lunes, 17 de abril de 2017

CANDELA BRAVA.

Era por temporadas, al parecer, cuando a alguien se le ocurría la idea de que estábamos amenazados por el enemigo y era imperativo encarar la preparación combativa con prestancia y absoluta inmediatez.

En virtud de lo anterior era posible pensar que para afrontar algo así, los involucrados pertenecían a una institución castrense con todas las de la ley, pero no era necesariamente de ese modo; se trataba de estudiantes universitarios que llevaban a cabo tales entrenamientos bajo régimen de internado y estricta supervisión. Algo glorioso, pensaban unos, patético; creían otros sin atreverse a comentarlo.

Suele ser enfermiza, amén de otras intenciones malsanas, la perenne vocación militarista de los regímenes que apuestan al usufructo del poder totalitario. Son duchos en estimular la regular rigidez de las coreografías en que los participantes parecen muñecos de cuerda, todos con sus trajecitos similares y las medallitas colgando de solapas en las que no cabe una más. Es una argumentación contradictoria del poder, porque en la guerra, casi siempre habrá que apostar a la sagacidad individual para poder sobrevivir y semejante uniformidad no paga réditos.

Pero en aquel entrenamiento unos jugaban a ser los jefes ―de hecho, lo eran―,  al frente de batallones, pelotones y escuadras y, a pesar de que la mayoría éramos elementos de fila, debíamos estar sujetos a la obediencia. No era casual que los que mandaban se creyeran su papel y hasta alguno había ― recuerdo un tal De la Vega ―, jefe de un batallón, que solía presentar a otro mequetrefe, a cargo de maniobras, las tropas dispuestas para llevar a cabo los ejercicios con la misma marcialidad de quienes asumían el papel durante los desfiles militares en los comienzos de cada año. Era, para él, un placer imitarlos.

Informa: De la Vega, profesor; decía aquel petizo regordete al otro, su jefe, que, encaramado en un retablo en disposición escalonada ocupaba el centro del “estado mayor” ante el cual se verificaban los ejercicios en que los demás, elementos de fila, debíamos participar.

El jefe, un tipo sádico y en cuyo historial se mezclaban diversas participaciones que le ganaban el apelativo de héroe, sin poder explicar muy bien por qué, o de qué batalla, dio la orden de comenzar el ejercicio principal aquella tarde y durante la semana que iba a durar la preparación combativa: cada elemento tendría que dejarse caer, cargando toda su dotación (mochila, fusil, cacharros) desde lo alto de una casamata asido fuertemente a una soga, pasar en balance sobre una hoguera constantemente atizada y desprenderse para permanecer en pie, al otro lado de la misma, y continuar en carrera a la realización del próximo ejercicio.

Tocaba el turno a un elemento llamado Rufino y sobre el que recaía una acusación invalidante en aquel entonces: era “blandengue” ―decían de él ―, “amanerado” y “débil de carácter”, argumentos sobrados para que el jefe ordenara avivar la llama de la hoguera y el infeliz Rufino se hiciera un nudo tratando de evitar el salto,  algo que no le valió de mucho porque dos tipejos a su lado y cuya función era la de empujar a los indecisos, lo lanzaron de un empellón, e infraganti, víctima de la sorpresa, no tuvo otra alternativa que dejarse caer sobre la hoguera, exactamente, sobre el lugar donde combustionaban pedazos de leña seca contribuyendo a incrementar la llama.

Aún tuvo tiempo Rufino, tipo con unas cuantas libras de más y carente de agilidad, de incorporarse en lo que ardía su pantalón a la altura del trasero y le era imposible apagar las llamas con sus manos porque para amortiguar la caída, lo hizo poniendo las palmas contra los tizones al rojo vivo y las quemaduras eran evidentes y muy dolorosas.

Con una manguera de jardinería situada a un costado para amainar los efectos de cualquier accidente, rociaron al gordo Rufino que, por el dolor de las quemaduras, no paraba de quejarse en medio de un llanto provocado más por la frustración y la impotencia que por el abuso físico y psicológico de que había sido víctima.

Entonces, el jefe bajó de la tribuna mientras las risotadas de algunos se vieron acalladas;  agarró un cuje seco, se acercó a Rufino, le obligó al silencio y en lo que éste trataba de obedecerle, sobre las mismas sentaderas, ahora medio expuestas entre los girones de tela quemada, le restalló el cuje a fuetazos mientras le repetía: ves, para ser un buen soldado y defender la patria, no se puede ser maricón…esto es para que aprendas.

En las instituciones castrenses no hay mucha cordialidad en el trato a los reclutas. Ciertamente, es así. La diferencia está en que para cualquiera de estos casos se trata de enlistados voluntarios o reclutados bajo el efecto de una leva ordenada donde la obligatoriedad compulsa el cumplimiento de la ley.

