel lugar.  Era mejor levantar una gigantesca carpa sobre el terreno para dejar que aquella gente malviviera sin el asedio de la humedad, la falta de agua y las evidentes amenazas de derrumbe de una edificación apuntalada, sostenida por improvisadas muletas de madera de segunda, que malamente reforzadas de vez en vez, desafiaban las circunstancias y las impredecibles amenazas de la naturaleza. ¿Era allí donde iría con su familia?

En la esquina, y con la corriente de aire que venía por Zulueta proveniente del bolsón de la ensenada de Guasabacoa en la Bahía, sintió un fuerte olor a excremento potenciado por las precarias condiciones del alcantarillado. No quiso observar las aguas negras que se acumulaban al pie de la acera, algo bastante común por aquellos lugares, incluida el área del edificio de Aguiar en el que residía. La brisa producía el desagradable ascenso de la pestilencia y observó que algunos se tapaban la nariz para evitarlo, sin poder acostumbrarse.

Asdrúbal no era, no podía ser ajeno, a todo lo que había escuchado sobre la terrible situación de grandes sectores de la población mundial que vivía en condiciones de pobreza. Había escuchado sobre las favelas brasileñas, las villas de miseria en Argentina, los metederos en Colombia, los cerros en Venezuela y las colonias populares en Méjico; todos países de gran extensión territorial y poseedores de variados recursos naturales y que contaban con yacimientos petroleros en explotación, algo que en la perspectiva cubana estaba ausente aunque se tratara de una Isla, mucho más pequeña y menos poblada.

Desde su lógica, bastante elemental al respecto, le parecía justificable la carencia de recursos y que la proliferación de conglomerados similares a los que se referían las historias vinculadas a la inadecuada distribución de los recursos y las riquezas en los casos tantas veces reiterados, no hubiera sido mayor en su país. Algunas veces pensó que la existencia de tugurios rodeados de amontonamientos de desperdicios y carentes de agua y electricidad como Llega y Pon o Las Yaguas, bien podían ser una caricatura de lo que había escuchado.

Pero había algo donde su interpretación no se avenía a la realidad que personalmente le estaba tocando enfrentar: en los lugares a los que la propaganda se refería como objeto de la necesidad de llevar a cabo una revolución, una asonada del proletariado para subvertir sus paupérrimas condiciones de vida; aún no había tenido lugar nada de eso. En Cuba, sí, y el gobierno se ufanaba de encabezar un empeño que fuera capaz de borrar los síntomas visibles de una deteriorada situación que iba a permitir a todos vivir con un mínimo de dignidad. Lo que le estaban ofreciendo, al parecer, no tenía la más mínima relación con lo que constantemente escuchaba y menos, cuando por medios propios debía encarar la reconstrucción del inhóspito sitio que el viejo sereno le acababa de mostrar.

Al regreso, fue imaginando las versiones que como parte de la negación de aceptar, iba a dar a su familia; sobre todo a su mujer que estaría esperándolo llena de ansiedad por saber cuándo, por fin, se mudarían. Abandonó la idea de ir en busca de justificaciones para mostrarle al jefe a propósito de su ausencia y llegó a pensar que no había sido válido lo que consideró como pérdida de tiempo y causa de una frustración que iba a tener que compartir con todos.

Concluyó que su problema no tenía solución y que ni siquiera podía albergar para sí y los suyos, la esperanza de habitar en una miserable chabola de las favelas o de las villas de miseria. El dilema era, al menos eso creía, insuperable, y le estaban ofreciendo una “oportunidad” ―la única ― para la que carecía de respuesta. Con paso lento, como suele suceder cuando se piensa en el fracaso y las respuestas se despeñan en contradicción con la evidencia, le cayó la noche encima y terminó aplastándolo.

― Por fin llegas, ¿por qué te demoraste tanto? Dijo Marcia…

― Olvídalo todo. Esto ha sido una burla…

Los miembros de la familia concentrados en la pequeña salita del inmueble se miraron entre sí, e hicieron silencio. Ninguno preguntó nada. En gran medida escuchar el argumento de Asdrúbal, también era una contrariedad para ellos.

― ¿Qué pasó, no te dieron el local?, preguntó Marcia.

― Prefiero no hablarte ahora…luego, más tarde. Sí, si me lo dieron, pero está inhabitable y allí, nadie puede vivir.

