BREVEMENTE
Lo pensé muchas veces antes de escribir esta crónica, larga, porque no
puede ser de otra manera para que sea denuncia, testimonio de situaciones
lacerantes y antiguas; que no fueron diferentes ni menos trágicas en épocas que
algunos consideran aún “gloriosas” De haber sido así, no hubiéramos llegado a
donde hoy nos encontramos.
EL COMIENZO
El individuo que estaba al frente del sindicato era un tipo que merecía la
consideración de buena gente, categoría que según vox populi define una
especie de comportamiento personal donde la gratuidad no siempre es condición
de malas intenciones; gozaba de popularidad entre las féminas porque decían
encontrarle cierto parecido físico a Maceo, el Titán. Aquel día buscó la forma
de ocupar un puesto a mi lado en el ómnibus que nos traía de regreso desde el
lugar en el que trabajábamos como docentes, noté que había intención de su
parte porque los que conformaban su círculo de íntimos siempre estaban, como ese
día, sentados en la parte delantera y le guardaban el puesto que solía ocupar
entre ellos.
Fue él quien inicio la conversación con unas palabras que recuerdo bien:
mira, dijo, no tengo nada en tú contra, es más, hasta me caes bien pero te voy
a decir algo que no debo; entretanto y a
pesar de que casi me comentaba al oído para no ser escuchado, pensé que podía
ser posible porque la intriga siempre es parte de las historias de esa gente:
tú, que tienes buena labia ― fue esa la palabra que utilizó como sinónimo de elocuencia
― ve preparando un buen discurso porque en el claustro general que se va a
celebrar en el Ascunce (se refería al teatro principal de Ciudad Libertad y el
de mayor capacidad) que va a presidir Fernández, el ministro, van a proponer a
dos “compañeros” para expulsión definitiva del Instituto y uno de ellos eres
tú, el otro, creo que un tipo ahí, de Biología...
Te diré más y te advierto que al hacerlo sí violo un compromiso por hacerte
un favor, ya está decidido quien pedirá la palabra para proponer que se te
analice por mala actitud ante las actividades revolucionarias, por apatía,
ausencias repetidas e injustificadas a las asambleas sindicales y de producción
y servicio, a los trabajos productivos de fines de semana y a las guardias de
milicia; será Fefa quien hará la propuesta porque pertenece a tú cátedra y a tú
departamento, a continuación Aracely será la encargada de proponer tú expulsión
por falta de condiciones para el ejercicio de la profesión, luego, algunos de tu
facultad harán intervenciones en respaldo, incluida la decana. Ya sabes, es
algo que no debí decirte, pero en cierta forma siento pena por lo que te viene
encima, no quiero imaginar las consecuencias.
No estaba del todo sorprendido por lo escuchado, sólo por la exactitud con
que preparaban la decapitación moral y laboral de alguien; algo que, aún
después de tantos años, me sigue pareciendo una vileza de proporciones
increíbles entre personas aparentemente normales, que no era la condición de
los involucrados en todo aquello, porque se trataba de gente en las que se había
enraizado una visión ajena a los valores elementales vinculados a la libertad
de expresión; allí, entendida e interpretada como una conciencia colectiva, un
patrón para coartar cualquier posibilidad de actuar a voluntad y proceder en
consecuencia. Frente a circunstancias parecidas, aunque motivadas por otras
razones, cualquiera debe tener derecho a defenderse y mantener incólume su
prestigio sin afrontar estigmas. No era el caso, ni lo es, porque tales
prácticas no forman parte del lenguaje de los inquisidores.
― Gracias, seré discreto, no tengo con quien comentar al respecto, solo
hablaré con mi mujer y si tú no puedes imaginar las consecuencias, ¿qué crees
que pueda pensar y decir como parte de ese discurso que me sugieres? O, ¿no te
parece que ya está todo decidido de antemano? Escogeré el momento más oportuno
para hablar con ella de todo esto…
Maceo, el doble, el sindicalero que creía encarnar al “Titán” en una
versión de picaflor en que no desenvainaba el sable, pero soltaba la lengua, se
levantó sin decir palabra alguna y fue a reunirse con sus amigos que se reían
de algún chiste contado entre camaradas.
Con aquel claustro por celebrarse concluía el Proceso de Profundización de
la Conciencia de las Masas, algo que no era otra cosa que la repetición de
depuraciones ― así les llamaron antes y esta venía siendo la tercera desde 1959
― en todos los centros de educación superior en el país. Actualizada en una
especie de versión corregida y aumentada; había comenzado con los alumnos
enfatizando en los que cursaban años terminales de sus respectivas carreras y
así, evitar que pudieran graduarse; luego, el partido comunista y su versión
juvenil, la Unión de Jóvenes (UJC), tenían asignada la tarea junto a los
niveles administrativos (rectoría, facultades, departamentos) para proceder de
igual manera con el personal docente.
Iba corriendo el mes de marzo y el proceso debía concluir en abril antes de
finalizar el curso, todos los que no eran confiables, combativos, activos
participantes en las tareas de la revolución debían quedar fuera, purgados y
sin opciones; alumnos y profesores, lo de menos era su rendimiento académico o
el profesionalismo con que desempeñaban la labor principal por la que estaban
allí: prepararse y enseñar respectivamente; había que ser buen revolucionario,
participar en las tánganas, proponer iniciativas, inventar tareas
extracurriculares, dejarse ver los domingos rojos en la agricultura aunque
fuera para cantar himnos patrióticos y, de paso, resolver algunas vituallas y
esconderlas del ojo vigilante de capataces y dirigentes ― quienes disponían de
todo lo que estaba a su alcance sin asumir riesgo alguno ― entre ropajes de
faena, siempre con grandes y profundos bolsillos como cartucheras para esconder
miserias. Nada de eso se me daba y desde hacía mucho había desterrado de mi
realidad cotidiana todas aquellas prácticas, para mí, no guardaban relación
alguna con lo que debía ser y hacer, me había convertido en un deplorable ―
depurable ― objeto de un (in)merecido castigo.
Abril llegó con la sorpresiva e inesperada noticia de lo ocurrido en la
embajada del Perú. El último día de marzo un ómnibus con pocos pasajeros y el
chofer, autor e instigador del plan, rompió el portón que daba acceso a la sede
de 5ta. Avenida y la calle 72 en la barriada de Miramar lo que provocó el fuego
cruzado de los guardias que custodiaban el acceso y un disparo alcanzó a uno de
ellos en eso que llaman “fuego amigo” resultando mortal para el que recibió el
impacto.
El régimen, empeñado en hacer creíble una versión falaz de los hechos que
contra toda lógica todavía mantiene, desplegó una campaña a amplios titulares y
páginas completas durante varios días en sus diarios oficiales, a través de la
radio y la televisión; era una mentira condenada al fracaso pretender que uno
(o varios) de los que iban en el ómnibus estaban armados y un disparo hecho
desde el interior había sido la causa de muerte del custodio, un joven recluta
que cumplía su servicio militar obligatorio.
Nadie portaba armas en el autobús y la prueba de parafina hecha a los
tripulantes resultó negativa en todos los casos; el embajador, tras consultas
con su gobierno, recibió la aprobación para conceder asilo a los ocupantes y
eso desató la furia del líder que, airado, ordenó retirar las postas y en
inmediata alocución conminó a todo el que quisiera irse a entrar a la sede
diplomática; sin dudas, no calculó los resultados y en unos días se aglomeraron
en los límites del terreno ocupado por la residencia más de diez mil personas. Es
historia conocida que no hay que volver a contar; solo que allí había ido a
parar un amigo, compañero de trabajo con quien compartía regularmente junto a
otros para comentar confidencialmente nuestras inquietudes en reuniones de
fines de semana, muchas veces, en mi casa.
Supe que él había entrado en la sede de la representación diplomática
peruana junto a su esposa y los dos hijos que tenía con ella que también era
docente en el Instituto; pronto, se convirtieron en objeto de venganza y
escarmiento para dar rienda suelta a un gran repudio, uno de aquellos actos en
que los pogromos fascistas ― eso eran y son ― de los simpatizantes fueron
aupados y organizados por el régimen.
Hubo participación de las llamadas organizaciones de masas, de instancias
ministeriales a todos los niveles, del partido y la juventud comunista y darles
la posibilidad de romperles los huesos a los desafectos fue como dar de comer a
leones, famélicos habitantes de un zoológico de hambreados animales. A pesar de
que el líder había insistido que se trataba de gente desechable porque carecían
de voluntad para hacer la revolución y construir el socialismo “…no los
queremos, no los necesitamos…” ― había dicho ― no debían marcharse impunemente
y de conseguirlo, tendrían que pagar el precio del dolor y los padecimientos,
la humillación y el descrédito como castigo que pusiera su voluntad y su
integridad física en vilo; algunos perdieron la vida en el intento. Enfrentándose
al terror muchos decidieron afrontar las consecuencias y en lo que vino
después, aquella estampida sin precedentes hasta entonces por el puerto de
Mariel, abandonaron la isla más de 125 000 personas.
Aquella tarde tenía los dos últimos turnos de docencia frente a un grupo de
mis alumnos y en el intermedio entre ambos apareció la jefa del partido en el
pasillo (secretaría general, así le decían por el cargo que ocupaba) recordé
que no era la primera vez que me abordaba en tono inquisitivo e increpante; en
una de las ocasiones anteriores lo había hecho para preguntarme por qué nunca
hacía ninguna solicitud de vivienda, efectos electrodomésticos; ¿acaso tienes
todo lo que necesitas, no te hace falta nada?, ¿cómo consigues todo?, no
entiendo, había dicho…
― ¿Ya sabes la cagada que hicieron tú amiguito y su mujer?
― Perdón, no sé de qué me hablas (claro que sabía, todos lo sabían)
― No te hagas el comemierda, posiblemente te enteraste primero que muchos y
vengo a decirte que hoy salimos de aquí directo a su casa para darle a los dos
su merecido, te quiero ver allí en primera fila.
Entré al quinto turno, último de la sesión vespertina, pensando en lo que
podía hacer para evadirme y a mitad del tiempo le dije a mis estudiantes que
debía retirarme antes de finalizar a consecuencia de una necesidad urgente, les
pedí que se quedaran hasta el final de la sesión y les dejé en asignación la
lectura de unas páginas del libro que estábamos analizando. Confiaba en ellos.
El salón de clases estaba en uno de los pisos superiores junto a una
escalera que daba a una salida contigua a la calle, por suerte, podía abandonar
el edificio por allí sin ser advertido ni pasar frente a la oficina principal.
Recogí mis papeles, los coloqué en desorden dentro de mi maletín y bajé
apresuradamente; la tarde empezaba a declinar, la claridad del día comenzaba a
diluirse entre los colores del celaje en los atardeceres y era perceptible un
vientecillo primaveral que me hacía sudar frío; acababa de tomar una decisión
que iba a cambiar mi vida y la de los míos y aún no tenía la certeza de cómo lo
conseguiría.
Caminé muy rápido por aquella calle que de maltrecha carretera de dos vías
se convertía en una de las arterias principales del pueblo hasta el final, pasé
entre gente que miraba en lo que me ignoraban, observaba mi reloj y pensaba:
deben estar saliendo, ya deben haber averiguado que me fui, ellos sabían por
qué y esa fue mi silenciosa respuesta al discurso aquel que me propuso el
sindicalero unos días antes de lo que ahora traía a mucha gente de cabeza; rota
por intentarlo, o pensando cómo hacer lo mismo que yo me proponía: fugarse,
salir de la atípica prisión en que queda convertida una isla en esa combinación
de barrotes intangibles representados entre aire y agua.
Llegué a la terminal de ómnibus que a un lado tenía un andén para el
ferrocarril, en realidad estaba habilitada para ambos medios de transportación,
y el tren estaba allí recogiendo pasajeros; ómnibus no había, pagué un boleto y
me acomodé al interior de un vagón experimentando la sensación de que me
escabullía, algo que iba a ser norma de mi cotidianidad y mis vivencias durante
los días por venir. Esa impresión termina convirtiendo el miedo en un paliativo
porque la soledad, aún entre muchos, te fortalece en el anonimato con relación
a los que te rodean. El tren completaba el viaje en la Estación Central de La
Habana, aún me faltaban dos rutas más; una hasta el paradero de Playa en
Marianao y otra desde allí hasta Santa Fe a unos 84 kilómetros de donde
trabajaba.
Llegué bien entrada la noche y la mayoría de la gente dormía, o trataban de
hacerlo, en medio de un sopor inevitable por la falta de fluido eléctrico; en
las ventanas de algunas casas, la mía incluida, titilaban las llamitas de las
improvisadas lamparillas de keroseno o simples mechones de manufactura casera;
mi mujer estaba en la cocina y al verme entrar solo atinó a decir:
― ¿Dónde has estado, por qué te demoraste? Estaba preocupada y con todo lo
que está pasando nunca se sabe… ven, te caliento la comida o ¿ya comiste?
― No, no quiero comer nada, no tengo apetito.
Estaba nervioso y me costaba hilvanar una explicación para lo que tenía que
decir:
― Ya no voy más, hoy fue mi último día.
Le conté lo que había sucedido y la decisión que había tomado; ponte en
contacto con tu hermano (él estaba en los EE.UU. desde hacía algún tiempo) dile
que nos mande a buscar, que alquile un barco, es ahora o nunca. En el silencio
de la madrugada que suele servir de ambiente apropiado para muchas cosas
empezamos a inventarnos un destino inmediato que seguía siendo incierto.
Experimentar el desvelo en medio de un silencio que magnifica la realidad
del tiempo y lo hace parecer detenido a pesar del amanecer que llega no es algo
deseable; sobre todo si te vienen preguntas a la mente y no hay respuestas
porque se trata de algo inédito en tu experiencia de vida, la realidad termina
por aplastarte. Así me sentía, era alguien en fuga y al que no dejarían de
perseguir los acosadores porque era, entre muchos, un motivo más para su fiesta
demoníaca por medio de la cual se ejercía la venganza para tratar de aminorar
la frustración de confrontar su verdadera realidad evidenciada en hechos
manifiestos e inocultables.
Era fácil entender que quienes instrumentaban el castigo se sentían
amparados a todas las instancias en la creencia de que representaban la
justicia que nunca existió y así, poder justificar el desenfreno. Ahora, muchos
de los que en su momento gritaron paredón se sumaban al histérico clamor de
repetir ¡que se vayan, que se vayan! Era la metamorfosis esencial y existencial
de una sociedad estructurada originalmente sobre el vínculo del odio y el
terror instigados desde el poder y obligada a realizarse en ellos para
mantenerse viva en un acto de mera supervivencia moviéndose al borde de las
miserias morales y materiales.
― Que bien se siente un revolucionario cuando cumple con el deber de poner
en su lugar a los traidores
Anticipando esas palabras entró a su oficina aquella mañana la jefa de
personal del Instituto Superior de Arte en el que mi esposa, testigo de lo
dicho, trabajaba.
― Como dimos cabilla, claro, las teníamos forradas con manguera para que
parecieran estacas…
Hablaba en plural porque el marido, que también se empleaba en el lugar y ocupaba
un cargo importante en el sindicato la había acompañado. Nada menos que
Guadalupe era el nombre del individuo.
― Esta noche nos toca otro sector del barrio y ya están ubicados los
gusanos, hay que organizarse bien para que no escapen.
Hasta mis oídos llegaron las versiones de la tángana que como parte del
“repudio” le dieron a mi amigo, quien al entrar de los primeros por residir muy
cerca de la embajada, le fue tan fácil, que salió para ir por algún alimento a
su casa y al regreso se encontró con el área rodeada y el despliegue de un gran
dispositivo de las tropas especiales del MININT que le impidieron la entrada
nuevamente. El error le costó dos años sin poder salir hasta que consiguió
hacerlo a Venezuela junto a su familia.
Supe que le embadurnaron la fachada de la casa con letreros y consignas,
que tanto a él como a su esposa les gritaron obscenidades, también a los hijos
menores de ambos y hasta a los suegros, que le cortaron los cables del fluido
eléctrico dejándolos a oscuras; la acción entrañaba provocación y el objetivo
era lograr contacto físico con las personas objeto del repudio y propinarles
golpizas además de realizar múltiples actos de vejación con ensañamiento y
premeditación que se inventaban. Quedaron testimonios gráficos de aquellos
días, también la secuela mortal de algunos casos conocidos por su trascendencia
y otros que lograron ocultar y pudieron confirmarse con posterioridad mediante
el testimonio de familiares, amigos y testigos presenciales relacionados con
víctimas y hechos.
