jueves, 29 de junio de 2017

DILEMA

Había momentos en que no sabía que decir y eso solía sucederle cuando las ideas se apretaban al entendimiento que trataba de proveerles y debía descansar. Ahora, todo se debatía entre el efecto inmediato de una experiencia y lo que siempre era, o había sido, igual.

Descansar, sí, recostar la cabeza en la almohada, mirar el techo y dejar que la modorra y el cansancio terminaran por imponerle el sueño que no lograba conciliar porque quería pensar que estaba demasiado cansado, le dolían los huesos y esa sensación de molestia era como una barrera entre el abandono temporal de la realidad, las cosas que pensaba ― algunas realmente inconfesables ― y el tormento de la intrascendente cotidianidad.

Era, sin embargo, alguien que gozaba de gran prestigio y tenía el reconocimiento de los hipócritas que le rodeaban. No lo ignoraba…

La última mujer con la que se había acostado (primero) para darse cuenta (después) que le había gustado algo más que la anterior sin llegar a estar seguro ― como siempre sucedía ― que la próxima, pudiera ser capaz de provocarle sensaciones ¿Desconocidas?  No, porque si de algo se preciaba era de buen amante; con aquella capacidad de provocar orgasmos que ellas fingían porque también eran una cuerda de hipócritas y poseedoras de un histrionismo casi innato.

Esa, en la que ahora pensaba junto a todo lo que ya se amontonaba en su cerebro, no se la figuraba en la tersa y provocadora apariencia de su piel tostada en un solario de boutique, la redondez perfecta de sus tetas sólo posibles bajo el efecto previo del diseño computarizado en la oficina de un experimentado cirujano, caro, por cierto; y que había sido capaz de diseñar, en violación de todos los parámetros de la anatomía corpórea y natural, miles de tetas envidiables ― sobre todo, bajo el efecto de la vanidad de otras mujeres―  que carecían de recursos, no del deseo, para pagar por “la belleza” y someterse al bisturí.

Tampoco lograba entender por qué razón ella, con las nalgas de tamaño artificial (no por ser demasiado grandes, duras o empinadas), pero en la justa medida que no existe; carente de la exagerada esteatopigia de las mujeres de los hotentotes o la figuración de la continuidad del plexo dorsal en la región del derrier, como si se tratara de una germánica de aquellas que las prácticas eugenésicas del nazi-fascismo las convertía en soldados y las obligaba a amar a otras mujeres y disfrutar de ellas con gozo, porque no había hombre capaz de animarse ante tal falta de estímulo visual y material.

¿De dónde provenía aquel ser de otra galaxia que siendo, a saber, fabricado como esas muñecas que se ordenan para ser amantes inmóviles de los misóginos inconfesados, se había encontrado allí, aquella noche, casi al final?

Era, aún, más inverosímil el encuentro por la cantidad de tipos emboscados en la oscuridad del bar a cuyas luces pálidas y con el propósito de ocultar intenciones, resplandecen únicamente los rostros camuflados por el maquillaje exagerado de las prostitutas, las que fingen la edad que no tienen, o las que, como ella, pueden ofrecerse con la natural, descarnada y desafiante naturalidad de su belleza. Ella, era distinta. Él, no era capaz de imaginar cuánto.

Ahora, que ya lo sabía, se percató de que la oscuridad de la habitación comenzaba a desvanecerse y daba paso a la intolerable claridad del amanecer que ciega a los vampiros y les hace morir de día en la estrechez del ataúd. Era tal su confusión que dudó entre asomarse a la ventana, clavarse la cruz en el pecho o aceptar que ya no podía ser el mismo. Con mínima, o nula vocación de suicida, optó por la tercera alternativa.

No pegó ojo en toda la noche siguiente. En lo adelante, tendría que vivir con una nueva culpa o exorcizarse del ánimo que su última experiencia le había provocado. Tenía un gran problema que no estaba en sus manos resolver. Aquella, la milimétricamente bella chica de la noche anterior, lo había conquistado de una manera que tampoco era habitual y que, en su caso, era la única posible por el momento y, según le había adelantado, lo demás, una promesa por venir que ella misma se hacía como un ofrecimiento capaz de completar el sueño ¿De él, o de todos?

Apagaba el celular cada noche, esa vez lo había olvidado, además, la mezcla de cocteles y tragos en la roca consumidos durante la conquista, todavía le provocaba punzadas intermitentes en las cienes. El sonido acampanadamente cibernético que anunciaba los mensajes le dejó saber que, al menos, había uno.

Escuchó que ¿ella?, dulce y amenazante, sentenciaba: no importa, puede que no respondas porque te venció el cansancio; pero sé que lo harás, volveré a llamarte…


  
  




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