― No te entiendo, insistió Marcia, ¿entonces, porque te lo están ofreciendo?

― Me recostaré un rato, luego te explico, ni yo mismo puedo entenderlo.

Marcia se dio cuenta que insistir estaba de más. Conocía las reacciones de su marido y comprendió que debía tener paciencia. Para ella, escuchar que el famoso local existía, aún como una remota alternativa, alentaba la idea de que, por mínima que fuera, la posibilidad de solventar la estrechez de la situación que todos padecían no se había esfumado del todo. Los demás volvieron a mirarse para reiterar en silencio la congoja e ir macerándola en la imaginación. Para ellos, la solución no era tan evidente.

En virtud del insomnio que les produjo a los dos; a Marcia por el desespero de saber en detalle todo lo acontecido y a Asdrúbal por la falta de argumentos convincentes, el hombre comenzó la narración del día de ajetreos, expectativas, realidades y frustraciones en que unas cuantas horas lo hicieron desembocar en un callejón sin salida. Concluyó el relato y terminó por decir: es probable que otros estén en peores condiciones que nosotros, aquí, estamos apretados pero al menos tenemos un techo.

― ¡Ah, no!... dijo Marcia. No puedes ser tan conformista, tengo que ir a ver ese lugar. En esta vida, si decides luchar, todo tiene remedio…

― Haz lo que quieras, no es cuestión de “luchar” ―recalcó la palabra que le pareció una acusación inmerecida de su mujer― sino de cómo hacerlo y, si no tienes con qué…al carajo la voluntad…siempre lo ves todo muy fácil. Espera a que veas la pocilga en que piensas meter a tú hijo…

El amanecer los sorprendió con los ojos bien abiertos. Ese día Asdrúbal llegó muy temprano al Combinado en La Lisa y Marcia, con el papel de  la dirección del sitio metido en el brasier, le pidió a su suegra que cuidara de Vitico. Ella tenía algo demasiado importante e impostergable que hacer. Agarró el manojo de llaves y salió apresurada a enfrentarse a la realidad. En pocos minutos, se vio frente al desastre que su marido le había descrito, pero por aquello de imaginar el infierno desde la óptica de un penitente; le pareció, más bien, encontrarse con el purgatorio.

― Y usted, señora, ¿quién es? Preguntó el sereno que parecía omnipresente y formar parte del lugar.

― Soy la esposa del compañero que estuvo ayer aquí, Asdrúbal, lo recuerda.

― Claro, debí suponerlo, detrás de los que se arrepienten siempre vienen sus mujeres.

― Sí, pero él no está arrepentido.

― Bueno, no me lo pareció, pero si usted lo dice…lo único que puede pasar es que me cambien de sitio, el trabajito no lo voy a perder. Locales vacíos hay varios por aquí y si nadie los quiere, alguien tiene que cuidarlos.

Marcia hizo silencio, miró al hombre y se atrevió a pedirle que le mostrara el interior.

― Vaya que me hacen trabajar…a mi edad, pero bueno, para eso estoy aquí. Le advierto que si le tiene miedo a las ratas y las cucarachas se arrepentirá de habérmelo pedido.

Una vez en el interior, Marcia, aguantándose la falda para ceñirla al cuerpo y como si ello la pudiera proteger, avanzó timorata detrás del viejo para el cual aquello se había convertido en rutina en que se había hecho inmune a la pestilencia, las alimañas y el trillo entre los escombros; un corto espacio que podía haber andado con los ojos vendados sin tropezar. Ella, casi en puntas, iba tratando de solventar escollos que no siempre existían pero que, eventualmente, podían presentarse en su camino. Era por eso que se quedaba rezagada y con el rostro compungido por el espanto, le pedía al hombre que la esperara, que le tuviera paciencia. Tenía miedo a que una rata la mordiera o una cucaracha trepara por sus pantorrillas.

― Y, ¿aquí no hay baño?

― Sí, allá a la izquierda, en el fondo; lamento decirle que está en muy malas condiciones, irrecuperable.

― Y, su esposo, ¿no le contó?

― Sí, sí, dijo Marcia, viéndose de momento frente a lo que alguna vez, hacía ya mucho tiempo, había sido el baño por el que preguntó.

