Cuando mentir se convirtió en una
necesidad, también fue una enfermedad; pero Servilio Jorrín ni siquiera tenía
idea de que era víctima de una patología en la que se manifestaban todas las
características de tal condición. Sus trastornos de personalidad habían hecho tal
acomodo en su vida, que; según recordaba, el hecho de eludir la realidad lo
salvaba de cualquier situación. Desde niño era un mentiroso redomado y sentía
un malsano orgullo al constatarlo.
Para los especialistas, la mentira no
es culposa ni constituye una patología si no es un hábito de la conciencia que
se manifiesta de manera persistente en la adultez. Servilio, muy imaginativo y
precoz a tal efecto, elaboraba versiones en las que se sentía realizado como el
elemento principal de sus historias. En los vericuetos neuronales de su cerebro
trataba de encontrar las palabras idóneas para graficar, mediante símbolos
idiomáticos, su crucigrama cortical.
Mucho tiempo después, cuando estaba
bajo tratamiento y sujeto a otras circunstancias devenidas de su condición, aún
le costaba trabajo entender que era un desajustado mental y se soliviantaba
ante el uso de otros términos científicos que le parecían tan malos como el
diagnóstico de cualquier padecimiento crónico y mortal. Escuchar al
especialista decir que era un sicótico y que en su cuadro clínico se
evidenciaban elementos de esquizofrenia, era para él poco menos que una
sentencia condenatoria en que la atrofia de su cerebro –según la ciencia
médica- lo podía poner al borde de la muerte. Los doctores, interesados en su condición,
trataban de explicar que no era así, y aunque asentía, lo ponía en duda y
volvía a mentir. Evidentemente, continuaba pensando que era la mejor manera de
evadir la realidad y quizás, ello fuera la alternativa para hacerle pensar a su
médico que se estaba curando.
Siempre recordaba aquella ocasión en
que les hacía creer a sus amigos del colegio privado al que acudía que su familia era una de abolengo,
reforzando sus historias mediante argumentos que eran difíciles de comprobar
porque terminaba explicando que en la mansión de sus padres, las reglas eran
muy estrictas y no cualquiera llegaba hasta allí si no mediaba una relación de
amistad “al mismo nivel social de sus progenitores y entre familias de la misma
clase a la que la suya pertenecía” Como era capaz de recrear en su versión
hasta los más mínimos detalles y su habilidad para contarlos no tenía límites, todos
terminaban por creerle.
La atracción que experimentaba por el
hecho de ser respetado por sus vivencias imaginarias, concitaba la atención de
los demás y se sentía feliz. Podía hablar de sus vacaciones en Europa o del
último viaje en compañía de sus padres a los Estados Unidos y para los
neófitos, aquello era siempre una historia atractiva e interesante. La
consumación de su argumento, porque sabía de lo que hablaba y en la elaboración
de sus fantasías no faltaba un enjundioso entramado de realidades que alimentaban
su intelecto, debía ser creíble y ante todo, una consistente verdad para él.
Estar informado, preparado para mentir, era una retroalimentación de su yo y el
celo que sentía por la pulcritud de su estafa le quitaba el sueño. Aquello que
había escuchado de que “más rápido se agarra a un mentiroso que a un cojo” no
iba con él.
Pero la patología iba caracterizándolo
sin que tuviera conciencia del peligro al que se exponía. Los especialistas
concluyen que el mitómano se tipifica por la auto-convicción de su propia
proyección –individual y social- y el hecho de asumir sus historias falaces
como verdades al interior de su conciencia. Pero su condición era aún más
grave. Cuando comenzó a enamorar chicas a las que contaba elaboradas versiones,
no siempre lo hacía porque le gustaran demasiado. En el centro de sus
propósitos estaba la idea de que fueran crédulas y dúctiles y si de esa forma
lograba conseguir algo más de lo esperado, lo veía como el resultado del
colofón de sus aptitudes. Si por el contrario, ellas iban más allá y mostraban
algún interés en corroborar algo allende la intención, se desentendía de la
relación y sus propósitos no iban a vincularlo a la, para él, inmerecida
acusación de mentiroso. Estaba convencido de que podía vivir dentro de tales
límites y no pretendía rebasarlos. Esa manera de entenderlo, era su propia
verdad y lo más importante para él.
En la evidencia científica de la
mitomanía y del sujeto convertido en paciente, queda bien establecido que la distorsión
de la realidad, culposamente envuelta en la mentira –cuyo origen en cada caso
es difícil precisar- viene a manifestarse como una compulsión en que lo
incierto va creando la necesidad de crear versiones cada vez más sofisticadas,
necesarias e ineludibles. En su caso, la fascinación por la mentira era la manifestación de una
dolencia crónica y congénita: la esquizofrenia paranoide que padecía. Servilio
era capaz de decir –contar- que había sido cadete de una respetable y
reconocida academia militar en que había conseguido ser primer expediente,
ascendido a oficial inmediatamente después de su graduación y escogido entre un
grupo muy reducido y selecto de sus compañeros –daba referencias de nombres
fabricados- para pasar un curso de pilotaje de aviones de combate. Jamás había
sido, siquiera, pasajero en aeronave alguna.
En otros ambientes, sus historias se
revestían de argumentos diferentes según la ocasión y el interés de sus
interlocutores. Tenía una habilidad extraordinaria para recrear tramas e
improvisar –sin contradecirse- en función del quórum. Podía convencer a
cualquiera, inclusive a individuos que habían sido testigos de los hechos que
adornaban sus fantasías, de haber conocido personas importantes y que, supuestamente, se habían relacionado con él o su familia. Cuando el alcance de
lo que contaba quedaba fuera de los límites perceptibles y cronológicos, solía retrotraer
la historia a algún pariente – regularmente fallecido- cuyo nombre podía ser
identificable y para lo cual acudía a la creación de improbables vínculos de
consanguinidad. Como era blanco, contaba una historia en la que los antepasados
de Enrique Jorrín –músico negro, creador del chá-chá-chá- habían sido, en época
de la colonia, esclavos en la plantación de café de sus antepasados y acotaba
que el músico llevaba el apellido que heredó de sus ancestros por ser el del
hacendado dueño de la finca y la dotación, que era el suyo; en consecuencia, él
era un verdadero Jorrín y el artista, especie de usufructuario de un apellido
de alcurnia que no le pertenecía.
