Él, despertó bajo el
efecto de la agrura provocada por la hartera de la noche anterior.
Su estómago era víctima
del efecto explosivo de una completa de chicharrones de empella con congrí y
una yuca cocida ― casi una pasta ― prolijamente aliñada con ajo y zumo de
limón.
A las tres de la
mañana lo único visible en el recuadro de la habitación eran los números
rojos del reloj digital que parecía una etiqueta flotando en medio de la oscuridad; a un costado del lecho en que trataba de acomodarse sin conseguirlo.
A tientas, quiso encontrar el frasco de antiácidos secuestrado de antemano del nicho habitual en el botiquín
en que guardaba los medicamentos hasta tenerlo; ahora debía cumplir el
cometido para el que, en adelanto al padecimiento, lo había puesto sobre la mesa contigua.
En ese instante en que
de a dos masticaba las tabletas del tamaño de una moneda de cinco centavos recordó que una amiga le comentó que, ante tal contingencia,
acomodarse casi sentado podía evitar que el flujo gástrico proveniente del
estómago subiera por el esófago, y quemara su membrana protectora con el ácido de venta en libras de esa comida elaborada en el Palacio; pabellón de la gastronomía indulgente y contraindicado en
cualquier circunstancia mínimamente saludable.
El inaplazable ritmo del
secundario convertido en dos puntos y en permanente flashing, le indicó que ya eran las y media y la acidez estomacal
comenzaba a neutralizarse bajo el efecto de un proceso químico entre los alcaloides
y el ph en descontrol de su estómago.
Él, se sintió aliviado, así lo prefería al hecho de pensar en las contraindicaciones farmacológicas de ingerir con
frecuencia aquellas tabletas que compraba
over the counter y que podían, a consecuencia del abuso, ocasionarle problemas renales; esas pequeñas piedras
capaces de obstruir la uretra y provocar un cólico nefrítico tanto, o más
doloroso que un parto natural. Era algo que sólo podía imaginar por
haberlo escuchado muchas veces.
A las cuatro, tuvo
conciencia de que no volvería a dormir y aunque la sensación de bienestar
tenía todos los visos de ser artificial, se dedicó a pensar. Hacía mucho que, a
esa hora, no le era posible hablar con alguien y si despertaba por algún motivo prefería el diálogo con su conciencia, a oscuras y en silencio. Pretendía asumir que ni siquiera él mismo podía figurársele como interlocutor
reflejada su imagen en el espejo sobre el armario, frente al lecho.
Del esfuerzo descubrió
que había una conexión, un hilo conductor en su visión hipertrofiada de las
cosas y que, constante al fin, siempre había sido comienzo y colofón.
Cuando aún no era dueño
de su voluntad, le habían prescrito un código de comportamiento (moral) en que
cualquier violación era motivo de una corrección impuesta a fuero de llegar a
hacer válida aquella sentencia de que las
letras con sangre entran. Luego, la voluntad potencial de desobedecer era quebrada
por el peso amenazador de la mano de cualquiera de sus mayores. Tenía que ser ―
decían ― obediente…casi como el perro que deambulaba por el patio y con el que,
de vez en vez, se desquitaba. El animal, no podía delatarlo.
Luego, Él escapó para
entregarse al goce de una vida que creía suya, pero se percató de que
existían un montón de normas que no podía transgredir. Se trataba de las leyes
que rigen el comportamiento de las personas que conviven socialmente y para los inadaptados, existían lugares de aislamiento a los que iban a dar,
a veces hasta con sus huesos, quienes no lo entendían.
En medio de la
confusión pudo figurarse que aquella imagen que no pocos padecían de si
mismo, conformaba un escudo tan intangible e irreal como su propia persona ante
las normas impuestas. No era ni el más sabio, ni el más fuerte, ni el
más adusto, ni el más simpático; su condición humana era común como la de
cualquier otro, aunque las enseñanzas no coincidieran con lo que le habían repetido cuando desde pequeño
trataron de prepararlo para que fuera un santo mártir o, al menos, tener
siempre presente que: “…morir por la patria, es vivir”
Esa caterva de
exageraciones en exégesis que le sirven de pie forzado a quienes suelen
referirse a glorias imaginadas e inalcanzables, que se adueñan del espíritu y la
conciencia de los depredadores de la inteligencia dia a día, eran el
suministro a gotas de pequeñas dosis de arsénico que habían ido envenenando la
conciencia de Él hasta que una vez murió en vida, dejó de ser libre, y por la supuesta grandeza de una estirpe que nunca le perteneció, era un enano, más bien
un midget; conservaba, miniaturizados
y perfectos, todos sus atributos personales no tangibles. Por fuerza, la
imagen representativa de un hombre artificiosamente amplificado,
en un mundo de hombres (y mujeres) amplificados todos, acostumbrados a
vivir de la idea de una grandeza encasillada en límites de tiempo. A la larga intrascendente
y diluida entre los números de relojes imparables e inmortales.
Empezaba la claridad a
buscar los resquicios en el blindaje de la habitación, y como en el revelado de
una imagen sobre el papel húmedo, su propia figura parecía moverse en el espejo
siguiéndole de cerca a cada movimiento. Desde aquí, donde ahora se encontraba, tendría
que salir a decirle a todos que era bueno para cualquier propósito, el mejor
entre mejores. Era lo único que podía recordar de todo lo que le habían
enseñado y sin embargo, no le servía de nada. Todos, en una larga fila de
sinuosa conformación como el espectro de una onda, se miraban iguales.
Quería dormir sin
despertar. No pretendía abusar del uso de las tabletas del tamaño de un nickel y ya no le preocupaba tanto un
cólico nefrítico, ahora; le tenía temor al desvarío de la vigilia, a dejar de
ser Él.
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