Pensé que lo más adecuado en medio de la difícil situación era permanecer
en mi casa, salía temprano, al amanecer, la idea era mantenerme en
desplazamiento para no estar localizable, me movía entre amigos que conocían mi
situación y nunca tuvieron a menos soportar mi histeria provocada por los
temores que me producía el miedo a ser descubierto; a la vez, trataba de
mantenerme cerca, sin salir de la playa porque estaba seguro de que irían a
buscarme y allí estaban mi hijo pequeño a punto de cumplir los seis, y mi mujer
que, al obtener la certeza de que mi cuñado había enviado una embarcación al
puerto de Mariel, dejó de acudir a su oficina alegando enfermedad, al paso de
los días ella también se hizo reo de persecución aunque solo se limitaron a
indagar.
Una de aquellas interminables madrugadas en que elucubrábamos planes optamos
por cerrar la casa a cal y canto, soportar el calor para evitar el riesgo de
ser golpeados era lo de menos. Por suerte, tenía unas tablillas para ponerlas
detrás de las persianas e impedir que pudieran ser abiertas desde el exterior
si se cerraban por dentro los postigos; decidimos que yo me iría por unos días
a casa de una tía de mi esposa que vivía cerca del Capitolio y cuando ellos
aparecieran preguntando por mí, mi mujer les diría que yo estaba en Santa Clara
tratando de conseguir un traslado para trabajar en esa ciudad a la que
pensábamos mudarnos porque allí residían mis suegros ancianos y enfermos ― sus
padres. En fin, fútiles pretextos, todo lo que pretendíamos era ganar tiempo
hasta ver que iba a pasar.
BAJO EL ASEDIO Y EL CHANTAJE
Un par de tipejos de muy aborrecible memoria para mí y que fungían como
vicerrectores, o algo así, se aparecieron una mañana en casa; en actitud
amenazante increparon a mi esposa y le dejaron saber que no creían en su
versión, que se pusiera en contacto conmigo porque tarde o temprano iban a
encontrarme y de no hacerlo acudirían a las autoridades policiales porque yo
tenía documentos oficiales en mi poder que debía entregarles. Nada de eso era
importante ni causa merecida para aquella amenaza porque solo se trataba de
algunas evaluaciones y calificaciones de mis grupos de alumnos, algo que podía
hacerles llegar, como en efecto hice, con facilidad. Para ellos, era una
argucia con el fin de obligarme a aparecer y ponerse en contacto personal
conmigo a fin de consumar sus planes de agresión.
Inventaron de todo: la necesidad de que debía presentarme en rectoría y
solicitar un documento de baja de mi puesto de trabajo, eso le hicieron a un
amigo que cayó en la trampa y el día que fue le propinaron una golpiza en medio
de un mitin que trascendió porque lo condujeron por varias cuadras a golpes y
patadas mientras lo injuriaban, le rompieron la ropa y hasta con la tapa de un
latón le remacharon la testa. De hecho, lo salvó la policía que se lo arrebató
a la turba conminándola a no alterar el orden porque al infeliz ya le habían
roto la nariz y sangraba, además, la escena ocurría al mediodía, muy cerca de
un importante centro hospitalario y de dos paradas de ómnibus que a esa hora
estaban repletas de personas.
Para venir a colmar mis circunstancias que no eran favorables, a saber,
porque era graduado de dos carreras universitarias y la salida de profesionales
estaba prohibida, el fin de semana en que regresé a la casa para estar con mi
familia y directamente al tanto de lo que había sucedido, se apareció un tipo
al que hacía cuatro años le había vendido un auto, el Opel modelo Kapitan que
heredé de mi padre cuando falleció en el 74, por la cantidad de 4000 pesos. Él nunca
se ocupó de hacer el traspaso requerido a su nombre; aparecía registrado en el
mío y oficialmente seguía siendo de mi propiedad, por esos días la dirección
general de tránsito que se ocupaba de esos menesteres, publicó un anuncio
congelando el traspaso de cualquier vehículo automotor hasta nuevo aviso. En
consecuencia, debía entregarlo para poder salir del país.
Alguien le hizo saber al personaje que yo estaba en espera para irme y la
razón de su presencia era llevar a cabo su plan de chantaje. El tipo hizo
ademán de sacar un sobre oficial del bolsillo de su camisa, tenía un membrete
de la empresa de la que él era el administrador general, el combinado de
asbesto – cemento, del kilómetro 3.5 en Avenida de Rancho Boyeros, fábrica anteriormente
conocida como La Perdurit, y dijo:
― ¿Sabes qué es esto? ― sostenía el sobre como carta de triunfo entre dos
de sus dedos de la mano derecha. Una denuncia para impedir tú salida, está
dirigida a mi amigo ― así dijo con énfasis ― el teniente coronel (pronunció el
nombre) jefe de la dirección general de emigración y extranjería del MININT
para que se encargue de hacer válido un impedimento a ti y a tú familia a los
efectos de poder salir del país por cualquier vía.
Seguidamente me permitió leer la carta mecanografiada, muy breve, pero
suficientemente comprometedora en mi situación.
― ¿Qué puedo hacer para evitarlo?,
― Te doy 72 horas para que me entregues 7000 pesos y te devuelvo el carro y
los papeles.
El chantajista venía acompañado de un moreno grandulón con cara de pocos
amigos y en una actitud impositiva y desafiante, al menos, así parecía; el tipo
no dijo una palabra en lo que el otro habló. Se me ocurrió que desempeñaba el
papel de un guarda espalda para enfatizar con su presencia y ante mí, que
estaba dispuesto a cualquier cosa.
― Hay algo que me preocupa, ¿quién me garantiza que no te pierdas?
― Nadie, le respondí señalando hacia un sofá que había en la sala, si
quieres puedes quedarte a dormir ahí o sentarte en los peldaños de la entrada,
es todo lo que puedo ofrecerte además de mi palabra…estoy estableciendo un
compromiso, ¿no?
Extendió la mano en la que sostenía un pedazo de papel arrugado con su
nombre (como si no le conociera) con un número de teléfono y se marchó. Tal
complicación que venía a significar una más en añadido a las que tenía y que
implicaba la consecución de un dinero del que no disponía me tuvo al borde de
la rendición, pero aparecieron personas que, al tanto de las circunstancias,
estuvieron dispuestos a ofrecerme su ayuda.
A mí me quedaban unos 700 pesos en una cuenta de ahorros y un pariente de
oficio carnicero ― gente ocupada en eso siempre buscaba dinero en la bolsa
negra especulando ― se ofreció a prestarme 4000, el resto hasta los 7000 se
completó entre familiares de mi esposa, todos apostaron a mi partida y, en
cualquier caso, a que yo les reembolsara el dinero una vez que llegara a mi
destino, del mismo modo si no lo conseguía. Sí, hubo interés en tomar ventajas
de mi situación porque en aquel momento se pagaban 4 pesos cubanos por cada
dólar en el mercado paralelo de la divisa norteamericana, pero todos exigieron
que el negocio fuera a razón de un dólar por cada peso adelantado, era lo de
menos y acepté, al fin, era yo quien estaba contra la pared.
Ese mismo día en la noche recogí los 4000 del carnicero, la colecta familiar
estuvo a mi disposición al mismo tiempo en que nos citamos el chantajista y yo
en Luyanó en la casa de unos tíos de mi mujer: conduciendo el carro y a la hora
prevista, aún faltaban horas para el vencimiento del plazo, apareció Félix, que
así se llamaba el individuo acompañado de su inseparable amigo, entramos él y
yo solos en una habitación y contamos el dinero, estaba completo, me devolvió
las llaves y los documentos y seguidamente dijo:
― Nunca pensé que en tres días ibas a poder conseguir esa cantidad, sabía
que no la tenías, lo había averiguado (no sé cómo lo hizo, pero estaba en lo
cierto) mi interés era quedarme con el carro, el dinero era solo un pretexto y
de saber que lo ibas a lograr te hubiera pedido 10 000…
― ¿Crees que me puedas dar un impulso hasta mi casa? Es tarde y ya nos
agarró la confronta.
El tipo vivía en Santiago de Las
Vegas, cerca del aeropuerto de Boyeros.
― ¡Ah, no!, lo siento, estoy cansado, he soportado mucha presión en estos
días y me espera un viaje largo de regreso a mi casa.
El misterioso tipo que acompañaba a Félix el chantajista se las arregló
para quedar rezagado de su jefe que caminaba con el paquete de dinero en mano
por la acera hasta la Calzada de Luyanó distante unas dos cuadras ― en billetes
de a 20 hacía un pequeño bulto empaquetado dentro de un cartucho ― entonces, y
dirigiéndose a mí, me dejó escuchar su voz por primera vez en atenuada
tesitura, casi como un susurro:
― Lamento mucho haberle conocido en una circunstancia tan difícil y
desagradable para usted y su familia, pero ha demostrado ser un hombre de
palabra y eso es lo que importa.
No olvido la expresión en la cara de aquel sujeto mientras extendía su mano,
no sin cierto temor a ser rechazado, como para dejarme saber que a pesar de
estar compelido por, quién sabe qué circunstancias, existen personas obligadas
a mascullar su honor entre el silencio. Le di las gracias reciprocando su
actitud y luego lo observé moverse rápido para ir a juntarse con su jefe.
El carro que tenía después de vender el Opel estaba en reparación, la
carrocería sobre cuatro tanques vacíos de 55 galones en el portal a un costado
de la casa, motor y trasmisión, todo, junto a las cuatro llantas con los neumáticos
inflados situadas detrás de la puerta de la cocina al fondo, lugar del inmueble
que no era visible desde la calle, tampoco desde otras residencias porque allí
estaba La Laguna de Santa Fe, era el sitio más vulnerable y estaba seguro que
de llegar la turba insistirían por allí. En lo adelante iba a poder moverme con
cierta independencia, el Opel de mi viejo había regresado al mismo lugar donde
estuvo tantas veces, ahora, como recurso de rescate y medio de evasión.
LA CASUALIDAD Y LA PERSECUCIÓN
Se dice que no hay mal que por bien no venga; también, que todo lo sucedido
conviene y bajo ciertas circunstancias ambas proposiciones pueden ser válidas.
Unos dos meses antes de todo lo que ahora ocurría, un frío día de enero,
participaba en una fiesta en la que llevaba puesta una chaqueta que, por alguna
razón, posiblemente algunos tragos de más, me quité; mi carnet de identidad
(algo así como una célula personal según se le conoce en otros lugares) estaba
en el bolsillo interior y debió caer al suelo; luego al percatarme, lo di por
perdido y un amigo me sugirió ir a la delegación municipal de la policía,
preguntar y ver si alguien, al encontrarlo, lo había dejado allí.
Así lo hice y mientras le explicaba al oficial de carpeta la razón de mi
presencia y él me observaba en lo que me escuchaba, dijo:
― Sí, creo que he visto su carnet, debe estar en una de estas gavetas, es
usted, es su fotografía.
El individuo comenzó a buscar uno a uno en los cajones, pero no lo
encontró; espere, le preguntaré al jefe a lo mejor está en su oficina. En pocos
minutos regresó acompañado de un oficial con grado de mayor que fungía como encargado
al mando de la unidad policial, recuerdo que el hombre era tuerto y tenía un
ojo de vidrio azul que no se correspondía con el que le quedaba; me miró ladeando
el rostro y comentó:
― Sí, sí…he visto ese carnet, pero lo hemos buscado y no aparece, venga en
un par de días y si lo encontramos aquí estará seguro.
Regresé según el plazo recomendado y no lo habían encontrado; el mismo
policía estaba al frente de la carpeta e insistió de nuevo en que había visto
el carnet, que no podía suponer que había sucedido, que lo sentía.
Me vi forzado a solicitar un duplicado en la oficina regional que se
ocupaba del registro del carnet de identidad y en unos días lo recogí; aquel
trámite producto de mi negligencia involuntaria iba a significar el argumento
decisivo para lograr mi salida. Todos los datos figuraban en mi nuevo carnet
menos los laborales que debían ser completados por la oficina de personal de mi
centro de trabajo; nunca me ocupé a pesar de las reiteradas advertencias de mi
esposa y llegado el momento en que se hacía necesario me fue posible falsear
los datos; en casa tenía el cuño de una unidad pedagógica en la que había
trabajado, tinta negra o de imprenta (le llaman “tinta china”) única con la que
estaba permitido escribir en el carnet y eso me facilitó la posibilidad de atribuirme
un empleo común, no profesional, y obviar el asunto de mis títulos que, de
seguro, hubiera sido invalidante para lograr salir. En mí caso terminaron siendo
válidas las dos propuestas: conviene lo que sucede y no hay mal que por bien no
venga.
Cada día observaba el recrudecimiento de la represión, en el paroxismo
organizaron una marcha que llamaron del pueblo combatiente frente a la embajada
del Perú que fue como otorgar carta blanca a las turbas para actuar en
desenfreno. Algunos de mis vecinos que me tenían afecto y comprendían lo que
podía sucederme, no solo a mí, también a mi familia, me advirtieron que debía
tener mucho cuidado porque habían observado extraños movimientos en el
vecindario.
Mi casa estaba situada sobre una fina lengüeta de tierra, como la punta de
un lápiz, y rodeada por agua; la playa al frente y la erróneamente llamada “Laguna”
al fondo que tenía salida al mar y se comunicaban entre sí por intermedio de un
estrecho canalizo; de hecho, a todas las viviendas solo podía accederse
mediante el uso de la misma calle cuyo límite era la entrada de agua al final.
A los represores, tal circunstancia les dificultaba poder camuflarse, aunque lo
intentaron.
Supe que habían establecido contacto con un delator ― chivato ―que era jefe
del comité de zona de vigilancia de los CDR (Comités de Defensa de la
Revolución) y vivía en una de las primeras casas muy cerca de la entrada y,
además, con otro individuo que era de
esos a los que vox populi suele caracterizar como “comecandelas”; el
tipo trabajaba, nada menos, que como empleado de mantenimiento en el edificio
del Comité Central del Partido Comunista nacional situado en el núcleo de
edificaciones gubernamentales en la antigua Plaza Cívica, luego rebautizada
como de La Revolución y blasonaba en el vecindario de su militancia partidista.
Todos los patios se comunicaban y si alguna vez estuvieron separados por
sus límites fijados por los propietarios, ahora el hecho carecía de importancia
porque hasta los patios de las casas habían dejado de ser particulares; con la
autorización de Andrés, el viejo del partido, complementada con la información
de Pedro Pablo, el chivato, entraban de uno en otro como parte de un pequeño
grupo, unos ocho ― era el cupo del transporte que utilizaban ― garrotes en mano
pensando que podían sorprenderme escondido entre matas de mangle y otros
incultos arbustos que crecían como parte de la vegetación del lugar.
Supe que nada era consecuencia de mi atribulada imaginación porque los
vecinos me describieron el microbús de la marca Ebro azul y blanco
perteneciente a la filial pedagógica que fue mi último lugar de empleo y fueron
capaces de reseñarme algunos de los personajes que husmeaban tras los arbustos
de los patios tratando de encontrarme y pensando que me escondía de ellos al
ser avisado de su presencia tras descender del microbús que dejaban apartado
entre unos pinos a la entrada y avanzar de patio en patio para evitar ser
vistos.
Perdían su tiempo porque ni cerca estaba. Una vez más llegaron,
mostrándose, formando parte de un pequeño grupo que cansado de golpear la
puerta de mi casa sin obtener respuesta se dirigió a la de mi vecina más
cercana y en lo que el que parecía al frente se identificó mediante su nombre y
su jerarquía institucional. Se trataba del mismísimo rector del Instituto quien
gustaba de participar en esas cacerías y, no en balde, había sido uno de los
pioneros en eso de militar activamente en aquellos pogromos eufemísticamente
llamados mítines. Hay constancia de ello mediante un hecho acaecido con
bastante tiempo de anterioridad a todo lo sucedido y relacionado a los hechos
de la Embajada y El Mariel y oportunamente registrados en la denuncia
acusatoria que aparece a su nombre en la entidad Cuba Represor ID y que se
mantiene para su conocimiento junto a varios testimonios de personas
directamente afectadas por el susodicho a pesar de haber fallecido.
