sábado, 25 de abril de 2020

HISTORIAS DE COLÓN (el barrio)




De seguro fue por el 62-63; estaba yo en octavo de secundaria y llegué a la Romay a mediados de año procedente de la Echevarría que, por la cercanía a mi domicilio, era la escuela a la que debía asistir. Caminar por Perseverancia hasta San Lázaro y luego subir hasta Crespo me obligaba a levantarme más temprano, pero le agarré el gusto y, cada día, el camino de ida y vuelta me parecía una aventura que en soledad me garantizaba total independencia.

En mi nueva escuela solo Elda Castro Cumbá, la directora, y yo, sabíamos porque estaba allí en mi papel de advenedizo intruso que no era del barrio de Colón, uno con historias de malandanzas en el que abundaban los prostíbulos y donde no tenía amigos de mi edad, conocidos, ni parientes. Llamarle búfalo a su colega de la Echevarría y que me escuchara, fue motivo suficiente para salir expulsado de la José Antonio, antigua escuela de curas (una de Las Pías) en la concurrida esquina de Manrique y San Rafael.

Y si la Cumbá ― solían llamarle por su apellido materno ― era una morena fina y bella entrada en los cuarenta, siempre ataviada pulcramente para caracterizar la dignidad de su magisterio normalista; el Búfalo parecía un desafío a la armonía corpórea de la anatomía femenina, con un cuerpo desproporcionado, ancha de espalda y de dorsales impostados que conformaban sendos triángulos a partir de una cintura demasiado fina y en contraste, cabeza pequeña y chata, con escasa frente y unas cejas pobladas que se asomaban al límite superior de unas gafas bastas dejando un espacio limitado entre ellas y la raíz del pelo corto y rizo en desorden que era su imagen cotidiana. Aquella mujer me parecía búfalo y esa convicción fue mi pecado.

En la Romay me recibió la Cumbá y me leyó la cartilla. Mi boleta de estudiante reflejaba un buen aprovechamiento, pero la razón de mi traslado me ponía en vilo y tan pronto como el primer día empecé a caminar al filo del abismo. Aquella escuela era un desafío a las leyes de la física; el edificio, viejo y con un patio trasero que daba al Malecón, estaba carcomido por el salitre y las cabillas en la placa del techo asomaban cubiertas de herrumbre entre los descorchados de lo que había sido un esmerado trabajo de artífices del yeso, para colmo, al lado había un solar yermo que corría sobre la esquina de Águila y desde San Lázaro hasta la ancha avenida paralela al mar; por allí, el olor del salitre se dejaba sentir permanentemente vinculado al de los desechos fecales que flotaban sobre las aguas grises de la mojonera de Águila, final ―¿principio?― de la única calle de la ciudad que nace y muere en el litoral.

El mismo día de mi llegada me pusieron a prueba y recibí una andanada de “yitis” (el bullying es viejo) que como bofetadas sin rostro cayeron sobre la parte posterior de mi cabeza. Alcancé a ver uno propinado por Carmona que, sin duda, quería provocarme. Él era asiduo al predio vecino para enredarse a trompones con cualquiera que desentonara con el grupito que lideraba: El Cice, Otero, Morejón, Ramos, el chino Riverón; todos guapos y en permanente desafío de la cordura. Aquel día mi debut terminó sobre el pedregal del baldío aledaño, enredado a puñetazos con Carmona y media secundaria presenciando la pelea.

Por alguna razón de cómoda agresividad los enredos cuerpo a cuerpo terminaban con ese agarre capaz de inmovilizar la testa y que los luchadores llaman llave de candado; me tocó a mí, pero Carmona nunca olvidó la mordida que le pegué en el pecho contra el que me apretaba y en el que marqué mi dentellada como en la impresión de una prótesis total. El efecto hizo que me soltara y me diera la oportunidad de ponerme a la ofensiva. La bronca terminó con el saldo de camisas sin botones y pantalones rasgados, en rodillas expuestas y sangrantes a consecuencia del roce con el pedregal y los restos de vidrios, latón y otros escombros sobre la superficie del baldío. Al día siguiente empecé a formar parte del grupo y Carmona se convirtió en socio de aventuras.

