lunes, 24 de marzo de 2025

DOS HISTORIAS DE FIN DE AÑO

 

DOS HISTORIAS DE FIN DE AÑO

Suelo recordar como síntesis, flashes de la memoria, aquellos finales de año en que el bullicio de una fiesta acaparaba la intención de apretarme al talle de una chica, hacerle promesas fuera del alcance de ambos y verlas diluidas en unos días.

Primera historia

Creo que fue por el 70 en que fuimos, dos parejas de amigos, a una “cena gigante” en la Plaza de la que la revolución se adueñó para cambiarle el nombre y, de no tener nada mejor que hacer, era preferible contar con una ración de moros, unas lascas de lechón asado y unos trozos de yuca hervida y sin mojo acompañadas por unas pergas de cerveza a granel en cantidad más o menos abundante.

Eran unas largas e improvisadas mesas conformadas por unos tablones soportados sobre grandes tanques vacíos de metal y música de ocasión entre agrupaciones que se alternaban desde una tarima situada en la calle al pie de la base del monumento al Apóstol, me parece recordar que aún habían pitos y matracas; en ese entorno, ya cerca de las doce y la llegada del nuevo año, muy cerca de donde estábamos sentados, se comenzó a congregar un grupo de personas y notamos que una mujer joven convulsionaba tendida sobre el suelo, al parecer, víctima de un ataque de epilepsia, una de las personas que formaba parte de su grupo terminó por corroborarlo, pero cuando llegaron los de la Cruz Roja a fin de ponerla sobre una parihuela que hacía las veces de camilla, la mujer estaba desfallecida, sin pulso, ni respiración; murió de un ataque al corazón durante los minutos finales del año que fue a despedir sin llegar a conocer el que venía.

Para los que fuimos testigos de lo sucedido no fue igual a pesar de que la recholata continuó y a las doce, la música dejó de escucharse para dar paso a una arenga tributaria que amplificaban los altoparlantes y dar comienzo a un nuevo año en que no iba a suceder algo diferente.

Segunda historia

No siempre todo lo que brilla es oro; ya había dejado atrás un tiempo que me trajo a estos lugares en que habito agradecido y, por fuerza y el efecto de la inmediatez, recordaba con detalle todavía el pasado que me proponía olvidar; era mi segundo fin de año en este lado de mis añoranzas y con más pena que gloria, miraba la programación de fin de año del 82 en la pantalla de un Zenith System III que había comprado a crédito y de segunda mano, en que el acento del rojo proveía a la imagen de un tono pálido y violáceo, entonces sucedió lo inesperado.

Eran alrededor de las 10 cuando tocaron a la puerta de mi departamento, observé a través del visillo y era el manager del edificio, un tipo grande y gordo con el que había sostenido algunos intercambios ocasionales y que me aventajaba en algunos años la edad, también, los de vivir en Estados Unidos, le acompañaba su mujer que era una peruana aplatanada por el amasiato, algo más joven que él, y traían en las manos sendas botellas de vino californiano que debió ser de mejor calidad que el que yo estaba bebiendo mientras picoteaba un pretendido Gouda amarillo que trataba de imitar al Gallo Azul, pero sin parecerse en lo más mínimo.

El mánager era un tipo que contaba con historias y sabía exponerlas con agrado, había sido cantante de la orquesta de Nelo Sosa en los 50´sy de otras agrupaciones; farandulero y noctámbulo empedernido, de un barrio habanero que yo conocí bien en mi infancia y mi temprana adolescencia: Colón, y al socaire, comentaba que todas sus juergas terminaban con un plato de sopa caliente para contrarrestar los efectos del alcohol en Los Parados de Neptuno y Consulado, lugar que nunca cerraba.

— ¿Tienes algo que hacer hoy?, ¿podemos compartir con ustedes?

Para mí, fue algo inesperado y los conminé a pasar; silenciamos el televisor, sin dejar el cotorreo y la cantada, comenzamos a escuchar música grabada en casetes en una vieja reproductora que alguien había sustituido por una recién comprada y que en buena hora en la que había estado presente y quiso tirarla, se lo impedí para quedármela. Aún aquella Sony se dejaba escuchar sin distorsión.

Que buen 31 aquel entre vino malo, queso del mercadito de la esquina y un pote de aceitunas que apareció en lo recóndito sobre una de las parrillas del refrigerador. Maldita e inolvidable, por terrible, la resaca de una borrachera de vino — casi vinagre — y queso fermentado e indigesto que se cobró venganza en la mañana de año nuevo en que no hubo himno, arenga ni conjuro al “demonio” imperialista, pero en el que comenzaban tiempos en que todo fue cambiando para mejorar y llegar a este 22 de una centuria nueva y otro milenio, algo que otros con suerte, experimentaran en nueve siglos por venir. Después de todo hubo pandemia hace 100 años y no estábamos allí; supervivió la especie.   

domingo, 23 de marzo de 2025

LA TARDE QUE SE FUE CONMIGO (ALEGORÍAS)

 

Durante un tiempo distendido en su circunstancia fui testigo de la sobrecogedora impresión de algunos paisajes; no se trata de la oquedad de la nostalgia en la pupila que suele traicionarnos por exceso, puede que, en parte y también, por el egocentrismo del sentimiento colectivo de la idiosincrasia: Es injusto lo último, aunque frecuente.

En un predio celoso de su propia majestad e indiferente a la mirada obscena de los depredadores, e amanecido al pie de un valle que cuelga como un lienzo atípico de un celaje sin nubes; no hay colores más puros ni formas caprichosas y nobles como las de un mogote y una palma real.

La suerte frente al mar dibuja el horizonte y pone en la experiencia vivencias imaginadas que se hacen realidad como apéndices de la permanente y helada monotonía de los Alpes o los Andes; he salido al balcón y abierto el diapasón de la mirada a una pared de rocas que se imponen con fuerza coronadas de nieve como para dejar las frías emociones en suspenso. Es otra cosa, la seducción prende fuego en el alma, ayuda y arropa, te abraza entonces esa dulce tibieza de lo ajeno.

A la única hora en que puede mirarse de frente y sin un daño apreciable y rotundo, he visto el Sol ponerse en los atardeceres apacibles del trópico candente, que hierve entre las gentes que parten de sus islas a las frías mañanas de enormes esperanzas cargadas desde perdidas tierras arrasadas.

La vida entre visiones se te convierte en línea, casi como La cuerda sobre la que el equilibrista realiza su ejercicio. Nunca mires abajo, siempre estará el abismo y, si el vértigo vence la libertad puede hacerse caída.

La primavera en el trópico es casi una alegoría y de común se trastoca en densos cúmulos que se mueven veloces al impulso de los vientos de cuaresma. En ocasiones, tan rápidamente, que copiosos aguaceros nos sorprenden y ni siquiera dan tiempo a buscar refugio.

La radiación que emana de la tierra no es, como en el verano, insoportable todavía y las subrepticias tormentas dejan paso a un inocuo aire gélido y húmedo que por fuerza se convierte en parte del entramado de nuestras emociones.

Hoy, al cabo de veintinueve años, el panorama era similar y contribuía a graficar en mi memoria las emociones de aquella tarde. Muchas iguales han de haber ocurrido, pero siempre hay excepciones y lo cierto es que el tiempo, dimensión imbatible y por momentos insoportable, es uno de los catalizadores de nuestros sentimientos. Algunos los llevan consigo hasta el confín, otros sentimos la necesidad de exteriorizarlos.

A pesar de su importancia, algunas de las decisiones que tomamos no suelen ser las mejor calculadas y los que venimos de donde yo vengo lo sabemos bien, las circunstancias nos obligan a dejar la cautela a un lado y poner en riesgo la existencia propia y ajena, a abandonar lo que tenemos y amamos para pretender borrar el pasado; al final, no somos número, ni merecemos el calificativo cruel de “apátridas”

Por el contrario, nos duele más la tierra que a los de otras latitudes que no la hayan perdido, porque el patriotismo no es la defensa servil de intereses malsanos; es la familia, los amigos, el barrio, las calles donde jugaste y creciste, donde encontraste el primer amor y disfrutaste de él a hurtadillas.

La patria fue tú escuela, tus maestros, las lecciones que aprendiste para saber diferenciar entre lo bueno y lo malo. La patria no es un concepto ideológico vinculado a uno o más nombres de hombres que no la sirven y se sirven de ella. Por eso duele tanto que entendida de manera hostil te haga objeto de calificativos despectivos.

Hay quienes en su afán de desvincularse del pasado como un acto de exorcismo de las laceraciones morales y materiales que en él encontraron, se confunden y reniegan.

Alguna vez he escuchado alguien que, encolerizado, reclama la posibilidad de haber nacido en otra parte, de querer romper el vínculo con la tierra de origen; no es culpable, está imbuido de una mentalidad sembrada en él sin conciencia.

Rápido y por su bien, cuando asoma la mirada a otras playas viene a contar que se ha reencontrado con el apacible azul del piélago que sirve de panacea a su inconfesado y anhelante espíritu.

Hoy, de nuevo; el airecillo frío, la atmósfera densa y el olor a tierra húmeda me conminaron a pensar en aquel crepúsculo en que los ruidos se perdían en la lejanía y de a poco, el perfil de mi Isla iba desdibujándose entre los tonos grises del atardecer.

No será la única vez que los recuerdos me acompañen, pero el de aquella tarde que se fue conmigo vive en mi memoria.


 

TIEMPOS DIFÍCILES (Trilogía III)

 

Recién había regresado de Isla de Pinos y entre las cosas que me preocupaban estaba saber de Magaly; acudiendo a Lucila, con la que estaba seguro de poder contar para que me pusiera al tanto, la llamé para encontrarme con ella. Aún no me había visto y cuando lo hizo noté que su expresión atribulada era resultado de mi apariencia de la que no lograba reponerme; le pregunté por Magaly y queriendo suavizar el efecto de lo que iba a decirme, me respondió con otra pregunta: ¿acaso no te has enterado?, -no, le respondí, ¿qué es lo que debo saber?; Magaly tuvo un accidente muy grave, han sucedido cosas horribles en estos meses y por lo que veo, no sabes nada. Zenia está presa, le echaron cinco años, he oído que la internaron en Guanajay en la prisión de mujeres; se juntó con Plinio el marino mercante, sabes quién es él, ¿verdad? sí, lo conozco, pero que tiene que ver todo eso con Maga. Supe lo de ustedes, ella me estuvo contando; el asunto es que Plinio traía “cosas de afuera” y se las daba a Zenia para que las vendiera en “bolsa negra” en el apartamento; ya era como una pequeña tienda clandestina, vendían playeras, espejuelos de sol, “pitusas” –así le llamaban a los blue jeans- y hasta relojes, los Sicura japoneses que tanta demanda tienen, pero el ajetreo, el entra y sale en el apartamento de Zenia, hizo que algún hijo de puta le diera un chivatazo a la policía, vino la gente del DTI (Departamento Técnico de Investigaciones) y cagaron con todo lo que tenía en la casa y hasta se llevaron una lista de clientes con direcciones, teléfonos y formas de localizarlos, a Zenia se la llevaron presa y el día que le hicieron el juicio le presentaron un expediente engordado con informaciones falsas de testigos a los que ni siquiera conocía. A Plinio lo expulsaron de la mercante y lo mandaron a la flota pesquera castigado para poner término a la posibilidad de que siga viajando al extranjero. En efecto, los de la flota de pesca eran considerados gente de menor nivel y posibilidades y aunque debían permanecer en los barcos arrastreros procesando la captura por meses, nunca tocaban puerto y quienes la integraban lo hacían con el afán de poder recorrer el camino a la inversa del que Plinio se convirtió en víctima.

— Mira, se que ella te gusta y tú a ella también, pero desde que Zenia desapareció Magaly empezó a andar con Guido.

— ¿Quién, el hijo de uno de los feos?, Sí, sí, ese mismo, de Cayetano, el más viejo.

— Lucila, pero Guido no es su tipo; es vulgar y mal hablado, carece de educación.

Sabía que él había estado dándole vueltas, pero ella nunca le dio oportunidad, Guido, involucrado en el asunto de la distribución de alimentos que ya estaban racionados, siempre se las arreglaba para andar con los bolsillos repletos de dinero y andaba sobre una motocicleta CZ de fabricación checa en la que se exhibía por el barrio, hasta que un día vieron a Magaly sobre la moto haciéndole compañía. El preámbulo no era muy alentador y al empezar a darme detalles de lo ocurrido, su mirada enrojeció y parecía alterada. -Guido murió en el accidente, dijo sin rodeos y Magaly, aunque sobrevivió, está sufriendo tanto que no se si hubiera sido mejor que corriera la misma suerte. ¿Dónde está?, quiero verla, le reclamé con fuerza. Ella no quiere ver a nadie, se fue con Antonia a ese pueblo donde vive y desde que la visité en el hospital la última vez, no he vuelto a saber nada. El día del accidente, empezó a contarme, había llovido bastante y el pavimento estaba muy resbaladizo, iba con él en la moto por La Rampa a gran velocidad y Guido dio un patinazo, perdió el control y fue a incrustarse entre las ruedas traseras de un ómnibus que se encontraba recogiendo pasaje en la parada, al término de la bajada de la calle frente al ICP, al parecer, el chofer no sintió el impacto y comenzó a mover el vehículo atrapando la cabeza de Guido entre las ruedas; a ella la sacaron de entre los hierros retorcidos de la moto con una herida en la pierna izquierda sobre el muslo, que luego le informaron a Antonia que se trataba de una fractura expuesta y total del fémur y con quemaduras en el rostro, la montaron en un carro y la llevaron al Calixto García, allí la sometieron a varias cirugías para salvarle la pierna y estuvo a punto de que se la amputaran.

Fue Antonia la que me contó todo cuando fui a visitar a Magaly al hospital. Era tan grave su situación, que no estaba permitido entrar en la sala donde todos los internos eran personas que habían sufrido graves accidentes de diversos tipos y solo era posible observar a los recluidos a través de un cristal. Tenía la pierna enyesada colgando de un trapecio y varillas que la atravesaban hasta el comienzo de la rodilla, la cabeza y la cara vendadas y ni siquiera tuvo conciencia de que Antonia y yo la mirábamos a través del vidrio. -Ay, Lucila, terminó diciendo Antonia, era lo que nos faltaba, primero la muerte de Emilio y ahora esto, tan presumida que era esta niña. No supe que decirle y las dos empezamos a llorar. Tampoco yo sabía que decir y levanté la cabeza para mirar al infinito tratando de encontrar alguna explicación a lo que había escuchado y reprimir la emoción. -Sé que debe ser difícil para ti, dijo Lucila apretándome el hombro, pero debes pensar que ese era su destino y nada podemos hacer.

