Había momentos en que
no sabía que decir y eso solía sucederle cuando las ideas se apretaban al
entendimiento que trataba de proveerles y debía descansar. Ahora, todo se
debatía entre el efecto inmediato de una experiencia y lo que siempre era, o
había sido, igual.
Descansar, sí, recostar
la cabeza en la almohada, mirar el techo y dejar que la modorra y el cansancio
terminaran por imponerle el sueño que no lograba conciliar porque quería pensar
que estaba demasiado cansado, le dolían los huesos y esa sensación de molestia
era como una barrera entre el abandono temporal de la realidad, las cosas que
pensaba ― algunas realmente inconfesables ― y el tormento de la intrascendente
cotidianidad.
Era, sin embargo,
alguien que gozaba de gran prestigio y tenía el reconocimiento de los
hipócritas que le rodeaban. No lo ignoraba…
La última mujer con la
que se había acostado (primero) para darse cuenta (después) que le había
gustado algo más que la anterior sin llegar a estar seguro ― como siempre
sucedía ― que la próxima, pudiera ser capaz de provocarle sensaciones ¿Desconocidas?
No, porque si de algo se preciaba era de
buen amante; con aquella capacidad de provocar orgasmos que ellas fingían
porque también eran una cuerda de hipócritas y poseedoras de un histrionismo
casi innato.
Esa, en la que ahora
pensaba junto a todo lo que ya se amontonaba en su cerebro, no se la figuraba
en la tersa y provocadora apariencia de su piel tostada en un solario de boutique,
la redondez perfecta de sus tetas sólo posibles bajo el efecto previo del
diseño computarizado en la oficina de un experimentado cirujano, caro, por
cierto; y que había sido capaz de diseñar, en violación de todos los parámetros
de la anatomía corpórea y natural, miles de tetas envidiables ― sobre todo, bajo
el efecto de la vanidad de otras mujeres― que carecían de recursos, no del deseo, para
pagar por “la belleza” y someterse al bisturí.
Tampoco lograba
entender por qué razón ella, con las nalgas de tamaño artificial (no por ser
demasiado grandes, duras o empinadas), pero en la justa medida que no existe;
carente de la exagerada esteatopigia de las mujeres de los hotentotes o la
figuración de la continuidad del plexo dorsal en la región del derrier, como si
se tratara de una germánica de aquellas que las prácticas eugenésicas del
nazi-fascismo las convertía en soldados y las obligaba a amar a otras mujeres y
disfrutar de ellas con gozo, porque no había hombre capaz de animarse ante tal
falta de estímulo visual y material.
¿De dónde provenía
aquel ser de otra galaxia que siendo, a saber, fabricado como esas muñecas que
se ordenan para ser amantes inmóviles de los misóginos inconfesados, se había
encontrado allí, aquella noche, casi al final?
Era, aún, más inverosímil
el encuentro por la cantidad de tipos emboscados en la oscuridad del bar a
cuyas luces pálidas y con el propósito de ocultar intenciones, resplandecen
únicamente los rostros camuflados por el maquillaje exagerado de las
prostitutas, las que fingen la edad que no tienen, o las que, como ella, pueden
ofrecerse con la natural, descarnada y desafiante naturalidad de su belleza.
Ella, era distinta. Él, no era capaz de imaginar cuánto.
Ahora, que ya lo sabía,
se percató de que la oscuridad de la habitación comenzaba a desvanecerse y daba
paso a la intolerable claridad del amanecer que ciega a los vampiros y les hace
morir de día en la estrechez del ataúd. Era tal su confusión que dudó entre
asomarse a la ventana, clavarse la cruz en el pecho o aceptar que ya no podía
ser el mismo. Con mínima, o nula vocación de suicida, optó por la tercera
alternativa.
No pegó ojo en toda la noche siguiente.
En lo adelante, tendría que vivir con una nueva culpa o exorcizarse del ánimo
que su última experiencia le había provocado. Tenía un gran problema que no
estaba en sus manos resolver. Aquella, la milimétricamente bella chica de la
noche anterior, lo había conquistado de una manera que tampoco era habitual y
que, en su caso, era la única posible por el momento y, según le había adelantado, lo demás, una promesa por venir que ella misma se hacía como un
ofrecimiento capaz de completar el sueño ¿De él, o de todos?
Apagaba el celular cada
noche, esa vez lo había olvidado, además, la mezcla de cocteles y tragos en la
roca consumidos durante la conquista, todavía le provocaba punzadas intermitentes en las cienes. El sonido
acampanadamente cibernético que anunciaba los mensajes le dejó saber que, al
menos, había uno.
Escuchó que ¿ella?,
dulce y amenazante, sentenciaba: no importa, puede que no respondas porque te
venció el cansancio; pero sé que lo harás, volveré a llamarte…