ENTRE FÁBULAS Y
CARAMELOS
En qué estaría
pensando aquel hombre que regalo a su hijo un día de cumpleaños las fábulas de
Samaniego y una bolsa de caramelos Perugina. No era fumador y no bebía alcohol,
en su lugar y siempre a mano le gustaba tener una bolsa de las confituras
italianas.
El individuo era
en cierto modo especial; venía de Europa, un continente que visto desde la
dimensión de una isla entre las aguas del Golfo y el Mar Caribe, parecía un
enclave para afianzar ideas y tomar aliento, aunque no por ello, sin
pretensiones de gran significado entre sus naturales.
No era
importante como había llegado hasta allí, lo refería en contadas e íntimas ocasiones;
menos, como se consolidaron en su mente las costumbres diferentes de la gente
que poblaba el lugar y entre las cuales y a pesar de todo seguía considerándose
extranjero.
Soñaba, entre
destellos de tradiciones como huellas dejadas por su infancia en su acervo, con
los nuevos estímulos adquiridos en viajes de regreso a la península de donde
era y a otros lugares de los que había oído hablar a sus mayores cuando no
entendía muy bien a que se referían e intuía que aquellos sitios de quimeras y
portentos no estaban a su alcance.
Un día, sin
mucha certidumbre para decidirse entre cuero, madera enrejillada o paño, optó
por una poltrona que combinaba los dos primeros materiales y la situó en el
centro del pequeño mundo que estaba creándose: la biblioteca que tenía en casa,
su lugar predilecto y su orgullo. Allí, junto a una gran ventana, había un
telescopio para ver las estrellas y era para él complemento — observar el
celaje — de lo que sabía inalcanzable mientras reivindicaba las cualidades del
autodidacta en que pretendía convertirse; todo lo que supo lo aprendió por si
mismo y fue su mérito.
Entonces conoció
de Esopo, de Cayo Fedro y de Samaniego, que inspirado en aquellos y recorriendo
un tiempo que a su nuevo lector le parecía trascendental y tan lejano como Venus
brillando al lado de La Luna con sus cráteres como manchas reflejadas por la
lente, fabuló sus propias ideas.
Auxiliado por la sensibilidad del que anima en sí
mismo los placeres divinos del espíritu pensó que en la moraleja de las fábulas
había un regalo, en esos diálogos entre hombres y animales en la que estos rozan
enmudecidos el raciocinio por intermedio de la sutileza antropomórfica recreada
por la imaginación observó que, precisamente allí, quedaba evidenciado el arte
implícito en una pedagogía comprensible por los niños.
Aquel libro era
una bella y magnífica edición de gran formato y tapa dura, de cromáticas
ilustraciones alusivas que recreaban momentos importantes de los diálogos y
solo bastaba con observarlas para sentirse motivado a la lectura. Es difícil
pensar en el destino que pudo haber tenido y en el que tantas cosas se
perdieron…
— Escucha: te
gustará este libro tanto como estos caramelos
Con natural
curiosidad infantil su interlocutor se apropió de la bolsa con un lazo
escarlata junto al borde sellado del paquete y en letras plateadas, sobre un
fondo de rojo menos intenso, el nombre de la marca: Perugina.
Son caramelos
italianos, los hacen en una ciudad llamada Perugia en el centro de Umbría,
lugar que conocía, había estado allí; la referencia geográfica que poco pareció
importar, pronto se convirtió en preámbulo para desenvolver uno tras otro los
dulces despojándolos de su envoltura multicolor.
— Hay una nota diferente detrás de cada papelito.
— ¿Una nota?
Entonces se
inclinó para recoger uno de los últimos en caer y leyó lo que decía en el envés; era
un mensaje de amor que como las fábulas del libro entrañan también su propia moraleja.
El niño alcanzó
a mirar el papelillo sin leerlo y alzó la mirada para mostrarle al padre su
agradecimiento con una sonrisa.