Hay poca ficción en este relato testimonial, fue una experiencia personal
que se produjo de manera casual en aquellos tiempos que no fueron mejores y en
los que se fue gestando la historia del mismo mal.
EL COMANDANTE (una historia de los 70´s)
El día de trabajo había sido corto y aunque salía de una de aquellas
reuniones en que nunca faltaba la reiteración de lo innecesario, estaba
terminando a media tarde; cumpliendo con una rutina convertida en estereotipo
iba camino a la parada del ómnibus cuando sentí el sonido de la bocina de un
vehículo, tan cerca que estuve seguro que era conmigo, y en eso escuché alguien
que repetía en alta voz: ¡vecino, vecino! ¿vas para Santa Fe?
Apartándose del tráfico y arrimándose a la acera estaba el Volkswagen blanco
que le había visto conducir por esos días a Santana.
Pudo haber sido el verde, el amarillo o el naranja; también uno de los Lada
modelo 1600, o el Alfa Romeo 1750 del ministro, todos oficiales, todos
pertenecientes al parque automotor del Ministerio de Agricultura, porque
Santana era el chofer del ministro y un buen día apareció como el nuevo
residente de una vivienda al lado de mi casa que había estado sellada (*) por
un tiempo desde que la familia que en ella residió por años se había marchado a
Estados Unidos.
―Sí, le respondí... estoy de suerte, pensé.
Así evitaba la espera de la 91 o la 189, rutas que hacían el recorrido
desde el paradero de La Lisa hasta la playa de Santa Fe. La espera nunca era
breve y los ómnibus venían atestados, era común que los choferes burlaran la
parada o que siguieran para detenerse a cierta distancia, permitir el descenso
de pasajeros y evitar que otros, aunque corrieran, lograran subir; previendo la
maniobra, muchos, al aproximarse el ómnibus de la ruta que esperaban comenzaban
a desplazarse como el corredor que espera para hacerse con la estafeta en una
carrera de relevo. El premio, asumir el riesgo de colgarse de una puerta,
aunque evadieran el pago del pasaje.
― Sube, solo tengo que llegar hasta El Wajay y de ahí voy para la casa.
― No importa, siempre voy a llegar más rápido y voy sentado, dije.
― Es por un mandado que tengo que llevarle al comandante de parte de mi
jefe, argumentó.
Durante el recorrido Santana me explicó que a pesar de que yo era “un
desconocido” le diría al comandante que yo era su vecino, que era profesor y de
confianza, algo que él asumía porque a lo sumo habíamos intercambiado antes
solo ocasionalmente; a lo mejor, hasta podía permitirle que me mostrara sus
perros porque iba a decirle que a mí también me gustaban.
― ¿Tienes un pastor no?
― Sí, Jim, tiene siete meses, pero no para de comer y no encuentro que
darle, creo que lo voy a regalar a quien pueda mantenerlo, ¿crees que el
comandante lo quiera?
― Eso es otra cosa, los perros de él son de las perreras del MININT, es lo
que tengo entendido.
― Olvídalo, con lo mal que se ve Jim ni pensarlo.
Apartándose de la carretera tomó por un camino estrecho, especie de
terraplén a su derecha y en que al final estaba la casa quinta de aquella
finca. Llamó mi atención que bajo las ventanas habían instalado equipos de aire
acondicionado de la marca Hitachi, podía distinguirse el óvalo azul sobre el
fondo de metal café que los identificaba.
Santana aparcó al lado izquierdo y al frente; se iniciaba allí un camino
más estrecho que separaba la casa de vivienda de otra más pequeña con el mismo
tipo de construcción y dos puertas de garaje individuales debajo, el acceso al
segundo nivel era por una escalera lateral en dirección a lo que podía
percibirse como el alojamiento del chofer con una ventana al frente, pero sin
aire acondicionado.
― Quédate aquí déjame hablar con el comandante…cualquier cosa te aviso, si
no, espérame en el carro, no me demoro.
Cargó una caja de cartón que traía en el baúl del auto ― al frente ―
encaminándose a lo que parecía el límite posterior de la vivienda por el
callejón entre las edificaciones. Un par de minutos después apareció moviendo los
brazos en señal de que podía avanzar.
