Una vez conocí un tipo
que bien podía ser conceptuado desde una postura lombrosiana como poseedor de
un perfil delincuencial y algo había de eso, también tenía cara de histrión,
aunque no lo fuera y de las máscaras, la trágica.
Lo que no era apropiado dudar era
que debió haber sido objeto de numerosas burlas siendo niño. No hay gremio más
cruel para la mofa que el de los chicos en la escuela.
Aquel sujeto andaba por
los cuarenta y era, vaya, íntegramente feo. Carecía del más mínimo atractivo
porque además de hacer palidecer al susto, era un desgarbado alfeñique.
A veces alguien así,
cuenta con otro tipo de atractivos que fuera de cualquier sospecha entre
congéneres, adornan la personalidad de quien no es favorecido, sobre todo entre
las féminas, por las sutiles y soñadas bellezas de Adonis. O bien posee un
dilecto intelecto, un verbo avasallante o una esmerada educación capaz de
inspirar admiración entre quienes le rodean.
Pero nuestro sujeto no
era la excepción; por añadidura, mal educado ― aunque sin ser irrespetuoso ―,
inculto y vulgar. Cada día, dos veces, comía lo mismo: arroz y frijoles
y podía ufanarse de poseer un metabolismo envidiable, al extremo de que no
ganaba en peso y su apariencia de gusarapo entre humanos no cambiaba un ápice.
Contaba historias que
no iban de estulticia ni virtudes. Aseguraba que por haberse tenido que
enfrentar a una existencia sinuosa, en medio de relaciones familiares
disfuncionales y promiscuas, debió aprender a vivir entre delincuentes hasta
convertirse en uno de ellos y solía repetir aquello de que cuando no estaba
preso, lo andaban buscando.
La policía, al
observarle vulnerable, abusaba de él y si lo habían detenido por “carterista”,
deleznable oficio para el cual era hábil, siempre, después de cobrarle el
barato, no le dejaban ir sin propinarle un par de bofetadas.
Entonces, llegó por fin
el día en que, estando preso, sin preguntarle si estaba dispuesto, sin tener en
cuenta vínculos afectivos o familiares, lo montaron en un barco que lo condujo
a un universo desconocido donde le hicieron creer que la fealdad no es pecado
de origen, norma el abuso y sobradas las oportunidades.
Por suerte, se
reencontró con un hermano mayor que él, casado con una tal Teté, La China y que
por mera casualidad era coetánea con él y casi veinte años menor que su marido,
ambos tenían un próspero negocio en el ámbito del comercio minorista en una
céntrica calle de la ciudad y una buena casa en la que sobraban las
habitaciones porque, aunque lo había deseado, el dueño de todo aquello nunca pudo
embarazar a Teté.
Contaban que el feo era
proclive al ridículo y una vez que lo invitaron a la playa, se apareció con un
atuendo bastante inapropiado. Tenía el torso cubierto con una camiseta de
mangas de esas de la marca “Perro” con sus característicos botoncillos de metal
y sus manguitas ajustadas rematadas en un tejido elástico repujado, un short
demasiado ancho del que, al límite inferior, sobresalía la única parte de su
anatomía al descubierto: la huesuda rodilla y la mitad superior del peroné. Allí
comenzaban unas medias de nylon azul transparentes que estiradas al límite, se
perdían en unos zapatos negros de material lustrado y cordones. Con las fotografías polaroid que testimoniaron el debut del feo en las benevolentes y apacibles
arenas de la playa, hubiera bastado para hacer un buen reportaje humorístico.
Cuando habían pasado un
par de años, ya casi nadie tenía en cuenta lo que sucedió después de la muerte
del viejo y respetable esposo de Teté, La China. Nadie era capaz de asegurar si
el infarto que se lo llevó fue a consecuencia de haber descubierto encamados a
su mujer y su hermano (nada que ver con aquella novela de Bayly, ni idea tenían
de su existencia) porque al parecer, el feo tenía su arma secreta a la que La
China le agradaba exponerse como blanco. Ella, que nunca se embarazó del
marido, a los seis meses del fallecimiento, le parió al “Bat” ― así empezaron a
llamarle al feo, no sin cierto esnobismo ― un crío que, según algunos
insensibles, era mitad humano y mitad murciélago.
Que me digan feo, repetía
el Bat, acordándose de aquel changüí de Pacho…en cuanto me vean, que la dicha
de quien no es bonito todos la desean ¡Feoooo!
José A. Arias-Frá.
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