Era difícil investigar de dónde procedían los chinos que frente a las
dificultades lograron hacerse un sitio en medio ajeno y diverso. Para los
cubanos y de la misma forma que todos los españoles eran gallegos, los chinos
eran de Cantón, de “Cantón-Manila”
Rara dualidad esta última, pero parónima sentencia que arrastraban por vida
porque a los de piel amarilla y ojos oblicuos la condición de “chinos” los
clasificaba indiscriminadamente sin entrar en categorizaciones nacionales.
Podían venir de La Manchuria, de Shanghái o Hong Kong y ser “chinos de verdad”
de Corea, Tailandia o Las Filipinas, de Mongolia y hasta de Taskent o El
Turkestán e inclusive del Japón; para los cubanos, cuando hablaban entre ellos,
nadie los entendía y todos hablaban chino.
En número menor que los negros provenientes del África y producto de una
situación no relacionada, llegaron a Cuba como braceros en los principios del
XX.
Seguramente el idioma, las costumbres, las creencias religiosas y la
certeza de la ruptura definitiva con el aliento de la tierra de origen,
contribuyeron a esa unidad sectaria y misteriosa que origina la existencia de
esa especie de santuarios que son los barrios chinos y en cualquier lugar del
planeta donde, por pequeña que sea la comunidad que conforman, dan lugar a su
origen.
La Habana tenía un Barrio Chino con notable fama y tradición y a pesar que
lo desbordaba el compelido espíritu emprendedor de los asiáticos entre los
vericuetos de otros en que plantaban tienda; ese era su barrio aunque vivieran
fuera de él. ¿Dónde comprar el periódico escrito en ideogramas del mandarín o
el cantonés?, ¿encontrar un templo Tao y reencontrarse con Confucio? O paladear,
patos, perros, aletas de tiburón y tomar huangjiu caliente. Todas, alternativas
específicas y fuera de contacto con las costumbres occidentales y poco menos
que aborrecibles para el común nacional en su entorno.
A pesar de todo, los chinos también se aplatanaron y hasta se dejaron
rebautizar por los cubanos que sin rubor, les cambiaron el nombre: todos los
chinos se llamaban Julio y se apellidaban “Lí” –quizás quisieran decir Lee-
aunque nunca la simpleza de semejante abstracción coincidiera con la realidad y
otros fueran Chang, Wong o Chí, como el del arroz, que se llamaba Hong.
Al chino Julio lo conocí desde que empecé a jugar bolas y cuatro esquinas
en el cruce de Concordia y Perseverancia, céntricas calles de San Leopoldo y en
el linde de los barrios de Monserrate y Cayo Hueso; justo en una de las
esquinas tenía un puesto de frutas, viandas y helados.
Cuando yo prefería escaparme de la escuela para dedicarme a menesteres más
agradables, el chino Julio debía estar picando los sesenta, eso calculaba,
aunque siempre escuché decir que determinar la edad de los asiáticos es tarea
cuesta arriba y, como son lampiños, suelen parecer más jóvenes de lo que
realmente son.
Julio era flaco y pequeño y sus ojos, dos rayas como cortadas sobre sus
pómulos para permitirle la visión. Dudo que supiera leer el castellano aunque
de alguna forma se las arreglaba para entender las listas de los encargos que
le dejaban las comadres, clientas del puesto, por debajo de las puertas
metálicas de su establecimiento, una por cada calle. Lo cierto es que nunca se
equivocaba.
Era muy probable que Julio hubiera sido un culí que llegó por el oriente
insular y, váyase a saber cómo, fue a dar a la capital; definitivamente nadie
lo sabía porque él no insistía en comunicarse, su español era tan limitado y
simple como su vida misma. Abrir el puesto a las cinco de la mañana y cerrarlo a
esa misma hora en la tarde para perderse tras la cortina de saco que cubría la
intimidad de la trastienda separada del mostrador por un dintel y donde habían
tres trastos que conformaban el mobiliario: una mesa, una silla y un
desvencijado catre; todos bajo la luz mortecina de un bombillo sin lámpara.
