domingo, 8 de enero de 2023

EL COMANDANTE

 

Hay poca ficción en este relato testimonial, fue una experiencia personal que se produjo de manera casual en aquellos tiempos que no fueron mejores y en los que se fue gestando la historia del mismo mal.

EL COMANDANTE (una historia de los 70´s)

El día de trabajo había sido corto y aunque salía de una de aquellas reuniones en que nunca faltaba la reiteración de lo innecesario, estaba terminando a media tarde; cumpliendo con una rutina convertida en estereotipo iba camino a la parada del ómnibus cuando sentí el sonido de la bocina de un vehículo, tan cerca que estuve seguro que era conmigo, y en eso escuché alguien que repetía en alta voz: ¡vecino, vecino! ¿vas para Santa Fe?

Apartándose del tráfico y arrimándose a la acera estaba el Volkswagen blanco que le había visto conducir por esos días a Santana.

Pudo haber sido el verde, el amarillo o el naranja; también uno de los Lada modelo 1600, o el Alfa Romeo 1750 del ministro, todos oficiales, todos pertenecientes al parque automotor del Ministerio de Agricultura, porque Santana era el chofer del ministro y un buen día apareció como el nuevo residente de una vivienda al lado de mi casa que había estado sellada (*) por un tiempo desde que la familia que en ella residió por años se había marchado a Estados Unidos.

―Sí, le respondí... estoy de suerte, pensé.

Así evitaba la espera de la 91 o la 189, rutas que hacían el recorrido desde el paradero de La Lisa hasta la playa de Santa Fe. La espera nunca era breve y los ómnibus venían atestados, era común que los choferes burlaran la parada o que siguieran para detenerse a cierta distancia, permitir el descenso de pasajeros y evitar que otros, aunque corrieran, lograran subir; previendo la maniobra, muchos, al aproximarse el ómnibus de la ruta que esperaban comenzaban a desplazarse como el corredor que espera para hacerse con la estafeta en una carrera de relevo. El premio, asumir el riesgo de colgarse de una puerta, aunque evadieran el pago del pasaje.

― Sube, solo tengo que llegar hasta El Wajay y de ahí voy para la casa.

― No importa, siempre voy a llegar más rápido y voy sentado, dije.

― Es por un mandado que tengo que llevarle al comandante de parte de mi jefe, argumentó.

Durante el recorrido Santana me explicó que a pesar de que yo era “un desconocido” le diría al comandante que yo era su vecino, que era profesor y de confianza, algo que él asumía porque a lo sumo habíamos intercambiado antes solo ocasionalmente; a lo mejor, hasta podía permitirle que me mostrara sus perros porque iba a decirle que a mí también me gustaban.

― ¿Tienes un pastor no?

― Sí, Jim, tiene siete meses, pero no para de comer y no encuentro que darle, creo que lo voy a regalar a quien pueda mantenerlo, ¿crees que el comandante lo quiera?

― Eso es otra cosa, los perros de él son de las perreras del MININT, es lo que tengo entendido.

― Olvídalo, con lo mal que se ve Jim ni pensarlo.

Apartándose de la carretera tomó por un camino estrecho, especie de terraplén a su derecha y en que al final estaba la casa quinta de aquella finca. Llamó mi atención que bajo las ventanas habían instalado equipos de aire acondicionado de la marca Hitachi, podía distinguirse el óvalo azul sobre el fondo de metal café que los identificaba.

Santana aparcó al lado izquierdo y al frente; se iniciaba allí un camino más estrecho que separaba la casa de vivienda de otra más pequeña con el mismo tipo de construcción y dos puertas de garaje individuales debajo, el acceso al segundo nivel era por una escalera lateral en dirección a lo que podía percibirse como el alojamiento del chofer con una ventana al frente, pero sin aire acondicionado.

― Quédate aquí déjame hablar con el comandante…cualquier cosa te aviso, si no, espérame en el carro, no me demoro.

Cargó una caja de cartón que traía en el baúl del auto ― al frente ― encaminándose a lo que parecía el límite posterior de la vivienda por el callejón entre las edificaciones. Un par de minutos después apareció moviendo los brazos en señal de que podía avanzar.

