LA EXPULSION (1958)
Tenía 10 años, cerca de cumplir los once, y estaba
consciente de que la entrada en aquella oficina que era para cualquiera de
nosotros, flamantes educandos, el hábitat del hombre lobo, el viejo del saco o
indistintamente ambos, iba a ser la antesala de mi expulsión.
En efecto había cometido una violación imperdonable de
las normas de conducta (moral) que manejaban todos los que trabajaban en la
institución al hacerse eco, como compromiso ineludible, de los estatutos,
reglas, normativas; todas escritas en más de un manual que sabían casi de
memoria. La rigidez del proceder en función de lo establecido en blanco y negro
no estaba sujeta a discusión ni medias tintas.
Aquella oficina era un recinto medianamente amplio muy
de acuerdo con la categoría del director, además, dueño de la institución; una
especie de torreón carente de ventanas que le proveía una apariencia lúgubre
capaz de satisfacer la voluntad de su ocupante que actuaba siempre, dentro o
fuera de ella, con un aire de misteriosa ejecutoria; era una forma de inspirar
respeto y evitar ser abordado si no era su deseo.
Encerrado allí la mayor parte del tiempo, el entorno
le permitía dedicarse a una de las cosas que mejor sabía hacer: crear problemas
combinando el algebra, la geometría y la trigonometría; en eso era un genio que
no podía, ni por su estatura física y científica, permanecer encerrado en
cualquier lámpara, solo cabía en aquel despacho en el que hizo de sus deseos y
conocimientos una creación perecedera. Pero ni los genios son perfectos y algo
siempre los domina; en el ambiente se percibía una nube de humo que terminaría
posándose como mancha de alquitrán sobre cada uno de los objetos y en lo que
respiraba, terminó apoderándose de sus pulmones. Al final, el efecto acumulado
de la adicción a la nicotina que nunca fue capaz de controlar le causó la
muerte cierto tiempo después.
Deben haber sido pocas las veces que un alumno entró
en aquella oficina, me tocó el raro privilegio de ser uno de ellos estando en
quinto de primaria y haber sido pupilo del colegio desde el kínder. Además del
humo que me hacía verlo todo como si se tratara de una foto tomada en
desenfoque, llamó mi atención la uniformidad rigurosamente monocromática de un
barniz brillante y marrón, así lucían techo, piso, paredes, mobiliario y únicamente
contrastaban con la rigidez del ambiente recreado en madera, algunos objetos de
bronce, utilitarios unos, decorativos otros y el traje gris de entalle
exquisito y corte a la medida del director.
Cuando la secretaria abrió la puerta de aquel despacho
y me obligó a avanzar al interior sin mediar palabra alguna, lo primero que vi
fue el pupitre, involuntariamente dirigí hacia él la mirada y me percaté de que
era lo único ajeno al lugar, a la vez, la razón de mi presencia allí. Entonces
el director con voz grave perfectamente imbricada en su aspecto de gigante se
había puesto de pie, no como cortesía, más bien con el propósito de intimidarme
con su estatura de algo más de seis pies y observarme desde lo alto de su
anatomía como el raro sujeto - objeto de su breve discurso preconcebido y
terminal.
— Siéntese ahí
Indicó una silla del otro lado del buró, de dos
iguales que eran parte del mobiliario, pero la que señaló estaba junto al
pupitre que algún solícito empleado de confianza debió haber llevado hasta
allí, seguramente el mismo que sería el encargado de retirarla tras aquel breve
encuentro bajo previo compromiso de no decir nada.
— ¿Sabe por qué está aquí?
No me atreví a decir palabra porque la callada por
respuesta y bajar la cabeza eran una afirmación desde el silencio. Entonces mi
respiración se hizo anormal, muy breve, y pensando en las consecuencias comencé
a llorar.
— ¿Dónde aprendió eso que escribió ahí? Preguntó,
mientras señalaba con el largo índice de una mano a la paleta del pupitre, entre
los dedos de la otra atrapaba el humeante cigarrillo.
