miércoles, 4 de septiembre de 2024

VICENTE, REBELDE Y EL MILICIANO

 

Era un delirio de aquellos años 60 dar la impresión de ser un combatiente; un miliciano, y consecuentemente se estimuló una versión mitad proletario, mitad militar: el uso de una camisa azul de mezclilla ligera con un pantalón verde olivo y ocasionalmente, un tocado de boina ladeada, negra como la del Ché o de un verde desteñido como la de un “greenbereg” en campaña, vaya, que de extremos no se paraban mientes. La elección de cualquier apariencia algo más sofisticada podía ser catalogada como una debilidad pequeño burguesa y mucha gente comenzó a esconder sus ropitas de salir para adoptar un aspecto a tono con las circunstancias. En cualquier lugar, ocupados en lo cotidiano, siempre había milicianos sudorosos, incluidas las mesas familiares en los hogares.

Aquel día soleado y sin el más mínimo indicio de una tragedia, un tipo vestido de miliciano avanzaba por la acera llevando de la mano una niña de unos cinco o seis años. Se les veía contentos en lo que el hombre parecía prometerle algo a la niña al final del paseo y ella sonreía complacida intercambiando miradas de sana complicidad.

A medianía de cuadra vivían Vicente, María Victoria, su esposa, y un hijo de ella entre los 18 y los 20, al que, por una deficiencia congénita, le faltaba una parte de su brazo izquierdo; era deducible porque del muñón a mitad del antebrazo le crecían unos deformes y pequeños deditos sin uñas. La familia tenía una mascota, un perro de raza mixta que respondía al nombre de Rebelde; así de difícil era obviar la influencia de los tiempos, tanto, que el mero hecho de llamar al can era una evocación.

La familia ocupaba los dos niveles del edificio aledaño al Chivo, uno de los tres solares de la barriada junto a La Palangana y el cercano y famoso Reverbero; en la planta baja, Vicente operaba su negocio, un pequeño taller de mecánica dental al que en calidad de ayudante un hermano suyo que había llegado de Pinar del Río por esos días se había incorporado. En la planta superior vivían todos.

Era común que Rebelde asomara la cabeza entre los balaustres de una balconada verticalmente alineada con una gran ventana de cuatro hojas en la parte superior y les ladrara a los transeúntes, solo que esa vez, la niña que acompañaba al miliciano hizo contacto con el perro, le tocó el hocico con su mano pequeña y el animal la mordió. El hombre, muy molesto, pateó la cabeza de Rebelde que huyó al interior del inmueble entre gemidos y agudos chillidos de dolor.

En medio de la calle el miliciano y Vicente se enredaron a golpes; salió la gente del solar y en breve se había formado un círculo alrededor de los contendientes en lo que parecía una de esas peleas clandestinas que los apostadores casaban entre los estibadores de los muelles; casualmente, en El Chivo residían Juan de Dios, Pisa Papel y El Ñaña que sabían bastante de esas cosas, nadie intervenía para separarlos, todo lo contrario, agitaban en favor de uno u otro; ya ambos se habían roto la nariz, la boca y sangraban, entonces apareció María Victoria que estaba embarazada de unos cinco meses, se metió en medio de los dos y en consecuencia recibió más de un golpe  cayendo sobre el asfalto, fue el catalizador para que aguantaran a los hombres y terminara la pelea.

La policía nunca llegó, sus entonces bisoños integrantes, estarían concentrándose en vigilar y perseguir a los pederastas, tahúres, mariguaneros y jugadores de Ciló que su jefe, Efigenio, conocía bien cuando la Plaza del Vapor era uno de sus anteriores destinos habituales. El miliciano recuperó a la niña de los brazos de una señora que la protegía y desapareció del lugar, Vicente se subió al Packard 58 rojo y blanco de su propiedad que su hermano condujo hasta la vivienda desde donde estaba parqueado y acomodó a María Victoria al interior porque se veía muy mal a la vez que se quejaba de fuertes dolores en el vientre.

Más tarde regresaron, todo parecía normal hasta que unas semanas después entre las matronas del vecindario trascendió que habían llevado a María Victoria desfallecida y muy adolorida, con una fiebre elevada que no había cedido a paliativos en más de 24 horas, al Calixto García, principal hospital capitalino y relativamente cercano.

María Victoria que ya por estar sobre los 40 hacía un embarazo de alto riesgo nunca regresó, el feto llevaba días muerto en su interior y la fiebre y los dolores eran síntomas de una septicemia generalizada que no le fue posible superar mediante un aborto provocado o quirúrgico.

Para Vicente fue un duro golpe porque iba a ser padre por primera vez cuando ya no era tan joven y además enviudó. Un tiempo después un letrero de SE ALQUILA al frente de la vivienda vacía, le dejó saber a los parroquianos que Vicente, posiblemente, regresó a Pinar del Río para tratar de diluir su pena en un ambiente menos sugestivo para él.

