jueves, 20 de febrero de 2025

LA EXPULSIÓN (1958)

 

 

LA EXPULSION (1958)

Tenía 10 años, cerca de cumplir los once, y estaba consciente de que la entrada en aquella oficina que era para cualquiera de nosotros, flamantes educandos, el hábitat del hombre lobo, el viejo del saco o indistintamente ambos, iba a ser la antesala de mi expulsión.

En efecto había cometido una violación imperdonable de las normas de conducta (moral) que manejaban todos los que trabajaban en la institución al hacerse eco, como compromiso ineludible, de los estatutos, reglas, normativas; todas escritas en más de un manual que sabían casi de memoria. La rigidez del proceder en función de lo establecido en blanco y negro no estaba sujeta a discusión ni medias tintas.

Aquella oficina era un recinto medianamente amplio muy de acuerdo con la categoría del director, además, dueño de la institución; una especie de torreón carente de ventanas que le proveía una apariencia lúgubre capaz de satisfacer la voluntad de su ocupante que actuaba siempre, dentro o fuera de ella, con un aire de misteriosa ejecutoria; era una forma de inspirar respeto y evitar ser abordado si no era su deseo.

Encerrado allí la mayor parte del tiempo, el entorno le permitía dedicarse a una de las cosas que mejor sabía hacer: crear problemas combinando el algebra, la geometría y la trigonometría; en eso era un genio que no podía, ni por su estatura física y científica, permanecer encerrado en cualquier lámpara, solo cabía en aquel despacho en el que hizo de sus deseos y conocimientos una creación perecedera. Pero ni los genios son perfectos y algo siempre los domina; en el ambiente se percibía una nube de humo que terminaría posándose como mancha de alquitrán sobre cada uno de los objetos y en lo que respiraba, terminó apoderándose de sus pulmones. Al final, el efecto acumulado de la adicción a la nicotina que nunca fue capaz de controlar le causó la muerte cierto tiempo después.

Deben haber sido pocas las veces que un alumno entró en aquella oficina, me tocó el raro privilegio de ser uno de ellos estando en quinto de primaria y haber sido pupilo del colegio desde el kínder. Además del humo que me hacía verlo todo como si se tratara de una foto tomada en desenfoque, llamó mi atención la uniformidad rigurosamente monocromática de un barniz brillante y marrón, así lucían techo, piso, paredes, mobiliario y únicamente contrastaban con la rigidez del ambiente recreado en madera, algunos objetos de bronce, utilitarios unos, decorativos otros y el traje gris de entalle exquisito y corte a la medida del director.

Cuando la secretaria abrió la puerta de aquel despacho y me obligó a avanzar al interior sin mediar palabra alguna, lo primero que vi fue el pupitre, involuntariamente dirigí hacia él la mirada y me percaté de que era lo único ajeno al lugar, a la vez, la razón de mi presencia allí. Entonces el director con voz grave perfectamente imbricada en su aspecto de gigante se había puesto de pie, no como cortesía, más bien con el propósito de intimidarme con su estatura de algo más de seis pies y observarme desde lo alto de su anatomía como el raro sujeto - objeto de su breve discurso preconcebido y terminal.

— Siéntese ahí

Indicó una silla del otro lado del buró, de dos iguales que eran parte del mobiliario, pero la que señaló estaba junto al pupitre que algún solícito empleado de confianza debió haber llevado hasta allí, seguramente el mismo que sería el encargado de retirarla tras aquel breve encuentro bajo previo compromiso de no decir nada.

— ¿Sabe por qué está aquí?

No me atreví a decir palabra porque la callada por respuesta y bajar la cabeza eran una afirmación desde el silencio. Entonces mi respiración se hizo anormal, muy breve, y pensando en las consecuencias comencé a llorar.

— ¿Dónde aprendió eso que escribió ahí? Preguntó, mientras señalaba con el largo índice de una mano a la paleta del pupitre, entre los dedos de la otra atrapaba el humeante cigarrillo.

