domingo, 23 de marzo de 2025

IRENIA Y MAGALY (Trilogía I)


Podía recordar lo que quisiera como si hubiera sido en época reciente a pesar de haber transcurrido mucho tiempo. Tanto, que al referirme a hechos y situaciones entre quienes las habíamos vivido, muchos se preguntaban cómo era capaz de mencionar nombres y apellidos de amigos y enemigos con tanta precisión. La memoria suele jugarnos en contra y a favor y no siempre los episodios más lacerantes se desdibujan para dejar sitio a los buenos momentos, todo depende de las circunstancias en que se hayan vivido y la manera indeseable o benévola en que forman parte de nuestros recuerdos.

En ocasiones, hechos ocurridos remotamente se manifiestan con claridad; así me sucedió en el caso de Irenia, la chica que perseguía con la saña de un cazador furtivo dentro de un coto reservado a los que no eran de la catadura que me endilgaban y en el contexto de una catalogación establecida en tiempos de frustraciones confundidas con una falsa salud social y familiar, siempre sinónimo de moralidad y estulticia.

Irenia era la hija de un médico especialista en obstetricia y ginecología y su madre, estomatóloga. Para hacer aún más difícil mi situación, tenía dos hermanos varones a quienes conocía y sabía de sus depravados pensamientos, terribles o peores que los míos, pero en el caso de ellos el origen; andar merodeando todo el tiempo a sus presas en un convertible rojo último modelo y con los bolsillos atestados de dinero, les concedía ventajas capaces de cancelar cualquier mala opinión, mucho más a tono de haber sido sugeridas, que en mi propio caso.

Irenia se parecía mucho a su madre; era trigueña, esbelta y tenía un talle fino. Sus caderas eran más prominentes que lo convencional en la actualidad, pero sus piernas complementaban perfectamente su figura. Había en ella un detalle sobresaliente: sus senos; eran grandes y firmes, capaces de mostrar una exuberancia que hacia moverse de la mano del pecado la mente de cualquier hombre. Ella, consciente de sus encantos, no paraba mientes en insinuarlos siempre que tenía ocasión de hacerlo y, en consecuencia, generaba una sensación de desasosiego entre quienes éramos las víctimas de sus atributos.

Se ha dicho, y es enteramente cierto, que el hombre propone y la mujer dispone y aún en el caso de Irenia, que recién entraba en la adolescencia poseedora de un imponente cuerpo de mujer, yo soñaba con tener la oportunidad de acercármele, aunque no supiera muy bien que iba a decirle. Eran sus hirsutos senos bajo la blusa, e insinuados por un escote según el término “provocativo” vigente para la época, los que me quitaban el sueño y a la vez, en plena vigilia, imaginaba palpar con una caricia de mis manos que empezara por sus costados y terminara en sus maravillosos pezones que se me antojaban circundados por una aureola grande, perfectamente redonda y oscura.

Esa era mi obsesión de adolescente varón que no suele ver con preocupación cualquier consecuencia al acercarse al sexo opuesto. Irenia — hasta su nombre sugería un desafío — se placía en causar aquellas descarnadas lucubraciones que solían terminar en los retretes del colegio, embarrando los blancos bordes de los servicios sanitarios con el semen disparado con fuerza al masturbarnos y ahogando cualquier exclamación para no ser descubiertos por quienes en otros receptáculos contiguos hacían lo mismo. Todo dependía de la indumentaria, siempre muy fina y de inmejorable calidad, con la que aparecía ante sus devotos admiradores. Eso si, la cintura entallada y la esbelta y desafiante solidez de sus pechos como culposa e incitante manera de hacerse desear.

Pero si Irenia, un tanto desentendida del desasosiego que generaba, no pensaba en posibles riesgos; su madre, la doctora Andreina Luaces no le perdía pié ni pisada, según había escuchado, le prohibían tener novio y amistades masculinas, sólo algunas amigas que debían acudir a visitarla a su casa, de su misma condición social y la mayor parte de las veces acompañadas de sus respectivas madres, abuelas y…algún hermano varón, que terminara compartiendo con los suyos y entre los cuales el aguzado “ojo clínico” de la doctora Andreina, fuera capaz de detectar al candidato potencial para marido de su hija toda vez llegado el momento.

Riesgos siempre se corren y no era descartable que entre las puras e inocentes amigas de Irenia hubiera alguna que, reprimida, pero afanosa y denodadamente, deseara a alguien de su propio sexo; una “marimacho” como solía llamársele a las féminas de inclinaciones lésbicas. En aquellos tiempos, la sociedad, agudamente perspicaz para ejercer los juicios guiada por las apariencias, solo consideraba a una lesbiana si se vestía de hombre, llevaba el pelo muy corto, a lo “italian boy”, sus maneras eran toscas y engolada la voz para parecer de hombre.

Las apariencias engañan, incluido el penetrante ojo de la doctora Luaces que era afín a las veleidades y equívocos de todo lo que suele ser y no parecer como en el caso de Magaly, una entre las tantas “amiguitas” de Irenia. También a ella la conocía del mismo colegio al que logró asistir, aquel coto de caza reservado sólo a los de la misma condición social, emperifollados jovenzuelos de cabellera envacelinada y mollera un tanto rígida. Los que, como yo, acudíamos a la escuela pública superior donde, por cierto, había muy buenos profesores y aprendíamos exactamente lo mismo sin el dispendio que significaba el alto costo de las matrículas para los padres pudientes de los engominados, nos sentíamos tentados a merodear lo más cerca posible de las chicas hermosas y bien vestidas, siempre a la moda, que con aire displicente y lacerante superioridad nos miraban por encima del hombro.

Magaly tenía una larga cabellera castaña que solía arreglarse de la misma manera; se hacía una gruesa y larga trenza que descansaba sobre una de las dos mitades frontales de su torso. Era alta y a diferencia de Irenia, de pechos pequeños, aunque también hirsutos. Con el tiempo descubrí que, como todos los detalles del cuerpo de una mujer, esos pechos también son atractivos y hay en ellos una especie de egregia beatificación de la escultura clásica, en la que se presentan con la gracia de su diminuta potencia. Su cintura era aún más reducida que la de Irenia y su rostro denodadamente bello; sus ojos almendrados y prendidos, su nariz pequeña y alzada, sus labios, quizás rompiendo en alguna forma la armonía de su rostro, un poco gruesos sin llegar a desencajar. No había en ella nada que denotara sus preferencias que ni siquiera podía imaginar y por esa misma razón, se hacía mucho más susceptible de la compañía de algún que otro varón. Era más liberal.

Cuando yo estaba en el segundo curso del bachillerato Magaly entró en primero, andaba acompañada de una amiga que no paraba mientes en salpiconerías, recuerdo que se llamaba Lucila y no era difícil conseguir su número de teléfono; soltaba un guiño y de pronto extendía la mano con un pequeño papel doblado, contentivo de la clave más elemental para poder acceder a su solícita sexualidad. Alguna vez la llamé para dar cumplido a mi propósito de acercarme a Magaly, lo que al final conseguí, la invité al cine sin que mediara una declaración amorosa y aceptó el convite no sin causarme cierta sorpresa.

