Podía
recordar lo que quisiera como si hubiera sido en época reciente a pesar de haber
transcurrido mucho tiempo. Tanto, que al referirme a hechos y situaciones entre
quienes las habíamos vivido, muchos se preguntaban cómo era capaz de mencionar
nombres y apellidos de amigos y enemigos con tanta precisión. La memoria suele
jugarnos en contra y a favor y no siempre los episodios más lacerantes se
desdibujan para dejar sitio a los buenos momentos, todo depende de las
circunstancias en que se hayan vivido y la manera indeseable o benévola en que
forman parte de nuestros recuerdos.
En
ocasiones, hechos ocurridos remotamente se manifiestan con claridad; así me
sucedió en el caso de Irenia, la chica que perseguía con la saña de un cazador
furtivo dentro de un coto reservado a los que no eran de la catadura que me
endilgaban y en el contexto de una catalogación establecida en tiempos de
frustraciones confundidas con una falsa salud social y familiar, siempre sinónimo
de moralidad y estulticia.
Irenia
era la hija de un médico especialista en obstetricia y ginecología y su madre,
estomatóloga. Para hacer aún más difícil mi situación, tenía dos hermanos
varones a quienes conocía y sabía de sus depravados pensamientos, terribles o
peores que los míos, pero en el caso de ellos el origen; andar merodeando todo
el tiempo a sus presas en un convertible rojo último modelo y con los bolsillos
atestados de dinero, les concedía ventajas capaces de cancelar cualquier mala
opinión, mucho más a tono de haber sido sugeridas, que en mi propio caso.
Irenia
se parecía mucho a su madre; era trigueña, esbelta y tenía un talle fino. Sus
caderas eran más prominentes que lo convencional en la actualidad, pero sus
piernas complementaban perfectamente su figura. Había en ella un detalle
sobresaliente: sus senos; eran grandes y firmes, capaces de mostrar una
exuberancia que hacia moverse de la mano del pecado la mente de cualquier
hombre. Ella, consciente de sus encantos, no paraba mientes en insinuarlos
siempre que tenía ocasión de hacerlo y, en consecuencia, generaba una sensación
de desasosiego entre quienes éramos las víctimas de sus atributos.
Se
ha dicho, y es enteramente cierto, que el hombre propone y la mujer dispone y
aún en el caso de Irenia, que recién entraba en la adolescencia poseedora de un
imponente cuerpo de mujer, yo soñaba con tener la oportunidad de acercármele, aunque
no supiera muy bien que iba a decirle. Eran sus hirsutos senos bajo la blusa, e
insinuados por un escote según el término “provocativo” vigente para la época,
los que me quitaban el sueño y a la vez, en plena vigilia, imaginaba palpar con
una caricia de mis manos que empezara por sus costados y terminara en sus
maravillosos pezones que se me antojaban circundados por una aureola grande,
perfectamente redonda y oscura.
Esa
era mi obsesión de adolescente varón que no suele ver con preocupación
cualquier consecuencia al acercarse al sexo opuesto. Irenia — hasta su nombre
sugería un desafío — se placía en causar aquellas descarnadas lucubraciones que
solían terminar en los retretes del colegio, embarrando los blancos bordes de
los servicios sanitarios con el semen disparado con fuerza al masturbarnos y
ahogando cualquier exclamación para no ser descubiertos por quienes en otros
receptáculos contiguos hacían lo mismo. Todo dependía de la indumentaria,
siempre muy fina y de inmejorable calidad, con la que aparecía ante sus devotos
admiradores. Eso si, la cintura entallada y la esbelta y desafiante solidez de
sus pechos como culposa e incitante manera de hacerse desear.
Pero
si Irenia, un tanto desentendida del desasosiego que generaba, no pensaba en
posibles riesgos; su madre, la doctora Andreina Luaces no le perdía pié ni
pisada, según había escuchado, le prohibían tener novio y amistades masculinas,
sólo algunas amigas que debían acudir a visitarla a su casa, de su misma
condición social y la mayor parte de las veces acompañadas de sus respectivas
madres, abuelas y…algún hermano varón, que terminara compartiendo con los suyos
y entre los cuales el aguzado “ojo clínico” de la doctora Andreina, fuera capaz
de detectar al candidato potencial para marido de su hija toda vez llegado el
momento.
Riesgos
siempre se corren y no era descartable que entre las puras e inocentes amigas
de Irenia hubiera alguna que, reprimida, pero afanosa y denodadamente, deseara
a alguien de su propio sexo; una “marimacho” como solía llamársele a las
féminas de inclinaciones lésbicas. En aquellos tiempos, la sociedad, agudamente
perspicaz para ejercer los juicios guiada por las apariencias, solo consideraba
a una lesbiana si se vestía de hombre, llevaba el pelo muy corto, a lo “italian
boy”, sus maneras eran toscas y engolada la voz para parecer de hombre.
Las
apariencias engañan, incluido el penetrante ojo de la doctora Luaces que era
afín a las veleidades y equívocos de todo lo que suele ser y no parecer como en
el caso de Magaly, una entre las tantas “amiguitas” de Irenia. También a ella
la conocía del mismo colegio al que logró asistir, aquel coto de caza reservado
sólo a los de la misma condición social, emperifollados jovenzuelos de
cabellera envacelinada y mollera un tanto rígida. Los que, como yo, acudíamos a
la escuela pública superior donde, por cierto, había muy buenos profesores y
aprendíamos exactamente lo mismo sin el dispendio que significaba el alto costo
de las matrículas para los padres pudientes de los engominados, nos sentíamos
tentados a merodear lo más cerca posible de las chicas hermosas y bien vestidas,
siempre a la moda, que con aire displicente y lacerante superioridad nos
miraban por encima del hombro.
Magaly
tenía una larga cabellera castaña que solía arreglarse de la misma manera; se
hacía una gruesa y larga trenza que descansaba sobre una de las dos mitades
frontales de su torso. Era alta y a diferencia de Irenia, de pechos pequeños,
aunque también hirsutos. Con el tiempo descubrí que, como todos los detalles
del cuerpo de una mujer, esos pechos también son atractivos y hay en ellos una
especie de egregia beatificación de la escultura clásica, en la que se presentan
con la gracia de su diminuta potencia. Su cintura era aún más reducida que la
de Irenia y su rostro denodadamente bello; sus ojos almendrados y prendidos, su
nariz pequeña y alzada, sus labios, quizás rompiendo en alguna forma la armonía
de su rostro, un poco gruesos sin llegar a desencajar. No había en ella nada
que denotara sus preferencias que ni siquiera podía imaginar y por esa misma
razón, se hacía mucho más susceptible de la compañía de algún que otro varón. Era
más liberal.
Cuando
yo estaba en el segundo curso del bachillerato Magaly entró en primero, andaba
acompañada de una amiga que no paraba mientes en salpiconerías, recuerdo que se
llamaba Lucila y no era difícil conseguir su número de teléfono; soltaba un
guiño y de pronto extendía la mano con un pequeño papel doblado, contentivo de
la clave más elemental para poder acceder a su solícita sexualidad. Alguna vez
la llamé para dar cumplido a mi propósito de acercarme a Magaly, lo que al
final conseguí, la invité al cine sin que mediara una declaración amorosa y
aceptó el convite no sin causarme cierta sorpresa.