Mi amistad con Carmona resultó ser un complemento de la curiosidad propia de un adolescente en tránsito entre los trece y los catorce. Vivía en el encuentro de Prado, Cárcel y Consulado en un edificio que, con unos cuatro o cinco pisos de altura, está detrás de un taller mecánico sito en la esquina del cuchillo vial y en el que había un expendio de gasolina con dos viejas bombas que habían operado bajo propiedad de Texaco; su arquitectura rompía con la uniformidad de las construcciones en derredor signadas por el aspecto colonial de la antigua Habana de intramuros. El inmueble tenía lo que uno de sus inquilinos, el padre de Carmona, llamaba el penthouse, con una amplia terraza de frente de cristal cerrada entre paneles delimitados por bordes de hierro que en algunos segmentos abrían hacia arriba mediante el movimiento de maniguetas entumidas por la falta de uso. Era la razón por la que los ventanales permanecían cerrados casi siempre.

El primer día que estuve allí, Carmona me advirtió que a su padre no le gustaba que llevara “amiguitos” a la casa, pero en algunos casos y a instancias de la madre y de Kenia, única hermana, mayor que él y de muy buen ver, lo permitía; seguramente vulnerando las advertencias que normaban el quehacer de su única actividad, motivo por el que era vecino del lugar y desempeñaba un trabajo de dieciséis horas diarias ― a veces más ― y siete días a la semana.

El teniente Carmona era veterano de La Sierra, a la sazón miembro del DIER (Departamento de Inteligencia del Ejército Rebelde) y se ocupaba a las órdenes de su fundador Ramiro Valdés Menéndez. Su instrumento de trabajo era un telescopio montado en un trípode y enfocado hacia la sede de la embajada británica a un costado del Parque de los Enamorados, a mitad de cuadra y entre el restaurante La Tasca de España y la salida del Túnel que daba a Refugio, a unos doscientos metros del apartamento de los Carmona. Él, debía llevar un registro de todos los movimientos de la sede diplomática; quiénes salían y entraban, el tiempo que permanecían al interior, de quiénes se hacían acompañar, en fin, una pormenorizada labor de inteligencia visual; todo, parte de la paranoia castrista que comenzó tempranamente. Al cabo, los ingleses no eran de fiar, habían vendido a Batista un puñado de cazas Sea-Fury en el 58 cuando ya los norteamericanos no querían ofertarle ni balas.

Recuerdo que estuve allí muchas veces, el tipo detrás del telescopio generaba una imagen de tensión aún para nosotros, indolentes jóvenes; pero los misterios legendarios  de Colón, las incursiones furtivas y de tarde (de noche la policía se lo impedía a los menores) en las callejuelas de los lupanares del Callejón Bernal, Crespo y Amistad para observar las meretrices llamando por postigos incrustados en las puertas a sus clientes potenciales y ofrecerles el servicio del placer pagado que aún existía, terminaron por desarraigarme de San Leopoldo y hacerme asiduo del barrio en que años ha Caturla se juntó en sucesión con dos hermanas negras y tuvo con ellas once hijos mulatos antes de ser víctima de una venganza urdida por un criminal que mandó a la cárcel en su calidad de juez, que también lo era, y a pesar de preferir el ambiente de los lupanares en los que concibió muchas de sus magníficas partituras.

Pero Colón era también el barrio de Lezama. Luego me enteré en propiedad cuando mis intereses se perfilaron en función de la madurez y al cabo del tiempo, antes; escuché entre mayores amigos de mi padre, que a la casa de Trocadero 162 entre Industria y Consulado acudían miembros prominentes de la intelectualidad citadina y en esas prolongadas tertulias que el escritor se permitía en calidad de anfitrión prosperó Orígenes, uno de los movimientos artístico-literarios de mayor importancia a partir del segundo lustro de la década de los cuarenta y cuyo fecundo testimonio quedó plasmado en las páginas de Orígenes, La Revista. En el refugio personal de Lezama, durante 47 años, se gestó la mayor parte de su obra literaria y se dio pábulo a la idea del arte como manifestación del espíritu no viciado por el efecto alienante de circunstancias aleatorias. Luego, sucedieron otras cosas.

