Aquella vez que
no dormí en mi casa voluntariamente fue hace muchos años y, desde entonces,
varias me han cobijado bajo la sombra de techos, y circunstancias, diferentes.
Me acostumbre a un sofá – cama que no podía abrirse
porque, aunque el mecanismo metálico que lo condicionaba estaba intacto, la
armazón de madera cubierta por una gruesa cretona floreada era nido para
termitas que barrenaban la madera blanda convirtiéndola en una cáscara que se
hacia polvo al más mínimo contacto. Pasé tiempo durmiendo sobre un caparazón en
forma de L, que nunca me dejó llegar al suelo a pesar de su fragilidad.
Por aquellos días del 64, hacia más de una semana que
los amigos de Magaly nos la pasábamos hablando de la fiesta que se anunciaba en
casa de unos parientes suyos allá por Santos Suárez, y así, dejar atrás la
fantasía de los quince y entrar en la sugerente experiencia del tránsito a los
dieciséis.
Éramos un grupo de seis y uno, Gerardo, el de más edad
y con 18 cumplidos, tenía una “cuña” Chevrolet roja, convertible y cupé, creo
recordar que del 51 En ella nos fuimos aquel día hasta el sitio de la
celebración.
Al llegar, la fiesta había comenzado y el bullicio nos
ayudó a identificar el lugar. Ya Magaly estaba allí, ella era el centro de las
ilusiones de todos nosotros; ese día estaba radiante, era de esas que no
necesitan del añadido del maquillaje y su cabello castaño claro, siempre se
veía magnífico en una trenza francesa que terminaba a mitad de su espalda con
una hebilla en forma de mariposa de alas verdes.
A manera de complemento, el torso cubierto por una
blusa color champaña con un escote ligeramente audaz rodeado de una muselina
que no ocultaba el propósito de llamar la atención y apuntalar en nuestro
imaginario la idea de querer descubrir un poco más de lo que apenas se
insinuaba.
Locos que éramos, queríamos encontrar la manera de
acercarnos a cualquier chica sin pareja y eternizar la noche hilvanando
tropiezos e incongruencias verbales donde lo más cierto podía ser el alarde de
una vulgar estafa improvisada.
Pero el licor, estimulante en sangre de los efluvios
del alcohol, era imprescindible y en una enorme mesa al centro del salón
colgaban de una ponchera rebosante las copas de cristal; dentro, reposando y
sumergido en el líquido, un gran cucharón de cuenco profundo. De una sola vez
se podía llenar una copa de aquella mezcla de sabor atractivo y ligeramente
ácido. Muy dulce, dispuesto a conquistar el paladar abusado y ajeno a su
demoledor efecto.
Una, dos, tres copas y no tuve más alternativa que
recostarme a la pared al fondo de la mesa con el propósito de que me sirviera
de soporte ayudándome con ambas manos muy abiertas a sostenerme sobre la
superficie de un verde claro de cal coloreada.
Todo me daba vueltas y como si anduviera a tumbos por
una cuerda floja, algo imposible, llegué afuera y logré dejarme caer sobre la
acera apoyando la espalda en un pequeño muro que rodeaba el jardín a la
entrada. Luego de lo peor, caí en un estado de somnolencia en el que mis amigos
me encontraron cuando ya todos se marchaban.
Me ayudaron a incorporarme y nos fuimos al carro, tres
delante y tres detrás, pero cometieron el error de sentarme al frente y al lado
de la portezuela.
Descendíamos loma abajo, raudos, por Santa Catalina
cuando Angelito le reclamó a Gerardo que se arrimara y se detuviera porque se dio
cuenta de que yo estaba abriendo la puerta y estuvo a punto de producirse un
accidente con graves consecuencias. El propio Ángel se cambio conmigo y llegué
al barrio en el asiento trasero sentado entre Leo y Abelardo, el más joven de
los dos hermanos Luaces.
Quisieron dejarme en casa, pero me negué, luego me
contaron que entre frases incongruentes y argumentos descabellados solo quería
que me dejaran ir al Malecón, todos vivíamos cerca del final de Perseverancia, una
calle muy corta en que desde el comienzo el mar era visible; no les fue difícil
complacerme y allí me amaneció sentado en el quicio frente al portón donde,
escaleras arriba, vivía Leo.
Llegué tan temprano que nadie me vio entrar, me
acomodé en el camastro con ropa y sin zapatos, cuando me despertaron no
recordaba casi nada, sentía mucha sed y aunque me hablaron de desayunar solo
pedí un vaso grande de agua.
Luego me contaron que estuve a punto de saltar del
vehículo en marcha sobre el asfalto de una conocida avenida, probablemente,
para haber formado parte de alguna estadística y sin poder hacer el cuento ¿Quién
sería capaz de recordarlo a estas alturas?
No hay comentarios:
Publicar un comentario