Uno de mis mejores amigos fue El Pescao; hoy, después de muchos años he de identificarlo por ese nombre que, por cierto, se ganó después de hacer mutis totalmente desconectado (no de máquinas para prolongarle la vida, a él no le asistía el recurso a pesar de ser la medicina un derecho del pueblo) si no de la realidad que lo fue aplastando hasta que, cansado de todo, acabó en la inconsciencia involuntaria del coma vegetativo.
Como rayos le cayeron
al interior de la testa cinco infartos cerebrales; aguantó cuatro, el quinto
fue definitivo. Abusaba del trago indecente, del alcohol a granel diluido con
cualquier cosa, por suerte, murió sin llegar a saber que la limonada es la base
de todo, pero el solía prepararse ― me contaron ― unas explosivas mezclas de
azúcar prieta con agua al tiempo porque los vendedores de piedras de hielo de
una arroba, desaparecieron casi a la llegada del mesías de la desconflautación
(créditos al viejo Roa que bautizó de esa manera al eximio, ocurrente y
solterón Dr. Grau San Martín, dos veces ex – presidente de una República
rebautizada como neocolonial) en las que pretendía atenuar el desgarramiento de
la membrana esofágica a consecuencia de la ingesta del alcolite 90 grados “proof”,
se fumaba cualquier cantidad de Populares (sin filtro) y guardaba las colillas
para hacer con la picadura una suerte de rito mágico: de un paquete de 20,
obtenía 22…
Pescao salió del agua porque
una vez que andábamos por un sitio, por cierto, donde la gente vivía pegada al
litoral y bajo la mirada de(l) Cristo, con nombre de película famosa y donde se
fumaba mucha Campana, hierba para la cual visitantes asiduos y locales habían
desarrollado una cierta inmunidad, terminamos de visita en la saleta de una
casa donde una muchacha, objeto de mi presencia allí y su madre viuda, vivían
el celo de la recién partida del difunto patriarca familiar que murió aplastado
por el mecanismo desprendido de una viga que le servía de riel aéreo en el
dique seco donde él trabajaba; al hecho, según contaban, lo definieron como “trágico
accidente” y a pesar de que el finado era trabajador de vanguardia, casi nadie
fue al velorio porque ese día la banda municipal le cedió su plaza en La
Glorieta del parque a Rumbavana y la gente fue a escuchar a Orestes Macías
cantar aquello del viejo enterrador de la comarca…
Los placeres del
paladar hacia mucho que se habían convertido en recuerdos, reminiscencias de
tiempos anteriores al 68 donde aún supervivían unos personajes llamados
friteros que, con licencia o sin ella y más o menos asepsia, lograban dar
cumplido a lo que otro barbudo de un siglo ha y a quien sus fervientes
seguidores llamaron El Genio de Treveris, dijo sobre la necesidad de hacer
valedero lo que, traducido al argot popular debe interpretarse como barriga
llena corazón contento; después, pensar. El forrajeo, entonces como decantación
de un verbo casi desconocido ― forrajear ― pasó a ser actividad socorrida y
permanente para cagar, comer y dormir ― en ese santo e inalterable orden y más
allá de cualquier otra alternativa.
En unas butacas que
fueron originalmente de mimbre, espaldar y sentadera y ahora eran evidencia de
una inusual combinación de “plywood” (con huequitos para refrescar nalgas y
espalda) y caoba; sentados, Pescao y yo, nos llegaba el olor de pescado en gran
fritura desde la pequeña y aledaña cocina y sin poder disimular el desasosiego
por no haber satisfecho la demanda del “Genio”, la señora nos invitó a almorzar;
dijo que eran “parguitos fritos” aunque realmente se trataba de chicharros;
pequeños, con muchas espinas, de carne prieta y unos seis o siete en total.
Cuando escuché a mi
amigo ya había desaparecido de mi lado, estaba al pie del fogón tragándose el
primero en lo que me alcanzó otro para que lo probara, dijo. No fue posible
determinar cómo se engulló el resto y encima, fue capaz de agradecer la
hospitalidad. Sobrevino una breve y silenciosa pausa en que la discreción de
nuestras anfitrionas le ganó la batalla al insulto merecidísimo y aquella
visita se convirtió en historia; por eso, lo de Pescao…también otras razones post
morten que no vienen al caso.
Pero Pescao no era
cualquier cosa, era un tipo jocoso, cordial, desenfadado, amistoso y
confianzudo sin caer mal, ni dejar de ser aceptado por semejante compendio de
atributos que de alguna manera le permitían ser simpático. Por eso éramos
buenos amigos, porque compartir su amistad y atestiguar sus ocurrencias era
como un mecanismo compensatorio en mi caso. Pescao era la medida del tipo
típico, podía hablar, y hacerlo bien de cualquier tema y conseguir ser
escuchado sin correr el riego de parecer aburrido o pedante.
Solía entrar por las
puertas traseras sin ser llamado e inesperadamente y donde siempre tenía en
espera “un socio” que le resolvía; como Polito, el capitán del Mandarín que nos
colaba por la barra y nos sentaba en la primera mesa que se desocupara para
evadir la cola, o Jaime Moré, el administrador de la pizzería piloto de San
Lázaro e Infanta que traspapelaba las latas de a galón de salsa Vita Nuova que
luego Pescao distribuía en pequeños pomitos para la venta en la bolsa negra;
con los galones de helado que sacaba cuando Marín cubría el turno de la noche
en Copelia, había que apurarse para llegar a casa de otro socio que vivía cerca
y meterlos al congelador porque se hacían batido ¿quién dijo que eso que llaman
mecanismo compensatorio es consecuencia de la continuidad? Al contrario, todo
era a causa de otras carencias ocurridas después de una mefistofélica idea de Mefisto,
otro barbudo, pero de Birán, sin tanta genialidad y de gran carencia de
escrúpulos que decretó una sacrosanta cruzada contra rezagos del capitalismo
que llamó ofensiva revolucionaria.
Nada es eterno, ni
soldado al nacer, como aquella novela del realismo (“reality”) socialista; 20
años después sobrevino la nada…tan cotidiana y permanente (como reza el título
de otra novela), eterna e inmarcesible, como para tener la colectiva voluntad
de hundirnos en el mar, algo que ha sido la no contada historia (por sus
elevados números) de muchos.
Pescao, tiene buena
cuenta de años de haber entrado al más allá y como muchos, no vivió lo
suficiente para vivir en paz, tomar buen ron añejo y fumar habanos de
exportación; que, de todas maneras, ni viviendo otra vida lo hubiera conseguido
en el entrampe insular de las normales normativas. Para él seguiría estando
prohibido cualquier asunto relacionado con la legalidad socialista.
Todo lo contado es
cierto, no hay ficción en lo anecdótico y hay quien puede atestiguar la
veracidad del relato. Hace años que, para los que estamos vivos, mentir no
tiene sentido porque lo real es la mentira.