El día que conoció a Élida, su figura grácil y un escote pronunciado que lo llevó a pensar en amasar lo
que apenas ocultaba y su imaginación prolija lo hizo vislumbrar como una
posibilidad concreta, pensó de inmediato en convencerla de ser un importante
hombre de negocios heredados de su padre, que él encabezaba tras la
muerte de éste, y que bien lo había preparado enviándolo a estudiar a una
universidad americana para, llegado el momento, ponerse al frente de las
empresas constructoras que su familia poseía. Según le contaría, hacía poco más
de un año que ocupaba la presidencia de la compañía. Esa, sería la historia. Cualquier
reto a sí mismo, le parecía poco y por demás, posible. La construcción era un
sector empresarial cuya envergadura no era fácil de verificar porque se conformaba entre un limitado círculo de inversionistas y empresarios y por razones lógicas, demasiado
conocido. Cualquier mención de algún personaje trascendente, debía cumplir la
inevitable dualidad de un acceso limitado y muy vinculado a quien conformaba su
círculo inmediato. Él, por supuesto, era parte de ese entorno y eslabón de lo
dual; sólo hasta ahí.
El señor Jorrín estaba en aquel convite
de sociedad por méritos que se había inventado. Como de costumbre, pulcramente
ataviado con uno de los trajes que compraba utilizando el crédito que su madre
poseía en una de las más importantes tiendas de la ciudad. Eloísa Camellón,
trabajaba de secretaria en una entidad gubernamental y la relación que tenía
con sus superiores, la capacidad y experiencia para llevar a cabo sus funciones
y su talante personal de ser muy responsable en el trabajo, le habían hecho
acreedora de la confianza y conseguir garantes, a los que se esmeraba en no
defraudar, no era difícil. Al fin, ya estaba vieja y a punto de jubilarse y
prefería que su hijo dilapidara su peculio creando los personajes a los que
nunca renunciaba –a pesar de las propias advertencias de Eloísa - en el marco
de una escenografía recreada en las tramoyas de su mente.
Con la versión hilvanada, abordó a la
joven; participante en el convite en compañía de una amiga, y en lo que
estrenaba su nuevo personaje entre ademanes pulcros y la asunción de una
respetuosa actitud. Aventurarse a crear el “rapport” –especie de mecanismo
encaminado a conseguir la simpatía a priori- era para Servilio, algo habitual. Primero,
era preciso disfrazar sus alegatos con el ropaje de la discreción y
vincularlos de algún modo con el plan de su mentira; una vez ganada la
confianza elemental, se lanzaba a fondo para presentarse según lo pergeñado.
Por experiencia, sabía que a partir de ese momento la conversación podía fluir
a su antojo y como de costumbre, esa vez no fue la excepción. Los dardos
empezaron a centrarse en aquel pecho blanco y terso de la muchacha, que se
mostraba muy interesada en escucharle.
Para
la amiga, fue fácil entender que el interés de Servilio era por Élida y
sin imaginar su buena suerte, decidió compartir con otros invitados y dejarlos
solos; acaparar la atención de la chica, tomar algunas copas y bailar con ella
durante la velada, le permitió a Servilio entender que, de seguro, vendrían
otras ocasiones. Al final de la noche había tenido el tiempo suficiente para
contarle su historia y el convincente final que le mostró, la hizo más creíble.
Cuando los invitados se retiraban, le ofreció acompañarla para llevarla hasta
su residencia en un barrio de clase media en los suburbios en su flamante
auto europeo, un Jaguar que había alquilado, asumiendo de antemano que la
noche acontecida iba a ser muy especial. Ante las muestras de cortesía y
caballerosidad del impostor Élida no dudo que muy pronto volverían a
verse.
La segunda cita fue para invitarla a
cenar en un acogedor y céntrico restaurante de la ciudad. Servilio acudió en el
mismo vehículo, lo había usado varias veces y el dueño no tenía a menos
reservárselo. Se dejaban escuchar los acordes en el salón y los
comensales disfrutaban de las versiones interpretadas por un músico tan negro como
el piano del que provenían, era discípulo del afamado maestro Lecuona y había sido acompañante de Rita Montaner
en sus giras internacionales; cariñosamente, le llamaban “El Bola” A la hora convenida, vio aparecer a Élida luciendo un vestido de satén color café claro y de insinuante escote como el
anterior, había preferido encontrarle allí porque deseaba sorprenderlo y
analizar su reacción al verla, estaba consciente de que en el contorno de sus
senos se anunciaban los misterios del resto de su femineidad y eso la hacía
sentirse aun más atractiva y deseable. El efecto que en él provocó, fue el pretendido
y en una de esas raras vivencias, Servilio se sintió atenazado por una verdad
ajena a sus propósitos; ajena, porque no le prestaba demasiada atención a algún cometido que lo alejara de sus fantasías, pero aquella mujer que, apartada de
las versiones del hombre, empezó a contar las suyas; comenzó a ganarle una
batalla por lo cierto. La escuchaba ya por mucho tiempo y el temor de estar a
la defensiva le aguijoneó el pensamiento. ¿Sería acaso esa mentira, que
entendía hiperbolizada de manera desproporcionada, capaz de generar un sentimiento que él se
empeñaba en desconocer? Quiso pensar que si, sólo el preámbulo de un romance más,
pero en la confusión, empezó a sospechar que podía existir algo de veracidad en aquel
trance.
II
Servilio nunca se vio a sí mismo como
alguien afectado por un padecimiento capaz de disminuirlo físicamente ante los
demás. Contrariamente, hacía ejercicios con regularidad y desde muy joven. Recordaba
los días de su adolescencia en que junto a algunos de sus mejores amigos, en
la azotea en que vivía uno de ellos, levantaban pesas con un juego de discos
herrumbrientos y en una banca construida con un tablón, un pedazo de cámara de
bicicleta claveteado en uno de sus extremos para obligar al cuerpo a mantenerse
estirado sobre ella y retener los músculos abdominales en tensión.
Todos los que allí se congregaban tenían el objetivo de emular la figura de Charles Atlas, el recurrente
personaje de las historietas, aparecido en pose de fisicoculturista sosteniendo
en una de sus manos una esfera terrestre de grandes proporciones; él, no era la excepción, aunque de algún modo parecía más obsesionado que el resto, y si
tenían un plan de ejercicios con determinada cantidad de repeticiones para los
bíceps o los tríceps, los abdominales o las pantorrillas, siempre se excedía en
la cuenta. No era la voluntad lo que dominaba su quehacer, más bien la idea de
querer sobresalir. Sentía que no podía ser igual al resto y que todo lo que estaba
en sus planes tenía que ser diferente.
Lo que ahora estaba viviendo, para él,
no era cierto. Iba a cumplir el primer año recluido en la sala de internos de psiquiatría dentro de una prisión y sus razonamientos lo inducían a pensar que
también allí, debía ser diferente. Otros orates tras las rejas del pabellón
convertido en su morada, le parecían verdaderamente locos; hablaban en
soliloquio, o simplemente podían dejar de hacerlo por días con la mirada
perdida en una interrogación permanente devenida en incongruencias. Él,
entretanto, prefería leer todo lo que pudiera conseguir; en la mesa contigua a
su cama se amontonaban periódicos, revistas y algunos libros que
los parientes lejanos que de vez en vez acudían a visitarle, le llevaban.
