Adentrarse por aquellas callejuelas parecía ser sólo tarea de expertos y
esa condición podía adquirirla quien alguna vez, vivo o muerto, hubiera sido
parte de su escenografía; las estrechas arterias de la vecindad, que eran como
sus tripas, tenían sus dueños y para ellos era más importante defender la mala
fama del barrio que las poquísimas cosas que podían considerarse propiedades
personales. Por eso los extraños no eran bien vistos: podían ser policías,
delatores o simples curiosos que al final, no hacían otra cosa que denostar a “los
del bronce”, como les gustaba ser llamados. El devenir cotidiano de la vida
marginal –que es un estilo de vida- es mucho más complejo de lo que puede
pensarse y a diferencia de otros (estilos) no se escoge, es hereditario y como
un lastre secular marca a los de adentro a contrapelo de cualquier intento.
Verdugo Malo, cuyo nombre era Arturo y los mencionados sus apellidos, nació enredado
entre “las tripas” y en una de ellas (que cambiaba de nombre según quien la
mencionara) en el segundo lustro de los cuarenta. Como solía suceder, los
Verdugo eran un montón, unos diecisiete y los había de todas las edades:
abuelos, padres, tíos, hijos, sobrinos; hombres y mujeres, arrimados y no
comprometidos (en estos casos el compromiso suele ser suprema garantía de
fidelidad, más que el matrimonio y sin los lastres de la legalidad), entre
ellos estaba Arturo, quien por alguna razón inexplicable hacía “cosas raras” No
robaba, no fumaba –ni mariguana, ni puros, ni cigarrillos-no tenía cuentas
pendientes con la justicia, rechazaba el alcohol y solía criticar a sus
parientes cuya genética social era mucho más normal y consecuente con la del
resto de sus acólitos. Por el contrario, desde pequeño se empeñaba en asistir a
la escuela y recogía del suelo todo lo que fuera legible a pesar de que los
trozos de sueltos estuvieran manchados y la tinta corrida. Nadie lo criticaba y
poco a poco, se fue haciendo respetar aunque no contaran con él, ni lo hicieran
partícipe de sus fechorías. Al trasponer las barreras invisibles de aquel predio,
era, sin embargo; mal mirado y para colmo, la lacerante combinación de sus
apellidos no lo ayudaba. Cuando llegó a la universidad, donde posiblemente él
fuera una de las excepciones de aquel redil del que provenía, solo los
profesores se referían a él como Verdugo, los demás siempre le llamaban “el
verdugo malo” y eso tampoco le molestaba, lo había escuchado tantas veces desde
que empezó a tener conciencia de su origen que podía pasarlo por alto sin mucho
esfuerzo. Resultaba difícil precisar porque se decidió por la química y ya en
sus tiempos del bachillerato se hizo adicto a los números, las (solo) aparentes
contradicciones de la física y las interminables combinaciones de elementos
expresados en fórmulas que metódicamente organizaba sobre cuadrículas para graficar–casi
como en un dibujo- su utilidad. Empezó a expresarse con dos lenguajes
diferentes, los demás (en cualquiera de los extremos de la sociedad) tenían uno
solo y siempre estaba limitado al entorno, uno era el marginal de “los del
bronce”, el otro, la certera expresión del castellano y cuando las
circunstancias lo requerían, no le resultaba difícil bifurcarse en el empleo de
tal dicotomía. Luego se enteró que
muchas cosas que le interesaban se escribían mediante el pragmático uso de la
lengua inglesa y autodidácticamente la fue aprendiendo hasta poder utilizarla;
era el único de los Verdugo que lo sabía todo y se graduó, pero debido a la
nimiedad de la falta de espacio habitacional, le tuvo que dar el título a un
amigo que en calidad de custodio le hizo el favor de guardarlo enrollado y con
la cinta (azul) de la misma manera que el decano de su facultad lo depositó en
su mano izquierda mientras le felicitaba por su esfuerzo estrechándole la
diestra. La emoción en su caso se exteriorizó de forma diferente: mientras los
demás reían, se congratulaban entre sí y algunos hasta lloraban por la alegría,
Verdugo Malo se quedó serio, recordaba aquellas largas jornadas en que sentado
sobre unos ladrillos en la azotea del solar y bajo el sol, se sobreponía al
ruido y la perturbadora visión de los fogosos trajines de hombres y mujeres en
medio de los promiscuos excesos que se materializaban frente a él, en tanto,
idealizaba a Koch y a Linus Pauling a despecho de los falsos héroes de navaja
al cinturón. Sonreía socarronamente y apartado de los otros, acordándose del día
en que se hizo con un poco de potasa robada del laboratorio para confeccionar
aquella pastilla de jabón, pequeña y oscura, el mismo día que el profesor explicó
el proceso de saponificación y comprobar,
sobre su propia piel, que hacía espuma. Muchos años después y contra toda
lógica, el relativo éxito alcanzado mediante el ejercicio de su profesión lo
convirtió en “ser social”, había llegado a un país donde las diferencias son de
otra naturaleza y se convirtió en el Señor Verdugo –en su nuevo ámbito el
apellido materno no suele ser utilizado y dejó de ser “verdugo malo" Comenzó entonces a participar en fiestas largas y
permisivas, e hizo copartícipe de su éxito a quienes asaltaban su genética
natural a contrapelo de su voluntad terminando por ceder; no pudo, aunque tampoco lo intentó, evitarlo. Los
bastardos fantasmas de su origen aparecieron y se le hacía imposible convivir
con ellos. Ese día, un transeúnte observó que junto a la ventana abierta, sobre la
pared, se reflejaba la sombra de un cuerpo que colgaba de una de las vigas en
la sala del bungalow de flamante estilo escocés en el que residía y al que
acudían, cada noche, los demonios
invisibles del pasado tomando por asalto su imaginación. Arturo quiso romper
con todo y, por única vez (nunca antes) se convirtió en un Verdugo; pero de sí mismo.
José A. Arias.
En: Cuentos de La Memoria Intrusa.
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