La respuesta fue un inexacto balbuceo, acompañado de
un ruego de perdón y una infantil disculpa: “no lo voy a hacer más”, lo único
que quiero es que mi mamá no se entere…
— Eso tenía que haberlo pensado antes, dijo el
director en tono amenazante y sentencioso. Seguidamente me dejó escuchar su
decisión inapelable:
— Está usted deshonrosamente expulsado de este
colegio. Hoy mismo alguien se encargará de visitar su domicilio para extender
una citación a su padre y comunicarle mi determinación personalmente. Puede
retirarse.
En el umbral de la puerta me esperaba la secretaria
que en sentido inverso me hizo salir del mismo modo en que me había hecho
entrar, sin decir palabra.
Al parecer todo el trámite se organizó pocos minutos
antes de la salida porque no regresé al aula y me tocó esperar para subirme al ómnibus que me devolvía a casa cada día; el maletín de cuero
manoseado, con correas y hebillas de metal que ataban la tapa a su estructura, expandible
como fuelle de acordeón en tres compartimientos interiores para cargar libros y
libretas y que antes había pertenecido a mi hermana, estaba con mis
pertenencias en otra silla en la que debí sentarme para una breve espera antes
de abandonar el recinto y no volver.
Mi silencio en la casa llamó la atención y se hizo
preocupante porque en mi rostro debieron notar la aflicción provocada por el
llanto reciente, razón por la que comenzaron los cuestionamientos. Mi madre, mi
hermana, que era doce años mayor que yo, se convirtieron ambas en luciferinas y
hasta amenazantes interrogadoras sin obtener respuesta repitiendo a la vez eso
de: …a ti te pasa algo, algo malo debes haber hecho y eso fue en el colegio…;
dínoslo porque de toda forma lo sabremos. De hecho, esa misma noche se iban a
enterar de otra manera — solo a medias, y eso, ni yo lo sabía.
Ya era noche cuando llegó el emisario y mi madre abrió
la puerta, detrás, al interior y a poca distancia, amparado por mi hermana y
tratando de esconderme, espiaba para escuchar y me llamó la atención que no
habían enviado a cualquier persona, se trataba del Dr. César uno de los
subdirectores de la institución.
— Quiero hacerle entrega de esta citación de parte del
Sr. director (dijo el nombre a continuación) para mañana a las dos de la tarde
en la oficina principal del colegio, pero solo debe acudir el padre del alumno
(dijo mi nombre completo)
— Puede entregármela a mí, le hizo saber mi madre, el
padre de mi hijo no se encuentra.
Muy bien señora, firme la recepción de la entrega y
recuerde, solo será recibido el padre del alumno, tenga buenas noches y perdone
la molestia.
Como en todos esos trámites de rigor, medió una
atmósfera, que a pesar de ser efímera, dejó en el ambiente la sensación
intrigante de lo inesperado. Sin remanentes de paciencia en su actitud, mi
madre trató de hacerme hablar sin conseguirlo y acudió a un recurso final; le
pidió a un tío mío que me sacara a dar una vuelta y ver si en confianza podía
conseguir alguna información; no tuvo resultados y aunque empleó recursos como
eso de hablar “de hombre a hombre” no consiguió de mi ni una palabra.
Al día siguiente mi padre fue puesto al tanto de la
situación y acudió a la cita para saber de que se trataba. El director lo
esperaba con otro de sus breves discursos anticipados para dejarle saber que:
— El motivo de hacerle venir es poner en su
conocimiento que su hijo ha cometido un acto de indisciplina tan grave que solo
me es posible tratarlo con usted como una conversación entre hombres.
De pie, arrimó, hasta situarlo al alcance de la vista
de mi padre el pupitre conminándolo a leer lo que en la paleta estaba escrito
— grabado — en cursiva con la punta de un compás. Era la letra de una parodia a
la que servía de fondo la música de un estribillo muy conocido de una canción
que interpretaba Celina González:
“Quiero
un sombrero de guano de primera/quiero una guayabera/y un son
Para bailar…”
Pero lo que había escrito era una jodedera que rezaba:
“Quiero
un condón de goma de primera/ quiero una p… encuera/ y un catre
pa´s…..” (lo dejo a la imaginación para no herir
sensibilidades)
Seguidamente, el director increpó a mi padre
asegurándole que:
— Como usted comprenderá, semejante barbaridad no la
puede haber aprendido su hijo en este lugar (se refería a su colegio) y por
consiguiente es muy probable que, a su edad, lo escuchara de alguien en su
casa…
— Pues mire, no sé dónde lo habrá aprendido, pero le
puedo asegurar que en su casa no fue, puede estar convencido, y eso no lo
discutiré con usted; puedo entender su decisión y la acato, pero le garantizo
que soy capaz de obtener información fidedigna y hacérsela saber en su momento
para que proceda en consecuencia de considerarlo pertinente y necesario.
