sábado, 26 de julio de 2014

LA ERA QUE PARIÓ UN CORAZÓN ENFERMO


El trovador, impenitente juglar de la cantada, tañía con fuerza las cuerdas de su guitarra  porque estaba convencido que era un arma para enfrentar fusiles a fusiles –al menos, eso hizo creer a los demás. La lírica de su poesía, discursiva y atormentada, pretenciosamente antológica y paradigmática, engendró en la era para hacerla parir un corazón; un corazón congénitamente enfermo de odio, frustración y desidia que entre los males, ya crónicos e irreversibles que le aquejan, late lacerado por la arritmia y la descompensación a su avanzada edad.

La historia que ahora cuento, tiene más de relato y las vivencias personales sólo bordean la ficción mínimamente con el propósito de corroborarla. A veces en la distorsionada visión de quienes la desconocen, la Historia termina convertida en cuento, aunque éste no sea el caso.

Tras la madrugada del 1 de enero de 1959 en que Batista -presidente de facto-abandonó Cuba, las expectativas de los cubanos se mantuvieron “in crescendo” durante muchos meses. Para ellos, no era desconocido lo que un procedimiento basado en el radicalismo revolucionario podía generar; la experiencia de los años 30 tenía a muchos de sus actores activos y como participantes reeditados en la asonada rebelde. Había, sin embargo, una diferencia: a excepción de pequeñas revueltas de principios de siglo que motivaron a algunos generales de las guerras del XIX a retornar al monte en compañía de simpatizantes seguidores, ahora se había producido la “guerra revolucionaria” cuyos intérpretes y ejecutantes parecían investidos de autoridad, hasta el momento, desconocida.

Los “rebeldes” eran como semidioses que junto a los rosarios y los resguardos que colgaban de sus cuellos, sus cabelleras largas y sus barbas, impactaban la visión del común como en una película: cinematográficamente. Las fotografías de los comandantes guerrilleros a los que la prensa se había encargado de presentar con santo y seña, entraron en los hogares emulando en proyección a las familiares y al Corazón de Jesús en su flamígera versión, común a muchos que no habían rebasado, si quiera, las puertas de una iglesia.

Puedo precisar que lo que voy a contar sucedió antes del 8 de enero, día en que Fidel Castro entró en La Habana. Estaban en la capital Camilo Cienfuegos y el “Ché” Guevara; ambos habían arribado desde el centro de la Isla tras haber hecho campaña en Yaguajay y Santa Clara respectivamente. Camilo, estableció su comandancia en Columbia, principal instalación militar del país y sede del Estado Mayor del Ejército, Guevara lo hizo en La Cabaña, antigua fortaleza del siglo XVII a la entrada de la bahía. Tan atractivo e inverosímil era todo, que sólo quienes temían, evitaban exponer un perfil comprometedor; los demás, pretendían ser actores a toda costa.

Muchos se disfrazaron de rebelde y colgaron de sus brazos los brazaletes que identificaban a las organizaciones revolucionarias: el rojinegro del 26 de Julio, el del Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el del Segundo Frente Nacional del Escambray. No pocos que poseían armas, desde un viejo revólver hasta una escopeta de caza, al cinto o en bandolera, dieron rienda suelta a sus pasiones y tomaron la justicia en sus manos. Los vagidos del nacimiento de la nueva era olían a pólvora y habrían de escribirse con sangre y el vacío de poder fue llenado de forma aleatoria y elemental. Entonces la venganza, personal o colectiva, se puso el ropaje de la equidad justiciera que ni siquiera en los llamados “tribunales revolucionarios” encontró justificación, más bien una especie de eco.

La Habana, centro de importantes industrias, instituciones comerciales y entidades cívicas y religiosas, se llenó de cartelones y en enormes telas se exhibían consignas y agradecimientos; en una de las más comunes podía leerse: ¡Gracias, Fidel! La primera que recuerdo haber visto, estaba en la azotea de uno de los tres edificios del Colegio Baldor, sobre la Avenida de los Presidentes, en la barriada del Vedado y donde a la sazón estudiaba. Aurelio Baldor, el respetado y conocido pedagogo y matemático, su hermano José Antonio y una buena parte de los que formaban el claustro, se declararon simpatizantes de Fidel y su revolución.