La respuesta fue un inexacto balbuceo, acompañado de un ruego de perdón y una infantil disculpa: “no lo voy a hacer más”, lo único que quiero es que mi mamá no se entere…

— Eso tenía que haberlo pensado antes, dijo el director en tono amenazante y sentencioso. Seguidamente me dejó escuchar su decisión inapelable:

— Está usted deshonrosamente expulsado de este colegio. Hoy mismo alguien se encargará de visitar su domicilio para extender una citación a su padre y comunicarle mi determinación personalmente. Puede retirarse.

En el umbral de la puerta me esperaba la secretaria que en sentido inverso me hizo salir del mismo modo en que me había hecho entrar, sin decir palabra.

Al parecer todo el trámite se organizó pocos minutos antes de la salida porque no regresé al aula y me tocó esperar para subirme al ómnibus que me devolvía a casa cada día; el maletín de cuero manoseado, con correas y hebillas de metal que ataban la tapa a su estructura, expandible como fuelle de acordeón en tres compartimientos interiores para cargar libros y libretas y que antes había pertenecido a mi hermana, estaba con mis pertenencias en otra silla en la que debí sentarme para una breve espera antes de abandonar el recinto y no volver.

Mi silencio en la casa llamó la atención y se hizo preocupante porque en mi rostro debieron notar la aflicción provocada por el llanto reciente, razón por la que comenzaron los cuestionamientos. Mi madre, mi hermana, que era doce años mayor que yo, se convirtieron ambas en luciferinas y hasta amenazantes interrogadoras sin obtener respuesta repitiendo a la vez eso de: …a ti te pasa algo, algo malo debes haber hecho y eso fue en el colegio…; dínoslo porque de toda forma lo sabremos. De hecho, esa misma noche se iban a enterar de otra manera — solo a medias, y eso, ni yo lo sabía.

Ya era noche cuando llegó el emisario y mi madre abrió la puerta, detrás, al interior y a poca distancia, amparado por mi hermana y tratando de esconderme, espiaba para escuchar y me llamó la atención que no habían enviado a cualquier persona, se trataba del Dr. César uno de los subdirectores de la institución.

— Quiero hacerle entrega de esta citación de parte del Sr. director (dijo el nombre a continuación) para mañana a las dos de la tarde en la oficina principal del colegio, pero solo debe acudir el padre del alumno (dijo mi nombre completo)

— Puede entregármela a mí, le hizo saber mi madre, el padre de mi hijo no se encuentra.

Muy bien señora, firme la recepción de la entrega y recuerde, solo será recibido el padre del alumno, tenga buenas noches y perdone la molestia.

Como en todos esos trámites de rigor, medió una atmósfera, que a pesar de ser efímera, dejó en el ambiente la sensación intrigante de lo inesperado. Sin remanentes de paciencia en su actitud, mi madre trató de hacerme hablar sin conseguirlo y acudió a un recurso final; le pidió a un tío mío que me sacara a dar una vuelta y ver si en confianza podía conseguir alguna información; no tuvo resultados y aunque empleó recursos como eso de hablar “de hombre a hombre” no consiguió de mi ni una palabra.

Al día siguiente mi padre fue puesto al tanto de la situación y acudió a la cita para saber de que se trataba. El director lo esperaba con otro de sus breves discursos anticipados para dejarle saber que:

— El motivo de hacerle venir es poner en su conocimiento que su hijo ha cometido un acto de indisciplina tan grave que solo me es posible tratarlo con usted como una conversación entre hombres.

De pie, arrimó, hasta situarlo al alcance de la vista de mi padre el pupitre conminándolo a leer lo que en la paleta estaba escrito — grabado — en cursiva con la punta de un compás. Era la letra de una parodia a la que servía de fondo la música de un estribillo muy conocido de una canción que interpretaba Celina González:

        Quiero un sombrero de guano de primera/quiero una guayabera/y un son

          Para bailar…”

Pero lo que había escrito era una jodedera que rezaba:

        Quiero un condón de goma de primera/ quiero una p… encuera/ y un catre

          pa´s…..”   (lo dejo a la imaginación para no herir sensibilidades)

Seguidamente, el director increpó a mi padre asegurándole que:

— Como usted comprenderá, semejante barbaridad no la puede haber aprendido su hijo en este lugar (se refería a su colegio) y por consiguiente es muy probable que, a su edad, lo escuchara de alguien en su casa…

— Pues mire, no sé dónde lo habrá aprendido, pero le puedo asegurar que en su casa no fue, puede estar convencido, y eso no lo discutiré con usted; puedo entender su decisión y la acato, pero le garantizo que soy capaz de obtener información fidedigna y hacérsela saber en su momento para que proceda en consecuencia de considerarlo pertinente y necesario.