Siempre fue un lector voraz y ahora,
producto de las circunstancias, no podía escoger sus lecturas discriminándolas
por el interés que le generaban. En el entrepaño de la mesa metálica acomodaba
volúmenes como los cuentos de Pío Baroja que un tío, padre de un primo suyo y
español de origen, pensó que podían interesarle; era un ferviente admirador de
todo lo que habían escrito sus connacionales de la generación del 98. Servilio se
obsesionaba tratando de dilucidar los misterios de un crimen, palabra que lo
crispaba pero que no eludía, mediante la conclusión anticipada de los cuentos
de Poe previo al desenlace. Otros, más elementales en la elaboración de la
trama, los había leído sólo una vez en razón del desdén que le causaban. Entre los que concitaban su interés, la
obsesión por repetir una misma lectura la entendía como algo normal y era capaz de recordar párrafos completos compulsado por la
paranoia.
Servilio creía que estar loco, era otra
cosa. Podía entender, y aceptaba, que por ser un asesino merecía estar preso,
pero no en un lugar como aquel. Se sentía vital y evitaba permanecer demasiado
tiempo tendido sobre la colchoneta de un camastro bastante incómodo; su
intuición lo hacía desentenderse de los medicamentos que le suministraban los
doctores con el único fin de evitar una crisis y aunque le molestaba tomarlos,
lo hacía porque los guardias-enfermeros no se iban hasta asegurarse de que los
tragara sin encontrar la manera de sortear su escrutinio. Le obligaban a abrir
la boca, sacar la lengua y levantarla, para estar seguros de que el contenido de
los fármacos entrara a su organismo, se diluyera en su estómago y pasara a
formar parte de su torrente sanguíneo suministrando a su cerebro descompensado los químicos paliativos capaces de corregir sus deficiencias
clínicamente diagnosticadas.
Más de una vez trató de sacar
conclusiones que le permitieran entender por qué no era un recluso más de los
tantos que purgaban sus condenas por diferentes causas y entre los cuales
habían malhechores de convicción menos comprometida; ladrones, violadores,
abusadores de niños y mujeres, aunque también y como él, asesinos. La única
manera que tenía de hacerlo era entablando un diálogo con los enfermeros y
cuando lo visitaban, con los especialistas. Aquellos hombres de bata blanca que
le trataban con cierta displicencia y a los que distinguía porque leía el
nombre a
relieve en la indumentaria antecedido de la abreviatura de doctor, pero que no lograban convencerlo porque insistían en repetir que estaba enfermo. Como su
condena era larga –veinte años por homicidio- y su enfermedad incurable
–esquizofrenia paranoica- los médicos no eran siempre los mismos y su
posibilidad de influir en ellos, tan improbable como la de que pudiera entender
porque no le permitían abandonar el confinamiento para llevar una vida de
recluso como los demás y junto a ellos.
Se atormentaba al escuchar las evasivas
respuestas de los facultativos que evaluaban su condición y temían que de no
mantenerlo bajo control, pudiera agredir sin motivo aparente a otros reclusos que sólo tenían una estadía temporal; él, era un huésped a
perpetuidad en aquel pabellón. El gran misterio de su enfermedad, aún no
descifrado por la ciencia, es que algo así puede ocurrir de un momento a otro sin mediar avisos ni palabras. La esquizofrenia es un mal sórdido que se
manifiesta a través del ejercicio de una violencia inusitada y casi siempre
mortífera para la víctima escogida y termina convirtiéndose en catarsis y satisfacción del
victimario. Para evitar la responsabilidad de que tal cosa ocurriera, había
siempre dos carceleros en guardia permanente, perfectamente entrenados y en
capacidad de solicitar ayuda de refuerzo en caso necesario.
Había muchas cosas de aquel sitio que
aborrecía; las ventanas enrejadas en que la claridad de los mejores días
quedaba conculcada por una fina malla metálica tupida por el polvo. Si ya
habían barrotes que hacían las claraboyas invulnerables, ¿por qué aquellas
mallas? En función de los estándares de
un reclusorio era explicable, e impedir todo contacto con los empleados que
deambulaban al exterior, la razón. Nada podía moverse desde adentro, pero, la
manera de evitar cualquier movimiento desde afuera, eran aquellas mugrosas rejillas
que sólo de vez en vez y a intervalos muy espaciados, se limpiaban.
La comida, tres al día, era una ración
para conseguir la subsistencia. Todo lo que una institución penal puede proveer
a su población está en dependencia de la capacidad de financiación del gobierno
y en tal caso, nunca rebasa las posibilidades de la parte alícuota de los
impuestos pagados por los ciudadanos honorables que, de no violar
la ley, nunca purgarían condenas en un lugar como aquel. Tratar de
acostumbrarse, sobre todo, a la reiteración del menú, era muy difícil; el
balance de una dieta en tales condiciones incluye conceptos muy básicos, mayormente
carbohidratos, almidones y pocas proteínas solventadas entre pollo, algún
pescado y en días muy señalados, alguna carne de res de muy dudosa calidad flotando sobre un caldo insípido.
Invariablemente, el desayuno se repetía
representado por un jarro de perte que contenía un café claro ampliado con
leche, un bolillo de pan, frío y elástico, y ocasionalmente alguna que otra
confitura (si el diagnóstico del paciente no excluía los azúcares) Por
supuesto, y en exclusividad para los internos en el pabellón psiquiátrico y
totalmente bajo prohibición, cualquier alimento derivado del cacahuate; el maní
está contraindicado para los enfermos mentales porque los excita. Las
chucherías permitidas para sus entregas estaban sujetas a un escrutinio que
excluía cualquier violación de lo “no permitido” y los visitantes se esforzaban
por no vulnerar las normas. Servilio se había acostumbrado a recibir muy pocas
visitas. Su madre, ya no venía; y él, tampoco preguntaba por ella. Había hecho
más fácil la labor de los médicos que, en principio, habían decidido
ocultárselo; Eloísa había muerto.
Desde los primeros tiempos la noche se
había convertido en su parte predilecta del día. Las bombillas se apagaban a
las nueve, aunque el predio no quedaba en total oscuridad y si bien leer solo
era posible a través del ejercicio sobredimensionado de las pupilas hasta el
dolor y el enrojecimiento, al interior del cubículo de los guardias dos
lámparas de neón obligaban a los custodios a mantenerse atentos y despiertos so
pena de perder su empleo y proyectando de manera limitada una claridad
irrelevante para que los reos-pacientes pudieran conciliar el sueño. De vez en
vez, uno de los custodios recorría el pabellón, alternativamente, para
asegurarse de que todo estaba en orden. Servilio tenía su propia hora de
dormirse, entre 9 y 12 –según calculaba- y terminaba por rendirse al sueño en contrapunto
con sus pensamientos…y las voces que escuchaba, cada vez, con mayor frecuencia.