No era raro ni reprobable; algunos maestros estaban vinculados al movimiento revolucionario antes del triunfo como en el caso del mío en quinto grado, César Gómez García, hermano de uno de los asaltantes muertos en el ataque al Moncada: Raúl Gómez García, o el de Julio Gutiérrez Alea, hermano de Tomás - el famoso “Titón”- director de cine, co-fundador del ICAIC y creador de cintas trascendentes a posteriori, durante la época dorada de esa entidad. Estuvieran al tanto o no de la situación, Baldor y su familia contribuyeron a incubar en sus predios el clandestino afán revolucionario que se fue entronizando poco a poco en importantes sectores de la sociedad nacional.

Por aquellos días se cancelaron las clases, todo el tiempo no bastaba para ocuparlo en las que se dieron en llamar “actividades en apoyo al proceso revolucionario” La prensa plana, radial y televisiva, velas al pairo, desató un mayúsculo barraje para satisfacer la morbosa curiosidad de la población. Hay que conocer la idiosincrasia del cubano para comprender por qué se escribieron tantas  leyendas en torno a personajes y hechos que se refrendaban en las páginas de los principales diarios y revistas. Bohemia –la publicación semanal de mayor tirada- hizo circular ediciones especiales y en la dedicada al triunfo de los revolucionarios, potenció las circunstancias situando en su portada la imagen del joven Fidel que, a sus 33 años, la misma edad de Cristo al ser crucificado; había descendido de las montañas para servir de redentor a la nación cubana. Mediante aquel patético andamiaje propagandístico, la imagen se introdujo en el trasunto mental de muchos que se fanatizaban a la sombra del aval y  el efecto tragicómico de su ofrecimiento. Tal era el propósito, que en un hecho sin precedentes la edición del ejemplar fue distribuida gratuitamente.

Esa mañana llegamos al colegio en los ómnibus que conformaban la flotilla de la institución, el mío era el 15 y su conductor un cubanazo en los cuarenta con fino bigote a lo Jorge Negrete y una gruesa cadena de oro al cuello de la que pendía una imagen de la Caridad del Cobre, su nombre era Néstor. Junto a la gran verja en la entrada principal, nos esperaba el doctor Rebollar, subdirector general, acompañado de algunos miembros importantes del claustro. Rebollar, un tipo alto, de hablar pausado, cabellera como Valentino y que siempre vestía trajes de dril y usaba los característicos zapatos a dos tonos de las marcas Ingelmo o Amadeo; megáfono en mano, dirigía la movilización mientras nosotros dábamos rienda suelta a un infantil desenfreno provocado por un día más sin clases e intuyendo que en esta ocasión se trataba de algo diferente, algo más que una actividad extracurricular limitada al interior del patio colegial.

Así era y cuando los ómnibus estaban listos para partir, el Cadillac ocupado por la directiva de la institución se puso al frente de la caravana  desplazándose por Línea, íbamos a Columbia rebautizada con el nombre de Ciudad Libertad. Durante el recorrido se unían otras hileras de camiones y vehículos que los de a pié saludaban desde las congestionadas aceras, los portales, los balcones y las azoteas y las banderas cubanas y del 26 de Julio, enarboladas en paridad, contribuían a convertir el día en asueto que paralizaba a la nación. Se añadía a todo, el hecho de haberse declarado una huelga general para “impedir el escamoteo del poder”  según  había expresado Fidel Castro al convocarla. El entusiasmo parecía no tener límite y en medio de la confusión, todo era como un carnaval en adelanto cuya celebración debía ocurrir, cada año, en febrero.

Entramos a Columbia por la vía de acceso que tuerce frente al Hospital Militar y era visible el ajetreo de los “Wyllis” que aún exhibían en sus portezuelas los emblemas triangulares del Ejército Constitucional, ocupados ahora por los barbudos, que en franco desafío a la prudencia se colgaban de los herrajes de las toldetas alzadas. No era lo mismo una fotografía entre verdes y sepias que la policromía irreverente de los uniformes raídos, sudorosos y desgastados, combinados entre tonos verde oliva y caqui del ejército en campaña; mientras, la menoscabada uniformidad característica de los que forman parte de una institución castrense, también se convertía en atributo del pasado que debía ser borrado; cuanto antes, mejor.