Sabíamos
que había una sala que tenía fama entre los varones de ser muy oscura y era la
más larga y estrecha de la ciudad; le llamábamos el “matadero” porque entre sus
duras butacas de sentadera y respaldo de madera, nos enroscábamos para hacer
cualquier cosa menos atender a la película y dónde nos acomodábamos, la
pantalla no hubiera parecido mucho mayor que la de un televisor “big screen” de
los actuales. El día que logré convencer a Magaly para que fuera conmigo al
“matadero” pasaban una cinta española; era una comedia de intrigas
protagonizada por el actor Fernando Fernán Gómez y la actriz que de todo tenía
en sobra, menos cualidades histriónicas muy laudables: Analia Gádez. Su título
era “El Monumento” y de seguro el director escogió a Analia como figura
femenina principal porque ella en realidad lo era, tanto así que le empezaron a
llamar “Analga”
Había
una escena en que Analia se mostraba haciendo un desnudo de espalda mientras
posaba para un pintor, de pié y sobre un pescante circular encaramada en unos
altos tacones como único atributo de su total desnudez; la perfección de su cuerpo
voluptuoso con unas nalgas generosas que nacían en el mismo comienzo del
derrier, habían generado una profusa taquilla que hacía presa de los
desaforados y de los psicópatas sexuales que acudían a verla una y otra vez
mientras se masturbaban a hurtadillas escogiendo butacas, ni muy cerca ni muy
lejos, de los que iban acompañados de una pareja con otras intenciones; tanto
así, que cuando ensimismado desabrochando la blusa de Magaly para meter mi mano
entre su brasier y dejar a mi alcance sus senos, ella hizo un movimiento brusco
como queriendo apartarse y llamar mi atención sobre un tipo sentado unas lunetas
de por medio en la misma hilera y que escondía, lo que de seguro era el pene,
bajo un sombrero que cómicamente bajaba y subía como halado por los cordeles de
una marioneta mientras se solazaba.
Ella
lo descubrió asustada, pero yo no le di importancia para continuar en mi empeño
de escarbar entre sus ropas y en lo que, con un poco de insistencia, era
posible llegar al final. Aquel día fue uno de esos en los que tuve suerte y de
seguro, le di motivo al tipo del sombrero para más de una eyaculación.
Probablemente, entre la generosidad cinematográfica de “Analga” y mi
exploración corpórea de Magaly, debió tener lo suficiente para exorcizar su calentura.
Magaly
era hija de un oficial de mediano rango del ejército republicano anterior al
triunfo de la revolución de Fidel Castro en 1959. Como quiera que no le
pudieron sustentar ninguna acusación después de tenerlo detenido durante
algunas semanas comenzando el mismo mes de enero, lo pusieron en libertad. El
tipo era un déspota y un abusador al que hubiera sido más meritorio encerrarlo
en virtud de lo que se consigna como violencia doméstica algo por lo que en
medio de una sociedad machista como aquella nadie era acusado, y menos, verse convertido
en reo e ir a parar a prisión.
Al
adentrarse en la vida civil, siendo un hombre ya maduro que no había conocido
otra cosa que los cuarteles, empezó a relacionarse con otros que por natural
empatía eran de su misma calaña y se dedicó al juego; actividad que desde el
inicio del nuevo período gubernamental se convirtió en un delito y en la que se
inició como apuntador de terminales para llegar a convertirse en banquero y dirigir
una red de colectores de apuestas cuyos hilos terminaban en sus manos.
Emilio,
tras obtener una pequeña fortuna, inscribió a su hija Magaly en una escuela
privada a petición de su esposa Antonia. Allí conoció a Irenia y se hicieron
amigas. A diferencia de muchas de las finas y delicadas muchachas de sociedad
que asistían al mismo bachillerato y cuyas residencias solían estar en selectas
barriadas de la ciudad, Magaly vivía en el centro del conglomerado urbano en el
quinto y último piso de un edificio, justo en la confluencia de dos importantes
arterias capitalinas. Yo, que aún no sabía lo que se ocultaba tras la
delicadeza de sus formas y su apariencia, aguardaba largas horas en la
cafetería de la esquina opuesta desde donde la veía asomarse a la ventana de su
habitación, único resquicio posible para burlar la férrea vigilancia del padre.
Emilio, guardaba ya un terrible secreto que ni siquiera Antonia, su mujer,
conocía.
Cuando
las cosas comenzaron a materializarse allende las apariencias y como piezas de
un rompecabezas, todo lo que ocurría fue concretando nuevas realidades. A ello
contribuyó la sinceridad espontánea de Magaly que decidió convertirme en el
depositario de sus confidencias y de lo que ella consideraba sus pecados en
virtud de lo cual cometía uno aún mayor, el de justificar las golpizas y los
abusos de Emilio siempre acompañadas de las peores ofensas verbales. Confundida
por lo que movía su razón entre sus deseos y la supuesta lógica de su
progenitor, Magaly se convirtió en parte de esa categoría que entre las alternativas
de la relación de pareja se define como bisexualismo. Desnuda ante el espejo y en
la soledad del cuarto de baño, deslizaba sus manos por su cuerpo y poco a poco,
aprendió a adorar con un deseo vehemente y aún inexplicable para ella, el de
otras muchachas que, como Irenia, no debían esforzarse demasiado para concitar
ideas de placer que llegaran a convertirse en hechos consumados. Mientras,
secretamente, saciaba sus deseos masturbándose en lo que conseguía repetidos y
placenteros orgasmos.
Confieso
que llegué a sentirme atraído por Magaly con una fuerza que hasta entonces no
había conocido; ella no sólo me gustaba por su físico, su voz era
agradablemente atiplada y con una tesitura cálida que la ponía fuera de toda
sospecha afín a los estereotipos tenidos por común a las mujeres que aman y
desean a otras mujeres. Yo había podido comprobar que Magaly sentía como mujer
al contacto prolongado de su boca en las desvencijadas lunetas de aquel largo y
oscuro cine, escenario de nuestros encuentros. Llegué a descubrir, mediante el
afán indetenible de mis intenciones, que Magaly había perdido su virginidad y
pensando que inquirir cómo y cuándo era inoportuno; callé, ubicándome en una
oscura zona de confrontación entre el pudor, el temor y el deseo. Cada vez que
rodeaba su torso entre mis brazos olvidaba cualquier razón y tenerla cerca, me
producía sensaciones que no pretendía evitar. Siempre me parecía poco lo que
sentía con ella, sobre todo, el tiempo que compartíamos.
De
otra parte, mi relación con Magaly me brindaba la posibilidad de acercarme a
Irenia que por razones que no lograba entender del todo, estaban motivadas por
el afán de apretar sus pechos como si yo fuera un guerrero, un cruzado que
imponía su voluntad de dominio cuando de un solo lance lograba vencer en duelo a
su oponente haciendo caer su escudo. Eso eran para mí sus enormes y turgentes senos;
una especie de escudo que debía ser apartado por mis manos, para dejarla
desarmada y acceder a otras zonas menos visibles de su anatomía cuya impronta
se me antojaba profusamente similar y abundante. Estaba seguro de que aquella
virtud de su naturaleza femenina, una vez derrotada entre su tersura y mis
dedos, la harían completamente vulnerable.
Un
día, de esos en que suelen ocurrir cosas inesperadas mientras se suceden con
fluidez y estrepitosa velocidad los acontecimientos, Magaly apareció en la
ventana exhibiendo lo que a distancia podía descubrirse como un moretón en uno
de sus ojos. Aquello que de por sí hubiera bastado para transfigurar su belleza
en una mueca de terror, me la mostraba aún más pálida de lo que normalmente
era, sus ojos denotaban pena y el enrojecimiento propiciado por una reciente
crisis, me convencieron de que había estado llorando. Me hizo señas de que
debía esperar un rato y yo asentí desde el otro lado de la calle, sintiendo que
me embargaba una extraña zozobra presagio de algo desconocido y por suceder.