                                                   II

Hay caprichos de la mente que no se manifiestan a través de la lógica de la correspondencia, uno de ellos, la ocurrencia de equiparar algún que otro zaguán de Consulado, la farmacia en una esquina ― creo que de Ánimas ― con la imagen de un trozo de North Miami Avenue en el viejo downtown miamense, especie de evidencia arqueológica sumergida entre construcciones faraónicas de oficinas y condominios lujosos, ajenos a los toldillos a rayas de los puestos de ambulantes, alegoría de la necesidad, estampa rediviva para satisfacer la curiosidad de los turistas de ocasión, asiduos a las ruinas citadinas que para la mayoría resultan habituales. Solo muchos años después pude revivir experiencias entre los matices de maromas mentales debatiéndose enconadamente con mis vivencias de entonces.

Allí en el barrio viejo y en el que algunas calles parecían tener más vida que otras, o al menos una vigencia pública que alguna vez fue objeto de la preferencia para el aguzado ojo del comerciante, el banquero, el busca vida o el bandolero, todo fluía con rapidez. Eran arterias con un caudal que le medía la presión a la ciudad y le imponían ritmo a los latidos de su corazón; el resto, eran como escondrijos donde la gente se refugiaba expuesta a los olores característicos del sofrito, dormía la siesta al mediodía y profanaba la noche entre sudores y efluvios de otra naturaleza.

Consulado era una combinación de ambas, una mezcla de delirios con el añadido del humo contaminado proveniente del mixto de petróleo, asfalto y gasolina y se veían cosas raras, tanto, que acaparaban la atención de muchos: no importaba que fuera un anciano que arrastraba sus pasos sobre las aceras agrietadas o un púber, como yo, que corría a saltos evadiendo obstáculos para ocupar, ante el espectáculo por venir, un lugar de preferencia. Entretanto se escuchaba el persistente sonido de un silbato sin pausa.

El sonido del silbato era como el llamado del jefe de pista de un circo de los viejos. ¡Señoras y señores!, solía repetir ese personaje ataviado con chaqueta de húsar y tocado con chistera restallando el látigo y que las hacía de domador y agitador de emociones ajenas y minúsculas de una vez. Era de aquellos ― trashumantes ― que, bajo la carpa, descolorada y raída, amontonaban la utilería y exhibían un único y famélico león enjaulado como parte del atrezo, mientras los payasos trataban de hacer reír a la menguada asistencia de cúbito sobre las tablas de una galería de palenque, similar a los bancos del gallinero en el Verdún y El Majestic. Pero en la rectilínea vía, delimitada por sus aceras paralelas y flanqueada por edificaciones de perfil asimétrico, el sonido del silbato se amplificaba tanto que se escuchaba como si fueran varios.

Parecía que lo que se anunciaba recorría la calle desde Prado hasta Neptuno; y en efecto era así: el Patinador de la Muerte venía agarrado a la defensa delantera de una ruta L-2 (destino Lawton) que se movía calle arriba; metido todo el cuerpo debajo de la parte delantera de la carrocería de un British Leyland de los que se compraron en época de Prío y a precio de liquidación durante  la segunda posguerra y que la gente bautizó como las enfermeras por estar pintados de blanco con una franja azul que le daba la vuelta a la carrocería rompiendo la monotonía de tan anodino e inapropiado color para un transporte de uso público.

El hombre era un mulato flaco y alto metido en un maillot rojo, verde y amarillo, muy entallado, y que le cubría hasta la cabeza dejando el rostro al descubierto en una ausencia oval del tejido que le permitía ver, respirar y utilizar la boca para usar el silbato que colgaba de su cuello atado a una cadenilla de lámpara y mantenía entre sus labios la mayor parte del tiempo. Su principal instrumento de trabajo eran unos patines Unión 5 con enrollados eternos como ruedas; un simple engrasado con el unto suave de un compuesto a base de petróleo, una vaselina, era todo lo necesario para que rodaran en silencio y por siempre; además, “one size fit all” como se dice hoy; se ajustaban al pie del 5 al 11 apretando una tuerca con una llavecilla de mariposa. Para quien los podía pagar, valían lo que costaban y este hombre rodaba sobre su propia e inusual manera de ganarse la vida.

