Era por temporadas, al
parecer, cuando a alguien se le ocurría la idea de que estábamos amenazados por
el enemigo y era imperativo encarar la preparación combativa con prestancia y
absoluta inmediatez.
En virtud de lo
anterior era posible pensar que para afrontar algo así, los involucrados
pertenecían a una institución castrense con todas las de la ley, pero no era necesariamente
de ese modo; se trataba de estudiantes universitarios que llevaban a cabo tales
entrenamientos bajo régimen de internado y estricta supervisión. Algo glorioso,
pensaban unos, patético; creían otros sin atreverse a comentarlo.
Suele ser enfermiza, amén de otras intenciones malsanas, la perenne vocación
militarista de los regímenes que apuestan al usufructo del poder totalitario.
Son duchos en estimular la regular rigidez de las coreografías en que los
participantes parecen muñecos de cuerda, todos con sus trajecitos similares y
las medallitas colgando de solapas en las que no cabe una más. Es una
argumentación contradictoria del poder, porque en la guerra, casi siempre habrá
que apostar a la sagacidad individual para poder sobrevivir y semejante
uniformidad no paga réditos.
Pero en aquel entrenamiento
unos jugaban a ser los jefes ―de hecho, lo eran―, al frente de batallones, pelotones y
escuadras y, a pesar de que la mayoría éramos elementos de fila, debíamos
estar sujetos a la obediencia. No era casual que los que mandaban se creyeran su papel y hasta alguno había ― recuerdo un tal De la Vega ―, jefe de
un batallón, que solía presentar a otro mequetrefe, a cargo de maniobras, las
tropas dispuestas para llevar a cabo los ejercicios con la misma marcialidad de
quienes asumían el papel durante los desfiles militares en los comienzos de cada año. Era, para
él, un placer imitarlos.
Informa: De la Vega,
profesor; decía aquel petizo regordete al otro, su jefe, que, encaramado en un
retablo en disposición escalonada ocupaba el centro del “estado mayor” ante el
cual se verificaban los ejercicios en que los demás, elementos de fila,
debíamos participar.
El jefe, un tipo sádico
y en cuyo historial se mezclaban diversas participaciones que le ganaban el
apelativo de héroe, sin poder explicar muy bien por qué, o de qué
batalla, dio la orden de comenzar el ejercicio principal aquella tarde y durante la
semana que iba a durar la preparación combativa: cada elemento tendría que
dejarse caer, cargando toda su dotación (mochila, fusil, cacharros) desde
lo alto de una casamata asido fuertemente a una soga, pasar en balance sobre
una hoguera constantemente atizada y desprenderse para permanecer en pie, al otro lado de la
misma, y continuar en carrera a la realización del próximo ejercicio.
Tocaba el turno a un
elemento llamado Rufino y sobre el que recaía una acusación invalidante en
aquel entonces: era “blandengue” ―decían de él ―, “amanerado” y “débil de
carácter”, argumentos sobrados para que el jefe ordenara avivar la llama de la
hoguera y el infeliz Rufino se hiciera un nudo tratando de evitar el salto, algo que no le valió de mucho porque dos tipejos a su lado y
cuya función era la de empujar a los indecisos, lo lanzaron de un empellón, e
infraganti, víctima de la sorpresa, no tuvo otra alternativa que dejarse caer sobre la
hoguera, exactamente, sobre el lugar donde combustionaban pedazos de leña seca contribuyendo a incrementar la llama.
Aún tuvo tiempo Rufino,
tipo con unas cuantas libras de más y carente de agilidad, de incorporarse en
lo que ardía su pantalón a la altura del trasero y le era imposible apagar las
llamas con sus manos porque para amortiguar la caída, lo hizo poniendo las
palmas contra los tizones al rojo vivo y las quemaduras eran evidentes y muy
dolorosas.
Con una manguera de
jardinería situada a un costado para amainar los efectos de cualquier
accidente, rociaron al gordo Rufino que, por el dolor de las quemaduras, no
paraba de quejarse en medio de un llanto provocado más por la frustración y la
impotencia que por el abuso físico y psicológico de que había sido víctima.
Entonces, el jefe bajó
de la tribuna mientras las risotadas de algunos se vieron acalladas; agarró un cuje seco, se acercó a Rufino, le obligó al silencio y en lo que
éste trataba de obedecerle, sobre las mismas sentaderas, ahora medio
expuestas entre los girones de tela quemada, le restalló el cuje a fuetazos mientras le
repetía: ves, para ser un buen soldado y defender la patria, no se puede ser
maricón…esto es para que aprendas.
En las instituciones castrenses no hay mucha cordialidad en
el trato a los reclutas. Ciertamente, es así. La diferencia está en que para cualquiera de estos casos se trata de enlistados voluntarios o reclutados bajo el
efecto de una leva ordenada donde la obligatoriedad compulsa el cumplimiento de la ley.
En la historia de
Rufino él estudiaba para maestro, algo que no pudo lograr
a consecuencia de que un grupo de extremistas determinó que no estaba apto para
defender la patria. Tan poco tiempo transcurrió entre el “accidente” y la
expulsión, que el día que abandonó el predio, aún tenía las manos vendadas a
consecuencia de las quemaduras y debió cargar el maletín como suelen acomodar las
féminas un carterón que cuelga del antebrazo. Entonces, algún cínico comentó: coño, tenía razón el jefe;
el tipo es maricón, mira como lleva el maletín.
José A. Arias-Frá