lunes, 24 de marzo de 2025

DOS HISTORIAS DE FIN DE AÑO

 

DOS HISTORIAS DE FIN DE AÑO

Suelo recordar como síntesis, flashes de la memoria, aquellos finales de año en que el bullicio de una fiesta acaparaba la intención de apretarme al talle de una chica, hacerle promesas fuera del alcance de ambos y verlas diluidas en unos días.

Primera historia

Creo que fue por el 70 en que fuimos, dos parejas de amigos, a una “cena gigante” en la Plaza de la que la revolución se adueñó para cambiarle el nombre y, de no tener nada mejor que hacer, era preferible contar con una ración de moros, unas lascas de lechón asado y unos trozos de yuca hervida y sin mojo acompañadas por unas pergas de cerveza a granel en cantidad más o menos abundante.

Eran unas largas e improvisadas mesas conformadas por unos tablones soportados sobre grandes tanques vacíos de metal y música de ocasión entre agrupaciones que se alternaban desde una tarima situada en la calle al pie de la base del monumento al Apóstol, me parece recordar que aún habían pitos y matracas; en ese entorno, ya cerca de las doce y la llegada del nuevo año, muy cerca de donde estábamos sentados, se comenzó a congregar un grupo de personas y notamos que una mujer joven convulsionaba tendida sobre el suelo, al parecer, víctima de un ataque de epilepsia, una de las personas que formaba parte de su grupo terminó por corroborarlo, pero cuando llegaron los de la Cruz Roja a fin de ponerla sobre una parihuela que hacía las veces de camilla, la mujer estaba desfallecida, sin pulso, ni respiración; murió de un ataque al corazón durante los minutos finales del año que fue a despedir sin llegar a conocer el que venía.

Para los que fuimos testigos de lo sucedido no fue igual a pesar de que la recholata continuó y a las doce, la música dejó de escucharse para dar paso a una arenga tributaria que amplificaban los altoparlantes y dar comienzo a un nuevo año en que no iba a suceder algo diferente.

Segunda historia

No siempre todo lo que brilla es oro; ya había dejado atrás un tiempo que me trajo a estos lugares en que habito agradecido y, por fuerza y el efecto de la inmediatez, recordaba con detalle todavía el pasado que me proponía olvidar; era mi segundo fin de año en este lado de mis añoranzas y con más pena que gloria, miraba la programación de fin de año del 82 en la pantalla de un Zenith System III que había comprado a crédito y de segunda mano, en que el acento del rojo proveía a la imagen de un tono pálido y violáceo, entonces sucedió lo inesperado.

Eran alrededor de las 10 cuando tocaron a la puerta de mi departamento, observé a través del visillo y era el manager del edificio, un tipo grande y gordo con el que había sostenido algunos intercambios ocasionales y que me aventajaba en algunos años la edad, también, los de vivir en Estados Unidos, le acompañaba su mujer que era una peruana aplatanada por el amasiato, algo más joven que él, y traían en las manos sendas botellas de vino californiano que debió ser de mejor calidad que el que yo estaba bebiendo mientras picoteaba un pretendido Gouda amarillo que trataba de imitar al Gallo Azul, pero sin parecerse en lo más mínimo.

El mánager era un tipo que contaba con historias y sabía exponerlas con agrado, había sido cantante de la orquesta de Nelo Sosa en los 50´sy de otras agrupaciones; farandulero y noctámbulo empedernido, de un barrio habanero que yo conocí bien en mi infancia y mi temprana adolescencia: Colón, y al socaire, comentaba que todas sus juergas terminaban con un plato de sopa caliente para contrarrestar los efectos del alcohol en Los Parados de Neptuno y Consulado, lugar que nunca cerraba.

— ¿Tienes algo que hacer hoy?, ¿podemos compartir con ustedes?

Para mí, fue algo inesperado y los conminé a pasar; silenciamos el televisor, sin dejar el cotorreo y la cantada, comenzamos a escuchar música grabada en casetes en una vieja reproductora que alguien había sustituido por una recién comprada y que en buena hora en la que había estado presente y quiso tirarla, se lo impedí para quedármela. Aún aquella Sony se dejaba escuchar sin distorsión.

Que buen 31 aquel entre vino malo, queso del mercadito de la esquina y un pote de aceitunas que apareció en lo recóndito sobre una de las parrillas del refrigerador. Maldita e inolvidable, por terrible, la resaca de una borrachera de vino — casi vinagre — y queso fermentado e indigesto que se cobró venganza en la mañana de año nuevo en que no hubo himno, arenga ni conjuro al “demonio” imperialista, pero en el que comenzaban tiempos en que todo fue cambiando para mejorar y llegar a este 22 de una centuria nueva y otro milenio, algo que otros con suerte, experimentaran en nueve siglos por venir. Después de todo hubo pandemia hace 100 años y no estábamos allí; supervivió la especie.   

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