Le gustaba imaginarse en libertad, en
los tiempos de bon vivant en que se
placía en engañar a todos, incluida su madre, divirtiéndose en lo que creaba
las versiones de los personajes que encarnaba según su mitomanía crónica, desconociendo
el asedio de una enfermedad congénita cuyo nombre se le antojaba impronunciable
y para nada incurable. Él se miraba fuerte y hacía lagartijas y abdominales a
diario. ¿Cómo podía considerarse enferma a una persona capaz de ejercitarse y
evitar que sus músculos se reblandecieran? Esa idea, le provocaba risa mientras
las pastillas lo mantenían apto para evitar que se soliviantara como aquella
vez en que provocó la alarma y la presencia de los carceleros, al desnudarse
totalmente y saltar del camastro para correr por el pasillo que separaba las camas
en dos lados de disposición semejante: todas las pequeñas mesas a la derecha y los
camastros, uno frente a otro. Algunos lo miraban con los ojos muy abiertos,
otros reían, ninguno se movió mientras lo sometían entre cuatro custodios para
llevarlo al salón de enfermería y aplicarle un electroshock. En su historia
clínica, quedaba establecido como recurso si le sobrevenía una crisis. Luego,
algo que había fallado la vez anterior, le aumentaban la dosis de
cloropromazina y Ariprazol en un porcentaje reducido.
III
El primer hallazgo se hizo por
casualidad. Proveniente de uno de los latones donde se echaban los residuos de
un restaurante céntricamente ubicado en la ciudad, venía un olor nauseabundo y un
inusual enjambre de moscas revoloteaba en torno al zafacón; en principio, a los
empleados que según el turno les correspondía verter las sobras, no les llamó demasiado
la atención, pero cuando la fetidez se hizo irresistible y comenzó a invadir
los predios del local, el gerente; acompañado del chico que requirió su
presencia, decidieron investigar si alguien había tirado algún animal muerto, algo que más de una vez había sucedido con anterioridad. Ayudándose con una
estaca, comenzaron a revolver los desperdicios mientras el gerente le recordaba
al empleado que, en el supuesto caso de que encontraran el animal muerto, los
recogedores estaban por llegar y la solución más práctica podía ser aislar el
mal olor amarrando un plástico alrededor del borde del latón, lo cual y de
paso; espantaría el insoportable mosquero. No muy profundo, el empleado tropezó
con el bulto empaquetado en un plástico negro y meticulosamente envuelto con
cinta adhesiva sobre el que las moscas concentraban su presencia dándoles a entender a ambos el avanzado estado de
descomposición de lo que aquel paquete contenía. Para evitar las nauseas
producidas por el olor, tuvieron que cubrirse la nariz y el gerente le ordenó al
empleado sacar el paquete al exterior.
Era un bulto pesado, de algo más de un
pie de largo y un diámetro de unas quince pulgadas; todavía pensaban que posiblemente se tratara del cuerpo de un
perro, si era un gato, debió haber sido demasiado grande. La sospecha y cierta
curiosidad, indujeron al gerente a creer
que podía contener otra cosa, porque a pesar de que el envoltorio pretendía ser
hermético, en pocos segundos el enjambre de moscas se posaba sobre el líquido
acuoso y rojizo que se filtraba por los intersticios del paquete para
acumularse en derredor y sobre la superficie. Entonces decidieron saber que
había dentro y cuando de un tajo cortaron el plástico, ambos quedaron estupefactos:
ni perro, ni gato; un trozo de carne humana correspondiente a un muslo en donde
miles de pequeños gusanillos habían devorado la carne, justo a la altura de la
cabeza del fémur, que aparecía expuesto para despejar cualquier duda. A partir
de aquella visión horripilante, lo único procedente fue convocar la presencia
de las autoridades y que se ocuparan de iniciar la investigación.
Tras la presencia de la policía que se
dedicó a limitar el acceso de los curiosos, llegaron los especialistas de
medicina forense que haciendo uso de agua a presión y fluoruro, obligaron a los
gusanillos a dejar los restos de la extremidad de una persona de raza blanca,
cortados entre la parte superior de la rodilla y la articulación de la cadera y
se percataron, por la forma del corte superior, que correspondía a la pierna
derecha del cuerpo mutilado. Enfundado en una bolsa transparente lo alzaron
para luego dejarlo caer en una nevera plástica que contenía placas de hielo
seco a fin de preservar el hallazgo, prometedor augurio de que podía tratarse
del desmembramiento de un cadáver. Luego y después de que los de medicina legal
se habían marchado, uno de los dos oficiales se dedicó a realizar algunas
preguntas a los empleados y al gerente, mientras el otro hacía anotaciones y
observaba las reacciones de los interrogados. Aparentemente satisfechos con las
respuestas, anunciaron que volverían si se hacía necesario llevar a cabo
indagaciones con algunos de los empleados que no estaban presentes.
No tuvieron necesidad de regresar. El
carácter macabro del encuentro de otros bultos se produjo con la misma
celeridad con que, quien los había tirado en un área ciertamente dispersa
pretendió y acusaba las mismas características del primer paquete. Ahora sabían
que los restos correspondían a una mujer de entre treinta y cuarenta años, de
raza blanca, contextura más bien delgada y bien proporcionada, sin cicatrices
visibles u otra forma de atribuirles alguna peculiaridad. Era probable que la
muerte de la desdichada se hubiera producido por asfixia porque en los cuatro
bultos restantes, ninguna de las secciones encontradas mostraba perforaciones
de algún proyectil o incisiones de arma blanca. El resultado de una autopsia
preliminar, evidenció que la ruptura de
vasos sanguíneos en ambos pulmones podía ser indicativa de que la muerte por
asfixia era la causa, aún probable, del fallecimiento. El único problema era
que no habían encontrado la cabeza y como el descuartizador la cercenó en la
parte baja del cuello, debían hallarla y estaban convencidos de que otro bulto,
pronto aparecería.
Aquel
día, normal para ellos, los adolescentes que iban a zambullirse en las
aguas de la laguna cercana al caserío donde residían le dieron solución al
enigma que se había convertido en obsesión para los investigadores a cargo del
caso. Uno de los muchachos, no muy lejos de la orilla, se tropezó con un maletín que
descansaba sobre el fondo sin que los leves vaivenes de la corriente, casi estática,
pudiera hacer que se moviera y al tratar de alzarlo, se percató de que en su interior debía
haber algo muy pesado; lo arrastró hasta la orilla y antes de abrirlo comenzó a
sentir el mismo olor a carne podrida. Ya los otros chicos se habían acercado y en
lo que todos se llevaban las manos a la nariz para aminorar el efecto de la
pestilencia, el que lo encontró zafó los broches (se usaban en lugar de
zippers, porque ante la escacez de estos, los empleaban en su lugar) y ninguno
pudo dar crédito a lo que sus ojos vieron: la cabeza de una mujer, junto a un bloque
de construcción partido en dos, como para conseguir el reposo perfecto de lo
que el maletín contenía sobre el fondo de la laguna.