Luego, la pasaron a una sala de recuperación y fui a visitarla nuevamente, estaba desconsolada y no quería hablar; por una abertura en el yeso le suministraban un tratamiento de antibióticos que, según le comunicó el médico a Antonia, de no resultar favorable, aún persistía la posibilidad de la amputación a la altura de la cadera; estaban tratando de controlarle una infección en la herida y una potencial gangrena. Finalmente lograron salvarle la pierna, pero el cirujano le advirtió que su movilidad iba a quedar reducida en un cincuenta por ciento y la pierna algo más corta que lo normal y, en consecuencia, debía caminar apoyándose en unas muletas durante largo tiempo o quizás por vida; las cicatrices de las quemadas en el rostro eran severas y muy notables y ella estaba convencida de que nunca volvería a ser la misma. Entre un llanto desconsolado que hacía difícil entender lo que me decía, fue capaz de repetirme varias veces que no quería ver a nadie, ni que la vieran y que al darle el alta se marcharía con Antonia a Río Seco. -Mira, es sólo un favor que te pido en su nombre, no insistas y trata de complacerla, le ocasionaras una gran pena, trata de recordarla como la conociste. En el barrio nadie volvió a comentar lo sucedido y al enterarme de que se había marchado con la madre a casa de las tías, me aparecí en el negocio de los “Tres Feos”, así se llamaba el lugar que los tres hermanos venidos de Pinar del Río, habían establecido para hacerlo gozar de la popularidad entre los parroquianos, le di el pésame a Cayetano por la muerte de su hijo y él, que aún no se recuperaba, me preguntó por Magaly; está destrozada, le respondí, me han contado que se marchó al campo a vivir con su madre y sus tías; ¿y tú, que piensas hacer?, preguntó.  Aún no lo sé, creo que lo mejor será dejar pasar el tiempo.

No hubiera querido volverla a ver, pero no tuve esa suerte. Aquel día iba de pasajero en un ómnibus repleto de personas con destino a la playa de Marianao con el propósito de encontrarme con un grupo de amigos en el Coney Island, un gran parque de atracciones que había en el lugar y pasar un buen rato, la guagua — así le llamamos los cubanos a los transportes colectivos — se detuvo en la parada del Calixto García y sentada en el banquillo, acompañada de Antonia, estaba ella. La mujer que conocí se me mostraba convertida en un guiñapo y su vestimenta era sólo un pretexto para evitar la desnudez, el pelo endurecido y recogido en una cola en el extremo por una cinta gruesa de color negro y mal atada y lo peor; la pierna, que se le había secado, atravesada por los metales de aparatos ortopédicos sobre una piel amarillenta y lisa que de la rodilla hacia abajo movía dificultosamente y sin voluntad para apoyarse en dos muletas de aluminio que a duras penas le permitieron ponerse en pié; en la parte izquierda del rostro las horribles cicatrices de las quemaduras que de seguro no la abandonarían por el resto de sus días.

Comprendí cuánta razón había tenido Lucila al aconsejarme que no volviera a verla. Me encogí lo más que pude en el asiento observando como le cedían el paso al concitar lástima entre los que se dirigían a tomar el ómnibus detrás del mío. Descendí en la próxima parada y me fui al lugar donde todo había ocurrido; lo menos importante en ese momento eran los amigos que se quedaron esperándome, mi ánimo abatido por la imagen de lo que acababa de presenciar solo hubiera servido para echarles a perder el día. Estuve largo rato de pié e inmóvil, recostado a una columna sin que nadie pudiera sospechar la razón de mi presencia en aquel lugar, convencido de que si la hubieran sabido no sería importante. No volví a verla, ni a saber de ella y con el tiempo pude llegar a recordarla como quise, abstraerme de todo y convertir su recuerdo en la imagen de su belleza invulnerable. Yo, también estaba en deuda con ella, nunca supo que fue mi primer amor.

 

 

 

       

                                                                                                      

EL BARRIO (Trilogía II)

 


No hay nada que tenga una influencia mayor en la vida de las personas que el ambiente en que crecen y en el que se inicia la relación con el mundo circundante. El barrio es el molde donde se transita del medio familiar a la asimilación de las costumbres, los modismos y los alientos culturales primarios; siempre lo tenemos con nosotros y forma parte de nuestra existencia a pesar de la voluntad de querer, o no, aceptar su insoslayable presencia. El barrio no es lo mismo cuando se observa con la curiosidad de quien le es ajeno y para describirlo con propiedad, hay que conocerlo desde sus entrañas. Todo lo demás, en el mejor de los casos, no pasa de ser una alusión folclórica y pintoresca.

Colón en los sesenta, era un barrio sobrepoblado al igual que muchos otros de La Habana que fue creciendo más allá de los límites de la parte vieja de la ciudad y en el que se produjo una mezcla arquitectónica de construcciones decimonónicas con la modernidad de otras, edificadas en pleno siglo XX y en el apogeo del Art Decó durante los cincuenta. Su fama no era buena, había muchos “solares” en los que convivían familias muy pobres y como en cualquier conglomerado urbano, la promiscuidad crecía sobre sus raíces. Colón era, además, conocido y famoso por la existencia de numerosos lupanares y lugares de espuria trascendencia. Algunos contaban, no sin cierto orgullo, que el eximio compositor Alejandro García Caturla, encontraba por aquellos sitios un ambiente ideal para crear sus obras y que, entre copas e insinuantes mujeres, nacieron algunas de sus mejores composiciones, sus once hijos y le sorprendió la muerte asesinado por un reo a quien estaba a punto de sentenciar en su calidad de juez.

Todo en Colón no era lo que su fama le merecía parecer; vivió allí, en la calle Consulado, José Lezama Lima, el paradigmático escritor autor de “Paradiso” y principal alentador del famoso grupo “Orígenes” en la prolija época de las letras cubanas durante los cuarenta. Hurgando bajo la dermis sociocultural del barrio, en que la proporción entre lo bueno y lo malo estaba a favor de lo primero, podía parecer exagerado que se le atribuyera la condición de ser únicamente el foco de compraventa de sexo que se generaba en sus entrañas. Los “bayús” –nombre por el que popularmente eran conocidos los prostíbulos- estaban circunscritos a algunas de sus calles; Crespo, Amistad y, sobre todo, el famoso Callejón Bernal, de apenas unas tres cuadras de largo. En la esquina de Crespo y Bernal estaba el bayú de Zoila, “La Mexicanita”, una prostituta de armas tomar.

Zoila era una mujer de buen porte y agradable apariencia en los cuarenta, de piel morena –de ahí el origen del mote por el que le gustaba ser identificada- y pelo azabache enroscado en dos trenzas que caían libremente por su espalda hasta la cintura. No tenía chulo que la controlara y se ufanaba de regentar ella misma su negocio, famoso por una dotación de mujeres que ella seleccionaba, teniendo en cuenta los gustos de sus clientes a quienes no parecía importarle el par de pesos de más que hacían la diferencia con respecto a las tarifas de otros prostíbulos vecinos. Siete pesos, en vez de los cinco, que era el costo generalizado, estaban justificados según pensaba Zoila, porque sus “niñas” tenían todos sus documentos y vacunas en regla y allí la clamidia, la gonorrea y la sífilis no existían; no se permitía el acceso de borrachos y ella misma se encargaba de evitar los escándalos que pudieran poner en entredicho la fama de su negocio.

El bayú de “La Mejicana” estaba ubicado en los altos de un tiro al blanco, formando parte de una vetusta edificación propiedad de un “gallego” (para los cubanos el gentilicio gálico era la forma de referirse a todos los peninsulares) de apellido Esparza y al que Zoila pagaba renta por el espacio que ocupaba su local. A nosotros, muchachones curiosos y con las hormonas revueltas, nos gustaba atisbar entre las callejuelas de los lupanares donde tras ventanillas abiertas en los pórticos, las putas, mediante sugerentes ofrecimientos, llamaban a los hombres que transitaban calle abajo y de vuelta, hasta decidirse a entrar. Pero Zoila, exclusiva en todo lo que hacía, contaba con una manera muy peculiar de hacerse propaganda; se asomaba al balcón enrejado y desde él, luciendo una falda acampanada y sin ropa interior, dejaba a la vista de los desaforados transeúntes la imagen entre sus muslos de su poblado y negro pubis que concitaba el deseo y hacía irresistible para muchos la necesidad de subir las escaleras con el afán de apretarlo entre sus manos. Ella misma tenía su clientela, pero no todos podían disfrutar de sus favores y en ocasiones se acostaba hasta con diez de sus preferidos en una misma noche. A los demás, una vez en el redil, les permitía elegir entre sus chicas para que fueran a encontrar satisfacción y consuelo al gozar de sus ofrecimientos.

Tan previsora era Zoila que su principal ayudante era un homosexual al que apodaban Tigresa, un mulato flaco y alto que se teñía las pasas –el cabello- de un rojo escarlata escandaloso y le gustaba vestirse de mujer enfundando su cuerpo rectilíneo en unos pantalones apretados y a media pierna, de tela que imitaba la piel de un leopardo –de ahí su apodo- y se calzaba unas sandalias de tacón destalonadas, sobre las que llamaba la atención arrastrando los pies al caminar en manifiesto contoneo, exponente de su inequívoca sexualidad. Tigresa se encargaba de mantener todo en orden, hacía la limpieza y las compras, además de cobrar la tarifa, siempre por adelantado, a los asiduos concurrentes de la casa de Zoila; para ella, contar con su presencia era indispensable al extremo de que Tigresa vivía bajo su protección y su mismo techo. Con el desenfadado espíritu de mofa que caracteriza a los adolescentes, al ver a Tigresa deambulando por las calles del barrio, nos burlábamos de él y hasta le gritábamos ofensas, a lo que respondía haciéndose el indiferente y acentuando sus movimientos al caminar, mientras sostenía un cigarrillo entre los dedos de largas uñas pintadas en carmesí y le colgaba del hombro un gran bolsón de paja de yarey en el que cargaba sus pertenencias y las vituallas.

En el barrio abundaban elementos marginales cuyo mal vivir los hacía temibles. El Pantera, Chorizo, Manquiquí, Pillini, Pipo el Jeringuilla, Burubuto, Papito y El Guajiro, estaban entre los que recuerdo. La mayoría habían pasado por las prisiones en calidad de delincuentes comunes y para descrédito de los que en buena fe se afiliaban a la religión yoruba o a sectas como los Abakúa o el Palo Monte; ponían siempre por delante, en franco y abierto oportunismo, la condición de pertenecer a ellas. La realidad era muy diferente y estos personajes lo único que hacían era solapar las verdaderas intenciones de sus instintos criminales utilizando las reglas que prevalecían entre los que, por verdadera fe, se vinculaban a esas creencias. En sus casos se integraban en los grupos y los empleaban como pretexto de sus fechorías, algunos tenían padrinos en la religión –babalawos- que no siempre gozaban de buena reputación entre los creyentes. Para cometer un crimen, les era fácil ampararse en la regla de los abakúas que establece la obligatoriedad de la venganza en contra del honor manchado de cualquiera de sus miembros y ello, torcidamente manejado, les permitía llegar al asesinato, lo que en el caso de algunos de los mencionados ya había sucedido.

A Emilio le iba bien en sus negocios del juego ilícito y empezó a ser conocido por esa gentuza, al extremo de que se confabuló con algunos que le recogían apuntaciones entre los adictos a los que trataba sin miramientos y con absoluta carencia de escrúpulos. En el desempeño de su actividad, los mayores dividendos se conseguían entre los fanáticos que se jugaban lo que tenían y lo que no y mientras mayor era el grado de adicción de los infelices que cifraban sus esperanzas en ganar algún premio, mayores eran sus ganancias. Emilio consideraba que por haber sido militar y ser un hombre de mundo y experiencias ganadas en la calle en medio de los peores ambientes, inspiraba respeto entre aquella cuerda de forajidos; ese fue su gran error de apreciación cuyas consecuencias jamás imaginó. Tan bien le iba, que se compró un carro usado; un Plymouth del 52 que había pertenecido a Justo el botero –así les llamaban a los que se desempeñaban como choferes de alquiler. Justo, que recién había fallecido a consecuencia de un infarto, dejó desamparada a su mujer Micaela con tres hijos pequeños; desde su muerte, el vehículo estaba estacionado frente a la que había sido su casa y en venta, a la espera de un comprador y en lo que Micaela desesperaba a consecuencia de la penosa situación en que se encontraba.

Emilio no desaprovechó la oportunidad y le ofreció a la viuda $400.00 por el carro cuyo valor era muy superior, pero inescrupuloso y abusador como era, logró sacárselo en esa cantidad; alardeaba además de su recién adquirida prestancia y se llenó de prendas que había comprado en la casa de empeños de Carusso, cuyo verdadero nombre nunca supe, porque todos se referían a él utilizando el apellido del famoso cantante y en virtud de que se aficionaba a la ópera y era poseedor de un notable torrente vocal. Por mil pesos, compró un brillante legítimo y de varios cortes montado en oro blanco que lucía en el anular de su mano izquierda y un Longines con pulsera de oro macizo que portaba en la muñeca del mismo brazo; en el índice de su mano derecha llevaba una siquitrilla, anillo en forma de “V” invertida, con un rubí engarzado en la punta y en la otra muñeca, una identificación de gruesa cadena doble con una placa en que se leía su nombre elaborado en pedrería y extraños caracteres caligráficos; del cuello le colgaba una gruesa cadena martillada de varios adarmes de peso con una medalla de Santa Bárbara, cuyos ojos eran dos pequeños brillantes. Gastaba mucho dinero en alcohol y prostitutas con las que no tenía reparo en engañar a Antonia, mientras forzaba a su hija a continuar la incestuosa relación con él. Se ufanaba de aparecer cada mañana, entre los puntos que le recogían el dinero de las apuntaciones muy bien vestido, pantalón y guayabera de hilo y unos zapatos Amadeo de dos tonos, de los que tenía varios y que Hermenegildo, el moreno limpiabotas en la esquina de su edificio, le limpiaba y pulía no menos de una vez por semana.  

No hay nada peor que la rutina y Emilio, confiado en exceso, irrespetó la aconsejable práctica de no establecer un patrón de comportamiento similar día a día. Abandonaba la casa a media mañana para ir a encontrarse con los mismos individuos, a la misma hora y en los mismos lugares, con el único propósito de colectar el dinero de las apuntaciones que introducía en un sobre de manila y dar por concluida su faena en el tiro al blanco del gallego Esparza. Allí acudía la mayor cantidad de parroquianos cuya debilidad era apostar a los terminales y la charada, que se “tiraba” no menos de tres veces por semana; luego almorzaba y subía para acostarse con Zoila a disfrutar del solaz generado por un sexo aberrante en el que después de complacerlo, ella terminaba por sacarle algún dinero que Emilio siempre cargaba en abundancia. Emilio estaba consciente de que todo lo que hacía constituía una actividad ilegal y a consecuencia de las dificultades para encontrar un lugar donde estacionarse, dejaba el Plymouth al doblar la esquina, en un baldío que otros utilizaban con el mismo fin. Para los delincuentes que venían observándolo, la reiteración de su proceder lo hizo en extremo vulnerable.