Se encargó de dejar dicho que, ante la imposibilidad de encontrarme [ellos] querían que supiera que mi caso estaba en manos de las
autoridades y que el jefe de sector de la policía había recibido la denuncia de
que me encontraba en violación de normas que me hacían responsable de mantener
información oficial en mi poder; era evidente que coaccionarme formaba parte de
sus planes porque a esas alturas les había hecho llegar todos los documentos
relacionados con mi trabajo docente. Lo que pretendían era reprimirme personal
y físicamente, pero no se les dio.
En esos días en los que arreciaba la persecución estaba refugiado en casa
de una tía de mi esposa, conversábamos acerca de mi situación cuando escuchamos
gritos y un escándalo que fue adquiriendo fuerza en lo que parecía un
acercamiento a nuestro propio lugar, en el trasfondo, el sonido amplificado por
megáfonos de voces que solo así podían descifrarse como parte de un discurso.
Repetían consignas y proferían improperios. Los que a esa hora del mediodía
estaban en los apartamentos del edificio corrían al fondo del pasillo, a la
esclera que conducía a la azotea desde donde todo podía observarse con
facilidad.
El mitin (acto) de repudio era dedicado a una pareja residente en un
edificio contiguo, un matrimonio y su hija de unos cinco años, que esperaban
ser avisados de su salida por Mariel. Los prosélitos habían arribado en dos
camiones de uso oficial pertenecientes al centro laboral del hombre victimizado
y objetivo principal de sus propósitos, uno de carrocería cerrada en su
compartimiento de carga que situaron debajo del balcón de la vivienda y sobre
el que instalaron una escalera de extensión que les permitió acceder a la misma.
En minutos la avanzadilla se agrupó en el balcón y empezaron a presionar sobre
las viejas y débiles hojas de los portones que cedieron al empuje. A los tres
los sacaron haciéndoles descender a golpes escalera abajo y a la calle, donde
comenzaron a lanzarle huevos que hacían blanco con facilidad dada la cercanía,
porque lo más curioso era que el hecho ocurría en una intersección muy céntrica
de la ciudad: Águila y Corrales, donde las calles son muy estrechas y entre las
edificaciones prevalece un notable abigarramiento ocupacional del espacio
existente.
Por Águila transitaban ómnibus de varias rutas y el tráfico quedó
interrumpido por la concentración de personas, unos los de la turba
protagonista del mitin y, la mayoría curiosos que, incrédulos, observaban desde
las aceras, como nosotros, desde balcones y azoteas de las
edificaciones aledañas. Para suerte de aquellos infelices aparecieron dos
vehículos policiales cuyo evidente propósito era restablecer el flujo vehicular
más que dispersar la multitud o proteger a los agredidos, también un “sidecar”
Ural tripulado por un oficial del MININT prototipo del que ya las personas
identificaban como el clásico emisario de la comunicación para presentarse en
el lugar correspondiente y ser procesados antes de la salida definitiva, el
círculo social del MINFAR Gerardo Abreu
Fontán en la Playa de Marianao (más tarde se establecieron otros lugares de
procesamiento, en provincias, dada la cantidad creciente de personas
que se presentaban), el tipo del Ural se ubicó al frente de una de las
patrullas en la que iban los proscritos y rápidamente se fueron alejando hasta
desaparecer.
― ¿No te da miedo todo eso? Preguntó
Ada, la tía de mi esposa y en cuyo apartamento me refugiaba en esos días.
― Claro, por supuesto, pero estoy en esto y hasta ahora he podido
evadirlos…seguiré intentándolo
― Pero, ¿y si te agarran?
No dije nada porque la respuesta era evidente para ambos, acababa de ver
con mis propios ojos lo que podía sucederme ― a mi mujer y a mi hijo también ―
y sentí una sensación de vacío interior que me recorrió de pies a cabeza, debió
ser eso que algunos definen como miedo porque en mi caso tenían argumentos para
destruirme además de cualquier daño físico que me hubieran podido ocasionar y del que eventualmente hubiera podido recupararme, no así en lo relacionado con mi difícil e
inevitable destino a futuro a cualquier plazo.
Resignado a enfrentarme a lo que fuera regresé a mi casa y allí me encerré
junto a los míos; a mi hijo era difícil mantenerlo con nosotros, no entendía ―
no podía ― y quería jugar con los amiguitos, bañarse en la playa como de
costumbre y ser, y hacer, lo que quiere hacer y ser un niño que no sabe de
odio, ese enfermizo y maligno sentimiento que alienta las bajas pasiones entre humanos. Tu
casa es casi un bunker, me había comentado un vecino y amigo muy apreciado,
debe resistir cualquier embate, consíguete una lata de galletas y no salgas,
espera que todo pase y ojalá que logres tú propósito; años después recordamos
aquella conversación en la bodega de Alonso donde solían coincidir los del
barrio para adquirir la magra cuota suministrada mediante el racionamiento de
los alimentos que eran asignados para su compra; ambos, ya entonces, estábamos
de este lado y reímos, no lo olvido porque lo de comparar mi casa con “un
bunker” me pareció original, pensado por él en términos de asedio en
condiciones de una guerra. Después de haber
tomado la decisión que debía concluir en la espera de ser citado para salir,
mis perseguidores lo intentarían una vez más. Sabían que había regresado y
orquestaron una nueva estrategia.
El individuo que era uno de los enlaces con que contaban para mantenerse al
tanto de mis pasos, el chivato Pedro Pablo, se personó en mi casa y le dijo a
mi esposa que no podía entregar el carro que estaba afuera desarmado y en
reparación, se inventaron la trampa de que debía armarlo para que estuviera
listo a la hora de llevárselo; era otra burda mentira, otro pretexto que
perseguía el fin de que me hiciera visible y empeñado en algo que, según
pensaban, me tomaría tiempo, oportunamente los de mi trabajo serían avisados y
vendrían dispuestos a dar la tangana y consumar sus propósitos con relación a
mi persona.
Me sentí preocupado al enterarme, nada podía hacer ― o averiguar al
respecto ― porque en mi posición todo obraba en contra mía y dudé una vez más;
lo único que se me ocurrió fue ir por la ayuda de mi amigo Osvaldo Escalante
que siempre me ayudaba en los ajetreos relacionados con los carros y contarle
lo que estaba sucediendo; es fácil, dijo con su habitual parsimonia, si tienes
una extensión larga y una lámpara es todo lo que vamos a necesitar, a la hora necesaria
nunca falta la luz, la gente duerme…
Estaré aquí sobre la 1:00 de la madrugada, bajamos la carrocería de los
tanques, le presentamos las ruedas como si estuvieran puestas y listo,
increíblemente, antes de las 3:00 a.m. habíamos terminado; al día siguiente
cuando apareció de nuevo Pedro Pablo, lo primero que trató de averiguar fue
cómo, cuándo y por qué la visión del carro en el portal brindaba una apariencia
de normalidad, al fin, no tuvo la osadía de acercarse a chequear porque, de
haberlo hecho, con solo un empujón todo aquello se hubiera venido abajo.
Mi casa tenía una ubicación muy favorable porque no estaba al frente ni al
costado de la única calle de acceso como la mayoría del vecindario y eso fue lo
importante para lograr el cometido, nadie pudo ver ni escuchar nada porque todo
fue hecho con el mayor sigilo, lo más significativo fue la ayuda de mi amigo
Osvaldo que ante cualquier circunstancia me demostró su amistad incondicional.
Aún lo haría una vez más antes de despedirnos.
EL MITIN ― ACTO DE REPUDIO
Creo recordar que era un sábado y estaban de visita en casa un hijo
putativo de mi suegro y su esposa, nos encontrábamos sentados y comentando
sobre nuestra situación y la que el país atravesaba en un costado del portal
que, con la sola excepción de uno de ellos, rodeaba los otros tres lados; de
pronto, entró con prisa Manolito el hijo mayor de mi vecina al frente
― ¡Corran, corran! escóndanse que vienen por ahí…
Entramos por la puerta del fondo, la que había reforzado a fin de aguantar
cualquier embate; Luis, el entenado de mi suegro le pidió a mi esposa que
buscara el cuchillo más grande que tuviera en la cocina y lo puso sobre la
estufa.
― Al primero que entre por esa puerta me lo llevo en claro dijo…
Nunca he sido partidario de la violencia y comprendí que aquello podía
terminar muy mal, por aquellos días habían sucedido hechos que por su
trascendencia fueron conocidos y evidenciaron a lo único que puede conducir,
pensando en todo eso y ante la posibilidad de lo que podía acontecer, pedí
calma cuando ya los gritos de la turba se dejaban escuchar. Se habían puesto de
acuerdo en lo que harían y montaron un espectáculo de esos que caracterizan la
estupidez de quienes participan, nunca ha sido diferente, siempre inmersos en
el fango, manos y pies enlodados con él y la cabeza llena de mierda no es
posible hacer nada original; generalmente las mentes fanatizadas solo producen
“iniciativas” para cubrir con brocha gorda las ideas. Alguien cuya voz no logré
identificar me representaba dando una clase mientras los supuestos alumnos que
le hacían el coro me abucheaban poniéndome en ridículo según el bodrio de guion
que traían preparado.
El escándalo no cesaba, gritaban desaforadamente y me llamó la atención el
hecho de que empezaron a corear el estribillo de una canción, creo que de
Palito Ortega, que estaba de moda entonces: “todos queremos más/todos queremos
más/todos queremos más, más y más y mucho más…” luego entendí que probablemente
lo hicieran porque tenía casa, carro y nada que agradecerles a ellos, eximios
representantes de la revolución, atenidos a vivir a cuenta de su participación
e integración al proceso donde querer no siempre es poder y la envidia horada la
conciencia, la enferma y la convierte en malhadado escudo de las frustraciones.
Sentí una mezcla de pena y vergüenza cuando, profiriendo improperios
distinguí voces que merecieron mi respeto alguna vez, que habían sido mis
profesoras y luego mis compañeras (todas de mujeres); a tales niveles de
inmoralidad es posible descender cuando las circunstancias obligan a las
personas al fusilamiento de la integridad de otros por el solo hecho de pensar
diferente, querer manifestar sus opiniones y proceder en consecuencia.
Actuaban con furia, más que consignas, gritaban impúdicas ofensas a mí y a
mi familia, me acusaban de querer llevar a mi hijo “al paraíso de las drogas”,
así decían refiriéndose a Estados Unidos porque para esa gente de pocas luces
en materia de una visión lógica, neutral y comedida del mundo y sus múltiples
destinos, cualquier territorio fuera del
que habitan, donde están sus madrigueras, es sumirse en una especie de
pecado y eterna condena; siempre han pensado en esos términos absolutos y
confusos caracterizados por una soberbia argumental injustificada, ignorancia
de una realidad que critican sin conocer e instigada como parte de la
propaganda que refrenda su contenido ideológico en que con oportunas, contadas
y muy raras excepciones suele suceder, aunque en tales casos, constituye un
penoso y abyecto testimonio de hipocresía.
Daban golpes con objetos contundentes en la puerta del frente, en las
ventanas, arrancaban persianas para poder mirar al interior y les enfureció el
hecho de no conseguirlo porque se tropezaron con las tablillas interpuestas
entre ellas y los postigos; no faltaron voces conminándome a salir y mostrarme
ante ellos: cobarde, repetían, a que no te atreves a dar la cara; por supuesto,
ellos eran casi un centenar, yo, uno solo.
Como había previsto, la principal andanada se produjo por la puerta del
fondo que cimbraba y parecía que iba a ceder, pero resistió, las dos puertas de
acceso al interior de mi casa eran sólidas, ambas con doble cerradura. Tras
cuarenta y cinco minutos de asedio el escándalo empezó a disminuir hasta que se
produjo un silencio que daba a entender que todo había pasado; Sara mi mujer,
los abuelos, todos, estábamos desesperados por salir porque mi hijo se había
quedado fuera de la casa y desconocíamos que había podido haber pasado con él;
lo había visto todo desde una casa cercana donde jugaba con unos amiguitos,
cuando llegaron dos ómnibus ― Girón V ― frente a la suya, en los que venían
personas hasta de pie, por suerte, la madre de los niños entendió el peligro,
no lo dejó salir y se hizo cargo de él hasta que todo pasó, significativamente,
el nombre de la mujer era Milagros…
Sentimos toques en la puerta de entrada y escuché a Manolito que se
identificaba
― Pepe, soy yo, Manolito, ya se fueron todos, puedes salir y estar
tranquilo, los seguí en mi bicicleta y agarraron el camino a la Playa (de
Marianao)
El espectáculo era deprimente; habían pintado las paredes con letreros a
brochazos y tinta de imprenta: gusanos, apátridas, traidor, y por supuesto la
fatídica grafía con que el dictador concluía sus discursos: patria o muerte; en
una tendedera al fondo había colgada una pequeña playera de mi hijo con una
imagen de Superman sobre la que alguien escribió “maricón”, persianas rotas y
el exterior de las puertas muy dañado, sobre la del fondo que golpearon con un
cubo grande que mi esposa utilizaba para hervir ropa y del que echaron mano;
quedó escachado, reducido en tamaño e inservible, los bordes marcados sobre la
madera como huellas de la aberración y la impotencia de una furia que de
haberme alcanzado pudo haber tenido consecuencias fatales.
En lo que constatábamos los daños y su magnitud algunos comentaban lo que
habían presenciado y otros se nos acercaron para apurarse en decirnos que se
habían limitado a observar con interés, preguntaban cómo nos encontrábamos
advirtiéndonos que de la cuadra se habían sumado al mitin solo tres residentes:
Víctor, el del partido, su mujer Ana que luego apareció varias veces de visita
en Miami y su nuera una oficial del ministerio del interior, el chivato Pedro
Pablo y su mujer Juana que había sido compañera mía de estudios en los sesenta,
además de una vieja envidiosa que siempre nos miró a Sara y a mí con ojeriza y
a la que apodaban la canosa, creo recordar que su nombre era Emelia.
Aun tratando de superar el estrés causado por lo acontecido escuchamos a la
esposa del ahijado de mi suegro que repetía: ¡mi cartera, mi cartera!, ¿dónde
está, alguien la ha visto? Nos dimos
cuenta que en el apuro para entrar a la casa se le quedó fuera y los miserables
se la robaron, aquella mujer, desconsolada, nos miró y llorando selló el efecto
de la pérdida; lo de menos son los veinte pesos que había en el monedero, el
problema son los documentos personales que ahora tendré que recuperar.
A la mañana siguiente apareció de nuevo Pedro Pablo que parado en el patio
de mi vecina conversaba con el esposo de ella, allí se encontraba el Opel y al
parecer recordó que años atrás había visto ese carro en mi casa sospechando que
yo podía estar utilizándolo, así era y yo en previsión lo dejaba allí para que
no le fueran a hacer daño, fue la manera en que se salvó de los destrozos,
cualquiera que le hubieran causado iba a ser un problema más a la hora de
entregarlo porque me hubieran acusado de tratar de destruir una propiedad que
pasaría a manos del estado.
Al verlo merodeando como aura hambrienta sobre carroña, y sin poder contenerse,
mi mujer lo abordó y le dijo:
― Mire, mire bien lo que hicieron, son ustedes los que se van a quedar con
todo esto, ¿con qué van a reparar lo que rompieron, esa casa va a ser para
algún revolucionario, uno de ustedes que tendrá que gastar dinero y tiempo en
arreglarla, ¿qué me dice, está bien eso?
No articuló respuesta y solo atinó a decir con ese sentido hueco de
autoridad que los caracteriza: eso no es asunto suyo.
Luego escuché más detalles sobre el grupo que vino en los ómnibus, pero lo
que verdaderamente me impactó hasta sumirme en un silencio que me hizo sentir
culpable fueron las preguntas de mi hijo, un niño que aún estaba por cumplir
los seis.
― ¿Papá, quienes eran esa gente?, ¿por qué le gritaban todas esas cosas a
ti y a mi mamá?, ¿por qué ensuciaron las paredes?
Era imposible poder explicarle a un niño conceptos tan deleznables como
vesania, odio, venganza: Han pasado años, entonces yo tenía 32 y ahora 75, el
casi 6 y ahora 49 y dos hijos de 13 y 7, mis nietos, no recuerda muchas cosas
de su infancia en Cuba, pero no olvida lo que vio aquella tarde, así son de
terribles los imperecederos efectos de una experiencia traumática.