El hombre apareció sobre el portal al que solo era posible acceder mediante
peldaños de piedra similares a las del resto de las paredes exteriores de la
villa. Cubierta en su totalidad en caliza erosionada y salpicada por pequeños
fósiles de caracolas, bien pudo merecer como nombre Villa Pétrea, pero era
conocida por uno de mujer; Ermelinda, apelativo de pila que los más viejos
recordaban como el de la amantísima cónyuge del antiguo dueño.
Ya no había evidencias, ningún cartel, ni una leyenda en bajorrelieve desde
un lugar visible que lo recordara, pero aún muchos reconocían la finca y su
morada familiar con ese nombre; eso que llamamos tradición es como un lunar de
nacimiento escondido en la anatomía entre partes pudendas o visibles, y que
resulta inequívocamente identificativo.
El comandante tenía la apariencia de un hombre de campo, era como esos
guajiros de sombrero de guano ajado y teñido de un carmelita rojizo marcado por
las huellas de dedos que disimulaban sus estrías con tierra del mismo color;
mentón afilado, labios finos e ingrávidos, cejas hirsutas que coronaban una
expresión visual en desespero propia del que espera siempre una revancha sin
llegar a conseguirla y piel cetrina en la que las radiaciones solares se
refractan dejando surcos que con el tiempo marcan como minúsculos latigazos las
partes más sensibles de la expresión facial y permiten advertir la procedencia
como el que expone su fenotipo en una mímica sin poder ocultar lo que,
esencialmente, representa.
Aquel hombre que asumía una postura en desafío con su actitud hierática,
encajaba en la descripción, pero no cubría su testa con sombrero porque se
había acostumbrado al estilo liso y tradicional que caracterizaba su rala
cabellera envaselinada; conservaba, eso sí, el color tostado de la piel que
había ganado en lisura a fuero de la falta de exposición al sol y en desempeño
de su actividad desde un recinto climatizado y situado en lo más alto de un
edificio ministerial; tendría que ser una oficina para recibir visitas ―
oficiales ― y otras que debía atender con absoluta discreción y a distancia del
entorno familiar. Algunas de las protagonistas eran privilegiadas porque
cumplían con su cometido en departamentos que usufructuaban a pesar de formar
parte de los inventarios de diferentes ministerios y ellas, ser parte de sus
plantillas.
― ¿Trajiste el reduce?, preguntó el comandante dirigiéndose a mi
acompañante.
― Claro, respondió el aludido.
No entendía nada, y escuchar aquello del “reduce” me dio la impresión de
una conversación en clave; luego, empecé a comprender…
― ¿Cuántos galones mandó Francia (era el apellido del ministro del que mi
vecino era chofer y guarda espalda)
― Dos, comandante, y un cuarto de reduce.
Fue entonces que me percaté de que hablaban acerca de pintar, posiblemente,
un vehículo y que el “reduce” debía ser el diluyente que se utiliza para
disminuir el grado de viscosidad de la pintura. Todo era nuevo, a todo dar,
hasta un par de removedores que sobresalían de la caja de cartón.
― ¿Te aseguraste de que es el color que pedí?
― Sí, fue lo primero que hice, lo leí en la etiqueta; “metal navi blú”,
dijo Santana
― Bien; ese es, quien la oye si Francia me manda un color “equivocao” Ya
sabes, ella está “desesperá” por montarse en el carro, quería usarlo el otro
día con el color ese “apagao de plasta e vaca”, pero le dije que no…
En silencio y aparentando estar impresionado por el gran danés que estaba
atado a una de las columnas del portal con una larga y gruesa cuerda que le
permitía la movilidad, escuchaba el dialogo entre ambos con la curiosidad de
llegar a saber de qué se trataba todo aquello.
Nunca era fácil, menos para un desconocido, acceder a la intimidad ― aunque
sin rebasar la periferia ― de alguno de aquellos personajes. Estaba allí porque
mi vecino le había dicho al enigmático comandante que yo era profesor, que me
gustaban los perros y que él podía garantizar mi discreción. Seguidamente Santana
me hizo una señal para que lo siguiera y mostrarme las perreras.
Se trataba de jaulas perfectamente construidas con bloques de concreto;
frente y puertas de cabilla de media pulgada de grosor, seis en total, tres a
cada lado y en todas, pastores alemanes, uno por jaula. Los perros se movían
inquietos y al husmear la presencia de un desconocido demostraban su recelo
dejando ver sus incisivos entre ladridos amenazadores.
