viernes, 24 de octubre de 2014

DESNUDOS EN "EL BOSQUE"


Hace solo unas semanas me reencontré con Frank, un viejo amigo de los “buenos tiempos” que a veces y con un poco de ilusión, era posible rescatar  entre los malos y hacer de ellos inolvidables paréntesis en la monotonía del agobio cotidiano.

Como vivimos muchas aventuras juntos, empezamos a recordar peripecias y tribulaciones y seguidamente sobrevinieron las consabidas preguntas: ¿te acuerdas de…?, ¿qué será de la vida de…?, ¿sabes que…se fue para España y por allá anda? Al final, más que preguntas, las aseveraciones sobre la muerte de uno o más carnales que siempre se sabe cierta.

Entonces volvimos a reírnos, aún con cierta malicia, de la historia de Pedro y Carmina; por cierto ya sabíamos que Perucho, así le decíamos a Pedro, se fue algo temprano y que Carmina, hoy es su viuda.

Por el 68, después de la ofensiva revolucionaria que terminó con lo poco que quedaba en pie; se acabaron los timbiriches, se cerraron los nighclubs –creo que Tropicana se salvó porque de alguna forma le previeron un destino como el que tuvo después: premiar a los “vanguardias” de la “emulación socialista” y, por supuesto, los extranjeros-, se cerraron los moteles, las posadas; como eran conocidas con aquella inspiración erótica que en la jerga de los cubanos implicaba el término. Frank, más actualizado en su deslinde cronológico con la realidad del terruño, llamó mi atención sobre ciertos cambios habidos al respecto.

Hace algún tiempo, me contó, lo de referirse a una posada perdió la picardía y la adusta acepción genérica del término, terminó por hacerse justicia. Hay que poner a tono con el léxico, advirtió, el entendimiento de los turistas; ahora las posadas, antiguos templos de la fornicación, son “hostales” que se anuncian públicamente para que ellos entiendan y no se hagan "mala sangre"    

Para el año aquel en que Mefistófeles terminó de tragarse las llaves de la felicidad y dijo: “hágase mi voluntad” se puso de moda el “amor libre” Es probable que se infiltraran los primeros vientecillos de la revolución social que fue el hippismo atizado por la era de Viet Nan, los estudiantes de La Sorbona reprimidos violentamente en Francia y los que corrieron suerte, aún peor, en la Plaza de Las Tres Culturas en Tlatelolco. Los que optábamos por el riesgo de indagar, al elevado costo que ello representaba, nos enteramos también de Woodstock y hasta escuchamos la historia de Jimi Hendrix y su ecléctica interpretación del Star Spangler Banner entre flores y desaliñadas vestimentas de chicas sin brasier y cabelleras desgarbadas.

Aquello del “amor libre” tuvo, sin embargo, peculiaridades muy específicas en nuestra coyuntura y, como no había dónde acostarse, cualquier agreste y recóndito agujero se convertía en un buen sitio a fin de conjurar el deseo y el placer. A las hormonas revueltas no hay quien les ponga freno y en eso, todos parecíamos estar de acuerdo.

El Parque Almendares, en el linde entre El Vedado y Marianao se convirtió entonces en lugar socorrido y concitaba el choteo observar, desde el puente sobre el río que le da  el nombre, el desfile de parejas engarzadas del talle en traslado continuo hacia la parte que llamaban “El Bosque” La otra, al otro lado del puente, era la de las pérgolas y los kioscos, llena de aceras serpenteantes y hasta un mini-campo de golf (“golfito”, en diminutivo) que no se cómo supervivió teniendo en cuenta que el golf era un “juego de burgueses” y, en consecuencia, un “rezago del pasado” Definitivamente aquella área concebida para menores, no  nos resultaba atractiva y consecuentemente, no nos interesaba.

Después de todo la libertad del amor, única posible, no vino nada mal y se confabuló bastante bien con el libre albedrío del instinto que no era dable controlar como todo lo demás. No costaba nada, no había que hacer colas para alquilar un cuarto y nos hacía sentir más a tono contra los modelos  aupados por los dogmas del oficialismo y una manera de desentendernos de ellos.

Ese sábado en la noche Perucho y Carmina descendieron del ómnibus en la parada del cuchillo donde estaba la casa sobre una quilla de piedras ornamentales que se construyó allí José Manuel Alemán, político de la extinta república y ministro de educación en el segundo gobierno de Ramón Grau San Martín. Desandando calle abajo, se integraron en el grupo cuyos propósitos los identificaba; solían cargar bajo el brazo un rollo de lona o de plástico para estirarlo y tenderse encueros sobre la hierba, fría y húmeda, que, con los cuerpos enfebrecidos de antemano y los trajines del coito por venir, era incómodo y algo molesto.