Cuando
finalmente apareció en el pórtico, me advirtió que no cruzara y que siguiera
calle arriba, hasta la próxima intersección, mientras, ella hacía lo mismo
desde la otra acera. Entretanto, adelantaba su recorrido con la gracilidad de
sus pasos que yo observaba con satisfacción, pero sin que me abandonara la
zozobra que agitaba mi respiración en el preámbulo de aquel encuentro. No le
faltaban razones para desconfiar; Emilio, que tenía por escenario de sus
ilícitos negocios el barrio, podía aparecer en cualquier momento y Magaly
observaba en todas direcciones para estar segura de que no sucediera. Cuando movía la cabeza, noté una marca en su
rostro. Observando más de cerca, vi que había una mancha alargada y uniforme de
color violáceo y amarillento en el costado de su cara, delineando el pómulo
derecho. Finalmente me hizo señas para cruzar. Ignoré los vehículos, varios
bocinaron para advertirme. Solo tenía ojos para ella mientras intentaba que me
detuviera.
Eran
alrededor de las dos de la tarde cuando la abracé, su primer impulso fue el de
apretarse a mí y entre su respiración agitada, sollozos y balbuceos me apartó con
delicadeza mientras le escuché decir: hoy no vamos al cine, necesito aire; aire
puro que haga el milagro de permitirme respirar un ambiente de claridad y
limpieza del que mi cuerpo y mi mente no gozan ya hace mucho y en el que debo
vivir y soportar en silencio las cosas que me pasan. Levanté mi cabeza por
encima de la suya y apoyé mi mentón en la comisura en la que terminaba la frente
y comenzaba su cabellera, que aquel día lucía suelta en ademán de dejadez e
indiferencia y cuyo color de miel parecía más acentuado que cuando solía
hacerse la trenza. El aroma, aunque conocido, siempre me parecía nuevo.
Permanecimos en silencio, con la cercanía de nuestros cuerpos como única forma
de comunicación.
Sin
poder precisarlos, miraba los contornos de las fachadas que servían de
escenografía a nuestro encuentro y los rostros de los transeúntes que
deambulaban, cada uno, envuelto en sus quehaceres, sobre las aceras y entre los
soportales. Al fin me dijo: vamos al Parque de los Enamorados; allí fue la primera
vez que escuché con atención lo que me decías. Desde aquel día, gané su
confianza y trascendí a su conciencia con mis palabras. Me convertí en custodio
de sus secretos y del único amor real que confesó sentir por un hombre.
El
Parque de los Enamorados está a la derecha y al final del Paseo del Prado y en
su centro se hallan los restos de una mazmorra en que José Martí sufrió prisión
a una edad tan temprana como la que teníamos nosotros. Me había detenido muchas
veces en aquel lugar a pensar cuan terrible debió haber sido para él, supervivir
tras aquellos barrotes gruesos y herrumbrientos y tirado en la oquedad de aquel
hueco halando un pesado grillete que dejó en su piel la laceración de una
fístula imborrable a lo largo de su corta y prolija existencia de 42 años. Cada
vez podía sentir el olor del moho que la humedad del lugar recreaba
constantemente como si fuera entonces; no muy lejos, en la Explanada de la
Punta, se halla el monumento en forma de glorieta erigido a la memoria de los
ocho estudiantes de medicina fusilados en 1871 en acto de flagrante injusticia
cometido por el gobierno colonial.
Al
otro extremo del canal de la bahía, las fortalezas del Morro y La Cabaña que
Antonelli concibió y se construyeron luego, como velatorio del imponente azul
del mar difuminado entre la claridad celeste. Ella se sentó en uno de los
bancos ubicándose frente a mí, a la vez que hurtaba su mirada tratando de
esconder el rostro de su vergüenza. Aunque comprendía que la situación no era
así, decidí preguntar de manera directa levantando su rostro con delicadeza por
el mentón. Le pregunté: ¿tuviste una caída?, ¿sufriste un golpe fuerte?, ¿qué
es esa marca en tu mejilla? Ante cada uno de mis cuestionamientos su llanto se
hacía más fluido y audible y por esa razón incondicionada de los humanos, sentí
preocupación de que alguien pudiera considerarme culpable por ello. Fue mi
padre que me pegó con una plancha de costado y después me abofeteó descargando
toda su ira. No es la primera vez, murmuró, y a pesar de todo lo que me ha
hecho, sus maltratos nunca me han dolido tanto y cada vez se me hacen más
insoportables.
Ven
y siéntate, dijo. Ya no puedo más con esto y te lo voy a contar, aunque no sé
cuál será tu reacción. Quizás después esté más sola, siendo juzgada y
despreciada. Empezaré por lo que ya sabes: no soy virgen, pero no dejé de serlo
entregada a un hombre por amor y voluntad; fue el asqueroso de Emilio, mi
propio padre, quien me violó y lo sigue haciendo una y otra vez para, según lo
que siempre repite, hacerme conocer lo que es un hombre y castigarme por lo que
una vez vio.
Sentía
que sus revelaciones eran demasiado fuertes y aunque había escuchado muchas
historias contadas por matronas que habían dejado pasar su juventud en los
campos de los que mayoritariamente provenían sin acercarse a un hombre sólo por
el “qué dirán”; lo que me contaba acontecía en tiempo presente, en la ciudad y
en un ambiente supuestamente civilizado. Tendrían que transcurrir muchos años
para comprender que el medio no obsta para que cosas así puedan ocurrir y
Magaly era la prueba irrefutable que se acomodaba a mí lado como ánima golpeada
en su dolor, buscando apoyo y comprensión. El silencio me embargó, carecía de
elementos y lo peor, de argumentos capaces de explicar con ánimo de dar
consuelo a quien no podía tenerlo al enfrentarse al acto de la incestuosa y
abominable relación a la que su propio padre la forzaba.
Finalmente,
formulé la pregunta que ella esperaba: ¿qué vio tu padre para castigarte así?, no
creo que nada lo justifique ¿Conoces a Zenia, la que vive en mi edificio?, la
mulatica de pelo alborotado del tercer piso; sí, le respondí; recordé entonces
que en más de una ocasión Zenia me había sugerido sentimientos inconfesables,
sobre todo, en aquellas circunstancias. Zenia no era una adolescente, más bien una
morena clara en sus veinte, que tenía un porte muy característico de muchas de
su raza: figura alargada, cierta estrechez de caderas, senos diminutos, nalgas pronunciadas
y firmes, no tan grandes, aunque lo suficiente para que a su paso todos volteáramos
a mirarla y repetir siempre lo mismo: - ¡Avemaría! que culito más rico tiene esa
mulata…
Magaly
coincidía con Zenia en el edificio con bastante frecuencia y según me contó, estableció
con ella una amistad que, de su parte, sólo pretendía encontrar a alguien en
quien confiar y aunque me juró que nunca le había dicho lo de la violación, sí
le había confesado las golpizas que, tanto a ella como a su madre, Emilio les
propinaba. La mulata no perdió tiempo en aprovecharse de la situación e intuyendo
las posibilidades, decidió pasar del consuelo verbal a la conquista.
Recordé
que en el barrio andaba en boca de muchos que Zenia “apuntaba y banqueaba”, que
le gustaban las dos cosas, pero que no aceptaba compromiso con ningún hombre
porque le parecían abominables, todos al final una cuerda de mentirosos y
abusadores que sólo pretendían disfrutar de su culo y después tirarla y a ella,
según afirmaba, no iban a convertirla en víctima. Posiblemente en un acto de
reflejo y deseos reprimidos, optó por hacer lo mismo y gozarse, hasta obtener
los orgasmos más apetecibles en el contacto y la relación íntima con otras
mujeres. Ese día Magaly salía del apartamento de Zenia donde con las artes más
sutiles en el cuerpo a cuerpo había conseguido acostarse con ella y disfrutar
de su cálida y tímida desnudez acariciándole el pubis que se exponía sin
voluntad a sus sabios dedos, mientras, la observaba moverse entre contorsiones
de placer y en la antesala del acto supremo y voraz de acudir a su clítoris con
su lengua intranquila, desenfrenada y punzante.