Ese día salió del prostíbulo satisfecho, la había pasado bien con Zoila y cerca de las tres, bajó las escaleras observando que cada vez la colección crecía más. El Pantera, Manquiquí y El Chorizo, agazapados al doblar del callejón y confabulados para asaltarle, le esperaban para despojarlo del dinero y las joyas. A la hora del atraco, el área de los bayús no estaba concurrida y había pocos policías; muchos de ellos preferían ser designados al lugar y aprovechar la oportunidad para disfrutar de los favores de las chicas que, con el interés de tenerlos de su parte, no les cobraban por acostarse con ellas. Al atardecer, empezaban a llegar los asistentes consuetudinarios entre los que había padres que llevaban a sus hijos a fin de que se hicieran hombres conociendo mujer por primera vez, maridos insatisfechos anhelantes de un sexo libidinoso que no conseguían en sus hogares o simplemente tipos que ante el cuerpo semidesnudo de una de aquellas displicentes servidoras sexuales, ni siquiera eran capaces de articular palabra y terminaban metiendo la mano en el bolsillo para cambiar sexo por dinero sobre chirriantes y desvencijados catres, separados por sábanas que colgaban de unos palos fijados a las paredes y donde cada quien podía escuchar, en medio de la más absoluta promiscuidad, lo que sucedía a su lado.

Emilio, con el sobre bajo el brazo, se hallaba ya sobre la esquina cuando aparecieron Chorizo y Manquiqui asiéndolo por ambos costados para obligarlo a entrar en el hueco de un zaguán y despojarlo del dinero; frente a él, Pantera lo conminó a que se lo entregara y le ordenó que hiciera lo mismo con las prendas, pero opuso resistencia y empezó a forcejear con los tres. Pantera extrajo desde la parte posterior de su cintura, el largo cuchillo de matarife que siempre cargaba y le propinó una puñalada en el costado derecho que le atravesó el hígado haciendo que se desplomara mientras se retorcía y de la herida fluía sangre en abundancia; recogieron el dinero, lo despojaron de las joyas y se perdieron entre las callejuelas para desaparecer. Todo sucedió con rapidez y cuando Tigresa se asomó al balcón con el propósito de recoger algunas sábanas que colgaban de la baranda, pudo ver el cuerpo inerme de un hombre en posición fetal en medio de un gran charco de sangre cerca de la esquina hasta donde herido de muerte había logrado arrastrarse moribundo. Tigresa comenzó a dar gritos; en eso, Zoila salió para conocer la razón de su histeria y lo encontró aterrorizado y lívido, mientras se tapaba la boca con una mano indicándole con la otra el cuerpo yerto sobre la acera.

Zoila, sin decir palabra, bajó corriendo y al acercarse, ya los curiosos rodeaban el cadáver, uno de los presentes, convencido de que estaba muerto, comentó que era Emilio el “banquero” y Zoila, abriéndose paso para convencerse, lo corroboró añadiendo que acababa de salir de su casa. Al muerto lo habían despojado del dinero y le habían robado los zapatos y todas las prendas; cuando llegó la policía, asegurándose de que en efecto el hombre estaba muerto, uno de los agentes volteó el cadáver y pudo ver la enorme herida que aún sangrante, había sido la cusa del deceso. Atribulada y en shock, Zoila observó el rostro pálido de Emilio con los ojos abiertos y desorbitados en que los estertores de la muerte le sorprendieron.

Para Antonia y Magaly era habitual que Emilio desapareciera por largos períodos y al llegar la policía para informarles lo ocurrido, no eran capaces de imaginar que jamás volvería a regresar. El oficial a cargo de la investigación les hizo saber el motivo de su presencia mostrándoles los documentos del occiso que le permitieron conocer de quién se trataba, dónde vivía y pedirles que le acompañaran a la morgue a fin de proceder al trámite de identificar el cadáver. Debido a la presencia de las autoridades, los vecinos comenzaban a amontonarse en la puerta del apartamento donde Antonia, sin poder dar crédito a lo que había escuchado, entre nerviosos paseíllos y llevándose las manos a la cabeza, se deshizo en medio de cuestionamientos y exclamaciones de desesperación. El murmullo de los que presenciaban la escena obligó a uno de los guardias a pedir silencio y reiterarle a la mujer que debía estar lista. -Ve tú, mamá, conmigo no cuentes, dijo Magaly; que para sorpresa de todos no había abierto la boca, ni de sus ojos había escapado alguna lágrima. En ese instante, rompiendo el silencio, se dejó escuchar la voz de Zenia que dirigiéndose a Magaly le dijo: no te preocupes, Maga –de ese modo solía apocoparle el nombre- yo la acompañaré. -Hija, estoy desesperada, no puedes dejarme sola en esta situación, tienes que venir conmigo. -No insistas mamá, no iré, Zenia irá contigo.

A penas sin que nadie lo notara, Magaly se retiró al interior del inmueble y se detuvo frente a la puerta de la habitación en que Emilio la sodomizaba para pensar que lo ocurrido era una especie de venganza que ella nunca hubiera sido capaz de ejecutar. Él, ya no volvería a poner sus sucias manos sobre su cuerpo, ni ella a sentir el aliento etílico de su respiración, jadeante y asquerosa, mientras la violaba y le repetía las mismas ofensas que ya no volvería a escuchar. Emilio había pagado por sus culpas y a ella, su muerte le parecía un acto de justicia providencial, hacía mucho que había dejado de verle como su padre y no sentía remordimiento por lo que pensaba, ni pena por la manera en que lo asesinaron. En lo que Antonia se preparaba para el infausto trámite de acudir a la morgue, Zenia se acercó a Magaly dejándole saber que comprendía su actitud y Antonia les comunicó que estaba lista; -te entiendo hija, no todos reaccionamos de la misma forma, ya veremos en qué termina esto, después de todo, era tú padre y sé que es difícil para ti asimilar lo ocurrido. Las dos escucharon las palabras de Antonia pensando en lo ajena que estaba de la realidad que ya Zenia conocía. Debido a la relación que había entre ellas, supo, por fin, que Magaly había dejado de ser virgen y a manos de quién.

Las investigaciones del asesinato se condujeron con rapidez y efectividad, pronto las autoridades conocieron en detalle las actividades a las que Emilio se dedicaba, logrando establecer con claridad el móvil del crimen. Descubrieron la ausencia de los principales sospechosos e indagando entre acólitos y compinches, dieron con las pistas que los llevaron a encontrar a Manquiquí refugiándose en casa de un tío en Alturas de la Lisa, suburbio situado en uno de los extremos de la barriada de Marianao. El día que lo capturaron tenía puestos los zapatos de dos tonos, blanco y avellana, de los que despojó al occiso; lo presionaron y delató el escondite de los otros dos; habían ido a guarecerse en casa de un santero padrino de fe de Pantera en Guanabacoa, al otro lado de la bahía. La mayoría del dinero y las joyas las tenían aún en su poder y como sucedía en estos casos, el juicio tuvo lugar sumariamente.

Pantera confesó, además, haber sido el autor del asesinato de un policía ocurrido durante las últimas fiestas de carnaval que aún permanecía bajo investigación y utilizando el mismo cuchillo que festinadamente empleaba para mandar al otro mundo a quien osara desafiarlo. La sentencia: quince años de privación de libertad para Chorizo y Manquiquí; los cómplices, y pena de muerte para Pantera, cuya ejecución fue llevada a cabo en las primeras horas de la madrugada del día posterior al juicio en uno de los fosos de La Cabaña. Presentes en la sala del tribunal, Antonia y  Zoila, que no se conocían, escucharon el alegato de las pruebas periciales en lo que se dio lectura al informe del forense por parte del fiscal; la defensa, de oficio, no tuvo mucho que alegar al escucharse el contenido del documento: muerte a consecuencia de la penetración de arma blanca de gran tamaño –que le fue mostrada a los presentes- por la región subcostal derecha que traspasó el hígado, órgano vital, con incisión de entrada en la  parte anterior y salida por la parte posterior, provocando daños considerables en los tejidos aledaños y una hemorragia de grandes proporciones, causa directa del fallecimiento. Era común que las mismas autoridades se encargaran de dar a conocer el cumplimiento de las sentencias filtrando convenientemente la información y que sirviera de escarmiento entre los maleantes. Los que colaboraban con Emilio, se desentendieron por un tiempo de las actividades que los relacionaban y los peores delincuentes, optaron por tranquilizarse o moverse a otros territorios. El barrio, al que Emilio creyó controlar, terminó tragándoselo y El Pantera, convertido en siniestro personaje de una historia fatal, pagó con la vida el precio más elevado por la comisión de sus fechorías. Ninguno de los dos sobrevivió a la maldad y el destino se encargó de reivindicar a sus víctimas.

Atenazadas por la severa situación de insolvencia en que Magaly y su madre se vieron, Antonia decidió irse a vivir con sus hermanas a un pequeño pueblo al sur de la provincia llamado Río Seco, muy cerca de San Nicolás. Para ella resultaba conveniente, porque allí casi nadie la conocía y pocos la recordaban y el incidente que terminó con la vida de su marido no iba a desatar comentarios. Pensando que sería de otro modo, le dio a conocer sus planes a Magaly, pero ella se negó a secundarla; Antonia terminó por regresar al mismo sitio que desde hacía años había abandonado y en el que conoció a Emilio y se había juntado con él, para dar comienzo a una sinuosa relación de amasiato consensuado.

Magaly optó por quedarse en el apartamento, aunque estaba convencida de que sería por poco tiempo, aquel lugar le resultaba insoportable y le recordaba situaciones que la sumían en estados depresivos que no era capaz de superar; decidió vender todo lo que tenía algún valor y se fue a vivir con Zenia. Para la mulata, la determinación que Magaly tomó constituía el gran colofón de su conquista, ahora la tenía todo el tiempo junto a ella y se exhibía oronda por las calles del barrio, ufanándose de ser la dueña de su voluntad y hasta se permitía celarla. Recuerdo que cada vez que nos tropezábamos, Zenia me miraba con desdén mostrando una sonrisa de satisfacción, dándome a entender que no debía molestarla, ni acercármele. Empecé a valorar mi relación con Magaly y llegué a la conclusión de que lo mejor sería distanciarme, evitar los encuentros, e hiriendo lo menos posible su sensibilidad, dejar que el tiempo se encargara del resto.

Pasaron algunos meses en los que puse empeño en conseguir tal objetivo, pero era inevitable que me la tropezara; casi siempre acompañada de Zenia que no se le separaba. Ella, que parecía entender mis intenciones, hacía lo mismo; al menos, era eso lo que yo creía. Pero una noche en que mataba el tiempo en la academia de ajedrez de la calle Galiano, apareció Lucila y se me acercó; ¡oye!, ¿Dónde has estado?, le he preguntado por ti a Leonardo y Angelito – buenos amigos míos- y me sugirieron que aquí podía encontrarte, menos mal que no se equivocaron; metió la mano en el bolsillo de su saya y sacó un papel manoseado y rugoso, era una nota escrita por Magaly en la que me proponía un encuentro en un sitio alejado del barrio, cerca del río Almendares, en el linde entre El Vedado y Miramar y si decidía aceptar, tenía que ser un viernes en la noche. No explicaba nada sobre las razones, pero recalcaba que cualquier respuesta debía ser utilizando, únicamente, la misma vía ¿Qué le digo?, era obvio que Lucila conocía el contenido de la nota y le respondí que iba a pensarlo, que la llamaría por teléfono para darle una respuesta. La nota despertó mi curiosidad y de regreso a la casa, empecé a sopesar la inconveniencia del encuentro frente al terreno ganado durante el tiempo transcurrido. El deseo de volverla a ver, saber cómo se sentía y sobre todo la interrogante de lo que pudiera suceder, doblegaron mi voluntad haciendo que me detuviera frente al primer teléfono público, echara mano de la pequeña libreta de apuntes que siempre cargaba y me comunicara con Lucila y le hiciera saber a Magaly que aceptaba su propuesta. Convenimos que el viernes, semana por medio, nos encontraríamos y por intermedio de la Celestina en que Lucila se había convertido, debía indicarme con exactitud el lugar y la hora de la cita. Le propuse a Lucila que, al siguiente día, en el mismo sitio en que me había encontrado, estaría esperando la respuesta.

Magaly me envió una segunda nota corroborándome que el viernes, al término de la semana y a las 9:00 de la noche; la esperara en la primera parada de los autobuses a la salida del paradero del Vedado y aunque el lugar me pareció extraño, pensé que quizás lo hacía para pasar inadvertida entre la gente que, en largas filas, esperaban los ómnibus de las diferentes rutas que allí se originaban. La razón de su intención era muy distinta de lo que suponía.

Llegué al lugar del encuentro con anticipación y a diferencia de lo que pensaba, no había tantas personas, estimé que probablemente se trataba de la hora. Encendí un cigarrillo y noté que mis manos estaban frías y temblorosas; mientras, acomodado en el banquillo, algunas personas se acercaban para preguntarme cuál de las rutas esperaba para hacer la fila. No, no espero un ómnibus y cuando estaba a punto de repetir lo mismo una vez más, escuché su voz. Hola, veo que sigues siendo muy puntual, miré mí reloj; eran exactamente las nueve. Cuando la tuve enfrente, me invadió la misma sensación que siempre se adueñaba de mi voluntad ante su presencia, la observé detenidamente y fue ella la que rompió el silencio con una pregunta cuya respuesta sabía de antemano: ¿Quieres acompañarme?, al ponerme en pie, las piernas me temblaban y de mi mente estaban ausentes las ideas, se me hacía difícil articular palabras y sentí temor de decirle algo que pudiera parecerle inapropiado. Caminando a mi lado y sin saber en qué momento, me había tomado del brazo para desplazarse en mi compañía. Estás preciosa, fue lo primero que se me ocurrió decirle y era cierto; respiraba el olor de su perfume y miré de cerca su rostro ligeramente maquillado, escrutando sus labios insinuantes que tan armónicamente formaban parte de su expresión. Llevaba una blusa de tul blanca con un pronunciado escote entre grandes rizos, que me permitía deslizar la mirada por la entrada de sus senos pequeños y desafiantes y la trenza color de miel reposando sobre el costado.