Según nos contó Perucho se fueron bien abajo, casi pegado al río y cuando escogieron el pequeño claro de su imaginario tálamo, estiraron el plástico, se quitaron la ropa que descuidadamente colgaron sobre unos arbustos cercanos y comenzaron a disfrutar su placentero idilio. Al terminar, entre arrumacos y caricias, promesas a futuro y aún jadeantes, Carmina fue a buscar la ropa, pero se encontró con una desagradable sorpresa.

Para Perucho, sentado sobre el nylon, el grito de ella tuvo un efecto fulminante que lo disparó a su lado para protegerla. Entonces vio al tipo que oculto detrás del matorral, lo había observado todo. Era uno de los tantos “rascabuchadores” –voyeristas- que se dedicaban a seguir las parejas y esconderse para gozar, literalmente, del espectáculo de aquellas escenas bucólicas de pasión en desenfreno.

-¿Quién carajo es usted, qué hace metido ahí?

La respuesta del tipo fue una sonrisa maliciosa y estridente que en la oscuridad le dejó ver, al asustado Perucho y a la Carmina que temblaba de pies a cabeza agazapada tras él, la blanca dentadura del individuo. Entonces Perucho recordó historias trágicas de las que había escuchado y mientras el hombre se alejaba para difuminarse entre el follaje, alcanzó a decirle:

-Piérdase, váyase a la mierda hijo de puta, rascabuchador, ya vio lo que quería.

A cierta distancia volvió a escuchar las carcajadas del tipo sin verlo. Era el atributo sonoro, “en off ”, de una tragicomedia que no terminó con la insolencia del intruso, más bien estaba comenzando.

-Perucho, ¿y la ropa?, no está aquí, ¿la tienes tú?

-No, no. Búscala, debe haber caído a la hierba o estar enredada en los matojos.

Vanos fueron todos los intentos; la ropa no apareció, el bribón cargó con ella porque quizás intuyó que su talla era la de Perucho y la de Carmina, la de alguna pariente o conocida suya.

Por suerte para Perucho lo único ajeno a su expuesta anatomía era el reloj de pulsera que observó para darse cuenta que eran pasadas las tres de la madrugada.

-Ay Peru, y ahora qué hacemos, tengo mucho frío.

-Vámonos a la orilla de la carretera, allí nos escondemos detrás de cualquier árbol y esperamos que amanezca, luego veremos…

Perucho le cedió el nylon a Carmina para que se cubriera con él y se protegiera del impertinente y gélido vientecillo, otra cosa no podía porque era transparente y no le permitía ocultar su desnudez. Él Adán y ella Eva, en medio del paraíso ribereño a orillas del Almendares, protagonizando una versión nada ortodoxa de la historia bíblica; para colmo, sin manzana; aunque tampoco y para bien, ausente de serpiente. Los demonios en solaz, estarían bien protegidos y a resguardo de los contratiempos inverosímiles del “amor libre”

Cuando los primeros rayos del sol en la mañana comenzaron a irrumpir entre los claros de los grandes laureles que amortiguaban su luz sobre el estrecho camino asfaltado al que llamaban, hiperbólicamente, carretera; muy pocos lo utilizaban; la mayoría, furgonetas cargadas de vituallas para la sede de una brigada soviética, de “bolos” (*), que al otro lado de la vía tenía allí su cuartel. El predio era zona militar y su entorno inmediato, el bosque. No había viviendas, ni vecinos.

-Escóndete Carmina, ahí viene un carro.

Era un Chevrolet del 57 muy bien conservado, rojo y blanco. Perucho, como efebo recién salido de las termas, saltó al borde y comenzó a mover sus brazos con el mismo ademán de los retranqueros de ferrocarril o los taxeadores de aeroplanos y el conductor, cuyo rostro se le hizo conocido de inmediato, se detuvo con un frenazo seco y sonoro que  complementaba la imagen del pecado en el silencio matinal, apenas arrullado por el sonido de las hojas en los árboles al contacto de la brisa.

-Oiga, ¿qué hace ahí encuero en pelota? Está loco ¿o qué?, ¿qué le pasa?

Al escuchar la voz del hombre que conducía, Perucho ya no tuvo dudas y se atrevió a llamarlo por su nombre. Era un periodista y comentarista deportivo de los más populares por su forma de narrar los juegos de baseball.

-¡Ah! ¿Sabes quién soy?

-Claro, quién no lo sabe. Mire lo que nos pasó…

-¿Cómo que nos, a ti y a quien más?

-Bueno -entonces a Perucho le empezó a temblar aún más la voz- también a mi novia que está detrás del árbol, dijo. Ven Carmina, sal de ahí, el “compañero” nos va a resolver.