Era un riesgo voluntario el que corría El Patinador y en cohecho ante la posibilidad de un error fatal, los choferes que se prestaban para el espectáculo le exigían una tarjeta con su firma que, recubierta con un plástico, se hacía resistente al manoseo de numerosos intentos. Algo tan simple liberaba de cualquier tipo de responsabilidad a la contraparte que timón en mano, garantizaba la realización del acto. Al parecer, era un escueto texto escrito a máquina para obviar lo ininteligible de cualquier caligrafía en cursiva a excepción del espacio ocupado por el nombre del actuante (en letra de imprenta y tipos alzados) y rubricado con su firma, bajo la que volvía a figurar el nombre, pero en los tipos de la maquinilla y en alternancia de mayúsculas y minúsculas. Un documento sin validez legal para simplificar la vida y hacerse responsable de su propia muerte: casi, la misiva de un suicida, su postrera voluntad ― reiterada ad infinitum.

Todas las veces que vi aquellos desesperados intentos de supervivencia ― porque eso eran ― se le veía al hombre recoger la esquela metida en una pequeña cubeta roja que le servía para colectar la escurridiza voluntad de los que llenaban las aceras a lo largo de varias cuadras; desde la estación de gasolina con las dos bombas de Texaco, hasta Los Parados de Neptuno. El valor de aquel acto pagado a voluntad y a posteriori por parroquianos y visitantes de ocasión, debía servir para cubrir necesidades vitales: techo, comida, ropa, todo girando a gran velocidad sobre ocho enrollados y carentes del valor absoluto que la muerte (el patinador lo sabía y por eso se autodenominaba “de La Muerte”) representa.

Luego, tomaba un aire deslizándose entre aplausos de la gente en las aceras hacía el punto de partida y sobre sus patines. Era un misterio el lugar donde escondía “el cepillo” que contenía el valor en metálico de su riesgo. Las tandas dependían de la productividad del día y al comienzo del recorrido, esperaba a otro chofer dispuesto. Todos sabían que estaba al llegar cuando el sonido del silbato les alertaba una vez más.

                                                  III

Aquel día llegamos Carmona y yo al penthouse y el telescopio sobre el trípode hacía la vez de pieza disruptiva en medio de un ambiente kitsch. Era un engendro de la modernidad y la ciencia, que se alzaba en torno a retratos de familia en sepia colgando de las paredes y jarrones de losa de varios tamaños y colores llenos de flores artificiales. El telescopio sin el vigía ― o vigilante ― detrás, sin llevar a cabo sus anotaciones en especie de bitácora manuscrita con ortografía y redacción serranas era algo inerme, carente de vida y de utilidad. Tampoco estaba la madre de mi amigo, solo Kenia que escuchaba en un viejo tocadiscos un 45 de Luisito Bravo con “covers” en español de Paul Anka: Elenitaaa, quiero ser tú amor… uh, ahhh… Algo inesperado había acontecido la noche anterior y los progenitores estaban de funeral; eso contó Kenia.

El jefe del teniente Carmona, el capitán Panchón, así era conocido; se había pegado un tiro en la cabeza después de comprobar que todo lo que se decía de su mujer era cierto, pero con el agravante de que lo que comentaban de él era peor. Panchón no se fue solo, se llevó al otro mundo, al cementerio, también prohijado bajo el ilustre apellido del Almirante (así las cosas, fueron de Colón, el barrio, a Colón, la necrópolis), a su concubina y a su amante; un tipo que tenía fama de “correntón” según las comadres de cuello corto, semblante regordete y lengua presumiblemente larga. El tipo se llamaba Leovigildo Perullero y se manejaba de nombre y apellido porque era un “próspero” comerciante dueño de un par de caficolas; la de Neptuno y Consulado frente a Los Parados era muy concurrida y Mandrake, El Mago, siempre andaba por allí exhibiendo su estilo envaselinado y su bigotillo fino a lo Jorge Negrete sin llegar a las curvaturas extremas del de Dalí; menos, a la selvática profusión super labial del de Bigote de Gato.