Ahora, ante la última parte que
complementaba los restos del cadáver, tenían la certeza de que la mujer
había sido estrangulada por el asesino y que el cuerpo había sido desangrado antes de ser cortado en pedazos, el cerebro; endurecido y sin
acumulaciones de sangre, era indicio de todo ello y la conclusión lógica, que
el descuartizador quiso evitar que el líquido vital fluyera en demasía del
cuerpo en lo que llevaba a cabo su macabra labor, evidentemente cometida con
premeditación, mediante el uso combinado de un cuchillo –posiblemente de gran
tamaño- y un hacha para cortar los huesos en tanto mostraban astillamiento
muy visible en los de mayor grosor. Lo único raro era que no tenían reportes de
la desaparición de una mujer que respondiera a las características de aquel
cadáver y en consecuencia tampoco podían determinar un área de búsqueda debido
a que los “paquetes” habían sido hallados en lugares dispersos e inconexos.
Quien los había tirado, pretendió que así fuera. Era alguien muy peligroso para
haber sido capaz de llevar a cabo aquel tétrico plan y lo más indicado –además
de que se había convertido en norma de las autoridades- era mantener la
discreción en lo que trataban de avanzar en la investigación.
La clave fue el maletín. Por sus
características, les fue fácil darse cuenta de que su carácter genérico lo
hacía propiedad de alguien que era militar; era de los que se entregaban a los
oficiales y alumnos de una escuela de cadetes que recién se había creado
por aquel tiempo y no se vendían en tiendas, ni a la población. Por su tamaño,
color del vinil negro en que estaba fabricado y un examen minucioso de su
interior en que descubrieron cuatro números escritos en tinta negra indeleble -evidentemente
los de la unidad militar a la que pertenecía su posible dueño- pudieron determinar exactamente su procedencia; los números eran identificativos de la escuela situada
cerca de la carretera, frente a Playa Baracoa, al noroeste de la ciudad. De inmediato, varios
investigadores se dieron a la tarea de indagar quién podía ser el dueño,
haberlo cedido en préstamo, o echarlo de menos a consecuencia de un posible
robo.
Lejos de lo que pensaron, rápidamente
dieron con un teniente que alegó haberle facilitado su maletín a un primo suyo
–civil- que le dijo necesitarlo para hacer un viaje fuera de la capital y no
tener donde acarrear sus pertenencias; hacía de eso unos diez días y no lo
había vuelto a ver, pero cuando sus interlocutores le mostraron el maletín, no
dudo en identificarlo yendo directamente a señalar los números que él mismo
había escrito en el forro, al interior de un costado. Sin dejarle saber
exactamente de lo que se trataba, insistieron que era algo muy serio, que
estaba obligado a mantener absoluta discreción y tras reclamar el nombre del
pariente, le repitieron que estarían en contacto con él para ponerlo en
conocimiento de cualquier eventualidad. Antes de irse le advirtieron
enfáticamente que por ninguna razón se pusiera al habla con su familiar y
que si éste lo hacía, les avisara inmediatamente; seguidamente, le entregaron
toda la información sobre los oficiales a cargo del caso en el Departamento
Técnico de Investigaciones.
Para los investigadores el crimen estaba
prácticamente resuelto. Era obvio que el teniente Camellón, primo por vía
materna de Servilio Jorrín Camellón, no tenía nada que ver con el hecho; sus
respuestas fueron lógicas y coherentes, sobre todo al evidenciar satisfacción
cuando le mostraron el maletín a pesar de no poder recuperarlo y
presentar daños notables por los días que había permanecido sumergido; no
obstante, el sentimiento de posesión al identificarlo, era la muestra de que
desconocía el verdadero uso que Servilio le había dado.
IV
En la que había sido una barriada de
clase media alta de la capital, una amplia vivienda que perteneció a una
familia de origen español y que contaba con cinco habitaciones, algunas con
baño, un amplio comedor, gran cocina y un patio interior en torno a un aljibe, devino
con el tiempo en casa para huéspedes que Conchita, española también, y
posiblemente emparentada con los dueños originales, regentaba su negocio de
alquilar los cuartos a personas que casi siempre llegaban allí por
recomendación de familiares o amigos suyos. Una de esas personas era Eloísa
Camellón que conocía a la dueña desde la época en que acudieron juntas a las
Ursulinas y había mantenido su amistad con la asturiana hasta los tiempos en
que ambas habían dejado transcurrir los mejores años de sus vidas.
Servilio prefería vivir solo y en un
área que le pareciera apropiada; nada de barrios que menguaran su prestigio o
pusieran en evidencia lo que le pareciera inapropiado, fue por eso que Eloísa le pidió a su amiga
que le rentara una habitación a su hijo y él llegó a residir en calidad
de huésped en la pensión. No despertaba sospechas, sus movimientos no lo
diferenciaban mucho de los demás y en su quehacer, todo parecía normal. Alegaba
ser agente de seguros, vendedor a comisión y cobrador de rentas para varias
instituciones, en realidad, de alguna manera conseguía el dinero para pagar el
alquiler. En una ocasión, apareció acompañado de Élida y le avisó a la dueña
que ella compartiría su habitación por un tiempo, al que no fijó límite. La
asturiana le aclaró que para gozar de las ventajas de su presencia tendría que
pagar por ello y Servilio no puso reparos, a Conchita sólo le interesaba el
pago de los viáticos. A Élida, que ya tenía con él una relación, tampoco le
pareció del todo mal. Había aprendido a conocerlo y pasaba por alto muchas
cosas porque se había enamorado y lo aceptaba como era.
Ella nunca supo cuan enfermo estaba
Servilio, no tuvo tiempo de llegar a descubrirlo y disfrutaba de una relación
apasionada, casi obsesiva; que le hacía desdeñar lo que consideraba apariencias
para culminar, cada vez, en aquellos coitos en los que le arrancaba la ropa
para disfrutar su desnudez. Para él era otra cosa; esa mujer lo había hecho
apartarse de una realidad imaginada y nadie debía llegar a descubrirlo: el
mundo de Servilio era demasiado hermético y aunque sabía que Élida había
traspasado sus límites, alguna vez tendría que poner fin a lo que para él
significaba sentirse descubierto. Fue entonces que las voces que escuchaba
mientras se consumían los cigarrillos entre sus dedos, le aconsejaron
deshacerse de ella; era lo único que había querido defender de cualquier
cercanía que pudiera parecerle ajena y las recomendaciones que se amplificaban
en su conciencia y por su desvarío, sólo apuntaban a la eternidad de Élida
compartiendo su soledad. El psicópata mata por amor, hiere al que más ama y lo
eterniza en su conciencia haciéndolo desaparecer. Por eso la mató,
asfixiándola, mientras yacía frente a él desnuda tras haberla hecho suya y en
el sopor de un sueño profundo y confiado. Para Servilio, fue la última vez que
la tuvo antes de pensar en eternizar su entrega. Sin duda, era el mejor consejo
que había escuchado jamás, los susurros nunca se equivocaban en la
interpretación de sus deseos; eran el espejo y la imagen de su
conciencia.