¡Dios mío!, exclamó mientras daba pequeños saltos para evitar que los insectos se le acercaran, en el entorno la afluencia de estos era mayor. El ambiente perfecto para reproducirse entre la humedad, la costra y la oscuridad que pudo proveer de privacidad aquel receptáculo cuando cumplía sus funciones bajo ciertas condiciones de discreción.

― Bueno, muchas gracias compañero, agradezco su amabilidad, ha tenido mucha paciencia conmigo.

― No, de nada, es mi deber, para eso estoy aquí y para que nadie se cuele sin mi permiso.

El viejo completó su acostumbrada rutina que lo llevaba a ocupar el puesto en el taburete que permanecía recostado a la pared, siempre en el mismo lugar y sobre el cuero; un cojín de amarillo desteñido con dos manchas grisáceas y mugrientas que eran las huellas del trasero, separadas entre sí por la escisión que impedía el entumecimiento de las sentaderas de aquel hombre, al que no parecía preocuparle que tal huella evidenciara los largos espacios de tiempo en que permanecía observando en derredor, o dando cabezazos cuando la monotonía de su trabajo terminaba por vencerle.

Marcia emprendió el camino de regreso al apartamento de Aguiar, mientras revisaba y sacudía la falda en ademán de espantar cualquier indeseable presencia que hubiera podido meterse entre sus pliegues sin que ella lo hubiera notado. Tenía más de la mitad del día antes del regreso de Asdrúbal y la urgencia de tiempo para comentar un plan de acometida que empezó a pergeñar, la hizo moverse con rapidez. Estaba segura que su familia la apoyaría y ahora, lo más difícil era convencer a Asdrúbal de que todo tenía arreglo ¿Sería capaz de conseguirlo?
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No hay nada más difícil de doblegar por un hombre que la voluntad de una mujer enamorada y poseída de un propósito, una obsesión. Lo más amargo, se ve endulzado por el susurro de una petición al oído que es caricia para la más intransigente orfandad imaginable. Lo que puede ser la indeseable repetición de lo que no se quiere escuchar, deja de constituir un acto de petulancia y se hace orden en el afán de la complacencia.

La estrategia de Marcia para convencer a Asdrúbal fue la de cualquier mujer: insistir evitando la confrontación, esgrimir los argumentos que pusieran de relieve las ventajas y enfatizar en las que no existían fuera de aquella única posibilidad. Lo demás, argucias de mujer. Sin entenderlo muy bien, Asdrúbal aceptó el reto y se hizo cargo del adefesio que, según le repetía Marcia, se vería convertido ―alguna vez ― en el hogar familiar.

Al cabo de tres meses de botar desechos y escombros en el tiradero de la Calle 100 y mediante el uso de un camión que un chofer de la empresa del vidrio estaba autorizado a llevarse a la casa y al que Asdrúbal debía cortejar con ciertas dádivas ― el tipo decía que no le interesaba el dinero ― consistentes en cajas de cerveza, algún litro de ron y cualquier otra vitualla, lo más difícil; la limpieza, había concluido. Asombrados quedaron todos cuando pudieron apreciar que aquel rectángulo que había sido expendio de víveres y licores, parecía más grande de lo que imaginaron.

Del propio tiradero, al que acudían sin falta sábados y domingos, habían traído bloques de construcción y ladrillos usados que con paciencia, se encargaban de limpiar de los restos del cemento endurecido que los había integrado en alguna construcción demolida; era una labor difícil y en ocasiones aquellos materiales de segunda mano cedían, quebrándose como cristal a los repetidos golpes del cincel y el martillo. En tal caso, regresaban al tiradero sin la posibilidad de ser re-utilizados.

En el barrio, el suegro de Asdrúbal ― aquello se había convertido en una aventura familiar ― conocía un tipo que trabajaba manejando una torva en la que transportaba cemento a granel desde la principal fábrica del país; evidentemente, del inmenso tanque del camión no podía extraer el cemento, pero, estaba en el “negocio” de transportar sacos con “el barrido” Era polvo de cemento que quedaba sobre el suelo, al interior de la planta y que otros recogían, acumulaban y entre todos vendían; aquí si había que pagar, $10.00 por cada saco.