Sabíamos que había una sala que tenía fama entre los varones de ser muy oscura y era la más larga y estrecha de la ciudad; le llamábamos el “matadero” porque entre sus duras butacas de sentadera y respaldo de madera, nos enroscábamos para hacer cualquier cosa menos atender a la película y dónde nos acomodábamos, la pantalla no hubiera parecido mucho mayor que la de un televisor “big screen” de los actuales. El día que logré convencer a Magaly para que fuera conmigo al “matadero” pasaban una cinta española; era una comedia de intrigas protagonizada por el actor Fernando Fernán Gómez y la actriz que de todo tenía en sobra, menos cualidades histriónicas muy laudables: Analia Gádez. Su título era “El Monumento” y de seguro el director escogió a Analia como figura femenina principal porque ella en realidad lo era, tanto así que le empezaron a llamar “Analga”

Había una escena en que Analia se mostraba haciendo un desnudo de espalda mientras posaba para un pintor, de pié y sobre un pescante circular encaramada en unos altos tacones como único atributo de su total desnudez; la perfección de su cuerpo voluptuoso con unas nalgas generosas que nacían en el mismo comienzo del derrier, habían generado una profusa taquilla que hacía presa de los desaforados y de los psicópatas sexuales que acudían a verla una y otra vez mientras se masturbaban a hurtadillas escogiendo butacas, ni muy cerca ni muy lejos, de los que iban acompañados de una pareja con otras intenciones; tanto así, que cuando ensimismado desabrochando la blusa de Magaly para meter mi mano entre su brasier y dejar a mi alcance sus senos, ella hizo un movimiento brusco como queriendo apartarse y llamar mi atención sobre un tipo sentado unas lunetas de por medio en la misma hilera y que escondía, lo que de seguro era el pene, bajo un sombrero que cómicamente bajaba y subía como halado por los cordeles de una marioneta mientras se solazaba.

Ella lo descubrió asustada, pero yo no le di importancia para continuar en mi empeño de escarbar entre sus ropas y en lo que, con un poco de insistencia, era posible llegar al final. Aquel día fue uno de esos en los que tuve suerte y de seguro, le di motivo al tipo del sombrero para más de una eyaculación. Probablemente, entre la generosidad cinematográfica de “Analga” y mi exploración corpórea de Magaly, debió tener lo suficiente para exorcizar su calentura.

Magaly era hija de un oficial de mediano rango del ejército republicano anterior al triunfo de la revolución de Fidel Castro en 1959. Como quiera que no le pudieron sustentar ninguna acusación después de tenerlo detenido durante algunas semanas comenzando el mismo mes de enero, lo pusieron en libertad. El tipo era un déspota y un abusador al que hubiera sido más meritorio encerrarlo en virtud de lo que se consigna como violencia doméstica algo por lo que en medio de una sociedad machista como aquella nadie era acusado, y menos, verse convertido en reo e ir a parar a prisión.

Al adentrarse en la vida civil, siendo un hombre ya maduro que no había conocido otra cosa que los cuarteles, empezó a relacionarse con otros que por natural empatía eran de su misma calaña y se dedicó al juego; actividad que desde el inicio del nuevo período gubernamental se convirtió en un delito y en la que se inició como apuntador de terminales para llegar a convertirse en banquero y dirigir una red de colectores de apuestas cuyos hilos terminaban en sus manos.

Emilio, tras obtener una pequeña fortuna, inscribió a su hija Magaly en una escuela privada a petición de su esposa Antonia. Allí conoció a Irenia y se hicieron amigas. A diferencia de muchas de las finas y delicadas muchachas de sociedad que asistían al mismo bachillerato y cuyas residencias solían estar en selectas barriadas de la ciudad, Magaly vivía en el centro del conglomerado urbano en el quinto y último piso de un edificio, justo en la confluencia de dos importantes arterias capitalinas. Yo, que aún no sabía lo que se ocultaba tras la delicadeza de sus formas y su apariencia, aguardaba largas horas en la cafetería de la esquina opuesta desde donde la veía asomarse a la ventana de su habitación, único resquicio posible para burlar la férrea vigilancia del padre. Emilio, guardaba ya un terrible secreto que ni siquiera Antonia, su mujer, conocía.

Cuando las cosas comenzaron a materializarse allende las apariencias y como piezas de un rompecabezas, todo lo que ocurría fue concretando nuevas realidades. A ello contribuyó la sinceridad espontánea de Magaly que decidió convertirme en el depositario de sus confidencias y de lo que ella consideraba sus pecados en virtud de lo cual cometía uno aún mayor, el de justificar las golpizas y los abusos de Emilio siempre acompañadas de las peores ofensas verbales. Confundida por lo que movía su razón entre sus deseos y la supuesta lógica de su progenitor, Magaly se convirtió en parte de esa categoría que entre las alternativas de la relación de pareja se define como bisexualismo. Desnuda ante el espejo y en la soledad del cuarto de baño, deslizaba sus manos por su cuerpo y poco a poco, aprendió a adorar con un deseo vehemente y aún inexplicable para ella, el de otras muchachas que, como Irenia, no debían esforzarse demasiado para concitar ideas de placer que llegaran a convertirse en hechos consumados. Mientras, secretamente, saciaba sus deseos masturbándose en lo que conseguía repetidos y placenteros orgasmos.

Confieso que llegué a sentirme atraído por Magaly con una fuerza que hasta entonces no había conocido; ella no sólo me gustaba por su físico, su voz era agradablemente atiplada y con una tesitura cálida que la ponía fuera de toda sospecha afín a los estereotipos tenidos por común a las mujeres que aman y desean a otras mujeres. Yo había podido comprobar que Magaly sentía como mujer al contacto prolongado de su boca en las desvencijadas lunetas de aquel largo y oscuro cine, escenario de nuestros encuentros. Llegué a descubrir, mediante el afán indetenible de mis intenciones, que Magaly había perdido su virginidad y pensando que inquirir cómo y cuándo era inoportuno; callé, ubicándome en una oscura zona de confrontación entre el pudor, el temor y el deseo. Cada vez que rodeaba su torso entre mis brazos olvidaba cualquier razón y tenerla cerca, me producía sensaciones que no pretendía evitar. Siempre me parecía poco lo que sentía con ella, sobre todo, el tiempo que compartíamos.

De otra parte, mi relación con Magaly me brindaba la posibilidad de acercarme a Irenia que por razones que no lograba entender del todo, estaban motivadas por el afán de apretar sus pechos como si yo fuera un guerrero, un cruzado que imponía su voluntad de dominio cuando de un solo lance lograba vencer en duelo a su oponente haciendo caer su escudo. Eso eran para mí sus enormes y turgentes senos; una especie de escudo que debía ser apartado por mis manos, para dejarla desarmada y acceder a otras zonas menos visibles de su anatomía cuya impronta se me antojaba profusamente similar y abundante. Estaba seguro de que aquella virtud de su naturaleza femenina, una vez derrotada entre su tersura y mis dedos, la harían completamente vulnerable.

Un día, de esos en que suelen ocurrir cosas inesperadas mientras se suceden con fluidez y estrepitosa velocidad los acontecimientos, Magaly apareció en la ventana exhibiendo lo que a distancia podía descubrirse como un moretón en uno de sus ojos. Aquello que de por sí hubiera bastado para transfigurar su belleza en una mueca de terror, me la mostraba aún más pálida de lo que normalmente era, sus ojos denotaban pena y el enrojecimiento propiciado por una reciente crisis, me convencieron de que había estado llorando. Me hizo señas de que debía esperar un rato y yo asentí desde el otro lado de la calle, sintiendo que me embargaba una extraña zozobra presagio de algo desconocido y por suceder.