Intuía que de un momento a otro vendría uno de aquellos emisarios en un
“sidecar” Ural, todavía me sentía inseguro, creo que los de mi trabajo me
dejaron correr porque pensaron que a última hora y con mi documentación iba a
encontrar un obstáculo insalvable para conseguir mi propósito, desconocían todo
el asunto de mi carnet de identidad, los datos que yo mismo escribí…en fin, aspectos
determinantes en todo aquel embrollo.
El martes de la semana que recién había comenzado apareció por fin tarde en
la noche, el guardia con la citación; chequeó los documentos de identidad de
cada uno de nosotros y advirtió que después de su partida teníamos 12 horas
para presentarnos en el centro de procesamiento del Gerardo Abreu Fontán en la
Playa de Marianao. Había trasladado el Opel al frente de mi casa y lo único que
el tipo requirió fueron las llaves y los papeles de los dos vehículos, el otro
era un Mercedes 180 -D (diesel) de 1958; llamé su atención sobre la libreta de
abastecimiento y no mostró interés, su respuesta fue que debíamos dejarla en el
CDR antes de abandonar la vivienda definitivamente. Pensé en explicarle que mis
suegros habían dejado su casa en Santa Clara, pero no lo hice, luego supimos
que esa vivienda corrió la misma suerte al permanecer vacía y nunca regresar
sus ocupantes.
Me fui en busca de Escalante y cuando regresé en su compañía me encontré
con gente del barrio, la presidenta del CDR incluida, que cargaban con adornos,
sillas, ropa, zapatos y todo lo que no fuera de gran tamaño. Me pareció
sintomático que de un armario que tenía en el primer cuarto de la casa lleno de
libros a pared completa y otro que había en un mueble que hacía las veces de
separador entre la sala y el comedor, no tocaron uno solo, no era lo de ellos,
la rapiña de ocasión en los humanos suele prescindir de cualquier motivación
relacionada con el intelecto.
Tiempo después alguien me contó que, al paso de los días, los libros
desencuadernados y sobre el piso, dentro y fuera, se deshojaban en lo que el
viento daba cuenta de sus páginas impresas, sus carátulas, papeles al vuelo y
cartulinas para que algún chamaco las convirtiera en chiringas y se hiciera de
un hilito para poder empinarlas. Fueron al aire los clásicos, textos de
historia, la colección de condensados del Digest regalo de mi padre, la
geografía física y la de Cuba de Leví Marrero más un centenar de “paperbacks”
en gaceta de las socorridas Ediciones Huracán, los números de Pensamiento
Crítico editados por el Departamento de Filosofía de UH y hasta las ediciones
juveniles de Sopena y Arcoíris con biografías de personajes históricos que me
acompañaban desde mi más temprana adolescencia. Traté de imaginar quién se
tropezaría con un folletín que ocultaba entre otro libro y cuyo título era:
Batista, padre del Comunismo y ponía en evidencia a personajes del régimen que
no vacilaron en atizar la hoguera donde fueron incinerados algunos ex colegas
del antiguo PSP durante la micro fracción en el 68 y, luego, ocuparon importantes cargos en la
nomenclatura castrista a pesar de confraternizar con el dictador derrocado en
las oficinas de Hoy, el periódico de los comunistas.
Todo, todo se fue al aire y eventualmente al agua, salada y cerca en
abundancia, de la playa o la laguna, cualquier otro destino aún más aborrecible
pudo ser posible ante la antológica escases de papel sanitario…y yo, que había
almacenado con amor y celo ponencias, conferencias, fichas y materiales sobre
temas que me interesaban.
Avísame en cuanto vengan a buscarlos, dijo Escalante la última vez que lo
vi hace 43 años. Creo que fuimos los únicos que llegamos al Fontán en el carro
de un viceministro porque Osvaldo era chofer de Plácido Somoano, militante
pesepesista que a la sazón era viceministro de la industria de materiales de
construcción; al parecer el viejo Somoano tenía predilección por los clásicos y
el vehículo era un Mercedes, cómodo y bien cuidado, un sedán azul modelo 240 SL
del 59 que Escalante manejaba todos los días a su casa con el único
requerimiento de recoger a su jefe cada mañana en la suya y a tiempo de llegar
al ministerio. Como era de matrícula estatal gasolina no le faltaba, ni
mantenimientos, ni repuestos; así de importante debió ser la gestión del
funcionario de la que nadie supo porque él nunca rindió cuentas.
El FONTÁN
A la entrada junto a la rotonda, había una especie de paseo flanqueado por
un restaurant – bar estilo campestre conocido con el nombre de El Cucalambé y
enfrente, un edificio de oficinas en lo que fue una residencia familiar en una
zona que gozaba de fama de haber sido preferida entre personas de alto nivel
social y económico, creo que perteneciente al INIT (Instituto Nacional de la
Industria Turística); de un lado a otro habían instalado unas barreras y
situado algunos policías que, indiferentes, permitían que las turbas detrás de
ellas agredieran a los entrantes que eran obligados a descender de los
vehículos y si venían desplazándose a pie quedaban sujetos al mismo proceder.
Les gritaban ofensas, les lanzaban cuanto tenían a mano, un huevo, un tubérculo
podrido y apestoso o una pedrada hizo que muchos llegaran a la puerta de
entrada magullados y con heridas. Tan difícil se hacía recorrer el tramo de
unas dos cuadras de largo que irónicamente algunos empezaron a llamarle el
Camino del Gólgota.
Nos salvó del escarnio ir en un carro con placa azul ― estatal ― y
confundidos no nos detuvieron en la entrada, al parecer asumieron que podíamos
ser familiares de alguien que estaba trabajando en el procesamiento de los
apátridas. Éramos cinco: mi hijo, mis suegros, personas de la tercera edad, mi
esposa y yo; para todos era creencia generalizada que los que llegaban hasta
allí estaban en su última escala antes de ser trasladados al puerto de Mariel
para abordar las embarcaciones y junto a familiares que les aguardaban, hacer
el viaje a Estados Unidos; nos equivocábamos…
Sin temor, y a pesar de mi petición de que no lo hiciera, Escalante
descendió del vehículo para abrir el maletero y sacar una pequeña caja de
cartón amarrada con una soga en que mi suegro había acomodado un par de
pantalones, una vieja chaqueta y unas camisas, los demás no cargábamos nada,
solo lo que teníamos puesto en la creencia de que estaríamos a solo horas de
terminar con todo aquel trámite; nunca he sido bueno para las despedidas y tuve
dificultades para decir lo que pensaba a pesar de dar a Osvaldo un entrañable
abrazo agradecido, él lo entendió y me superó en fortaleza, en voz baja y el
hablar pausado que le caracterizaba le escuché decir: tengan buen viaje y que
les vaya bien.
La entrada principal al Abreu Fontán daba acceso a un salón con muchas
mesas, funcionarios, policías y militares, era fácil distinguir a los de la
seguridad aunque estuvieran vestidos de civil, quizás no fueran capaces de
entenderlo o el deseo de sobresalir era más fuerte porque no se cohibían de
usar ropajes que los identificaban: guayaberas de polyester en colores varios
bajo la cual se solapaba la Makaroff de reglamento, medias botas compradas en
alguna peletería de tercera en cualquier puerto de destino al que se hicieron
presentes para recibir entrenamiento o entrenar aspirantes a policías entre
guerrilleros; por La Habana, solían andar cinco miembros de tropas especiales
del MININT que habían enviado a Panamá a entrenar a la seguridad de Omar
Torrijos y a los que el general
presidente le obsequió una flamante Honda Aspencade 1250 cc. a cada uno, las
personas acostumbradas a ver MZ´s, Jawas, Urales y hasta las viejas Guzzi de la
policía, cuando descubrían al grupito de los cinco motoristas que además portaban
cascos e indumentarias afines hacían coro para ver las motos; tal
exhibicionismo solo es posible cuando la supuesta normalidad es costumbre y la
realidad, materialmente intangible, supera lo que se presupone como fantasía, ese
era ― sigue siendo ― el caso entre muchas otras situaciones más o menos
conocidas.
La entrada para los “ciudadanos apátridas” era una pequeña portezuela que
daba acceso al terreno de softball a la izquierda y en que el “outfield” estaba
rodeado por edificios colindantes en cuyos balcones se aglomeraba gente que, al
parecer, no dormía o se turnaban para cantar himnos acompañando las versiones
escuchadas por los altavoces, gritar consignas hasta el delirio y lanzar piedras
difíciles de esquivar, lo que tratábamos de hacer era ubicarnos al pie de la
cerca porque una vez allí era menos probable recibir el impacto de cualquier
objeto; un pedazo de tubo, un trozo de palo, todo lo que fuera contundente, así
como los consabidos huevos, tubérculos y frutas podridas, piedras, gravilla de
construcción suplidas y dispuestas con tal fin y que eran peligrosas porque
venían a gran velocidad y le rompieron la cabeza a mucha gente, muchos debimos
soportar el impacto en brazos, piernas y cualquier otra parte del cuerpo, pude
esquivar algunas, pero otras me impactaron, menos mal que no fue en la cabeza o
la cara aunque nuestra preocupación principal era proteger a mi hijo al que
tratábamos de cubrir a cualquier riesgo de aquellas andanadas. Entonces, empezó
a llover torrencialmente.
Acabábamos de entrar al terreno cuando sentí que alguien me tocó el hombro,
me di vuelta y frente a mi estaba un hombre grande y obeso, de barba y gafas de
graduación con gruesos vidrios y que, a pesar de todo, parecía joven.
― Tú no me conoces, pero yo a ti sí, te he visto en El Varona varias veces,
eras profesor allí, ¿no? No temas, estoy aquí por la misma razón que tú,
trabajaba en el departamento de traducciones, soy traductor de polaco y quiero
advertirte de algo…en el salón está trabajando una de las secretarias de Mogollón
― así le decían al rector de Instituto ―, se sienta al fondo en una mesa a la
derecha, te lo digo para que trates de evitarla, puede reconocerte.
― Gracias, nunca te había visto, pero creo que puedes imaginar lo
importante que es tú advertencia, ellos no han dejado de acosarme y si en este
sitio alguien me descubre estoy en “candela”…
Fue allí, aquella noche, que conocimos a las otras personas que formaban
parte del grupo de familiares reclamados que debíamos abordar la embarcación de
nombre Mossie con matrícula de La Florida; un matrimonio joven con una hija de
unos 12 años en solicitud de un hermano
de la madre, una señora sola con quien su único hijo quería reunirse y
nosotros cinco, en total, éramos nueve; nos identificamos porque llamaban por
el nombre de las embarcaciones para que nos fuéramos incorporando a una fila de
personas que debían viajar en los mismos barcos, hacía fresco y a la presión
ejercida desde los balcones aledaños por los convocados al show se unió la
molestia de la humedad potenciada por el aguacero que cayó y del que no había
como guarecerse; además, los del salón mediante órdenes que se escuchaban por
los altavoces obligaban a mantener la fila sin que supiéramos por qué no
sucedía algo.
El acceso al salón era posible mediante una escalinata de anchos peldaños,
unos cuatro o cinco, y al final un teniente de tropas especiales auxiliado por
un sargento; el oficial, megáfono en mano, debía ir llamando a los tripulantes
por el nombre de las embarcaciones con el propósito de que entraran al salón
para ser procesados, era esa su única función.
Moisés, el integrante de la joven pareja, y con el cual ya había conversado,
me sugirió que subiera para hablar con el teniente y así traté de hacerlo. Al
final del último peldaño había una pequeña cerca ornamental que pude evadir sin
ponerle un pie encima; no pude imaginar el problema ― uno más ― que aquello
habría de procurarme; de inmediato, el sargento llamó la atención del teniente
y le dijo:
― Mira teniente, este zángano pasó por encima de la cerca, ¿qué hacemos?
El individuo aludido me obligó a ir hacia él y comenzó un discursillo en
tono airado y mal hilvanado que tenía la intención de un regaño y concluyó
pidiéndome que le entregara mi carnet de identidad.
― Claro ciudadano, dijo, tú te vas y te das el lujo de destruir la
propiedad del pueblo…
Yo no entendía bien a que se refería y observé los rostros de los que
estaban debajo para tratar de encontrar alguna explicación, pero se miraban
entre sí sin poder descifrar las intenciones de aquel sujeto; así son,
proclives a fabricar argumentos desde posiciones de fuerza, creen que su pretendida
verdad es sinónimo de poder y se pierden en la ignorancia de su real
significado tratando de encontrar pretextos a sus estúpidas motivaciones.
― Dame tú carnet de identidad, estoy aquí 24 por 24, 7 días, y tú no te
vas, es más, si tengo relevo te dejaré bien recomendado con quien sea para que
no puedas salir…
Tratar de explicar, decir algo en mi favor, y menos, hacer la pregunta que
pretendía: por qué llamaban el personal de otras embarcaciones y qué pasaba que
no mencionaban la nuestra, fue imposible. Decidí callarme, cualquier otra
actitud hubiera sido echarle leña al fuego.
― Ahora baje, retírese de mi presencia e intégrese a su núcleo.
Mi suegro me reprochó el haber tratado de abordar al teniente, según él,
había sido un error; mientras, el resto del grupo que había observado lo
ocurrido se manifestó solidario. Uno de los integrantes en aparte conmigo me
hizo ver que aquel teniente era uno más allí, que carecía de nivel de decisión
y no debía preocuparme por sus amenazas, seguidamente me señaló para un tipo de
guayabera que conversaba con otro a cierta distancia.
― Deja pasar un rato y habla con él, explícale lo sucedido y verás que te
resuelve, es uno de los jefes aquí.
Talmente parecía que debió sucederme todo aquello para que llamaran la
embarcación y el personal que debía abordarla en su momento; todos subimos,
pero cuando el tipo me vio me hizo salir de la fila.
― Tú no, te dije que mientras este aquí no te vas, y no me hagas perder la
paciencia.
Mi mujer trató de explicarle que los dos ancianos que venían en el grupo
eran sus padres y el pequeño, nuestro hijo.
― Ustedes pueden pasar, él no, tenía que haberlo pensado antes.
Los cinco bajamos al terreno de softball y observamos como los cuatro
restantes que conformaban el grupo se adentraron en el salón para ser
procesados.
Decidí ir al encuentro del tipo de la guayabera y al acercarme fue él quien
primero habló:
― ¿Le ocurre algo, tiene algún problema?
Le expliqué lo que me había sucedido, que era familiar reclamado y quiénes
eran los acompañantes de mi grupo. El hombre escuchó, me preguntó por el nombre
de la embarcación y tomó nota, en efecto, pude convencerme que debía ser
alguien importante en todo aquel montaje porque en su muñeca izquierda tenía un
Rolex Mariner que debía valer unos cuantos dólares y eso era una manera de
identificar a segurosos, conmilitones y mandamases.
― Vaya con su familia y espere, volverán a mencionar el nombre de su
embarcación.
En minutos el zoquete del teniente estaba reclamando la presencia “del
resto de los ciudadanos de la embarcación Mossie” megáfono en mano.
Subimos los cinco, y yo al final, cuando me tocó estar de nuevo frente a él
colocó mi carnet de identidad en el bolsillo de mi camisa y recalcando su
resquemor punzó mi pecho cerca de mi hombro con el índice de su mano derecha
mientras trataba de parecer condescendiente y a la vez sentencioso:
― Te voy a dejar ir porque vienes con dos ancianos y un menor, si no, ten
por seguro que no ibas a ninguna parte.
No dije nada, pero hice un esfuerzo para no reírme y aún recuerdo con
regocijo la callada victoria sobre aquel infeliz mequetrefe.
Entré al salón junto a los míos tratando de evadir la posible presencia de
la secretaria sobre la que había sido advertido antes; el salón era grande y detrás
de las mesas, el personal que trabajaba en el procesamiento de los que
pretendíamos viajar, la mayoría eran militares de emigración y extranjería,
tropas especiales del MININT y agentes de la Seguridad del Estado de civil que
supervisaban la operación, pero que según podía advertirse, resultaban
fácilmente identificables. De inmediato nos vimos frente a una de las mesas en
que había una mujer uniformada con grado de primer teniente, rostro inexpresivo
y facciones endurecidas y angulosas en sus cuarenta. Uno a uno nos fue
entrevistando mientras apuntaba datos en unas planillas individuales y en lo
que todo parecía mero trámite; preferí ser el último de mi grupo familiar para
poder observar de que se trataba todo aquello.