Aquellos hombres no establecían diferencia entre un casco blindado, un tocado de vaquero o una boina. Brazaletes, collares, rosarios y pesados zambranes cargados de cartucheras y magazines de los cuales pendían peligrosamente granadas de mano del tipo piña, completaban su indumentaria. Algunos calzaban polainas arrebatadas a los integrantes del defenestrado ejército, otros, botas vaqueras de estilo tejano, comunes sobre todo, entre los oficiales. Algo relevante era la ostentación de los grados; la estrella de los comandantes era la más perseguida por los curiosos concurrentes: Fidel, Camilo, Guevara, Raúl y aun en ese entonces Hubert Matos eran los más conocidos pero ya, los menos visibles, otros constituían un enigma de identidad para la población, que de pasada los había observado como parte de una composición fotográfica sin poder identificarlos.

Al descender de los ómnibus nos condujeron a la sombra de unos grandes laureles situados alrededor de un polígono en medio del cual se levantaba un escenario-tribuna rodeado de altavoces. La masividad nos hacia transpirar a pesar de enero, el día era despejado y el sol resplandecía castigándonos en la espera; fue entonces que desde el fondo de la multitud se escuchó un ajetreo; rodeado por un grupo de barbudos rifle en mano apuntando al celaje, venía Camilo Cienfuegos cubierta la testa con el sombrero de ala ancha y la estrella de comandante, suelta y enredada la melena que aún no se había cortado. Parecía un hombre joven a pesar de la larga cabellera y la barba descuidada, estaba ataviado con una chamarra desgastada y sudorosa, completamente abierta, dejando ver la colt 45 que pendía del cinturón. Tan próximo estuvo, que pude escuchar su voz respondiendo a los saludos de la multitud, afanada por entrar en su contacto con la misma devoción con que suelen hacerlo los fieles cuando el Obispo de Roma se acerca a su grey.

Camilo tomó el podio por asalto entre vivas e inevitables conjuros al antiguo régimen. Una banda de músicos de apariencia muy discordante en aras de su sobria uniformidad –era la Banda del Estado Mayor del Ejército- puesto que se ataviaba con los trajes azules con librea de botonadura dorada y gorra de plato; comenzó a tocar el Himno Nacional (algunos meses después agregaron a su repertorio el del 26 de Julio) que coreado por los concurrentes, hizo correr las lágrimas  entre algunos de los presentes. A mi edad –acababa de cumplir los 11- no comprendía porque lloraban en medio de lo que para mí, era una fiesta. Las emociones suelen tener una interpretación sui generis entre infantes y adolescentes, años después pude entender mejor y empecé a lamentarlo en consecuencia de razones muy diferentes.

Desde el podio, el comandante guerrillero parecía inseguro, golpeaba el micrófono provocando un agudo y molesto sonido al generar “feed back” y cuando comenzó a hilvanar su improvisado discurso, hasta los niños podíamos percatarnos de que sus dotes oratorias eran inexistentes y que lo más seguro era que se dirigía, por vez primera, a una multitud. Pero ante la arenga, más cuartelaría que civilista, aquella multitud producía la misma respuesta efusiva y estridente de quien oye sin escuchar. Su discurso tuvo un mono tema que enfatizaba la conversión de los cuarteles en escuelas y, en especie de inconexa bifurcación, la reiteración de “garantizar la justicia revolucionaria para aplicarla a los oligarcas y traidores así como a los burgueses explotadores que habían abusado de la nobleza del pueblo” Era necesario vengar los “veinte mil” muertos que potenciados en la imaginación del líder máximo, servían para tratar de justificar el asesinato en los paredones de fusilamiento.