Llamó mi atención lo bien cuidados que parecían y me percaté de que en cada
jaula había botellones de agua que suministraban el líquido por gravedad y
recipientes de aluminio conteniendo piltrafas que, sin duda, proveerían más
sustancia a un caldo que los magros y pelados huesos que le vendían a las
personas en las carnicerías mediante la cuota de racionamiento.
Me representé a Jim, mi perro, flaco y maltrecho a pesar de su estirpe de
perro policía y concluí que ni siquiera los perros podían ser iguales.
Había más, a cierta distancia de las jaulas se extendía una arboleda
perfectamente alineada de diferentes tipos de cítricos que eran parte de la
finca y cuya cosecha no pertenecía a ninguna entidad agrícola gubernamental,
eran orgullo y propiedad del comandante que se complacía en repartir los frutos
entre amigos ordenando ponerlos en cestas en las que rodeadas de naranjas,
mandarinas, toronjas y limones habían botellas de ron, whisky, vodka y ginebra
de selectas marcas que en algunos casos estaba descubriendo más allá de la
imagen fotográfica que había visto en algún impreso de las revistas Paris Match
que un amigo que trabajaba en Granma secuestraba de los archivos del periódico
los viernes para que las hojeáramos los fines de semana en conciliábulos, a
hurtadillas y en confianza.
Las cestas tenían la uniformidad de lo pretendidamente suntuoso e
impresionante, estaban envueltas en papel celofán coloreado y cerradas por un
lazo confeccionado en cintas de diferentes colores; rojo, azul, rosa, blanco,
también, en un delicado tono salmón. Todo formaba parte del propósito de un
intercambio en que aquellos personajes se agasajaban entre sí mostrando el
agradecimiento entre compinches mientras se repartían lo robado. Era imposible
determinar quién pagaba por aquello; la pintura, los licores y todo lo demás.
― Espera aquí, ya vuelvo, dijo Santana cargando con la caja del envío al
interior de la vivienda.
De regreso aparecieron juntos en el portón que daba acceso a la terraza; el
comandante en pantuflas, pantalón de muselina china tornasolada y una camiseta
atlética blanca y de malla como las que solían venderle los marinos mercantes
en bolsa negra y a la vuelta de un viaje a gente
ávida de llevar puesto algo “de afuera” aunque se tratara de ropa interior.
Todavía me faltaba por ver algo difícil de imaginar; el comandante, ¿fumaba
cigarrillos en boquilla de nácar? Eso me pareció, pero me equivoqué… fue solo
mi primera impresión, en realidad era un cigarrillo de unas ocho pulgadas lo
que sostenía entre sus dedos y del que aspiraba largas bocanadas con
satisfacción.
Nunca había visto algo así a pesar de que en aquel tiempo yo también fumaba
cigarrillos. Populares sin filtro, que al ir consumiéndose se deshacían entre
los dedos antes de convertirse en colillas. Aquella fue otra de las visiones
que amplificaron mi intriga porque nada parecía normal en medio de aquel trance,
y para encontrar respuestas a preguntas que me daban vueltas en la cabeza debía
continuar asumiendo una aparente actitud de parsimoniosa discreción y ser paciente,
ya el jovial y solicito Santana me diría.
Eran detalles, pero presumible que todos estos personajes vivieran inmersos
en la indiferente satisfacción de un mundo paralelo; aun así pensé, y los
perros, la plantación de cítricos, las cestas almacenadas en un closet con ese
significado de abundancia y derroche en un medio en que la escases era la
norma; aquel caserón de piedra y la
relación de ordeno y mando entre un
diligente subalterno y un individuo desconocido para muchos, que por sus
ademanes, su dicción arrabalera y marginal y una impostada autoridad, hacía
gala de su ignorancia desde la cual se permitía actuar con indiferencia (ni
buenas tardes había dicho) eran elementos difíciles de justificar y
contextualizar, menos, poder encontrarle alguna explicación que pareciera
lógica desde una perspectiva razonable ¿Quién era aquel individuo al que
Santana se dirigía solo como el comandante?