— Oye, estás más delgado, pero te sienta bien; tú, como siempre, elegante y bien combinado, veo que no has cambiado, ¿o me equivocó?

 — No, no; soy el mismo y a ti, ¿cómo te va?, ¿a dónde quieres ir?

Habíamos caminado poco más de una cuadra y estábamos frente al lugar en el que ella había pensado. Entonces me di cuenta de lo que pretendía, pero de nuevo se adelantó para decirme; -estoy aquí porque quiero hacer el amor contigo y ser algo más que una simple pareja que se conoce bien, si tú lo quieres, podré dejar a un lado muchas dudas y confesarte algo de lo que no estoy segura, creo que lo que te estoy pidiendo es la única alternativa para convencerme de mis verdaderos sentimientos.

La convicción de sus palabras me hizo experimentar una fuerte sensación de calor en el rostro y creí que la mejor respuesta podía ser un beso, pero cuando traté, interpuso su mano y me lo impidió. No, aún no, quiero que hablemos. Estábamos frente a la entrada discretamente flanqueada por unos viejos y enormes laureles, de uno de aquellos edificios que llamaban “posadas” y al que las parejas acudían para llevar a cabo furtivos encuentros sexuales. Con la malicia de lo que pretendía reflejada en los ojos, me tomó de la mano, observó el pórtico y desafiante, calló esperando mi respuesta. -Está muy bonita tú camisa, dijo, tratando de aminorar la tensión; ese color me encanta. Era una camisa verde botella de mangas largas estilo Manhattan, que me cortaba y confeccionaba Julio, un mulato sastre allá en el barrio, que copiaba muy bien los modelos americanos de moda. Tú también estas preciosa, volví a decirle, ¿qué quieres hacer? Aquí cerca hay un nighclub, si me invitas a tomar algo, podemos ir y conversar.

Yo conocía el lugar al que se refería, era uno de los más populares por aquel entonces y su ubicación cercana al motel le concedía la preferencia de que gozaba. A la entrada, el anfitrión que hacía las veces de capitán del salón nos dio las buenas noches abriéndonos la puerta para franquearnos el acceso; escogí una pequeña mesa, sólo para dos, en una esquina apartada y solícito, acudió un camarero que arrimó las sillas para juntarlas y tomar la orden: ¿qué les puedo ofrecer? Magaly me sugirió que estaría bien lo que yo decidiera y ordené dos rones con cola; ¡Ah!, unas “mentiritas” -ya la capacidad propia de los cubanos para satirizar la cotidianidad de sus padecimientos, se había encargado de re-bautizar el “Cuba Libre” con el apelativo que aún conserva. Muy bien, dijo el hombre, enseguida estaré de regreso.

 — Te noto tenso, estas helado, ¿te sientes bien?, ella ya se apretaba sobre mí costado cuando me decidí a poner en orden las ideas para iniciar la conversación.

— No puedo negarme a lo que me pides, dije, pero debes saber que no acepto solo por complacerte, créeme que lo deseo tanto o más que tú.

— Era lo que quería escuchar; entonces relájate y pensemos sólo en esta noche, no estoy aquí para hablar de cosas desagradables y tú, ¿qué recuerdas?

— Sólo lo bello, le respondí, comenzando a recorrer con mi mano el tejido de su trenza de la que pendía una hebilla semejando una pequeña mariposa de alas ámbar.

Al término, tropecé con el pezón erguido de su pecho y sentí la cadencia agitada de su respiración.

— ¿Te gustan?, ¿no te parecen pequeños?

 — Son maravillosos, el ideal de cualquier hombre, soy muy dichoso al poder disfrutarlos.

— Que mentirosos son ustedes, dijo sonriendo, ¿por qué no le quitabas la vista a Irenia cada vez que aparecía?, ¿acaso pensabas lo mismo que acabas de decirme?

— No es igual la lujuria que el amor, respondí.

— Entonces, ¿qué soy para ti?, ¿Acaso el amor?

Muy cercanos a los míos, sus labios me indicaron que esperaba el beso al que no volvió a negarse y encontré en ellos la dulzura que ya conocía, como si se tratara de la primera vez y en su contacto, la comunión que sólo se produce cuando el deseo, la pasión y el amor, van de la mano.

El camarero depositó los vasos sobre la mesa discretamente iluminada por una veladora azul y al momento, comenzaron a escucharse los acordes de un piano ejecutados por un músico de la noche que dejaba pasar sus mejores momentos entre anodinos e intrascendentes escenarios. Sin detenerse, interpretaba boleros clásicos de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Frank Domínguez, Juanito Márquez y otros compositores menos conocidos. Junto al piano, una intérprete — el feeling no sólo se canta, se interpreta — comenzó a dar vida a las melodías, mientras el pianista perseguía su voz y ella transitaba entre registros que alcanzaban diferentes tesituras. La mujer lo hacía muy bien y pensé que por eso estaba allí. Al concluir su presentación, el afanoso pianista continúo hilvanando acordes consecutivamente; ¿quieres bailar?, Magaly me respondió asintiendo y al rodear su cintura y tocarla para sentir su cuerpo, me convencí de que aquel lugar era inservible a fin de materializar nuestros instintos. Aquella noche ella era la dueña de la situación, de las palabras y adelantándose a mi pensamiento, como quien intuye que ha llegado el momento, dijo: llama al camarero, pide la cuenta y vámonos.

En el exterior, la noche se dejaba sentir más fría por el efecto de la madrugada, eran cerca de las dos y en lo que desandábamos el camino, la asía a mí cuerpo con el brazo tendido sobre sus hombros. Cuando llegamos frente a la puerta del motel se detuvo sin decir nada, seguramente esperaba que yo hablara: ¿es lo qué quieres?, ¿estás decidida?; volvió a responderme con otro asentimiento y me dispuse a trasponer el umbral de la doble puerta de acceso para dirigirme al tipo que atendía la recepción tras un pequeño y desvencijado mostrador. Buenas noches, el aludido desperezándose, me respondió con una especie de sermón que a fuerza de haberlo repetido muchas veces se lo tenía bien aprendido: dos horas cinco pesos, cuatro por trece y si al término del plazo no entrega la habitación, un empleado le tocará la puerta tres veces, si se quedan dormidos y no responden, no nos incumbe, el hombre tiene orden de abrir, así que ya sabe. Observe, ahí detrás están colgadas las reglas sobre la pared, pero es mi obligación dejárselas saber a todos; ¿dos o cuatro? Miré mi reloj para comparar la hora con la de uno grande que estaba a un costado y asegurarme de la sincronía; su tiempo empieza a contar a partir del momento en que le entregué la llave. Calculé que para la hora de marcharnos debían ser alrededor de las seis y pagué el importe de cuatro horas. Sabe, dijo el tipo, nunca le he visto por aquí, debe ser usted de los que no pueden gozar de intimidad en la relación con su mujer en sus propias casas por vivir entre un montón de gente; siempre quieren el máximo de tiempo, ha tenido suerte, hoy no han venido tantos y hay suficientes cuartos vacíos, de lo contrario se tendría que conformar con dos horas, si alguna vez le sucede, es fácil resolverlo y dejando escapar una risita que se me antojó burlona, agregó: sale, da una vuelta, regresa y vuelve a alquilar o de lo contrario puede venir con más frecuencia, de eso se trata, ¿no cree? Al tiempo, me entregó la llave y dijo: es el número 11, está al final del pasillo, a la derecha.

— ¿Por qué te demoraste tanto?

— Ese tipo es un parlanchín; la tomé de la mano y fuimos en busca de la habitación.

Al abrir la puerta ausculté el interior con una rápida ojeada. La cama era de tamaño matrimonial y parecía limpia, a un costado había una mesa de noche y sobre ella una lámpara coronada por una pantalla que alguna vez había sido blanca, pero que se notaba veteada y amarillenta producto del humo de los cigarrillos. A la derecha un pequeño baño de poceta, con un lavatorio y un sanitario. Observé que las manijas, elaboradas en la típica aleación de calamina, denotaban la presencia del polvillo entre blanco y verduzco representativo del moho que suele cubrirlas con el tiempo; la regadera, además, tenía visos de herrumbre causada por el efecto del agua. Lo que llamó mi atención fue la presencia de tres grandes espejos, dos a ambos lados de la cama y uno que colgaba del techo en forma de cuña enfilado al lecho, volví a mirarla y me di cuenta de que había hecho exactamente lo mismo que yo y de consuno, terminamos nuestra inspección ocular en la coincidencia de una sonrisa maliciosa y cómplice.

Me senté en el borde de la cama y extraje del bolsillo el paquete de cigarrillos, prendí uno aspirando una gran bocanada y le hice señas para que viniera a ocupar el espacio vacío, junto a mí, al otro lado de la cama; a lo que con un delicado y a la vez sugestivo movimiento del índice de su mano se negó; -date vuelta y no mires hasta que te avise, ¿me lo prometes? Adelante, tú mandas, estoy seguro de que no vas a desaparecer; la vi sonreír, y me recosté teniendo la lámpara tan cerca de los ojos, que me convencí de que casi no iluminaba con el predeterminado propósito de mantener el ambiente en penumbra. Al momento, empezó a desvestirse procurando situarse en un ángulo de la habitación en que ninguno de los espejos reflejara su imagen, de pronto vi volar frente a mí su brasier y el minúsculo blúmer de nylon color rosa, quería que tuviera la certeza de que estaba desnuda y pensando que iba a darme vuelta, la sentí acomodarse rápidamente en la cama. Ya puedes mirar, espero qué te guste lo que vas a ver. En ese momento mi excitación era total, al extremo de sentir mi masculinidad ligera y deliciosamente adolorida y presa de pálpitos incontrolables y repetidos, torpemente comencé a despojarme de la ropa tirándola al suelo, para terminar, mezclándose con la de ella.

Mirándola desnuda, no me fue posible abarcar la imagen íntegra de su piel al descubierto, suave y tersa, quería observar su mirada a la vez y descubrir sus reacciones, lo que tantas veces había imaginado resultó ser poco ante la visión de su pubis discretamente cubierto por un bello tenue, algo más oscuro que el de su cabello. Puse mis manos sobre su cuerpo recorriéndolo y me detuve en los senos perfectamente redondos de pezones erguidos que acariciaba delicadamente una y otra vez sintiendo el ritmo agitado de su pecho y los movimientos de su cuerpo que se me entregaba con displicencia, notando sus labios apretados en perentoria manifestación del deseo de que la poseyera. Hicimos el amor dos veces sin pensar cuál fue mejor y me esforcé por parecerle delicado y controlar mis instintos a pesar del deseo. Sabía que era eso lo que necesitaba a fin de convencerse que podía ser de un hombre sin que mediara la violencia y terminar haciéndolo claudicar a sus encantos. Como si me hubiera leído el pensamiento, se volteó sobre el costado mostrándome los glúteos para sentirlos al tacto en la punta de mis dedos y escucharla emitir entrecortados gemidos de placer que iban in crescendo; de pronto, sin que me diera cuenta, tuvo mi rostro asido entre sus manos y comenzó a besarme. Nuestros cuerpos sudorosos cayeron sobre el lecho y nos miramos en el espejo del techo que por primera vez nos proyectó la visión de nuestra imagen; pensé que la indiscreción del azogue que contenían estaba allí para otra clase de sexo mordaz y libidinoso y que no había servido de nada. Dime: ¿cómo te sientes?, ¿acaso debo responderte?, ¿no han sido mis caricias y la entrega suficientes? Nuevamente asintió y aprecié la felicidad del convencimiento en su mirada húmeda y henchida de satisfacción. Eché mano del reloj en la mesa de noche y bajo la luz de la lámpara, me di cuenta de que apenas nos quedaba media hora en lo que ella se incorporó para dirigirse a la regadera: ¿nos bañamos?, sin responderle, me incorporé para volver a mirar su cuerpo de proporciones maravillosas y sin exageraciones, pero en el que nada faltaba para hacer feliz a un hombre después de haberla poseído.

Mientras caminaba frente a mí, me di cuenta de que su pelo caía suelto hasta la mitad de la espalda y observé sus cortos y peculiares pasos, que conocía, aunque desde una perspectiva diferente. Bajo el agua de la regadera filtrándose entre los dos, sentí que estaba listo para entrar de nuevo en su sexo. Sé lo que estas pensando, pero no quiero que nos toquen a la puerta, nos secamos y ella se recogió el cabello húmedo en un moño que dejaba su cuello al descubierto. De pié, frente a uno de los espejos, me pidió que la ayudara con el brasier y mientras lo hacía, me convencí de que lo sucedido era algo que nos debíamos y volví a sentirme atenazado entre el deseo y la pasión. A la hora de marcharnos eché mano a un pequeño cenicero que descubrí en el baño con el nombre del lugar visible y atrapado entre el cristal del fondo y lo introduje en uno de mis bolsillos.

 — ¿Qué haces?, te puedes buscar un problema.

 — ¡Bah!, si acaso se dan cuenta será tarde, ¿no crees?

Antes de cerrar la puerta volví a mirar el lecho en desorden y pensé que algún camarero acudiría para arreglarlo. Ese era su trabajo, estaría acostumbrado y la rutina no le permitiría establecer diferencias.

Detrás del mostrador el encargado parecía más alerta que a nuestra llegada, estaba amaneciendo y esperaba por el relevo. ¿Todo bien?, preguntó, le contesté afirmativamente; me debe un peso, ¿cómo, por qué? La mayoría cargan con el cenicero, si no lo ha hecho, no me debe nada, de lo contrario, ya sabe. Le di el importe y lo miré hacer anotaciones en un libro de folios, seguramente para dejar saber al que vendría a reemplazarlo, que el 11 estaba disponible y debía ser arreglado.

 — Recuerdas que te dije que iba a confesarte algo, le escuché decir mientras caminábamos; sí, sí, lo recuerdo.

 — Por todas las terribles experiencias que he vivido y que tú conoces bien, pensé que no podría amar jamás a un hombre, ahora estoy segura de que sí. Has sido el primero en hacerme sentir como a cualquier mujer y nunca voy a olvidarlo, te lo puedo asegurar.

Al llegar a la parada en que nos habíamos encontrado, noté que los que allí estaban nos miraban como a extraños, la indumentaria nos delataba y la cercanía de nuestro abrazo, el silencio y las miradas; les hacía fácil inferir de dónde veníamos.

En eso el ómnibus apareció en la esquina, ella se levantó y yo la seguí; no, no quiero que me acompañes, me voy sola; yo insistí, pero estaba decidida a evitarlo, confundido y sin saber qué hacer, la vi subir y caminar por el pasillo del autobús hasta que se sentó recostando la cabeza sobre su mano en la ventanilla y quise creer que pensaba en lo sucedido como un paréntesis de felicidad entre las frustraciones de sus vivencias. El ruido del motor del ómnibus, amplificado en el silencio del amanecer, hizo que desapareciera calle arriba.