Ese día regresé del colegio y le conté a mi hermana y a  mi madre que había visto a Camilo. Mi hermana quiso que se lo describiera todo con detalle; días después, jugaba a convertirme en un rebelde colgando de mi indumentaria todo lo que pudiera parecer un arma. Cuando mi padre vino a verme, mi madre le narró mi experiencia y él hizo silencio; recordé entonces una conversación que había tenido con ella  antes del triunfo revolucionario: “Petra, dijo, esta gente son unos hijos de puta que no quieren trabajar, ahí están metidos los comunistas que los están utilizando para arrimar la sardina al bracero…éste, el de la boinita y el tabaco –señalaba al Ché Guevara- no es más que un agente internacional del comunismo que está metido entre ellos” Tenía sobre las piernas una edición de Bohemia, abierta en las páginas que reproducían una entrevista a Guevara en las lomas del Escambray. Mi padre tenía entonces 67 años y, a pesar de ser  extranjero, haciendo uso de una elemental óptica política, fue capaz de atisbar el trágico futuro del país que lo acogió y que aprendió a querer, quizás y por todo lo que le dio, más que al suyo; ese mismo en que la era parió al corazón enfermo.

José A. Arias.

En: Cuentos de la Memoria Intrusa.  


miércoles, 23 de julio de 2014

EL VERDUGO MALO.


Adentrarse por aquellas callejuelas parecía ser sólo tarea de expertos y esa condición podía adquirirla quien alguna vez, vivo o muerto, hubiera sido parte de su escenografía; las estrechas arterias de la vecindad, que eran como sus tripas, tenían sus dueños y para ellos era más importante defender la mala fama del barrio que las poquísimas cosas que podían considerarse propiedades personales. Por eso los extraños no eran bien vistos: podían ser policías, delatores o simples curiosos que al final, no hacían otra cosa que denostar a “los del bronce”, como les gustaba ser llamados. El devenir cotidiano de la vida marginal –que es un estilo de vida- es mucho más complejo de lo que puede pensarse y a diferencia de otros (estilos) no se escoge, es hereditario y como un lastre secular marca a los de adentro a contrapelo de cualquier intento. Verdugo Malo, cuyo nombre era Arturo y los mencionados sus apellidos, nació enredado entre “las tripas” y en una de ellas (que cambiaba de nombre según quien la mencionara) en el segundo lustro de los cuarenta. Como solía suceder, los Verdugo eran un montón, unos diecisiete y los había de todas las edades: abuelos, padres, tíos, hijos, sobrinos; hombres y mujeres, arrimados y no comprometidos (en estos casos el compromiso suele ser suprema garantía de fidelidad, más que el matrimonio y sin los lastres de la legalidad), entre ellos estaba Arturo, quien por alguna razón inexplicable hacía “cosas raras” No robaba, no fumaba –ni mariguana, ni puros, ni cigarrillos-no tenía cuentas pendientes con la justicia, rechazaba el alcohol y solía criticar a sus parientes cuya genética social era mucho más normal y consecuente con la del resto de sus acólitos. Por el contrario, desde pequeño se empeñaba en asistir a la escuela y recogía del suelo todo lo que fuera legible a pesar de que los trozos de sueltos estuvieran manchados y la tinta corrida. Nadie lo criticaba y poco a poco, se fue haciendo respetar aunque no contaran con él, ni lo hicieran partícipe de sus fechorías. Al trasponer las barreras invisibles de aquel predio, era, sin embargo; mal mirado y para colmo, la lacerante combinación de sus apellidos no lo ayudaba. Cuando llegó a la universidad, donde posiblemente él fuera una de las excepciones de aquel redil del que provenía, solo los profesores se referían a él como Verdugo, los demás siempre le llamaban “el verdugo malo” y eso tampoco le molestaba, lo había escuchado tantas veces desde que empezó a tener conciencia de su origen que podía pasarlo por alto sin mucho esfuerzo. Resultaba difícil precisar porque se decidió por la química y ya en sus tiempos del bachillerato se hizo adicto a los números, las (solo) aparentes contradicciones de la física y las interminables combinaciones de elementos expresados en fórmulas que metódicamente organizaba sobre cuadrículas para graficar–casi como en un dibujo- su utilidad. Empezó a expresarse con dos lenguajes diferentes, los demás (en cualquiera de los extremos de la sociedad) tenían uno solo y siempre estaba limitado al entorno, uno era el marginal de “los del bronce”, el otro, la certera expresión del castellano y cuando las circunstancias lo requerían, no le resultaba difícil bifurcarse en el empleo de  tal dicotomía. Luego se enteró que muchas cosas que le interesaban se escribían mediante el pragmático uso de la lengua inglesa y autodidácticamente la fue aprendiendo hasta poder utilizarla; era el único de los Verdugo que lo sabía todo y se graduó, pero debido a la nimiedad de la falta de espacio habitacional, le tuvo que dar el título a un amigo que en calidad de custodio le hizo el favor de guardarlo enrollado y con la cinta (azul) de la misma manera que el decano de su facultad lo depositó en su mano izquierda mientras le felicitaba por su esfuerzo estrechándole la diestra. La emoción en su caso se exteriorizó de forma diferente: mientras los demás reían, se congratulaban entre sí y algunos hasta lloraban por la alegría, Verdugo Malo se quedó serio, recordaba aquellas largas jornadas en que sentado sobre unos ladrillos en la azotea del solar y bajo el sol, se sobreponía al ruido y la perturbadora visión de los fogosos trajines de hombres y mujeres en medio de los promiscuos excesos que se materializaban frente a él, en tanto, idealizaba a Koch y a Linus Pauling a despecho de los falsos héroes de navaja al cinturón. Sonreía socarronamente y apartado de los otros, acordándose del día en que se hizo con un poco de potasa robada del laboratorio para confeccionar aquella pastilla de jabón, pequeña y oscura, el mismo día que el profesor explicó el proceso de  saponificación y comprobar, sobre su propia piel, que hacía espuma. Muchos años después y contra toda lógica, el relativo éxito alcanzado mediante el ejercicio de su profesión lo convirtió en “ser social”, había llegado a un país donde las diferencias son de otra naturaleza y se convirtió en el Señor Verdugo –en su nuevo ámbito el apellido materno no suele ser utilizado y dejó de ser “verdugo malo"  Comenzó entonces a participar en fiestas largas y permisivas, e hizo copartícipe de su éxito a quienes asaltaban su genética natural a contrapelo de su voluntad terminando por ceder; no pudo, aunque tampoco lo intentó, evitarlo. Los bastardos fantasmas de su origen aparecieron y se le hacía imposible convivir con ellos. Ese día, un transeúnte observó que junto a la ventana abierta, sobre la pared, se reflejaba la sombra de un cuerpo que colgaba de una de las vigas en la sala del bungalow de flamante estilo escocés en el que residía y al que acudían, cada noche,  los demonios invisibles del pasado tomando por asalto su imaginación. Arturo quiso romper con todo y, por única vez (nunca antes) se convirtió en un Verdugo; pero de sí mismo.