Cuando finalmente apareció en el pórtico, me advirtió que no cruzara y que siguiera calle arriba, hasta la próxima intersección, mientras, ella hacía lo mismo desde la otra acera. Entretanto, adelantaba su recorrido con la gracilidad de sus pasos que yo observaba con satisfacción, pero sin que me abandonara la zozobra que agitaba mi respiración en el preámbulo de aquel encuentro. No le faltaban razones para desconfiar; Emilio, que tenía por escenario de sus ilícitos negocios el barrio, podía aparecer en cualquier momento y Magaly observaba en todas direcciones para estar segura de que no sucediera.  Cuando movía la cabeza, noté una marca en su rostro. Observando más de cerca, vi que había una mancha alargada y uniforme de color violáceo y amarillento en el costado de su cara, delineando el pómulo derecho. Finalmente me hizo señas para cruzar. Ignoré los vehículos, varios bocinaron para advertirme. Solo tenía ojos para ella mientras intentaba que me detuviera.

Eran alrededor de las dos de la tarde cuando la abracé, su primer impulso fue el de apretarse a mí y entre su respiración agitada, sollozos y balbuceos me apartó con delicadeza mientras le escuché decir: hoy no vamos al cine, necesito aire; aire puro que haga el milagro de permitirme respirar un ambiente de claridad y limpieza del que mi cuerpo y mi mente no gozan ya hace mucho y en el que debo vivir y soportar en silencio las cosas que me pasan. Levanté mi cabeza por encima de la suya y apoyé mi mentón en la comisura en la que terminaba la frente y comenzaba su cabellera, que aquel día lucía suelta en ademán de dejadez e indiferencia y cuyo color de miel parecía más acentuado que cuando solía hacerse la trenza. El aroma, aunque conocido, siempre me parecía nuevo. Permanecimos en silencio, con la cercanía de nuestros cuerpos como única forma de comunicación.

Sin poder precisarlos, miraba los contornos de las fachadas que servían de escenografía a nuestro encuentro y los rostros de los transeúntes que deambulaban, cada uno, envuelto en sus quehaceres, sobre las aceras y entre los soportales. Al fin me dijo: vamos al Parque de los Enamorados; allí fue la primera vez que escuché con atención lo que me decías. Desde aquel día, gané su confianza y trascendí a su conciencia con mis palabras. Me convertí en custodio de sus secretos y del único amor real que confesó sentir por un hombre.

El Parque de los Enamorados está a la derecha y al final del Paseo del Prado y en su centro se hallan los restos de una mazmorra en que José Martí sufrió prisión a una edad tan temprana como la que teníamos nosotros. Me había detenido muchas veces en aquel lugar a pensar cuan terrible debió haber sido para él, supervivir tras aquellos barrotes gruesos y herrumbrientos y tirado en la oquedad de aquel hueco halando un pesado grillete que dejó en su piel la laceración de una fístula imborrable a lo largo de su corta y prolija existencia de 42 años. Cada vez podía sentir el olor del moho que la humedad del lugar recreaba constantemente como si fuera entonces; no muy lejos, en la Explanada de la Punta, se halla el monumento en forma de glorieta erigido a la memoria de los ocho estudiantes de medicina fusilados en 1871 en acto de flagrante injusticia cometido por el gobierno colonial.

Al otro extremo del canal de la bahía, las fortalezas del Morro y La Cabaña que Antonelli concibió y se construyeron luego, como velatorio del imponente azul del mar difuminado entre la claridad celeste. Ella se sentó en uno de los bancos ubicándose frente a mí, a la vez que hurtaba su mirada tratando de esconder el rostro de su vergüenza. Aunque comprendía que la situación no era así, decidí preguntar de manera directa levantando su rostro con delicadeza por el mentón. Le pregunté: ¿tuviste una caída?, ¿sufriste un golpe fuerte?, ¿qué es esa marca en tu mejilla? Ante cada uno de mis cuestionamientos su llanto se hacía más fluido y audible y por esa razón incondicionada de los humanos, sentí preocupación de que alguien pudiera considerarme culpable por ello. Fue mi padre que me pegó con una plancha de costado y después me abofeteó descargando toda su ira. No es la primera vez, murmuró, y a pesar de todo lo que me ha hecho, sus maltratos nunca me han dolido tanto y cada vez se me hacen más insoportables.

Ven y siéntate, dijo. Ya no puedo más con esto y te lo voy a contar, aunque no sé cuál será tu reacción. Quizás después esté más sola, siendo juzgada y despreciada. Empezaré por lo que ya sabes: no soy virgen, pero no dejé de serlo entregada a un hombre por amor y voluntad; fue el asqueroso de Emilio, mi propio padre, quien me violó y lo sigue haciendo una y otra vez para, según lo que siempre repite, hacerme conocer lo que es un hombre y castigarme por lo que una vez vio.

Sentía que sus revelaciones eran demasiado fuertes y aunque había escuchado muchas historias contadas por matronas que habían dejado pasar su juventud en los campos de los que mayoritariamente provenían sin acercarse a un hombre sólo por el “qué dirán”; lo que me contaba acontecía en tiempo presente, en la ciudad y en un ambiente supuestamente civilizado. Tendrían que transcurrir muchos años para comprender que el medio no obsta para que cosas así puedan ocurrir y Magaly era la prueba irrefutable que se acomodaba a mí lado como ánima golpeada en su dolor, buscando apoyo y comprensión. El silencio me embargó, carecía de elementos y lo peor, de argumentos capaces de explicar con ánimo de dar consuelo a quien no podía tenerlo al enfrentarse al acto de la incestuosa y abominable relación a la que su propio padre la forzaba.

Finalmente, formulé la pregunta que ella esperaba: ¿qué vio tu padre para castigarte así?, no creo que nada lo justifique ¿Conoces a Zenia, la que vive en mi edificio?, la mulatica de pelo alborotado del tercer piso; sí, le respondí; recordé entonces que en más de una ocasión Zenia me había sugerido sentimientos inconfesables, sobre todo, en aquellas circunstancias. Zenia no era una adolescente, más bien una morena clara en sus veinte, que tenía un porte muy característico de muchas de su raza: figura alargada, cierta estrechez de caderas, senos diminutos, nalgas pronunciadas y firmes, no tan grandes, aunque lo suficiente para que a su paso todos volteáramos a mirarla y repetir siempre lo mismo: - ¡Avemaría! que culito más rico tiene esa mulata…

Magaly coincidía con Zenia en el edificio con bastante frecuencia y según me contó, estableció con ella una amistad que, de su parte, sólo pretendía encontrar a alguien en quien confiar y aunque me juró que nunca le había dicho lo de la violación, sí le había confesado las golpizas que, tanto a ella como a su madre, Emilio les propinaba. La mulata no perdió tiempo en aprovecharse de la situación e intuyendo las posibilidades, decidió pasar del consuelo verbal a la conquista.