El letrero de “se alquila” debió ser una ilusión del antiguo propietario porque ya para ese entonces el único rentista era el gobierno revolucionario que pasaba leyes a roso y velloso, entre ellas, la de reforma urbana. Y pensar que tantos años han pasado desde entonces…

 

 

RECUERDOS

 

Sonia Sixta nació en el 36, su primer nombre era en homenaje a Sonja Henie, la patinadora noruega que murió de leucemia en el 69 y había nacido en el 12.

Por alguna rara coincidencia se usó Sonia por Sonja y en el seno de su familia materna, la única que conoció, se comentaba que Sonia era un nombre ruso aunque no estaban muy seguros.

El segundo, Sixta, fue el obligado por el calendario y su santoral que solía ser una costumbre condenatoria para muchos debido a una práctica religiosa que nunca se sabía si era una herencia romana o bizantina, como posiblemente fue en el caso de Sixta.

Ella debió ser Peña por nacimiento, era el apellido de su padre que fue un tipo díscolo, parlanchín y botellero, idóneo empleado en la Renta de la Lotería Nacional, buen lugar para ser parte de una nómina fantasma y andar siempre embutido en un dril 100, los pasos cotidianos enfundados en unos avellanados y brillantes Amadeo, o unos clásicos Ingelmo de dos tonos. Tocado de castor color caramelo en el invierno y blanca paja de toquilla ecuatoriana en el largo verano insular.

Peña, que debía ser el padre amantísimo de otros hermanos (medios de Sonia Sixta) aunque los reconoció y les dio el apellido, tampoco se preocupaba demasiado por ellos; lo de padre amantísimo era una hiperbólica designación de crónicas sociales, aunque solo nombres muy selectos aparecían en las páginas de los diarios que se las dedicaban.

Por eso Sonia Sixta que debió ser Peña recorrió un largo trecho de vida con un solo apellido, el de su madre.

Contaban que varias veces abordó a Manolo (debió ser oficialmente Manuel Peña) una tía de Sonia que gozaba de cierta alcurnia escolar en la familia por haber completado la escuela para maestras hogaristas. Mujer de virtudes acendradas según los tiempos que corrían, era buena costurera, buena cocinera, y buena esposa de un asturiano ferretero a quien nunca se le escuchó hablar de su familia perdida entre las serranías y el puente romano de Cangas de Onís, sobre un río no muy caudaloso llamado Sellas.

Carmen Leonila, a la que cariñosamente le llamaban Deyitín, se entrevistó con Peña al menos en dos ocasiones y le suplicó que reconociera a su hija y le diera su apellido. Él, siempre se negó.

La historia terminó como debió comenzar. Carmen y Amado, que era Fernández, inscribieron a Sonia como su hija que mantuvo su apellido materno porque Deyitín era hermana de su madre (ellos no tuvieron hijos) hasta que cumplió los 40 y se convirtió en Sonia Sixta Fernández.

Azarosa, discurrió la juventud de Sonia que era una joven bella y de una figura muy parecida a la de su madre, aunque menos voluptuosa y no tan esbelta.

Había por el barrio y en derredor de la casa de Sonia, pretendientes que se disputaban el turno para acercarse a ella cuando aparecía recostada frente a la ventana amplia y enrejada de la sala del 208 que daba a la calle Gervasio.

Un tipo que vivía justo al frente y era hijo de una odontóloga, huérfano de padre y único hijo, otro al que apodaban El Lagarto, flaco y alto de unos ojos verdes cuya coloración era detectable a distancia, y por último un cadete de la Havanna Military Academy de nombre Jorge Enrique que se hizo ingeniero y amasó una fortuna construyendo carreteras y pistas de aterrizaje en Puerto Rico y volaba su propia avioneta como hobby, allí fue a parar desde 1959

Jorge Enrique era el preferido de Sonia y sus intercambios con él, reja por medio, eran más prolongados; posiblemente rebasaran los términos de un amor platónico que nunca se materializó.

Él se fue y ella nunca salió del barrio y cuando lo hizo había pasado mucho tiempo, se había quedado sola porque nunca se casó, su belleza diezmada como la flor que quema pétalos entre las páginas de un diario de vida marchitaron su existencia. Sonia salió del barrio para ir a enterrarse en un pasaje de Luyanó, lugar más lejano al que pudo llegar.

Las únicas fotos que la mostraron como era viviendo en amasiato con un viejo funerario que trabajaba vistiendo muertos en la capilla San José de Infanta y Carlos III dejaban apreciar todo el dolor acumulado durante su existencia.

Pelo encanecido, recogido en un moño que permitía ver un cuello largo y desnudo del que se desgajaba la gastada tela lavada y relavada de un ropón, como un jubón de condenada a muerte, tan gris como su pelo y arrugado como su piel.

Así perdió la vida que nunca llegó a tener del todo; ni como Peña, ni como Fernández, quizás de haber sido posible, solo hubiera querido que la llamaran Sonia.

Su paso por el mundo que habitó desde aquella ventana en que por turnos hablaba con Puchi, Lagarto o Jorge Enrique fueron sus años más felices, colmados de ilusión.

