miércoles, 4 de septiembre de 2024

RECUERDOS

 

Sonia Sixta nació en el 36, su primer nombre era en homenaje a Sonja Henie, la patinadora noruega que murió de leucemia en el 69 y había nacido en el 12.

Por alguna rara coincidencia se usó Sonia por Sonja y en el seno de su familia materna, la única que conoció, se comentaba que Sonia era un nombre ruso aunque no estaban muy seguros.

El segundo, Sixta, fue el obligado por el calendario y su santoral que solía ser una costumbre condenatoria para muchos debido a una práctica religiosa que nunca se sabía si era una herencia romana o bizantina, como posiblemente fue en el caso de Sixta.

Ella debió ser Peña por nacimiento, era el apellido de su padre que fue un tipo díscolo, parlanchín y botellero, idóneo empleado en la Renta de la Lotería Nacional, buen lugar para ser parte de una nómina fantasma y andar siempre embutido en un dril 100, los pasos cotidianos enfundados en unos avellanados y brillantes Amadeo, o unos clásicos Ingelmo de dos tonos. Tocado de castor color caramelo en el invierno y blanca paja de toquilla ecuatoriana en el largo verano insular.

Peña, que debía ser el padre amantísimo de otros hermanos (medios de Sonia Sixta) aunque los reconoció y les dio el apellido, tampoco se preocupaba demasiado por ellos; lo de padre amantísimo era una hiperbólica designación de crónicas sociales, aunque solo nombres muy selectos aparecían en las páginas de los diarios que se las dedicaban.

Por eso Sonia Sixta que debió ser Peña recorrió un largo trecho de vida con un solo apellido, el de su madre.

Contaban que varias veces abordó a Manolo (debió ser oficialmente Manuel Peña) una tía de Sonia que gozaba de cierta alcurnia escolar en la familia por haber completado la escuela para maestras hogaristas. Mujer de virtudes acendradas según los tiempos que corrían, era buena costurera, buena cocinera, y buena esposa de un asturiano ferretero a quien nunca se le escuchó hablar de su familia perdida entre las serranías y el puente romano de Cangas de Onís, sobre un río no muy caudaloso llamado Sellas.

Carmen Leonila, a la que cariñosamente le llamaban Deyitín, se entrevistó con Peña al menos en dos ocasiones y le suplicó que reconociera a su hija y le diera su apellido. Él, siempre se negó.

La historia terminó como debió comenzar. Carmen y Amado, que era Fernández, inscribieron a Sonia como su hija que mantuvo su apellido materno porque Deyitín era hermana de su madre (ellos no tuvieron hijos) hasta que cumplió los 40 y se convirtió en Sonia Sixta Fernández.

Azarosa, discurrió la juventud de Sonia que era una joven bella y de una figura muy parecida a la de su madre, aunque menos voluptuosa y no tan esbelta.

Había por el barrio y en derredor de la casa de Sonia, pretendientes que se disputaban el turno para acercarse a ella cuando aparecía recostada frente a la ventana amplia y enrejada de la sala del 208 que daba a la calle Gervasio.

Un tipo que vivía justo al frente y era hijo de una odontóloga, huérfano de padre y único hijo, otro al que apodaban El Lagarto, flaco y alto de unos ojos verdes cuya coloración era detectable a distancia, y por último un cadete de la Havanna Military Academy de nombre Jorge Enrique que se hizo ingeniero y amasó una fortuna construyendo carreteras y pistas de aterrizaje en Puerto Rico y volaba su propia avioneta como hobby, allí fue a parar desde 1959

Jorge Enrique era el preferido de Sonia y sus intercambios con él, reja por medio, eran más prolongados; posiblemente rebasaran los términos de un amor platónico que nunca se materializó.

Él se fue y ella nunca salió del barrio y cuando lo hizo había pasado mucho tiempo, se había quedado sola porque nunca se casó, su belleza diezmada como la flor que quema pétalos entre las páginas de un diario de vida marchitaron su existencia. Sonia salió del barrio para ir a enterrarse en un pasaje de Luyanó, lugar más lejano al que pudo llegar.

Las únicas fotos que la mostraron como era viviendo en amasiato con un viejo funerario que trabajaba vistiendo muertos en la capilla San José de Infanta y Carlos III dejaban apreciar todo el dolor acumulado durante su existencia.

Pelo encanecido, recogido en un moño que permitía ver un cuello largo y desnudo del que se desgajaba la gastada tela lavada y relavada de un ropón, como un jubón de condenada a muerte, tan gris como su pelo y arrugado como su piel.

Así perdió la vida que nunca llegó a tener del todo; ni como Peña, ni como Fernández, quizás de haber sido posible, solo hubiera querido que la llamaran Sonia.

Su paso por el mundo que habitó desde aquella ventana en que por turnos hablaba con Puchi, Lagarto o Jorge Enrique fueron sus años más felices, colmados de ilusión.

Lo sé porque ella andaba en sus 18 y yo era el único que podía acercarme y escuchar sin que me vieran; con 6 de edad, el muro me daba su apoyo y yo sentado en el suelo me entretenía con un barco de papel construido con una hoja arrancada de Bohemia, era un pretendido chaperón que no cuidaba ni tenía nada que impedir reja por medio.

Recuerdo bien todo esto porque Sonia Sixta fue mi hermana y me niego a decir que solo lo fue a medias.

Te debo un beso que se pierde por ahí después de tanto tiempo.

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