Recordé que en el barrio andaba en boca de muchos que Zenia “apuntaba y banqueaba”, que le gustaban las dos cosas, pero que no aceptaba compromiso con ningún hombre porque le parecían abominables, todos al final una cuerda de mentirosos y abusadores que sólo pretendían disfrutar de su culo y después tirarla y a ella, según afirmaba, no iban a convertirla en víctima. Posiblemente en un acto de reflejo y deseos reprimidos, optó por hacer lo mismo y gozarse, hasta obtener los orgasmos más apetecibles en el contacto y la relación íntima con otras mujeres. Ese día Magaly salía del apartamento de Zenia donde con las artes más sutiles en el cuerpo a cuerpo había conseguido acostarse con ella y disfrutar de su cálida y tímida desnudez acariciándole el pubis que se exponía sin voluntad a sus sabios dedos, mientras, la observaba moverse entre contorsiones de placer y en la antesala del acto supremo y voraz de acudir a su clítoris con su lengua intranquila, desenfrenada y punzante.

En lo que se despedían bajo el dintel de la puerta, Zenia mordía los labios de Magaly con un beso apasionado, pero el silencio quedó roto con un ruido de pasos, seguido por un grito inquisitivo y desgarrado que se dejó escuchar en la soledad del corredor que conducía a la escalera donde apareció Emilio, separando con furia a su hija de la mulata, que les tiró la puerta en la cara segura de que Magaly haría todo lo posible por volver; lo demás, era la afrenta de un abusador de mujeres, hija y esposa incluidas, que no sólo se merecía conocer la realidad, sino también padecer el ultraje de su malhadada hombría ante la evidencia de lo inevitable.

Mientras más me contaba, mayor era mi sorpresa. Se me hacía difícil recrear aquella escena de pasión y lujuria entre las dos mujeres que, tras la dulzura de plácidos orgasmos, se vio convertida en acto de violencia contumaz. A empellones, Emilio metió a su hija en el apartamento y dejando entrar la luz a horcajadas por la amplia ventana de su dormitorio, la empujó sobre el lecho, se quitó el cinto y comenzó a ripiar sus ropas  en lo que ella trataba de cubrirse y él le daba de cintazos haciendo que desplazara sus manos hacia las zonas de dolor que provocaban y dejar al descubierto su intimidad ante la enrojecida mirada del violador — su propio padre — que airadamente le repetía: cabrona, hija de puta, tortillera… vas a saber lo que es un hombre y seré yo el único que de ahora en adelante te va a enseñar a ser mujer.

Sin quitarse la ropa, se desabrochó el pantalón y expuso el pene objeto de una erección que hacia mucho no lograba conseguir; entre gritos, forcejeos y aguantando con una de sus manos los brazos de su hija mientras le separaba las piernas con la otra, la penetró; no sin que cierto atisbo de temor le hiciera prevenir derramarse en su interior para evitar un embarazo. Exánime, consumado el hecho y sin poder siquiera imaginar lo que había sucedido, ella sintió un dolor físico en lo más bajo de la pelvis. Con una mueca de terror y en medio del llanto, lo vio desgreñado, balbuceante y tratando de componer su desaliñada apariencia para escucharle decir: así que eras señorita cabrona, preferiste las caricias de esa negra inmunda y tortillera a las de un macho que aborreces, pero nunca vas a olvidar quien fue el dueño de tu virginidad, el único al que no podrás evitar y quién sabe si con el tiempo, ni siquiera odiar.

Como es habitual en estos casos, el chantaje sucede a la acción aberrada que Emilio, desde su torcida perspectiva, consideraba punitiva. Si le dices algo a tú madre las mato a las dos, sabes que hace tiempo no las tengo todas con ella y menos contigo, estoy cumplido y no me costaría mucho esfuerzo ir a pasar mis últimos años a la cárcel; en cierto modo mi vida al lado de la infeliz de Antonia no ha sido nada agradable y me ha obligado a andar acostándome con cuanta puta se me ha ofrecido y ahora esto; la única hija que me ha dado, una tortillera capaz de hacer cochinadas a la vista de todos, poco me importaría mandarlas a las dos al infierno. Te advierto que de aquí en adelante harás lo que yo diga y me complacerás en lo que yo quiera, haber tenido tú cuerpo me provoca y aunque te escondas y busques a esa negra o a otras como ella, no dejarás de ser mujer entre mis manos, en mi cama, y cada vez que me dé la gana; entiéndelo bien, siempre he sido un pecador y a mis años, ni puedo, ni quiero arrepentirme.

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El doctor Roberto Téllez Agramonte había nacido en La Habana, pero sus antepasados y sus raíces familiares se vinculaban con algún que otro ilustre apellido de la floreciente y próspera aristocracia camagüeyana de principios del siglo XIX, su abuelo paterno había combatido en las huestes de Ignacio Agramonte y Loynaz alcanzando el rango de coronel. A la muerte en combate del “Bayardo” — sobrenombre por el que era conocido “El Mayor”— estuvo directamente vinculado al generalísimo Máximo Gómez y al finalizar la campaña de 1895 y por el hecho de ser abogado, desempeño varias funciones públicas durante los gobiernos de José Miguel Gómez (1909-1913) y Alfredo Zayas Alfonso (1921-1925).

El padre del doctor Téllez se había recibido en España como médico y había realizado algunas especializaciones en Francia y posteriormente en los Estados Unidos. Durante la tormentosa década de 1930 Roberto cursó sus estudios de medicina en la Universidad de La Habana e hizo la especialidad de obstetricia y ginecología, la misma del padre, que lo envío a los Estados Unidos donde le fue requerida la realización de varios cursos e internados para obtener las recomendaciones de rigor. Terminada una estancia de casi tres años entre Washington D.C. y Boston, regresó a Cuba donde le esperaba la grata sorpresa de encontrar un consultorio, completa y perfectamente habilitado, con los más modernos y variados recursos para el ejercicio de su especialidad. El padre, ya en retiro, se había ocupado de que todo quedara en el más perfecto orden, el gasto no era problema; y la clientela sería, en primera instancia, heredada de él mismo.

La vida profesional del doctor Téllez comenzó por todo lo alto y su matrimonio con la doctora Andreina Luaces se llevó a cabo con rapidez, constituyendo un acontecimiento social trascendente. En años consecutivos nacieron sus tres hijos, primero Roberto Rafael, luego Ernesto y por último la hembra esperada, objeto de increíbles mimos y cuidados desde muy pequeña por ser la “benjamina” de la familia; el nombre que Andreina escogió para la niña fue Irenia de la Luz. A ella, por cierto, lo del complemento a su patronímico, no le hacía gracia y muy pocas personas fuera del ámbito familiar, sabían que ese era su nombre completo.

Corría el año 1961 y el gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro se había propuesto cambiar aceleradamente los estándares económicos y sociales y en medio de la orgía populista que caracteriza la acción inmediata de este tipo de regímenes, se comenzaron a desconocer las estipulaciones vigentes, en su mayoría inspiradas y refrendadas por la constitución republicana de 1940 — que Batista había dejado sin efecto en el 52 —  y se dio inicio a la promulgación de leyes revolucionarias; las de reforma agraria, la de reforma urbana y la de nacionalización de la enseñanza entre otras. Se procedió a la expropiación de la gran empresa privada de origen nacional y extranjero y de las instituciones bancarias vinculadas a ellas como respaldo necesario para la financiación de los proyectos capaces de impulsar el desarrollo que en Cuba era notable. Como consecuencia inmediata se desató la estampida de las personas que se vieron afectadas directamente por las medidas tomadas y que en su gran mayoría se dirigieron a los Estados Unidos, destino común y conocido de los que alguna vez habían tenido la oportunidad de viajar. En medio de la coyuntura de franco y abierto enfrentamiento de Castro y los revolucionarios contra los norteamericanos, el país del norte era el único lugar que, según pensaban, permitía obtener ciertas garantías de permanencia a cualquier plazo.

