No es bueno andar
pensando en pasar cuentas. Algunos, sin embargo, quieren hacerlo a como dé
lugar y que su visión del tiempo que pasó tenga que ser la misma para todos. Se
trata de poner en la línea de arrancada al pelotón en la misma posición y que
todos se muevan como si se tratara de los muñecos de carne y hueso de esas
paradas militares, casi, como en una coreografía maquiavélica y estridente de
botas sobre el suelo y al unísono.
Odio eso. Ante todo,
porque proyecta una perspectiva que no admite la versatilidad del pensamiento,
desconoce su independencia y estigmatiza la diversidad interpretativa. Si bajo
el influjo de una tormentosa experiencia pretendidamente colectiva, alguien ― o
algunos ― callan, tratan de pasar inadvertidos y hacen como que miran, sin
observar, para que no quede la imagen de lo que no se quiere ver, los
vocingleros; que creen que a la estridencia y la precisa imagen de lo
imperativo no hay quien se resista, van a emitir juicios que
pretenderán justificar su actitud de ayer y lo peor, también la de hoy, aunque
no sea la misma. Todo está sujeto al cambio, cierto; ¿pero en qué medida? Los
exorcismos ideológicos no suelen hacerse bajo el efecto de la cruz y el agua
bendita, tampoco admiten condicionamientos ceñidos a la búsqueda del medio
término. Hay, quizás, algo de imparcialidad en ello: o con Dios o con el
Diablo.
¿Existen excepciones a
las reglas? Por supuesto que sí, pero en ciertas coyunturas de referencia,
tales excepciones deberán expresarse en acuerdo con la ventaja de los que
coinciden con la mayoría, aunque entrañe la culpabilidad, sobre todo en tiempo
pasado. De otro modo: cuando suceden hechos, acontecimientos que parecían la
materialización de la bonanza, no era factible escapar de esa influencia; todos,
según la sentenciosa inteligencia de los predestinados, debieron comprender
cuanto había de ventaja en una sociedad basada en la justicia que no era para
nadie y de la que, en el afán de la justicia verdadera, ninguno, podía fiarse.
No digas que nunca
fuiste; habrán de acreditarte un pecado capaz de acudir a las excusas para que
no puedas parecer lo que eres hoy y has sido siempre: un tipo más o menos
consecuente. Los que te acusarán, lo han sido todo, menos eso y cuando alcen el
índice para acusarte y ante la evidencia que tendrán a bien mostrar para que no
escapes a la condena, volverán a presentar las evidencias de los tiempos en que
se gestaba el desconcierto. Echarán mano de textos (casi bíblicos, o códices de
magia) en materia social, política, económica y aún a pesar de que las
evidencias y el tiempo los tendrán superados, conseguirán atribuirle la valía
necesaria para decir que el andar con ellos bajo el brazo no era un
divertimento, más bien el encuentro con la verdad que era…aún a pesar de su
innegable relatividad, algo tangible.
Si nunca fuiste,
debiste ser adorador de la mentira, dirán. No importa si tienes pruebas de la
compulsión a que te sometieron, si te amenazaron, si cuando arrancabas con el
igualitario y supuesto derecho de quienes se aglomeraban en la línea de partida
coartaron tú voluntad condicionándola al deseo ajeno y plural de los agoreros
de panaceas intangibles. Al cabo fuiste y eres, un redomado mentiroso, porque
esos jueces de hoy fueron también los de ayer los que alguna vez te condenaron
y hoy pretenderán, si lo permites, hacerlo nuevamente. La inconsistencia de su
estafa me provoca, al menos, dudas; no me confunden. Son demasiado insistentes
y muy interesados a la hora de las argumentaciones.
Piensa, no es bueno
andar pasando cuentas. Dar margen a cierta capacidad para el olvido es también
asumir una actitud justiciera y, dejar espacio a la incapacidad para el empeño
de la necedad, es una manera de evitar lo pírrico de las victorias sobre el
tiempo. No deberás ser nunca el que levante el índice; los apóstatas, se
condenan solos. Estoy convencido, nunca fui y pagué por ello cuando costaba
caro. Hoy, los veo pasar como Job, frente a mi puerta.
José A. Arias-Frá.