Panchón, tipo muy ocupado en recolectar informes de inteligencia de sus subordinados y entregárselos a sus superiores dotados de una inteligencia supuestamente superior a la suya, carecía de tiempo suficiente para dedicarlo a su mujer llena de atributos que le concedió en custodia y gratuidad a él porque pensó que le daban acceso a otra vida diferente a la que había conocido sobre catres rechinantes que no habían conseguido desvalorizar sus encantos aún utilizables; pero sus experiencias eran demasiado estimulantes y encantadoras a la vez y el diablo se le apareció de nuevo entre las piernas sin poder expulsarlo mediante el único uso de las manos. Entonces Perullero, que merodeaba de doce a doce en su Chevrolet 57 descapotable, blanco y de rojo el interior, descubrió a la orilla del pantano aquella florecita que Panchón no se encargaba de regar.

La relación con Leovigildo tenía la ventaja de que no era oficial, no porque dependiera de algún papel firmado entre ella y Panchón, sino porque Panchón era un oficial…de inteligencia, siempre vestido de verde…oliva, de botas percudidas y pistola al cinto, con una incipiente calvicie que figuraba una tonsura natural, como tratándose de un monje asceta encaramado en la cresta de la ola revolucionaria, cubierta con un Stetson de ala ancha de color acaramelado a imagen e idolatría de su jefe que hizo mutis entre mar y tierra ― el destino final del reposo del guerrero sigue siendo incierto; entre ahogado y quemado, agua y fuego…pero ciertamente, desde el aire. Todos los elementos incluidos.

Perullero, tipo acostumbrado a emplear la mente y entrenarla en las conveniencias placenteras del sexo como adicción, perfumado con la fragancia de la Vieja Especie (Old Spice) y deseando las procedentes de los recónditos intersticios de las meretrices empolvados con Maja, calzado con unos lustrosos Ingelmo avellanados y pulcramente ataviado con su dril crudo y su guayabera de hilo de Holanda, ganó el favor de la mujer de Panchón que de tanto andar no alcanzó destino alguno. Además, Perullero vendía café a tres centavos la tacita en sus timbiriches atendidos por matronas pintarrajeadas y mañas para el ofrecimiento bien aprendidas, no era colector voluntario de “informes” para que los malos durmieran bien. Por cierto, Los Malos Duermen Bien era el título de un film japonés del genial Kurosawa protagonizado por Toshiro Mifune que se exhibía en los cines capitalinos a la sazón con éxito de taquilla, algo que todavía era encarable en tales términos.

Panchón recibió un informe que sin ser propiamente de inteligencia, lo trastornó de tal manera que en cumplimiento de las reglas de su oficio se encargó de comprobarlo todo in situ y al llegar agazapado a la escena, entre la oscuridad, observó que con premeditación, alevosía y nocturnidad como agravantes del tarro, su inspiradora hembra (que no era compañera de luchas) se repellaba entre suspiros de placer con aquel indeseable proxeneta a descapotable descubierto y en el preámbulo de entrar a la posada El Camino del Cielo, cuya puerta al costado era la escenografía explícita del delito.

Panchón debió recordar el ruido de disparos durante las escaramuzas en La Sierra, el sonido seco y amartillado al contacto de la aguja con el fulminante de un proyectil de Springfield o de Garand, el agujero en medio del pecho de un casquito de apenas veinte y tantos años muerto en la última ofensiva por los $ 33.33 de soldada para reclutas y chivatos, todas, imágenes que se confundían en sus recuerdos aún frescos de lo que asumía como el papel de un revolucionario y no pudo dominar su ira.

Él, un combatiente a riesgo de su propia vida no podía ser burlado, menos, por un chulo de cuarta y una puta que había sacado de una cueva de comadrejas (de nombre científico: Mustela Putorius) que brincaban sudorosas sobre catres apestosos. Y respondió con la 45, la Browning que Camilo le había regalado en Columbia cuando formaba parte de su escolta y antes de desaparecer. No permitió que advirtieran su presencia, él sabía cómo ejecutar una venganza para que fuera letal y efectiva. De los siete proyectiles empleo seis equipartidos entre los amantes traidores y dejó el séptimo en el directo para volarse la cabeza que le encontraron enrollada en el pedazo de una colchoneta ensangrentada a fin de amortiguar el ruido del disparo.