Solo sabía que estaba, después de haberlo imaginado, frente a la visión
real de uno de los tantos favorecidos para integrar una cohorte de
incondicionales que fue tomando forma desde los primeros tiempos; también hubo
oportunistas de nombre conocido que atenidos a las normas de vida burguesa a las
que nunca renunciaron, asumían hipócritamente la supuesta defensa del
proletariado cuya integración seguía pareciéndole ajena a sus costumbres; esos,
conformaron una suerte de galería de intrusos de lujo y vitrina que eran vistos
con ojeriza desde el poder pero utilizados.
― Dale esto a tú jefe de mi parte y dile que nos vemos, que ya le
llevaremos el Lada para que lo vea cuando [me] lo hayan pintado.
Santana cargó con una de las cestas de las que estaban en el armario
empotrado en la pared de la terraza y la llevó al asiento trasero del VW.
― No quiero que se vaya a joder, le oí murmurar, quién aguanta al
comandante si se rompe la envoltura.
Entretanto, el comandante se ocupó de poner bajo llave los paquetes dentro
del closet y se dirigió al interior con las últimas pulgadas del cigarrillo
irregular entre los dedos…
― Dale saludos a Francia, y dile que nos vemos en el ministerio.
Displicente, hizo mutis como el que se retira de una escena y abandona el
proscenio tras haber completado favorablemente un libreto que parecía ser
correlativo para él.
― Bueno vecino, ya nos vamos.
En el ancho rostro de Santana se asomaba una sonrisa de satisfacción. Él
era como la mayoría de los que desempeñan la misma función; un tipo bonachón,
de pocas luces, el perfecto prototipo del incondicional decantado por
incapacidad de cualquier otro propósito. Otro guajiro que venía del occidente y
que dejó el azadón regado en el terruño del predio familiar y lo cambió por un
AK-47 recortado que guardaba en un armario y que con orgullo ― y en confianza ―
me mostró tiempo después; se había convertido en un tipo duro, no para el
trabajo, más bien para la defensa de personajes que decían encarnar el
patriotismo desde la encartonada escenografía de las mil y una noche de
aquellos ― y estos ― sultanes tropicales que se identifican a sí mismos como
revolucionarios.
― ¡Vamos, coño! Se está bien aquí, es muy tranquilo y no hay nadie jodiendo,
nos va a coger la noche, dijo Santana mientras giraba 180 grados con el VW
Trataba de encontrar la manera de hacer las preguntas que mi curiosidad
motivaba sin parecer demasiado indiscreto; intuía que toda aquella gente se
manejaba dentro de una especie de código de secta secreta organizado sobre la
base de un orden estamentario de castas en que el equivalente criollo de un
shutra podía ser alguno de esos tracatanes (así eran coloquialmente denominados)
en el bando de criados, choferes, niñeras, guardaespaldas, jardineros y que, de
seguro, estarían sujetos a la más estricta discreción. Había llegado el momento
de darle vuelta al rollo para soltarle la lengua a mi vecino alabando todo lo
que a él le parecía, al mostrarlo con la anuencia de su jefe, una gran cosa.
― Caray, Santana, que casa más linda la del comandante, los perros… pero te
mentiría si te oculto que lo que más me preocupa es que el compañero comandante
no me parece haberlo visto, a lo mejor alguna vez y vestido de militar, digo.
― Sí, puede ser, por el momento ha dejado de ser militar por orden de
Fidel, ha llegado al ministerio para ocuparse del asunto de la ganadería, dicen
que sabe de eso, y lo han nombrado viceministro es, casi, la mano derecha de mi
jefe.
― Bien interesante, y ¿se puede saber quién es?
― Te acuerdas del militar que le presentaba los desfiles del 2 de enero en
La Plaza a Fidel, creo que dirigía un grupo de tropas bajo su orden personal.
― ¡Oh, ya! Ese era Lino Carreras Rodríguez, un veterano de La Sierra…
― Ese mismo, ves que si sabías.
― Oye, bonito color el que le van a dar al carro; metalic navy blue, azul
marino metálico, qué ¿se accidentó?
― No, es un Lada nuevo que le acaban de asignar a la mujer, pero es como un
beige… dice el comandante que parece plasta e vaca, ¿lo oíste, no? A ella
tampoco le gusta…
― Y por qué no lo escogió de otro color.