Los espléndidos atributos de Carmina, expuestos sin remedio tras la frugal transparencia del nylon; hicieron que al “compañero” comentarista, devenido en samaritano del camino, lo traicionara la mirada, pero los acomodó como atípicos e insólitos pasajeros del destape, sugiriéndoles que se agacharan entre el asiento y el piso del auto y poder evitar que una persona como él fuera observada trasladando un hombre y una mujer desnudos en su vehículo. Se dio vuelta desandando el trayecto y regresó a su casa para facilitarles unas vestimentas. Durante el recorrido, Perucho le contó el resto de la historia y a pesar de ser muy celoso no le molestaba tanto que, al mirar por el retrovisor, su interlocutor enfocara en Carmina la mirada a pesar de que era él quien hablaba.

-Cuando tengan tiempo pueden devolverme la ropa aquí, o llevármela al periódico (se refería al “Granma”), donde escribía sus crónicas deportivas y a donde se dirigía aquella mañana.

-No hay apuro. Espero que esto les sirva de experiencia.

Señor, argumentó Perucho, a quien lo de “compañero” debió parecerle deleznable en tales circunstancias; creo que la semana que viene nos casamos aunque no tengamos donde vivir y vaya a mudarme con los suegros.

Así fue. Los padres de Carmina nunca supieron los verdaderos motivos de tan abrupta decisión, ni imaginaron la singularidad de su origen y si alguna otra sospecha se adueñó de ellos, quedó disipada por el talle de Carmina que permaneció inalterable durante los meses siguientes a la boda.

Recordando la historia entre risotadas engarzadas con cierta y alevosa promiscuidad; el humo de mí tabaco dispersándose en el aire elaboró la imagen cierta del destino de todos los recuerdos. Después, sólo otro sorbo de los “screwdrivers” para asegurarnos de que logramos sobrevivir.

- ¿No crees, Frank?


José A. Arias Frá

En: Cuentos y relatos de la Memoria Intrusa.

  

Nota.-Por elemental discreción he cambiado los nombres de los principales protagonistas de esta historia, que es real, y dejado de mencionar el del periodista, comentarista radial y televisivo que fue muy popular por aquel entonces.

(*) Bolos.-Apelativo por el cual, en razón de su apariencia desgarbada, designaban a los soviéticos en Cuba.


   


  

martes, 21 de octubre de 2014

TODOS LOS CHINOS SE LLAMABAN JULIO.


Era difícil investigar de dónde procedían los chinos que frente a las dificultades lograron hacerse un sitio en medio ajeno y diverso. Para los cubanos y de la misma forma que todos los españoles eran gallegos, los chinos eran de Cantón, de “Cantón-Manila”

Rara dualidad esta última, pero parónima sentencia que arrastraban por vida porque a los de piel amarilla y ojos oblicuos la condición de “chinos” los clasificaba indiscriminadamente sin entrar en categorizaciones nacionales. Podían venir de La Manchuria, de Shanghái o Hong Kong y ser “chinos de verdad” de Corea, Tailandia o Las Filipinas, de Mongolia y hasta de Taskent o El Turkestán e inclusive del Japón; para los cubanos, cuando hablaban entre ellos, nadie los entendía y todos hablaban chino.

En número menor que los negros provenientes del África y producto de una situación no relacionada, llegaron a Cuba como braceros en los principios del XX.

Seguramente el idioma, las costumbres, las creencias religiosas y la certeza de la ruptura definitiva con el aliento de la tierra de origen, contribuyeron a esa unidad sectaria y misteriosa que origina la existencia de esa especie de santuarios que son los barrios chinos y en cualquier lugar del planeta donde, por pequeña que sea la comunidad que conforman, dan lugar a su origen.

La Habana tenía un Barrio Chino con notable fama y tradición y a pesar que lo desbordaba el compelido espíritu emprendedor de los asiáticos entre los vericuetos de otros en que plantaban tienda; ese era su barrio aunque vivieran fuera de él. ¿Dónde comprar el periódico escrito en ideogramas del mandarín o el cantonés?, ¿encontrar un templo Tao y reencontrarse con Confucio? O paladear, patos, perros, aletas de tiburón y tomar huangjiu caliente. Todas, alternativas específicas y fuera de contacto con las costumbres occidentales y poco menos que aborrecibles para el común nacional en su entorno.

A pesar de todo, los chinos también se aplatanaron y hasta se dejaron rebautizar por los cubanos que sin rubor, les cambiaron el nombre: todos los chinos se llamaban Julio y se apellidaban “Lí” –quizás quisieran decir Lee- aunque nunca la simpleza de semejante abstracción coincidiera con la realidad y otros fueran Chang, Wong o Chí, como el del arroz, que se llamaba Hong.