Típico caso de doble homicidio – suicidio, cometido por un hombre cuyo honor mancillado solo dio para una crónica roja escueta y desfigurada, semejante al color del interior del Chevrolet que de tanta sangre, agujeros de salida en la carrocería y pedazos de vísceras dispersas y adheridas, perdió el lustre ante los ojos de quienes lo celebraban en añoranza como uno de los vehículos de más porte entre los que circulaban en el barrio. Allí no era frecuente ver “colas de pato” ni importados alemanes, italianos o franceses, el Chevrolet era el “carro del pobre” pero también tenía lo suyo y el de Perullero, huérfano de dueño en lo adelante, había sido el redil de un trágico suceso. ¡Solavaya! dijo Barbarito el sordo, que afinaba carburadores en su taller de Blanco y Virtudes utilizando un estetoscopio porque no podía escuchar el ruido de un motor en “Idle” (baja) cuando se lo ofrecieron a precio de liquidación. Para Barbarito el único camino limpio era el desbrozado por el garabato rojinegro de Changó que descansaba tras la puerta de entrada al taller y lo protegía de todo mal.

Curioso que ni muerto Panchón quiso que lo encontraran junto a aquellos dos, se fue de la escena en el Willys del antiguo ejército que manejaba y que dejó aparcado en un callejón cerca de la escena del crimen para ir a quitarse la vida (algo que por aquellos días se había puesto de moda entre gente que lo logró y otros… que no) en el lugar que él llamaba su oficina; el sótano de un viejo inmueble sito en Prado y que ocupaba solo una sección del mismo supuestamente secreta y para llevar a cabo con la mayor discreción posible las actividades encomendadas por el DIER, allí decidió emprender la retirada definitiva, para él todo tenía un significado patriótico, hasta la deshonrosa envergadura de un tarro. El lugar era como una cueva, una madriguera para colectar informes, elucubrar estrategias de captura y trasladar sospechosos a fin de ser interrogados en la primera fase de un viaje a destino cercano y en muchos casos, sin regreso: la fortaleza de La Cabaña.

Allí encontraron el cadáver de Panchón cuyo cuerpo pusieron sobre una camilla herrumbrienta, usada solo para cargar muertos e introducirlos a un panel de la Cruz Roja Nacional cuyo destino era la morgue; iba cubierto con una sábana blanca que se teñía de rojo al lado derecho de la cabeza y uno de los brazos, el izquierdo, colgó desvanecido al levantar la camilla para introducirla en la sección de carga; oscura oquedad sucia y vacía, capilla en movimiento para cuerpos inertes.

En torno, y a pesar del esfuerzo policial para dispersarlos, se amontonaba un numeroso grupo de curiosos, gente del barrio que conoció del hecho relacionado con el hallazgo de los cadáveres en un auto frente al Camino del Cielo, pero sin establecer relación con lo que observaban. Era una tarde soleada y calurosa y allí estábamos Carmona el hijo, su hermana Kenia y yo; el teniente Carmona, impenitente y celoso velador, desconocía lo que estaba sucediendo a pesar de la cercanía, su ojo director no tenía alternativa al visor del telescopio y era un despropósito abandonar su atalaya en el penthouse y que los  flemáticos ingleses le fueran a pasar gato por liebre a los acólitos de Ramiro, entablillados en un corte cruzado gris como el cielo londinense e igual al de Gregory Peck en la película de título homónimo.

Kenia estaba muy nerviosa y decidió regresar al apartamento, nosotros dos lo hicimos al rato y al indagar sobre la soledad del telescopio nos enteramos de la razón…por causa de fuerza mayor: el pundonoroso jefe del pater familia, el compañero capitán Francisco de la Caridad Agüero Paniagua, Panchón, había fallecido en el cumplimiento de sus obligaciones y en el desempeño de una riesgosa y honrosa misión encaminada a frustrar (con éxito) los planes del enemigo y la contrarrevolución. Kenia viró el 45 de Luisito Bravo y se escucharon los acordes de Tiernamente… “nuestros besos fueron fuego/ un romance por deseo…”

Lo recuerdo todo, aunque ese día no puedo precisar si escuché ― o no ― el silbato del Patinador de La Muerte.

J.A.Arias
04/26/2020