Amigo, me dijo uno de los que allí estaban, ¿tiene un cigarrillo?, a mi ya no me quedan.  Saqué el paquete para ponerlo a su disposición y el hombre tomó uno y lo encendió. Perdone la indiscreción, pero su novia es muy bonita, es temprano y hay pocas personas en la calle, creo que no debió dejar que se marchara sola. Me sonreí y decidí caminar de regreso para tener el tiempo necesario de convertir lo vivido en una parte inolvidable de mis recuerdos.

 

IRENIA Y MAGALY (Trilogía I)


Podía recordar lo que quisiera como si hubiera sido en época reciente a pesar de haber transcurrido mucho tiempo. Tanto, que al referirme a hechos y situaciones entre quienes las habíamos vivido, muchos se preguntaban cómo era capaz de mencionar nombres y apellidos de amigos y enemigos con tanta precisión. La memoria suele jugarnos en contra y a favor y no siempre los episodios más lacerantes se desdibujan para dejar sitio a los buenos momentos, todo depende de las circunstancias en que se hayan vivido y la manera indeseable o benévola en que forman parte de nuestros recuerdos.

En ocasiones, hechos ocurridos remotamente se manifiestan con claridad; así me sucedió en el caso de Irenia, la chica que perseguía con la saña de un cazador furtivo dentro de un coto reservado a los que no eran de la catadura que me endilgaban y en el contexto de una catalogación establecida en tiempos de frustraciones confundidas con una falsa salud social y familiar, siempre sinónimo de moralidad y estulticia.

Irenia era la hija de un médico especialista en obstetricia y ginecología y su madre, estomatóloga. Para hacer aún más difícil mi situación, tenía dos hermanos varones a quienes conocía y sabía de sus depravados pensamientos, terribles o peores que los míos, pero en el caso de ellos el origen; andar merodeando todo el tiempo a sus presas en un convertible rojo último modelo y con los bolsillos atestados de dinero, les concedía ventajas capaces de cancelar cualquier mala opinión, mucho más a tono de haber sido sugeridas, que en mi propio caso.

Irenia se parecía mucho a su madre; era trigueña, esbelta y tenía un talle fino. Sus caderas eran más prominentes que lo convencional en la actualidad, pero sus piernas complementaban perfectamente su figura. Había en ella un detalle sobresaliente: sus senos; eran grandes y firmes, capaces de mostrar una exuberancia que hacia moverse de la mano del pecado la mente de cualquier hombre. Ella, consciente de sus encantos, no paraba mientes en insinuarlos siempre que tenía ocasión de hacerlo y, en consecuencia, generaba una sensación de desasosiego entre quienes éramos las víctimas de sus atributos.

Se ha dicho, y es enteramente cierto, que el hombre propone y la mujer dispone y aún en el caso de Irenia, que recién entraba en la adolescencia poseedora de un imponente cuerpo de mujer, yo soñaba con tener la oportunidad de acercármele, aunque no supiera muy bien que iba a decirle. Eran sus hirsutos senos bajo la blusa, e insinuados por un escote según el término “provocativo” vigente para la época, los que me quitaban el sueño y a la vez, en plena vigilia, imaginaba palpar con una caricia de mis manos que empezara por sus costados y terminara en sus maravillosos pezones que se me antojaban circundados por una aureola grande, perfectamente redonda y oscura.

Esa era mi obsesión de adolescente varón que no suele ver con preocupación cualquier consecuencia al acercarse al sexo opuesto. Irenia — hasta su nombre sugería un desafío — se placía en causar aquellas descarnadas lucubraciones que solían terminar en los retretes del colegio, embarrando los blancos bordes de los servicios sanitarios con el semen disparado con fuerza al masturbarnos y ahogando cualquier exclamación para no ser descubiertos por quienes en otros receptáculos contiguos hacían lo mismo. Todo dependía de la indumentaria, siempre muy fina y de inmejorable calidad, con la que aparecía ante sus devotos admiradores. Eso si, la cintura entallada y la esbelta y desafiante solidez de sus pechos como culposa e incitante manera de hacerse desear.

Pero si Irenia, un tanto desentendida del desasosiego que generaba, no pensaba en posibles riesgos; su madre, la doctora Andreina Luaces no le perdía pié ni pisada, según había escuchado, le prohibían tener novio y amistades masculinas, sólo algunas amigas que debían acudir a visitarla a su casa, de su misma condición social y la mayor parte de las veces acompañadas de sus respectivas madres, abuelas y…algún hermano varón, que terminara compartiendo con los suyos y entre los cuales el aguzado “ojo clínico” de la doctora Andreina, fuera capaz de detectar al candidato potencial para marido de su hija toda vez llegado el momento.

Riesgos siempre se corren y no era descartable que entre las puras e inocentes amigas de Irenia hubiera alguna que, reprimida, pero afanosa y denodadamente, deseara a alguien de su propio sexo; una “marimacho” como solía llamársele a las féminas de inclinaciones lésbicas. En aquellos tiempos, la sociedad, agudamente perspicaz para ejercer los juicios guiada por las apariencias, solo consideraba a una lesbiana si se vestía de hombre, llevaba el pelo muy corto, a lo “italian boy”, sus maneras eran toscas y engolada la voz para parecer de hombre.

Las apariencias engañan, incluido el penetrante ojo de la doctora Luaces que era afín a las veleidades y equívocos de todo lo que suele ser y no parecer como en el caso de Magaly, una entre las tantas “amiguitas” de Irenia. También a ella la conocía del mismo colegio al que logró asistir, aquel coto de caza reservado sólo a los de la misma condición social, emperifollados jovenzuelos de cabellera envacelinada y mollera un tanto rígida. Los que, como yo, acudíamos a la escuela pública superior donde, por cierto, había muy buenos profesores y aprendíamos exactamente lo mismo sin el dispendio que significaba el alto costo de las matrículas para los padres pudientes de los engominados, nos sentíamos tentados a merodear lo más cerca posible de las chicas hermosas y bien vestidas, siempre a la moda, que con aire displicente y lacerante superioridad nos miraban por encima del hombro.

Magaly tenía una larga cabellera castaña que solía arreglarse de la misma manera; se hacía una gruesa y larga trenza que descansaba sobre una de las dos mitades frontales de su torso. Era alta y a diferencia de Irenia, de pechos pequeños, aunque también hirsutos. Con el tiempo descubrí que, como todos los detalles del cuerpo de una mujer, esos pechos también son atractivos y hay en ellos una especie de egregia beatificación de la escultura clásica, en la que se presentan con la gracia de su diminuta potencia. Su cintura era aún más reducida que la de Irenia y su rostro denodadamente bello; sus ojos almendrados y prendidos, su nariz pequeña y alzada, sus labios, quizás rompiendo en alguna forma la armonía de su rostro, un poco gruesos sin llegar a desencajar. No había en ella nada que denotara sus preferencias que ni siquiera podía imaginar y por esa misma razón, se hacía mucho más susceptible de la compañía de algún que otro varón. Era más liberal.

Cuando yo estaba en el segundo curso del bachillerato Magaly entró en primero, andaba acompañada de una amiga que no paraba mientes en salpiconerías, recuerdo que se llamaba Lucila y no era difícil conseguir su número de teléfono; soltaba un guiño y de pronto extendía la mano con un pequeño papel doblado, contentivo de la clave más elemental para poder acceder a su solícita sexualidad. Alguna vez la llamé para dar cumplido a mi propósito de acercarme a Magaly, lo que al final conseguí, la invité al cine sin que mediara una declaración amorosa y aceptó el convite no sin causarme cierta sorpresa.

Sabíamos que había una sala que tenía fama entre los varones de ser muy oscura y era la más larga y estrecha de la ciudad; le llamábamos el “matadero” porque entre sus duras butacas de sentadera y respaldo de madera, nos enroscábamos para hacer cualquier cosa menos atender a la película y dónde nos acomodábamos, la pantalla no hubiera parecido mucho mayor que la de un televisor “big screen” de los actuales. El día que logré convencer a Magaly para que fuera conmigo al “matadero” pasaban una cinta española; era una comedia de intrigas protagonizada por el actor Fernando Fernán Gómez y la actriz que de todo tenía en sobra, menos cualidades histriónicas muy laudables: Analia Gádez. Su título era “El Monumento” y de seguro el director escogió a Analia como figura femenina principal porque ella en realidad lo era, tanto así que le empezaron a llamar “Analga”

Había una escena en que Analia se mostraba haciendo un desnudo de espalda mientras posaba para un pintor, de pié y sobre un pescante circular encaramada en unos altos tacones como único atributo de su total desnudez; la perfección de su cuerpo voluptuoso con unas nalgas generosas que nacían en el mismo comienzo del derrier, habían generado una profusa taquilla que hacía presa de los desaforados y de los psicópatas sexuales que acudían a verla una y otra vez mientras se masturbaban a hurtadillas escogiendo butacas, ni muy cerca ni muy lejos, de los que iban acompañados de una pareja con otras intenciones; tanto así, que cuando ensimismado desabrochando la blusa de Magaly para meter mi mano entre su brasier y dejar a mi alcance sus senos, ella hizo un movimiento brusco como queriendo apartarse y llamar mi atención sobre un tipo sentado unas lunetas de por medio en la misma hilera y que escondía, lo que de seguro era el pene, bajo un sombrero que cómicamente bajaba y subía como halado por los cordeles de una marioneta mientras se solazaba.

Ella lo descubrió asustada, pero yo no le di importancia para continuar en mi empeño de escarbar entre sus ropas y en lo que, con un poco de insistencia, era posible llegar al final. Aquel día fue uno de esos en los que tuve suerte y de seguro, le di motivo al tipo del sombrero para más de una eyaculación. Probablemente, entre la generosidad cinematográfica de “Analga” y mi exploración corpórea de Magaly, debió tener lo suficiente para exorcizar su calentura.

Magaly era hija de un oficial de mediano rango del ejército republicano anterior al triunfo de la revolución de Fidel Castro en 1959. Como quiera que no le pudieron sustentar ninguna acusación después de tenerlo detenido durante algunas semanas comenzando el mismo mes de enero, lo pusieron en libertad. El tipo era un déspota y un abusador al que hubiera sido más meritorio encerrarlo en virtud de lo que se consigna como violencia doméstica algo por lo que en medio de una sociedad machista como aquella nadie era acusado, y menos, verse convertido en reo e ir a parar a prisión.

Al adentrarse en la vida civil, siendo un hombre ya maduro que no había conocido otra cosa que los cuarteles, empezó a relacionarse con otros que por natural empatía eran de su misma calaña y se dedicó al juego; actividad que desde el inicio del nuevo período gubernamental se convirtió en un delito y en la que se inició como apuntador de terminales para llegar a convertirse en banquero y dirigir una red de colectores de apuestas cuyos hilos terminaban en sus manos.

Emilio, tras obtener una pequeña fortuna, inscribió a su hija Magaly en una escuela privada a petición de su esposa Antonia. Allí conoció a Irenia y se hicieron amigas. A diferencia de muchas de las finas y delicadas muchachas de sociedad que asistían al mismo bachillerato y cuyas residencias solían estar en selectas barriadas de la ciudad, Magaly vivía en el centro del conglomerado urbano en el quinto y último piso de un edificio, justo en la confluencia de dos importantes arterias capitalinas. Yo, que aún no sabía lo que se ocultaba tras la delicadeza de sus formas y su apariencia, aguardaba largas horas en la cafetería de la esquina opuesta desde donde la veía asomarse a la ventana de su habitación, único resquicio posible para burlar la férrea vigilancia del padre. Emilio, guardaba ya un terrible secreto que ni siquiera Antonia, su mujer, conocía.

Cuando las cosas comenzaron a materializarse allende las apariencias y como piezas de un rompecabezas, todo lo que ocurría fue concretando nuevas realidades. A ello contribuyó la sinceridad espontánea de Magaly que decidió convertirme en el depositario de sus confidencias y de lo que ella consideraba sus pecados en virtud de lo cual cometía uno aún mayor, el de justificar las golpizas y los abusos de Emilio siempre acompañadas de las peores ofensas verbales. Confundida por lo que movía su razón entre sus deseos y la supuesta lógica de su progenitor, Magaly se convirtió en parte de esa categoría que entre las alternativas de la relación de pareja se define como bisexualismo. Desnuda ante el espejo y en la soledad del cuarto de baño, deslizaba sus manos por su cuerpo y poco a poco, aprendió a adorar con un deseo vehemente y aún inexplicable para ella, el de otras muchachas que, como Irenia, no debían esforzarse demasiado para concitar ideas de placer que llegaran a convertirse en hechos consumados. Mientras, secretamente, saciaba sus deseos masturbándose en lo que conseguía repetidos y placenteros orgasmos.

Confieso que llegué a sentirme atraído por Magaly con una fuerza que hasta entonces no había conocido; ella no sólo me gustaba por su físico, su voz era agradablemente atiplada y con una tesitura cálida que la ponía fuera de toda sospecha afín a los estereotipos tenidos por común a las mujeres que aman y desean a otras mujeres. Yo había podido comprobar que Magaly sentía como mujer al contacto prolongado de su boca en las desvencijadas lunetas de aquel largo y oscuro cine, escenario de nuestros encuentros. Llegué a descubrir, mediante el afán indetenible de mis intenciones, que Magaly había perdido su virginidad y pensando que inquirir cómo y cuándo era inoportuno; callé, ubicándome en una oscura zona de confrontación entre el pudor, el temor y el deseo. Cada vez que rodeaba su torso entre mis brazos olvidaba cualquier razón y tenerla cerca, me producía sensaciones que no pretendía evitar. Siempre me parecía poco lo que sentía con ella, sobre todo, el tiempo que compartíamos.

De otra parte, mi relación con Magaly me brindaba la posibilidad de acercarme a Irenia que por razones que no lograba entender del todo, estaban motivadas por el afán de apretar sus pechos como si yo fuera un guerrero, un cruzado que imponía su voluntad de dominio cuando de un solo lance lograba vencer en duelo a su oponente haciendo caer su escudo. Eso eran para mí sus enormes y turgentes senos; una especie de escudo que debía ser apartado por mis manos, para dejarla desarmada y acceder a otras zonas menos visibles de su anatomía cuya impronta se me antojaba profusamente similar y abundante. Estaba seguro de que aquella virtud de su naturaleza femenina, una vez derrotada entre su tersura y mis dedos, la harían completamente vulnerable.