Asdrúbal, su suegro y su cuñado, convertidos en improvisados albañiles habían calculado que iban a necesitar entre veinte y treinta sacos para sustituir el portón de corredera al frente y levantar una pared interior que creara una división imaginando el dormitorio separado de lo que sería la sala, donde también estaría la cocina. Por el momento, lo más difícil seguía siendo re-acondicionar el baño, crear las conexiones para improvisar la regadera y ver qué iba a suceder cuando se restablecieran el agua y la electricidad.

Aún no terminaban y ya otros inquilinos del edificio en las plantas superiores comenzaron a relacionarse con sus nuevos vecinos. Parecía que les llamaba la atención la voluntad con la que aquella gente encaró el empeño y algunos comenzaron a sumarse al esfuerzo. Lo que pudo parecer imposible comenzó a transformarse en el sueño largamente acariciado por Asdrúbal y su familia, aquella gente que se brindaban impulsados por la buena voluntad, se percataban y a pesar de sus propios problemas, hicieron suyos los de aquella familia que, sin dudas, parecían “buena gente”

El mismo tipo de la torva de cemento, experimentado traficante de insumos, regularmente de segunda mano, y representante de un gremio extraoficial que la propia situación se había encargado de engendrar: la venta a sobreprecio, la “bolsa negra”; le consiguió a Asdrúbal un sanitario y un lavabo de segunda mano; si hacía el negocio con él, le regalaba la ducha, lo ayudaba con la instalación y a resolver cualquier problema en las tuberías que pudiera aparecer al conectarlas al alcantarillado. Asdrúbal aceptó y al día siguiente, en la noche ― estas operaciones era necesario llevarlas a cabo con la ayuda de la nocturnidad― Asdrúbal lo esperó hasta que se apareció con lo prometido y almacenaron las piezas con cuidado en el interior. Además de la ducha, le complementó la promesa con una jabonera que, según dejó saber, era “su regalo”

El frente había sido tapado con bloques dejando una gran abertura para situar una ventana; la puerta del costado, la que daba acceso al interior, sustituida por una ― también usada ― algo mayor que la desechada y que hubo que adaptar mediante un meticuloso trabajo de carpintería que el suegro de Asdrúbal, tipo con maña para esas cosas, llevó a cabo. Lo mejor era que venía con la cerradura y sólo hubo que mandar a hacer las llaves. El cerrajero le dijo al interesado que si conseguía los “clichés” él las haría. En el mercado negro se los vendieron a sobreprecio y, por fin, ya podía cerrar… su casa.

Tal detalle, fue para todos como el símbolo de la victoria final tras la conclusión de una guerra contra el deterioro y la inmundicia. ¿Casa, hogar? Eran palabras que sonaban raras, representaban la ilusión del descreído cuya visión se movía entre realidad y fantasía, desconfianza y certidumbre. En cada situación, lo que se anhela y se llega a tener se ve convertido en invaluable atractivo de los sentidos que se predisponen al menosprecio de sus condiciones, más bien las ensalzan, al dimensionarlas en la imaginación. Era ese, el sentimiento que experimentaban.

A Marcia y a su madre, mujeres al fin, todo les parecía maravilloso; más de una vez se dedicaron a imaginar dónde iría esto o aquello, dónde los cajones en que guardarían los enseres, que lugares parecían apropiados para colgar fotografías, algún cuadro con la reproducción de un paisaje de autor desconocido y pueriles trazos, cuál debía ser el mejor lugar para situar la barra de colgar la ropa hasta que apareciera un escaparate o un chiforrover, en qué lugar estaría mejor ubicada la pequeña cocina de queroseno ―que también tendrían que “conseguir” ― y la cuna para Vitico que ya iba a cumplir los tres años (o sería mejor una pequeña camita que le sirviera para cuando fuera más grande)

― Oye Asdrúbal, ¿tú crees que allá en el combinado puedas conseguir unas cajas grandes de madera? Preguntó el suegro.

― Puedo tratar, le respondió Asdrúbal. Pero, y ¿para qué?

― Te puedo hacer un estante para la cocina, en el puedes guardar víveres y en la parte de arriba poner cualquier adorno, tacitas de café, platos; ya sabes, todas esas cosas.

― Tremenda idea, papi, acotó Marcia.