El hombre apareció sobre el portal al que solo era posible acceder mediante peldaños de piedra similares a las del resto de las paredes exteriores de la villa. Cubierta en su totalidad en caliza erosionada y salpicada por pequeños fósiles de caracolas, bien pudo merecer como nombre Villa Pétrea, pero era conocida por uno de mujer; Ermelinda, apelativo de pila que los más viejos recordaban como el de la amantísima cónyuge del antiguo dueño.

Ya no había evidencias, ningún cartel, ni una leyenda en bajorrelieve desde un lugar visible que lo recordara, pero aún muchos reconocían la finca y su morada familiar con ese nombre; eso que llamamos tradición es como un lunar de nacimiento escondido en la anatomía entre partes pudendas o visibles, y que resulta inequívocamente identificativo.

El comandante tenía la apariencia de un hombre de campo, era como esos guajiros de sombrero de guano ajado y teñido de un carmelita rojizo marcado por las huellas de dedos que disimulaban sus estrías con tierra del mismo color; mentón afilado, labios finos e ingrávidos, cejas hirsutas que coronaban una expresión visual en desespero propia del que espera siempre una revancha sin llegar a conseguirla y piel cetrina en la que las radiaciones solares se refractan dejando surcos que con el tiempo marcan como minúsculos latigazos las partes más sensibles de la expresión facial y permiten advertir la procedencia como el que expone su fenotipo en una mímica sin poder ocultar lo que, esencialmente, representa.

Aquel hombre que asumía una postura en desafío con su actitud hierática, encajaba en la descripción, pero no cubría su testa con sombrero porque se había acostumbrado al estilo liso y tradicional que caracterizaba su rala cabellera envaselinada; conservaba, eso sí, el color tostado de la piel que había ganado en lisura a fuero de la falta de exposición al sol y en desempeño de su actividad desde un recinto climatizado y situado en lo más alto de un edificio ministerial; tendría que ser una oficina para recibir visitas ― oficiales ― y otras que debía atender con absoluta discreción y a distancia del entorno familiar. Algunas de las protagonistas eran privilegiadas porque cumplían con su cometido en departamentos que usufructuaban a pesar de formar parte de los inventarios de diferentes ministerios y ellas, ser parte de sus plantillas.

― ¿Trajiste el reduce?, preguntó el comandante dirigiéndose a mi acompañante.

― Claro, respondió el aludido.

No entendía nada, y escuchar aquello del “reduce” me dio la impresión de una conversación en clave; luego, empecé a comprender…

― ¿Cuántos galones mandó Francia (era el apellido del ministro del que mi vecino era chofer y guarda espalda)

― Dos, comandante, y un cuarto de reduce.

Fue entonces que me percaté de que hablaban acerca de pintar, posiblemente, un vehículo y que el “reduce” debía ser el diluyente que se utiliza para disminuir el grado de viscosidad de la pintura. Todo era nuevo, a todo dar, hasta un par de removedores que sobresalían de la caja de cartón.

― ¿Te aseguraste de que es el color que pedí?

― Sí, fue lo primero que hice, lo leí en la etiqueta; “metal navi blú”, dijo Santana

― Bien; ese es, quien la oye si Francia me manda un color “equivocao” Ya sabes, ella está “desesperá” por montarse en el carro, quería usarlo el otro día con el color ese “apagao de plasta e vaca”, pero le dije que no…

En silencio y aparentando estar impresionado por el gran danés que estaba atado a una de las columnas del portal con una larga y gruesa cuerda que le permitía la movilidad, escuchaba el dialogo entre ambos con la curiosidad de llegar a saber de qué se trataba todo aquello.

Nunca era fácil, menos para un desconocido, acceder a la intimidad ― aunque sin rebasar la periferia ― de alguno de aquellos personajes. Estaba allí porque mi vecino le había dicho al enigmático comandante que yo era profesor, que me gustaban los perros y que él podía garantizar mi discreción. Seguidamente Santana me hizo una señal para que lo siguiera y mostrarme las perreras.

Se trataba de jaulas perfectamente construidas con bloques de concreto; frente y puertas de cabilla de media pulgada de grosor, seis en total, tres a cada lado y en todas, pastores alemanes, uno por jaula. Los perros se movían inquietos y al husmear la presencia de un desconocido demostraban su recelo dejando ver sus incisivos entre ladridos amenazadores.