En
lo que se despedían bajo el dintel de la puerta, Zenia mordía los labios de
Magaly con un beso apasionado, pero el silencio quedó roto con un ruido de
pasos, seguido por un grito inquisitivo y desgarrado que se dejó escuchar en la
soledad del corredor que conducía a la escalera donde apareció Emilio, separando
con furia a su hija de la mulata, que les tiró la puerta en la cara segura de
que Magaly haría todo lo posible por volver; lo demás, era la afrenta de un
abusador de mujeres, hija y esposa incluidas, que no sólo se merecía conocer la
realidad, sino también padecer el ultraje de su malhadada hombría ante la
evidencia de lo inevitable.
Mientras
más me contaba, mayor era mi sorpresa. Se me hacía difícil recrear aquella
escena de pasión y lujuria entre las dos mujeres que, tras la dulzura de
plácidos orgasmos, se vio convertida en acto de violencia contumaz. A
empellones, Emilio metió a su hija en el apartamento y dejando entrar la luz a
horcajadas por la amplia ventana de su dormitorio, la empujó sobre el lecho, se
quitó el cinto y comenzó a ripiar sus ropas en lo que ella trataba de cubrirse y él le
daba de cintazos haciendo que desplazara sus manos hacia las zonas de dolor que
provocaban y dejar al descubierto su intimidad ante la enrojecida mirada del
violador — su propio padre — que airadamente le repetía: cabrona, hija de puta,
tortillera… vas a saber lo que es un hombre y seré yo el único que de ahora en
adelante te va a enseñar a ser mujer.
Sin
quitarse la ropa, se desabrochó el pantalón y expuso el pene objeto de una
erección que hacia mucho no lograba conseguir; entre gritos, forcejeos y
aguantando con una de sus manos los brazos de su hija mientras le separaba las
piernas con la otra, la penetró; no sin que cierto atisbo de temor le hiciera
prevenir derramarse en su interior para evitar un embarazo. Exánime, consumado
el hecho y sin poder siquiera imaginar lo que había sucedido, ella sintió un
dolor físico en lo más bajo de la pelvis. Con una mueca de terror y en medio
del llanto, lo vio desgreñado, balbuceante y tratando de componer su desaliñada
apariencia para escucharle decir: así que eras señorita cabrona, preferiste las
caricias de esa negra inmunda y tortillera a las de un macho que aborreces,
pero nunca vas a olvidar quien fue el dueño de tu virginidad, el único al que no
podrás evitar y quién sabe si con el tiempo, ni siquiera odiar.
Como
es habitual en estos casos, el chantaje sucede a la acción aberrada que Emilio,
desde su torcida perspectiva, consideraba punitiva. Si le dices algo a tú madre
las mato a las dos, sabes que hace tiempo no las tengo todas con ella y menos contigo,
estoy cumplido y no me costaría mucho esfuerzo ir a pasar mis últimos años a la
cárcel; en cierto modo mi vida al lado de la infeliz de Antonia no ha sido nada
agradable y me ha obligado a andar acostándome con cuanta puta se me ha
ofrecido y ahora esto; la única hija que me ha dado, una tortillera capaz de
hacer cochinadas a la vista de todos, poco me importaría mandarlas a las dos al
infierno. Te advierto que de aquí en adelante harás lo que yo diga y me
complacerás en lo que yo quiera, haber tenido tú cuerpo me provoca y aunque te
escondas y busques a esa negra o a otras como ella, no dejarás de ser mujer
entre mis manos, en mi cama, y cada vez que me dé la gana; entiéndelo bien,
siempre he sido un pecador y a mis años, ni puedo, ni quiero arrepentirme.
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El
doctor Roberto Téllez Agramonte había nacido en La Habana, pero sus antepasados
y sus raíces familiares se vinculaban con algún que otro ilustre apellido de la
floreciente y próspera aristocracia camagüeyana de principios del siglo XIX, su
abuelo paterno había combatido en las huestes de Ignacio Agramonte y Loynaz alcanzando
el rango de coronel. A la muerte en combate del “Bayardo” — sobrenombre por el
que era conocido “El Mayor”— estuvo directamente vinculado al generalísimo
Máximo Gómez y al finalizar la campaña de 1895 y por el hecho de ser abogado,
desempeño varias funciones públicas durante los gobiernos de José Miguel Gómez
(1909-1913) y Alfredo Zayas Alfonso (1921-1925).
El
padre del doctor Téllez se había recibido en España como médico y había
realizado algunas especializaciones en Francia y posteriormente en los Estados
Unidos. Durante la tormentosa década de 1930 Roberto cursó sus estudios de
medicina en la Universidad de La Habana e hizo la especialidad de obstetricia y
ginecología, la misma del padre, que lo envío a los Estados Unidos donde le fue
requerida la realización de varios cursos e internados para obtener las
recomendaciones de rigor. Terminada una estancia de casi tres años entre
Washington D.C. y Boston, regresó a Cuba donde le esperaba la grata sorpresa de
encontrar un consultorio, completa y perfectamente habilitado, con los más modernos
y variados recursos para el ejercicio de su especialidad. El padre, ya en
retiro, se había ocupado de que todo quedara en el más perfecto orden, el gasto
no era problema; y la clientela sería, en primera instancia, heredada de él
mismo.
La
vida profesional del doctor Téllez comenzó por todo lo alto y su matrimonio con
la doctora Andreina Luaces se llevó a cabo con rapidez, constituyendo un
acontecimiento social trascendente. En años consecutivos nacieron sus tres
hijos, primero Roberto Rafael, luego Ernesto y por último la hembra esperada,
objeto de increíbles mimos y cuidados desde muy pequeña por ser la “benjamina”
de la familia; el nombre que Andreina escogió para la niña fue Irenia de la
Luz. A ella, por cierto, lo del complemento a su patronímico, no le hacía
gracia y muy pocas personas fuera del ámbito familiar, sabían que ese era su
nombre completo.
Corría
el año 1961 y el gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro se había
propuesto cambiar aceleradamente los estándares económicos y sociales y en
medio de la orgía populista que caracteriza la acción inmediata de este tipo de
regímenes, se comenzaron a desconocer las estipulaciones vigentes, en su
mayoría inspiradas y refrendadas por la constitución republicana de 1940 — que
Batista había dejado sin efecto en el 52 — y se dio inicio a la promulgación de leyes
revolucionarias; las de reforma agraria, la de reforma urbana y la de
nacionalización de la enseñanza entre otras. Se procedió a la expropiación de
la gran empresa privada de origen nacional y extranjero y de las instituciones
bancarias vinculadas a ellas como respaldo necesario para la financiación de
los proyectos capaces de impulsar el desarrollo que en Cuba era notable. Como
consecuencia inmediata se desató la estampida de las personas que se vieron
afectadas directamente por las medidas tomadas y que en su gran mayoría se dirigieron
a los Estados Unidos, destino común y conocido de los que alguna vez habían
tenido la oportunidad de viajar. En medio de la coyuntura de franco y abierto
enfrentamiento de Castro y los revolucionarios contra los norteamericanos, el
país del norte era el único lugar que, según pensaban, permitía obtener ciertas
garantías de permanencia a cualquier plazo.
