De seguro fue por el 62-63; estaba yo en octavo de secundaria y llegué a la Romay a
mediados de año procedente de la Echevarría que, por la cercanía a mi
domicilio, era la escuela a la que debía asistir. Caminar por Perseverancia
hasta San Lázaro y luego subir hasta Crespo me obligaba a levantarme más
temprano, pero le agarré el gusto y, cada día, el camino de ida y vuelta me
parecía una aventura que en soledad me garantizaba total independencia.
En mi nueva escuela
solo Elda Castro Cumbá, la directora, y yo, sabíamos porque estaba allí en mi
papel de advenedizo intruso que no era del barrio de Colón, uno con historias
de malandanzas en el que abundaban los prostíbulos y donde no tenía amigos de
mi edad, conocidos, ni parientes. Llamarle búfalo a su colega de la Echevarría
y que me escuchara, fue motivo suficiente para salir expulsado de la José
Antonio, antigua escuela de curas (una de Las Pías) en la concurrida esquina de
Manrique y San Rafael.
Y si la Cumbá ― solían
llamarle por su apellido materno ― era una morena fina y bella entrada en los
cuarenta, siempre ataviada pulcramente para caracterizar la dignidad de su
magisterio normalista; el Búfalo parecía un desafío a la armonía corpórea de la
anatomía femenina, con un cuerpo desproporcionado, ancha de espalda y de
dorsales impostados que conformaban sendos triángulos a partir de una cintura
demasiado fina y en contraste, cabeza pequeña y chata, con escasa frente y unas
cejas pobladas que se asomaban al límite superior de unas gafas bastas dejando
un espacio limitado entre ellas y la raíz del pelo corto y rizo en desorden que
era su imagen cotidiana. Aquella mujer me parecía búfalo y esa convicción fue
mi pecado.
En la Romay me recibió
la Cumbá y me leyó la cartilla. Mi boleta de estudiante reflejaba un buen
aprovechamiento, pero la razón de mi traslado me ponía en vilo y tan pronto
como el primer día empecé a caminar al filo del abismo. Aquella escuela era un
desafío a las leyes de la física; el edificio, viejo y con un patio trasero que
daba al Malecón, estaba carcomido por el salitre y las cabillas en la placa del techo asomaban cubiertas de herrumbre entre los descorchados de lo que había
sido un esmerado trabajo de artífices del yeso, para colmo, al lado había un
solar yermo que corría sobre la esquina de Águila y desde San Lázaro hasta la
ancha avenida paralela al mar; por allí, el olor del salitre se dejaba sentir
permanentemente vinculado al de los desechos fecales que flotaban sobre las
aguas grises de la mojonera de Águila, final ―¿principio?― de la única calle de
la ciudad que nace y muere en el litoral.
El mismo día de mi
llegada me pusieron a prueba y recibí una andanada de “yitis” (el bullying es
viejo) que como bofetadas sin rostro cayeron sobre la parte posterior de mi
cabeza. Alcancé a ver uno propinado por Carmona que, sin duda, quería
provocarme. Él era asiduo al predio vecino para enredarse a trompones con
cualquiera que desentonara con el grupito que lideraba: El Cice, Otero,
Morejón, Ramos, el chino Riverón; todos guapos y en permanente desafío de la
cordura. Aquel día mi debut terminó sobre el pedregal del baldío aledaño,
enredado a puñetazos con Carmona y media secundaria presenciando la pelea.
Por alguna razón de
cómoda agresividad los enredos cuerpo a cuerpo terminaban con ese agarre capaz
de inmovilizar la testa y que los luchadores llaman llave de candado; me tocó a
mí, pero Carmona nunca olvidó la mordida que le pegué en el pecho contra el que
me apretaba y en el que marqué mi dentellada como en la impresión de una
prótesis total. El efecto hizo que me soltara y me diera la oportunidad
de ponerme a la ofensiva. La bronca terminó con el saldo de camisas sin botones
y pantalones rasgados, en rodillas expuestas y sangrantes a consecuencia del
roce con el pedregal y los restos de vidrios, latón y otros escombros sobre la
superficie del baldío. Al día siguiente empecé a formar parte del grupo y
Carmona se convirtió en socio de aventuras.
