domingo, 23 de marzo de 2025

LA TARDE QUE SE FUE CONMIGO (ALEGORÍAS)

 

Durante un tiempo distendido en su circunstancia fui testigo de la sobrecogedora impresión de algunos paisajes; no se trata de la oquedad de la nostalgia en la pupila que suele traicionarnos por exceso, puede que, en parte y también, por el egocentrismo del sentimiento colectivo de la idiosincrasia: Es injusto lo último, aunque frecuente.

En un predio celoso de su propia majestad e indiferente a la mirada obscena de los depredadores, e amanecido al pie de un valle que cuelga como un lienzo atípico de un celaje sin nubes; no hay colores más puros ni formas caprichosas y nobles como las de un mogote y una palma real.

La suerte frente al mar dibuja el horizonte y pone en la experiencia vivencias imaginadas que se hacen realidad como apéndices de la permanente y helada monotonía de los Alpes o los Andes; he salido al balcón y abierto el diapasón de la mirada a una pared de rocas que se imponen con fuerza coronadas de nieve como para dejar las frías emociones en suspenso. Es otra cosa, la seducción prende fuego en el alma, ayuda y arropa, te abraza entonces esa dulce tibieza de lo ajeno.

A la única hora en que puede mirarse de frente y sin un daño apreciable y rotundo, he visto el Sol ponerse en los atardeceres apacibles del trópico candente, que hierve entre las gentes que parten de sus islas a las frías mañanas de enormes esperanzas cargadas desde perdidas tierras arrasadas.

La vida entre visiones se te convierte en línea, casi como La cuerda sobre la que el equilibrista realiza su ejercicio. Nunca mires abajo, siempre estará el abismo y, si el vértigo vence la libertad puede hacerse caída.

La primavera en el trópico es casi una alegoría y de común se trastoca en densos cúmulos que se mueven veloces al impulso de los vientos de cuaresma. En ocasiones, tan rápidamente, que copiosos aguaceros nos sorprenden y ni siquiera dan tiempo a buscar refugio.

La radiación que emana de la tierra no es, como en el verano, insoportable todavía y las subrepticias tormentas dejan paso a un inocuo aire gélido y húmedo que por fuerza se convierte en parte del entramado de nuestras emociones.

Hoy, al cabo de veintinueve años, el panorama era similar y contribuía a graficar en mi memoria las emociones de aquella tarde. Muchas iguales han de haber ocurrido, pero siempre hay excepciones y lo cierto es que el tiempo, dimensión imbatible y por momentos insoportable, es uno de los catalizadores de nuestros sentimientos. Algunos los llevan consigo hasta el confín, otros sentimos la necesidad de exteriorizarlos.

A pesar de su importancia, algunas de las decisiones que tomamos no suelen ser las mejor calculadas y los que venimos de donde yo vengo lo sabemos bien, las circunstancias nos obligan a dejar la cautela a un lado y poner en riesgo la existencia propia y ajena, a abandonar lo que tenemos y amamos para pretender borrar el pasado; al final, no somos número, ni merecemos el calificativo cruel de “apátridas”

Por el contrario, nos duele más la tierra que a los de otras latitudes que no la hayan perdido, porque el patriotismo no es la defensa servil de intereses malsanos; es la familia, los amigos, el barrio, las calles donde jugaste y creciste, donde encontraste el primer amor y disfrutaste de él a hurtadillas.

La patria fue tú escuela, tus maestros, las lecciones que aprendiste para saber diferenciar entre lo bueno y lo malo. La patria no es un concepto ideológico vinculado a uno o más nombres de hombres que no la sirven y se sirven de ella. Por eso duele tanto que entendida de manera hostil te haga objeto de calificativos despectivos.

Hay quienes en su afán de desvincularse del pasado como un acto de exorcismo de las laceraciones morales y materiales que en él encontraron, se confunden y reniegan.

Alguna vez he escuchado alguien que, encolerizado, reclama la posibilidad de haber nacido en otra parte, de querer romper el vínculo con la tierra de origen; no es culpable, está imbuido de una mentalidad sembrada en él sin conciencia.

Rápido y por su bien, cuando asoma la mirada a otras playas viene a contar que se ha reencontrado con el apacible azul del piélago que sirve de panacea a su inconfesado y anhelante espíritu.

Hoy, de nuevo; el airecillo frío, la atmósfera densa y el olor a tierra húmeda me conminaron a pensar en aquel crepúsculo en que los ruidos se perdían en la lejanía y de a poco, el perfil de mi Isla iba desdibujándose entre los tonos grises del atardecer.

No será la única vez que los recuerdos me acompañen, pero el de aquella tarde que se fue conmigo vive en mi memoria.


 

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