Aplicando la estrategia de dividir e imponerse, al gobierno le fue relativamente fácil ir deshaciéndose de aquellos a los que consideraba como enemigos reales o potenciales. Mediante la aplicación del estereotipo de la lucha de clases, enfrentó a pobres con ricos, proletarios contra burgueses y campesinos contra terratenientes, para tratar de demostrar que estaba al lado de los más débiles. Atrapados entre la presión gubernamental y las manifestaciones de los que se consideraban reivindicados, todos los que de alguna manera no encajaban en los planes vigentes y por venir, empezaron a sufrir las consecuencias. Después de la aprobación de la ley de nacionalización de la enseñanza y de la expulsión del país de un elevado número de sacerdotes católicos — más de trescientos en una misma ocasión en un buque de bandera española llamado Covadonga —  que en su mayoría se hallaban vinculados a la enseñanza en las escuelas religiosas (el propio Castro había estudiado hasta concluir el bachillerato en una de ellas) comenzaron a desdibujarse los límites entre la enseñanza pública y la privada terminando por disolverse y que cada quien acudiera a matricularse en la escuela correspondiente según su domicilio.

Aquellas muchachas aristocráticas y de buenas familias y los impolutos y varoniles vástagos provenientes de los sectores más acaudalados; se vieron, de la noche a la mañana, reunidos en un mismo salón de clases con otros jóvenes cuya extracción social nunca les hubiera permitido relacionarse. Todos empezaron a formar parte del mismo ambiente de barrio que sin llegar a ser lacerante, era el que se vivía en las escuelas públicas antes de comenzar a cambiar la situación. Irenia, como las demás, estaba a mano de los encontronazos con tipos de su misma edad, pero con experiencias de vida que se generaban entre el deambular en las callejuelas de los vecindarios y de las que no podían apartarlas ni los empeños de abuelas y madres que, como Andreina, comenzaron a vivir y padecer bajo la constante presión de no poder evitar que sus hijas se enfrentaran a otra realidad más allá de las “buenas costumbres” de sus hogares.

En el domicilio de la familia Téllez-Luaces, una amplia mansión de dos pisos en la barriada del Vedado, día a día, se vivía la zozobra de ver cómo se trepaban al convertible de los hermanos Téllez personas desconocidas y cuyo origen les parecía muy deleznable a sus padres, sobre todo a Andreina; pero lo que más les molestaba era ver acercarse a Irenia a los jardines de la casa en compañía de nuevas amistades cuya cercanía no les parecía confiable ni conocida. Acudíamos a clases en la misma escuela de la calle Línea en la que su propietario, un conocido y famoso educador, había colgado una gran tela que rezaba: “Gracias Fidel” en el 59 y que solo dos años más tarde, tras poner pies en polvorosa, se proponía comenzar una nueva etapa de su vida y la de los suyos como exiliado y huyendo del mismo gobierno que proclamaba no querer saber nada de burgueses y explotadores.

Andreina y el doctor Téllez trataron de aferrarse a la idea de permanecer en el país y comenzaron a compartir el tiempo de su desempeño profesional entre el ejercicio de sus actividades en centros de atención pública y la continuación de la práctica privada en los respectivos y suntuosos gabinetes de que disponían, pero cada vez se hacía menos lucrativa y comenzaba a sufrir bajo los efectos de la escasez en la distribución de los recursos que ex profeso, el gobierno les racionaba para hacerlos desistir del empeño. El doctor Téllez, persona reconocida a escala nacional; aceptó un puesto de director de servicios médicos y profesionales en uno de los hospitales de maternidad más importantes de La Habana y donde le sobrevendría el golpe demoledor y bien planeado, por quienes envidiaban su fama y habían anhelado sacarlo del camino hundiéndolo en el fracaso que no merecía y que terminó con la posibilidad de que continuara ejerciendo su profesión al verse involucrado, sin razón, en un sonado escándalo.

El primer contratiempo sobrevino cuando Roberto y Ernesto llamaron por teléfono desde Miami para hacerle saber a sus padres que habían escapado en el yate de la familia que les cuidaba un fiel empleado en la playa de Jaimanitas, al oeste de la capital. Ambos planearon la huída y le hicieron creer a Armando, el encargado, que tenían permiso del padre para salir a pescar. Las autoridades que custodiaban los puntos de salida habían comenzado a tomar medidas para evitar las fugas y una de ellas fue confiscar, sin dar explicaciones, las luces de navegación para hacer ilegal el movimiento nocturno de las embarcaciones. Armando les advirtió que regresaran antes del anochecer porque podían ser detenidos, la embarcación decomisada y crearle a él un gran problema y una preocupación más a su padre; pero lo que parecía el principal motivo de tal requerimiento era la ventaja para llevar a cabo el plan, la nocturnidad.

Salieron al mediodía y haciendo como que pescaban, al caer la tarde, pusieron proa a cualquier punto ubicado en el largo rosario formado por las islas de los cayos al sur de La Florida. En una noche quieta de una tenue luz que se reflejaba sobre el mar con luna de cuarto creciente y en poco más de cuatro o cinco horas, avistaron las luces del Cayo Marathon convertido en puerta de entrada a la vida que anhelaban, lejos de las amenazas y las presiones de los nuevos presupuestos a los que en Cuba el gobierno forzaba a los jóvenes a participar: los Jóvenes Rebeldes, las Patrullas Juveniles, los Cinco Picos, las Escuelas de Instrucción Revolucionaria o en el peor de los casos, servir obligatoriamente en el ejército. Además, en Miami tenían un tío hermano de Andreina, que fue de los primeros en largarse cuando la compañía petrolera en la que ostentaba un cargo gerencial fue nacionalizada entre las primeras.

Irenia nunca conoció del plan y después de enterarse de lo sucedido y ver a sus padres padeciendo la agonía de tener lejos a sus hermanos sin una inmediata posibilidad de reencuentro, lloró por semanas su ausencia, pero al igual que Andreína y el doctor Téllez, se conformó a la realidad de ver el hogar diezmado por la separación. Al principio, le encargaron mucho a Samuel, el hermano de Andreina, que velara por ellos y no menos de dos veces por semana se comunicaban por teléfono en la casita de la Pequeña Habana en que Samuel los acogió y en la que vivía rentado echando de menos los lujos de la cómoda y amplia residencia de Miramar que había dejado atrás a una edad madura, para volver a comenzar en un medio desconocido y difícil junto a su mujer y sus dos hijos, primos de los hermanos Téllez Luaces.

A Roberto y Eduardo, sin embargo, se les hacía difícil soportar las penurias de dormir en un sofá-cama en la salita del inmueble de dos habitaciones, una ocupada por el matrimonio de sus tíos y la otra por los hijos, hembra y varón, que aún en edad escolar, debían estar en pié muy temprano para ser recogidos por la furgoneta que los llevaba de ida y les traía de regreso cada tarde. Samuel comenzó a exigirles que buscaran un trabajo para que contribuyeran a la precaria economía familiar pero los jóvenes, carentes de oficio, estaban convencidos de que su arribo a los Estados Unidos no era para sufrir una vida de privaciones.

