miércoles, 4 de septiembre de 2024

LA FIESTA

 

Aquella vez que no dormí en mi casa voluntariamente fue hace muchos años y, desde entonces, varias me han cobijado bajo la sombra de techos, y circunstancias, diferentes.

Me acostumbre a un sofá – cama que no podía abrirse porque, aunque el mecanismo metálico que lo condicionaba estaba intacto, la armazón de madera cubierta por una gruesa cretona floreada era nido para termitas que barrenaban la madera blanda convirtiéndola en una cáscara que se hacia polvo al más mínimo contacto. Pasé tiempo durmiendo sobre un caparazón en forma de L, que nunca me dejó llegar al suelo a pesar de su fragilidad.

Por aquellos días del 64, hacia más de una semana que los amigos de Magaly nos la pasábamos hablando de la fiesta que se anunciaba en casa de unos parientes suyos allá por Santos Suárez, y así, dejar atrás la fantasía de los quince y entrar en la sugerente experiencia del tránsito a los dieciséis.

Éramos un grupo de seis y uno, Gerardo, el de más edad y con 18 cumplidos, tenía una “cuña” Chevrolet roja, convertible y cupé, creo recordar que del 51 En ella nos fuimos aquel día hasta el sitio de la celebración.

Al llegar, la fiesta había comenzado y el bullicio nos ayudó a identificar el lugar. Ya Magaly estaba allí, ella era el centro de las ilusiones de todos nosotros; ese día estaba radiante, era de esas que no necesitan del añadido del maquillaje y su cabello castaño claro, siempre se veía magnífico en una trenza francesa que terminaba a mitad de su espalda con una hebilla en forma de mariposa de alas verdes.

A manera de complemento, el torso cubierto por una blusa color champaña con un escote ligeramente audaz rodeado de una muselina que no ocultaba el propósito de llamar la atención y apuntalar en nuestro imaginario la idea de querer descubrir un poco más de lo que apenas se insinuaba.

Locos que éramos, queríamos encontrar la manera de acercarnos a cualquier chica sin pareja y eternizar la noche hilvanando tropiezos e incongruencias verbales donde lo más cierto podía ser el alarde de una vulgar estafa improvisada.

Pero el licor, estimulante en sangre de los efluvios del alcohol, era imprescindible y en una enorme mesa al centro del salón colgaban de una ponchera rebosante las copas de cristal; dentro, reposando y sumergido en el líquido, un gran cucharón de cuenco profundo. De una sola vez se podía llenar una copa de aquella mezcla de sabor atractivo y ligeramente ácido. Muy dulce, dispuesto a conquistar el paladar abusado y ajeno a su demoledor efecto.

Una, dos, tres copas y no tuve más alternativa que recostarme a la pared al fondo de la mesa con el propósito de que me sirviera de soporte ayudándome con ambas manos muy abiertas a sostenerme sobre la superficie de un verde claro de cal coloreada.

Todo me daba vueltas y como si anduviera a tumbos por una cuerda floja, algo imposible, llegué afuera y logré dejarme caer sobre la acera apoyando la espalda en un pequeño muro que rodeaba el jardín a la entrada. Luego de lo peor, caí en un estado de somnolencia en el que mis amigos me encontraron cuando ya todos se marchaban.

Me ayudaron a incorporarme y nos fuimos al carro, tres delante y tres detrás, pero cometieron el error de sentarme al frente y al lado de la portezuela.

Descendíamos loma abajo, raudos, por Santa Catalina cuando Angelito le reclamó a Gerardo que se arrimara y se detuviera porque se dio cuenta de que yo estaba abriendo la puerta y estuvo a punto de producirse un accidente con graves consecuencias. El propio Ángel se cambio conmigo y llegué al barrio en el asiento trasero sentado entre Leo y Abelardo, el más joven de los dos hermanos Luaces.

Quisieron dejarme en casa, pero me negué, luego me contaron que entre frases incongruentes y argumentos descabellados solo quería que me dejaran ir al Malecón, todos vivíamos cerca del final de Perseverancia, una calle muy corta en que desde el comienzo el mar era visible; no les fue difícil complacerme y allí me amaneció sentado en el quicio frente al portón donde, escaleras arriba, vivía Leo.

Llegué tan temprano que nadie me vio entrar, me acomodé en el camastro con ropa y sin zapatos, cuando me despertaron no recordaba casi nada, sentía mucha sed y aunque me hablaron de desayunar solo pedí un vaso grande de agua.

Luego me contaron que estuve a punto de saltar del vehículo en marcha sobre el asfalto de una conocida avenida, probablemente, para haber formado parte de alguna estadística y sin poder hacer el cuento ¿Quién sería capaz de recordarlo a estas alturas?

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