Tenía mi versión preparada de antemano que me había repetido varias veces
mentalmente, aunque todo dependiera de las posibles preguntas que fueran
hechas. Me llegó el momento y la mujer tomó mi carnet de identidad, chequeó mi
foto contra mi rostro, me miró un par de veces y pasó al chequeo de la página
de datos laborales.
― Usted, ¿trabajaba en la Escuela Lenin…era bedel?, ¿cuáles eran
exactamente sus responsabilidades?
― Mantenimiento y limpieza.
Hizo silencio por unos segundos y me increpó de una manera tan directa que
me hizo dudar:
― ¿Seguro que usted nunca estudio?
― Bueno, (aquí empecé a reproducir verbalmente mi versión) siempre quise
estudiar algo, pero nunca se me dio y lo único que conseguí fue matricular en
un curso emergente de formación de maestros que, según creo recordar, tenía una
duración de ocho meses o algo así, pero no lo terminé por problemas familiares…
― ¿Seguro que no estudió, no fue a la Universidad?
Trataba de entender las razones de aquella mujer y su insistencia en un
tema que realmente era lo que estaba tratando de obviar con mi mentira; no
puedo aún descifrar el porqué de sus sospechas porque la aportación de datos
falsos en mi carnet no denotaba ninguna violación de las normas generales
existentes para el completamiento de los mismos y en aquella época no había
manera de verificar ninguna información de inmediato, menos, en circunstancias
donde la masividad imponía la fluidez de los trámites.
― Espere, haré una consulta.
La mujer, con mi planilla en mano, se dirigió a una esquina del salón y
habló con dos tipos de guayabera que, a su vez, conversaban entre sí; por la
distancia, no podía escuchar lo que ella les comentó mientras les mostraba mi
planilla, menos, lo que uno de ellos respondió mientras hacía un ademán cuyo
significado podía ser: déjalo pasar o descártalo.
Sentada de nuevo organizó los papeles del resto de mi familia y marcó el SI
en mi planilla, que era uno de los términos de la doble opción ante la frase:
autorizado a viajar, el otro, un NO. De inmediato unió mi formulario al resto,
creó un expediente y lo puso al tope de otros en espera de los que vendrían.
― Vayan afuera y, le recuerdo, cumplo órdenes, pero a mí no me engaña,
usted, ciudadano, no tiene tipo de conserje.
Nos reunimos en la playita junto a otras personas y después de haber vivido
situaciones difíciles ésta vino a ser especie de colofón a mis vicisitudes
anteriores, aunque solo por el momento, porque no sería la última...
No pasó mucho tiempo para que nos ordenaran abordar un ómnibus Leyland de
transportes interprovinciales que ocupaba a capacidad sus 42 asientos con
personas reclamadas para abandonar el país por sus familiares en Estados Unidos
junto a otro tipo de personal cuya integración estuvo determinada por los
propósitos espurios de los funcionarios que procedían en función de cumplir
órdenes provenientes de los niveles
superiores del régimen, en cualquier caso, todos pensábamos que íbamos al
puerto de Mariel para abordar las embarcaciones, pero estábamos totalmente
equivocados; todos lo estaban, también afuera y entre la población, porque lo
que venía después era un secreto, una operación encubierta y macabra.
DESTINO: EL MOSQUITO
Superada la etapa del procesamiento individual se trataba de esperar las
indicaciones para acceder a los ómnibus que transportaban las personas hacia lo
que todos creían que podía ser el punto de embarque; por el lado exactamente
opuesto a la entrada de acceso al terreno de “softball” había una salida
conectada al improvisado parqueo de los Leyland blancos azules y una franja amarilla
que los circundaba, regularmente usados para viajes interprovinciales, su
capacidad permitía el acomodo de 42 pasajeros sentados en cómodos asientos
reclinables y con cabezal y al recibir la orden de acceder a los vehículos, todos
debían ir acomodándose desde el fondo hacia adelante. Nada parecía fuera de la
normalidad; los choferes, en silencio, esperaban por los militares que
acomodaban a las personas para recibir la orden de partir. Solo ellos sabían cuál
sería el verdadero destino.
Me tocó un puesto de ventanilla muy cerca del fondo, esa parte a la que
todos suelen huirle y que llaman “la cocina”, el lugar más caliente de
cualquier autobús que acomoda cinco personas sin separación entre sí. El motor
en marcha se hizo sentir y de inmediato el ómnibus comenzó a moverse en
retroceso para tomar rumbo a la salida del lugar y volver a pasar entre las
barreras que contenían los embates de la turba gritando improperios y lanzando
objetos a la salida del “Gólgota”; fuimos advertidos por el chofer que las ventanillas
se mantuvieran cerradas para impedir la entrada de cualquier objeto al interior
o cualquier daño físico a las personas que eran transportadas. Raudo, el
ómnibus tomó el tramo de quinta avenida entre las dos rotondas de la playa y se
encaminó al oeste paralelo a la línea de la costa.
Bajo el estrés causado por las tribulaciones de las últimas semanas me era
difícil recapacitar sobre el hecho de que estaba haciendo el último recorrido
en mi país; me vino a la mente que en muchas ocasiones había desandado esa misma
derrota para llegar a mi casa, observé los lugares que me eran comunes y que,
inclusive, había recorrido a pie al menos en tres ocasiones porque no habían
guaguas de ruta regular disponibles y desesperaba por llegar, eran
exactamente ocho kilómetros entre la segunda rotonda de la playa y la entrada
de la playa de Santa Fe donde vivía.
Pasamos frente al reparto Flores donde mayoritariamente residían técnicos
extranjeros con la imagen de la tienda de CUBALSE indignamente negada a la
visión de las personas con unos telones grises que ocultaban las ofertas solo
para quienes podían usarlas, la curva de La Estrella, nudo en que en bifurcación
una avenida a la izquierda se adentraba a la zona congelada exclusiva para
dirigentes y militares de alta graduación y cargos; seguidamente, una sede de
la ESPA (Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético) en que se preparaban
deportistas con absoluto rigor profesional para enviarlos a competir con
amateurs de diversa procedencia, la sede de Tropas Especiales del MININT y los
muelles para El Pájaro Azul, yate del dictador cuya área de residencia bajo
estricto control conocida como Punto Cero, muy cerca de allí, era totalmente
inaccesible para cualquier tipo de tráfico no autorizado, luego el pequeño
poblado costero de Jaimanitas, y un poco más adelante la Marina Hemingway
concebida originalmente con varios canales para fondear embarcaciones y uno de
salida principal a mar abierto lugar donde años ha, los guarda fronteras
acribillaron a balazos el barco de los chinos que trataban de salir del país.
Seguidamente, el reducto de Ramiro Valdés tapiado desde la carretera por un
muro de seis pies y una arboleda en que frondosas copas impedían cualquier
visión al interior con una sola entrada permanentemente custodiada por una
guarnición que residía en una de las edificaciones del complejo habitacional,
eran cuatro o algo así, incluida la residencia del “comandante de la revolución”
aficionado a los vehículos de lujo acomodados en garajes con capacidad para
varios de ellos. Nada importante después hasta llegar a las inmediaciones de
Santa Fe, el reparto Juan Manuel Márquez a la izquierda y el cuchillo de la
entrada al pueblo. La ancha carretera que continuaba hacia el oeste, llamada
Vía Mulata en oposición a la Vía Blanca mandada a construir por Ramón Grau San
Martín y por haber ordenado su construcción Fulgencio Batista, que era mestizo,
y servía de contrafuerte en los costados a las casas familiares más modernas;
del otro lado, el acceso a la parte más vieja del pueblo con sus pintorescas
edificaciones de madera, otras en mampostería, a lo largo de varias calles que
respondían a un trazado paralelo a la costa.
Cuando el ómnibus tomó la curva en el cuchillo para seguir al oeste volví a
ver mi casa por última vez, allí habían transcurrido los últimos nueve años de
mi vida junto a mi familia inmediata: mi mujer y mi hijo, ahora desconocía cuál
sería su ulterior destino sin que yo lograra definir cuál sería el nuestro. En
ocasiones la compulsión y una inevitable situación nos ubica en medio de una coyuntura
en que puede parecer cosa de locos moverse hacía un futuro donde lo mismo
encuentras un pantano de arenas movedizas que ruegas por tener la suerte para
evadir un campo minado y salir ileso. Luego, el recorrido no tiene muchos
atractivos que, al menos para mí, fueran interesantes; Playa Baracoa, La
escuela militar Camilo Cienfuegos donde trabajé durante el curso 68 – 69, la
Playa El Salado, lugar que constituía el límite hasta donde les era permitido
llegar a los familiares que venían en las embarcaciones surtas en la bahía de
Mariel; habían instalado allí algunas improvisadas tiendas de dispendio para
sacar partido de la coyuntura, vender ron, tabacos, cigarros y refrigerios así
como suvenires en dólares a los que esperaban por noticias de sus familiares,
también, un centro telefónico desde el que podían tratar de comunicarse con
parientes aún en sus casas, algo que la mayor parte de las veces resultaba
imposible, por cierto, llamaba la atención que todas las personas a cargo, aún
si se trataba de civiles, se hallaban bajo estricta supervisión de militares.
Una tía de mi esposa que pudo comunicarse telefónicamente con ella a su
llegada, así se lo comentó.
Todavía me preocupaba que producto de una situación imprevista y no
calculada pudiera ser descubierto, había llegado lejos en mi propósito de
escapar junto a mi familia y trataba de pensar en cualquier coyuntura que, por
imprevista, pudiera ser embarazosa, eché mano de mi billetera en que todavía
guardaba mi licencia de conducir ―
cartera dactilar, como le dicen allá ―; antes me había desecho de
cualquier otra identificación que, con excepción del carnet de identidad,
tuviera el potencial y/o la posibilidad de brindarles alguna pista sobre mí;
decidí entonces lanzar por un resquicio de la ventanilla la licencia con todo y
billetera, en fin que la licencia era un documento oficial y pensé que, al no
ser necesario, podía ser comprometedor. Creía que todo lo indispensable podía
ser la cédula de identidad y no me equivocaba, así fue; al sitio al que fuimos
a dar era lo único que reclamaban de todos para tirarlo en unas cajas de
desusado tamaño y que pasáramos a convertirnos definitivamente en no personas,
en gente que ya no contaba, ni interesaba y a las que cualquier cosa podía
sucederle sin que nadie se enterara; en esa, la siniestra y potencial imagen
del desaparecido…
Todavía el tramo de carretera por donde el ómnibus se desplazaba me era
conocido, recordaba que había ido a pescar por allí con Barquín y un grupo de
amigos en varias ocasiones; era un lugar conocido como Monteverde a la altura
de un río que desemboca en el lugar formando un estero llamado Guajaibón, un
pequeño parque con pérgolas de guano y unos bancos rústicos circularmente
dispuestos bajo árboles grandes y frondosos proveían al sitio de las mínimas
condiciones para un agradable descanso; pero al lado norte, hacía donde torció
el Leyland desde la carretera y en la ribera al este del estero donde desemboca
el río, existe un paraje al que llaman El Mosquito
En la toponimia de los lugares suele estar reflejada una visión de sus
características a través de su historia o su apariencia y puede llegar a ser
secular porque no ha despertado la atención de alguien debido a sus
características negativas que pesan más que las positivas durante tiempos
indeterminados, eso ayuda a explicar ciertos nombres; este, era uno de esos
lugares. No había allí un caserío, menos, el indicio de un poblado y
posiblemente no fuera otra cosa que un punto de observación o el escenario para
prácticas de tiro militar de los que había varios similares entre El Salado y
Mariel. El acceso desde la carretera era
por un camino angosto, en descenso y empedrado; era casi un sacrilegio hacer
descender aquellos ómnibus grandes y pesados por entre una vía entre aromales y
manigua, solo al final la visión del mar actuaba como un inalcanzable propósito
para paliar el desasosiego generado por el doble efecto que a todos nos causaba
determinar la razón de aquel desvío; el puerto de Mariel está a unos siete
kilómetros al oeste y la intrincada ubicación de aquel sitio nada tenía que ver
con lo que suponíamos era nuestro destino final antes de partir.
En efecto, era así, y al final del descenso el ómnibus se detuvo frente a
un improvisado caserón de techo empinado y a dos aguas, con un alto puntal
hasta el cimacio, pintado de gris y un letrero en que podía leerse el propósito
de su ubicación: Aduana Nacional. El sitio se ubicaba al costado de una pequeña
rotonda de terraplén de arcilla arenosa; por el color de la superficie y la
cercanía a la costa de arrecifes cársicos podía asumirse que aquel lugar
rodeado de una vegetación agresiva estaba condenado a ser inhóspito y encontrar
en su nombre uno de los tantos parajes en que la existencia de mosquitos y
jejenes hacen de cualquier presencia humana, ajena e inadaptada, una verdadera
tortura. Era un buen lugar para esconder cientos de personas que ya no
contábamos, una breve reconcentración para quienes debíamos pagar el precio de
develar nuestro propósito de querer abandonar el país y salir bajo condición de
perder hasta nuestra propia identidad.
Al descender del ómnibus los militares, allí todos lo eran, ordenaban al
personal hacer una fila para ir entrando al galpón que hacía las veces de
aduana; se accedía por una doble puerta de grandes hojas que mostraba un
interior simple, con unas largas mesas de madera detrás de las cuales
funcionarios de uniforme atendían a los que íbamos llegando y que debíamos
permanecer de pie; sentados, solo ellos, aunque el trámite era bastante
rutinario y rápido; a la izquierda las mujeres, a la derecha los hombres y al
final de las mesas, unos parabanes de los que colgaban unas sábanas blancas que
se transparentaban bajo el efecto de la luz emitida por unas lámparas que pendían
de una improvisada instalación enredada entre las vigas que sostenían el techo.
Lo que requisaban era cualquier propiedad personal como prendas, algún tipo
de vituallas que las personas hubieran conseguido traer hasta allí y hasta los
relojes de pulsera; yo llegué sin nada, solo el carnet de identidad que también
le era retirado a las personas como parte de la pesquisa, pero a mi suegro le
quitaron un reloj que había tenido durante años y al atreverse a preguntar por qué, le respondieron que se
“seguían orientaciones” y que no se podía sacar ningún objeto de valor del
país; el final de aquel trámite era someterse a una inspección con un detector
manual de metales y si se disparaba el sonido de la alarma, la persona era
obligada a pasar detrás de los parabanes, desnudarse y ser nuevamente sometido
al rastreo del detector que, de volver a sonar, le sugería a los inspectores el
posible ocultamiento de algo que se pretendía sacar del país de manera clandestina e
incorporado a la anatomía corpórea, en consecuencia el procedimiento a seguir
era vejaminoso. Recuerdo que estando allí llegó una actriz muy conocida que al
ser identificada fue víctima de una humillación sin cuento y obligada a pasar
por el ominoso proceso aún sin que le fuera acreditable motivo de sospecha
alguno. Recién pasaba en la televisión una novela que alcanzó gran popularidad
y en la que ella interpretaba uno de los papeles principales.
La salida de aquel improvisado remedo de aduana era por la parte posterior
de la nave y al acceder al exterior nos dábamos de cara con la sorpresiva
realidad del lugar; especie de angostas avenidas separaban grandes tiendas de
campaña erigidas sobre la misma arcilla enfangada y llena de huellas de los
cientos de personas aglomeradas bajo las carpas en su deambular en espera de
una definición. Unos militares identificaban el origen de los que recién salían
y cada quien, individualmente o por grupos, era asignado a uno de los cuatro
sectores en que se agrupaba el personal en aquel sitio: sector 1, familiares
reclamados, sector 2, personas que pertenecían a la embajada del Perú y que
habían conseguido el salvoconducto que se les concedió para abandonar la sede,
sector 3, religiosos de cualquier denominación, mayoritariamente, testigos de
Jehová y los llamados batiblancos (ortodoxos evangélicos de Gedeón) ambos,
férreamente perseguidos y reprimidos por su conocida oposición y desacato al
régimen y sector 4, presos comunes y personas con desviaciones psicológicas y/o
trastornos de personalidad ― según eran catalogados ―; en ese grupo
incorporaban a gente muy peligrosa que se encontraban en prisión por la
comisión de delitos comunes, desequilibrados mentales y homosexuales que a
pesar de haber desaparecido las UMAP, seguían siendo objeto de discriminación
por sus preferencias sexuales.