Al chino Julio lo conocí desde que empecé a jugar bolas y cuatro esquinas en el cruce de Concordia y Perseverancia, céntricas calles de San Leopoldo y en el linde de los barrios de Monserrate y Cayo Hueso; justo en una de las esquinas tenía un puesto de frutas, viandas y helados.

Cuando yo prefería escaparme de la escuela para dedicarme a menesteres más agradables, el chino Julio debía estar picando los sesenta, eso calculaba, aunque siempre escuché decir que determinar la edad de los asiáticos es tarea cuesta arriba y, como son lampiños, suelen parecer más jóvenes de lo que realmente son.

Julio era flaco y pequeño y sus ojos, dos rayas como cortadas sobre sus pómulos para permitirle la visión. Dudo que supiera leer el castellano aunque de alguna forma se las arreglaba para entender las listas de los encargos que le dejaban las comadres, clientas del puesto, por debajo de las puertas metálicas de su establecimiento, una por cada calle. Lo cierto es que nunca se equivocaba.

Era muy probable que Julio hubiera sido un culí que llegó por el oriente insular y, váyase a saber cómo, fue a dar a la capital; definitivamente nadie lo sabía porque él no insistía en comunicarse, su español era tan limitado y simple como su vida misma. Abrir el puesto a las cinco de la mañana y cerrarlo a esa misma hora en la tarde para perderse tras la cortina de saco que cubría la intimidad de la trastienda separada del mostrador por un dintel y donde habían tres trastos que conformaban el mobiliario: una mesa, una silla y un desvencijado catre; todos bajo la luz mortecina de un bombillo sin lámpara.

Aunque nadie se ocupaba de averiguarlo, una vez me pregunté dónde se bañaba, si había un sanitario disponible y qué otras cosas hacía después de cerrar el puesto. La respuesta me la dio Eligio, uno de mis acólitos del barrio que vivía en unas accesorias de dos pisos justo al fondo del puesto de Julio. La de arriba era la de él y su gente, que no eran pocos. Ven asómate; encaramado sobre una caja de madera pude husmear para ver en planta un tabique que delimitaba un pequeño espacio donde un mugriento lavatorio, una palangana y un bacín de gran tamaño eran los trastes indispensables para una existencia de prisionero a voluntad.

-Vez el alambre en que cuelga la ropa, me dijo Eligio, a cada rato pone a secar aletas de tiburón en salmuera y las sancocha en la palangana. El olor nos mata.

Quizás el chino Julio tuviera poderosas razones para ocultar la falta de higiene a la visión de sus clientes y otra de las cosas que hacía, según Eligio, era fumar opio introduciendo una gruesa caña brava en el agua de la palangana mezclada con el alucinógeno y aspirar el vaho por un cáñamo más fino inserto en una abertura de la principal.

Algo debía conseguir que contribuyera a alienarlo de su rutina y al parecer, de vez en vez, alguna mulatona del “Reverbero Encendido” conspicuo y famoso solar de San Leopoldo que estaba a media cuadra, por Concordia, entraba sigilosa y a hurtadillas para darle placer al chino y cosechar su plata. Es posible que también le cobraran en especies.

Aquel puesto era un abarrote de guindajos de plátanos, manzanos y Johnson, verduras, vegetales, frutas tropicales, maní tostado, mandiocas y otros tubérculos y hasta helados de varios sabores. ¿Cómo podía mantener todo aquello de la mejor manera y satisfacer a la marchantería? Debió haber sido mago para conseguirlo. Posiblemente tuviera bien calculado lo que vendía y sólo se reaprovisionaba cuando estaba a punto de terminar con lo que tenía.

Creo que la primera vez que vi chinos hablando en chino fue al escuchar a Julio comunicándose con dos coterráneos que venían a traerle las vituallas directamente del Mercado Único –La Plaza- allá por el ferrocarril de Monte. Buenas migas hacían y cuando se despedían haciendo uso de aquella ininteligible jerga parecían satisfechos, las rayas de sus ojos se estrechaban en una mueca sonriente que dejaba apreciar la cavidad bucal y una ausencia casi total de dentaduras. A la vez, movían la cabeza en péndulo frontal que significa agradecimiento, aprecio y compromiso.

Con el tiempo y por el 64, todo comenzó a cambiar y aunque Julio seguía en la esquina para sus clientes del barrio, no era lo mismo. Comenzó a abrir más tarde y cerrar más temprano hasta un día en que las puertas no se levantaron. Habían pasado tres días y nadie lo había visto. Las comadres descerrajaban manotazos sobre el metal de las puertas y le voceaban, pero el chino no respondía. Un olor pútrido comenzó a invadir la esquina por los dos costados y desde el muro de Eligio no se veía nada, pero se percibía la luz de la bombilla y el olor subía, aún más fuerte.