Llamó mi atención lo bien cuidados que parecían y me percaté de que en cada jaula había botellones de agua que suministraban el líquido por gravedad y recipientes de aluminio conteniendo piltrafas que, sin duda, proveerían más sustancia a un caldo que los magros y pelados huesos que le vendían a las personas en las carnicerías mediante la cuota de racionamiento.

Me representé a Jim, mi perro, flaco y maltrecho a pesar de su estirpe de perro policía y concluí que ni siquiera los perros podían ser iguales.

Había más, a cierta distancia de las jaulas se extendía una arboleda perfectamente alineada de diferentes tipos de cítricos que eran parte de la finca y cuya cosecha no pertenecía a ninguna entidad agrícola gubernamental, eran orgullo y propiedad del comandante que se complacía en repartir los frutos entre amigos ordenando ponerlos en cestas en las que rodeadas de naranjas, mandarinas, toronjas y limones habían botellas de ron, whisky, vodka y ginebra de selectas marcas que en algunos casos estaba descubriendo más allá de la imagen fotográfica que había visto en algún impreso de las revistas Paris Match que un amigo que trabajaba en Granma secuestraba de los archivos del periódico los viernes para que las hojeáramos los fines de semana en conciliábulos, a hurtadillas y en confianza.

Las cestas tenían la uniformidad de lo pretendidamente suntuoso e impresionante, estaban envueltas en papel celofán coloreado y cerradas por un lazo confeccionado en cintas de diferentes colores; rojo, azul, rosa, blanco, también, en un delicado tono salmón. Todo formaba parte del propósito de un intercambio en que aquellos personajes se agasajaban entre sí mostrando el agradecimiento entre compinches mientras se repartían lo robado. Era imposible determinar quién pagaba por aquello; la pintura, los licores y todo lo demás.

― Espera aquí, ya vuelvo, dijo Santana cargando con la caja del envío al interior de la vivienda.

De regreso aparecieron juntos en el portón que daba acceso a la terraza; el comandante en pantuflas, pantalón de muselina china tornasolada y una camiseta atlética blanca y de malla como las que solían venderle los marinos mercantes en bolsa negra y a la vuelta de un viaje a   gente ávida de llevar puesto algo “de afuera” aunque se tratara de ropa interior.

Todavía me faltaba por ver algo difícil de imaginar; el comandante, ¿fumaba cigarrillos en boquilla de nácar? Eso me pareció, pero me equivoqué… fue solo mi primera impresión, en realidad era un cigarrillo de unas ocho pulgadas lo que sostenía entre sus dedos y del que aspiraba largas bocanadas con satisfacción.

Nunca había visto algo así a pesar de que en aquel tiempo yo también fumaba cigarrillos. Populares sin filtro, que al ir consumiéndose se deshacían entre los dedos antes de convertirse en colillas. Aquella fue otra de las visiones que amplificaron mi intriga porque nada parecía normal en medio de aquel trance, y para encontrar respuestas a preguntas que me daban vueltas en la cabeza debía continuar asumiendo una aparente actitud de parsimoniosa discreción y ser paciente, ya el jovial y solicito Santana me diría.

Eran detalles, pero presumible que todos estos personajes vivieran inmersos en la indiferente satisfacción de un mundo paralelo; aun así pensé, y los perros, la plantación de cítricos, las cestas almacenadas en un closet con ese significado de abundancia y derroche en un medio en que la escases era la norma; aquel caserón de piedra  y la relación de ordeno y mando  entre un diligente subalterno y un individuo desconocido para muchos, que por sus ademanes, su dicción arrabalera y marginal y una impostada autoridad, hacía gala de su ignorancia desde la cual se permitía actuar con indiferencia (ni buenas tardes había dicho) eran elementos difíciles de justificar y contextualizar, menos, poder encontrarle alguna explicación que pareciera lógica desde una perspectiva razonable ¿Quién era aquel individuo al que Santana se dirigía solo como el comandante?