Con todo y su buen nombre, respetable además por méritos propios y su genialidad orientada a los números mucho mejor que a la sicología de los educandos, el director se equivocaba porque sí, había aprendido aquel sonsonete en el colegio y entre el grupito de acólitos que frecuentaba en los recreos, las meriendas y otros ratos de ocio; como lo prometió, mi padre regresó unas semanas después para dejarle saber el nombre del que yo había escuchado el estribillo (obscenamente alterado) poniéndolo en conocimiento del director, quien ya había dado por concluido el incidente.

A ese colegio privado asistían educandos de ambos sexos; pero como norma, las aulas de los diferentes grados no eran mixtas, unas de varones y otras para hembras. Un método de “castigo” para corregir comportamientos que se consideraban violatorios de aspectos mínimos de conducta como seguir las instrucciones o hacer silencio en clase, consistía en dejar a los alumnos incluidos en una lista de las diferentes aulas por los profesores, concentrados en un recinto para “retenidos” una hora después de la salida en la tarde.

Ese día el aula de los castigados varones fue una que regularmente era usada por alumnas y nadie lo sabía, era común que nos dejaran a cargo de un maestro de cualquier grado para que nos asignara la tarea de hacer “líneas”: “debo portarme bien en clase” y cosas así, en un número habitualmente de cien por “plana”, denominación de una hoja rayada de libreta. Era obligatorio completarlas haciendo uso de una caligrafía inteligible y mostrarlas antes de finalizar el tiempo de la retención.

Esa vez terminé con tiempo de sobra — no era la primera que me quedaba castigado — y se me ocurrió la peregrina idea de escribir utilizando la punta de un compás el estribillo de marras en la versión obscena sobre la paleta del pupitre. Al siguiente día el subdirector de disciplina recorrió las aulas de los castigados el día anterior y cuando completó el grupo se dirigió a la que habíamos ocupado, el único que sabía de lo que se trataba era yo y al ordenarnos ocupar los pupitres en que nos habíamos sentado, traté de evadirme ocupando otro en la fila de atrás; pero como suele suceder, siempre alguien sale con lo inesperado y uno al que ni de vista conocía dijo:

— ¡Oye!, pero tú estabas aquí, señalando el sitio del pupitre en que me había sentado el día anterior y que ya había sido reemplazado.

— Siéntese donde estaba, me reclamó el subdirector de disciplina

Entonces un tipo regordete y de baja estatura, embutido en un traje barato y apretado, bigotillo a lo Negrete y espejuelos de grueso plástico negro que nunca había visto en el colegio, se me acercó para extenderme una cuartilla en blanco y un lápiz; con cierta solemnidad del especialista contratado a los efectos el perito calígrafo me ordenó:

— Escriba con su letra “normal” (creo que para hacerse entender evitó decir cursiva) lo que voy a dictarle: Quiero un conejo…

No dijo más, confrontados los rasgos de las primeras letras de las palabras que escribí con las que había visto en la paleta del pupitre, tomó la hoja y dijo con la misma solemnidad sentenciosa con la que había actuado:

— No hay dudas, este alumno ha sido…

Pensando en las consecuencias, sentí miedo y esa sensación concomitante de vacío en el estómago, el rostro enrojecido y el termómetro de las orejas convertidas en calefón carnal. Mientras, escuchaba el cuchicheo de los especuladores imaginando versiones de lo que podía haber sucedido conmigo; el alumno que había sido señalado como autor y culpable de un hecho que no era posible adivinar a pesar del esfuerzo, el expulsado.