domingo, 26 de enero de 2025

ENTRE FÁBULAS Y CARAMELOS

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ENTRE FÁBULAS Y CARAMELOS

En qué estaría pensando aquel hombre que regalo a su hijo un día de cumpleaños las fábulas de Samaniego y una bolsa de caramelos Perugina. No era fumador y no bebía alcohol, en su lugar y siempre a mano le gustaba tener una bolsa de las confituras italianas.

El individuo era en cierto modo especial; venía de Europa, un continente que visto desde la dimensión de una isla entre las aguas del Golfo y el Mar Caribe, parecía un enclave para afianzar ideas y tomar aliento, aunque no por ello, sin pretensiones de gran significado entre sus naturales.

No era importante como había llegado hasta allí, lo refería en contadas e íntimas ocasiones; menos, como se consolidaron en su mente las costumbres diferentes de la gente que poblaba el lugar y entre las cuales y a pesar de todo seguía considerándose extranjero.

Soñaba, entre destellos de tradiciones como huellas dejadas por su infancia en su acervo, con los nuevos estímulos adquiridos en viajes de regreso a la península de donde era y a otros lugares de los que había oído hablar a sus mayores cuando no entendía muy bien a que se referían e intuía que aquellos sitios de quimeras y portentos no estaban a su alcance.

Un día, sin mucha certidumbre para decidirse entre cuero, madera enrejillada o paño, optó por una poltrona que combinaba los dos primeros materiales y la situó en el centro del pequeño mundo que estaba creándose: la biblioteca que tenía en casa, su lugar predilecto y su orgullo. Allí, junto a una gran ventana, había un telescopio para ver las estrellas y era para él complemento — observar el celaje — de lo que sabía inalcanzable mientras reivindicaba las cualidades del autodidacta en que pretendía convertirse; todo lo que supo lo aprendió por si mismo y fue su mérito.

Entonces conoció de Esopo, de Cayo Fedro y de Samaniego, que inspirado en aquellos y recorriendo un tiempo que a su nuevo lector le parecía trascendental y tan lejano como Venus brillando al lado de La Luna con sus cráteres como manchas reflejadas por la lente, fabuló sus propias ideas.  

Auxiliado por la sensibilidad del que anima en sí mismo los placeres divinos del espíritu pensó que en la moraleja de las fábulas había un regalo, en esos diálogos entre hombres y animales en la que estos rozan enmudecidos el raciocinio por intermedio de la sutileza antropomórfica recreada por la imaginación observó que, precisamente allí, quedaba evidenciado el arte implícito en una pedagogía comprensible por los niños.

Aquel libro era una bella y magnífica edición de gran formato y tapa dura, de cromáticas ilustraciones alusivas que recreaban momentos importantes de los diálogos y solo bastaba con observarlas para sentirse motivado a la lectura. Es difícil pensar en el destino que pudo haber tenido y en el que tantas cosas se perdieron…

— Escucha: te gustará este libro tanto como estos caramelos

Con natural curiosidad infantil su interlocutor se apropió de la bolsa con un lazo escarlata junto al borde sellado del paquete y en letras plateadas, sobre un fondo de rojo menos intenso, el nombre de la marca: Perugina.

Son caramelos italianos, los hacen en una ciudad llamada Perugia en el centro de Umbría, lugar que conocía, había estado allí; la referencia geográfica que poco pareció importar, pronto se convirtió en preámbulo para desenvolver uno tras otro los dulces despojándolos de su envoltura multicolor.

— Hay una nota diferente detrás de cada papelito.

— ¿Una nota?

Entonces se inclinó para recoger uno de los últimos en caer y leyó lo que decía en el envés; era un mensaje de amor que como las fábulas del libro entrañan también su propia moraleja.

El niño alcanzó a mirar el papelillo sin leerlo y alzó la mirada para mostrarle al padre su agradecimiento con una sonrisa.

 

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