Aunque nadie se ocupaba de averiguarlo, una vez me pregunté dónde se
bañaba, si había un sanitario disponible y qué otras cosas hacía después de
cerrar el puesto. La respuesta me la dio Eligio, uno de mis acólitos del barrio
que vivía en unas accesorias de dos pisos justo al fondo del puesto de Julio.
La de arriba era la de él y su gente, que no eran pocos. Ven asómate;
encaramado sobre una caja de madera pude husmear para ver en planta un tabique
que delimitaba un pequeño espacio donde un mugriento lavatorio, una palangana y
un bacín de gran tamaño eran los trastes indispensables para una
existencia de prisionero a voluntad.
-Vez el alambre en que cuelga la ropa, me dijo Eligio, a cada rato pone a
secar aletas de tiburón en salmuera y las sancocha en la palangana. El olor nos
mata.
Quizás el chino Julio tuviera poderosas razones para ocultar la falta de
higiene a la visión de sus clientes y otra de las cosas que hacía, según Eligio,
era fumar opio introduciendo una gruesa caña brava en el agua de la palangana
mezclada con el alucinógeno y aspirar el vaho por un cáñamo más fino inserto
en una abertura de la principal.
Algo debía conseguir que contribuyera a alienarlo de su rutina y al parecer,
de vez en vez, alguna mulatona del “Reverbero Encendido” conspicuo y famoso
solar de San Leopoldo que estaba a media cuadra, por Concordia, entraba
sigilosa y a hurtadillas para darle placer al chino y cosechar su plata. Es
posible que también le cobraran en especies.
Aquel puesto era un abarrote de guindajos de plátanos, manzanos y Johnson,
verduras, vegetales, frutas tropicales, maní tostado, mandiocas y otros
tubérculos y hasta helados de varios sabores. ¿Cómo podía mantener todo aquello
de la mejor manera y satisfacer a la marchantería? Debió haber sido mago para
conseguirlo. Posiblemente tuviera bien calculado lo que vendía y sólo se
reaprovisionaba cuando estaba a punto de terminar con lo que tenía.
Creo que la primera vez que vi chinos hablando en chino fue al escuchar a
Julio comunicándose con dos coterráneos que venían a traerle las vituallas
directamente del Mercado Único –La Plaza- allá por el ferrocarril de Monte. Buenas
migas hacían y cuando se despedían haciendo uso de aquella ininteligible jerga
parecían satisfechos, las rayas de sus ojos se estrechaban en una mueca
sonriente que dejaba apreciar la cavidad bucal y una ausencia casi total de
dentaduras. A la vez, movían la cabeza en péndulo frontal que significa
agradecimiento, aprecio y compromiso.
Con el tiempo y por el 64, todo comenzó a cambiar y aunque Julio seguía en
la esquina para sus clientes del barrio, no era lo mismo. Comenzó a abrir más
tarde y cerrar más temprano hasta un día en que las puertas no se levantaron. Habían
pasado tres días y nadie lo había visto. Las comadres descerrajaban manotazos
sobre el metal de las puertas y le voceaban, pero el chino no respondía. Un
olor pútrido comenzó a invadir la esquina por los dos costados y desde el muro
de Eligio no se veía nada, pero se percibía la luz de la bombilla y el olor
subía, aún más fuerte.
Cuando llegó la policía y forzó la corredera para alzar la puerta, el
fétido impulso del aire escapando al exterior provocó una reacción simultánea de los
curiosos que se alejaron sin que se les ordenara para tratar de conjurar el
efecto. Julio, más pálido que de costumbre, yacía muerto sobre el catre. La más
contundente evidencia de que murió de causas naturales fue el hallazgo, bajo la
colchoneta sobre la cual yacía, de casi cincuenta mil pesos.
José A. Arias Frá.
En: Cuentos y Relatos de la Memoria
Intrusa.
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