Era evidente que para evitar la aglomeración de personas en Mariel, habían
concebido la idea de establecer un punto intermedio desde el cual dosificar la
llegada del personal que debía embarcarse con el propósito de abandonar el país
y que aquel reducto llamado El Mosquito se constituyera en ello y no ofreciera
condiciones mínimas para quienes no poseían las características para enfrentar
carencias a nivel de supervivencia. Era el caso de mis suegros, personas
mayores acostumbradas a vivir en sus hogares aunque fuera contando con los elementos
habituales en su día a día, nada de ello era objeto de consideraciones. No eran pocos los
que conformaban el grupo con esas características entre los integrantes del
grupo 1, el de familiares reclamados: mujeres con niños menores,
discapacitados, personas agotadas por las circunstancias de vivencias
recientes; allí, en medio de aquel estercolero tratábamos, todos, de
sobreponernos a las vicisitudes en la esperanza de que la estancia fuera breve
y alcanzar el objetivo que nos habíamos propuesto.
En el lugar, no habían habilitado casi nada, la única construcción de
bloques que era una nave estrecha y alargada a un costado del campamento y en
franco estado de deterioro producto de su abandono la habían llenado de literas
de hierro con bastidores de planchas de bagazo y en algunas ― no en todas ―
habían colchonetas sucias y malolientes, bajo las carpas se apreciaba la misma
situación; no había baños y justo al otro extremo de ellas, unas letrinas
carentes absolutamente de privacidad y al descubierto y donde los residuos se
acumulaban formando estalagmitas de excrementos, rodeadas de orine y un
mosquero insoportable. La cercanía del mar que era accesible desde cualquiera
de las carpas le ofrecía a los más ilusos la posibilidad de restregar sus
cuerpos con agua salada creándoles la impresión de que se daban un baño. Había
una absoluta promiscuidad y muchos de los que nos encontrábamos allí
preferíamos esperar pensando que saldríamos pronto de aquel infierno.
Hubo personas con suerte que fueron llamados a los ómnibus para ser
trasladados al puerto de Mariel apenas después de haber llegado al sitio;
otros, como en mi caso ― y el de mi familia ― debimos esperar una semana
completa para solo ser llamados después que mi esposa se decidió a hablar con
uno de los jefes del operativo, un teniente coronel al que reconocían como jefe
del “estado mayor”, así le llamaban al lugar al centro a partir del cual se
ubicaban las carpas enormes, dos a cada lado, familiares y religiosos a la
izquierda y personal de la embajada y presos comunes y otros a la derecha. A
pesar de que no estaba permitido que las personas que integraban cada grupo se
mezclaran entre sí, las carpas a la derecha estaban bordeadas por unas largas
sogas que colgaban de estacas y dispuestas paralelamente a ellas para servirle
de guía a perros pastores alemanes que impedían que cualquiera se acercara, o
se moviera desde el interior, los canes a su vez estaban atados a la guía por
otras sogas que les permitían la suficiente movilidad para desempeñar su
función. Era frecuente, sobre todo durante las noches, escuchar sus ladridos y
los gritos de la gente mordida que aprovechando la oscuridad trataban de
moverse entre las carpas quedando a su alcance.
Se repartía una sola comida al día que llegaba en camiones conducidos a
cada sector y en cajitas de cartón: en los días que estuvimos allí siempre se
alternó entre un poco de arroz y revoltillo de huevo que distribuido mucho
después de su cocción ya estaba verde y mal oliente, cuando el acompañante no
era el revoltillo, el arroz venía convoyado con una lonja de spam bastante
fina; siempre, todo frío. Estando allí mi hijo comenzó a quejarse de dolor en
un oído y tras muchas gestiones logramos que en la enfermería ― otra tiendita
de campaña situada al lado del “estado mayor”― lo viera un médico militar que
acudía al sitio dos veces por semana; el hombre le prescribió un calmante a mi
hijo y con mucho misterio nos dio un par de laticas de 6 onzas de jugo de mango
solicitándonos que no fuéramos a comentar con nadie el gesto que había tenido
en nuestro caso, después de todo era de agradecer, porque allí cualquier
subordinado actuaba bajo la presión de sus superiores y la vigilancia de los
que les servían de informantes.
Contábamos varios días sin bañarnos, con la misma ropa, sin poder defecar,
había conseguido unas literas en el edificio de bloques que alguien nos cedió
cuando fueron llamados para abandonar el lugar, recuerdo que para orinar nos
escondíamos detrás de unos matojos que crecían al fondo de la edificación y
donde el olor testimoniaba que todos coincidían en la misma ubicación
preferencial que, aunque natural, era más discreta que el sitio donde se
encontraban las letrinas. Era una espera desesperante y cada vez que, por la
amplificación local, en un par de bocinas orientadas hacia las zonas de carpas,
se escuchaba la voz del jefe comenzar a llamar por el nombre de las
embarcaciones, la gente se incorporaba para ver salir a los que tenían la
suerte de abandonar aquel sitio. Uno de esos días me sucedió algo simpático y a
la vez peligroso; formaban parte de aquel operativo reclutas del servicio
militar obligatorio que hacían de custodios, choferes de camión y otros
vehículos de los jefes, repartidores de la comida y otras funciones de menos
importancia, era personal que entraba y salía del lugar cuando cumplían el
término de su turno y en una ocasión escuché que alguien detrás de mí dijo:
― ¡Eh!, profe, ¿y usted qué hace aquí?
Yo, que vivía en medio de un sobresalto que no lograba superar a pesar de
haber sorteado varios escollos, me encaré con el sujeto que resultó ser alguien
que me conocía por la doble circunstancia de haber sido mi alumno en la escuela
militar Camilo Cienfuegos y ser vecino de Santa Fe, donde coincidí con él
varias veces.
― Bueno, pues lo que hacen todos los que están aquí ¿y tú?
― Estoy cumpliendo el servicio militar y me han asignado a este sitio junto
a otros de mi unidad.
― Coño, tengo que pedirte un favor, no comentes con nadie que me has
encontrado aquí, hazte a la idea de que no me conoces y si nos tropezamos,
considerémonos extraños mutuamente, ah, y no se te ocurra decirme profe.
― No se preocupe y no tema que así será…
El muchacho era buena persona, la manera en que me habló mostrando hacia mí
un respeto que otro cualquiera, en las circunstancias en que me encontraba no
hubiera tenido en cuenta tratándose de un desalmado, me permitió entender que
no debía preocuparme, pero sin dejar de ser otra casualidad, una más; porque
fueron muchas y doy fe de que todas y las aún por venir, ocurrieron.
Decidimos que mi mujer fuera a hablar con el coronel jefe en una de esas
ocasiones en que micrófono en mano, al exterior del punto de control,
mencionaba los nombres de embarcaciones para que las personas reclamadas
acudieran frente al lugar y tomar los ómnibus hacia el destino final: el puerto
de Mariel. Manteniéndome a una distancia prudencial escuché lo que le dijo.
― Mire, estamos aquí hace una semana, somos mis padres, dos personas
mayores, mi esposo, mi niño de 6 años que tiene dolor de oídos hace varios días
y yo; como comprenderá aquí no hay condiciones para permanecer por tanto
tiempo…
Observaba cual podía ser la reacción del individuo que respondió mediante
una pregunta seguida de una afirmación coincidente:
― Dígame señora, ¿cuál es el nombre de su embarcación? Tiene usted razón,
ya tienen mucho tiempo para permanecer en este lugar… vaya con su familia que
su embarcación la voy a llamar en cuanto salga este ómnibus. Se refería a uno
que se estaba preparando para partir.
Así fue, no terminábamos de reunirnos los cinco al lado de las literas
cuando escuchamos por el altavoz el nombre de Mossie, el barco que suponíamos
iba a trasladarnos a nuestro destino final.
La razón del Mosquito era concentrar, para después ir intercalando el
personal en las embarcaciones que debían transportar a los familiares
reclamados y a todos los que allí formaban parte de los diferentes grupos.
Situado el ómnibus, accedían al mismo un número específico de familiares del
primer grupo y luego se iba desplazando para ir recogiendo personal del resto
de las zonas – carpas; religiosos, gente de la embajada del Perú y presos
comunes e inadaptados sociales que no era otra cosa que un eufemismo para
designar enfermos mentales y homosexuales; una vez completada mediante esa
mezcla la capacidad del ómnibus (42 personas), se ordenaba la salida hacia
Mariel. El chofer, que era ― al menos en apariencia ― un civil, volvió a
advertir que no se podían abrir las ventanillas para evitar que cualquier
objeto lanzado desde el exterior pudiera entrar y causar daños personales o
materiales y agregó que la “cosa estaba muy caliente en el pueblo ― así dijo ―
y que la gente conocía el recorrido de las guaguas y se concentraba a lo largo
del camino” Todo este procedimiento se llevaba a cabo bajo la supervisión de un
oficial de baja graduación que se encargaba de la distribución y la integración
numérica del personal según los propósitos que conformaban los objetivos
previstos en los planes del régimen.
Esa era la razón de ocultar aquel sitio, que nadie al exterior supiera de
su existencia y que si de alguna manera imposible de controlar y a pesar de las
presiones que gravitaban sobre el personal que formaba parte de que aquella operación algo se filtraba, siempre
quedara en la indefinición y en duda la certeza de hechos que respondían a un
plan macabro para revertir en algo redituable a sus propósitos lo que “el
líder” llamó la “vía más segura para que las familias pudieran tener
garantizada la manera de reunirse” Huelgan comentarios al respecto y la
pormenorizada descripción de las circunstancias no deja margen alguno a la
especulación; ellos querían deshacerse de la mayor cantidad posible de gente
que catalogaban como escoria, indeseables, inadaptados sociales y
contrarrevolucionarios, urdieron su plan a expensas y en base a los esfuerzos y
sacrificios realizados por personas que querían tener reunidas su familia y una
vez más se burlaron de ellos y de la opinión pública que, desinformada mediante
su amañada y tendenciosa propaganda, desconocía los pormenores del plan. Solo
algún tiempo después y mediante los testimonios orales de quienes fueron
testigos de todo lo sucedido se pudieron conocer detalles que pusieron en
evidencia las mentiras versionadas por los funcionarios.
Para los que vivíamos la incertidumbre de aquellos meses en un año de
convulsiones y definiciones, llegar a Mariel era como traspasar el umbral
crítico, pórtico final de una arriesgada y peligrosa aventura. Recordaba haber
estado allí, al menos en dos ocasiones y siempre entrando desde la carretera al
pie del montículo desde donde a la izquierda era posible, al tope, observar la
ancha escalinata de acceso a la Escuela Naval, muy cerca, la fábrica de cemento
que a pesar de haber sido nombrada con el patronímico de algún “mártir” todos
la recordaban con el apelativo de marca de la gran productora de cemento El
Morro.
Por la carretera y en paralelo con la vía que comunicaba al noroeste, un
camino en ascenso permite apreciar la bahía, majestuosa extensión del Golfo en
el declive capaz de acoger en sus aguas profundas embarcaciones de gran calado
y hacer del contacto con el litoral del pueblo una de las principales razones
de sustentación para una gran mayoría de sus habitantes. Una pintoresca
población tocada por la suerte de su ubicación, poseedora de una de las cuatro
bahías abiertas más importantes de la isla y ser núcleo vital y de enlace a
otras poblaciones, se veía entonces como el epicentro de una operación ordenada
desde el poder representado en la voluntad del “líder” y sus mezquinos
propósitos: evacuar la presión acrecentada por la inconformidad y el
desasosiego de mucha gente después del fracaso de la zafra del 70, la
participación en la guerra de Angola y la persistencia de problemas
concomitantes no resueltos que muchos comenzaban a catalogar como el efecto de
los mismos actos de demagogia reiterada; el jan se impuso al libro y en medio
de todo aquello los actos de repudio, la represión sin cuento y con
ensañamiento llevaron las cosas al límite y al parecer, dieron con el sitio
oportuno para abrir la puerta, sacar personas que consideraban indeseables bajo
la cobertura y el financiamiento de otros que de buena fe pusieron sus recursos
económicos y arriesgaron sus vidas para acudir en busca de sus familiares,
muchos de esos reclamantes estafados y chantajeados por el régimen que, en
última instancia, se reservaba el derecho de autorizar o no la salida de los
reclamados y ubicar en su lugar a quienes consideraban objetivos para dar una
imagen de deterioro moral que pregonaban al calificar a los migrantes como
escoria, antisociales y marginales y que a decir del propio Castro no eran
necesitados ni queridos en el país. El Mariel fue la válvula de escape para
tratar de frenar el crecimiento del descontento manifiesto, presionar al
gobierno de Estados Unidos, destino deseado por la gran mayoría de los que allí
se congregaban y, aún, de quienes jamás se imaginaron que iba a ser el suyo,
siempre preferible al de tener que pasar largos años en prisión.
EN EL MARIEL
Sobre la superficie del agua, una gran cantidad de embarcaciones de todo
tipo en que predominaba el blanco de sus estructuras producía un contraste en
que se mezclaban las de pesca o recreo. En los espigones del puerto no era
posible distinguir entre barcos de otras procedencias y las de cabotaje que
habían atravesado el Golfo navegando en ocasiones contracorriente de norte a
sur, con casco de acero como los camaroneros, algunos en estado de apreciable
deterioro porque eran fletados para la pesca del crustáceo navegando sin
aparente riesgo en aguas cercanas a la costa y que en número considerable se
vieron involucradas en el negocio que representó Mariel para sus propietarios;
de hecho, las primeras embarcaciones en llegar al puerto cubano fueron de ese
tipo; tres, a las que Granma se refirió como procedentes de Estados Unidos con
el propósito de recoger personas en la isla y en muy discreta nota aparecida en la primera
página del matutino que despertó la curiosidad de muchos que seguidamente
atestiguaron con asombro el arribo constante de las embarcaciones hasta
completar el crecido número de las que participaron en el puente marítimo
Mariel – Cayo Hueso entre abril y septiembre de 1980
Esas embarcaciones estaban fondeadas paralelamente, una al lado de otra y
al pie de los espigones, lo que permitía escuchar el sonido metálico del roce
de sus cascos entre sí debido al efecto del movimiento del agua y el empuje del
viento; en las noches, el panorama aparentaba la concentración de miles de
luciérnagas proyectando su luz sobre la superficie y a contrapelo creando un
marcado contraste con la limitada claridad de las construcciones en el litoral
y al interior del pueblo. Sobre el semicírculo en que las olas rompían
golpeando el acantilado, los muros de concreto, o bañaban la superficie de
pedregosa arena; lanchas, embarcaciones más pequeñas algunas habilitadas para
la pesca comercial como los langosteros que durante la temporada levantan nasas
en áreas de las cayerías del sur floridano y hasta pontones carentes de calado
habilitados para navegar solo en lagos y tomaron el riesgo haciendo la
excepción, lanchas rápidas con potentes motores fuera de borda, catamaranes,
veleros y botes de pequeña eslora y poca borda en las que la travesía para una
o dos personas no significaba un riesgo mayor, pero no lo que luego se observó
y pude atestiguar…
Cada embarcación tenía un número que le había sido asignado a su llegada
según el orden de arribo a puerto, pero eran tantas que se podían ver algunas
cuya numeración andaba por el orden de los cuatro dígitos y entre los ordinales
1000 y 2000, el número debía estar ubicado en una parte visible de la
estructura para facilitar el acceso a los puntos de embarque en que debían ser
abordadas. Observando el funcionamiento de los militares que conducían la
operación empecé a entender cómo iban
logrando disponer quiénes y en qué cantidad los viajeros eran situados en los
barcos; en cualquier caso e independientemente de las características y el
estado de las mismas era ostensible el propósito de sobrecargarlas sin tener en
cuenta la capacidad de cada una; en un bote de recreo de unos 17 pies de eslora
pude contar 23 personas, que sin conciencia plena del riesgo que corrían,
parecían felices de sentarse sobre las bordas con las piernas colgando y los
pies hundidos en el agua.
