jueves, 19 de octubre de 2017

CAVILACIONES


No es bueno andar pensando en pasar cuentas. Algunos, sin embargo, quieren hacerlo a como dé lugar y que su visión del tiempo que pasó tenga que ser la misma para todos. Se trata de poner en la línea de arrancada al pelotón en la misma posición y que todos se muevan como si se tratara de los muñecos de carne y hueso de esas paradas militares, casi, como en una coreografía maquiavélica y estridente de botas sobre el suelo y al unísono.

Odio eso. Ante todo, porque proyecta una perspectiva que no admite la versatilidad del pensamiento, desconoce su independencia y estigmatiza la diversidad interpretativa. Si bajo el influjo de una tormentosa experiencia pretendidamente colectiva, alguien ― o algunos ― callan, tratan de pasar inadvertidos y hacen como que miran, sin observar, para que no quede la imagen de lo que no se quiere ver, los vocingleros; que creen que a la estridencia y la precisa imagen de lo imperativo no hay quien se resista, van a emitir juicios  que pretenderán justificar su actitud de ayer y lo peor, también la de hoy, aunque no sea la misma. Todo está sujeto al cambio, cierto; ¿pero en qué medida? Los exorcismos ideológicos no suelen hacerse bajo el efecto de la cruz y el agua bendita, tampoco admiten condicionamientos ceñidos a la búsqueda del medio término. Hay, quizás, algo de imparcialidad en ello: o con Dios o con el Diablo.

¿Existen excepciones a las reglas? Por supuesto que sí, pero en ciertas coyunturas de referencia, tales excepciones deberán expresarse en acuerdo con la ventaja de los que coinciden con la mayoría, aunque entrañe la culpabilidad, sobre todo en tiempo pasado. De otro modo: cuando suceden hechos, acontecimientos que parecían la materialización de la bonanza, no era factible escapar de esa influencia; todos, según la sentenciosa inteligencia de los predestinados, debieron comprender cuanto había de ventaja en una sociedad basada en la justicia que no era para nadie y de la que, en el afán de la justicia verdadera, ninguno, podía fiarse.

No digas que nunca fuiste; habrán de acreditarte un pecado capaz de acudir a las excusas para que no puedas parecer lo que eres hoy y has sido siempre: un tipo más o menos consecuente. Los que te acusarán, lo han sido todo, menos eso y cuando alcen el índice para acusarte y ante la evidencia que tendrán a bien mostrar para que no escapes a la condena, volverán a presentar las evidencias de los tiempos en que se gestaba el desconcierto. Echarán mano de textos (casi bíblicos, o códices de magia) en materia social, política, económica y aún a pesar de que las evidencias y el tiempo los tendrán superados, conseguirán atribuirle la valía necesaria para decir que el andar con ellos bajo el brazo no era un divertimento, más bien el encuentro con la verdad que era…aún a pesar de su innegable relatividad, algo tangible.

Si nunca fuiste, debiste ser adorador de la mentira, dirán. No importa si tienes pruebas de la compulsión a que te sometieron, si te amenazaron, si cuando arrancabas con el igualitario y supuesto derecho de quienes se aglomeraban en la línea de partida coartaron tú voluntad condicionándola al deseo ajeno y plural de los agoreros de panaceas intangibles. Al cabo fuiste y eres, un redomado mentiroso, porque esos jueces de hoy fueron también los de ayer los que alguna vez te condenaron y hoy pretenderán, si lo permites, hacerlo nuevamente. La inconsistencia de su estafa me provoca, al menos, dudas; no me confunden. Son demasiado insistentes y muy interesados a la hora de las argumentaciones.

Piensa, no es bueno andar pasando cuentas. Dar margen a cierta capacidad para el olvido es también asumir una actitud justiciera y, dejar espacio a la incapacidad para el empeño de la necedad, es una manera de evitar lo pírrico de las victorias sobre el tiempo. No deberás ser nunca el que levante el índice; los apóstatas, se condenan solos. Estoy convencido, nunca fui y pagué por ello cuando costaba caro. Hoy, los veo pasar como Job, frente a mi puerta.

José A. Arias-Frá.