miércoles, 23 de julio de 2014

EL VERDUGO MALO.


Adentrarse por aquellas callejuelas parecía ser sólo tarea de expertos y esa condición podía adquirirla quien alguna vez, vivo o muerto, hubiera sido parte de su escenografía; las estrechas arterias de la vecindad, que eran como sus tripas, tenían sus dueños y para ellos era más importante defender la mala fama del barrio que las poquísimas cosas que podían considerarse propiedades personales. Por eso los extraños no eran bien vistos: podían ser policías, delatores o simples curiosos que al final, no hacían otra cosa que denostar a “los del bronce”, como les gustaba ser llamados. El devenir cotidiano de la vida marginal –que es un estilo de vida- es mucho más complejo de lo que puede pensarse y a diferencia de otros (estilos) no se escoge, es hereditario y como un lastre secular marca a los de adentro a contrapelo de cualquier intento. Verdugo Malo, cuyo nombre era Arturo y los mencionados sus apellidos, nació enredado entre “las tripas” y en una de ellas (que cambiaba de nombre según quien la mencionara) en el segundo lustro de los cuarenta. Como solía suceder, los Verdugo eran un montón, unos diecisiete y los había de todas las edades: abuelos, padres, tíos, hijos, sobrinos; hombres y mujeres, arrimados y no comprometidos (en estos casos el compromiso suele ser suprema garantía de fidelidad, más que el matrimonio y sin los lastres de la legalidad), entre ellos estaba Arturo, quien por alguna razón inexplicable hacía “cosas raras” No robaba, no fumaba –ni mariguana, ni puros, ni cigarrillos-no tenía cuentas pendientes con la justicia, rechazaba el alcohol y solía criticar a sus parientes cuya genética social era mucho más normal y consecuente con la del resto de sus acólitos. Por el contrario, desde pequeño se empeñaba en asistir a la escuela y recogía del suelo todo lo que fuera legible a pesar de que los trozos de sueltos estuvieran manchados y la tinta corrida. Nadie lo criticaba y poco a poco, se fue haciendo respetar aunque no contaran con él, ni lo hicieran partícipe de sus fechorías. Al trasponer las barreras invisibles de aquel predio, era, sin embargo; mal mirado y para colmo, la lacerante combinación de sus apellidos no lo ayudaba. Cuando llegó a la universidad, donde posiblemente él fuera una de las excepciones de aquel redil del que provenía, solo los profesores se referían a él como Verdugo, los demás siempre le llamaban “el verdugo malo” y eso tampoco le molestaba, lo había escuchado tantas veces desde que empezó a tener conciencia de su origen que podía pasarlo por alto sin mucho esfuerzo. Resultaba difícil precisar porque se decidió por la química y ya en sus tiempos del bachillerato se hizo adicto a los números, las (solo) aparentes contradicciones de la física y las interminables combinaciones de elementos expresados en fórmulas que metódicamente organizaba sobre cuadrículas para graficar–casi como en un dibujo- su utilidad. Empezó a expresarse con dos lenguajes diferentes, los demás (en cualquiera de los extremos de la sociedad) tenían uno solo y siempre estaba limitado al entorno, uno era el marginal de “los del bronce”, el otro, la certera expresión del castellano y cuando las circunstancias lo requerían, no le resultaba difícil bifurcarse en el empleo de  tal dicotomía. Luego se enteró que muchas cosas que le interesaban se escribían mediante el pragmático uso de la lengua inglesa y autodidácticamente la fue aprendiendo hasta poder utilizarla; era el único de los Verdugo que lo sabía todo y se graduó, pero debido a la nimiedad de la falta de espacio habitacional, le tuvo que dar el título a un amigo que en calidad de custodio le hizo el favor de guardarlo enrollado y con la cinta (azul) de la misma manera que el decano de su facultad lo depositó en su mano izquierda mientras le felicitaba por su esfuerzo estrechándole la diestra. La emoción en su caso se exteriorizó de forma diferente: mientras los demás reían, se congratulaban entre sí y algunos hasta lloraban por la alegría, Verdugo Malo se quedó serio, recordaba aquellas largas jornadas en que sentado sobre unos ladrillos en la azotea del solar y bajo el sol, se sobreponía al ruido y la perturbadora visión de los fogosos trajines de hombres y mujeres en medio de los promiscuos excesos que se materializaban frente a él, en tanto, idealizaba a Koch y a Linus Pauling a despecho de los falsos héroes de navaja al cinturón. Sonreía socarronamente y apartado de los otros, acordándose del día en que se hizo con un poco de potasa robada del laboratorio para confeccionar aquella pastilla de jabón, pequeña y oscura, el mismo día que el profesor explicó el proceso de  saponificación y comprobar, sobre su propia piel, que hacía espuma. Muchos años después y contra toda lógica, el relativo éxito alcanzado mediante el ejercicio de su profesión lo convirtió en “ser social”, había llegado a un país donde las diferencias son de otra naturaleza y se convirtió en el Señor Verdugo –en su nuevo ámbito el apellido materno no suele ser utilizado y dejó de ser “verdugo malo"  Comenzó entonces a participar en fiestas largas y permisivas, e hizo copartícipe de su éxito a quienes asaltaban su genética natural a contrapelo de su voluntad terminando por ceder; no pudo, aunque tampoco lo intentó, evitarlo. Los bastardos fantasmas de su origen aparecieron y se le hacía imposible convivir con ellos. Ese día, un transeúnte observó que junto a la ventana abierta, sobre la pared, se reflejaba la sombra de un cuerpo que colgaba de una de las vigas en la sala del bungalow de flamante estilo escocés en el que residía y al que acudían, cada noche,  los demonios invisibles del pasado tomando por asalto su imaginación. Arturo quiso romper con todo y, por única vez (nunca antes) se convirtió en un Verdugo; pero de sí mismo.

José A. Arias.

En: Cuentos de La Memoria Intrusa.

           

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