A partir de aquel momento se selló el compromiso y la necesidad de que Asdrúbal tuviera que llevar a cabo innumerables gestiones en las que, hasta el administrador del combinado intervino para que le concedieran a Asdrúbal el derecho a desarmar dos grandes cajas en las que habían sido transportados unos equipos provenientes de Checoeslovaquia e ir trasladando la madera con el mismo tipo del camión de los escombros, por supuesto; a cambio de una caja de cerveza conseguida de trasmano y pagada a sobreprecio.

El armario, pintado de blanco y con bordes verdes, quedó terminado; confeccionado con el amor de un padre que le hacía el regalo a su hija. Fue ubicado a un costado, en la mitad anterior que desempeñaba las funciones de sala-cocina y comedor. Cuando se abría la ventana al frente, todos tenían que hacer con él, preguntaban dónde lo habían comprado para saber si era posible conseguir uno igual.

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Las circunstancias, y las necesidades generadas en torno a ellas, suelen determinar la forma de actuar bajo su influencia. El traslado de los Echenique tuvo características muy peculiares. No fue una mudada en que debieron acarrear demasiadas pertenencias; de hecho, todo tuvo cabida en un reducido número de cajas de cartón atadas con descuido y mediante tiras empatadas con pedazos de cordel. Sin excepción, era ropa y algunos objetos de carácter personal.

La movida a su nueva residencia se hizo a pie y no se diferenciaba del recorrido de una minúscula caravana de gitanos trashumantes con el afán de encontrar albergue y conseguir un descanso circunstancial. Para Asdrúbal y su familia, era una movida definitiva a la que les costaría trabajo adaptarse a pesar de representar la consecución de lo deseado. Nunca habían estado solos y las reacciones ante estímulos desconocidos y por descubrir, representaban para ellos una interrogante sin respuesta ¿Cómo sería todo aquello?

Lo más urgente era armar la cama que se llevaron despiezada a fin de poderla cargar, luego, conseguir una para su hijo. De ello, se ocupó el abuelo poniendo sus artificios y mañas de carpintero improvisado para ensamblar un bastidor en que pielera y cabecera carecían de diferencia y en él, encajó un pedazo de cartón bagazo mientras la abuela pespunteó un remedo de colchoneta con retazos rellenos de tela de saco para que el muchacho paliara los rigores de la rigidez.

La mesa que inicialmente utilizaron ―actuaban motivados por la urgencia ― fue improvisada mediante el uso de algunos bloques de construcción sobrantes sobre los cuales pusieron la vieja puerta sustituida y, a la que en afán de pulcritud, le dieron una “manito” de cal blanca a la que los cubanos llaman “lechada” Asdrúbal se hizo con unos banquillos que trajo del trabajo y que sustrajo con cuidado a pesar de que se hallaban tirados en un almacén de trastos sin uso ni beneficio alguno. De a uno, los fue sacando hasta completar tres, evidentemente no pensaba en que hubieran invitados a comer y  si la familia pasaba a visitarlos, podían permanecer de pie o sentarse en el piso.

Los Moreira ―la familia de Marcia ― tuvieron a bien cederle un sillón que ocupó un lugar en el cuadrilátero oscuro y sin ventilación, la mayor parte del tiempo la abertura que sirvió de marco a la ventana en la pared exterior y donde antes estuvo la corredera de metal del bodegón, permanecía cerrada; hubiera sido un acto de indiscreción permitir la mirada de los transeúntes al interior y Marcia sólo la abría cuando hacía la limpieza, que era casi a diario y según decía, para que “la casa se ventilara” Luego, volvía a cerrarla.

Poco a poco, y nunca sin esfuerzo, las apariencias fueron cambiando; amigos y conocidos siempre aparecían con preciados obsequios en dependencia de su valor de uso inmediato, o, Marcia y su madre se encargaban de conseguir algo que colgara de las paredes desconchadas y les diera una mejor apariencia. Tratar de ambientar, decorar no, a nadie se le hubiera ocurrido y tal concepto carecía de significado en tales circunstancias, animó el propósito que alguna vez imaginaron las dos mujeres. Lo más perentorio seguía siendo conseguir un refrigerador, un ventilador y una cocina.

