martes, 26 de diciembre de 2023

PESCAO IN MEMORIAN

Uno de mis mejores amigos fue El Pescao; hoy, después de muchos años he de identificarlo por ese nombre que, por cierto, se ganó después de hacer mutis totalmente desconectado (no de máquinas para prolongarle la vida, a él no le asistía el recurso a pesar de ser la medicina un derecho del pueblo) si no de la realidad que lo fue aplastando hasta que, cansado de todo, acabó en la inconsciencia involuntaria del coma vegetativo.

Como rayos le cayeron al interior de la testa cinco infartos cerebrales; aguantó cuatro, el quinto fue definitivo. Abusaba del trago indecente, del alcohol a granel diluido con cualquier cosa, por suerte, murió sin llegar a saber que la limonada es la base de todo, pero el solía prepararse ― me contaron ― unas explosivas mezclas de azúcar prieta con agua al tiempo porque los vendedores de piedras de hielo de una arroba, desaparecieron casi a la llegada del mesías de la desconflautación (créditos al viejo Roa que bautizó de esa manera al eximio, ocurrente y solterón Dr. Grau San Martín, dos veces ex – presidente de una República rebautizada como neocolonial) en las que pretendía atenuar el desgarramiento de la membrana esofágica a consecuencia de la ingesta del alcolite 90 grados “proof”, se fumaba cualquier cantidad de Populares (sin filtro) y guardaba las colillas para hacer con la picadura una suerte de rito mágico: de un paquete de 20, obtenía 22…

Pescao salió del agua porque una vez que andábamos por un sitio, por cierto, donde la gente vivía pegada al litoral y bajo la mirada de(l) Cristo, con nombre de película famosa y donde se fumaba mucha Campana, hierba para la cual visitantes asiduos y locales habían desarrollado una cierta inmunidad, terminamos de visita en la saleta de una casa donde una muchacha, objeto de mi presencia allí y su madre viuda, vivían el celo de la recién partida del difunto patriarca familiar que murió aplastado por el mecanismo desprendido de una viga que le servía de riel aéreo en el dique seco donde él trabajaba; al hecho, según contaban, lo definieron como “trágico accidente” y a pesar de que el finado era trabajador de vanguardia, casi nadie fue al velorio porque ese día la banda municipal le cedió su plaza en La Glorieta del parque a Rumbavana y la gente fue a escuchar a Orestes Macías cantar aquello del viejo enterrador de la comarca…

Los placeres del paladar hacia mucho que se habían convertido en recuerdos, reminiscencias de tiempos anteriores al 68 donde aún supervivían unos personajes llamados friteros que, con licencia o sin ella y más o menos asepsia, lograban dar cumplido a lo que otro barbudo de un siglo ha y a quien sus fervientes seguidores llamaron El Genio de Treveris, dijo sobre la necesidad de hacer valedero lo que, traducido al argot popular debe interpretarse como barriga llena corazón contento; después, pensar. El forrajeo, entonces como decantación de un verbo casi desconocido ― forrajear ― pasó a ser actividad socorrida y permanente para cagar, comer y dormir ― en ese santo e inalterable orden y más allá de cualquier otra alternativa.

En unas butacas que fueron originalmente de mimbre, espaldar y sentadera y ahora eran evidencia de una inusual combinación de “plywood” (con huequitos para refrescar nalgas y espalda) y caoba; sentados, Pescao y yo, nos llegaba el olor de pescado en gran fritura desde la pequeña y aledaña cocina y sin poder disimular el desasosiego por no haber satisfecho la demanda del “Genio”, la señora nos invitó a almorzar; dijo que eran “parguitos fritos” aunque realmente se trataba de chicharros; pequeños, con muchas espinas, de carne prieta y unos seis o siete en total.

Cuando escuché a mi amigo ya había desaparecido de mi lado, estaba al pie del fogón tragándose el primero en lo que me alcanzó otro para que lo probara, dijo. No fue posible determinar cómo se engulló el resto y encima, fue capaz de agradecer la hospitalidad. Sobrevino una breve y silenciosa pausa en que la discreción de nuestras anfitrionas le ganó la batalla al insulto merecidísimo y aquella visita se convirtió en historia; por eso, lo de Pescao…también otras razones post morten que no vienen al caso. 

Pero Pescao no era cualquier cosa, era un tipo jocoso, cordial, desenfadado, amistoso y confianzudo sin caer mal, ni dejar de ser aceptado por semejante compendio de atributos que de alguna manera le permitían ser simpático. Por eso éramos buenos amigos, porque compartir su amistad y atestiguar sus ocurrencias era como un mecanismo compensatorio en mi caso. Pescao era la medida del tipo típico, podía hablar, y hacerlo bien de cualquier tema y conseguir ser escuchado sin correr el riego de parecer aburrido o pedante.

Solía entrar por las puertas traseras sin ser llamado e inesperadamente y donde siempre tenía en espera “un socio” que le resolvía; como Polito, el capitán del Mandarín que nos colaba por la barra y nos sentaba en la primera mesa que se desocupara para evadir la cola, o Jaime Moré, el administrador de la pizzería piloto de San Lázaro e Infanta que traspapelaba las latas de a galón de salsa Vita Nuova que luego Pescao distribuía en pequeños pomitos para la venta en la bolsa negra; con los galones de helado que sacaba cuando Marín cubría el turno de la noche en Copelia, había que apurarse para llegar a casa de otro socio que vivía cerca y meterlos al congelador porque se hacían batido ¿quién dijo que eso que llaman mecanismo compensatorio es consecuencia de la continuidad? Al contrario, todo era a causa de otras carencias ocurridas después de una mefistofélica idea de Mefisto, otro barbudo, pero de Birán, sin tanta genialidad y de gran carencia de escrúpulos que decretó una sacrosanta cruzada contra rezagos del capitalismo que llamó ofensiva revolucionaria.

Nada es eterno, ni soldado al nacer, como aquella novela del realismo (“reality”) socialista; 20 años después sobrevino la nada…tan cotidiana y permanente (como reza el título de otra novela), eterna e inmarcesible, como para tener la colectiva voluntad de hundirnos en el mar, algo que ha sido la no contada historia (por sus elevados números) de muchos.

Pescao, tiene buena cuenta de años de haber entrado al más allá y como muchos, no vivió lo suficiente para vivir en paz, tomar buen ron añejo y fumar habanos de exportación; que, de todas maneras, ni viviendo otra vida lo hubiera conseguido en el entrampe insular de las normales normativas. Para él seguiría estando prohibido cualquier asunto relacionado con la legalidad socialista.

Todo lo contado es cierto, no hay ficción en lo anecdótico y hay quien puede atestiguar la veracidad del relato. Hace años que, para los que estamos vivos, mentir no tiene sentido porque lo real es la mentira.