Los camaroneros eran, por su capacidad sobre cubierta, sobrecargados como
si se tratara de galeones traficando esclavos y aunque la analogía pueda parecer
exagerada hay, por suerte, testimonios gráficos de lo que digo. Se pudo
documentar el caso de uno de esos barcos que debido a la sobrecarga se quebró
transversalmente en medio del viaje de regreso y los guardacostas
norteamericanos se vieron envueltos en una operación de rescate de envergadura
en alta mar; puedo dar fe del caso porque en ese barco viajaban una prima de mi
mujer, su esposo y tres hijos menores; había que ver sus rostros al narrar el
horror de lo sucedido, contaba ella con voz entrecortada que tomaron conciencia
de que la situación se hacía complicada por escuchar ruidos “extraños” que no
eran producidos por el parteaguas de la quilla sobre el agua, más bien, unos
golpes secos orientados del fondo a la superficie y que al ver la alarma
desatada entre los tripulantes repartiendo salvavidas hasta que alcanzaron, se percataron
del peligro que estaban corriendo y lo que se les venía encima, por suerte para
ellos aparecieron helicópteros del servicio de guardacostas y un par de
fragatas a las que fueron trasladados en condiciones adversas debido al oleaje
y, según se estimó, la totalidad de los pasajeros en peligro. Al no existir
registros ni controles, tampoco fue posible determinar si algunas personas
desparecieron en medio de la situación. El viejo barco, nunca regreso a su
lugar de origen y terminó hundido en las aguas del Golfo, muchos aseguran que pudo
haber sido el destino de otras embarcaciones menores y de las que no se tuvo conocimiento.
Quizás los argumentos que se manejaron puedan ser objeto de algún tipo de
investigación aún por realizar.
Hay que insistir en el hecho de que la inmensa mayoría de las personas que
fueron reclamadas por sus familiares, muchos viajando desde Florida y de otros
estados de la Unión Americana en embarcaciones que habían fletado a costos muy
elevados dada las circunstancias, no entraron nunca en contacto físico con
ellos en la isla; a los que manejaban la operación les resultaba indiferente y
completaban los cupos según llegaban al muelle los ómnibus procedentes del
Mosquito; eso, no lo sabíamos y aún permanecíamos en la creencia de que cada
cual iría en el barco con el nombre dado a conocer por sus familiares para
encontrarnos con el que estaba allí reclamándolos, el mismo que, engañado y
confundido, debió atestiguar la manipulación impuesta por los operadores del
régimen y aceptar, tanto patrones como familiares, que les impusieran
condiciones porque de no hacerlo, la única opción era regresar vacíos; algo que
llegó a suceder; fue el caso de Mossie ― nuestra embarcación ― y su dueño, un
capitán estadounidense de los cayos floridanos que se dedicaba a organizar
expediciones de pesca para turistas desde su base en Cayo Hueso.
Mi familia, cinco en total, el matrimonio con una hija menor y la señora
reclamada por su hijo le pagaron al hombre a razón de 2000 dólares por
pasajero; en total unos 18000 por el viaje; ninguno de nosotros vio ese barco
porque según nos enteramos con posterioridad el hombre fondeado en la bahía por
más de una semana y sin que le llamaran a puerto para recoger personal (que no eran, además, los que debían viajar
en su embarcación) alegó que estaba dejando de ganar dinero y que estaba
dispuesto a regresar vacío y así lo hizo a pesar de los ruegos ― y
ofrecimientos ― de los dos pasajeros reclamantes: una tía de mi esposa y el
hijo de la señora que viajaba sola. El individuo aceptó devolver parte del
dinero descontando los gastos por el costo de combustible e insumos, tiempo de
estadía en espera y otras consideraciones.
También trascendió que debido a lo prolongado de la espera muchos barcos se
quedaron sin vituallas porque habían considerado cantidades para un viaje breve,
de ida y vuelta, y una distancia corta de la singladura. No fue así y una vez
más los oportunos mercaderes, siempre dispuestos a medrar con las imponderables
que ellos mismos crean, organizaron la venta de productos comestibles,
cigarrillos y tabacos y bebidas alcohólicas a los tripulantes, pude verlo, iban
en unas lanchas rápidas de tropas especiales y guarda fronteras distribuyendo
la compra y colectando los dólares, inclusive, llegaron a permitir el traslado
a tierra del personal bajo control y establecieron un límite para el recorrido
en la playa El Salado, a solo unos kilómetros de distancia del Mariel, desde
allí establecieron un centro de llamadas telefónicas pagadas a familiares y
amigos en la isla, les vendían souvenirs y más ron, tabaco y cigarrillos de
producción nacional solo para la exportación ― como si se tratara de una zona
franca ― además de organizarles pachangas para gringos entre mojitos, daiquiris
y mucha cerveza, peculiar manera de convertir reveses en victorias haciendo
sonar la contadora.
A su llegada al puerto, al personal procedente del Mosquito se les agrupaba
según la capacidad de los ómnibus que era de 42 en un par de naves de similar
tamaño y estructura en las que había unos largos bancos de madera, muy
parecidos a los que de común existen en estaciones ferroviarias y otro tipo de
instalaciones para la transportación de pasajeros, situados sobre ambos
costados de las naves y dos hileras paralelas en el centro que los ubicaban de
frente y contra los espaldares, todo podía parecer normal para un sitio en que
se concentraban personas con el fin de hacer un viaje o encontrarse con
cualquier destino de regreso, que no era el caso; allí, todos se iban. Había
algo que de seguro estaba concebido como una aleccionadora despedida para
contingentes de gusanos, potenciales apátridas con los que en sus últimos
momentos en el territorio no podía haber condescendencia, por el contrario, una
aleccionadora manifestación de patriotismo; por los altavoces de la amplificación
local se escuchaban marchas, himnos, todos empastados en esa pretendida actitud
doctrinaria y como cuña, la voz del “líder” en fragmentos de algunos de sus
discursos, era el único efecto que, según creían, podíamos merecer quienes
renegábamos de todo aquello. De vez en vez fuertes sonidos de “feed back”
anunciaban algún mensaje que se trasmitían entre ellos o algún anuncio acerca
de alguna embarcación en espera, al pie de algún muelle, para ser abordada.
Al fin, después de permanecer
alrededor de una hora en uno de aquellos almacenes convertidos en
salones para alistar a las personas llegó un oficial que se dirigió al grupo
nuestro, el individuo nos ordenó seguirle en fila de uno en fondo y se colocó
frente a nosotros; seguidamente ocurrió algo que pudo parecerme increíble,
catastrófico, fue una experiencia personal que todavía me produce angustia
recordarla, pero en el relato todo va de cierto y no hay nada en él recreado en
la ficción para hacerlo más espeluznante y atractivo.
Mi familia y yo, nos encontrábamos al medio de la hilera, a mi lado estaba
mi suegro y del otro lado mi mujer a quien tomba de la mano, ella, a su vez,
apretaba la de nuestro hijo, mi suegra, al lado de su esposo. Aquel hombre con
grado de primer teniente cargaba, pendiendo de su hombro, un bolso plano de
color carmelita oscuro que solo parecía apropiado para guardar documentos, era
un tipo flaco y con unos seis pies de estatura en los treinta; con actitud
parsimoniosa recorrió más de una vez la fila que formábamos ante él y por orden
suya; de pronto, se detuvo frente a mí y dijo:
― Ciudadano, ― señaló con el índice de su mano derecha dirigido a mí ―
usted, un paso al frente…
Nunca habían desaparecido totalmente mis temores de que alguna situación no
prevista pudiera ponerme en evidencia e interrumpir mis planes, pero comenzaba
a pensar que, habiendo llegado hasta allí, era poco probable ser descubierto y
tener que atenerme a las consecuencias al enfrentar una situación invalidante y
catastrófica que forzara a mi familia a tomar una decisión definitiva. Todo se
me figuró en segundos como un final inesperado en que, formando un collage de
las situaciones terribles vividas en los últimos días se agolparon en mí cabeza
ideas demoledoras, ¿sería allí, inesperadamente y a manos de aquel individuo
donde vendrían a desvanecerse mis propósitos?; llegué hasta figurarme que en
aquella cartera estaba la denuncia acompañada de una fotografía para
facilitarle mi identificación. Volví a sentir miedo, ese pánico capaz de
producir situaciones de vacío y frialdad al interior mientras te hace
transpirar copiosamente en axilas y entrepierna recreando una inevitable
palidez en el rostro que puede constituir otro argumento de denuncia.
― Ahora si te cogieron, Pepe, escuche decir a mi suegro a media voz y con
una mueca que cerraba su boca como la de un ventrílocuo. Como para que solo yo
pudiera entenderlo.
― ¿Cuántos son en su grupo? preguntó el oficial
― Somos cinco
― Bien, eso pensé al observarles, exactamente la cantidad que necesito…
No me atrevía a moverme, mirar hacia atrás, pero aquel breve intercambio me
sugirió que podía tratarse de otra cosa y experimenté alivio mientras la
tensión iba desapareciendo.
De pronto, otro militar que se acercaba corriendo y dirigiéndose al
teniente le advirtió:
― Deja, deja, ― llamó al tipo por su nombre ― ya no hace falta, acabo de
encontrar cinco para completar el personal en la embarcación que te dije…
Aquellos minutos de tensión desaparecieron tan rápido como los que
provocaron mis (nuestros) temores al darme cuenta que solo se trató de buscar
personas, un grupo de cinco que vinieran juntos, en familia, como en nuestro
caso, para completar el cupo de otro barco.
Al momento el individuo nos conminó a todos a seguirle con un movimiento de una de
sus manos a la vez que se ponía en marcha delante de nosotros, luego dijo:
― Mantengan la fila y caminen rápido.
Junto al muelle y en paralelo estaba la embarcación, su nombre era Jackie y
pude observar que estaba registrada en Florida, era un langostero de 46 pies de
eslora según me dijo el patrón más tarde; como todos los barcos usados para ese
fin su calado no era muy pronunciado, ni su borda demasiado alta, eso sí,
suelen tener una manga ― ancho entre bandas ― bastante generosa; todo responde
a que tales características hacen más fácil la labor de levantar las pesadas
nasas cargadas de langostas, lo mismo que almacenarlas y distribuirlas en los
tiempos de temporada autorizados para la pesca del crustáceo, obviamente era un
barco concebido con fines comerciales, construido para la navegación en aguas
poco profundas algo que podía constituir un mínimo elemento de preocupación,
tenía una superestructura integrada casi sobre la proa debajo de la cual había
un par de camarotes muy elementales y sin ningún tipo de comodidades, solo sendos
catres de esos de barracón para militares en campaña, una pequeña hornilla de
gas propano y de botellón que atado a la banda de estribor con una cadena
servía como fuente de alimentación a la pequeña cocina con dos hornillas y un
simple panel con los controles para navegar en que podía haber un sistema
elemental de navegación satelital ― GPS ―, a lo mejor un “depth finder”, un
acelerador de mano, junto al de reversa y el timón. El 75% de la embarcación,
que era de “fiber glass” ― lo cual le concedía alguna garantía ― estaba al
descubierto; solo, en medio, un gran cajón de madera servía de cobertura al
diesel Carterpillar marino de 450 hp. ― dato que conocí de boca del capitán más
tarde y que constituía su único elemento propulsor ― el barco era de eje y
propela ambos engranados al motor principal y único mediante los mecanismos de
trasmisión y cardán.
Por su apariencia, pude darme cuenta que las cuatro personas que estaban
dentro del barco cuando empezamos a saltar del muelle a su interior eran
tripulantes, tres hombres y una mujer de más de 60 años al igual que uno de los
hombres que por la manera en que se dirigía a los otros dos era, sin dudas, el
patrón de la embarcación; los otros dos, jóvenes entre los 20 y los treinta y
que resultaron ser hijos del capitán, trabajaban con él y se habían alistado
para hacer el viaje. Se mostraron solícitos y cooperativos, sobre todo con las
mujeres, las personas de más edad y los menores, tampoco observé ninguna
muestra de rechazo hacia el resto del personal, la mayoría hombres que los
militares fueron acomodando en el barco hasta un número de 46 ― a última hora aparecieron
cuatro más que sumaron al grupo ―; en total éramos 51, aún faltaba otro para
llegar al número, pero ese, apareció más tarde…
Obsesionado por la idea de la persecución me acomodé en la borda del lado
del muelle, a mis suegros, mi mujer y mi hijo les dieron una ubicación de
privilegio bajo el techo de la superestructura y yo, casi en posición fetal
recostado a la borda junto al muelle, solo miraba al exterior para tratar de
descubrir cuando nos iban a ordenar salir, era lo único que ocupaba mis
pensamientos en aquel momento en que las botas de los militares me quedaban a
la altura de mi nivel de observación y se me antojaban acompasados sus pasos
por la musicalización de la estulticia en medio de una escenografía que había
conformado parte de mi existencia hasta ese entonces y a punto de cambiar;
difícil poder imaginar en qué medida.
Le soltaron las amarras al barco que había puesto en marcha el motor y
avanzaba despacio hacía un punto al centro de la bahía dejando a cierta
distancia otros que permanecían surtos en ella y en espera.
― Ya saben cuáles son las instrucciones, todos a reagruparse hasta que se
les dé la orden de salida y mantenerse detrás de la fragata hasta que esta
lleve a cabo la maniobra de regreso ¡Entendido!
Evidentemente no quedaba claro para ninguno de nosotros lo dicho, pero se
sobrentendía que eran instrucciones que le daban de antemano a los tripulantes
de las embarcaciones para abandonar el puerto de forma más o menos organizada.
El asunto era que debían concentrarse en grupos de entre diez y quince cuando
se trataba de barcos medianos y pequeños, luego se acercaba una lancha rápida
para dar la orden final de partir en la que uno de sus tripulantes lo hacía
mediante el uso de un megáfono repitiéndola varias veces y en lo que se movía
rauda entre los barcos, posiblemente hicieran excepción con los camaroneros de
mayor tamaño y una vez que aparecía la fragata MGR (Marina de Guerra
Revolucionaria) Antonio Maceo para ponerse al frente y conducir el grupo hasta
cierto límite mar afuera, dejar que cada patrón se encargara de seguir el viaje
de la forma que entendiera y que en nuestro caso nos mantuvo formando parte de
un grupo que se fue haciendo más reducido hasta quedarnos solos. En ese
instante recordé que había visto pasar esos convoyes desde la playa al frente
de mi casa cuando aún permanecía en espera y le encontré explicación al hecho
de que, al frente y a cierta distancia, había siempre una nave artillada a la
que seguían las embarcaciones cargadas de personas que abandonaban el país.
― Amigo, ¿le sucede algo, se siente bien?, le noto como con miedo, así dijo
el patrón dirigiéndose a mí y en lo que me extendía una pequeña lata de 6 onzas
de jugo de pera de la marca Libby´s que vino a mi mente, a pesar de no haber visto una igual en mucho tiempo.
― No, estoy bien, solo ansioso por acabar de salir de aquí
― Ya, no se preocupe, es usted un hombre libre, ¿viene solo?
― No, respondí mientras le señalaba a mis familiares debajo de la
estructura. Observé entonces que habían sentado a mi suegra en una pequeña
banqueta y proveído un cubo azul de plástico para que vomitara, algo que no
paró de hacer durante todo el viaje.
― Quiero preguntarle algo que usted debe saber; ¿me han metido muchos
presidiarios aquí en el barco?, ¿sabe usted cuáles son?
― Mire, a lo mejor no puedo decirle específicamente y se me escape alguno,
pero ve el grupo que está en la parte de atrás, juntos, son unos 14 o 15 y vienen
con nosotros desde El Mosquito, aunque quizás hayan agregado algunos más…esos
últimos cuatro que abordaron probablemente.
― ¿El Mosquito?, ¿qué es eso?
― Es el lugar donde conforman y mezclan quién debe ir en cada barco, a lo
mejor no me explico, creo que tendré tiempo de contarle…
― Sí, ya me imaginaba, por las apariencias me doy cuenta, dijo el patrón.
Había de todo en aquel pequeño grupo a popa, inclusive, identifique a uno
que había sido administrador de la principal panadería de Santa Fe y estaba
preso por “apropiación y desvío de recursos” algo que se había comentado en el
pueblo y, ahora, formaba parte del del conjunto; individuos con la cabeza
rapada, con cicatrices, visibles tatuajes hechos en prisión con tinta de
limpiar zapatos y betún diluidos con alcohol, y arañados sobre la piel con
clavos a los que afilaban la punta para escribir o dibujar sobre ella
hurtándolos de la visión de los custodios, personas vestidas, más bien
disfrazadas, con ropa sobre talla y
hasta un hombre muy mayor según su apariencia, delgado en extremo, rapado y
unos pocos dientes sucios y podridos que, de seguro, habían sacado de algún
hospital siquiátrico, hablaba solo, se reía con muecas, sin hacer ruido y como
quien recrea desvaríos en su mente enajenada y ausente de la realidad inmediata
y circundante.