Solo sabía que estaba, después de haberlo imaginado, frente a la visión real de uno de los tantos favorecidos para integrar una cohorte de incondicionales que fue tomando forma desde los primeros tiempos; también hubo oportunistas de nombre conocido que atenidos a las normas de vida burguesa a las que nunca renunciaron, asumían hipócritamente la supuesta defensa del proletariado cuya integración seguía pareciéndole ajena a sus costumbres; esos, conformaron una suerte de galería de intrusos de lujo y vitrina que eran vistos con ojeriza desde el poder pero utilizados.

― Dale esto a tú jefe de mi parte y dile que nos vemos, que ya le llevaremos el Lada para que lo vea cuando [me] lo hayan pintado.

Santana cargó con una de las cestas de las que estaban en el armario empotrado en la pared de la terraza y la llevó al asiento trasero del VW.

― No quiero que se vaya a joder, le oí murmurar, quién aguanta al comandante si se rompe la envoltura.

Entretanto, el comandante se ocupó de poner bajo llave los paquetes dentro del closet y se dirigió al interior con las últimas pulgadas del cigarrillo irregular entre los dedos…

― Dale saludos a Francia, y dile que nos vemos en el ministerio.

Displicente, hizo mutis como el que se retira de una escena y abandona el proscenio tras haber completado favorablemente un libreto que parecía ser correlativo para él.

― Bueno vecino, ya nos vamos.

En el ancho rostro de Santana se asomaba una sonrisa de satisfacción. Él era como la mayoría de los que desempeñan la misma función; un tipo bonachón, de pocas luces, el perfecto prototipo del incondicional decantado por incapacidad de cualquier otro propósito. Otro guajiro que venía del occidente y que dejó el azadón regado en el terruño del predio familiar y lo cambió por un AK-47 recortado que guardaba en un armario y que con orgullo ― y en confianza ― me mostró tiempo después; se había convertido en un tipo duro, no para el trabajo, más bien para la defensa de personajes que decían encarnar el patriotismo desde la encartonada escenografía de las mil y una noche de aquellos ― y estos ― sultanes tropicales que se identifican a sí mismos como revolucionarios.

― ¡Vamos, coño! Se está bien aquí, es muy tranquilo y no hay nadie jodiendo, nos va a coger la noche, dijo Santana mientras giraba 180 grados con el VW

Trataba de encontrar la manera de hacer las preguntas que mi curiosidad motivaba sin parecer demasiado indiscreto; intuía que toda aquella gente se manejaba dentro de una especie de código de secta secreta organizado sobre la base de un orden estamentario de castas en que el equivalente criollo de un shutra podía ser alguno de esos tracatanes (así eran coloquialmente denominados) en el bando de criados, choferes, niñeras, guardaespaldas, jardineros y que, de seguro, estarían sujetos a la más estricta discreción. Había llegado el momento de darle vuelta al rollo para soltarle la lengua a mi vecino alabando todo lo que a él le parecía, al mostrarlo con la anuencia de su jefe, una gran cosa.

― Caray, Santana, que casa más linda la del comandante, los perros… pero te mentiría si te oculto que lo que más me preocupa es que el compañero comandante no me parece haberlo visto, a lo mejor alguna vez y vestido de militar, digo.

― Sí, puede ser, por el momento ha dejado de ser militar por orden de Fidel, ha llegado al ministerio para ocuparse del asunto de la ganadería, dicen que sabe de eso, y lo han nombrado viceministro es, casi, la mano derecha de mi jefe.

― Bien interesante, y ¿se puede saber quién es?

― Te acuerdas del militar que le presentaba los desfiles del 2 de enero en La Plaza a Fidel, creo que dirigía un grupo de tropas bajo su orden personal.

― ¡Oh, ya! Ese era Lino Carreras Rodríguez, un veterano de La Sierra…

― Ese mismo, ves que si sabías.

― Oye, bonito color el que le van a dar al carro; metalic navy blue, azul marino metálico, qué ¿se accidentó?

― No, es un Lada nuevo que le acaban de asignar a la mujer, pero es como un beige… dice el comandante que parece plasta e vaca, ¿lo oíste, no? A ella tampoco le gusta…

― Y por qué no lo escogió de otro color.

