Cuando había pasado mucho tiempo y pensar no era lo que mejor se le daba, el
hombre comprendió que el estado en que se encontraba y en el que aún era capaz
de percibir sensaciones, era el resumen de su propia vida. No sabía cuando terminarían
sus días; pero de algo estaba seguro: habían terminado sus elucubraciones. Ya no
era preciso, ni necesario, encontrar respuestas y, lo más apropiado, le pareció
recordar. Recordar su pasado era la única herencia que, en vida, le había dejado
la vida que le tocó vivir.
Se dejó arrastrar por el efecto de la memoria y llegó tan atrás como pudo
para darse cuenta que existía un límite que él, como todos, no era capaz de
transgredir y donde se hacían borrosos los recuerdos hasta diluirse en especie
de bruma; en una zona imprecisa en que debía entrar en escena la imaginación.
Tal abstracción dejaba, por fuerza, de ser su propia realidad y decidió no
contar con ella. Todo formaba parte de una historia que le habían contado y de
seguro, como tantas otras que después escucharía, adolecían de parcialidad.
A medida que fue recordando, Él también estableció límites y concluyó que más
allá de un montón de impresiones engarzadas, tampoco podía prescindir de las
deformaciones de tal parcialidad porque constituían una forma de justificar su
existencia. Se enfrentó, entonces, a una terrible disyuntiva: lo que podía
valorar como bueno, había sido malo para otros y lo que lo llevó a ser
condescendiente, permisivo, tolerante; pero también ambiguo, inconsecuente,
mezquino, y lo puso alguna vez al borde de la trascendencia; le había ganado
aparentes afectos entre quienes le conocieron. Ahora, muchos no estaban para
molestarlo con su impertinencia fundamentada en la ignorancia de quién era y
concluyó que quizás fuera mejor. Otros, que andaban, ya no tenían memoria; eran
seres inconscientes y vegetativos.
Nadie puede tan siquiera intuir quién es el otro, lo que realmente piensa y
cree, porque lo particular e inédito; nunca forma parte de lo cotidiano en la
visión distorsionada del resto. Como fórmula que se repite en cada caso, lo del
ser y la conciencia es algo más que un presupuesto filosófico. El ser, lo
material, la conciencia, remedo de las cavilaciones, siempre con matices de
deslealtad. De todas esas cosas, estaban repletos sus recuerdos y para hacer
balance, nadie más que él. Los juicios ajenos serían inexactos, cosa de escucharlos
para sentirse incomprendido o, halagado, en la seguridad de que esto último
siempre es evidencia de hipocresía.
¿Cómo tratar, entonces, de conformar su presente sin abrazarse a la
egolatría? El complejo estado actual de su memoria en que los recuerdos se
acercaban definidos por las situaciones e inexplicablemente, conformando la
incongruencia de resultados vinculados a decisiones personales que pudieron
afectar a más de uno, era todo con lo que podía contar.
Él, sabía que no era un
irresponsable capaz de sustentar sus culpas en la creencia del perdón concebido
fuera de sí mismo. Siempre había creído que algo así, era una manera
irresponsable de lidiar con la realidad, pero, estaba seguro; que no podía
perdonarse algunas cosas de la misma manera en que otros no hubieran podido
hacerlo aunque lo prometieran. El perdón, es sólo eso, una simple promesa que
proviene de un sustrato de insidias, maledicencias, frustraciones y rencillas
que conforman la evidencia de que olvido y memoria son conceptos reñidos. Por
eso Él, al recordar, estaba convencido de que el perdón ―aún poseyendo una elevada
dosis de relativismo ― era un acto de contrición, nada más.
Trataba de entender aquella vez en que para salir airoso de una situación
embarazosa quiso culpar a otro de lo que era su delito y a sabiendas falsificó
papeles y hasta la rúbrica de ese otro que pagó por él las consecuencias. Ni
siquiera se desveló cuando lo hizo y sabía que la víctima, no podía perdonarlo. De haberlo hecho, hubiera sido un acto de simulación donde el efecto no
estaba exento de mutua culpabilidad; la de Él, el impostor, el apóstata; y la
del otro para sentirse sumido en la irremediable sensación de la mentira.
Luego Él, sintió ―eso sí ― remordimientos y algunos resquemores de no
poder, siquiera, perdonarse a sí mismo. Trató entonces de creer que en el
balance que ahora pretendía, sus buenas acciones pesaban más en su existencia y
se vio circunvalado nuevamente por la sensación de vivir dentro de un globo que
podía reventar al más mínimo pinchazo y meterse en otro a tenor de iguales
circunstancias; como si estuviera viéndose flotar, y en dependencia de miles de
aguijones contra los cuales las coces se convertían en sensaciones eternas de
dolor.
Él, pensó que había dedicado la mayor parte de su vida a amontonar
recuerdos en que los peores sólo representaban situaciones excepcionales. Le
pareció que entre esos y los buenos, podía encontrar la justa compensación que
pretendía pero así y todo, llegó a la conclusión de que no había tal balance y
la parcialidad, con el ropaje de la justificación, también lo hacía su víctima.
¿Por qué era capaz de detallar en su memoria todo lo que le había hecho feliz y
se empeñaba en desdeñar lo demás? Él, también era imparcial, humano al fin.
Entonces se percató de que se involucraba en un ejercicio agotador, tanto
como la gran carrera de la vida que nunca concluye; como en aquella experiencia
del corredor de fondo, que, mientras se fatiga, piensa en su pasado y se empeña
en llegar el primero.
Al final, entendió por qué ya no pensaba. Seguirlo haciendo, no hubiera
significado ningún cambio y como bien creía, todo sería parte de inacabadas
elucubraciones. Al tiempo, decidió dejar que otros lo hicieran por él, mientras
observaba que de los dedos les crecían aguijones.
José A. Arias-Frá.