Estaba satisfecho, tanto, que pasó
bastante tiempo conversando con el cadáver en lo que acariciaba sus cabellos y
recorría la frialdad de su cuerpo mientras se tornaba rígido y violáceo; él,
aún la escuchaba, ahora; como una voz nueva y proveniente de su mente trastornada,
pero no se consideraba un asesino, más bien la había liberado del peso de sus
secretos que ella había decidido compartir sin que le preocupara demasiado, tan
poco, que le costó la vida y a partir de entonces, Élida sólo viviría entre los
dañados laberintos del lóbulo frontal de un cerebro congénitamente signado por
el mal. Entonces, tenía que hacerla desaparecer y,de antemano, sabía cómo. El
desmembramiento del cuerpo de la víctima era la forma más práctica, sobre todo
porque no sentía remordimientos. Llevó el cuerpo a la bañera y los primeros
cortes fueron para lograr que se desangrara; mientras, el agua corría
profusamente hacia el desagüe hasta que la transparencia del líquido le indicó
que el cuerpo estaba listo para ser descuartizado.
Todo lo tenía previsto y estaba
preparado. Los dos instrumentos para llevar a cabo el cometido los tenía bien
escondidos donde fueron encontrados posteriormente por los policías sin
importarle que así fuera: un afilado cuchillo de gran tamaño y una hachuela de
explorador para desbrozar maleza; ambos abandonados en un pequeño armario lleno
de tiestos, libros y otros objetos a los que él les concedía importancia. Antes
de cometer el crimen, nadie más iba a animarse a registrar entre el desorden,
después, estaría libre hasta que el hallazgo de los bultos con el macabro contenido
condujeran a los investigadores hasta el escenario de los hechos; lo que al
encontrar el maletín con la cabeza, no tardó en acontecer. Con la historia
descifrada, llegaron hasta él y lo hallaron sentado, no pretendió
resistirse ni negó las versiones acusatorias que los investigadores le
comentaron. Aun no sabían que se trataba de un desquiciado, que era un
hombre enfermo; fue la confesión más fácil que habían escuchado y la frialdad
con que Servilio les comentó en detalle cada paso que dio mientras cortaba el
cuerpo, empaquetó los bultos y se dio a la tarea de dispersarlos por la ciudad,
debió producirles una mayor impresión a ellos que al propio relator de la
historia, inédita, en sus experiencias respectivas como investigadores
policiales.
Salió de allí esposado en compañía de
los dos agentes y ante la mirada curiosa de los huéspedes de la pensión que desconocían
de lo que se trataba; lo acomodaron entre ellos en el asiento posterior del
vehículo policial y lo condujeron hasta las oficinas del Departamento Técnico
de Investigaciones. Allí le pidieron que volviera a relatar la historia en lo
que un estenógrafo reproducía la declaración de culpabilidad que debía firmar y
que quedó grabada en su propia voz para hacer irrefutable su culpabilidad ¿Se
trataba de la soberbia de un asesino? No parecía ser el caso; los
investigadores, a los que se habían sumado otros expertos en criminología y
peritos, se dieron cuenta que en ocasiones Servilio se refería a la occisa como
si aún viviera y esto los hizo sospechar que en la personalidad de aquel
sujeto algo andaba mal. Tuvieron la certeza cuando les comentó que cada acción que había tomado
era recomendada por los “comentarios” de sus “voces amigas” a las que siempre
hacía caso porque “nunca se equivocaban” Entonces decidieron traer un
especialista en psiquiatría y un psicólogo.
Leída por ambos la transcripción de la
declaración del inculpado y tras hacerle algunas preguntas, el criterio fue
unánime: éste hombre está demente, posiblemente se trate del acto criminal
llevado a cabo por un esquizofrénico. Estaban arribando a la conclusión
correcta, que, sin embargo; no exoneraba al detenido de una acusación de asesinato con
premeditación y alevosía que figuró en el expediente y que, al ser juzgado, hizo posible
la declaración de culpabilidad y la sentencia de encerrarlo por veinte años
en el pabellón psiquiátrico de cualquier reclusorio que lo poseyera. El día del
juicio, Servilio dejó a todos atónitos cuando pidió volver a tener entre sus
manos los objetos con los que cometió el desmembramiento, algo que por
precaución no le permitieron. El juez, al indagar el por qué, obtuvo una
respuesta que no podía imaginar: “Élida está en ese cuchillo y en el hacha,
vive ahí; quisiera volver a acariciar su cuerpo” Todos los presentes, sin
ocultar su asombro ni decir palabra, se miraron entre sí y en lo que
imaginaban el acto que los tenía ante aquel hombre que no parecía tener
remordimientos al escuchar la sentencia impertérrito; con la mirada
pérdida y elusiva, enfocada en el mismo rincón de la sala y sin dirigirla a
nadie en particular.
V
En 1968, cuando Servilio tenía cuarenta
y cinco, se convirtió en criminal confeso y convicto. Hasta 1980, en que ya había cumplido doce años de la condena y andaba cerca de los sesenta, el tiempo, a pesar de la resistencia que trató de ponerle, lo había
convertido en un recluso-demente (así lo consignaban) bajo tratamiento y
observación permanente y en su cabeza rapada se notaban las huellas de los
electrodos que sobre la piel habían dejado los numerosos electroshocks
recibidos. La piorrea había hecho presa de sus encías y convertido su cavidad
bucal en una oquedad casi vacía. Las dificultades para ingerir alimentos que
por fuerza engullía sin masticar, junto a las mínimas dosis de supervivencia de
una dieta maltrecha, habían dado a su cuerpo la apariencia de un esqueleto que, con los
huesos adheridos a la piel, lo convertían en una persona sumamente vulnerable a escaras
y; algunas yagas mal curadas, nunca llegaban a desaparecer del todo. Los
carceleros y el médico que rutinariamente lo revisaba, estaban seguros que
aquel despojo humano no alcanzaría el fin de su condena. Pero el verdadero
final, epílogo de su propia historia, nadie pudo imaginarlo.
Esa noche llegó un grupo de guardias
ajenos a la prisión, traían uniformes diferentes con grados en las charreteras. Uno de ellos, papel en mano, comenzó a reclamar por sus
nombres la presencia de algunos de los recluidos y Servilio, al escuchar el suyo; no se
preocupó demasiado y pensó que se trataba de un nuevo traslado. Había estado en
Mazorra (hospital psiquiátrico de la capital) en más de una ocasión y a
consecuencia de las crisis que le sobrevenían cada cierto tiempo; luego, era
nuevamente devuelto al reclusorio; era más peligroso por loco, que por asesino.