Aplicando
la estrategia de dividir e imponerse, al gobierno le fue relativamente fácil ir
deshaciéndose de aquellos a los que consideraba como enemigos reales o
potenciales. Mediante la aplicación del estereotipo de la lucha de clases,
enfrentó a pobres con ricos, proletarios contra burgueses y campesinos contra
terratenientes, para tratar de demostrar que estaba al lado de los más débiles.
Atrapados entre la presión gubernamental y las manifestaciones de los que se consideraban
reivindicados, todos los que de alguna manera no encajaban en los planes
vigentes y por venir, empezaron a sufrir las consecuencias. Después de la
aprobación de la ley de nacionalización de la enseñanza y de la expulsión del
país de un elevado número de sacerdotes católicos — más de trescientos en una
misma ocasión en un buque de bandera española llamado Covadonga — que en su mayoría se hallaban vinculados a la
enseñanza en las escuelas religiosas (el propio Castro había estudiado hasta
concluir el bachillerato en una de ellas) comenzaron a desdibujarse los límites
entre la enseñanza pública y la privada terminando por disolverse y que cada quien
acudiera a matricularse en la escuela correspondiente según su domicilio.
Aquellas
muchachas aristocráticas y de buenas familias y los impolutos y varoniles
vástagos provenientes de los sectores más acaudalados; se vieron, de la noche a
la mañana, reunidos en un mismo salón de clases con otros jóvenes cuya
extracción social nunca les hubiera permitido relacionarse. Todos empezaron a
formar parte del mismo ambiente de barrio que sin llegar a ser lacerante, era
el que se vivía en las escuelas públicas antes de comenzar a cambiar la
situación. Irenia, como las demás, estaba a mano de los encontronazos con tipos
de su misma edad, pero con experiencias de vida que se generaban entre el
deambular en las callejuelas de los vecindarios y de las que no podían
apartarlas ni los empeños de abuelas y madres que, como Andreina, comenzaron a
vivir y padecer bajo la constante presión de no poder evitar que sus hijas se enfrentaran
a otra realidad más allá de las “buenas costumbres” de sus hogares.
En
el domicilio de la familia Téllez-Luaces, una amplia mansión de dos pisos en la
barriada del Vedado, día a día, se vivía la zozobra de ver cómo se trepaban al convertible
de los hermanos Téllez personas desconocidas y cuyo origen les parecía muy
deleznable a sus padres, sobre todo a Andreina; pero lo que más les molestaba
era ver acercarse a Irenia a los jardines de la casa en compañía de nuevas amistades
cuya cercanía no les parecía confiable ni conocida. Acudíamos a clases en la
misma escuela de la calle Línea en la que su propietario, un conocido y famoso
educador, había colgado una gran tela que rezaba: “Gracias Fidel” en el 59 y
que solo dos años más tarde, tras poner pies en polvorosa, se proponía comenzar
una nueva etapa de su vida y la de los suyos como exiliado y huyendo del mismo
gobierno que proclamaba no querer saber nada de burgueses y explotadores.
Andreina
y el doctor Téllez trataron de aferrarse a la idea de permanecer en el país y comenzaron
a compartir el tiempo de su desempeño profesional entre el ejercicio de sus
actividades en centros de atención pública y la continuación de la práctica
privada en los respectivos y suntuosos gabinetes de que disponían, pero cada
vez se hacía menos lucrativa y comenzaba a sufrir bajo los efectos de la
escasez en la distribución de los recursos que ex profeso, el gobierno les racionaba para hacerlos desistir del empeño.
El doctor Téllez, persona reconocida a escala nacional; aceptó un puesto de
director de servicios médicos y profesionales en uno de los hospitales de
maternidad más importantes de La Habana y donde le sobrevendría el golpe
demoledor y bien planeado, por quienes envidiaban su fama y habían anhelado
sacarlo del camino hundiéndolo en el fracaso que no merecía y que terminó con
la posibilidad de que continuara ejerciendo su profesión al verse involucrado,
sin razón, en un sonado escándalo.
El
primer contratiempo sobrevino cuando Roberto y Ernesto llamaron por teléfono
desde Miami para hacerle saber a sus padres que habían escapado en el yate de
la familia que les cuidaba un fiel empleado en la playa de Jaimanitas, al oeste
de la capital. Ambos planearon la huída y le hicieron creer a Armando, el
encargado, que tenían permiso del padre para salir a pescar. Las autoridades
que custodiaban los puntos de salida habían comenzado a tomar medidas para
evitar las fugas y una de ellas fue confiscar, sin dar explicaciones, las luces
de navegación para hacer ilegal el movimiento nocturno de las embarcaciones.
Armando les advirtió que regresaran antes del anochecer porque podían ser
detenidos, la embarcación decomisada y crearle a él un gran problema y una
preocupación más a su padre; pero lo que parecía el principal motivo de tal
requerimiento era la ventaja para llevar a cabo el plan, la nocturnidad.
Salieron
al mediodía y haciendo como que pescaban, al caer la tarde, pusieron proa a
cualquier punto ubicado en el largo rosario formado por las islas de los cayos
al sur de La Florida. En una noche quieta de una tenue luz que se reflejaba
sobre el mar con luna de cuarto creciente y en poco más de cuatro o cinco horas,
avistaron las luces del Cayo Marathon convertido en puerta de entrada a la vida
que anhelaban, lejos de las amenazas y las presiones de los nuevos presupuestos
a los que en Cuba el gobierno forzaba a los jóvenes a participar: los Jóvenes
Rebeldes, las Patrullas Juveniles, los Cinco Picos, las Escuelas de Instrucción
Revolucionaria o en el peor de los casos, servir obligatoriamente en el
ejército. Además, en Miami tenían un tío hermano de Andreina, que fue de los
primeros en largarse cuando la compañía petrolera en la que ostentaba un cargo
gerencial fue nacionalizada entre las primeras.
Irenia
nunca conoció del plan y después de enterarse de lo sucedido y ver a sus padres
padeciendo la agonía de tener lejos a sus hermanos sin una inmediata
posibilidad de reencuentro, lloró por semanas su ausencia, pero al igual que
Andreína y el doctor Téllez, se conformó a la realidad de ver el hogar diezmado
por la separación. Al principio, le encargaron mucho a Samuel, el hermano de
Andreina, que velara por ellos y no menos de dos veces por semana se
comunicaban por teléfono en la casita de la Pequeña Habana en que Samuel los
acogió y en la que vivía rentado echando de menos los lujos de la cómoda y
amplia residencia de Miramar que había dejado atrás a una edad madura, para volver
a comenzar en un medio desconocido y difícil junto a su mujer y sus dos hijos, primos
de los hermanos Téllez Luaces.
A
Roberto y Eduardo, sin embargo, se les hacía difícil soportar las penurias de
dormir en un sofá-cama en la salita del inmueble de dos habitaciones, una
ocupada por el matrimonio de sus tíos y la otra por los hijos, hembra y varón,
que aún en edad escolar, debían estar en pié muy temprano para ser recogidos
por la furgoneta que los llevaba de ida y les traía de regreso cada tarde.
Samuel comenzó a exigirles que buscaran un trabajo para que contribuyeran a la
precaria economía familiar pero los jóvenes, carentes de oficio, estaban
convencidos de que su arribo a los Estados Unidos no era para sufrir una vida
de privaciones.