José A. Arias.

En: Cuentos de La Memoria Intrusa.

           

viernes, 18 de julio de 2014

ANTES DE OLVIDARME. (Introducción muy breve).

Amigos -y/o-lectores:

Probablemente he de ocupar más tiempo en este nuevo empeño, ya saben que me gusta escribir y es mi pasión y todo lo que se hace por disfrute casi siempre está precedido de buenos augurios. En "Collage Cubano" que ya tiene su tiempo abusando de vuestra gentil paciencia, he pergerñado mis criterios sobre temas de contenido histórico, político y he tratado de utilizar el artículo de fondo -así lo definen los periodistas, enjundioso oficio con el que no ilustro mi intelecto- para poder llegar a los que han tenido la bondad de leerme. Con el propósito descrito "Collage" ha de seguir vigente; temas siempre hay, pero lo difícil es no pecar de reiterativo y sobre todo enfatizar la credibilidad respetando la opinión de los lectores y hacer uso de un diapasón verdaderamente democrático.

En "LA MEMORIA INTRUSA" el propósito es la literatura de ficción. El cuento, el relato, algunos escritos, otros por escribir y las manifestaciones de un género algo más ambicioso: la novela. En el camino siempre estarán las piedras, el reto es tratar de evitarlas. Espero que me sigan.

José A. Arias
Miami. Julio 18/2014
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