Cuando llegó la policía y forzó la corredera para alzar la puerta, el fétido impulso del aire escapando al exterior  provocó una reacción simultánea de los curiosos que se alejaron sin que se les ordenara para tratar de conjurar el efecto. Julio, más pálido que de costumbre, yacía muerto sobre el catre. La más contundente evidencia de que murió de causas naturales fue el hallazgo, bajo la colchoneta sobre la cual yacía, de casi cincuenta mil pesos.

José A. Arias Frá.

En: Cuentos y Relatos de la Memoria Intrusa.   

 

jueves, 16 de octubre de 2014

ENTRE CICLONES.


Especie de sabiduría es la que creemos poseer en los feudos del azote donde el torbellino se gesta entre el calor excesivo del agua y la densidad de cúmulos pesados y grises, casi negros.

Dicen los que han ido más allá; en indagaciones científicas, teorías que apuntan en diversas direcciones, gradaciones de impronta diversa categorizadas en potencia; que desconocen de cierto su origen y no hay paliativos posibles. El ciclón se desaferra a voluntad y por ella misma muere, casi siempre, de frío.

Por lo que a nosotros, habitantes de la mayor de las Antillas toca, uno de entre muchos proponentes llegó a interesar a los demás con sus hipótesis y le concedieron la categoría de “experto” en el tema. Orgullo para él y también para nosotros aún a pesar de las afectaciones. El doctor Mario Rodríguez Ramírez murió sin conseguir la homologación de su famosa “Teoría Vorticial” acerca del origen de los huracanes.

Dejándome sentir la insolencia de su majestad, la furia del huracán la he vivido cerca. La primera vez –siempre hay una- sólo lo imaginaba y aunque había escuchado las historias de los viejos sobre árboles arrancados de cuajo tras haber encajado pacientemente sus raíces en la tierra durante siglos y mares de leva capaces de transformar el catastro costero de alguna población borrándola del mapa junto a sus venerables correligionarios, nunca se sabe. Los mismos viejos repiten: hay que verlo y vivirlo para creerlo.

Los miedos pueden ser diferentes y diversos sus orígenes. Cuando vienen de la naturaleza  se convierten en pánico. Ante la fuerza incontrolable de sus atributos, el miedo produce indefensión, nos somete tensando la voluntad y termina con ella rompiéndola en pedazos como a todo lo demás. Unos optan por agazaparse, a otros le sobreviene la histeria y los que parecen más calmados deciden rezar, alternativa socorrida en la desgracia.

Aquel día –el de mi primera vez- creo que por el 66, no tuve muchas opciones y me vi obligado a enfrentar al ciclón de la peor manera. Si mal no recuerdo creo que el meteoro tenía nombre de mujer, Alma, y atravesaba el occidente insular donde para mal, estaba estacionario y se negaba a disminuir su intensidad.

Llegamos – yo era parte de un “contingente”- a un lugar llamado Taco-Taco (no sé aún por qué, aunque detrás de tales nombres siempre hay una historia interesante, luego; también una prisión) El trayecto en un tren conformado por “rejillas” para el transporte de ganado vacuno nos preparó bien para el reto. Todo sucedía con rapidez y sin tiempo para limpiar el maderaje de los pisos, el olor del estiércol se hacía insoportable. Por añadidura, debido a la lluvia; copiosa y sin espacios, el suelo era muy resbaladizo. Ni soñar con posar las sentaderas, pero claudicando al cansancio y haciendo de tripas corazón la mayoría terminó dejando a un lado la asepsia y los pruritos.

De algún modo el aguacero torrencial nos beneficiaba, lavaba el piso y a nosotros; por momentos se hacía tan fuerte que las gotas se sentían como pellizcos en el rostro y la cadencia del roce metálico entre ruedas y rieles parecía disminuir su monotonía frenando el avance; ya la fuerza del viento era tal que, al mirarnos en silencio, todos comprendimos que nos acercábamos al ojo de la tormenta.

Hasta el amanecer no fue posible saber en qué lugar nos encontrábamos porque cuando un chillido de varios segundos dejo resbalar inmóviles las ruedas de los vagones sobre los rieles deteniéndolos, la oscuridad era total y lo único posible era aguzar el sentido auditivo para escuchar el zumbido del viento en    contubernio con la lluvia que dibujaba en ráfagas su indetenible precipitación. Alguien estaba esperándonos; los delataba la menguada intensidad de unos faroles de linterna que se balanceaban sin control y de seguro, fuertemente asidos a las manos de sus portadores.