Una vez más, valiéndose de coartadas y subterfugios que a Samuel, atenazado por las preocupaciones no le interesaba verificar demasiado, escaparon a Nueva York donde habían entrado en contacto con un coetáneo amigo de ambos apodado Puchi y junto al que habían formado parte de una agrupación de adolescentes creada en La Habana de finales del 58 a imagen y semejanza de las existentes en el país en que ahora se encontraban y al socaire de los vientos de rebeldía juvenil de los tiempos de James Dean y aquel famoso film, “Rebelde sin Causa”, preámbulo de su fatal final. Ellos mismos se hacían conocer entre los círculos a los que los jóvenes revolucionarios acusaban de bitongos y contrarrevolucionarios como los “Black Jackets”, consuetudinarios asistentes a fiestas que solían organizar en las mansiones de sus respectivos padres y donde se escuchaban las placas de Paul Anka — el Big 15 —, las baladas de Elvis Presley y la música febril de Bill Halley, Little Richard y algún tiempo después, de dos grupos ingleses que empezaron a sonar con fuerza en forma clandestina: The Beatles y The Rolling Stones.

Una mañana en que Julieta, la esposa de Samuel, salió de la habitación a preparar el desayuno en la pequeña cocina, se percató de que el sofá-cama estaba cerrado; puso a Samuel sobre aviso y lo interrogó en lo que él se rasuraba frente al enmohecido espejo de un pequeño botiquín del baño con el fin de acudir a una entrevista de trabajo. Samuel apareció en la salita e intuyó que los muchachos no habían dormido allí esa noche, pero cuando se disponía a hacer partícipe de su sospecha a la mujer, vio una nota recostada al búcaro que adornaba la mesa en la que compartían los alimentos cada día; la misma de hacer planes, sacar cuentas para ajustar el reducido presupuesto familiar y sentarse a mirar los programas de la televisión americana con el afán de entender mejor el inglés, convertido ahora en una lengua de la que forzosamente tendrían que apropiarse, si querían obtener un empleo mejor remunerado que el de lavar platos en los hoteles de Miami Beach o acudir a las tomateras de Homestead y Florida City.

“Muchas gracias, tío, por el favor que nos has hecho; no fue nuestra intención causarles molestias, nosotros nos hemos sentido más incómodos que ustedes y a lo mejor algún día nos podemos volver a ver. Para su tranquilidad sólo sepan que nos fuimos a Nueva York, a casa de un amigo”

Ambos estamparon sus firmas con nombre y dos apellidos dejando entrever que se creían importantes, tanto como su propia formación les había hecho sentir, aunque seguramente, sin saber que nada iba a ser como ellos pensaban. A Samuel, que leyó la nota en silencio para después pasársela a Julieta, lo invadió una extraña confusión: por un lado, se sentía aliviado, nunca y a pesar de que la presencia de sus sobrinos se le hacía incómoda, les pidió que se fueran, pero; ¿qué le diría a su hermana cuando volviera a llamar? Ni siquiera podía darle razón de dónde estaban porque Nueva York es una colosal ciudad donde ubicar personas sin una referencia específica es imposible y era eso, precisamente, lo que pretendían los hermanos Téllez, desaparecer en la bruma del anonimato y entre el inquietante quehacer de más de dos millones de personas en el corazón de la urbe.

El día que Andreina supo lo ocurrido cayó en una crisis de fuertes dolores en su columna vertebral provocados por una avanzada osteoporosis que su propio marido le había diagnosticado y corroborada después por varios especialistas amigos del doctor Téllez. Quedó postrada y empezó a consumirse. La belleza de mujer madura que había logrado conservar en su rostro entre cremas y tratamientos para la edad, fue desapareciendo y en su lugar, una contrición permanente acompañada de un mal color y una delgadez cada vez más notoria, hicieron sospechar a su marido que había algo más. Andreina era víctima de un cáncer que no encontró paliativo, mientras, yacía sobre una cama fowler que habían habilitado en su dormitorio para que se sintiera más cómoda en los momentos de agonía. El último día, las únicas palabras que se le escuchó decir en presencia de Irenia y Roberto fueron: díganle a mis hijos que los he perdonado, ellos no han tenido la culpa de nada, tenían que hacer su vida y tú, Roberto, cuida mucho a Irenia, ella es todo lo que te queda; luego abrió los ojos desmesuradamente y su entrecortada respiración se detuvo de golpe.

En el hogar de los Téllez las cosas comenzaron a cambiar y era lógico; una familia que todo lo había tenido: notable posición económica y social, buenas relaciones y muchas amistades y la bien ganada reputación de su patriarca, el doctor Téllez Agramonte; ahora, de golpe, enfrentaba una crisis que no parecía tener fin; los hijos, que después de haber huido no aparecían ni siquiera ante el crucial evento del fallecimiento de su propia madre, Irenia que a punto de alcanzar la mayoría de edad y convertirse en una mujer acababa de perder el consejo de su progenitora en el que se había apoyado y cuya relación de dependencia con respecto a ella era tal, que no podía tomar decisiones y hasta las cosas más elementales relacionadas con la casa y su padre, le parecían una tarea ciclópea. Nada que decir de las obligaciones cotidianas de un hogar, que con la enfermedad de Andreina se vieron reducidas a un nivel de supervivencia inmediata y que, con el agravamiento de la situación general del país, constituían todo un reto. Todo lo que antes parecía normal, se hacía difícil; encontrar alimentos básicos cuya escasez era cada vez más notoria, productos higiénicos y sanitarios para el hogar, ropas, zapatos, medicamentos, en fin, nada era fácil y menos para una joven como Irenia, cuyo mecanismo de defensa enfrentada a aquellas circunstancias solía ser un absoluto desentendimiento.

Por otra parte, y en los tiempos en que la salud de Andreina se tornó más crítica, sobrevino el problema del doctor Téllez en el hospital en que trabajaba. Como todos sabían que continuaba en el ejercicio de su práctica privada, urdieron el plan de acusarle del desvío de recursos del almacén de la institución en que prestaba sus servicios; insumos de uso general y medicamentos que por su importancia y la cada vez más acentuada escasez, estaban bajo un estricto control. Supieron de la fuga de sus dos hijos a los Estados Unidos y de la muerte de su mujer, algunos, en franca y abierta actitud de ladina hipocresía, le manifestaron sus condolencias que el doctor tenía la certeza de que no eran sinceras; en él, se daba la difícil situación de ser una persona que por su origen y su desempeño profesional anterior, carecía de sólidas relaciones con sus compañeros de labor en el hospital y su círculo de amistades íntimas, estaba reducido a un puñado de necios de buena fe que en corrillos muy delimitados, afirmaban y confiaban en que la situación que se vivía en el país, no iba a prolongarse.

El doctor Téllez había comenzado a vivir una vida muy diferente y de ser un bebedor social de fines de semana involucrado en pesquerías, reuniones de amigos, su reducida familia residía en la finca familiar que aún conservaban en Camagüey, y algún que otro encuentro fortuito, empezó a beber alcohol a diario tratando de conjurar, o al menos paliar, la depresión que lo estaba atacando. Repetidamente llegaba tarde a la casa y ni siquiera veía a su hija Irenia, no le interesaba, se puso extremadamente delgado y descuidó su apariencia al extremo de presentarse en situación inconveniente a realizar su trabajo. Todas las condiciones estaban creadas para asestarle el golpe final y un día a su llegada a la oficina la encontró cerrada; habían cambiado la llave del picaporte en la cerradura e introducido una nota entre la puerta y el umbral que le ponía sobre aviso de que se presentara en la dirección general donde el director y otros dos individuos le esperaban para reunirse con él.

