Era un delirio
de aquellos años 60 dar la impresión de ser un combatiente; un miliciano, y
consecuentemente se estimuló una versión mitad proletario, mitad militar: el
uso de una camisa azul de mezclilla ligera con un pantalón verde olivo y
ocasionalmente, un tocado de boina ladeada, negra como la del Ché o de un verde
desteñido como la de un “greenbereg” en campaña, vaya, que de extremos no se
paraban mientes. La elección de cualquier apariencia algo más sofisticada podía
ser catalogada como una debilidad pequeño burguesa y mucha gente comenzó a
esconder sus ropitas de salir para adoptar un aspecto a tono con las
circunstancias. En cualquier lugar, ocupados en lo cotidiano, siempre había
milicianos sudorosos, incluidas las mesas familiares en los hogares.
Aquel día soleado y sin el más mínimo indicio de una
tragedia, un tipo vestido de miliciano avanzaba por la acera llevando de la
mano una niña de unos cinco o seis años. Se les veía contentos en lo que el
hombre parecía prometerle algo a la niña al final del paseo y ella sonreía
complacida intercambiando miradas de sana complicidad.
A medianía de cuadra vivían Vicente, María Victoria, su
esposa, y un hijo de ella entre los 18 y los 20, al que, por una deficiencia
congénita, le faltaba una parte de su brazo izquierdo; era deducible porque del
muñón a mitad del antebrazo le crecían unos deformes y pequeños deditos sin
uñas. La familia tenía una mascota, un perro de raza mixta que respondía al
nombre de Rebelde; así de difícil era obviar la influencia de los tiempos,
tanto, que el mero hecho de llamar al can era una evocación.
La familia ocupaba los dos niveles del edificio
aledaño al Chivo, uno de los tres solares de la barriada junto a La Palangana y
el cercano y famoso Reverbero; en la planta baja, Vicente operaba su negocio,
un pequeño taller de mecánica dental al que en calidad de ayudante un hermano
suyo que había llegado de Pinar del Río por esos días se había incorporado. En
la planta superior vivían todos.
Era común que
Rebelde asomara la cabeza entre los balaustres de una balconada verticalmente
alineada con una gran ventana de cuatro hojas en la parte superior y les
ladrara a los transeúntes, solo que esa vez, la niña que acompañaba al
miliciano hizo contacto con el perro, le tocó el hocico con su mano pequeña y
el animal la mordió. El hombre, muy molesto, pateó la cabeza de Rebelde que huyó
al interior del inmueble entre gemidos y agudos chillidos de dolor.
En medio de la calle el miliciano y Vicente se
enredaron a golpes; salió la gente del solar y en breve se había formado un
círculo alrededor de los contendientes en lo que parecía una de esas peleas
clandestinas que los apostadores casaban entre los estibadores de los muelles;
casualmente, en El Chivo residían Juan de Dios, Pisa Papel y El Ñaña que sabían
bastante de esas cosas, nadie intervenía para separarlos, todo lo contrario,
agitaban en favor de uno u otro; ya ambos se habían roto la nariz, la boca y
sangraban, entonces apareció María Victoria que estaba embarazada de unos cinco
meses, se metió en medio de los dos y en consecuencia recibió más de un
golpe cayendo sobre el asfalto, fue el
catalizador para que aguantaran a los hombres y terminara la pelea.
La policía nunca llegó, sus entonces bisoños
integrantes, estarían concentrándose en vigilar y perseguir a los pederastas,
tahúres, mariguaneros y jugadores de Ciló que su jefe, Efigenio, conocía bien
cuando la Plaza del Vapor era uno de sus anteriores destinos habituales. El
miliciano recuperó a la niña de los brazos de una señora que la protegía y
desapareció del lugar, Vicente se subió al Packard 58 rojo y blanco de su
propiedad que su hermano condujo hasta la vivienda desde donde estaba parqueado
y acomodó a María Victoria al interior porque se veía muy mal a la vez que se
quejaba de fuertes dolores en el vientre.
Más tarde regresaron, todo parecía normal hasta que
unas semanas después entre las matronas del vecindario trascendió que habían
llevado a María Victoria desfallecida y muy adolorida, con una fiebre elevada
que no había cedido a paliativos en más de 24 horas, al Calixto García,
principal hospital capitalino y relativamente cercano.
María Victoria que ya por estar sobre los 40 hacía un
embarazo de alto riesgo nunca regresó, el feto llevaba días muerto en su
interior y la fiebre y los dolores eran síntomas de una septicemia generalizada
que no le fue posible superar mediante un aborto provocado o quirúrgico.
Para Vicente fue un duro golpe porque iba a ser padre
por primera vez cuando ya no era tan joven y además enviudó. Un tiempo después
un letrero de SE ALQUILA al frente de la vivienda vacía, le dejó saber a los
parroquianos que Vicente, posiblemente, regresó a Pinar del Río para tratar de
diluir su pena en un ambiente menos sugestivo para él.
El letrero de “se alquila” debió ser una ilusión del
antiguo propietario porque ya para ese entonces el único rentista era el
gobierno revolucionario que pasaba leyes a roso y velloso, entre ellas, la de
reforma urbana. Y pensar que tantos años han pasado desde entonces…
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