Una
vez más, valiéndose de coartadas y subterfugios que a Samuel, atenazado por las
preocupaciones no le interesaba verificar demasiado, escaparon a Nueva York
donde habían entrado en contacto con un coetáneo amigo de ambos apodado Puchi y
junto al que habían formado parte de una agrupación de adolescentes creada en
La Habana de finales del 58 a imagen y semejanza de las existentes en el país
en que ahora se encontraban y al socaire de los vientos de rebeldía juvenil de
los tiempos de James Dean y aquel famoso film, “Rebelde sin Causa”, preámbulo
de su fatal final. Ellos mismos se hacían conocer entre los círculos a los que
los jóvenes revolucionarios acusaban de bitongos y contrarrevolucionarios como
los “Black Jackets”, consuetudinarios asistentes a fiestas que solían organizar
en las mansiones de sus respectivos padres y donde se escuchaban las placas de
Paul Anka — el Big 15 —, las baladas de Elvis Presley y la música febril de
Bill Halley, Little Richard y algún tiempo después, de dos grupos ingleses que
empezaron a sonar con fuerza en forma clandestina: The Beatles y The Rolling
Stones.
Una
mañana en que Julieta, la esposa de Samuel, salió de la habitación a preparar el
desayuno en la pequeña cocina, se percató de que el sofá-cama estaba cerrado;
puso a Samuel sobre aviso y lo interrogó en lo que él se rasuraba frente al
enmohecido espejo de un pequeño botiquín del baño con el fin de acudir a una
entrevista de trabajo. Samuel apareció en la salita e intuyó que los muchachos
no habían dormido allí esa noche, pero cuando se disponía a hacer partícipe de
su sospecha a la mujer, vio una nota recostada al búcaro que adornaba la mesa
en la que compartían los alimentos cada día; la misma de hacer planes, sacar
cuentas para ajustar el reducido presupuesto familiar y sentarse a mirar los
programas de la televisión americana con el afán de entender mejor el inglés,
convertido ahora en una lengua de la que forzosamente tendrían que apropiarse,
si querían obtener un empleo mejor remunerado que el de lavar platos en los
hoteles de Miami Beach o acudir a las tomateras de Homestead y Florida City.
“Muchas gracias, tío, por el favor que nos has
hecho; no fue nuestra intención causarles molestias, nosotros nos hemos sentido
más incómodos que ustedes y a lo mejor algún día nos podemos volver a ver. Para
su tranquilidad sólo sepan que nos fuimos a Nueva York, a casa de un amigo”
Ambos
estamparon sus firmas con nombre y dos apellidos dejando entrever que se creían
importantes, tanto como su propia formación les había hecho sentir, aunque
seguramente, sin saber que nada iba a ser como ellos pensaban. A Samuel, que
leyó la nota en silencio para después pasársela a Julieta, lo invadió una
extraña confusión: por un lado, se sentía aliviado, nunca y a pesar de que la
presencia de sus sobrinos se le hacía incómoda, les pidió que se fueran, pero;
¿qué le diría a su hermana cuando volviera a llamar? Ni siquiera podía darle
razón de dónde estaban porque Nueva York es una colosal ciudad donde ubicar
personas sin una referencia específica es imposible y era eso, precisamente, lo
que pretendían los hermanos Téllez, desaparecer en la bruma del anonimato y
entre el inquietante quehacer de más de dos millones de personas en el corazón
de la urbe.
El
día que Andreina supo lo ocurrido cayó en una crisis de fuertes dolores en su
columna vertebral provocados por una avanzada osteoporosis que su propio marido
le había diagnosticado y corroborada después por varios especialistas amigos
del doctor Téllez. Quedó postrada y empezó a consumirse. La belleza de mujer
madura que había logrado conservar en su rostro entre cremas y tratamientos
para la edad, fue desapareciendo y en su lugar, una contrición permanente
acompañada de un mal color y una delgadez cada vez más notoria, hicieron
sospechar a su marido que había algo más. Andreina era víctima de un cáncer que
no encontró paliativo, mientras, yacía sobre una cama fowler que habían
habilitado en su dormitorio para que se sintiera más cómoda en los momentos de
agonía. El último día, las únicas palabras que se le escuchó decir en presencia
de Irenia y Roberto fueron: díganle a mis hijos que los he perdonado, ellos no
han tenido la culpa de nada, tenían que hacer su vida y tú, Roberto, cuida
mucho a Irenia, ella es todo lo que te queda; luego abrió los ojos
desmesuradamente y su entrecortada respiración se detuvo de golpe.
En
el hogar de los Téllez las cosas comenzaron a cambiar y era lógico; una familia
que todo lo había tenido: notable posición económica y social, buenas
relaciones y muchas amistades y la bien ganada reputación de su patriarca, el
doctor Téllez Agramonte; ahora, de golpe, enfrentaba una crisis que no parecía
tener fin; los hijos, que después de haber huido no aparecían ni siquiera ante
el crucial evento del fallecimiento de su propia madre, Irenia que a punto de
alcanzar la mayoría de edad y convertirse en una mujer acababa de perder el
consejo de su progenitora en el que se había apoyado y cuya relación de
dependencia con respecto a ella era tal, que no podía tomar decisiones y hasta
las cosas más elementales relacionadas con la casa y su padre, le parecían una
tarea ciclópea. Nada que decir de las obligaciones cotidianas de un hogar, que
con la enfermedad de Andreina se vieron reducidas a un nivel de supervivencia
inmediata y que, con el agravamiento de la situación general del país,
constituían todo un reto. Todo lo que antes parecía normal, se hacía difícil; encontrar
alimentos básicos cuya escasez era cada vez más notoria, productos higiénicos y
sanitarios para el hogar, ropas, zapatos, medicamentos, en fin, nada era fácil
y menos para una joven como Irenia, cuyo mecanismo de defensa enfrentada a aquellas
circunstancias solía ser un absoluto desentendimiento.
Por
otra parte, y en los tiempos en que la salud de Andreina se tornó más crítica,
sobrevino el problema del doctor Téllez en el hospital en que trabajaba. Como
todos sabían que continuaba en el ejercicio de su práctica privada, urdieron el
plan de acusarle del desvío de recursos del almacén de la institución en que
prestaba sus servicios; insumos de uso general y medicamentos que por su
importancia y la cada vez más acentuada escasez, estaban bajo un estricto
control. Supieron de la fuga de sus dos hijos a los Estados Unidos y de la
muerte de su mujer, algunos, en franca y abierta actitud de ladina hipocresía,
le manifestaron sus condolencias que el doctor tenía la certeza de que no eran
sinceras; en él, se daba la difícil situación de ser una persona que por su
origen y su desempeño profesional anterior, carecía de sólidas relaciones con
sus compañeros de labor en el hospital y su círculo de amistades íntimas,
estaba reducido a un puñado de necios de buena fe que en corrillos muy
delimitados, afirmaban y confiaban en que la situación que se vivía en el país,
no iba a prolongarse.
El
doctor Téllez había comenzado a vivir una vida muy diferente y de ser un
bebedor social de fines de semana involucrado en pesquerías, reuniones de
amigos, su reducida familia residía en la finca familiar que aún conservaban en
Camagüey, y algún que otro encuentro fortuito, empezó a beber alcohol a diario tratando
de conjurar, o al menos paliar, la depresión que lo estaba atacando.
Repetidamente llegaba tarde a la casa y ni siquiera veía a su hija Irenia, no
le interesaba, se puso extremadamente delgado y descuidó su apariencia al
extremo de presentarse en situación inconveniente a realizar su trabajo. Todas
las condiciones estaban creadas para asestarle el golpe final y un día a su
llegada a la oficina la encontró cerrada; habían cambiado la llave del
picaporte en la cerradura e introducido una nota entre la puerta y el umbral que
le ponía sobre aviso de que se presentara en la dirección general donde el
director y otros dos individuos le esperaban para reunirse con él.