En la historia de Rufino él estudiaba para maestro, algo que no pudo lograr a consecuencia de que un grupo de extremistas determinó que no estaba apto para defender la patria. Tan poco tiempo transcurrió entre el “accidente” y la expulsión, que el día que abandonó el predio, aún tenía las manos vendadas a consecuencia de las quemaduras y debió cargar el maletín como suelen acomodar las féminas un carterón que cuelga del antebrazo. Entonces, algún cínico comentó: coño, tenía razón el jefe; el tipo es maricón, mira como lleva el maletín.

José A. Arias-Frá


   

lunes, 10 de abril de 2017

EL FEO

Una vez conocí un tipo que bien podía ser conceptuado desde una postura lombrosiana como poseedor de un perfil delincuencial y algo había de eso, también tenía cara de histrión, aunque no lo fuera y de las máscaras, la trágica.

Lo que no era apropiado dudar era que debió haber sido objeto de numerosas burlas siendo niño. No hay gremio más cruel para la mofa que el de los chicos en la escuela.

Aquel sujeto andaba por los cuarenta y era, vaya, íntegramente feo. Carecía del más mínimo atractivo porque además de hacer palidecer al susto, era un desgarbado alfeñique.

A veces alguien así, cuenta con otro tipo de atractivos que fuera de cualquier sospecha entre congéneres, adornan la personalidad de quien no es favorecido, sobre todo entre las féminas, por las sutiles y soñadas bellezas de Adonis. O bien posee un dilecto intelecto, un verbo avasallante o una esmerada educación capaz de inspirar admiración entre quienes le rodean.

Pero nuestro sujeto no era la excepción; por añadidura, mal educado ― aunque sin ser irrespetuoso ―, inculto y vulgar. Cada día, dos veces, comía lo mismo: arroz y frijoles y podía ufanarse de poseer un metabolismo envidiable, al extremo de que no ganaba en peso y su apariencia de gusarapo entre humanos no cambiaba un ápice.

Contaba historias que no iban de estulticia ni virtudes. Aseguraba que por haberse tenido que enfrentar a una existencia sinuosa, en medio de relaciones familiares disfuncionales y promiscuas, debió aprender a vivir entre delincuentes hasta convertirse en uno de ellos y solía repetir aquello de que cuando no estaba preso, lo andaban buscando.

La policía, al observarle vulnerable, abusaba de él y si lo habían detenido por “carterista”, deleznable oficio para el cual era hábil, siempre, después de cobrarle el barato, no le dejaban ir sin propinarle un par de bofetadas.

Entonces, llegó por fin el día en que, estando preso, sin preguntarle si estaba dispuesto, sin tener en cuenta vínculos afectivos o familiares, lo montaron en un barco que lo condujo a un universo desconocido donde le hicieron creer que la fealdad no es pecado de origen, norma el abuso y sobradas las oportunidades.

Por suerte, se reencontró con un hermano mayor que él, casado con una tal Teté, La China y que por mera casualidad era coetánea con él y casi veinte años menor que su marido, ambos tenían un próspero negocio en el ámbito del comercio minorista en una céntrica calle de la ciudad y una buena casa en la que sobraban las habitaciones porque, aunque lo había deseado, el dueño de todo aquello nunca pudo embarazar a Teté.

Contaban que el feo era proclive al ridículo y una vez que lo invitaron a la playa, se apareció con un atuendo bastante inapropiado. Tenía el torso cubierto con una camiseta de mangas de esas de la marca “Perro” con sus característicos botoncillos de metal y sus manguitas ajustadas rematadas en un tejido elástico repujado, un short demasiado ancho del que, al límite inferior, sobresalía la única parte de su anatomía al descubierto: la huesuda rodilla y la mitad superior del peroné. Allí comenzaban unas medias de nylon azul transparentes que estiradas al límite, se perdían en unos zapatos negros de material lustrado y cordones. Con las fotografías polaroid que testimoniaron el debut del feo en las benevolentes y apacibles arenas de la playa, hubiera bastado para hacer un buen reportaje humorístico.

Cuando habían pasado un par de años, ya casi nadie tenía en cuenta lo que sucedió después de la muerte del viejo y respetable esposo de Teté, La China. Nadie era capaz de asegurar si el infarto que se lo llevó fue a consecuencia de haber descubierto encamados a su mujer y su hermano (nada que ver con aquella novela de Bayly, ni idea tenían de su existencia) porque al parecer, el feo tenía su arma secreta a la que La China le agradaba exponerse como blanco. Ella, que nunca se embarazó del marido, a los seis meses del fallecimiento, le parió al “Bat” ― así empezaron a llamarle al feo, no sin cierto esnobismo ― un crío que, según algunos insensibles, era mitad humano y mitad murciélago.

Que me digan feo, repetía el Bat, acordándose de aquel changüí de Pacho…en cuanto me vean, que la dicha de quien no es bonito todos la desean ¡Feoooo!

José A. Arias-Frá.