Mi amistad con Carmona
resultó ser un complemento de la curiosidad propia de un adolescente en
tránsito entre los trece y los catorce. Vivía en el encuentro de Prado, Cárcel
y Consulado en un edificio que, con unos cuatro o cinco pisos de altura, está
detrás de un taller mecánico sito en la esquina del cuchillo vial y en el
que había un expendio de gasolina con dos viejas bombas que habían operado bajo
propiedad de Texaco; su arquitectura rompía con la uniformidad de las
construcciones en derredor signadas por el aspecto colonial de la antigua
Habana de intramuros. El inmueble tenía lo que uno de sus inquilinos, el padre de
Carmona, llamaba el penthouse, con una amplia terraza de frente de cristal
cerrada entre paneles delimitados por bordes de hierro que en algunos segmentos
abrían hacia arriba mediante el movimiento de maniguetas entumidas por la falta
de uso. Era la razón por la que los ventanales permanecían cerrados casi
siempre.
El primer día que
estuve allí, Carmona me advirtió que a su padre no le gustaba que llevara
“amiguitos” a la casa, pero en algunos casos y a instancias de la madre y de
Kenia, única hermana, mayor que él y de muy buen ver, lo permitía; seguramente
vulnerando las advertencias que normaban el quehacer de su única actividad,
motivo por el que era vecino del lugar y desempeñaba un trabajo de dieciséis
horas diarias ― a veces más ― y siete días a la semana.
El teniente Carmona era
veterano de La Sierra, a la sazón miembro del DIER (Departamento de
Inteligencia del Ejército Rebelde) y se ocupaba a las órdenes de su fundador
Ramiro Valdés Menéndez. Su instrumento de trabajo era un telescopio montado en
un trípode y enfocado hacia la sede de la embajada británica a un costado
del Parque de los Enamorados, a mitad de cuadra y entre el restaurante La Tasca
de España y la salida del Túnel que daba a Refugio, a unos doscientos metros
del apartamento de los Carmona. Él, debía llevar un registro de todos los
movimientos de la sede diplomática; quiénes salían y entraban, el tiempo que
permanecían al interior, de quiénes se hacían acompañar, en fin, una pormenorizada
labor de inteligencia visual; todo, parte de la paranoia castrista que comenzó tempranamente.
Al cabo, los ingleses no eran de fiar, habían vendido a Batista un puñado de
cazas Sea-Fury en el 58 cuando ya los norteamericanos no querían ofertarle ni
balas.
Recuerdo que estuve
allí muchas veces, el tipo detrás del telescopio generaba una imagen de tensión
aún para nosotros, indolentes jóvenes; pero los misterios legendarios de Colón, las incursiones furtivas y de tarde
(de noche la policía se lo impedía a los menores) en las callejuelas de los
lupanares del Callejón Bernal, Crespo y Amistad para observar las meretrices
llamando por postigos incrustados en las puertas a sus clientes potenciales y
ofrecerles el servicio del placer pagado que aún existía, terminaron por
desarraigarme de San Leopoldo y hacerme asiduo del barrio en que años ha
Caturla se juntó en sucesión con dos hermanas negras y tuvo con ellas once
hijos mulatos antes de ser víctima de una venganza urdida por un criminal que
mandó a la cárcel en su calidad de juez, que también lo era, y a pesar de
preferir el ambiente de los lupanares en los que concibió muchas de sus
magníficas partituras.
Pero Colón era también
el barrio de Lezama. Luego me enteré en propiedad cuando mis intereses se
perfilaron en función de la madurez y al cabo del tiempo, antes; escuché entre
mayores amigos de mi padre, que a la casa de Trocadero 162 entre Industria y
Consulado acudían miembros prominentes de la intelectualidad citadina y en esas
prolongadas tertulias que el escritor se permitía en calidad de anfitrión prosperó
Orígenes, uno de los movimientos artístico-literarios de mayor importancia a
partir del segundo lustro de la década de los cuarenta y cuyo fecundo
testimonio quedó plasmado en las páginas de Orígenes, La Revista. En el refugio
personal de Lezama, durante 47 años, se gestó la mayor parte de su obra literaria
y se dio pábulo a la idea del arte como manifestación del espíritu no viciado
por el efecto alienante de circunstancias aleatorias. Luego, sucedieron otras
cosas.
