La Habana es elegante, algunos decen que lo fue, no estoy de acuerdo y para mí lo sigue siendo y lo será, porque no es el impostado engendro de la pedantería ocasional de unos palurdos lo que define los secretos en su historia. La Habana es misteriosa, y en el enigma que nos invita a descifrar hay una suerte de deseo que nace en sus esquinas y nos descubre sus memorias entre leyendas protagonizadas por la autoctonía de sus personajes y el oropel derrochado entre glorias y placeres.
Todos los de allí tenemos un barrio a fin de acreditarlo como nuestro, nacemos en alguno y crecemos en otro, o bien hubiéramos querido aferrarnos a él la vida entera, puede que a primo impulso sintieras el amor y confundido, perdido entre las callejuelas, te deslumbrara aquella niña que ya no lo era tanto porque apuntaban al cielo sus virtudes y entre efluvios corpóreos ardían sus deseos a la par que los tuyos, inconfesos, pueriles.
Entretanto corrías como un loco tras de ella y al doblar esas esquinas misteriosas tropezabas con la realidad de haber llegado tarde; ya su tipo le enlazaba la cintura que deseabas y que él acariciaba con descuido y confianza, como hubieras querido hacerlo tú, mano extendida, en los límites entre cadera y nalga, torso, le llaman con discreción los que huyen del pecado. Hipócritas.
Y esa fue mi ciudad, y recorrí mi barrio y otros a los que me llevó el destino, amigos, aventuras, pero en ninguno hallé otra calle igual, en capicúa, que de común no solo en el más calculado juego, pasatiempo nacional sobre una mesa; el dominó, encuentra sentido su significado: número que se mira igual de cualquier forma y, para el intrépido jugador, la apuesta a una salida de data con cinco valores repetidos de por lado y la combinación de los dos en una ficha.
Nombre de ave majestuosa y de alto vuelo, Águila, línea que va del mar y muere en él. Cerca del Malecón, en el número 100, un hombre sin riqueza y mucho empeño se jugó su destino a la esperanza e inscribió en el registro de la propiedad con nombre de reina mitológica, Leda, un almacén pequeño de tejidos, telas de gabardina y enseres que con anterioridad se limitaba a vender de puerta en puerta. Había llegado 29 años antes desde lejos, en el 10 con 16 cumplidos y las manos vacías, corría 1939 y todavía le faltaban 9 para pasar por la experiencia de ser padre, a mí, muchos para andar aceras abajo o arriba, entre tiempos y propósitos diferentes y en pos de mis propios deseos, pero con el ojo avisor como el ave que pretende volar alto.
Águila era una arteria importante en los entuertos viales de la parte más antigua de la ciudad en extramuros, tenía pueblerinos amontonados en cuarterias y accesorias, en solares, pero también casonas de burgueses comerciantes con negocios de todos los niveles y tamaños y, muy cerca del centro comercial capitalino estaba la sede de "International Telephone & Telegraph" la ITT que los correligionarios llamaban Compañía de Teléfonos.
Cerca del congestionado enlace vial con Dragones, la antigua Plaza del Vapor y en esa cuadra donde siempre había un olor a café recién tostado, hasta un molino del grano de la marca Monte Ruz.
Águila atravesaba Neptuno donde a fines de los cincuenta abrieron Roseland, tienda por departamentos y cerca Valdés Sport donde compré una mascota de catcher cuando se me ocurrió jugar pelota, algo que no se me dio porque era malo al bate.
Privilegiada vía, cerraba por un costado a la altura de San Rafael uno de los dos grandes colosos habaneros, Fin de Siglo, pasaba al fondo de El Encanto, el principal de todos, y daba acceso a Sánchez Mola con entrada y salida a la tienda principal en Amistad, donde muy cerca se ubicaba la prestigiosa joyería Cuervo y Sobrino, marca registrada e internacional.
Mi viejo, fiel a su gusto por la leyenda de Leda y el Cisne abrió su tienda en el 516 entre San José y Barcelona allá por el segundo lustro de los cuarenta con el nombre de la reina espartana que sedujo a Zeus, dios de los portentos y otras deidades del panteón grecolatino.
En la esquina de Monte, un negocio sui generis para su tiempo; La Isla, peletería que satisfacía las necesidades de sus clientes in situ y también vendía calzado por catálogo y lo enviaba por correo a los compradores en provincias.
Sobre el asfalto recalentado de la estrecha vía circulaban acompasados en el tiempo los ómnibus de numerosas rutas y al acercarse a un nuevo encuentro con el mar de la bahía, al pie de los elevados del ferrocarril, entre el característico olor a brea entremezclado con el salitre reposado de la ensenada de Guasabacoa y cargueros de la Flota Blanca al pie de los espigones, se alzaba la vieja planta eléctrica de Tallapiedtra que sola se bastaba para alumbrar gran parte de la ciudad y hacer que los lumínicos nunca perdieran sus colores gaseosos de neón.
Que suerte la de tener recuerdos tan agradables de una calle que, como la capicúa en el dominó, te daba la oportunidad de pegarte por cualquiera de las dos cabezas.