Los guardias, que llevaban a cabo una ingente y premeditada labor,
completaron la capacidad de un ómnibus hasta el número total de cuarenta y dos
pasajeros, era noche y la carretera a la prisión más importante del país estaba
oscura y a pesar de los esfuerzos motivados por la curiosidad, poco podían
apreciar del entorno los pasajeros transportados como parte de una operación
que debía ser llevada a cabo con la mayor discreción posible y en que la
nocturnidad era un argumento indispensable.
Al llegar a su destino los llevaron a
uno de los comedores del lugar donde había un tipo con una cámara montada sobre
un trípode y sobre el respaldo de una silla, una camisa blanca, arrugada y
apestosa, de talla grande; que cada uno debía ponerse antes de que le hicieran
la foto; el objetivo: proveerlos de un documento de identidad que ninguno
poseía, para trasladarlos al puerto de embarque y tratar de disminuir el
efecto de su llegada al destino que les habían fijado sin contar con
ellos o los familiares en caso de que los tuvieran, ya que de por sí, podía
parecer sospechoso que viajaran solos a otro país. Era el mes
de mayo de 1980 y un numeroso grupo de personas se aprestaba a abandonar el
territorio por el puerto de Mariel. Luego, fue conocido que el gobierno utilizó
la coyuntura para embarcar, junto a personas reclamadas por sus familiares en
Estados Unidos, un montón de criminales, enfermos mentales e individuos integrados a la práctica de diferentes religiones. Servilio no entendía nada,
no podía preguntar, aunque tampoco lo intentó; estaba acostumbrado a la callada
por respuesta y cuando le tocó su turno, se puso la camisa y le hicieron la
fotografía. En un par de horas, le entregaron un documento y le indicaron que
lo metiera en la bolsa del pantalón y que no lo perdiera porque podía ser “la
llave para su libertad anticipada”
La noche del 23 de mayo de 1980,
Servilio, en compañía de otros reclusos, fue trasladado desde una gigantesca
carpa rodeada de perros policías al embarcadero en el puerto, le habían dado algún
alimento que a él le pareció mejor que la comida del reclusorio aunque se
repitiera durante las jornadas que pasó tirado en un camastro en que una
plancha de madera de bagazo prensado hacía las veces de colchón; el revoltillo
de huevo enverdecido por el reposo del abandono, un arroz fétido y empelotado y
un bolo de pan, descendían por su esófago con dificultad y placer al mismo
tiempo. Aquello era mejor que el caldo insípido y los pedazos de pescado llenos
de espinas que se veía obligado a ingerir cada día. Ahora, formaba parte de un
grupo de doce que otros guardias en el muelle sumaron a un contingente de personas provenientes de la población; familias con niños,
ancianos, hombres y mujeres que sentían en sus sienes el pálpito de un futuro
que se les había negado en su propio medio y que se entregaban a la lucubración
de un panorama desconocido e incierto, pero que vislumbraban e intuían, como
prometedor. Ellos, sólo pensaban en dejar atrás la pesadilla en que las
circunstancias habían convertido sus vidas y cualquier otro riesgo les parecía
intrascendente.
Era contradictorio: en el sopor del
sueño los padecimientos se ausentaban, mientras en la realidad del día a día,
el estigma de lo no deseado les dejaba saber que, al dormitar, podían encontrar
el único modo de evadir la realidad. Servilio, aún no sabía lo que estaba
pasando, era casi un privilegio tener todos los días para dormir y en la
vigilia, elaborar un pensamiento consecuencia de sus tribulaciones y autorizado
para contrarrestar los efectos de lo tangible; al loco, que pierde el contacto
con la realidad y se engaña a sí mismo por obra de la enajenación, nadie lo
puede culpar, al menos, del todo. El hombre, o más bien lo que de él quedaba,
presenciaba el ajetreo del puerto envuelto en la neblina de sus ojos afectados
por la catarata que le hacía indefinida cualquier visión y ya no le permitía
leer sin el uso de gafas que había extraviado y que nunca más pudo recuperar y
menos, suplantar. Cualquier cosa que pudiera ayudarlo a tener conciencia de sí
mismo se había convertido para él, en quimera inalcanzable y eso, no le
interesaba a nadie. Recordaba algunas cosas, sobre todo a ella, por el tatuaje
que uno de sus compañeros había
delineado sobre el costado izquierdo de su pecho y en el que se enredaban entre
trazos discontinuos e imperfectos, una cruz formada por un hacha y un cuchillo;
debajo, el nombre de la víctima como símbolo perpetuo de su amor, estampado con
tinta de betún diluida en alcohol mediante las punzadas de una aguja artesanal
contaminada de infecciones.
Estaba atardeciendo cuando sintió la
presión de una mano asiéndolo por uno de sus brazos que lo obligó a moverse
entre un grupo de personas en dirección al muelle en el que paralelamente, se
encontraban atracadas las embarcaciones que debían ser cargadas con la masa
informe de personas que integraban una rara mezcla y a la que los organizadores
de todo aquello se referían como “el personal” Servilio debió cumplir la orden
de que entrara en aquel barco y desorientado, el pequeño grupo de reclusos que
debieron hacer lo mismo, lo integró al corrillo, ninguno lo conocía; se habían conformado
al azar y era minúsculo en comparación con el resto de los viajeros. Todos los
reclusos se juntaron por una simple cuestión de identidad en una esquina de la popa de la ancha manga de
un langostero de cuarenta y dos pies de eslora y borda muy baja, haciendo notar
su presencia a los ojos del patrón y los dos tripulantes, sus hijos, que le acompañaban.
Entre ellos, comentaron que si los “presos” trataban de intentar cualquier
desafuero durante la travesía debían ser lanzados al mar; no desconocían que les estaban haciendo cargar
con gente muy peligrosa y su conceptualización visual, lejos de la óptica
lombrosiana, indistintamente los hacía actuar conforme a ella.
Integrado el grupo de unas quince embarcaciones
que serían las próximas en partir se escuchó la orden proveniente de unos
altavoces que únicamente interrumpían la música de los himnos al ordenar la salida y cuyo propósito, era saturar los oídos de los “indeseables” y darles una lección de patriotismo
que, debido a su reiteración, se convertía en una suerte de tortura. Todos
esperaban la interrupción de las arengas y la música, porque habían aprendido a
intuir que era el aviso para la orden de
zarpar en cada caso. El efecto de la reacción, se convertía en una corroboración de la
teoría pavloviana del reflejo. Con las embarcaciones en movimiento y a la zaga
de una vieja fragata de la armada hasta el límite de las aguas territoriales, Servilio comenzó a sospechar que lo estaban
trasladando, pero esta vez, a otro mundo en el que nunca había pensado.
