Sonia Sixta nació en el 36, su primer nombre era en
homenaje a Sonja Henie, la patinadora noruega que murió de leucemia en el 69 y
había nacido en el 12.
Por alguna rara coincidencia se usó Sonia por Sonja y
en el seno de su familia materna, la única que conoció, se comentaba que Sonia
era un nombre ruso aunque no estaban muy seguros.
El segundo, Sixta, fue el obligado por el calendario y
su santoral que solía ser una costumbre condenatoria para muchos debido a una
práctica religiosa que nunca se sabía si era una herencia romana o bizantina,
como posiblemente fue en el caso de Sixta.
Ella debió ser Peña por nacimiento, era el apellido de
su padre que fue un tipo díscolo, parlanchín y botellero, idóneo empleado en la
Renta de la Lotería Nacional, buen lugar para ser parte de una nómina fantasma
y andar siempre embutido en un dril 100, los pasos cotidianos enfundados en
unos avellanados y brillantes Amadeo, o unos clásicos Ingelmo de dos tonos.
Tocado de castor color caramelo en el invierno y blanca paja de toquilla
ecuatoriana en el largo verano insular.
Peña, que debía ser el padre amantísimo de otros
hermanos (medios de Sonia Sixta) aunque los reconoció y les dio el apellido,
tampoco se preocupaba demasiado por ellos; lo de padre amantísimo era una
hiperbólica designación de crónicas sociales, aunque solo nombres muy selectos
aparecían en las páginas de los diarios que se las dedicaban.
Por eso Sonia Sixta que debió ser Peña recorrió un
largo trecho de vida con un solo apellido, el de su madre.
Contaban que varias veces abordó a Manolo (debió ser
oficialmente Manuel Peña) una tía de Sonia que gozaba de cierta alcurnia
escolar en la familia por haber completado la escuela para maestras hogaristas.
Mujer de virtudes acendradas según los tiempos que corrían, era buena
costurera, buena cocinera, y buena esposa de un asturiano ferretero a quien
nunca se le escuchó hablar de su familia perdida entre las serranías y el
puente romano de Cangas de Onís, sobre un río no muy caudaloso llamado Sellas.
Carmen Leonila, a la que cariñosamente le llamaban
Deyitín, se entrevistó con Peña al menos en dos ocasiones y le suplicó que
reconociera a su hija y le diera su apellido. Él, siempre se negó.
La historia terminó como debió comenzar. Carmen y
Amado, que era Fernández, inscribieron a Sonia como su hija que mantuvo su
apellido materno porque Deyitín era hermana de su madre (ellos no tuvieron
hijos) hasta que cumplió los 40 y se convirtió en Sonia Sixta Fernández.
Azarosa, discurrió la juventud de Sonia que era una
joven bella y de una figura muy parecida a la de su madre, aunque menos
voluptuosa y no tan esbelta.
Había por el barrio y en derredor de la casa de Sonia,
pretendientes que se disputaban el turno para acercarse a ella cuando aparecía
recostada frente a la ventana amplia y enrejada de la sala del 208 que daba a
la calle Gervasio.
Un tipo que vivía justo al frente y era hijo de una odontóloga,
huérfano de padre y único hijo, otro al que apodaban El Lagarto, flaco y alto
de unos ojos verdes cuya coloración era detectable a distancia, y por último un
cadete de la Havanna Military Academy de nombre Jorge Enrique que se hizo
ingeniero y amasó una fortuna construyendo carreteras y pistas de aterrizaje en
Puerto Rico y volaba su propia avioneta como hobby, allí fue a parar desde 1959
Jorge Enrique era el preferido de Sonia y sus
intercambios con él, reja por medio, eran más prolongados; posiblemente
rebasaran los términos de un amor platónico que nunca se materializó.
Él se fue y ella nunca salió del barrio y cuando lo
hizo había pasado mucho tiempo, se había quedado sola porque nunca se casó, su
belleza diezmada como la flor que quema pétalos entre las páginas de un diario
de vida marchitaron su existencia. Sonia salió del barrio para ir a enterrarse
en un pasaje de Luyanó, lugar más lejano al que pudo llegar.
Las únicas fotos que la mostraron como era viviendo en
amasiato con un viejo funerario que trabajaba vistiendo muertos en la capilla
San José de Infanta y Carlos III dejaban apreciar todo el dolor acumulado
durante su existencia.
Pelo encanecido, recogido en un moño que permitía ver
un cuello largo y desnudo del que se desgajaba la gastada tela lavada y
relavada de un ropón, como un jubón de condenada a muerte, tan gris como su
pelo y arrugado como su piel.
Así perdió la vida que nunca llegó a tener del todo;
ni como Peña, ni como Fernández, quizás de haber sido posible, solo hubiera
querido que la llamaran Sonia.
Su paso por el mundo que habitó desde aquella ventana
en que por turnos hablaba con Puchi, Lagarto o Jorge Enrique fueron sus años
más felices, colmados de ilusión.
Lo sé porque ella andaba en sus 18 y yo era el único
que podía acercarme y escuchar sin que me vieran; con 6 de edad, el muro me
daba su apoyo y yo sentado en el suelo me entretenía con un barco de papel
construido con una hoja arrancada de Bohemia, era un pretendido chaperón que no
cuidaba ni tenía nada que impedir reja por medio.
Recuerdo bien todo esto porque Sonia Sixta fue mi
hermana y me niego a decir que solo lo fue a medias.
Te debo un beso que se pierde por ahí después de tanto
tiempo.
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