Con lo de la cocina tuvieron suerte, apareció una Picken de luz brillante de dos hornillas. Con el refrigerador resultó más difícil; hasta que el tipo que manejaba la torva de cemento se encargó de conseguirles uno usado y bastante antiguo, era un Hotpoint del 55 que todavía enfriaba “cañón” y que tuvieron que pagarle muy caro, ya estaban hartos de mantener piedras de hielo forradas en saco para evitar su desgaste, o, al menos; tratar de aminorarlo y que los alimentos perecederos se echaran a perder.

La rutina de los Echenique se fue haciendo llevadera y en lo que Vitico crecía y se fueron asimilando al entorno conformado por sus vecinos, el tiempo transcurrió. Luego, vinieron los cuestionamientos que en silencio se hacía Asdrúbal y para los que no parecía encontrar  respuestas. Evitaba comentar con su mujer porque la creía feliz, al menos eso pensaba sin saber que entre lo que ambos encaraban en el plano de las dudas y decidieron ocultarse mutuamente, estaba el  motivo de las mismas interrogantes; trabajaban, ganaban sueldos que respectivamente no correspondían al mínimo de la escala salarial vigente; ¿por qué estaban condenados a vivir en la pobreza, si eran personas que celosamente cumplían sus deberes?

En otros términos, el progreso era siempre una dimensión inalcanzable porque en la práctica, nada coincidía con lo que a diario debían escuchar y que no podían cambiar a pesar de intentarlo mediante el empeño personal.  Los años transcurridos bajo las mismas circunstancias terminaron por hacerles entender que se trataba de una situación que se materializaba desde su propia relatividad sólo para algunos, unos pocos, los escogidos; los que controlaban y ejercían el poder, mientras repartían dádivas entre sus incondicionales en un entorno selectivo e inaccesible.

Asdrúbal y Marcia no eran políticos ―al menos de la manera en que creían entenderlo― pero escapar a tal clasificación bajo la influencia de ser considerados como parte de las masas politizadas, definitivamente no era posible. Todo estaba pautado por intermedio de una participación en las llamadas “tareas” que invadía la cotidianidad del ciudadano desde su lugar de trabajo, para terminar afectando las decisiones personales y al interior de la privacidad de cada hogar. A eso, entre muchas otras cosas, le llamaban socialismo; ideología de la Revolución y de su líder máximo. ¿Pero, se cumplían las reglas basadas en postulados teóricos y filosóficos? Ninguno de los dos podía afirmarlo o negarlo y llegaban a culparse debido a su incapacidad para abordar y entender el tema.

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La noticia fue tan impactante que a pesar de la compartimentación de la información, no pudo ser ocultada. Comenzaba el mes de abril ― fue el cuatro, y difícilmente, ninguno de los tres lo olvidará ― cuando un grupo de temerarios violentó la verja de entrada de la Embajada del Perú en Quinta Avenida y Calle 72 en Miramar, estrellando un ómnibus contra ella. Asdrúbal nunca había tomado una decisión tan precipitada e incierta, pero no lo pensó dos veces…

― Marcia, prepárate y prepara al niño, vamos para la Embajada, esto no va a durar mucho y no hay tiempo que perder.

― ¡Ah no, Asdrúbal, no es tan fácil la cosa, Vitico es un niño, acaba de cumplir diez…

― Y, ¿qué quieres?, ¿qué se monte en una balsa y se vaya sólo, sin que nos enteremos? ¿Recuerdas?, tenía sólo tres cuando me convenciste para traerlo aquí. Ahora, tú decides; o nos vamos los tres, o me voy yo sólo…después veremos.

De golpe, todos los cuestionamientos de Asdrúbal tomaron efecto en una decisión que parecía precipitada y para comunicársela a Marcia no le hizo falta demasiado tiempo; solo una frase que era más bien, un acto de conminación.

― ¿Entonces, nos vamos?, dijo Marcia…y agregó; por donde vaya uno, vamos los tres. ¿Crees que puedo separarte de nosotros?

― Nada de avisos, no hay tiempo; ya tú familia se enterará; tampoco bultos, cualquier chuchería de comer; ni ropa, ni jabas, nada que estorbe.