Un día, de esos en que suelen ocurrir cosas inesperadas mientras se suceden con fluidez y estrepitosa velocidad los acontecimientos, Magaly apareció en la ventana exhibiendo lo que a distancia podía descubrirse como un moretón en uno de sus ojos. Aquello que de por sí hubiera bastado para transfigurar su belleza en una mueca de terror, me la mostraba aún más pálida de lo que normalmente era, sus ojos denotaban pena y el enrojecimiento propiciado por una reciente crisis, me convencieron de que había estado llorando. Me hizo señas de que debía esperar un rato y yo asentí desde el otro lado de la calle, sintiendo que me embargaba una extraña zozobra presagio de algo desconocido y por suceder.

Cuando finalmente apareció en el pórtico, me advirtió que no cruzara y que siguiera calle arriba, hasta la próxima intersección, mientras, ella hacía lo mismo desde la otra acera. Entretanto, adelantaba su recorrido con la gracilidad de sus pasos que yo observaba con satisfacción, pero sin que me abandonara la zozobra que agitaba mi respiración en el preámbulo de aquel encuentro. No le faltaban razones para desconfiar; Emilio, que tenía por escenario de sus ilícitos negocios el barrio, podía aparecer en cualquier momento y Magaly observaba en todas direcciones para estar segura de que no sucediera.  Cuando movía la cabeza, noté una marca en su rostro. Observando más de cerca, vi que había una mancha alargada y uniforme de color violáceo y amarillento en el costado de su cara, delineando el pómulo derecho. Finalmente me hizo señas para cruzar. Ignoré los vehículos, varios bocinaron para advertirme. Solo tenía ojos para ella mientras intentaba que me detuviera.

Eran alrededor de las dos de la tarde cuando la abracé, su primer impulso fue el de apretarse a mí y entre su respiración agitada, sollozos y balbuceos me apartó con delicadeza mientras le escuché decir: hoy no vamos al cine, necesito aire; aire puro que haga el milagro de permitirme respirar un ambiente de claridad y limpieza del que mi cuerpo y mi mente no gozan ya hace mucho y en el que debo vivir y soportar en silencio las cosas que me pasan. Levanté mi cabeza por encima de la suya y apoyé mi mentón en la comisura en la que terminaba la frente y comenzaba su cabellera, que aquel día lucía suelta en ademán de dejadez e indiferencia y cuyo color de miel parecía más acentuado que cuando solía hacerse la trenza. El aroma, aunque conocido, siempre me parecía nuevo. Permanecimos en silencio, con la cercanía de nuestros cuerpos como única forma de comunicación.

Sin poder precisarlos, miraba los contornos de las fachadas que servían de escenografía a nuestro encuentro y los rostros de los transeúntes que deambulaban, cada uno, envuelto en sus quehaceres, sobre las aceras y entre los soportales. Al fin me dijo: vamos al Parque de los Enamorados; allí fue la primera vez que escuché con atención lo que me decías. Desde aquel día, gané su confianza y trascendí a su conciencia con mis palabras. Me convertí en custodio de sus secretos y del único amor real que confesó sentir por un hombre.

El Parque de los Enamorados está a la derecha y al final del Paseo del Prado y en su centro se hallan los restos de una mazmorra en que José Martí sufrió prisión a una edad tan temprana como la que teníamos nosotros. Me había detenido muchas veces en aquel lugar a pensar cuan terrible debió haber sido para él, supervivir tras aquellos barrotes gruesos y herrumbrientos y tirado en la oquedad de aquel hueco halando un pesado grillete que dejó en su piel la laceración de una fístula imborrable a lo largo de su corta y prolija existencia de 42 años. Cada vez podía sentir el olor del moho que la humedad del lugar recreaba constantemente como si fuera entonces; no muy lejos, en la Explanada de la Punta, se halla el monumento en forma de glorieta erigido a la memoria de los ocho estudiantes de medicina fusilados en 1871 en acto de flagrante injusticia cometido por el gobierno colonial.

Al otro extremo del canal de la bahía, las fortalezas del Morro y La Cabaña que Antonelli concibió y se construyeron luego, como velatorio del imponente azul del mar difuminado entre la claridad celeste. Ella se sentó en uno de los bancos ubicándose frente a mí, a la vez que hurtaba su mirada tratando de esconder el rostro de su vergüenza. Aunque comprendía que la situación no era así, decidí preguntar de manera directa levantando su rostro con delicadeza por el mentón. Le pregunté: ¿tuviste una caída?, ¿sufriste un golpe fuerte?, ¿qué es esa marca en tu mejilla? Ante cada uno de mis cuestionamientos su llanto se hacía más fluido y audible y por esa razón incondicionada de los humanos, sentí preocupación de que alguien pudiera considerarme culpable por ello. Fue mi padre que me pegó con una plancha de costado y después me abofeteó descargando toda su ira. No es la primera vez, murmuró, y a pesar de todo lo que me ha hecho, sus maltratos nunca me han dolido tanto y cada vez se me hacen más insoportables.

Ven y siéntate, dijo. Ya no puedo más con esto y te lo voy a contar, aunque no sé cuál será tu reacción. Quizás después esté más sola, siendo juzgada y despreciada. Empezaré por lo que ya sabes: no soy virgen, pero no dejé de serlo entregada a un hombre por amor y voluntad; fue el asqueroso de Emilio, mi propio padre, quien me violó y lo sigue haciendo una y otra vez para, según lo que siempre repite, hacerme conocer lo que es un hombre y castigarme por lo que una vez vio.

Sentía que sus revelaciones eran demasiado fuertes y aunque había escuchado muchas historias contadas por matronas que habían dejado pasar su juventud en los campos de los que mayoritariamente provenían sin acercarse a un hombre sólo por el “qué dirán”; lo que me contaba acontecía en tiempo presente, en la ciudad y en un ambiente supuestamente civilizado. Tendrían que transcurrir muchos años para comprender que el medio no obsta para que cosas así puedan ocurrir y Magaly era la prueba irrefutable que se acomodaba a mí lado como ánima golpeada en su dolor, buscando apoyo y comprensión. El silencio me embargó, carecía de elementos y lo peor, de argumentos capaces de explicar con ánimo de dar consuelo a quien no podía tenerlo al enfrentarse al acto de la incestuosa y abominable relación a la que su propio padre la forzaba.

Finalmente, formulé la pregunta que ella esperaba: ¿qué vio tu padre para castigarte así?, no creo que nada lo justifique ¿Conoces a Zenia, la que vive en mi edificio?, la mulatica de pelo alborotado del tercer piso; sí, le respondí; recordé entonces que en más de una ocasión Zenia me había sugerido sentimientos inconfesables, sobre todo, en aquellas circunstancias. Zenia no era una adolescente, más bien una morena clara en sus veinte, que tenía un porte muy característico de muchas de su raza: figura alargada, cierta estrechez de caderas, senos diminutos, nalgas pronunciadas y firmes, no tan grandes, aunque lo suficiente para que a su paso todos volteáramos a mirarla y repetir siempre lo mismo: - ¡Avemaría! que culito más rico tiene esa mulata…

Magaly coincidía con Zenia en el edificio con bastante frecuencia y según me contó, estableció con ella una amistad que, de su parte, sólo pretendía encontrar a alguien en quien confiar y aunque me juró que nunca le había dicho lo de la violación, sí le había confesado las golpizas que, tanto a ella como a su madre, Emilio les propinaba. La mulata no perdió tiempo en aprovecharse de la situación e intuyendo las posibilidades, decidió pasar del consuelo verbal a la conquista.

Recordé que en el barrio andaba en boca de muchos que Zenia “apuntaba y banqueaba”, que le gustaban las dos cosas, pero que no aceptaba compromiso con ningún hombre porque le parecían abominables, todos al final una cuerda de mentirosos y abusadores que sólo pretendían disfrutar de su culo y después tirarla y a ella, según afirmaba, no iban a convertirla en víctima. Posiblemente en un acto de reflejo y deseos reprimidos, optó por hacer lo mismo y gozarse, hasta obtener los orgasmos más apetecibles en el contacto y la relación íntima con otras mujeres. Ese día Magaly salía del apartamento de Zenia donde con las artes más sutiles en el cuerpo a cuerpo había conseguido acostarse con ella y disfrutar de su cálida y tímida desnudez acariciándole el pubis que se exponía sin voluntad a sus sabios dedos, mientras, la observaba moverse entre contorsiones de placer y en la antesala del acto supremo y voraz de acudir a su clítoris con su lengua intranquila, desenfrenada y punzante.

En lo que se despedían bajo el dintel de la puerta, Zenia mordía los labios de Magaly con un beso apasionado, pero el silencio quedó roto con un ruido de pasos, seguido por un grito inquisitivo y desgarrado que se dejó escuchar en la soledad del corredor que conducía a la escalera donde apareció Emilio, separando con furia a su hija de la mulata, que les tiró la puerta en la cara segura de que Magaly haría todo lo posible por volver; lo demás, era la afrenta de un abusador de mujeres, hija y esposa incluidas, que no sólo se merecía conocer la realidad, sino también padecer el ultraje de su malhadada hombría ante la evidencia de lo inevitable.

Mientras más me contaba, mayor era mi sorpresa. Se me hacía difícil recrear aquella escena de pasión y lujuria entre las dos mujeres que, tras la dulzura de plácidos orgasmos, se vio convertida en acto de violencia contumaz. A empellones, Emilio metió a su hija en el apartamento y dejando entrar la luz a horcajadas por la amplia ventana de su dormitorio, la empujó sobre el lecho, se quitó el cinto y comenzó a ripiar sus ropas  en lo que ella trataba de cubrirse y él le daba de cintazos haciendo que desplazara sus manos hacia las zonas de dolor que provocaban y dejar al descubierto su intimidad ante la enrojecida mirada del violador — su propio padre — que airadamente le repetía: cabrona, hija de puta, tortillera… vas a saber lo que es un hombre y seré yo el único que de ahora en adelante te va a enseñar a ser mujer.

Sin quitarse la ropa, se desabrochó el pantalón y expuso el pene objeto de una erección que hacia mucho no lograba conseguir; entre gritos, forcejeos y aguantando con una de sus manos los brazos de su hija mientras le separaba las piernas con la otra, la penetró; no sin que cierto atisbo de temor le hiciera prevenir derramarse en su interior para evitar un embarazo. Exánime, consumado el hecho y sin poder siquiera imaginar lo que había sucedido, ella sintió un dolor físico en lo más bajo de la pelvis. Con una mueca de terror y en medio del llanto, lo vio desgreñado, balbuceante y tratando de componer su desaliñada apariencia para escucharle decir: así que eras señorita cabrona, preferiste las caricias de esa negra inmunda y tortillera a las de un macho que aborreces, pero nunca vas a olvidar quien fue el dueño de tu virginidad, el único al que no podrás evitar y quién sabe si con el tiempo, ni siquiera odiar.

Como es habitual en estos casos, el chantaje sucede a la acción aberrada que Emilio, desde su torcida perspectiva, consideraba punitiva. Si le dices algo a tú madre las mato a las dos, sabes que hace tiempo no las tengo todas con ella y menos contigo, estoy cumplido y no me costaría mucho esfuerzo ir a pasar mis últimos años a la cárcel; en cierto modo mi vida al lado de la infeliz de Antonia no ha sido nada agradable y me ha obligado a andar acostándome con cuanta puta se me ha ofrecido y ahora esto; la única hija que me ha dado, una tortillera capaz de hacer cochinadas a la vista de todos, poco me importaría mandarlas a las dos al infierno. Te advierto que de aquí en adelante harás lo que yo diga y me complacerás en lo que yo quiera, haber tenido tú cuerpo me provoca y aunque te escondas y busques a esa negra o a otras como ella, no dejarás de ser mujer entre mis manos, en mi cama, y cada vez que me dé la gana; entiéndelo bien, siempre he sido un pecador y a mis años, ni puedo, ni quiero arrepentirme.

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El doctor Roberto Téllez Agramonte había nacido en La Habana, pero sus antepasados y sus raíces familiares se vinculaban con algún que otro ilustre apellido de la floreciente y próspera aristocracia camagüeyana de principios del siglo XIX, su abuelo paterno había combatido en las huestes de Ignacio Agramonte y Loynaz alcanzando el rango de coronel. A la muerte en combate del “Bayardo” — sobrenombre por el que era conocido “El Mayor”— estuvo directamente vinculado al generalísimo Máximo Gómez y al finalizar la campaña de 1895 y por el hecho de ser abogado, desempeño varias funciones públicas durante los gobiernos de José Miguel Gómez (1909-1913) y Alfredo Zayas Alfonso (1921-1925).

El padre del doctor Téllez se había recibido en España como médico y había realizado algunas especializaciones en Francia y posteriormente en los Estados Unidos. Durante la tormentosa década de 1930 Roberto cursó sus estudios de medicina en la Universidad de La Habana e hizo la especialidad de obstetricia y ginecología, la misma del padre, que lo envío a los Estados Unidos donde le fue requerida la realización de varios cursos e internados para obtener las recomendaciones de rigor. Terminada una estancia de casi tres años entre Washington D.C. y Boston, regresó a Cuba donde le esperaba la grata sorpresa de encontrar un consultorio, completa y perfectamente habilitado, con los más modernos y variados recursos para el ejercicio de su especialidad. El padre, ya en retiro, se había ocupado de que todo quedara en el más perfecto orden, el gasto no era problema; y la clientela sería, en primera instancia, heredada de él mismo.

La vida profesional del doctor Téllez comenzó por todo lo alto y su matrimonio con la doctora Andreina Luaces se llevó a cabo con rapidez, constituyendo un acontecimiento social trascendente. En años consecutivos nacieron sus tres hijos, primero Roberto Rafael, luego Ernesto y por último la hembra esperada, objeto de increíbles mimos y cuidados desde muy pequeña por ser la “benjamina” de la familia; el nombre que Andreina escogió para la niña fue Irenia de la Luz. A ella, por cierto, lo del complemento a su patronímico, no le hacía gracia y muy pocas personas fuera del ámbito familiar, sabían que ese era su nombre completo.

Corría el año 1961 y el gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro se había propuesto cambiar aceleradamente los estándares económicos y sociales y en medio de la orgía populista que caracteriza la acción inmediata de este tipo de regímenes, se comenzaron a desconocer las estipulaciones vigentes, en su mayoría inspiradas y refrendadas por la constitución republicana de 1940 — que Batista había dejado sin efecto en el 52 —  y se dio inicio a la promulgación de leyes revolucionarias; las de reforma agraria, la de reforma urbana y la de nacionalización de la enseñanza entre otras. Se procedió a la expropiación de la gran empresa privada de origen nacional y extranjero y de las instituciones bancarias vinculadas a ellas como respaldo necesario para la financiación de los proyectos capaces de impulsar el desarrollo que en Cuba era notable. Como consecuencia inmediata se desató la estampida de las personas que se vieron afectadas directamente por las medidas tomadas y que en su gran mayoría se dirigieron a los Estados Unidos, destino común y conocido de los que alguna vez habían tenido la oportunidad de viajar. En medio de la coyuntura de franco y abierto enfrentamiento de Castro y los revolucionarios contra los norteamericanos, el país del norte era el único lugar que, según pensaban, permitía obtener ciertas garantías de permanencia a cualquier plazo.