― No había disponible, ese era el único color y él le dijo que “no la
dejara pasar”, que eso el lo podía arreglar luego sin problemas, ahora lo
mandarán a pintar con la pintura que Francia (se refería a Rafael Francia que
era el ministro de agricultura al momento) le consiguió.
― Coño, lo van a pintar sin usarlo solo para cambiarle el color por el que
le gusta a ella…
― Sí ¿Viste uno sepia que tenía por mi casa el otro día?, ese es el del
comandante.
― Sí, a lo mejor me toca llevarlo a los talleres del MININT en la Autopista,
comentó Santana, allí hay gente que hacen maravillas, va a parecer original.
―Tremendos cigarros que fuma el comandante, al principio creí que se
trataba de una boquilla…luego vi que es como un cigarro largo, ¿no?
Santana comenzó a reír con ingenua socarronería; fue una señal de que
estaba a punto de contarme más…
― Oh, sí, el comandante está siguiendo un plan para dejar de fumar y le
hacen esos cigarrillos especiales en la H. Upman allá en Luyanó; dice él que
como son más largos fuma menos cantidad al día. Puede ser, puede ser… ¿no crees?
Ya estábamos entrando a Santa Fe y el lugar del que se habían desplazado
las dudas específicas de mí cabeza, lo ocupaba ahora la certeza de que un grupúsculo
― con múltiples ramificaciones como metástasis de la misma tumefacción ― se había
apoderado de todo, incluida la buena voluntad de muchos compatriotas que es lo
más fácil de robar a los crédulos, personas que no son culpables de su inopia,
de su indiferencia que se les inculca como parte de una militancia de horda y
rebaño recubierta de un barniz ideológico para contribuir a galvanizar sus
conciencias en función de una ideología para la manipulación. Vivir convencido
de todo eso, poder atestiguarlo y tener que callarlo, desempeñarse entre gente
que eran, como yo, víctimas, pero no lo sabían o lo justificaban, va creando
una conciencia de la soledad que destruye y enferma y termina por hacerte
enmudecer. No hay histrionismo capaz de enmascarar el verdadero rostro de unos
entes que bien parecen mordidos por la lepra de la política más cruel.
Notas.-
Según cuenta Luis Báez Hernández, otro de los cronistas del castrismo
(fallecido 02/09/15) en su libro Secretos de Generales, Lino Carrera Rodríguez
fue uno de los 9 hijos de un pequeño empresario ganadero de la región de Palma
Soriano, Oriente, actualmente perteneciente a la provincia de Santiago de Cuba.
Llegó a La Sierra Maestra en 1958 muy joven y estuvo al mando de Juan Almeida
Bosque siendo uno de los capitanes de su columna. Después de 1959 fue ascendido
a comandante y se desempeño en varias funciones de carácter militar. Pasó a la
vida civil durante los 70´s y por el 72 fue designado a cargo de la ganadería a
nivel nacional y por orden de Fidel Castro entró al Ministerio de Agricultura,
dirigido entonces por el viejo militante pesepesista Rafael Francia Mestre. Al
producirse la sovietización del sistema jerárquico en las fuerzas armadas a Carreras
le fue otorgado el grado de general de brigada tras su reincorporación a la
vida militar. Carreras dirigió el Plan Maceo, catastrófico para la ganadería en
el país por sus resultados ya que sus decisiones personales no eran
coincidentes con las de los especialistas (generalmente ignorados) y solo
pretendieron encajar en los planes del caudillo cuando se creyó y puso en
práctica su impronta de genetista pecuario, rodeándose de personajes como el “Comandante”
de esta historia. Carreras Rodríguez murió en 2018.
(*) Cuando se producía el abandono de una propiedad inmobiliaria por parte
de alguna persona o familia que dejaba el país definitivamente se le ponía un
sello visible en la puerta principal de acceso, regularmente, tras haberse vaciado
de muebles y otros objetos. La acción inmediata era potestad de una entidad
reguladora conocida como OFICODA que operaba a nivel regional; luego, y en
dependencia de las características de las propiedades, estas engrosaban los
inventarios de disponibilidad de los diferentes ministerios y organismos del
estado para ser entregadas a conveniencia a personas favorecidas por el
régimen. El famoso “sello” era, supuestamente inviolable y su vulneración,
objeto de severas sanciones, no obstante, muchas personas lo rompían y se
instalaban en las viviendas desde donde eran, luego, expulsados.