Durante un tiempo distendido en su circunstancia fui
testigo de la sobrecogedora impresión de algunos paisajes; no se trata de la
oquedad de la nostalgia en la pupila que suele traicionarnos por exceso, puede
que, en parte y también, por el egocentrismo del sentimiento colectivo de la idiosincrasia:
Es injusto lo último, aunque frecuente.
En un predio celoso de su propia majestad e
indiferente a la mirada obscena de los depredadores, e amanecido al pie de un valle
que cuelga como un lienzo atípico de un celaje sin nubes; no hay colores más
puros ni formas caprichosas y nobles como las de un mogote y una palma real.
La suerte frente al mar dibuja el horizonte y pone en
la experiencia vivencias imaginadas que se hacen realidad como apéndices de la
permanente y helada monotonía de los Alpes o los Andes; he salido al balcón y
abierto el diapasón de la mirada a una pared de rocas que se imponen con fuerza
coronadas de nieve como para dejar las frías emociones en suspenso. Es otra
cosa, la seducción prende fuego en el alma, ayuda y arropa, te abraza entonces
esa dulce tibieza de lo ajeno.
A la única hora en que puede mirarse de frente y sin
un daño apreciable y rotundo, he visto el Sol ponerse en los atardeceres
apacibles del trópico candente, que hierve entre las gentes que parten de sus
islas a las frías mañanas de enormes esperanzas cargadas desde perdidas tierras
arrasadas.
La vida entre visiones se te convierte en línea, casi
como La cuerda sobre la que el equilibrista realiza su ejercicio. Nunca mires
abajo, siempre estará el abismo y, si el vértigo vence la libertad puede
hacerse caída.
La primavera en el trópico es casi una alegoría y de común se trastoca en
densos cúmulos que se mueven veloces al impulso de los vientos de cuaresma. En
ocasiones, tan rápidamente, que copiosos aguaceros nos sorprenden y ni siquiera
dan tiempo a buscar refugio.
La radiación que emana de la tierra no es, como en el verano, insoportable
todavía y las subrepticias tormentas dejan paso a un inocuo aire gélido y
húmedo que por fuerza se convierte en parte del entramado de nuestras
emociones.
Hoy, al cabo de veintinueve años, el panorama era similar y contribuía a
graficar en mi memoria las emociones de aquella tarde. Muchas iguales han de
haber ocurrido, pero siempre hay excepciones y lo cierto es que el tiempo,
dimensión imbatible y por momentos insoportable, es uno de los catalizadores de
nuestros sentimientos. Algunos los llevan consigo hasta el confín, otros
sentimos la necesidad de exteriorizarlos.
A pesar de su importancia, algunas de las decisiones que tomamos no suelen
ser las mejor calculadas y los que venimos de donde yo vengo lo sabemos bien,
las circunstancias nos obligan a dejar la cautela a un lado y poner en riesgo
la existencia propia y ajena, a abandonar lo que tenemos y amamos para
pretender borrar el pasado; al final, no somos número, ni merecemos el
calificativo cruel de “apátridas”
Por el contrario, nos duele más la tierra que a los de otras latitudes que
no la hayan perdido, porque el patriotismo no es la defensa servil de intereses
malsanos; es la familia, los amigos, el barrio, las calles donde jugaste y
creciste, donde encontraste el primer amor y disfrutaste de él a hurtadillas.
La patria fue tú escuela, tus maestros, las lecciones que aprendiste para
saber diferenciar entre lo bueno y lo malo. La patria no es un concepto
ideológico vinculado a uno o más nombres de hombres que no la sirven y se
sirven de ella. Por eso duele tanto que entendida de manera hostil te haga objeto
de calificativos despectivos.
Hay quienes en su afán de desvincularse del pasado como un acto de
exorcismo de las laceraciones morales y materiales que en él encontraron, se
confunden y reniegan.
Alguna vez he escuchado alguien que, encolerizado, reclama la posibilidad
de haber nacido en otra parte, de querer romper el vínculo con la tierra de
origen; no es culpable, está imbuido de una mentalidad sembrada en él sin
conciencia.
Rápido y por su bien, cuando asoma la mirada a otras playas viene a contar
que se ha reencontrado con el apacible azul del piélago que sirve de panacea a
su inconfesado y anhelante espíritu.
Hoy, de nuevo; el airecillo frío, la atmósfera densa y el olor a tierra
húmeda me conminaron a pensar en aquel crepúsculo en que los ruidos se perdían
en la lejanía y de a poco, el perfil de mi Isla iba desdibujándose entre los
tonos grises del atardecer.
No será la única vez que los recuerdos me acompañen, pero el de aquella
tarde que se fue conmigo vive en mi memoria.
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