Cuando salieron a la calle se respiraba un ambiente de zozobra, la gente comentaba en voz baja lo que estaba sucediendo aunque todo el mundo lo sabía. Nadie, empero, se atrevía a dar opiniones y antes de que “el líder” se pronunciara a favor de que todo el que quisiera irse invadiendo los predios amparados por el derecho de extra-territorialidad, los Echenique ya estaban dentro. No les fue fácil llegar, se bajaron de un ómnibus a muchas cuadras del lugar y caminaron por calles oscuras y aledañas al sitio; cuando brincaron la cerca con la ayuda de algunos de los que ya lo habían hecho, les pareció que todo había sido demasiado fácil. En ese momento el grupo de personas no rebasaba el centenar.

    “Al principio fueron unos cuantos que merodeaban por las inmediaciones.   Luego un grupo de muchachos se animó a saltar la reja. Hacia mediados de la mañana eran decenas que deambulaban por el jardín. El personal peruano temía un asalto, un linchamiento, un intento de extraer por la fuerza a los veintitrés cubanos previamente asilados que albergaba la embajada. Al final del día los refugiados llegaban a 300. Y ese fin de semana se produjo la hecatombe: se empadronarían 10,865. En determinado momento, alguien propuso la toma de los diplomáticos como rehenes. Estos compatriotas, sin embargo, atrapados con los refugiados en una situación dramática y sin precedentes, han logrado la proeza de imponer la calma ― hasta ahora”

De esa manera describía los hechos la revista Caretas en su edición del 14 de abril de 1980 en un artículo titulado “!El Verdadero Drama de Nuestra Embajada! (¡Testimonio directo desde La Habana!)” El resto de la historia es conocido, allí, en medio del hacinamiento estaban Asdrúbal, Marcia y Vitico viviendo la experiencia más terrible y temeraria que, ahora y por voluntad, habían decidido encarar. En más de una ocasión estuvieron a punto de arrepentirse, pero no lo hicieron; el regreso podía ser peor y constituir una decisión capaz de conducirlos a una peor disyuntiva. Sin embargo; nadie sabía, o podía sospechar, lo que iba a suceder.

Luego, las consecuencias: abandonar la embajada para regresar por pocos días y reunirse con la familia a la que todo aquello se le antojaba como un gran disparate. El gobierno decidió otorgar unos “salvoconductos” a los que se habían decidido a arrostrar los riesgos y las consecuencias de los actos de repudio, amenazas, vituperios y golpizas y, tras vivir las penurias de otros quince días de incertidumbre, por fin, la salida.

 A poco de haber transcurrido aproximadamente un mes, se vieron formando parte de un grupo de navegantes que se alejaban de un tiempo y una historia de la que cada cual había formado parte bajo el efecto de la individualidad pero en un contexto de rigidez similar y colectiva. Alrededor de 125 000 personas fueron los protagonistas; ninguno sabía, ciertamente, lo que podía pasar, pero la decisión estaba tomada: abandonaron el país con lo que llevaban puesto, ni siquiera cargaban un jolongo como suele suceder en el caso de emigrantes que buscan un mejor futuro y eso era lo de menos, no hablaban de otra cosa; el objetivo era llegar a los Estados Unidos e intuyeron que era posible conseguirlo. Entre los claros de las cayerías del sudeste norteamericano se produjo una nueva epifanía colectiva de quienes en diferentes momentos de su existencia, optaron por correr los riesgos de brindarse otra oportunidad.

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En su casa de Westchester, suburbio miamense de clase media y trabajadora, Asdrúbal y Marcia lograron encontrar lo que nunca pudieron conseguir en su país, vivir decentemente, como una familia y construir un verdadero hogar. Los sacrificios no fueron pocos, sobre todo en el caso de Marcia que había dejado atrás a sus seres más queridos y no volvió a verlos hasta que en 1993 le avisaron que su padre estaba muy enfermo e hizo el viaje para estar con él por última vez. Poco tiempo después de regresar, recibió la noticia de su muerte.

Para Asdrúbal, fue más fácil; en el 94, recibió la inesperada noticia de que su hermano menor, Aurelio, permanecía en Guantánamo en calidad de refugiado hasta el día que fue notificado para que fuera a recogerlo a la agencia de caridades católicas a la que había sido trasladado después que los “balseros” del nuevo éxodo comenzaron a llegar a Miami. Anselmo, su otro hermano, nunca quiso quedarse a pesar de haber visitado la ciudad en varias ocasiones, aún vivía en el predio de crianza y los compromisos familiares lo ataban, según dijo, a una situación que no podía cambiar.