II
Hay caprichos de la
mente que no se manifiestan a través de la lógica de la correspondencia, uno de
ellos, la ocurrencia de equiparar algún que otro zaguán de Consulado, la
farmacia en una esquina ― creo que de Ánimas ― con la imagen de un trozo de
North Miami Avenue en el viejo downtown miamense, especie de evidencia
arqueológica sumergida entre construcciones faraónicas de oficinas y condominios
lujosos, ajenos a los toldillos a rayas de los puestos de ambulantes, alegoría
de la necesidad, estampa rediviva para satisfacer la curiosidad de los turistas
de ocasión, asiduos a las ruinas citadinas que para la mayoría resultan habituales.
Solo muchos años después pude revivir experiencias entre los matices de maromas
mentales debatiéndose enconadamente con mis vivencias de entonces.
Allí en el barrio viejo
y en el que algunas calles parecían tener más vida que otras, o al menos una vigencia
pública que alguna vez fue objeto de la preferencia para el aguzado ojo del
comerciante, el banquero, el busca vida o el bandolero, todo fluía con rapidez.
Eran arterias con un caudal que le medía la presión a la ciudad y le imponían ritmo a los latidos de su corazón; el resto, eran como escondrijos donde
la gente se refugiaba expuesta a los olores característicos del sofrito, dormía
la siesta al mediodía y profanaba la noche entre sudores y efluvios de otra
naturaleza.
Consulado era una
combinación de ambas, una mezcla de delirios con el añadido del humo
contaminado proveniente del mixto de petróleo, asfalto y gasolina y se veían
cosas raras, tanto, que acaparaban la atención de muchos: no importaba que
fuera un anciano que arrastraba sus pasos sobre las aceras agrietadas o un
púber, como yo, que corría a saltos evadiendo obstáculos para ocupar, ante el
espectáculo por venir, un lugar de preferencia. Entretanto se escuchaba el
persistente sonido de un silbato sin pausa.
El sonido del silbato
era como el llamado del jefe de pista de un circo de los viejos. ¡Señoras y
señores!, solía repetir ese personaje ataviado con chaqueta de húsar y tocado
con chistera restallando el látigo y que las hacía de domador y agitador de
emociones ajenas y minúsculas de una vez. Era de aquellos ― trashumantes ― que,
bajo la carpa, descolorada y raída, amontonaban la utilería y exhibían un único
y famélico león enjaulado como parte del atrezo, mientras los payasos trataban
de hacer reír a la menguada asistencia de cúbito sobre las tablas de una
galería de palenque, similar a los bancos del gallinero en el Verdún y El
Majestic. Pero en la rectilínea vía, delimitada por sus aceras paralelas y
flanqueada por edificaciones de perfil asimétrico, el sonido del silbato se
amplificaba tanto que se escuchaba como si fueran varios.
Parecía que lo que se
anunciaba recorría la calle desde Prado hasta Neptuno; y en efecto era así: el
Patinador de la Muerte venía agarrado a la defensa delantera de una ruta L-2
(destino Lawton) que se movía calle arriba; metido todo el cuerpo
debajo de la parte delantera de la carrocería de un British Leyland de los que
se compraron en época de Prío y a precio de liquidación durante la segunda posguerra y que la gente bautizó
como las enfermeras por estar pintados de blanco con una franja azul que le
daba la vuelta a la carrocería rompiendo la monotonía de tan anodino e
inapropiado color para un transporte de uso público.
El hombre era un mulato
flaco y alto metido en un maillot rojo, verde y amarillo, muy entallado, y que
le cubría hasta la cabeza dejando el rostro al descubierto en una ausencia oval
del tejido que le permitía ver, respirar y utilizar la boca para usar el
silbato que colgaba de su cuello atado a una cadenilla de lámpara y mantenía
entre sus labios la mayor parte del tiempo. Su principal instrumento de trabajo
eran unos patines Unión 5 con enrollados eternos como ruedas; un simple
engrasado con el unto suave de un compuesto a base de petróleo, una vaselina,
era todo lo necesario para que rodaran en silencio y por siempre; además, “one
size fit all” como se dice hoy; se ajustaban al pie del 5 al 11 apretando una
tuerca con una llavecilla de mariposa. Para quien los podía pagar, valían lo
que costaban y este hombre rodaba sobre su propia e inusual manera de ganarse
la vida.