― Bueno, advirtió el patrón, ya sabe lo que hay que hacer si esta gente no
se comporta como deben durante el viaje, al agua con ellos…esos dos, son mis
hijos, ellos trabajan conmigo en Marathón (se refería al cayo en sur Florida)
pescando langostas, soy cubano, de Caibarién, y no he hecho otra cosa en mi vida
que pescar, a eso se dedicaban mis parientes en el pueblo. Este, es mi barco.
― ¿Y la señora?, pregunté
― Ella fue quien me alquiló (sic); quería traer a su familia de seis y no
le dieron ninguno porque dicen que su hijo y su nuera son médicos y uno de sus
nietos, el mayor, está en edad militar, no entiendo bien qué es todo eso, pero
la pobre mujer está muy triste, aunque no se le note…ya le dije que no se
preocupe, que luego sacamos cuentas y solo me va a pagar alguno de los gastos
del viaje.
Sabía muy bien de lo que hablaba aquel hombre y que decía no entender; como
un peso que iba descendiendo de mi cabeza a los pies comenzó a exorcizarse en
mí la pesadilla de los recientes días vividos y en medio del movimiento de la
embarcación, del ruido del motor seco y uniforme, del ajetreo sin fin de sus
válvulas, empezó a desteñirse ante mis ojos la visión ligeramente accidentada
de la costa, exactamente en el instante en que el sol iba desapareciendo entre
los colores vivos de aquel atardecer y el único olor era el del aire impregnado
del salitre; entendí entonces que hay olores opuestos con un mismo origen: el
de la tierra humedecida por la lluvia
que se eleva desde el suelo y el del aire que se lleva consigo las invisibles
partículas de sal de la superficie del mar. En aquel instante se llenaban mis
pulmones con la respiración plena y pura e imaginaba el otro olor si la fina
llovizna de aquel atardecer continuaba aireando el aroma al mezclarse con el
polvo de la tierra.
Es usted un hombre libre, aquella frase que me repetirían muchos, casi como
un mantra y que se escucha en contextos de semejante naturaleza y origen, puede
tener significados diferentes, porque la libertad es un sentimiento innato,
recreado en la condición humana; un hombre puede vivir condenado a la falta de
libertad entre sus iguales, o ser libre entre las cuatro paredes de una celda.
A pesar de que durante una parte importante de mi vida sentí mi libertad
conculcada, bajo el dominio de voluntades ajenas que asaltaron mi conciencia
para convertirme en prisionero de sus designios, ahora podía escuchar la frase
repetirse, eres un hombre libre, y tomar conciencia de que al respirar lo hacía
de una forma diferente, sin zozobra ni necesidad de mirar a un lado y que
descubrieran en mi rostro verdades inocultables refrendadas por el silencio. Un
viaje a lo desconocido cambiaba todo aquello como parte de un episodio en un
tiempo mínimo. Claro que valía la pena; razones, había de sobra.
EL VIAJE
A pesar del aislamiento informativo se había escuchado que las condiciones
para la navegación en las aguas del Golfo no eran buenas; muy peligrosas para
embarcaciones medianas y pequeñas, esa era la previsión para los días entre el
22 y el 29 de mayo, pero contra toda lógica ningún pronóstico podía
interponerse en el propósito de sacar del país al mayor número de personas en
el menor tiempo; el puente marítimo Mariel - Cayo Hueso iba a durar ― eso
pensaban ― hasta que se verificara el cambio de poderes en Estados Unidos y
asumiera la presidencia Ronald Reagan, representante del Partido Republicano
que había resultado electo en las elecciones de Noviembre; de hecho todo
concluyó antes, a mediados de septiembre y de una forma no prevista; con dos
vuelos fletados por el gobierno que
aterrizaron en Miami provenientes de la isla trayendo a bordo familiares y
ciudadanos norteamericanos ― por nacimiento ― hijos de cubanos que habían
residido en Estados Unidos y regresaron a vivir a Cuba en calidad de
repatriados a partir de 1959. Los últimos en salir no lo hicieron por el puerto
de Mariel ni llegaron a Cayo Hueso, el gobierno de Jimmy Carter respondió así
al reclamo de más de 200 personas que manifestaron su deseo de abandonar Cuba y,
mediante el crédito que su estatus les merecía, fueron escuchados y
complacidos.
No se le concedía importancia al hecho de que la marejada con olas hasta de
veinte pies podía convertir a muchos de los barcos que hacían el recorrido de
regreso por esos días en simples juguetes sujetos al peligro poniendo en riesgo
la vida de muchas personas; la sobrecarga, la vejez de algunas de las
embarcaciones, paradójicamente las más grandes, con casco de acero como en el
caso de los camaroneros, no fue óbice para que se tuvieran en cuenta medidas
precautorias.
Vencidos los obstáculos que hicieron de mi salida una odisea, aún debí
enfrentarme al riesgo de una situación que dependía exclusivamente de la
naturaleza, incontrolable, inédita e inevitable; no se trataba de
circunstancias dependientes de influencias humanas alterables, o no, pero
siempre franqueables. Cuando se está frente a lo imponderable solo queda
esperar y bajo determinadas condiciones la espera parece no tener fin, todo lo
posible se reduce a mantener la esperanza de que algo a favor esté por suceder;
es exactamente lo que la fe representa, un último recurso, escudo para cubrir
la percepción de una muerte que ronda; no es posible imaginar una ola de veinte
pies o más levantándose frente a los ojos que observan con asombro una pared de
agua que se alza y se derrumba casi al mismos tiempo y en una sucesión que no
concede tregua y es de esas situaciones que si no se viven, no pasan de ser otra
cosa que una experiencia visual cinematográfica.
Jackie, nuestro barco, parecía soportar bien la presencia del total de 50
personas a bordo. No estábamos hacinados y los más vulnerables a cualquier
situación peligrosa ubicados hacia el centro y bajo el techo de la estructura,
los hombres más jóvenes ocupábamos distintas posiciones sobre cubierta; me
senté recostado a la borda de estribor tratando de ocultarme, seguía
obsesionado con la idea de ser descubierto, debe haber sido tanto mi sigilo que
al patrón le llamó la atención y su reacción al verme fue acercarse a mí e
indagar:
― ¿Le pasa algo, se siente mal, por qué se esconde? Me hizo la misma
pregunta en más de una ocasión.
Comprendí que el hombre podía estar pensando que yo fuera uno de aquellos “locos”
que ponían en los barcos y le hice saber que todo estaba bien y que más tarde
quizás le comentara algunas cosas.
Acto seguido mi interlocutor le pidió a uno de sus hijos poner el motor en marcha
y navegar hasta el punto de concentración en que la fragata Maceo conducía mar
afuera unos quince barcos de diferente tamaño; el capitán llamó nuestra
atención sobre uno de los más pequeños de unos 17 pies de eslora y comentó:
― Ven aquel barquito con gente sentada en las bordas, no saben ellos, ni el
dueño, el riesgo que corren, con cualquier marejada se pueden volcar…
En eso apareció una lancha rápida del guarda fronteras cubano y uno de los
guardias preguntó, llamando por su nombre al capitán…
― Soy yo, ¿algún problema?
― No sé, alguien que dice conocerle viene a pedirle un remolque.
En efecto, un tipo que venía solo llegó a aparearse con un bote muy pequeño
y comenzó a hablar con el patrón del Jackie, era evidente que se conocían. De
inmediato empezaron a amarrar aquella chalupa que más bien parecía bote
auxiliar de una embarcación mayor a la popa de nuestro barco y el hombre subió
a bordo convirtiéndose en el pasajero 51 Una vez terminado el ajetreo los de la
lancha rápida le dieron la orden de partir al grupo y así comenzó la singladura
con dirección a Cayo Hueso, destino final de todas las embarcaciones porque en
ese territorio, el más sureño de la geografía norteamericana, estaban los
puntos de regulación y control de todas las personas provenientes de la isla.
Partimos al atardecer y al poco tiempo de encontrarnos navegando el grupo
de embarcaciones se fue dispersando y la oscuridad hacía imposible distinguir
el límite entre el celaje y la superficie del mar; solo el ruido del casco
dando contra el agua hacía posible entender que avanzábamos, aunque neófitos en
tales menesteres, sin saber el riesgo que representaba navegar y mantener el
rumbo en medio de condiciones adversas como las que se avecinaban.
El primer indicio de que se nos venía encima la tormenta fue el comienzo de
un aguacero tan fuerte que las gotas de agua se sentían como pellizcos, y en su
intensidad, no amainaba en lo que era perceptible el movimiento del agua de
lluvia en descendencia que el viento, muy fuerte, empujaba hacia ambos lados como
si se descorrieran cortinas de agua. Debió haber sido encontrándonos al norte
de La Habana que sentimos el ruido de una maquinaria que se nos acercaba y en
menos de lo imaginable teníamos frente a nosotros, cruzando muy cerca y a gran
velocidad, un enorme carguero que se elevaba de la superficie hacia arriba como
una mole de hierro que partía el agua en dos y junto a las olas, hizo que nos
balanceáramos sin poder avanzar a pesar del motor en marcha. Pasó muy cerca,
como si no se hubiera percatado de nuestra presencia, tanto, que debí mirar
hacia arriba para distinguir las luces encendidas en el puente de mando. Aquel
barco pudo habernos embestido y provocar que fuéramos a parar al fondo del mar
y en las difíciles condiciones agravadas por la oscuridad, la lluvia, el viento
y las olas, hubiéramos terminado ahogados y sin la más remota posibilidad de
algún sobreviviente.
La proa del Jackie se elevaba en el pico de la ola y cuando caía se hundía
en ella permitiendo que entrara gran cantidad de agua al interior; pero
continuábamos moviéndonos, el motor respondía y nunca llegamos a estar al pairo
lo cual hubiera significado encontrarnos a voluntad de la tormenta, perder el
rumbo y haber necesitado ayuda, luego supe que otros barcos se encontraron en
esa situación y algunos, perdidos, demoraron más de lo previsto en llegar a su
destino. En medio de aquellas circunstancias le escuché decir al patrón
dirigiéndose a uno de sus hijos que hacía de timonel:
― Dame el timón y ayuda a tú hermano con la gente, están asustados y no es
para menos; quítate, todavía no sabes para esto, a la ola no le puedes ir de
frente…
Los que estábamos cerca y pudimos escuchar nos miramos sin decir palabra,
todos nos ocupamos, incluidos los presos que se portaron a la altura de las
circunstancias, de proteger a los más débiles, los niños y algunas mujeres que
tapamos con unas lonas agarrándolas por los extremos para evitar que el viento
las pusiera a volar y hacerlas desaparecer. En eso, se escuchó la voz de
alguien que resultó ser el tipo de la chalupa que traíamos a remolque.
― Préstame el reflector, creo que mi barco se soltó.
Como en efecto, la soga cedió y el pequeño bote no se veía por ninguna
parte
― Coño, tiene que estar cerca, vamos a virar y dar unas vueltas a ver si lo
vemos…
― Lo siento, dijo el capitán, pero con esta marejada no puedo arriesgar a
toda esta gente por un bote.
― ¡Cojones! Pero sabes que no es mío, que es prestado, ¿qué le voy a decir
al dueño?
― Ese es problema tuyo, explícale lo sucedido y que se lo cubra el seguro
si es que tiene y puede.
Ni rastro del pequeño bote sobre el encrespado oleaje tras mantener el cono
de luz del reflector girando a ambos lados sobre la superficie mientras iba
quedando atrás el posible lugar de la pérdida.
Entonces comenzamos a sentir fuertes y secos golpetazos debajo y al final
de la estructura sobre la proa, a la entrada de los dos únicos y pequeños
camarotes que había.
― No traten de agarrarlo ni metan las manos para sujetarlo, le arranca un
brazo si lo intentan.
Uno de los hijos del capitán se refería al balón de gas de unas 50 libras
que se soltó del anclaje con que una cadena lo mantenía sujeto a una de las
bordas e iba de un lado a otro dando bandazos y golpeando con fuerza ambos
costados con peligro de un daño mayor en añadido a las difíciles circunstancias
a que nos enfrentábamos.
― Ponle un palo para que caiga y lo agarramos sobre cubierta, dijo el
capitán.
Así se hizo y sobre la superficie, de costado, pudo ser retenido el
cilindro que se había convertido en especie de proyectil en potencia porque su
carga de propano con los golpes pudo haber estallado, provocar un incendio y
quien sabe cuáles hubieran sido las consecuencias.
Por lo que se podía escuchar en la radio de la embarcación debíamos estar
saliendo del área de la tormenta que luego supe que el día 24 de mayo había
producido olas de entre 22 y 25 pies de altura hasta bien entrada la madrugada.
En efecto, cuando las condiciones empezaron a cambiar y el reflejo de la luz
emitida por la luna se hizo notar sobre la superficie del mar se concluyó que
debimos estar bajo el impacto de la tormenta por unas ocho horas de las doce
que duró el viaje.
Todavía en silencio, pero en un ambiente de ostensible relajación, se escuchó decir a la mujer que era tripulante en el Jackie, y a la
que no le concedieron ningún miembro de su familia para traerlos de regreso con
ella:
― Deben tener hambre, les prepararé un arroz amarillo con salchichas.
Ya estaba amaneciendo y en el claroscuro entre la retirada de la noche y las
primeras horas del amanecer se hizo visible el tintineo de las luces aún
encendidas y distantes.
― Es Cayo Hueso, lo tenemos a poco más de una hora y con el favor de Dios,
llegaremos a salvo, dijo el capitán.
La mujer empezó a repartir arroz con salchichas en platos de cartón
desechables y todo el que quiso comió, algunos hasta repitieron, estaba
exhausto y sentía mi estómago muy revuelto y aunque traté de ingerir una ración
de lo que pudo haber sido un manjar después de días de inanición, lo sentí como
una experiencia repugnante, tomé un poco de agua y traté de controlarme para no
vomitar, así de mal estaba.
Entre las ideas que se agolpaban en mi cabeza me daba cuenta que había
conseguido mi objetivo, miraba a los míos a salvo y frente a mí pero sentía la
culpa de haberlos expuesto a todo aquello ocurrido durante el tiempo
transcurrido desde el comienzo y, sobre todo, de esa última etapa en que
arriesgamos la vida, éramos personas bajo la apariencia de esos refugiados
descamisados y malolientes, de rostros desencajados y maltratados por la
naturaleza cuando no da tregua ni refugio ante sus inclemencias a pesar de
sobrevivir a ellas; llevaba nueve días sin bañarme, sin defecar, situación
anómala en mi caso, era difícil tener conciencia de lo que vendría pero sí de
las circunstancias de las que había escapado, ya no tendría que volver a
escuchar voces repitiendo consignas absurdas y a gritos, y una sola de ellas,
para encontrar el eco en un desierto, valle de arenas rodeado de dunas
estériles con el solo propósito de esconder la luz del Sol. Siempre la misma
voz, el mismo personaje levantando el índice como batuta para hilvanar el
efecto de la monótona polifonía revolucionaria entre promesas y mentiras.
Salí de aquel barco, de nuevo el último entre los míos y en pie, sobre el
muelle, aún sentía el vaivén de la embarcación y el ruido de su motor
amplificado en mis oídos. Me dolía todo el cuerpo y sentí frío, pero me di
cuenta que la gente hablaba, se abrazaban sin conocerse y se felicitaban, todo
muy distinto al silencio impuesto por quien nos somete. Pensé que había valido
la pena, mi hijo y mi mujer estaban a mi lado y yo, por fin, junto a ellos sin
la sombra de una separación forzada que tantas veces estuvo a punto de ocurrir.
La libertad adquiría una nueva dimensión, era la mía, la de ellos, la de todos
y podía sentirla más allá de la condición excluyente de una supuesta libertad colectiva
y condicionada que no es tal, más bien su antítesis.
Sobradas razones, pensé, para pasar por la experiencia de los últimos días,
para volver a comenzar y que después de más de 40 años transcurridos ― 43 para
ser exacto ― pueda seguir mirando hacia delante sin dejar de observar las
huellas en el tiempo y sobre el camino, sin olvidar que mi lugar no es allí
donde están los culpables. En verdad, lo siento entre la rara combinación de
tristezas y alegrías que puede ser la experiencia de muchos, aunque el dolor de
las heridas y sus cicatrices encuentren en el tiempo paliativos diversos en
cada caso; para mí están, siguen ahí, hincadas en esa falta de voluntad de la
conciencia que me acompañará hasta el final del viaje definitivo.