Llegamos en la madrugada, casi al amanecer. Entonces nos dimos cuenta del terrible panorama conformado por la catástrofe ante nuestros ojos; parecía que el día había acortado su decurso entre las primeras horas de la mañana y el crepúsculo. El sol era sólo una quimera, idea de su existencia y mutis   absoluto de su realidad en las primeras horas de la  mañana.

Abandonamos los carros jaula y se nos ordenó abordar unos transportes militares que nos parecieron un premio después de varias horas enjaulados y viajando como reses que iban al matadero. El lugar de destino fue un barracón gigantesco que hacía las veces de almacén y se encontraba repleto de unas latas de veinticinco libras de color verde oliva y cuyo contenido debía ser muy peligroso al contacto del agua que no dejaba de caer y amenazaba inundar aquel galpón. Pasado el tiempo supimos que lo que había en aquellas barricas metálicas era carburo de calcio y que se hacía imprescindible evitar que tan siquiera humedeciera a fuero de explotar.

Esa mixtura del carburo con el agua, genera una reacción química que puede producir severas quemaduras y nuestra encomienda, sin saber a lo que estábamos expuestos, era evitar que algo catastrófico sucediera. Estábamos convencidos de que llevábamos a cabo una "tarea heroica" al rescate de una mercancía que, por la leyenda en cirílico de los latones –ininteligible para nosotros- era de procedencia soviética.

Sin saber el contenido de lo que manipulábamos, nos hacía sentir inseguridad y temor el reclamo ingente que se exigía para colocar los tambuchos sobre los largos camiones aparcados frente al único lugar de acceso a la nave. Mientras, la lluvia no cesaba y el viento amenazaba con desmantelar las planchas metálicas del techado. Cuando el agua comenzó a penetrar y se retiraron los dos primeros camiones con su carga tapada y sujeta, se nos ordenó deshacer la cadena con la que de mano en mano nos habíamos convertido en trasegadores del enigmático contenido.

La nueva orden vino de uno de los militares al frente de la operación:

-¡Arriba, arriba, rápido, rápido! Los tanques de abajo sobre los que están más altos.

La intuición nos hizo comprender que entre el agua y aquellas barricas existía una absoluta incompatibilidad y tal contacto era lo que a toda costa  trataba de evitarse. Al término, el agua acumulada sobre el piso  hacía que nos moviéramos  con dificultad y entre el chapoteo, nos tapaba las rodillas. Entretanto, el asedio de la lluvia y el viento no cesaba pero la estructura resistió. Al cabo de algunas semanas y de regreso a la Capital, me enteré del riesgo que todos habíamos corrido, que las tanquetas contenían carburo y para qué se utilizaba. Hasta entonces, ni idea tenía de su existencia.

La aventura de Taco-Taco duró unos cinco días, suficientes para comprender por qué los más viejos reducían su definición de ciclón a una experiencia que “hay que verla para creerla” Alma desató ráfagas de hasta 206 kilómetros p/h durante breves espacios de tiempo y posiblemente, al menos eso creo, en una de esas embestidas me tocó presenciar algo que no hubiera podido imaginar. Por una de las callejuelas que desembocaban en la maltrecha estación del ferrocarril, aproximadamente a un metro de la superficie, el tronco de una palmera se desplazaba como proyectil empujado por el viento que controlaba su velocidad de desplazamiento en voluntad y en la misma dirección en que soplaba.

Otros meteoros anduvieron merodeando mi entorno sin que la experiencia se convirtiera en algo  personal y poder observar circunstancias más allá de imágenes televisivas en reportajes de memoria trágica y patética. 

De nuevo para mí, el 24 de agosto del 92, llegó Andrew a Miami y aunque ya mi acervo no era virgen con respecto a los ciclones, viví y sufrí su experiencia de primera mano. Esa vez, aunque no me tocó verlos volar como juguetes del viento enfurecido, supe que levitaron ajenos a su peso; camiones de dieciséis ruedas, aviones militares que se levantaron de sus hangares sin ser pilotados y techos de construcciones que parecían haber implosionado. Su secuela, la más costosa hasta entonces en Estados Unidos, fue calculada en 26 000 mil millones de dólares y las fatalidades humanas en sur Florida contabilizadas en 26 y en 67 el total de sus víctimas. Tuve que verlo para creerlo y concluir  que los viejos saben más por serlo, que por sabios.

José A. Arias Frá.

En: Cuentos y Relatos de “La Memoria Intrusa”


sábado, 4 de octubre de 2014

LA HABANA DE LA BAHÍA.



Tenía, para mí, un atractivo singular el hecho de acercarme a La Bahía. ¿Sería el reto a la imaginación de los infantes, que al observar muy cerca los “barcos grandes” el hecho los motiva en desazón y concita su asombro?

