jueves, 1 de febrero de 2018

EL DESVELO DE ÉL

Él, despertó bajo el efecto de la agrura provocada por la hartera de la noche anterior.

Su estómago era víctima del efecto explosivo de una completa de chicharrones de empella con congrí y una yuca cocida ― casi una pasta ― prolijamente aliñada con ajo y zumo de limón.

A las tres de la mañana lo único visible en el recuadro de la habitación eran los números rojos del reloj digital que parecía una etiqueta flotando en medio de la oscuridad; a un costado del lecho en que trataba de acomodarse sin conseguirlo.

A tientas, quiso encontrar el frasco de antiácidos secuestrado de antemano del nicho habitual en el botiquín en que guardaba los medicamentos hasta tenerlo; ahora debía cumplir el cometido para el que, en adelanto al padecimiento, lo había puesto sobre la mesa contigua.

En ese instante en que de a dos masticaba las tabletas del tamaño de una moneda de cinco centavos recordó que  una amiga le comentó que, ante tal contingencia, acomodarse casi sentado podía evitar que el flujo gástrico proveniente del estómago subiera por el esófago, y quemara su membrana protectora con el ácido de venta en libras de esa comida elaborada en el Palacio; pabellón de la gastronomía indulgente y contraindicado en cualquier circunstancia mínimamente saludable.

El inaplazable ritmo del secundario convertido en dos puntos y en permanente flashing, le indicó que ya eran las y media y la acidez estomacal comenzaba a neutralizarse bajo el efecto de un proceso químico entre los alcaloides y el ph en descontrol de su estómago.

Él, se sintió aliviado, así lo prefería al hecho de pensar en las contraindicaciones farmacológicas de ingerir con frecuencia aquellas tabletas que compraba over the counter y que podían, a consecuencia del abuso, ocasionarle problemas renales; esas pequeñas piedras capaces de obstruir la uretra y provocar un cólico nefrítico tanto, o más doloroso que un parto natural. Era algo que sólo podía imaginar por haberlo escuchado muchas veces.

A las cuatro, tuvo conciencia de que no volvería a dormir y aunque la sensación de bienestar tenía todos los visos de ser artificial, se dedicó a pensar. Hacía mucho que, a esa hora, no le era posible hablar con alguien y si despertaba por algún motivo prefería el diálogo con su conciencia, a oscuras y en silencio. Pretendía asumir que ni siquiera él mismo podía figurársele como interlocutor reflejada su imagen en el espejo sobre el armario, frente al lecho.

Del esfuerzo descubrió que había una conexión, un hilo conductor en su visión hipertrofiada de las cosas y que, constante al fin, siempre había sido comienzo y colofón.

Cuando aún no era dueño de su voluntad, le habían prescrito un código de comportamiento (moral) en que cualquier violación era motivo de una corrección impuesta a fuero de llegar a hacer válida aquella sentencia de que las letras con sangre entran. Luego, la voluntad potencial de desobedecer era quebrada por el peso amenazador de la mano de cualquiera de sus mayores. Tenía que ser ― decían ― obediente…casi como el perro que deambulaba por el patio y con el que, de vez en vez, se desquitaba. El animal, no podía delatarlo.

Luego, Él escapó para entregarse al goce de una vida que creía suya, pero se percató de que existían un montón de normas que no podía transgredir. Se trataba de las leyes que rigen el comportamiento de las personas que conviven socialmente y para los inadaptados, existían lugares de aislamiento a los que iban a dar, a veces hasta con sus huesos, quienes no lo entendían.

En medio de la confusión pudo figurarse que aquella imagen que no pocos padecían de si mismo, conformaba un escudo tan intangible e irreal como su propia persona ante las normas impuestas. No era ni el más sabio, ni el más fuerte, ni el más adusto, ni el más simpático; su condición humana era común como la de cualquier otro, aunque las enseñanzas no coincidieran con lo que le habían repetido cuando desde pequeño trataron de prepararlo para que fuera un santo mártir o, al menos, tener siempre presente que: “…morir por la  patria, es vivir”

Esa caterva de exageraciones en exégesis que le sirven de pie forzado a quienes suelen referirse a glorias imaginadas e inalcanzables, que se adueñan del espíritu y la conciencia de los depredadores de la inteligencia dia a día, eran el suministro a gotas de pequeñas dosis de arsénico que habían ido envenenando la conciencia de Él hasta que una vez murió en vida, dejó de ser libre, y por la supuesta grandeza de una estirpe que nunca le perteneció, era un enano, más bien un midget; conservaba, miniaturizados y perfectos, todos sus atributos personales no tangibles. Por fuerza, la imagen representativa de un hombre artificiosamente amplificado, en un mundo de hombres (y mujeres) amplificados todos, acostumbrados a vivir de la idea de una grandeza encasillada en límites de tiempo. A la larga intrascendente y diluida entre los números de relojes imparables e inmortales.

Empezaba la claridad a buscar los resquicios en el blindaje de la habitación, y como en el revelado de una imagen sobre el papel húmedo, su propia figura parecía moverse en el espejo siguiéndole de cerca a cada movimiento.  Desde aquí, donde ahora se encontraba, tendría que salir a decirle a todos que era bueno para cualquier propósito, el mejor entre mejores. Era lo único que podía recordar de todo lo que le habían enseñado y sin embargo, no le servía de nada. Todos, en una larga fila de sinuosa conformación como el espectro de una onda, se miraban iguales.

Quería dormir sin despertar. No pretendía abusar del uso de las tabletas del tamaño de un nickel y ya no le preocupaba tanto un cólico nefrítico, ahora; le tenía temor al desvarío de la vigilia, a dejar de ser Él.