Era un riesgo
voluntario el que corría El Patinador y en cohecho ante la posibilidad de un
error fatal, los choferes que se prestaban para el espectáculo le exigían una
tarjeta con su firma que, recubierta con un plástico, se hacía resistente al
manoseo de numerosos intentos. Algo tan simple liberaba de cualquier tipo de
responsabilidad a la contraparte que timón en mano, garantizaba la realización
del acto. Al parecer, era un escueto texto escrito a máquina para obviar lo
ininteligible de cualquier caligrafía en cursiva a excepción del espacio ocupado
por el nombre del actuante (en letra de imprenta y tipos alzados) y rubricado
con su firma, bajo la que volvía a figurar el nombre, pero en los tipos de la
maquinilla y en alternancia de mayúsculas y minúsculas. Un documento sin
validez legal para simplificar la vida y hacerse responsable de su propia
muerte: casi, la misiva de un suicida, su postrera voluntad ― reiterada ad
infinitum.
Todas las veces que vi
aquellos desesperados intentos de supervivencia ― porque eso eran ― se le veía
al hombre recoger la esquela metida en una pequeña cubeta roja que le servía
para colectar la escurridiza voluntad de los que llenaban las aceras a lo largo
de varias cuadras; desde la estación de gasolina con las dos bombas de Texaco,
hasta Los Parados de Neptuno. El valor de aquel acto pagado a voluntad y a
posteriori por parroquianos y visitantes de ocasión, debía servir para cubrir
necesidades vitales: techo, comida, ropa, todo girando a gran velocidad sobre ocho
enrollados y carentes del valor absoluto que la muerte (el patinador lo sabía y
por eso se autodenominaba “de La Muerte”) representa.
Luego, tomaba un aire
deslizándose entre aplausos de la gente en las aceras hacía el punto de partida
y sobre sus patines. Era un misterio el lugar donde escondía “el cepillo” que contenía
el valor en metálico de su riesgo. Las tandas dependían de la productividad del
día y al comienzo del recorrido, esperaba a otro chofer dispuesto. Todos sabían
que estaba al llegar cuando el sonido del silbato les alertaba una vez más.
III
Aquel día llegamos
Carmona y yo al penthouse y el telescopio sobre el trípode hacía la vez de
pieza disruptiva en medio de un ambiente kitsch. Era un engendro de la
modernidad y la ciencia, que se alzaba en torno a retratos de familia en sepia
colgando de las paredes y jarrones de losa de varios tamaños y colores llenos
de flores artificiales. El telescopio sin el vigía ― o vigilante ― detrás, sin
llevar a cabo sus anotaciones en especie de bitácora manuscrita con ortografía
y redacción serranas era algo inerme, carente de vida y de utilidad. Tampoco
estaba la madre de mi amigo, solo Kenia que escuchaba en un viejo tocadiscos un
45 de Luisito Bravo con “covers” en español de Paul Anka: Elenitaaa, quiero ser
tú amor… uh, ahhh… Algo inesperado había acontecido la noche anterior y los
progenitores estaban de funeral; eso contó Kenia.
El jefe del teniente
Carmona, el capitán Panchón, así era conocido; se había pegado un tiro en la
cabeza después de comprobar que todo lo que se decía de su mujer era cierto,
pero con el agravante de que lo que comentaban de él era peor. Panchón no se
fue solo, se llevó al otro mundo, al cementerio, también prohijado bajo el
ilustre apellido del Almirante (así las cosas, fueron de Colón, el barrio, a
Colón, la necrópolis), a su concubina y a su amante; un tipo que tenía fama de “correntón”
según las comadres de cuello corto, semblante regordete y lengua
presumiblemente larga. El tipo se llamaba Leovigildo Perullero y se manejaba de
nombre y apellido porque era un “próspero” comerciante dueño de un par de
caficolas; la de Neptuno y Consulado frente a Los Parados era muy concurrida y
Mandrake, El Mago, siempre andaba por allí exhibiendo su estilo envaselinado y
su bigotillo fino a lo Jorge Negrete sin llegar a las curvaturas extremas del
de Dalí; menos, a la selvática profusión super labial del de Bigote de Gato.