No era lo mismo para ellos escuchar los testimonios de muchos ―incluido el de Aurelio, que era de primera mano ― y que narraban el estatismo, la inercia de la situación en la Isla  en la que todos coincidían al describir las condiciones en que el pasado se afianzaba de una manera inexplicable. Contra toda lógica, el efecto de las rémoras y la evidencia física de las circunstancias, no podía ser visualizado exactamente a pesar de estar bien enterados de lo que se trataba y haberlo padecido.

Marcia se lo pudo explicar mejor a Asdrúbal al regreso de su corta estadía de poco más de una semana en el apartamento de Aguiar 208.

― Ya no llega el agua a la cisterna, los pobres, tienen que madrugar para llevar las “chivichanas” con los latones para cargarla cuando viene la “pipa” al centro de distribución y aquello es una locura.

― Los apagones son todos los días y la luz se va, precisamente por las noches. Se alumbran con unos pomos con luz-brillante y un tubito de pasta dental vacío con una mecha de cordel que se moja en ella al introducirlos. ¿Te imaginas?

― Y, ¿pasaste por el bodegón? Preguntó Asdrúbal.

― Cómo crees, mi curiosidad era muy grande, respondió Marcia.

― Me encontré con una sorpresa; del edificio sólo queda en pie el cascarón y lo están reconstruyendo, el Martí está casi terminado y lo están dejando muy bonito…

― Bueno, después de todo es una buena noticia, ¿no crees?

― Sí, sí, pero espera, no es lo que piensas, las obras de reconstrucción están bajo control de…algo así como una comisión de restauración de monumentos, al menos, es lo que dicen los carteles que están puestos en vallas alrededor.

― Y entonces, ¿quién va a vivir allí?

― Por lo que pude averiguar con mi gente, sólo en el caso de edificaciones que se consideran “históricas” se llevan a cabo obras de restauración y no siempre el propósito es convertirlas en lugares para que la población se instale. La gente del edificio fueron trasladadas a otros lugares e inclusive, muchos tuvieron que regresar a vivir con sus familiares. ¿Te imaginas lo que nos hubiera podido suceder? Tanto nadar, para morir en la orilla…

Con la mirada cansada y perdida de quien trata de imaginar algo que fue parte de su realidad, Asdrúbal se dio cuenta de la importancia que tiene la relatividad de esa dimensión incalculable llamada tiempo. Recordó todo lo que había sido su vida en los últimos años y pensó que su suerte, sometida por mucho tiempo a la voluntad ajena, se decidió en segundos; aquella noche en que decidió irse dejando atrás el intento, los esfuerzos, y nada de valor excepto los recuerdos. Como los gitanos trashumantes, él estaba acostumbrado y buscaría un refugio… definitivamente.

― Querido, ¿en qué piensas? Dijo Marcia.

― No, no es nada. Por fin, ¿Cuándo viene Vitico?

― Estarán aquí para el fin de semana, respondió ella, ya me avisó; vienen los cuatro.

La familia había crecido, ahora eran seis, Vitico se graduó de ingeniero en telecomunicaciones y vivía y trabajaba en Texas para la misma compañía que lo ayudó a conseguir tal propósito. Había creado un compromiso que era más bien moral que de otra índole porque no le ataba definitivamente; sin embargo, el haber conocido a Sasha, una americanita de Dallas de la que se enamoró y con la que se casó, constituía un vínculo mucho más fuerte. Sasha, era la madre de sus dos hijos; los nietos americanos de los Echenique, a los que, con tal apellido, se les hacía algo difícil reivindicar su nacionalidad.

La vieja Habana de Asdrúbal, a pesar de todo, terminó por ocupar su lugar: el de una pesadilla que, en el recuerdo recurrente e inevitable, marcaba su experiencia existencial y a la que en gran medida, debía estar agradecido. Al fin, que la ciudad no muere aunque su gente desaparezca junto a la posibilidad de renovarse, mientras se asfixia en la desidia y algunos muros ofrezcan sus pudores renovados bajo la apariencia de sutiles fantasías.

― Cada uno en su casa y Dios en la de todos, recordó Marcia que era muy devota.

― Sabes, le comentó Asdrúbal, alguna vez pensé que Dios, no se ocupaba de esas cosas.

José Antonio Arias-Frá.
Kendall, Miami/ 2016