Pero después, con el paso del tiempo, aquella curiosidad no desapareció; creció y fue en mi empeño un acto de mayor conciencia y lucidez. Al menos, así lo sigo imaginando aunque me sea difícil explicármelo y pueda figurárseme como un acto de tozudez de la memoria.

Pensando en cosas importantes me basta recordar que en el Parque del Anfiteatro aprendí a montar bicicleta sin "rueditas", en una alquilada en el “tren” (*) al que llamaban “Cuba 8”, jugué pelota con frondosos laureles usados como bases y después, vaya casualidad, mis labios nerviosos se encontraron, prima vez, con los de mujer -tan chiquilla y nerviosa como yo- en un lugar de los alrededores: El Parque de los Enamorados. 

Me gustaba atravesar la Bahía en la lanchita de Casablanca. Tras el prrimer intento, luego muchos; me llevó un tío que me prometió un paseo inolvidable. Atravesaríamos la bahía, me mostraría un pueblito que me atraía por curiosidad y del que luego me enamoré, veríamos la Bahía desde la altura del acantilado – visión portentosa con la gran Ciudad al fondo- y sobre rieles desafiando el precipicio. Era la confluencia de muchas emociones que interioricé con la respiración entrecortada y sin saber que tardaría tiempo en explicármelas.

Luego el tren, en realidad no lo era; solo algo a lo que le llamaban “el gascar”, un vagón tipo trolley, movido por electricidad y que hacía la ruta de Casablanca al Central Hershey. Siempre descendíamos en Guanabacoa, en la estación cerca “Del Roble”, la valla de gallos, la fábrica de cartón y el paradero de la 3 y la 5 Nunca, lo lamento, llegué hasta Hershey.

Tanto me gustaba aquel paseo que ya no quise ir a otros lugares y creo que hasta pude haber llegado a importunar al tío al pedirle que me complaciera repitiendo la experiencia.

Cuando dejé de hacer depender mi voluntad de la de otros, sobre todo de la del tío, que se hallaba viejo y enfermo; hice de mi peregrinaje a Casablanca un hábito. Empecé entonces a descubrir el misticismo que aquel pueblito escondía a la pueril mirada de un infante.

Casablanca dejó de ser por el 58, sólo la sede del Observatorio Nacional, del Dique Seco más grande del país y poblado de apenas diez mil habitantes que vinculaban su quehacer a la vida del mar y la Bahía. 

De pronto, su destino ancestral cargado de leyendas y de historia, se proyectó nacional e internacionalmente. El 24 de diciembre de 1958, día de Nochebuena, se inauguró El Cristo de La Habana con todas las credenciales de un monumento trascendental e insigne; veinte metros de altura, urna de reliquias en su base, esculpido en Roma y bendecido por el Papa Pío XII y el arzobispo de La Habana, Cardenal José Manuel Arteaga, con apremio y al siguiente día, en medio de los festejos por la Natividad del Señor.

Sesenta y nueve piezas talladas en mármol blanco de Carrara por la escultora cubana Jilma Madera y ensambladas in situ mediante ardua tarea. Baste decir que en su momento, sólo el Cristo del Corcovado en Río de Janeiro, era mayor. Luego la historia se olvidó del Cristo y de sus correligionarios. Durante largos años las peregrinaciones y las visitas estuvieron interrumpidas: ¡El monumento quedó incluido en “zona militar”! y su deterioro se hizo patente. Se dejó crecer en sus alrededores la foresta para esconderlo de los pobladores y su mirada hueca, concebida para dar la impresión de que todo lo observaba, encegueció casi del todo.

Tres veces, en el 61, 62 y 86, descargas eléctricas dañaron la estructura a consecuencia de su ubicación y al hecho de que aquella mole de 320 toneladas fue engarzada mediante el uso de gruesas vigas de metal. Nunca se instalaron pararrayos hasta que se decidió encarar su restauración en los 90.

Al tiempo, el pintoresco poblado ultramarino  me fue mostrando en visitas recurrentes –llegué a tener una novia en él- sus interioridades; demasiadas para un núcleo compuesto de tres calles y en el que todos sabían santo y seña sobre los demás. Allí despedí un año participando en una fiesta callejera y popular y quedé impresionado por el hecho de que los asistentes, más de un centenar, se llamaban entre sí por su nombre de pila y sus apellidos.

Recuerdo una ocasión en que a la salida del embarcadero había un grupo de parroquianos que danzaban y batían palmas en cíncopas de clave coreando el estribillo de un son –¿Matamoros, Ñico Saquito?- que decía: “…apúrense para bañarse temprano, sí señor, la cáscara guarda el palo” Al acercarme descubrí que al centro del coro un personaje que parecía sacado de la mitología africana del Gabón o El Dahomey, era su principal inspirador. Se acompañaba con un batá en bandolera que rítmicamente y de manera inclemente golpeaba con sus manos y por los cueros de sus bocas, cabezas de siameses, generaba en torrentes el ritmo atrapado en su interior.