Panchón, tipo muy
ocupado en recolectar informes de inteligencia de sus subordinados y entregárselos
a sus superiores dotados de una inteligencia supuestamente superior a la suya,
carecía de tiempo suficiente para dedicarlo a su mujer llena de atributos que
le concedió en custodia y gratuidad a él porque pensó que le daban acceso a
otra vida diferente a la que había conocido sobre catres rechinantes que no
habían conseguido desvalorizar sus encantos aún utilizables; pero sus
experiencias eran demasiado estimulantes y encantadoras a la vez y el diablo se
le apareció de nuevo entre las piernas sin poder expulsarlo mediante el único
uso de las manos. Entonces Perullero, que merodeaba de doce a doce en su
Chevrolet 57 descapotable, blanco y de rojo el interior, descubrió a la orilla
del pantano aquella florecita que Panchón no se encargaba de regar.
La relación con Leovigildo
tenía la ventaja de que no era oficial, no porque dependiera de algún papel
firmado entre ella y Panchón, sino porque Panchón era un oficial…de
inteligencia, siempre vestido de verde…oliva, de botas percudidas y pistola al
cinto, con una incipiente calvicie que figuraba una tonsura natural, como
tratándose de un monje asceta encaramado en la cresta de la ola revolucionaria,
cubierta con un Stetson de ala ancha de color acaramelado a imagen e idolatría
de su jefe que hizo mutis entre mar y tierra ― el destino final del reposo del
guerrero sigue siendo incierto; entre ahogado y quemado, agua y fuego…pero ciertamente,
desde el aire. Todos los elementos incluidos.
Perullero, tipo
acostumbrado a emplear la mente y entrenarla en las conveniencias placenteras
del sexo como adicción, perfumado con la fragancia de la Vieja Especie (Old
Spice) y deseando las procedentes de los recónditos intersticios de las
meretrices empolvados con Maja, calzado con unos lustrosos Ingelmo avellanados
y pulcramente ataviado con su dril crudo y su guayabera de hilo de Holanda, ganó
el favor de la mujer de Panchón que de tanto andar no alcanzó destino alguno.
Además, Perullero vendía café a tres centavos la tacita en sus timbiriches
atendidos por matronas pintarrajeadas y mañas para el ofrecimiento bien
aprendidas, no era colector voluntario de “informes” para que los malos
durmieran bien. Por cierto, Los Malos Duermen Bien era el título de un
film japonés del genial Kurosawa protagonizado por Toshiro Mifune que se
exhibía en los cines capitalinos a la sazón con éxito de taquilla, algo que
todavía era encarable en tales términos.
Panchón recibió un
informe que sin ser propiamente de inteligencia, lo trastornó de tal manera que
en cumplimiento de las reglas de su oficio se encargó de comprobarlo todo in
situ y al llegar agazapado a la escena, entre la oscuridad, observó que con
premeditación, alevosía y nocturnidad como agravantes del tarro, su inspiradora
hembra (que no era compañera de luchas) se repellaba entre suspiros de placer
con aquel indeseable proxeneta a descapotable descubierto y en el preámbulo de
entrar a la posada El Camino del Cielo, cuya puerta al costado era la
escenografía explícita del delito.
Panchón debió recordar
el ruido de disparos durante las escaramuzas en La Sierra, el sonido seco y
amartillado al contacto de la aguja con el fulminante de un proyectil de
Springfield o de Garand, el agujero en medio del pecho de un casquito de apenas
veinte y tantos años muerto en la última ofensiva por los $ 33.33 de soldada
para reclutas y chivatos, todas, imágenes que se confundían en sus recuerdos
aún frescos de lo que asumía como el papel de un revolucionario y no pudo
dominar su ira.
Él, un combatiente a
riesgo de su propia vida no podía ser burlado, menos, por un chulo de cuarta y
una puta que había sacado de una cueva de comadrejas (de nombre científico: Mustela
Putorius) que brincaban sudorosas sobre catres apestosos. Y respondió con
la 45, la Browning que Camilo le había regalado en Columbia cuando formaba
parte de su escolta y antes de desaparecer. No permitió que advirtieran su
presencia, él sabía cómo ejecutar una venganza para que fuera letal y efectiva.
De los siete proyectiles empleo seis equipartidos entre los amantes traidores y
dejó el séptimo en el directo para volarse la cabeza que le encontraron
enrollada en el pedazo de una colchoneta ensangrentada a fin de amortiguar el
ruido del disparo.