Su primer impulso fue tirar la nota después de haberla convertido en un rollo al apretarla en su mano; rectificó y la estiró, la dobló con cuidado y la introdujo en uno de sus bolsillos. Se dirigió al cuarto piso en el que se encontraba la oficina del director, allí lo estaban esperando el doctor Fabián Méndez, coetáneo y excompañero suyo de la universidad, pero de esos cuyo talante y desde aquellos tiempos, le proveían de mejores aptitudes para administrar y dirigir que para ejercer su profesión. Tipos como Méndez empezaban a ganar terreno en todos los frentes debido a que la revolución anteponía la supuesta capacidad política y administrativa de los funcionarios a su rendimiento como profesionales y especialistas en determinada rama. El mérito científico comenzaba a ser concebido como algo secundario mientras la adulonería, las delaciones y la “intransigencia revolucionaria” pasaban a ocupar un primer plano.

Téllez observó, no sin cierto recelo, que junto a Méndez se hallaban los otros dos individuos, uno de civil y el otro vestido de militar con el uniforme de la Policía Nacional Revolucionaria; sobre sus charreteras, cuatro insignias — chágaras, como les llamaban — que le permitieron entender que aquel sujeto ostentaba el grado de primer capitán. Méndez comenzó la conversación y sin grandes preámbulos le extendió a Téllez un folder contentivo de unas cuantas cuartillas que constituían un informe minucioso de sus supuestas actividades delictivas en el hospital. Durante más de cinco minutos leyó su contenido mientras su rostro se transformaba entre muecas sucesivas de asombro y sus ojos se enrojecían de furia a la vez que le costaba trabajo dar crédito a lo que allí decía; sin concluir, cerró el folder y lo tiró sobre la mesa de Méndez quien le advirtió que: ante las contundentes evidencias “probadas”, no tenía otra alternativa que presentar su dimisión.

Téllez no se inmutó y hasta llegó a pensar que aquello sería, sino beneficioso, hasta más cómodo para él, haciéndole saber a Méndez que ese mismo día tendría sobre su escritorio su petición irrevocable de renunciar. Se levantó y pidió permiso para retirarse, entonces aquellos dos enigmáticos personajes entraron en acción y el de civil, que habló primero, le dijo: doctor Téllez, la cosa no es tan fácil, el Ministerio de Salud Pública, al cual represento y el compañero capitán Curbelo que me acompaña, debemos proceder en función de todos los informes que obran en nuestro poder y que en su momento tendrá oportunidad de conocer, debe usted saber que se le permitirá regresar a su domicilio, pero bajo orden de detención, por lo cual queda usted desautorizado para continuar la práctica de su profesión y debe presentarse una vez por semana a firmar un registro en la estación de la PNR más cercana a su domicilio en tanto sean concluidas las investigaciones.

El montaje preparado en su contra concluyó aquella mañana con la primera y única intervención del capitán Curbelo: ¿doctor Téllez, tiene alguna pregunta?, ¿está usted consciente de la gravedad de su situación?  La única respuesta fue otro cuestionamiento de Téllez: ¿puedo retirarme? Un absoluto silencio le proporcionaba a aquel recinto un ambiente patibulario y Méndez, levantándose de su butaca, se dirigió a la puerta del despacho abriéndola sin prisa para hacerle saber a Téllez que tenía hasta el medio día para recoger sus pertenencias de la que había sido su oficina, ahora abierta con tal propósito. A la vez, con aire de satisfacción y socarronería, le repitió: sólo sus pertenencias, Téllez… no trate de hurtar nada más.

Roberto completó su tarea antes del tiempo asignado. En su maletín llevaba un pisapapeles que recreaba una escena navideña con un muñeco de nieve sobre una superficie blanca. Al girarlo y luego enderezarlo, se veían caer pequeños copos de nieve sobre el muñeco. Téllez recordó las mañanas frías de Washington y Boston en que la realidad, representada en el objeto, había formado parte de sus propias experiencias, pero para él tenía un valor sentimental; fue el obsequio de una paciente que, sin muchos recursos para otro tipo de consideraciones, le demostró el aprecio que le tenía por haber contribuido a salvarle la vida.

Bajo el brazo, un marco bañado en plata contentivo de una imagen fotográfica de la familia en que sus hijos eran aún pequeños; todos disfrutando sonrientes de las bondades del ambiente y la vegetación de la Hacienda Cortina en Pinar del Río, en medio del orquidiario que hacía las delicias de Andreina. Volvió a la realidad y mientras se dirigía al exterior pudo descubrir que quienes coincidían con él, muchos de los cuales habían sido sus subalternos, lo miraban como un apestado y sin decir palabra. Su último encuentro fue con las dos empleadas de la recepción y un anciano que atendía la puerta principal con el fin de indicar a los concurrentes hacia dónde debían dirigirse según las remisiones que portaban. Hasta luego, Luis, dijo Téllez, pero el hombre bajó la cabeza y evitando responderle, abrió la pesada puerta de cristal y gruesos marcos de aluminio que, de seguro, jamás volvería a atravesar.

Dirigiéndose al lote de estacionamiento, abordó el Mercedes de color azul metálico del 58, un sedán modelo l90-D, que había sido mudo testigo de sus paseos familiares a Varadero, Santa María del Mar y Guanabo, a las fiestas de sus colegas, la mayoría en el exilio, o de sus salidas con Andreina disfrutando de la placidez gastronómica de lujosos restaurantes y los fastuosos espectáculos de los principales centros nocturnos de la capital, y a la que ahora imaginaba a su lado mientras le decía: no podemos quejarnos Roberto, tenemos una bonita familia; posición y reconocimiento, muy buenas y selectas amistades, un bello hogar y seguimos queriéndonos como el día en que nos conocimos en la universidad ¿En que se había convertido todo?, ¿quién hubiera podido imaginar lo que ahora sucedía?, ¿cómo enfrentar las circunstancias en lo adelante? El Doctor Pérez Collado, su abogado y consejero, se había esfumado como fantasma en aquella desaforada huida que muchos estaban protagonizando. Su soledad era casi absoluta, Irenia era su única compañía, pero: ¿cómo hacerle entender que no tenía salida?, que era objeto de una calumnia y que carecía de aliados, inclusive ella, él lo sabía, sería también una víctima. En su cabeza retumbaban las sentenciosas palabras del funcionario ministerial: “…está usted bajo detención domiciliaria e impedido para ejercer su profesión…” para él, era el fin.

Poco después del mediodía llegó frente al garaje de la residencia en el que religiosamente acomodaba el Mercedes para que se conservara lustroso y su carrocería, fuera de todo contacto con las inclemencias del tiempo. Ese día lo dejó afuera, no se acordó de cerrar la puerta con la llave y maletín en mano, entró, arrastrando pesadamente los pies, en la casona convertida en catacumba y en la que a cada paso tropezaba con las memorias que inevitablemente le recordaban a los que ya no estaban; se dirigió al cuarto de Irenia para descubrir que ella también estaba ausente ¿Quién sabe dónde y con quién se hallaba?, era lo de menos; tenia la certeza de que en breve, el tampoco estaría; sus otros dos hijos desaparecidos con la convicción de que estaban vivos, pero en un sitio que por el momento le resultaba inaccesible y que conocía bien.

