sábado, 3 de diciembre de 2016

ÉL, LOS RECUERDOS Y EL PASADO...

Cuando había pasado mucho tiempo y pensar no era lo que mejor se le daba, el hombre comprendió que el estado en que se encontraba y en el que aún era capaz de percibir sensaciones, era el resumen de su propia vida. No sabía cuando terminarían sus días; pero de algo estaba seguro: habían terminado sus elucubraciones. Ya no era preciso, ni necesario, encontrar respuestas y, lo más apropiado, le pareció recordar. Recordar su pasado era la única herencia que, en vida, le había dejado la vida que le tocó vivir.

Se dejó arrastrar por el efecto de la memoria y llegó tan atrás como pudo para darse cuenta que existía un límite que él, como todos, no era capaz de transgredir y donde se hacían borrosos los recuerdos hasta diluirse en especie de bruma; en una zona imprecisa en que debía entrar en escena la imaginación. Tal abstracción dejaba, por fuerza, de ser su propia realidad y decidió no contar con ella. Todo formaba parte de una historia que le habían contado y de seguro, como tantas otras que después escucharía, adolecían de parcialidad.

A medida que fue recordando, Él también estableció límites y concluyó que más allá de un montón de impresiones engarzadas, tampoco podía prescindir de las deformaciones de tal parcialidad porque constituían una forma de justificar su existencia. Se enfrentó, entonces, a una terrible disyuntiva: lo que podía valorar como bueno, había sido malo para otros y lo que lo llevó a ser condescendiente, permisivo, tolerante; pero también ambiguo, inconsecuente, mezquino, y lo puso alguna vez al borde de la trascendencia; le había ganado aparentes afectos entre quienes le conocieron. Ahora, muchos no estaban para molestarlo con su impertinencia fundamentada en la ignorancia de quién era y concluyó que quizás fuera mejor. Otros, que andaban, ya no tenían memoria; eran seres inconscientes y vegetativos.

Nadie puede tan siquiera intuir quién es el otro, lo que realmente piensa y cree, porque lo particular e inédito; nunca forma parte de lo cotidiano en la visión distorsionada del resto. Como fórmula que se repite en cada caso, lo del ser y la conciencia es algo más que un presupuesto filosófico. El ser, lo material, la conciencia, remedo de las cavilaciones, siempre con matices de deslealtad. De todas esas cosas, estaban repletos sus recuerdos y para hacer balance, nadie más que él. Los juicios ajenos serían inexactos, cosa de escucharlos para sentirse incomprendido o, halagado, en la seguridad de que esto último siempre es evidencia de hipocresía.

¿Cómo tratar, entonces, de conformar su presente sin abrazarse a la egolatría? El complejo estado actual de su memoria en que los recuerdos se acercaban definidos por las situaciones e inexplicablemente, conformando la incongruencia de resultados vinculados a decisiones personales que pudieron afectar a más de uno, era todo con lo que podía contar.

Él, sabía que no era un irresponsable capaz de sustentar sus culpas en la creencia del perdón concebido fuera de sí mismo. Siempre había creído que algo así, era una manera irresponsable de lidiar con la realidad, pero, estaba seguro; que no podía perdonarse algunas cosas de la misma manera en que otros no hubieran podido hacerlo aunque lo prometieran. El perdón, es sólo eso, una simple promesa que proviene de un sustrato de insidias, maledicencias, frustraciones y rencillas que conforman la evidencia de que olvido y memoria son conceptos reñidos. Por eso Él, al recordar, estaba convencido de que el perdón ―aún poseyendo una elevada dosis de relativismo ― era un acto de contrición, nada más.

Trataba de entender aquella vez en que para salir airoso de una situación embarazosa quiso culpar a otro de lo que era su delito y a sabiendas falsificó papeles y hasta la rúbrica de ese otro que pagó por él las consecuencias. Ni siquiera se desveló cuando lo hizo y sabía que la víctima, no podía perdonarlo. De haberlo hecho, hubiera sido un acto de simulación donde el efecto no estaba exento de mutua culpabilidad; la de Él, el impostor, el apóstata; y la del otro para sentirse sumido en la irremediable sensación de la mentira.

Luego Él, sintió ―eso sí ― remordimientos y algunos resquemores de no poder, siquiera, perdonarse a sí mismo. Trató entonces de creer que en el balance que ahora pretendía, sus buenas acciones pesaban más en su existencia y se vio circunvalado nuevamente por la sensación de vivir dentro de un globo que podía reventar al más mínimo pinchazo y meterse en otro a tenor de iguales circunstancias; como si estuviera viéndose flotar, y en dependencia de miles de aguijones contra los cuales las coces se convertían en sensaciones eternas de dolor.

Él, pensó que había dedicado la mayor parte de su vida a amontonar recuerdos en que los peores sólo representaban situaciones excepcionales. Le pareció que entre esos y los buenos, podía encontrar la justa compensación que pretendía pero así y todo, llegó a la conclusión de que no había tal balance y la parcialidad, con el ropaje de la justificación, también lo hacía su víctima. ¿Por qué era capaz de detallar en su memoria todo lo que le había hecho feliz y se empeñaba en desdeñar lo demás? Él, también era imparcial, humano al fin.

Entonces se percató de que se involucraba en un ejercicio agotador, tanto como la gran carrera de la vida que nunca concluye; como en aquella experiencia del corredor de fondo, que, mientras se fatiga, piensa en su pasado y se empeña en llegar el primero.

Al final, entendió por qué ya no pensaba. Seguirlo haciendo, no hubiera significado ningún cambio y como bien creía, todo sería parte de inacabadas elucubraciones. Al tiempo, decidió dejar que otros lo hicieran por él, mientras observaba que de los dedos les crecían aguijones.

José A. Arias-Frá.
   

   

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