Aquel hombre se hacía llamar, y era así como lo conocían, el “Taíno Tatuado” Cabeza afeitada, varios pares de argollas colgadas de sus orejas y una de la nariz y toda su anatomía –cabeza incluida- que su escasa indumentaria dejaba al descubierto, llena de tatuajes. A primera impresión asustaba, luego; entre su danzar, los toques del tambor y la empatía de la gente, iba ganando para su bien la simpatía de los que como yo, lo descubríamos. Todo lo que necesitaba era un poco de aguardiente –el ron era caro para él- y que le dejaran caer unas monedas en la tapa  de una lata de betún, era la medida de su libertad. Mientras, él se gozaba entregando a cambio un espectáculo que luego, al verlo muchas veces, llegó a parecerme parte de un ritual. 


Nunca vi al Taíno fuera de Casablanca y quizás, entre personajes trascendentales de la gran urbe como El Caballero de París, Juan Charrasqueado, La Marquesa, La China –aquella que repetía insistentemente: “me quiero morir, pero con ella adentro”, Charlie, el negrito de los discursos (atormentados e incongruentes y el pecho cubierto de “medallas” confeccionadas con chapas y papel periódico) frente al Payret y la Acera del Louvre o El Hombre Rana, contorsionista descoyuntándose en la quilla del “cuchillo” de San Miguel y Neptuno, mero escenario de La Engañadora y protagonista del chá-chá-chá de Jorrín; el Taíno Tatuado hubiera sido un arquetipo de alto vuelo.

En Casablanca descubrí algo que sólo he visto allí y de seguro no veré en otro lugar: una nave de latón situada a la salida y a la derecha del embarcadero que al interior de su desvencijada construcción era una sala de billar. Había mesas para jugar “Viuda”, muy gustada por asturianos y gallegos,  también para "Chicago" (del cinco al quince) o “piña” (cue-ball); era más barato jugar allí que en cualquier otro billar: ¡las mesas carecían de paño y bandas de goma que hicieran rebotar las bolas! A "medio" (un nickel) por partida, era una oferta inverosímil pero tentadora. Minnesota Fat -rey del taco- se hubiera horrorizado.

En el ambiente del puerto, tan bien recreado por Sabá Cabrera y Orlando Jiménez Leal, en el corto cinematográfico P.M.; se fumaba mucha mariguana, se bebía mucho alcohol y se bailaba al sonsonete en el preludio para dar  rienda suelta a los placeres del cuerpo y al agasajo de la carne. Casablanca, al otro lado de La Bahía, también tenía todo eso, pero con una peculiaridad... Nunca vi crecer “la campana”, enredadera de pistilos que se descuelgan como tal y le dan nombre, coronándose en una flor color de hueso y borde violáceo, con tal profusión. Allí se daba, aún entre las piedras

La campana era como mariguana sin tarifa y exenta del clandestinaje. Natural y expuesta por doquier para el delirio y el disfrute de los iniciados, impenitentes consumidores de alucinógenos. Bastaba con secar la flor, picotearla y envolverla, la mayoría de las veces, en hojas de revistas aunque un grupo algo más selecto prefería el uso del “papel biblia” que “quemaba más parejo” Dicen que la campana es venenosa, pero quienes la consumían no parecían estar al tanto, es probable que entre ellos nadie muriera o que el aguardiente minimizara los efectos del veneno y potenciara el desvarío.

El tiempo y las circunstancias me alejaron de aquel lugar. Cuando salí, había dejado que Casablanca se convirtiera en parte de mis recuerdos. Yo la conocí como la he descrito y prefiero conservarla en mi memoria de esa manera. La visión alienante de ropajes aptos para turistas la habrá despojado de sus personajes, eliminado las campanas y escondidas, las piedras; sólo serán lápidas del cementerio, abochornadas y cubiertas de musgo.

O, ¿fué oráculo el poeta?, al expresar:

“Al pie de las murallas/el aire tartamudo/desliza sus sirenas/plata mansa sin hoy/mana sus lunares/ entre lunas cansadas, /sin balcones…” (**)

Notas.-
(*).-“Tren de bicicletas” le llamaban en Cuba a los lugares donde se reparaban y se alquilaban los ciclos.

(**).-Versos de la primera estrofa del poema “Bahía de La Habana” de José Lezama Lima.

José A. Arias Frá.

En: Cuentos de la Memoria Intrusa