La incertidumbre, pensó, no era algo que él fuera capaz de vulnerar. Llegó a la habitación que hacía las veces de despacho y se dejó caer en la poltrona detrás de la vieja mesa de caoba lustrada que habían traído de la casa del padre para establecer un hito de continuidad entre los éxitos de su progenitor y el suyo propio, observó los archivos, llenos de historias clínicas de acaudaladas pacientes que habían acudido a él para salvar su vida o evitar la humillación familiar del embarazo fuera del matrimonio de algunas de sus hijas ¿Qué podía importar ya todo aquello?, lo habían condenado a ser un infeliz bastardo aborrecido por su propio gremio. Abrió la gaveta del escritorio y extrajo la pistola plateada con cachas de nácar, una browning calibre 45 que había regalado a su padre el señor Abella; en su tiempo, agente connotado del BRAC (Buró de Represión de Actividades Anticomunistas) y muy amigo de la familia. Buscó debajo de unos papeles el cargador, lo introdujo en el arma, siempre aceitada y dispuesta para generar su mortífero cometido y se sirvió un vaso de whisky sin hielo, luego otro, hasta sentir que ya no podía pensar y que las consecuencias del acto que estaba por cometer no debían importarle a casi nadie. El disparo resonó en la habitación cerrada, pero de tal manera, que se dejó escuchar en la residencia del vecino que avisó a la policía, atareada y lujuriosamente al tanto de todo lo que tuviera que ver con disparos de armas de fuego que el gobierno había ordenado entregar a sus poseedores, so pena de guardar prisión en caso de no cumplir con lo dispuesto.

A su arribo, Irenia se encontró con un amplio despliegue policial frente a la casa, lo primero que concitó su atención fue ver el Mercedes fuera del garaje, corrió abriéndose paso entre los curiosos y en el instante en que se disponía a abrir la verja del muro exterior en el jardín, vio con asombro que unos voluntarios de la cruz roja sacaban de la casa sobre una camilla, el cuerpo de un cadáver con la parte superior de la sábana que lo cubría, empapada en sangre. Aun en shock y atemorizada, sintió la mano de alguien que le apretaba el hombro mientras le decía: tienes que ser fuerte hija, tú padre se ha suicidado, no sabemos por qué; era Alicia, la esposa del vecino que la había visto nacer y crecer entre los suyos. Confundida y atormentada, Irenia dejó escapar un grito de terror y explotó en llanto contorsionándose en ademanes de furia y fuerza incontrolables, luego desfalleció y perdió el conocimiento.

Con la ayuda de los dos voluntarios de la Cruz Roja, Hipólito y Alicia — los vecinos — llevaron a Irenia a su casa, le hicieron aspirar alcohol de un paño que Alicia rebozó del contenido etílico y la hizo dar de sí. Muy confundida, su primera reacción fue salir, pero al asomarse, ya la ambulancia con el cadáver de su padre se había marchado, los curiosos se habían retirado y sólo quedaba frente a la casa un vehículo policial cuyos ocupantes se encontraban en el interior de la vivienda requisando las pruebas periciales.

En gran medida, se trataba de una labor rutinaria ya que era evidente que se trataba de un suicidio. Irenia quiso entrar al despacho, pero no se lo permitieron; uno de los investigadores le sugirió que no lo hiciera y para hacerla desistir, le comentó que era importante preservar la escena y le recomendó que lo mejor fuera regresar con los vecinos o esperar en otro lugar de la residencia ya que antes de marcharse, tendrían que hacerle algunas preguntas. Al entrar al despacho, los agentes observaron la pistola sobre el suelo y la poltrona con el cabezal salpicado por la sangre y sobre el escritorio, junto a la escribanía, la botella de whisky casi vacía y el pesado vaso de cristal de roca, último cáliz del doctor Téllez. En la pared, detrás de la silla, una gran mancha de sangre coagulada con la que se mezclaban pequeños restos de masa encefálica adheridos a la superficie.

El tono verde claro de la habitación, color habitual de hospitales y lugares en los que se hace necesaria la tranquilidad de los presentes, parecía no cumplir su cometido y los agentes, bajo el impacto de lo que observaban, eran la prueba. Por fin uno de ellos, recogiendo la pistola con un pañuelo para meterla en una bolsa, le dijo al otro: oye, este tipo sí que tenía ganas de matarse, esta cuarenta y cinco es un cañón, parece que se arrancó parte del cráneo y del cerebro; pero que bonita arma, lástima que tengamos que entregarla, con gusto me quedaría con ella, dijo el que la recogió.

Junto a la pistola, se llevaron el vaso y la botella, en ambos objetos estaban las huellas del finado. Luego, dieron cuenta entre los dos del licor que el suicida no alcanzó a ingerir; éste si es del bueno, debe haberla tenido guardada por mucho tiempo, comentó el otro, tomando un sorbo. A propósito, la muchacha que se desmayó es la hija, ¿verdad?, tremenda hembra, que buena está; al parecer en este casón no vive más nadie, debe ser soltera. Bueno, tenemos que sugerirle que busquen quien limpie todo este reguero y hablar con ella antes de marcharnos.

Todas las preguntas estuvieron relacionadas con el estado anímico de su padre, si había comentado algo sobre su propósito de cometer suicidio, cuál había sido su última actividad laboral, si tenía algún problema personal, su estado civil y otras generalidades comunes en estos casos. Definitivamente otras personas tenían una respuesta más contundente que la misma hija del finado y una de ellas era el capitán Curbelo que pronto se enteró de lo ocurrido.

Los funerales del doctor Téllez se llevaron a cabo con la presencia de pocas personas. Acudieron dos de sus hermanas que precipitadamente llegaron a La Habana desde Camagüey — la mayor estaba paralítica y murió poco después — y la hija, Irenia. Trataron de comunicarse con Roberto Rafael y Eduardo en Nueva York, pero no les fue posible. Al edificio de la funeraria acudieron algunas amistades y vecinos, pero ninguno de los que estaban trabajando con Téllez antes de producirse el desenlace. En la capilla de la necrópolis de Colón le oficiaron una misa por el eterno descanso de su alma, celebrada por el párroco de San Juan de Letrán, iglesia a donde la familia solía acudir y que, en lo personal, era amigo y consejero de la desaparecida Andreina. El cura pronunció unas palabras de consuelo a los presentes, cuyo argumento fue la reiteración acerca del significado de la vida “que sólo Dios da y que es el único que puede quitárnosla” aunque al parecer, Téllez decidió lo opuesto al sentirse abatido y sin salida y enfrentado a los problemas que lo atormentaban.

Acto seguido y al bajar el sarcófago en el mausoleo, sus restos fueron a hacer compañía a los de Andreina y sus padres, que descansaban en la fosa al pie del panteón familiar, y “en la paz del señor” como se encargó de recordar a todos el sacerdote, mientras rociaba el féretro con agua bendita. La muerte de Téllez y sus exequias fueron el acontecimiento más anodino de su existencia, ya no se publicaban esquelas mortuorias en la prensa, ni las noticias reflejaban hechos sinuosos considerados de carácter personal, atentatorios contra los presupuestos colectivistas del proletariado y en consecuencia aborrecibles al constituir un “rezago del pasado” y una muestra de la “decadente moral burguesa”. A cierta distancia, Octavio Curbelo observó con paciencia todo lo ocurrido y cuando los pocos amigos y familiares se retiraban, aprovechó la oportunidad para acercarse a Irenia, darle el pésame y ponerse a su disposición.    

 

 

       

 

   

 

 

 

                 

 

 

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