Aunque a nadie le interesaba, incluidos
los gestores de aquella gigantesca operación y a pesar de repetir lo dicho por
el líder acerca de que se trataba de “una vía segura y organizada”; los
servicios meteorológicos habían anticipado que para esos días de mayo, las
condiciones para la navegación de embarcaciones menores no eran propicias en
las aguas del Golfo. En el reducto de la popa, los únicos que sospechaban que
Servilio no andaba bien de sus facultades mentales eran los otros reclusos
agrupados junto a él y el resto de los pasajeros, eufóricos y ajenos a las
predicciones, ya estaban avisados de lo que debería hacerse si algo extraño
sucedía. Poco a poco, la línea de la costa fue desdibujándose entre los efectos
del poniente y una nubosidad densa, presagio de lo que al desaparecer por
completo cualquier visión terrena, ocurrió; la noche los puso a todos de cara a la
tormenta. Era un verdadero diluvio en que la fuerza de los elementos se combinó
conformando el pandemónium; las ráfagas de viento manejaban las olas a su
antojo y convertían la lluvia en una cortina en constante movimiento que hacían
restallar las gotas de agua como latigazos sobre la piel de los neófitos navegantes.
A pesar de todo, nada era más preocupante
que la arremetida permanente de olas de más de veinte pies que jugaban con la
embarcación en soledad como un diminuto cuerpo estelar a punto de desaparecer
en el concepto infinito de un agujero negro. Todos querían ubicarse bajo el
techo de la estructura, y quienes no lo lograron se conformaron con tirarse
sobre el piso, era la mejor manera de evitar que las sucesivas embestidas del
agua sobre la cubierta los arrastrara con probables consecuencias trágicas. El
patrón, conocedor de las posibles consecuencias al enfrentarse a una situación
así, conminó a los hombres a que fueran las mujeres, los más viejos y los
niños, quienes quedarán bajo la limitada protección de la estructura, que si
bien les guarecía de la lluvia, no podía hacerlo de las furiosas olas convertidas
en lenguas de agua salobre que entraban y
salían por los cuatro costados: proa, popa, babor y estribor; lamiendo con
avidez toda la cubierta. En situaciones como aquella, la borda baja, la ancha
manga y un calado poco profundo se convertían en elementos que, para quien
sabe cómo proceder, hacen más fácil la navegación bajo esas condiciones y aquel
hombre sabía cómo sacar ventaja de ello.
En medio de la confusión, nadie se
percató de que Servilio había permanecido inmóvil y mientras hablaba con las
voces que escuchaba, casi en secreto; se arrodilló dándole la espalda a todos y
presintió que el momento había llegado. Aquel grupo de personas se negaban a
ayudarlo y en consecuencia, “sus consejeros” eran los mejores aliados con los
que podía contar. La distorsión provocada por una realidad estresante, era percibida por
él como la razón de huir y nadie podía entenderlo. De haber observado el
momento en que la ola lo empujó al desenlace, pensó, y mientras ello le fue
posible, que ir a parar al agua era lo más conveniente. Un acto de suicidio era
una respuesta lógica; las estadísticas indican que la propensión de atentar
contra la vida es, entre los esquizofrénicos, de un diez por ciento; pero en el
caso de los paranoides, puede elevarse, sobre todo, si la atención y el
tratamiento resultan inadecuados. Sus largos años de reclusión, los numerosos
electroshocks, la inestabilidad y deficiencias en el suministro de los
medicamentos indicados, habían acrecentado su desconexión con la realidad y
catalizado la psicosis, algo que para él no era perceptible y para los demás
intrascendente; el “accidente” pasó inadvertido para todos y el final, al
perderse entre las encrespadas aguas y en medio de la tormenta, sólo se
descubrió cuando la marejada amainó y la diferencia entre cielo y mar
permitieron la visión del horizonte bajo una fina llovizna que a todos parecía
como un bálsamo que la naturaleza les regalaba.
Las tensiones disminuyeron e hicieron que
cada cual se fuera relajando para regresar a la normalidad y volver a pensar
que sólo un puñado de millas los separaba del destino deseado. Unos se
gratificaban de la benevolencia divina al dar gracias, y todos parecían desasirse
del peso de una amenaza mortal; fue entonces que alguien pregunto por el tipo
flaco y desgarbado, el viejito; al que nadie aún, había echado de menos. La
historia de Servilio había concluido sin trascendencia entre la
acometida de un suicidio y la creencia general de que se trató de un trágico
accidente, al descubrir su ausencia. Fue la única vez en que existió
correspondencia entre la forma en que su vida transcurrió y la manera en que,
consecuentemente, el propio Servilio determinó liberarse de sus fantasmas y sus
males, sus recuerdos conculcados por la indefinición y la incapacidad de
precisar temporalmente lo ocurrido en cada momento. Nadie sabía quién era, su
nombre, dónde había nacido, ni la edad; de haberla conocido, el asombro los
hubiera hecho pensar en un posible error en tanto su edad cronológica, era
incompatible con su imagen.
EPÍLOGO
Poco más de una semana había
transcurrido cuando el patrón y sus dos hijos se encontraban enfrascados en la
tarea de rehabilitar la embarcación de nombre Jackie atracada en un muelle del
cayo Marathon, lugar en que residían y desde el que operaban el negocio
familiar de sembrar y levantar nasas para capturar langostas en los mares
aledaños al archipiélago de las atractivas y bellas islas sur floridanas, que
continuaban siendo el escenario del ajetreo en consecuencia de los
acontecimientos que tenían lugar. El Cayo Hueso, era conexión obligada como
destino de todos los “entrantes” provenientes de otro
archipiélago al sur, pero a muy poca distancia.
Mientras frotaba con un paño la teca de
estribor, uno de los muchachos hizo el hallazgo; era un papel doblado y
encajado entre la madera y el cintillo de bronce que sólo tenía una función
decorativa; estaba doblado y vuelto a doblar, tal y cómo si el propósito de
haberlo dejado allí, fuera conseguir su descubrimiento y le permitiera a quien
lo hiciera, descifrar el enigma motivado por una simple curiosidad. La humedad había deteriorado el documento,
pero su contenido era perfectamente legible a pesar del corrimiento de la tinta
con la que había sido impreso, lo más importante: la fotografía del portador,
el viejo flaco y de rostro desencajado que parecía emerger de las profundidades
para proporcionar la respuesta: Servilio Jorrín Camellón,
natural de La Habana, Cuba y de sesenta años de edad; nada más. El verdadero
significado, Servilio lo utilizó en su propio beneficio; había sido “la
llave para su libertad anticipada”
José Antonio Arias-Frá
En: “Cuentos de la Memoria Intrusa”