Aplicando la estrategia de dividir e imponerse, al gobierno le fue relativamente fácil ir deshaciéndose de aquellos a los que consideraba como enemigos reales o potenciales. Mediante la aplicación del estereotipo de la lucha de clases, enfrentó a pobres con ricos, proletarios contra burgueses y campesinos contra terratenientes, para tratar de demostrar que estaba al lado de los más débiles. Atrapados entre la presión gubernamental y las manifestaciones de los que se consideraban reivindicados, todos los que de alguna manera no encajaban en los planes vigentes y por venir, empezaron a sufrir las consecuencias. Después de la aprobación de la ley de nacionalización de la enseñanza y de la expulsión del país de un elevado número de sacerdotes católicos — más de trescientos en una misma ocasión en un buque de bandera española llamado Covadonga —  que en su mayoría se hallaban vinculados a la enseñanza en las escuelas religiosas (el propio Castro había estudiado hasta concluir el bachillerato en una de ellas) comenzaron a desdibujarse los límites entre la enseñanza pública y la privada terminando por disolverse y que cada quien acudiera a matricularse en la escuela correspondiente según su domicilio.

Aquellas muchachas aristocráticas y de buenas familias y los impolutos y varoniles vástagos provenientes de los sectores más acaudalados; se vieron, de la noche a la mañana, reunidos en un mismo salón de clases con otros jóvenes cuya extracción social nunca les hubiera permitido relacionarse. Todos empezaron a formar parte del mismo ambiente de barrio que sin llegar a ser lacerante, era el que se vivía en las escuelas públicas antes de comenzar a cambiar la situación. Irenia, como las demás, estaba a mano de los encontronazos con tipos de su misma edad, pero con experiencias de vida que se generaban entre el deambular en las callejuelas de los vecindarios y de las que no podían apartarlas ni los empeños de abuelas y madres que, como Andreina, comenzaron a vivir y padecer bajo la constante presión de no poder evitar que sus hijas se enfrentaran a otra realidad más allá de las “buenas costumbres” de sus hogares.

En el domicilio de la familia Téllez-Luaces, una amplia mansión de dos pisos en la barriada del Vedado, día a día, se vivía la zozobra de ver cómo se trepaban al convertible de los hermanos Téllez personas desconocidas y cuyo origen les parecía muy deleznable a sus padres, sobre todo a Andreina; pero lo que más les molestaba era ver acercarse a Irenia a los jardines de la casa en compañía de nuevas amistades cuya cercanía no les parecía confiable ni conocida. Acudíamos a clases en la misma escuela de la calle Línea en la que su propietario, un conocido y famoso educador, había colgado una gran tela que rezaba: “Gracias Fidel” en el 59 y que solo dos años más tarde, tras poner pies en polvorosa, se proponía comenzar una nueva etapa de su vida y la de los suyos como exiliado y huyendo del mismo gobierno que proclamaba no querer saber nada de burgueses y explotadores.

Andreina y el doctor Téllez trataron de aferrarse a la idea de permanecer en el país y comenzaron a compartir el tiempo de su desempeño profesional entre el ejercicio de sus actividades en centros de atención pública y la continuación de la práctica privada en los respectivos y suntuosos gabinetes de que disponían, pero cada vez se hacía menos lucrativa y comenzaba a sufrir bajo los efectos de la escasez en la distribución de los recursos que ex profeso, el gobierno les racionaba para hacerlos desistir del empeño. El doctor Téllez, persona reconocida a escala nacional; aceptó un puesto de director de servicios médicos y profesionales en uno de los hospitales de maternidad más importantes de La Habana y donde le sobrevendría el golpe demoledor y bien planeado, por quienes envidiaban su fama y habían anhelado sacarlo del camino hundiéndolo en el fracaso que no merecía y que terminó con la posibilidad de que continuara ejerciendo su profesión al verse involucrado, sin razón, en un sonado escándalo.

El primer contratiempo sobrevino cuando Roberto y Ernesto llamaron por teléfono desde Miami para hacerle saber a sus padres que habían escapado en el yate de la familia que les cuidaba un fiel empleado en la playa de Jaimanitas, al oeste de la capital. Ambos planearon la huída y le hicieron creer a Armando, el encargado, que tenían permiso del padre para salir a pescar. Las autoridades que custodiaban los puntos de salida habían comenzado a tomar medidas para evitar las fugas y una de ellas fue confiscar, sin dar explicaciones, las luces de navegación para hacer ilegal el movimiento nocturno de las embarcaciones. Armando les advirtió que regresaran antes del anochecer porque podían ser detenidos, la embarcación decomisada y crearle a él un gran problema y una preocupación más a su padre; pero lo que parecía el principal motivo de tal requerimiento era la ventaja para llevar a cabo el plan, la nocturnidad.

Salieron al mediodía y haciendo como que pescaban, al caer la tarde, pusieron proa a cualquier punto ubicado en el largo rosario formado por las islas de los cayos al sur de La Florida. En una noche quieta de una tenue luz que se reflejaba sobre el mar con luna de cuarto creciente y en poco más de cuatro o cinco horas, avistaron las luces del Cayo Marathon convertido en puerta de entrada a la vida que anhelaban, lejos de las amenazas y las presiones de los nuevos presupuestos a los que en Cuba el gobierno forzaba a los jóvenes a participar: los Jóvenes Rebeldes, las Patrullas Juveniles, los Cinco Picos, las Escuelas de Instrucción Revolucionaria o en el peor de los casos, servir obligatoriamente en el ejército. Además, en Miami tenían un tío hermano de Andreina, que fue de los primeros en largarse cuando la compañía petrolera en la que ostentaba un cargo gerencial fue nacionalizada entre las primeras.

Irenia nunca conoció del plan y después de enterarse de lo sucedido y ver a sus padres padeciendo la agonía de tener lejos a sus hermanos sin una inmediata posibilidad de reencuentro, lloró por semanas su ausencia, pero al igual que Andreína y el doctor Téllez, se conformó a la realidad de ver el hogar diezmado por la separación. Al principio, le encargaron mucho a Samuel, el hermano de Andreina, que velara por ellos y no menos de dos veces por semana se comunicaban por teléfono en la casita de la Pequeña Habana en que Samuel los acogió y en la que vivía rentado echando de menos los lujos de la cómoda y amplia residencia de Miramar que había dejado atrás a una edad madura, para volver a comenzar en un medio desconocido y difícil junto a su mujer y sus dos hijos, primos de los hermanos Téllez Luaces.

A Roberto y Eduardo, sin embargo, se les hacía difícil soportar las penurias de dormir en un sofá-cama en la salita del inmueble de dos habitaciones, una ocupada por el matrimonio de sus tíos y la otra por los hijos, hembra y varón, que aún en edad escolar, debían estar en pié muy temprano para ser recogidos por la furgoneta que los llevaba de ida y les traía de regreso cada tarde. Samuel comenzó a exigirles que buscaran un trabajo para que contribuyeran a la precaria economía familiar pero los jóvenes, carentes de oficio, estaban convencidos de que su arribo a los Estados Unidos no era para sufrir una vida de privaciones.

Una vez más, valiéndose de coartadas y subterfugios que a Samuel, atenazado por las preocupaciones no le interesaba verificar demasiado, escaparon a Nueva York donde habían entrado en contacto con un coetáneo amigo de ambos apodado Puchi y junto al que habían formado parte de una agrupación de adolescentes creada en La Habana de finales del 58 a imagen y semejanza de las existentes en el país en que ahora se encontraban y al socaire de los vientos de rebeldía juvenil de los tiempos de James Dean y aquel famoso film, “Rebelde sin Causa”, preámbulo de su fatal final. Ellos mismos se hacían conocer entre los círculos a los que los jóvenes revolucionarios acusaban de bitongos y contrarrevolucionarios como los “Black Jackets”, consuetudinarios asistentes a fiestas que solían organizar en las mansiones de sus respectivos padres y donde se escuchaban las placas de Paul Anka — el Big 15 —, las baladas de Elvis Presley y la música febril de Bill Halley, Little Richard y algún tiempo después, de dos grupos ingleses que empezaron a sonar con fuerza en forma clandestina: The Beatles y The Rolling Stones.

Una mañana en que Julieta, la esposa de Samuel, salió de la habitación a preparar el desayuno en la pequeña cocina, se percató de que el sofá-cama estaba cerrado; puso a Samuel sobre aviso y lo interrogó en lo que él se rasuraba frente al enmohecido espejo de un pequeño botiquín del baño con el fin de acudir a una entrevista de trabajo. Samuel apareció en la salita e intuyó que los muchachos no habían dormido allí esa noche, pero cuando se disponía a hacer partícipe de su sospecha a la mujer, vio una nota recostada al búcaro que adornaba la mesa en la que compartían los alimentos cada día; la misma de hacer planes, sacar cuentas para ajustar el reducido presupuesto familiar y sentarse a mirar los programas de la televisión americana con el afán de entender mejor el inglés, convertido ahora en una lengua de la que forzosamente tendrían que apropiarse, si querían obtener un empleo mejor remunerado que el de lavar platos en los hoteles de Miami Beach o acudir a las tomateras de Homestead y Florida City.

“Muchas gracias, tío, por el favor que nos has hecho; no fue nuestra intención causarles molestias, nosotros nos hemos sentido más incómodos que ustedes y a lo mejor algún día nos podemos volver a ver. Para su tranquilidad sólo sepan que nos fuimos a Nueva York, a casa de un amigo”

Ambos estamparon sus firmas con nombre y dos apellidos dejando entrever que se creían importantes, tanto como su propia formación les había hecho sentir, aunque seguramente, sin saber que nada iba a ser como ellos pensaban. A Samuel, que leyó la nota en silencio para después pasársela a Julieta, lo invadió una extraña confusión: por un lado, se sentía aliviado, nunca y a pesar de que la presencia de sus sobrinos se le hacía incómoda, les pidió que se fueran, pero; ¿qué le diría a su hermana cuando volviera a llamar? Ni siquiera podía darle razón de dónde estaban porque Nueva York es una colosal ciudad donde ubicar personas sin una referencia específica es imposible y era eso, precisamente, lo que pretendían los hermanos Téllez, desaparecer en la bruma del anonimato y entre el inquietante quehacer de más de dos millones de personas en el corazón de la urbe.

El día que Andreina supo lo ocurrido cayó en una crisis de fuertes dolores en su columna vertebral provocados por una avanzada osteoporosis que su propio marido le había diagnosticado y corroborada después por varios especialistas amigos del doctor Téllez. Quedó postrada y empezó a consumirse. La belleza de mujer madura que había logrado conservar en su rostro entre cremas y tratamientos para la edad, fue desapareciendo y en su lugar, una contrición permanente acompañada de un mal color y una delgadez cada vez más notoria, hicieron sospechar a su marido que había algo más. Andreina era víctima de un cáncer que no encontró paliativo, mientras, yacía sobre una cama fowler que habían habilitado en su dormitorio para que se sintiera más cómoda en los momentos de agonía. El último día, las únicas palabras que se le escuchó decir en presencia de Irenia y Roberto fueron: díganle a mis hijos que los he perdonado, ellos no han tenido la culpa de nada, tenían que hacer su vida y tú, Roberto, cuida mucho a Irenia, ella es todo lo que te queda; luego abrió los ojos desmesuradamente y su entrecortada respiración se detuvo de golpe.

En el hogar de los Téllez las cosas comenzaron a cambiar y era lógico; una familia que todo lo había tenido: notable posición económica y social, buenas relaciones y muchas amistades y la bien ganada reputación de su patriarca, el doctor Téllez Agramonte; ahora, de golpe, enfrentaba una crisis que no parecía tener fin; los hijos, que después de haber huido no aparecían ni siquiera ante el crucial evento del fallecimiento de su propia madre, Irenia que a punto de alcanzar la mayoría de edad y convertirse en una mujer acababa de perder el consejo de su progenitora en el que se había apoyado y cuya relación de dependencia con respecto a ella era tal, que no podía tomar decisiones y hasta las cosas más elementales relacionadas con la casa y su padre, le parecían una tarea ciclópea. Nada que decir de las obligaciones cotidianas de un hogar, que con la enfermedad de Andreina se vieron reducidas a un nivel de supervivencia inmediata y que, con el agravamiento de la situación general del país, constituían todo un reto. Todo lo que antes parecía normal, se hacía difícil; encontrar alimentos básicos cuya escasez era cada vez más notoria, productos higiénicos y sanitarios para el hogar, ropas, zapatos, medicamentos, en fin, nada era fácil y menos para una joven como Irenia, cuyo mecanismo de defensa enfrentada a aquellas circunstancias solía ser un absoluto desentendimiento.

Por otra parte, y en los tiempos en que la salud de Andreina se tornó más crítica, sobrevino el problema del doctor Téllez en el hospital en que trabajaba. Como todos sabían que continuaba en el ejercicio de su práctica privada, urdieron el plan de acusarle del desvío de recursos del almacén de la institución en que prestaba sus servicios; insumos de uso general y medicamentos que por su importancia y la cada vez más acentuada escasez, estaban bajo un estricto control. Supieron de la fuga de sus dos hijos a los Estados Unidos y de la muerte de su mujer, algunos, en franca y abierta actitud de ladina hipocresía, le manifestaron sus condolencias que el doctor tenía la certeza de que no eran sinceras; en él, se daba la difícil situación de ser una persona que por su origen y su desempeño profesional anterior, carecía de sólidas relaciones con sus compañeros de labor en el hospital y su círculo de amistades íntimas, estaba reducido a un puñado de necios de buena fe que en corrillos muy delimitados, afirmaban y confiaban en que la situación que se vivía en el país, no iba a prolongarse.

El doctor Téllez había comenzado a vivir una vida muy diferente y de ser un bebedor social de fines de semana involucrado en pesquerías, reuniones de amigos, su reducida familia residía en la finca familiar que aún conservaban en Camagüey, y algún que otro encuentro fortuito, empezó a beber alcohol a diario tratando de conjurar, o al menos paliar, la depresión que lo estaba atacando. Repetidamente llegaba tarde a la casa y ni siquiera veía a su hija Irenia, no le interesaba, se puso extremadamente delgado y descuidó su apariencia al extremo de presentarse en situación inconveniente a realizar su trabajo. Todas las condiciones estaban creadas para asestarle el golpe final y un día a su llegada a la oficina la encontró cerrada; habían cambiado la llave del picaporte en la cerradura e introducido una nota entre la puerta y el umbral que le ponía sobre aviso de que se presentara en la dirección general donde el director y otros dos individuos le esperaban para reunirse con él.