Lo sé porque ella andaba en sus 18 y yo era el único que podía acercarme y escuchar sin que me vieran; con 6 de edad, el muro me daba su apoyo y yo sentado en el suelo me entretenía con un barco de papel construido con una hoja arrancada de Bohemia, era un pretendido chaperón que no cuidaba ni tenía nada que impedir reja por medio.

Recuerdo bien todo esto porque Sonia Sixta fue mi hermana y me niego a decir que solo lo fue a medias.

Te debo un beso que se pierde por ahí después de tanto tiempo.

LA FIESTA

 

Aquella vez que no dormí en mi casa voluntariamente fue hace muchos años y, desde entonces, varias me han cobijado bajo la sombra de techos, y circunstancias, diferentes.

Me acostumbre a un sofá – cama que no podía abrirse porque, aunque el mecanismo metálico que lo condicionaba estaba intacto, la armazón de madera cubierta por una gruesa cretona floreada era nido para termitas que barrenaban la madera blanda convirtiéndola en una cáscara que se hacia polvo al más mínimo contacto. Pasé tiempo durmiendo sobre un caparazón en forma de L, que nunca me dejó llegar al suelo a pesar de su fragilidad.

Por aquellos días del 64, hacia más de una semana que los amigos de Magaly nos la pasábamos hablando de la fiesta que se anunciaba en casa de unos parientes suyos allá por Santos Suárez, y así, dejar atrás la fantasía de los quince y entrar en la sugerente experiencia del tránsito a los dieciséis.

Éramos un grupo de seis y uno, Gerardo, el de más edad y con 18 cumplidos, tenía una “cuña” Chevrolet roja, convertible y cupé, creo recordar que del 51 En ella nos fuimos aquel día hasta el sitio de la celebración.

Al llegar, la fiesta había comenzado y el bullicio nos ayudó a identificar el lugar. Ya Magaly estaba allí, ella era el centro de las ilusiones de todos nosotros; ese día estaba radiante, era de esas que no necesitan del añadido del maquillaje y su cabello castaño claro, siempre se veía magnífico en una trenza francesa que terminaba a mitad de su espalda con una hebilla en forma de mariposa de alas verdes.

A manera de complemento, el torso cubierto por una blusa color champaña con un escote ligeramente audaz rodeado de una muselina que no ocultaba el propósito de llamar la atención y apuntalar en nuestro imaginario la idea de querer descubrir un poco más de lo que apenas se insinuaba.

Locos que éramos, queríamos encontrar la manera de acercarnos a cualquier chica sin pareja y eternizar la noche hilvanando tropiezos e incongruencias verbales donde lo más cierto podía ser el alarde de una vulgar estafa improvisada.

Pero el licor, estimulante en sangre de los efluvios del alcohol, era imprescindible y en una enorme mesa al centro del salón colgaban de una ponchera rebosante las copas de cristal; dentro, reposando y sumergido en el líquido, un gran cucharón de cuenco profundo. De una sola vez se podía llenar una copa de aquella mezcla de sabor atractivo y ligeramente ácido. Muy dulce, dispuesto a conquistar el paladar abusado y ajeno a su demoledor efecto.

Una, dos, tres copas y no tuve más alternativa que recostarme a la pared al fondo de la mesa con el propósito de que me sirviera de soporte ayudándome con ambas manos muy abiertas a sostenerme sobre la superficie de un verde claro de cal coloreada.

Todo me daba vueltas y como si anduviera a tumbos por una cuerda floja, algo imposible, llegué afuera y logré dejarme caer sobre la acera apoyando la espalda en un pequeño muro que rodeaba el jardín a la entrada. Luego de lo peor, caí en un estado de somnolencia en el que mis amigos me encontraron cuando ya todos se marchaban.

Me ayudaron a incorporarme y nos fuimos al carro, tres delante y tres detrás, pero cometieron el error de sentarme al frente y al lado de la portezuela.

Descendíamos loma abajo, raudos, por Santa Catalina cuando Angelito le reclamó a Gerardo que se arrimara y se detuviera porque se dio cuenta de que yo estaba abriendo la puerta y estuvo a punto de producirse un accidente con graves consecuencias. El propio Ángel se cambio conmigo y llegué al barrio en el asiento trasero sentado entre Leo y Abelardo, el más joven de los dos hermanos Luaces.

Quisieron dejarme en casa, pero me negué, luego me contaron que entre frases incongruentes y argumentos descabellados solo quería que me dejaran ir al Malecón, todos vivíamos cerca del final de Perseverancia, una calle muy corta en que desde el comienzo el mar era visible; no les fue difícil complacerme y allí me amaneció sentado en el quicio frente al portón donde, escaleras arriba, vivía Leo.

Llegué tan temprano que nadie me vio entrar, me acomodé en el camastro con ropa y sin zapatos, cuando me despertaron no recordaba casi nada, sentía mucha sed y aunque me hablaron de desayunar solo pedí un vaso grande de agua.

Luego me contaron que estuve a punto de saltar del vehículo en marcha sobre el asfalto de una conocida avenida, probablemente, para haber formado parte de alguna estadística y sin poder hacer el cuento ¿Quién sería capaz de recordarlo a estas alturas?