― No había disponible, ese era el único color y él le dijo que “no la dejara pasar”, que eso el lo podía arreglar luego sin problemas, ahora lo mandarán a pintar con la pintura que Francia (se refería a Rafael Francia que era el ministro de agricultura al momento) le consiguió.

― Coño, lo van a pintar sin usarlo solo para cambiarle el color por el que le gusta a ella…

― Sí ¿Viste uno sepia que tenía por mi casa el otro día?, ese es el del comandante.

― Sí, a lo mejor me toca llevarlo a los talleres del MININT en la Autopista, comentó Santana, allí hay gente que hacen maravillas, va a parecer original.

―Tremendos cigarros que fuma el comandante, al principio creí que se trataba de una boquilla…luego vi que es como un cigarro largo, ¿no?

Santana comenzó a reír con ingenua socarronería; fue una señal de que estaba a punto de contarme más…

― Oh, sí, el comandante está siguiendo un plan para dejar de fumar y le hacen esos cigarrillos especiales en la H. Upman allá en Luyanó; dice él que como son más largos fuma menos cantidad al día. Puede ser, puede ser… ¿no crees?

Ya estábamos entrando a Santa Fe y el lugar del que se habían desplazado las dudas específicas de mí cabeza, lo ocupaba ahora la certeza de que un grupúsculo ― con múltiples ramificaciones como metástasis de la misma tumefacción ― se había apoderado de todo, incluida la buena voluntad de muchos compatriotas que es lo más fácil de robar a los crédulos, personas que no son culpables de su inopia, de su indiferencia que se les inculca como parte de una militancia de horda y rebaño recubierta de un barniz ideológico para contribuir a galvanizar sus conciencias en función de una ideología para la manipulación. Vivir convencido de todo eso, poder atestiguarlo y tener que callarlo, desempeñarse entre gente que eran, como yo, víctimas, pero no lo sabían o lo justificaban, va creando una conciencia de la soledad que destruye y enferma y termina por hacerte enmudecer. No hay histrionismo capaz de enmascarar el verdadero rostro de unos entes que bien parecen mordidos por la lepra de la política más cruel.

 

Notas.-

Según cuenta Luis Báez Hernández, otro de los cronistas del castrismo (fallecido 02/09/15) en su libro Secretos de Generales, Lino Carrera Rodríguez fue uno de los 9 hijos de un pequeño empresario ganadero de la región de Palma Soriano, Oriente, actualmente perteneciente a la provincia de Santiago de Cuba. Llegó a La Sierra Maestra en 1958 muy joven y estuvo al mando de Juan Almeida Bosque siendo uno de los capitanes de su columna. Después de 1959 fue ascendido a comandante y se desempeño en varias funciones de carácter militar. Pasó a la vida civil durante los 70´s y por el 72 fue designado a cargo de la ganadería a nivel nacional y por orden de Fidel Castro entró al Ministerio de Agricultura, dirigido entonces por el viejo militante pesepesista Rafael Francia Mestre. Al producirse la sovietización del sistema jerárquico en las fuerzas armadas a Carreras le fue otorgado el grado de general de brigada tras su reincorporación a la vida militar. Carreras dirigió el Plan Maceo, catastrófico para la ganadería en el país por sus resultados ya que sus decisiones personales no eran coincidentes con las de los especialistas (generalmente ignorados) y solo pretendieron encajar en los planes del caudillo cuando se creyó y puso en práctica su impronta de genetista pecuario, rodeándose de personajes como el “Comandante” de esta historia. Carreras Rodríguez murió en 2018.

(*) Cuando se producía el abandono de una propiedad inmobiliaria por parte de alguna persona o familia que dejaba el país definitivamente se le ponía un sello visible en la puerta principal de acceso, regularmente, tras haberse vaciado de muebles y otros objetos. La acción inmediata era potestad de una entidad reguladora conocida como OFICODA que operaba a nivel regional; luego, y en dependencia de las características de las propiedades, estas engrosaban los inventarios de disponibilidad de los diferentes ministerios y organismos del estado para ser entregadas a conveniencia a personas favorecidas por el régimen. El famoso “sello” era, supuestamente inviolable y su vulneración, objeto de severas sanciones, no obstante, muchas personas lo rompían y se instalaban en las viviendas desde donde eran, luego, expulsados.