Su
primer impulso fue tirar la nota después de haberla convertido en un rollo al
apretarla en su mano; rectificó y la estiró, la dobló con cuidado y la
introdujo en uno de sus bolsillos. Se dirigió al cuarto piso en el que se
encontraba la oficina del director, allí lo estaban esperando el doctor Fabián
Méndez, coetáneo y excompañero suyo de la universidad, pero de esos cuyo
talante y desde aquellos tiempos, le proveían de mejores aptitudes para administrar
y dirigir que para ejercer su profesión. Tipos como Méndez empezaban a ganar
terreno en todos los frentes debido a que la revolución anteponía la supuesta
capacidad política y administrativa de los funcionarios a su rendimiento como
profesionales y especialistas en determinada rama. El mérito científico
comenzaba a ser concebido como algo secundario mientras la adulonería, las
delaciones y la “intransigencia revolucionaria” pasaban a ocupar un primer
plano.
Téllez
observó, no sin cierto recelo, que junto a Méndez se hallaban los otros dos
individuos, uno de civil y el otro vestido de militar con el uniforme de la Policía
Nacional Revolucionaria; sobre sus charreteras, cuatro insignias — chágaras,
como les llamaban — que le permitieron entender que aquel sujeto ostentaba el
grado de primer capitán. Méndez comenzó la conversación y sin grandes
preámbulos le extendió a Téllez un folder contentivo de unas cuantas cuartillas
que constituían un informe minucioso de sus supuestas actividades delictivas en
el hospital. Durante más de cinco minutos leyó su contenido mientras su rostro
se transformaba entre muecas sucesivas de asombro y sus ojos se enrojecían de
furia a la vez que le costaba trabajo dar crédito a lo que allí decía; sin
concluir, cerró el folder y lo tiró sobre la mesa de Méndez quien le advirtió
que: ante las contundentes evidencias “probadas”, no tenía otra alternativa que
presentar su dimisión.
Téllez
no se inmutó y hasta llegó a pensar que aquello sería, sino beneficioso, hasta
más cómodo para él, haciéndole saber a Méndez que ese mismo día tendría sobre
su escritorio su petición irrevocable de renunciar. Se levantó y pidió permiso
para retirarse, entonces aquellos dos enigmáticos personajes entraron en acción
y el de civil, que habló primero, le dijo: doctor Téllez, la cosa no es tan
fácil, el Ministerio de Salud Pública, al cual represento y el compañero
capitán Curbelo que me acompaña, debemos proceder en función de todos los
informes que obran en nuestro poder y que en su momento tendrá oportunidad de
conocer, debe usted saber que se le permitirá regresar a su domicilio, pero bajo
orden de detención, por lo cual queda usted desautorizado para continuar la práctica
de su profesión y debe presentarse una vez por semana a firmar un registro en
la estación de la PNR más cercana a su domicilio en tanto sean concluidas las
investigaciones.
El
montaje preparado en su contra concluyó aquella mañana con la primera y única
intervención del capitán Curbelo: ¿doctor Téllez, tiene alguna pregunta?, ¿está
usted consciente de la gravedad de su situación? La única respuesta fue otro cuestionamiento
de Téllez: ¿puedo retirarme? Un absoluto silencio le proporcionaba a aquel
recinto un ambiente patibulario y Méndez, levantándose de su butaca, se dirigió
a la puerta del despacho abriéndola sin prisa para hacerle saber a Téllez que
tenía hasta el medio día para recoger sus pertenencias de la que había sido su
oficina, ahora abierta con tal propósito. A la vez, con aire de satisfacción y
socarronería, le repitió: sólo sus pertenencias, Téllez… no trate de hurtar nada
más.
Roberto
completó su tarea antes del tiempo asignado. En su maletín llevaba un
pisapapeles que recreaba una escena navideña con un muñeco de nieve sobre una
superficie blanca. Al girarlo y luego enderezarlo, se veían caer pequeños copos
de nieve sobre el muñeco. Téllez recordó las mañanas frías de Washington y
Boston en que la realidad, representada en el objeto, había formado parte de
sus propias experiencias, pero para él tenía un valor sentimental; fue el
obsequio de una paciente que, sin muchos recursos para otro tipo de
consideraciones, le demostró el aprecio que le tenía por haber contribuido a
salvarle la vida.
Bajo
el brazo, un marco bañado en plata contentivo de una imagen fotográfica de la
familia en que sus hijos eran aún pequeños; todos disfrutando sonrientes de las
bondades del ambiente y la vegetación de la Hacienda Cortina en Pinar del Río,
en medio del orquidiario que hacía las delicias de Andreina. Volvió a la
realidad y mientras se dirigía al exterior pudo descubrir que quienes
coincidían con él, muchos de los cuales habían sido sus subalternos, lo miraban
como un apestado y sin decir palabra. Su último encuentro fue con las dos
empleadas de la recepción y un anciano que atendía la puerta principal con el
fin de indicar a los concurrentes hacia dónde debían dirigirse según las
remisiones que portaban. Hasta luego, Luis, dijo Téllez, pero el hombre bajó la
cabeza y evitando responderle, abrió la pesada puerta de cristal y gruesos
marcos de aluminio que, de seguro, jamás volvería a atravesar.
Dirigiéndose
al lote de estacionamiento, abordó el Mercedes de color azul metálico del 58,
un sedán modelo l90-D, que había sido mudo testigo de sus paseos familiares a
Varadero, Santa María del Mar y Guanabo, a las fiestas de sus colegas, la
mayoría en el exilio, o de sus salidas con Andreina disfrutando de la placidez
gastronómica de lujosos restaurantes y los fastuosos espectáculos de los
principales centros nocturnos de la capital, y a la que ahora imaginaba a su
lado mientras le decía: no podemos quejarnos Roberto, tenemos una bonita
familia; posición y reconocimiento, muy buenas y selectas amistades, un bello hogar
y seguimos queriéndonos como el día en que nos conocimos en la universidad ¿En
que se había convertido todo?, ¿quién hubiera podido imaginar lo que ahora
sucedía?, ¿cómo enfrentar las circunstancias en lo adelante? El Doctor Pérez
Collado, su abogado y consejero, se había esfumado como fantasma en aquella
desaforada huida que muchos estaban protagonizando. Su soledad era casi absoluta,
Irenia era su única compañía, pero: ¿cómo hacerle entender que no tenía
salida?, que era objeto de una calumnia y que carecía de aliados, inclusive
ella, él lo sabía, sería también una víctima. En su cabeza retumbaban las
sentenciosas palabras del funcionario ministerial: “…está usted bajo detención
domiciliaria e impedido para ejercer su profesión…” para él, era el fin.
Poco
después del mediodía llegó frente al garaje de la residencia en el que religiosamente
acomodaba el Mercedes para que se conservara lustroso y su carrocería, fuera de
todo contacto con las inclemencias del tiempo. Ese día lo dejó afuera, no se
acordó de cerrar la puerta con la llave y maletín en mano, entró, arrastrando
pesadamente los pies, en la casona convertida en catacumba y en la que a cada
paso tropezaba con las memorias que inevitablemente le recordaban a los que ya
no estaban; se dirigió al cuarto de Irenia para descubrir que ella también
estaba ausente ¿Quién sabe dónde y con quién se hallaba?, era lo de menos;
tenia la certeza de que en breve, el tampoco estaría; sus otros dos hijos
desaparecidos con la convicción de que estaban vivos, pero en un sitio que por
el momento le resultaba inaccesible y que conocía bien.
