La Manzana ya no era de Gómez en el 64 aunque por ese afán de la costumbre en que la gente insiste, todos seguían llamándole de ese modo.
Manzana, fruta desconocida entre los trópicos, a no ser por verse en los estantes y en cajas de docena, envueltas en papel de china que la gente miraba de soslayo cuando llegaban del norte en barcos frigoríficos; tampoco era la de Guillermo Tell, ni estaba en la cabeza de nadie, ni en las bocas.
Entrampada entre historias citadinas, leyendas urbanas y en el corazón de la ciudad, formando parte del elemental concepto que encuadran cuatro calles, estaba esa manzana que, negada a desaparecer y a pesar de sobrevivir como un fantasma petreo, mole de elaborado y artístico perfil, hoy vive aislada de su entorno; sin ser la de Gómez, ni estar en la cabeza de alguien desprovisto de carcaj y de flechas. indefenso.
Ahora, fuera de los trópicos, es de Kempinski al que nadie conoce, ni saben de dónde vino ni a dónde va por ubicarse a un nivel inaccesible, inalcansable; todo un enigma a pesar de seguir allí, muy cerca del centro.
Parece raro, pero en aquel entorno, mi memoria lo recrea, conocí la cola, la del león que tiene la cabeza de ratón porque la fuerza de su golpe está al final que a veces no se ve y su único propósito está en el flácido e inalcanzable inicio de una osamenta flotante que permite a los roedores más pequeños escabullirse entre las grietas de puertas que no se abren del todo.
Perseguía un par de zapatos, mocasines de ser posible, para llevárselos a Sixto, el moreno zapatero de la calle Lagunas que podía evitar que fueran como todos y los hacía exclusivos. Sixto era un artífice de la zapatería; lo mismo fabricaba un par de estiletos que de punta cuadrada o los forraba.
En una peletería de La Manzana hice una larga cola y compré los zapatos, sin estrenarlos se los dejé a Sixto junto a un retazo de paño gris para que los forrara. Lleve unos "tostenemos" y recogí unos singularmente exclusivos que Sixto engalanó envolviéndolos con aquel paño gris y les colocó unas hebillas que separaban la puntera de la lengueta; una ilusión mirándome a los pies.
En aquellos días, válgame Dios, sonaban Los Zafiros cuando La Habana merecía la elegía de ser llamada hermosa, Hermosa Habana, y yo, pensaba en una chiquilla prefiriendo escuchar Mis Sentimientos que me traicionaban, otra vez, y de manera cruel.
Esa noche me puse los zapatos y me fui a buscarla para ver si conseguía que me viera de los pies a la cabeza y lo logré; digo, con la ayuda de Sixto que luego me hizo otros milagros para no dar pasos en falso. Y, el amor, ¿será cierto que entra por los ojos?
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