Típico caso de doble
homicidio – suicidio, cometido por un hombre cuyo honor mancillado solo dio para
una crónica roja escueta y desfigurada, semejante al color del interior del Chevrolet que de tanta
sangre, agujeros de salida en la carrocería y pedazos de vísceras dispersas y
adheridas, perdió el lustre ante los ojos de quienes lo celebraban en añoranza
como uno de los vehículos de más porte entre los que circulaban en el barrio.
Allí no era frecuente ver “colas de pato” ni importados alemanes, italianos o
franceses, el Chevrolet era el “carro del pobre” pero también tenía lo suyo y
el de Perullero, huérfano de dueño en lo adelante, había sido el redil de un
trágico suceso. ¡Solavaya! dijo Barbarito el sordo, que afinaba carburadores en
su taller de Blanco y Virtudes utilizando un estetoscopio porque no podía
escuchar el ruido de un motor en “Idle” (baja) cuando se lo ofrecieron a precio
de liquidación. Para Barbarito el único camino limpio era el desbrozado por el
garabato rojinegro de Changó que descansaba tras la puerta de entrada al taller
y lo protegía de todo mal.
Curioso que ni muerto
Panchón quiso que lo encontraran junto a aquellos dos, se fue de la escena en
el Willys del antiguo ejército que manejaba y que dejó aparcado en un callejón
cerca de la escena del crimen para ir a quitarse la vida (algo que por aquellos
días se había puesto de moda entre gente que lo logró y otros… que no) en el
lugar que él llamaba su oficina; el sótano de un viejo inmueble sito en Prado y
que ocupaba solo una sección del mismo supuestamente secreta y para llevar a
cabo con la mayor discreción posible las actividades encomendadas por el DIER, allí decidió emprender la retirada definitiva, para él todo tenía un significado patriótico, hasta la deshonrosa envergadura de un tarro. El lugar era como una cueva, una madriguera para colectar informes, elucubrar
estrategias de captura y trasladar sospechosos a fin de ser interrogados en la
primera fase de un viaje a destino cercano y en muchos casos, sin regreso: la
fortaleza de La Cabaña.
Allí encontraron el cadáver de
Panchón cuyo cuerpo pusieron sobre una camilla herrumbrienta, usada solo para
cargar muertos e introducirlos a un panel de la Cruz Roja Nacional cuyo
destino era la morgue; iba cubierto con una sábana blanca que se teñía de rojo
al lado derecho de la cabeza y uno de los brazos, el izquierdo, colgó
desvanecido al levantar la camilla para introducirla en la sección de carga;
oscura oquedad sucia y vacía, capilla en movimiento para cuerpos inertes.
En torno, y a pesar del
esfuerzo policial para dispersarlos, se amontonaba un numeroso grupo de curiosos, gente del
barrio que conoció del hecho relacionado con el hallazgo de los cadáveres en un
auto frente al Camino del Cielo, pero sin establecer relación con lo que
observaban. Era una tarde soleada y calurosa y allí estábamos Carmona el hijo,
su hermana Kenia y yo; el teniente Carmona, impenitente y celoso velador, desconocía
lo que estaba sucediendo a pesar de la cercanía, su ojo director no tenía
alternativa al visor del telescopio y era un despropósito abandonar su atalaya
en el penthouse y que los flemáticos
ingleses le fueran a pasar gato por liebre a los acólitos de Ramiro,
entablillados en un corte cruzado gris como el cielo londinense e igual al de
Gregory Peck en la película de título homónimo.
Kenia estaba muy
nerviosa y decidió regresar al apartamento, nosotros dos lo hicimos al rato y al
indagar sobre la soledad del telescopio nos enteramos de la razón…por causa de
fuerza mayor: el pundonoroso jefe del pater familia, el compañero
capitán Francisco de la Caridad Agüero Paniagua, Panchón, había fallecido en el
cumplimiento de sus obligaciones y en el desempeño de una riesgosa y honrosa misión
encaminada a frustrar (con éxito) los planes del enemigo y la contrarrevolución.
Kenia viró el 45 de Luisito Bravo y se escucharon los acordes de Tiernamente… “nuestros
besos fueron fuego/ un romance por deseo…”
Lo recuerdo todo,
aunque ese día no puedo precisar si escuché ― o no ― el silbato del Patinador
de La Muerte.
J.A.Arias
04/26/2020
J.A.Arias
04/26/2020