Con todo y su buen nombre, respetable además por
méritos propios y su genialidad orientada a los números mucho mejor que a la
sicología de los educandos, el director se equivocaba porque sí, había
aprendido aquel sonsonete en el colegio y entre el grupito de acólitos que
frecuentaba en los recreos, las meriendas y otros ratos de ocio; como lo
prometió, mi padre regresó unas semanas después para dejarle saber el nombre
del que yo había escuchado el estribillo (obscenamente alterado) poniéndolo en
conocimiento del director, quien ya había dado por concluido el incidente.
A ese colegio privado asistían educandos de ambos sexos; pero
como norma, las aulas de los diferentes grados no eran mixtas, unas de varones
y otras para hembras. Un método de “castigo” para corregir comportamientos que
se consideraban violatorios de aspectos mínimos de conducta como seguir las
instrucciones o hacer silencio en clase, consistía en dejar a los alumnos
incluidos en una lista de las diferentes aulas por los profesores, concentrados
en un recinto para “retenidos” una hora después de la salida en la tarde.
Ese día el aula de los castigados varones fue una que
regularmente era usada por alumnas y nadie lo sabía, era común que nos dejaran
a cargo de un maestro de cualquier grado para que nos asignara la tarea de
hacer “líneas”: “debo portarme bien en clase” y cosas así, en un número
habitualmente de cien por “plana”, denominación de una hoja rayada de libreta.
Era obligatorio completarlas haciendo uso de una caligrafía inteligible y
mostrarlas antes de finalizar el tiempo de la retención.
Esa vez terminé con tiempo de sobra — no era la primera
que me quedaba castigado — y se me ocurrió la peregrina idea de escribir
utilizando la punta de un compás el estribillo de marras en la versión obscena sobre la paleta del pupitre. Al siguiente día el subdirector de disciplina
recorrió las aulas de los castigados el día anterior y cuando completó el grupo
se dirigió a la que habíamos ocupado, el único que sabía de lo que se trataba
era yo y al ordenarnos ocupar los pupitres en que nos habíamos sentado, traté
de evadirme ocupando otro en la fila de atrás; pero como suele suceder, siempre
alguien sale con lo inesperado y uno al que ni de vista conocía dijo:
— ¡Oye!, pero tú estabas aquí, señalando el sitio del pupitre en
que me había sentado el día anterior y que ya había sido reemplazado.
— Siéntese donde estaba, me reclamó el subdirector de
disciplina
Entonces un tipo regordete y de baja estatura,
embutido en un traje barato y apretado, bigotillo a lo Negrete y espejuelos de grueso
plástico negro que nunca había visto en el colegio, se me acercó para
extenderme una cuartilla en blanco y un lápiz; con cierta solemnidad del
especialista contratado a los efectos el perito calígrafo me ordenó:
— Escriba con su letra “normal” (creo que para hacerse
entender evitó decir cursiva) lo que voy a dictarle: Quiero un conejo…
No dijo más, confrontados los rasgos de las primeras
letras de las palabras que escribí con las que había visto en la paleta del
pupitre, tomó la hoja y dijo con la misma solemnidad sentenciosa con la que
había actuado:
— No hay dudas, este alumno ha sido…
Pensando en las consecuencias, sentí miedo y esa
sensación concomitante de vacío en el estómago, el rostro enrojecido y el
termómetro de las orejas convertidas en calefón carnal. Mientras, escuchaba el
cuchicheo de los especuladores imaginando versiones de lo que podía haber
sucedido conmigo; el alumno que había sido señalado como autor y culpable de un
hecho que no era posible adivinar a pesar del esfuerzo, el expulsado.
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