La
incertidumbre, pensó, no era algo que él fuera capaz de vulnerar. Llegó a la
habitación que hacía las veces de despacho y se dejó caer en la poltrona detrás
de la vieja mesa de caoba lustrada que habían traído de la casa del padre para
establecer un hito de continuidad entre los éxitos de su progenitor y el suyo
propio, observó los archivos, llenos de historias clínicas de acaudaladas
pacientes que habían acudido a él para salvar su vida o evitar la humillación
familiar del embarazo fuera del matrimonio de algunas de sus hijas ¿Qué podía
importar ya todo aquello?, lo habían condenado a ser un infeliz bastardo
aborrecido por su propio gremio. Abrió la gaveta del escritorio y extrajo la
pistola plateada con cachas de nácar, una browning calibre 45 que había
regalado a su padre el señor Abella; en su tiempo, agente connotado del BRAC (Buró
de Represión de Actividades Anticomunistas) y muy amigo de la familia. Buscó
debajo de unos papeles el cargador, lo introdujo en el arma, siempre aceitada y
dispuesta para generar su mortífero cometido y se sirvió un vaso de whisky sin
hielo, luego otro, hasta sentir que ya no podía pensar y que las consecuencias
del acto que estaba por cometer no debían importarle a casi nadie. El disparo
resonó en la habitación cerrada, pero de tal manera, que se dejó escuchar en la
residencia del vecino que avisó a la policía, atareada y lujuriosamente al
tanto de todo lo que tuviera que ver con disparos de armas de fuego que el
gobierno había ordenado entregar a sus poseedores, so pena de guardar prisión
en caso de no cumplir con lo dispuesto.
A
su arribo, Irenia se encontró con un amplio despliegue policial frente a la
casa, lo primero que concitó su atención fue ver el Mercedes fuera del garaje,
corrió abriéndose paso entre los curiosos y en el instante en que se disponía a
abrir la verja del muro exterior en el jardín, vio con asombro que unos
voluntarios de la cruz roja sacaban de la casa sobre una camilla, el cuerpo de
un cadáver con la parte superior de la sábana que lo cubría, empapada en
sangre. Aun en shock y atemorizada, sintió la mano de alguien que le apretaba
el hombro mientras le decía: tienes que ser fuerte hija, tú padre se ha
suicidado, no sabemos por qué; era Alicia, la esposa del vecino que la había
visto nacer y crecer entre los suyos. Confundida y atormentada, Irenia dejó
escapar un grito de terror y explotó en llanto contorsionándose en ademanes de
furia y fuerza incontrolables, luego desfalleció y perdió el conocimiento.
Con
la ayuda de los dos voluntarios de la Cruz Roja, Hipólito y Alicia — los
vecinos — llevaron a Irenia a su casa, le hicieron aspirar alcohol de un paño
que Alicia rebozó del contenido etílico y la hizo dar de sí. Muy confundida, su
primera reacción fue salir, pero al asomarse, ya la ambulancia con el cadáver
de su padre se había marchado, los curiosos se habían retirado y sólo quedaba frente
a la casa un vehículo policial cuyos ocupantes se encontraban en el interior de
la vivienda requisando las pruebas periciales.
En
gran medida, se trataba de una labor rutinaria ya que era evidente que se trataba
de un suicidio. Irenia quiso entrar al despacho, pero no se lo permitieron; uno
de los investigadores le sugirió que no lo hiciera y para hacerla desistir, le
comentó que era importante preservar la escena y le recomendó que lo mejor fuera
regresar con los vecinos o esperar en otro lugar de la residencia ya que antes
de marcharse, tendrían que hacerle algunas preguntas. Al entrar al despacho,
los agentes observaron la pistola sobre el suelo y la poltrona con el cabezal salpicado
por la sangre y sobre el escritorio, junto a la escribanía, la botella de
whisky casi vacía y el pesado vaso de cristal de roca, último cáliz del doctor
Téllez. En la pared, detrás de la silla, una gran mancha de sangre coagulada
con la que se mezclaban pequeños restos de masa encefálica adheridos a la
superficie.
El
tono verde claro de la habitación, color habitual de hospitales y lugares en
los que se hace necesaria la tranquilidad de los presentes, parecía no cumplir su
cometido y los agentes, bajo el impacto de lo que observaban, eran la prueba.
Por fin uno de ellos, recogiendo la pistola con un pañuelo para meterla en una bolsa,
le dijo al otro: oye, este tipo sí que tenía ganas de matarse, esta cuarenta y
cinco es un cañón, parece que se arrancó parte del cráneo y del cerebro; pero
que bonita arma, lástima que tengamos que entregarla, con gusto me quedaría con
ella, dijo el que la recogió.
Junto
a la pistola, se llevaron el vaso y la botella, en ambos objetos estaban las
huellas del finado. Luego, dieron cuenta entre los dos del licor que el suicida
no alcanzó a ingerir; éste si es del bueno, debe haberla tenido guardada por
mucho tiempo, comentó el otro, tomando un sorbo. A propósito, la muchacha que
se desmayó es la hija, ¿verdad?, tremenda hembra, que buena está; al parecer en
este casón no vive más nadie, debe ser soltera. Bueno, tenemos que sugerirle
que busquen quien limpie todo este reguero y hablar con ella antes de
marcharnos.
Todas
las preguntas estuvieron relacionadas con el estado anímico de su padre, si
había comentado algo sobre su propósito de cometer suicidio, cuál había sido su
última actividad laboral, si tenía algún problema personal, su estado civil y
otras generalidades comunes en estos casos. Definitivamente otras personas
tenían una respuesta más contundente que la misma hija del finado y una de
ellas era el capitán Curbelo que pronto se enteró de lo ocurrido.
Los
funerales del doctor Téllez se llevaron a cabo con la presencia de pocas personas.
Acudieron dos de sus hermanas que precipitadamente llegaron a La Habana desde
Camagüey — la mayor estaba paralítica y murió poco después — y la hija, Irenia.
Trataron de comunicarse con Roberto Rafael y Eduardo en Nueva York, pero no les
fue posible. Al edificio de la funeraria acudieron algunas amistades y vecinos,
pero ninguno de los que estaban trabajando con Téllez antes de producirse el
desenlace. En la capilla de la necrópolis de Colón le oficiaron una misa por el
eterno descanso de su alma, celebrada por el párroco de San Juan de Letrán,
iglesia a donde la familia solía acudir y que, en lo personal, era amigo y
consejero de la desaparecida Andreina. El cura pronunció unas palabras de
consuelo a los presentes, cuyo argumento fue la reiteración acerca del
significado de la vida “que sólo Dios da y que es el único que puede
quitárnosla” aunque al parecer, Téllez decidió lo opuesto al sentirse abatido y
sin salida y enfrentado a los problemas que lo atormentaban.
Acto
seguido y al bajar el sarcófago en el mausoleo, sus restos fueron a hacer
compañía a los de Andreina y sus padres, que descansaban en la fosa al pie del
panteón familiar, y “en la paz del señor” como se encargó de recordar a todos
el sacerdote, mientras rociaba el féretro con agua bendita. La muerte de Téllez
y sus exequias fueron el acontecimiento más anodino de su existencia, ya no se
publicaban esquelas mortuorias en la prensa, ni las noticias reflejaban hechos
sinuosos considerados de carácter personal, atentatorios contra los
presupuestos colectivistas del proletariado y en consecuencia aborrecibles al constituir
un “rezago del pasado” y una muestra de la “decadente moral burguesa”. A cierta
distancia, Octavio Curbelo observó con paciencia todo lo ocurrido y cuando los
pocos amigos y familiares se retiraban, aprovechó la oportunidad para acercarse
a Irenia, darle el pésame y ponerse a su disposición.
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