DOS HISTORIAS DE
FIN DE AÑO
Suelo recordar
como síntesis, flashes de la memoria, aquellos finales de año en que el bullicio
de una fiesta acaparaba la intención de apretarme al talle de una chica,
hacerle promesas fuera del alcance de ambos y verlas diluidas en unos días.
Primera historia
Creo que fue por
el 70 en que fuimos, dos parejas de amigos, a una “cena gigante” en la Plaza de
la que la revolución se adueñó para cambiarle el nombre y, de no tener nada
mejor que hacer, era preferible contar con una ración de moros, unas lascas de
lechón asado y unos trozos de yuca hervida y sin mojo acompañadas por unas pergas
de cerveza a granel en cantidad más o menos abundante.
Eran unas largas e improvisadas mesas conformadas por
unos tablones soportados sobre grandes tanques vacíos de metal y música de
ocasión entre agrupaciones que se alternaban desde una tarima situada en la
calle al pie de la base del monumento al Apóstol, me parece recordar que aún habían
pitos y matracas; en ese entorno, ya cerca de las doce y la llegada del nuevo
año, muy cerca de donde estábamos sentados, se comenzó a congregar un grupo de
personas y notamos que una mujer joven convulsionaba tendida sobre el suelo, al
parecer, víctima de un ataque de epilepsia, una de las personas que formaba
parte de su grupo terminó por corroborarlo, pero cuando llegaron los de la Cruz
Roja a fin de ponerla sobre una parihuela que hacía las veces de camilla, la
mujer estaba desfallecida, sin pulso, ni respiración; murió de un ataque al
corazón durante los minutos finales del año que fue a despedir sin llegar a conocer
el que venía.
Para los que fuimos testigos de lo sucedido no fue
igual a pesar de que la recholata continuó y a las doce, la música dejó de
escucharse para dar paso a una arenga tributaria que amplificaban los altoparlantes
y dar comienzo a un nuevo año en que no iba a suceder algo diferente.
Segunda historia
No siempre todo lo que brilla es oro; ya había dejado
atrás un tiempo que me trajo a estos lugares en que habito agradecido y, por
fuerza y el efecto de la inmediatez, recordaba con detalle todavía el pasado
que me proponía olvidar; era mi segundo fin de año en este lado de mis
añoranzas y con más pena que gloria, miraba la programación de fin de año del
82 en la pantalla de un Zenith System III que había comprado a crédito y de
segunda mano, en que el acento del rojo proveía a la imagen de un tono pálido y
violáceo, entonces sucedió lo inesperado.
Eran alrededor de las 10 cuando tocaron a la puerta de
mi departamento, observé a través del visillo y era el manager del edificio, un
tipo grande y gordo con el que había sostenido algunos intercambios ocasionales
y que me aventajaba en algunos años la edad, también, los de vivir en Estados
Unidos, le acompañaba su mujer que era una peruana aplatanada por el amasiato,
algo más joven que él, y traían en las manos sendas botellas de vino
californiano que debió ser de mejor calidad que el que yo estaba bebiendo
mientras picoteaba un pretendido Gouda amarillo que trataba de imitar al Gallo
Azul, pero sin parecerse en lo más mínimo.
El mánager era un tipo que contaba con historias y
sabía exponerlas con agrado, había sido cantante de la orquesta de Nelo Sosa en
los 50´sy de otras agrupaciones; farandulero y noctámbulo empedernido, de un
barrio habanero que yo conocí bien en mi infancia y mi temprana adolescencia:
Colón, y al socaire, comentaba que todas sus juergas terminaban con un plato de
sopa caliente para contrarrestar los efectos del alcohol en Los Parados de
Neptuno y Consulado, lugar que nunca cerraba.
— ¿Tienes algo que hacer hoy?, ¿podemos compartir con
ustedes?
Para mí, fue algo inesperado y los conminé a pasar;
silenciamos el televisor, sin dejar el cotorreo y la cantada, comenzamos a
escuchar música grabada en casetes en una vieja reproductora que alguien había sustituido
por una recién comprada y que en buena hora en la que había estado presente y
quiso tirarla, se lo impedí para quedármela. Aún aquella Sony se dejaba
escuchar sin distorsión.
Que buen 31 aquel entre vino malo, queso del mercadito
de la esquina y un pote de aceitunas que apareció en lo recóndito sobre una de
las parrillas del refrigerador. Maldita e inolvidable, por terrible, la resaca
de una borrachera de vino — casi vinagre — y queso fermentado e indigesto que
se cobró venganza en la mañana de año nuevo en que no hubo himno, arenga ni
conjuro al “demonio” imperialista, pero en el que comenzaban tiempos en que
todo fue cambiando para mejorar y llegar a este 22 de una centuria nueva y otro
milenio, algo que otros con suerte, experimentaran en nueve siglos por venir. Después
de todo hubo pandemia hace 100 años y no estábamos allí; supervivió la especie.
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