Su primer impulso fue tirar la nota después de haberla convertido en un rollo al apretarla en su mano; rectificó y la estiró, la dobló con cuidado y la introdujo en uno de sus bolsillos. Se dirigió al cuarto piso en el que se encontraba la oficina del director, allí lo estaban esperando el doctor Fabián Méndez, coetáneo y excompañero suyo de la universidad, pero de esos cuyo talante y desde aquellos tiempos, le proveían de mejores aptitudes para administrar y dirigir que para ejercer su profesión. Tipos como Méndez empezaban a ganar terreno en todos los frentes debido a que la revolución anteponía la supuesta capacidad política y administrativa de los funcionarios a su rendimiento como profesionales y especialistas en determinada rama. El mérito científico comenzaba a ser concebido como algo secundario mientras la adulonería, las delaciones y la “intransigencia revolucionaria” pasaban a ocupar un primer plano.

Téllez observó, no sin cierto recelo, que junto a Méndez se hallaban los otros dos individuos, uno de civil y el otro vestido de militar con el uniforme de la Policía Nacional Revolucionaria; sobre sus charreteras, cuatro insignias — chágaras, como les llamaban — que le permitieron entender que aquel sujeto ostentaba el grado de primer capitán. Méndez comenzó la conversación y sin grandes preámbulos le extendió a Téllez un folder contentivo de unas cuantas cuartillas que constituían un informe minucioso de sus supuestas actividades delictivas en el hospital. Durante más de cinco minutos leyó su contenido mientras su rostro se transformaba entre muecas sucesivas de asombro y sus ojos se enrojecían de furia a la vez que le costaba trabajo dar crédito a lo que allí decía; sin concluir, cerró el folder y lo tiró sobre la mesa de Méndez quien le advirtió que: ante las contundentes evidencias “probadas”, no tenía otra alternativa que presentar su dimisión.

Téllez no se inmutó y hasta llegó a pensar que aquello sería, sino beneficioso, hasta más cómodo para él, haciéndole saber a Méndez que ese mismo día tendría sobre su escritorio su petición irrevocable de renunciar. Se levantó y pidió permiso para retirarse, entonces aquellos dos enigmáticos personajes entraron en acción y el de civil, que habló primero, le dijo: doctor Téllez, la cosa no es tan fácil, el Ministerio de Salud Pública, al cual represento y el compañero capitán Curbelo que me acompaña, debemos proceder en función de todos los informes que obran en nuestro poder y que en su momento tendrá oportunidad de conocer, debe usted saber que se le permitirá regresar a su domicilio, pero bajo orden de detención, por lo cual queda usted desautorizado para continuar la práctica de su profesión y debe presentarse una vez por semana a firmar un registro en la estación de la PNR más cercana a su domicilio en tanto sean concluidas las investigaciones.

El montaje preparado en su contra concluyó aquella mañana con la primera y única intervención del capitán Curbelo: ¿doctor Téllez, tiene alguna pregunta?, ¿está usted consciente de la gravedad de su situación?  La única respuesta fue otro cuestionamiento de Téllez: ¿puedo retirarme? Un absoluto silencio le proporcionaba a aquel recinto un ambiente patibulario y Méndez, levantándose de su butaca, se dirigió a la puerta del despacho abriéndola sin prisa para hacerle saber a Téllez que tenía hasta el medio día para recoger sus pertenencias de la que había sido su oficina, ahora abierta con tal propósito. A la vez, con aire de satisfacción y socarronería, le repitió: sólo sus pertenencias, Téllez… no trate de hurtar nada más.

Roberto completó su tarea antes del tiempo asignado. En su maletín llevaba un pisapapeles que recreaba una escena navideña con un muñeco de nieve sobre una superficie blanca. Al girarlo y luego enderezarlo, se veían caer pequeños copos de nieve sobre el muñeco. Téllez recordó las mañanas frías de Washington y Boston en que la realidad, representada en el objeto, había formado parte de sus propias experiencias, pero para él tenía un valor sentimental; fue el obsequio de una paciente que, sin muchos recursos para otro tipo de consideraciones, le demostró el aprecio que le tenía por haber contribuido a salvarle la vida.

Bajo el brazo, un marco bañado en plata contentivo de una imagen fotográfica de la familia en que sus hijos eran aún pequeños; todos disfrutando sonrientes de las bondades del ambiente y la vegetación de la Hacienda Cortina en Pinar del Río, en medio del orquidiario que hacía las delicias de Andreina. Volvió a la realidad y mientras se dirigía al exterior pudo descubrir que quienes coincidían con él, muchos de los cuales habían sido sus subalternos, lo miraban como un apestado y sin decir palabra. Su último encuentro fue con las dos empleadas de la recepción y un anciano que atendía la puerta principal con el fin de indicar a los concurrentes hacia dónde debían dirigirse según las remisiones que portaban. Hasta luego, Luis, dijo Téllez, pero el hombre bajó la cabeza y evitando responderle, abrió la pesada puerta de cristal y gruesos marcos de aluminio que, de seguro, jamás volvería a atravesar.

Dirigiéndose al lote de estacionamiento, abordó el Mercedes de color azul metálico del 58, un sedán modelo l90-D, que había sido mudo testigo de sus paseos familiares a Varadero, Santa María del Mar y Guanabo, a las fiestas de sus colegas, la mayoría en el exilio, o de sus salidas con Andreina disfrutando de la placidez gastronómica de lujosos restaurantes y los fastuosos espectáculos de los principales centros nocturnos de la capital, y a la que ahora imaginaba a su lado mientras le decía: no podemos quejarnos Roberto, tenemos una bonita familia; posición y reconocimiento, muy buenas y selectas amistades, un bello hogar y seguimos queriéndonos como el día en que nos conocimos en la universidad ¿En que se había convertido todo?, ¿quién hubiera podido imaginar lo que ahora sucedía?, ¿cómo enfrentar las circunstancias en lo adelante? El Doctor Pérez Collado, su abogado y consejero, se había esfumado como fantasma en aquella desaforada huida que muchos estaban protagonizando. Su soledad era casi absoluta, Irenia era su única compañía, pero: ¿cómo hacerle entender que no tenía salida?, que era objeto de una calumnia y que carecía de aliados, inclusive ella, él lo sabía, sería también una víctima. En su cabeza retumbaban las sentenciosas palabras del funcionario ministerial: “…está usted bajo detención domiciliaria e impedido para ejercer su profesión…” para él, era el fin.

Poco después del mediodía llegó frente al garaje de la residencia en el que religiosamente acomodaba el Mercedes para que se conservara lustroso y su carrocería, fuera de todo contacto con las inclemencias del tiempo. Ese día lo dejó afuera, no se acordó de cerrar la puerta con la llave y maletín en mano, entró, arrastrando pesadamente los pies, en la casona convertida en catacumba y en la que a cada paso tropezaba con las memorias que inevitablemente le recordaban a los que ya no estaban; se dirigió al cuarto de Irenia para descubrir que ella también estaba ausente ¿Quién sabe dónde y con quién se hallaba?, era lo de menos; tenia la certeza de que en breve, el tampoco estaría; sus otros dos hijos desaparecidos con la convicción de que estaban vivos, pero en un sitio que por el momento le resultaba inaccesible y que conocía bien.

La incertidumbre, pensó, no era algo que él fuera capaz de vulnerar. Llegó a la habitación que hacía las veces de despacho y se dejó caer en la poltrona detrás de la vieja mesa de caoba lustrada que habían traído de la casa del padre para establecer un hito de continuidad entre los éxitos de su progenitor y el suyo propio, observó los archivos, llenos de historias clínicas de acaudaladas pacientes que habían acudido a él para salvar su vida o evitar la humillación familiar del embarazo fuera del matrimonio de algunas de sus hijas ¿Qué podía importar ya todo aquello?, lo habían condenado a ser un infeliz bastardo aborrecido por su propio gremio. Abrió la gaveta del escritorio y extrajo la pistola plateada con cachas de nácar, una browning calibre 45 que había regalado a su padre el señor Abella; en su tiempo, agente connotado del BRAC (Buró de Represión de Actividades Anticomunistas) y muy amigo de la familia. Buscó debajo de unos papeles el cargador, lo introdujo en el arma, siempre aceitada y dispuesta para generar su mortífero cometido y se sirvió un vaso de whisky sin hielo, luego otro, hasta sentir que ya no podía pensar y que las consecuencias del acto que estaba por cometer no debían importarle a casi nadie. El disparo resonó en la habitación cerrada, pero de tal manera, que se dejó escuchar en la residencia del vecino que avisó a la policía, atareada y lujuriosamente al tanto de todo lo que tuviera que ver con disparos de armas de fuego que el gobierno había ordenado entregar a sus poseedores, so pena de guardar prisión en caso de no cumplir con lo dispuesto.

A su arribo, Irenia se encontró con un amplio despliegue policial frente a la casa, lo primero que concitó su atención fue ver el Mercedes fuera del garaje, corrió abriéndose paso entre los curiosos y en el instante en que se disponía a abrir la verja del muro exterior en el jardín, vio con asombro que unos voluntarios de la cruz roja sacaban de la casa sobre una camilla, el cuerpo de un cadáver con la parte superior de la sábana que lo cubría, empapada en sangre. Aun en shock y atemorizada, sintió la mano de alguien que le apretaba el hombro mientras le decía: tienes que ser fuerte hija, tú padre se ha suicidado, no sabemos por qué; era Alicia, la esposa del vecino que la había visto nacer y crecer entre los suyos. Confundida y atormentada, Irenia dejó escapar un grito de terror y explotó en llanto contorsionándose en ademanes de furia y fuerza incontrolables, luego desfalleció y perdió el conocimiento.

Con la ayuda de los dos voluntarios de la Cruz Roja, Hipólito y Alicia — los vecinos — llevaron a Irenia a su casa, le hicieron aspirar alcohol de un paño que Alicia rebozó del contenido etílico y la hizo dar de sí. Muy confundida, su primera reacción fue salir, pero al asomarse, ya la ambulancia con el cadáver de su padre se había marchado, los curiosos se habían retirado y sólo quedaba frente a la casa un vehículo policial cuyos ocupantes se encontraban en el interior de la vivienda requisando las pruebas periciales.

En gran medida, se trataba de una labor rutinaria ya que era evidente que se trataba de un suicidio. Irenia quiso entrar al despacho, pero no se lo permitieron; uno de los investigadores le sugirió que no lo hiciera y para hacerla desistir, le comentó que era importante preservar la escena y le recomendó que lo mejor fuera regresar con los vecinos o esperar en otro lugar de la residencia ya que antes de marcharse, tendrían que hacerle algunas preguntas. Al entrar al despacho, los agentes observaron la pistola sobre el suelo y la poltrona con el cabezal salpicado por la sangre y sobre el escritorio, junto a la escribanía, la botella de whisky casi vacía y el pesado vaso de cristal de roca, último cáliz del doctor Téllez. En la pared, detrás de la silla, una gran mancha de sangre coagulada con la que se mezclaban pequeños restos de masa encefálica adheridos a la superficie.

El tono verde claro de la habitación, color habitual de hospitales y lugares en los que se hace necesaria la tranquilidad de los presentes, parecía no cumplir su cometido y los agentes, bajo el impacto de lo que observaban, eran la prueba. Por fin uno de ellos, recogiendo la pistola con un pañuelo para meterla en una bolsa, le dijo al otro: oye, este tipo sí que tenía ganas de matarse, esta cuarenta y cinco es un cañón, parece que se arrancó parte del cráneo y del cerebro; pero que bonita arma, lástima que tengamos que entregarla, con gusto me quedaría con ella, dijo el que la recogió.

Junto a la pistola, se llevaron el vaso y la botella, en ambos objetos estaban las huellas del finado. Luego, dieron cuenta entre los dos del licor que el suicida no alcanzó a ingerir; éste si es del bueno, debe haberla tenido guardada por mucho tiempo, comentó el otro, tomando un sorbo. A propósito, la muchacha que se desmayó es la hija, ¿verdad?, tremenda hembra, que buena está; al parecer en este casón no vive más nadie, debe ser soltera. Bueno, tenemos que sugerirle que busquen quien limpie todo este reguero y hablar con ella antes de marcharnos.

Todas las preguntas estuvieron relacionadas con el estado anímico de su padre, si había comentado algo sobre su propósito de cometer suicidio, cuál había sido su última actividad laboral, si tenía algún problema personal, su estado civil y otras generalidades comunes en estos casos. Definitivamente otras personas tenían una respuesta más contundente que la misma hija del finado y una de ellas era el capitán Curbelo que pronto se enteró de lo ocurrido.

Los funerales del doctor Téllez se llevaron a cabo con la presencia de pocas personas. Acudieron dos de sus hermanas que precipitadamente llegaron a La Habana desde Camagüey — la mayor estaba paralítica y murió poco después — y la hija, Irenia. Trataron de comunicarse con Roberto Rafael y Eduardo en Nueva York, pero no les fue posible. Al edificio de la funeraria acudieron algunas amistades y vecinos, pero ninguno de los que estaban trabajando con Téllez antes de producirse el desenlace. En la capilla de la necrópolis de Colón le oficiaron una misa por el eterno descanso de su alma, celebrada por el párroco de San Juan de Letrán, iglesia a donde la familia solía acudir y que, en lo personal, era amigo y consejero de la desaparecida Andreina. El cura pronunció unas palabras de consuelo a los presentes, cuyo argumento fue la reiteración acerca del significado de la vida “que sólo Dios da y que es el único que puede quitárnosla” aunque al parecer, Téllez decidió lo opuesto al sentirse abatido y sin salida y enfrentado a los problemas que lo atormentaban.

Acto seguido y al bajar el sarcófago en el mausoleo, sus restos fueron a hacer compañía a los de Andreina y sus padres, que descansaban en la fosa al pie del panteón familiar, y “en la paz del señor” como se encargó de recordar a todos el sacerdote, mientras rociaba el féretro con agua bendita. La muerte de Téllez y sus exequias fueron el acontecimiento más anodino de su existencia, ya no se publicaban esquelas mortuorias en la prensa, ni las noticias reflejaban hechos sinuosos considerados de carácter personal, atentatorios contra los presupuestos colectivistas del proletariado y en consecuencia aborrecibles al constituir un “rezago del pasado” y una muestra de la “decadente moral burguesa”. A cierta distancia, Octavio Curbelo observó con paciencia todo lo ocurrido y cuando los pocos amigos y familiares se retiraban, aprovechó la oportunidad para acercarse a Irenia, darle el pésame y ponerse a su disposición.