jueves, 28 de abril de 2016

EL MITÓMANO

Cuando mentir se convirtió en una necesidad, también fue una enfermedad; pero Servilio Jorrín ni siquiera tenía idea de que era víctima de una patología en la que se manifestaban todas las características de tal condición. Sus trastornos de personalidad habían hecho tal acomodo en su vida, que; según recordaba, el hecho de eludir la realidad lo salvaba de cualquier situación. Desde niño era un mentiroso redomado y sentía un malsano orgullo al constatarlo.

Para los especialistas, la mentira no es culposa ni constituye una patología si no es un hábito de la conciencia que se manifiesta de manera persistente en la adultez. Servilio, muy imaginativo y precoz a tal efecto, elaboraba versiones en las que se sentía realizado como el elemento principal de sus historias. En los vericuetos neuronales de su cerebro trataba de encontrar las palabras idóneas para graficar, mediante símbolos idiomáticos, su crucigrama cortical.

Mucho tiempo después, cuando estaba bajo tratamiento y sujeto a otras circunstancias devenidas de su condición, aún le costaba trabajo entender que era un desajustado mental y se soliviantaba ante el uso de otros términos científicos que le parecían tan malos como el diagnóstico de cualquier padecimiento crónico y mortal. Escuchar al especialista decir que era un sicótico y que en su cuadro clínico se evidenciaban elementos de esquizofrenia, era para él poco menos que una sentencia condenatoria en que la atrofia de su cerebro –según la ciencia médica- lo podía poner al borde de la muerte. Los doctores, interesados en su condición, trataban de explicar que no era así, y aunque asentía, lo ponía en duda y volvía a mentir. Evidentemente, continuaba pensando que era la mejor manera de evadir la realidad y quizás, ello fuera la alternativa para hacerle pensar a su médico que se estaba curando.

Siempre recordaba aquella ocasión en que les hacía creer a sus amigos del colegio privado al que acudía que su familia era una de abolengo, reforzando sus historias mediante argumentos que eran difíciles de comprobar porque terminaba explicando que en la mansión de sus padres, las reglas eran muy estrictas y no cualquiera llegaba hasta allí si no mediaba una relación de amistad “al mismo nivel social de sus progenitores y entre familias de la misma clase a la que la suya pertenecía” Como era capaz de recrear en su versión hasta los más mínimos detalles y su habilidad para contarlos no tenía límites, todos terminaban por creerle.

La atracción que experimentaba por el hecho de ser respetado por sus vivencias imaginarias, concitaba la atención de los demás y se sentía feliz. Podía hablar de sus vacaciones en Europa o del último viaje en compañía de sus padres a los Estados Unidos y para los neófitos, aquello era siempre una historia atractiva e interesante. La consumación de su argumento, porque sabía de lo que hablaba y en la elaboración de sus fantasías no faltaba un enjundioso entramado de realidades que alimentaban su intelecto, debía ser creíble y ante todo, una consistente verdad para él. Estar informado, preparado para mentir, era una retroalimentación de su yo y el celo que sentía por la pulcritud de su estafa le quitaba el sueño. Aquello que había escuchado de que “más rápido se agarra a un mentiroso que a un cojo” no iba con él.

Pero la patología iba caracterizándolo sin que tuviera conciencia del peligro al que se exponía. Los especialistas concluyen que el mitómano se tipifica por la auto-convicción de su propia proyección –individual y social- y el hecho de asumir sus historias falaces como verdades al interior de su conciencia. Pero su condición era aún más grave. Cuando comenzó a enamorar chicas a las que contaba elaboradas versiones, no siempre lo hacía porque le gustaran demasiado. En el centro de sus propósitos estaba la idea de que fueran crédulas y dúctiles y si de esa forma lograba conseguir algo más de lo esperado, lo veía como el resultado del colofón de sus aptitudes. Si por el contrario, ellas iban más allá y mostraban algún interés en corroborar algo allende la intención, se desentendía de la relación y sus propósitos no iban a vincularlo a la, para él, inmerecida acusación de mentiroso. Estaba convencido de que podía vivir dentro de tales límites y no pretendía rebasarlos. Esa manera de entenderlo, era su propia verdad y lo más importante para él.

En la evidencia científica de la mitomanía y del sujeto convertido en paciente, queda bien establecido que la distorsión de la realidad, culposamente envuelta en la mentira –cuyo origen en cada caso es difícil precisar- viene a manifestarse como una compulsión en que lo incierto va creando la necesidad de crear versiones cada vez más sofisticadas, necesarias e ineludibles. En su caso, la fascinación por la mentira  era la manifestación de una dolencia crónica y congénita: la esquizofrenia paranoide que padecía. Servilio era capaz de decir –contar- que había sido cadete de una respetable y reconocida academia militar en que había conseguido ser primer expediente, ascendido a oficial inmediatamente después de su graduación y escogido entre un grupo muy reducido y selecto de sus compañeros –daba referencias de nombres fabricados- para pasar un curso de pilotaje de aviones de combate. Jamás había sido, siquiera, pasajero en aeronave alguna.

En otros ambientes, sus historias se revestían de argumentos diferentes según la ocasión y el interés de sus interlocutores. Tenía una habilidad extraordinaria para recrear tramas e improvisar –sin contradecirse- en función del quórum. Podía convencer a cualquiera, inclusive a individuos que habían sido testigos de los hechos que adornaban sus fantasías, de haber conocido personas importantes y que, supuestamente, se habían relacionado con él o su familia. Cuando el alcance de lo que contaba quedaba fuera de los límites perceptibles y cronológicos, solía retrotraer la historia a algún pariente – regularmente fallecido- cuyo nombre podía ser identificable y para lo cual acudía a la creación de improbables vínculos de consanguinidad. Como era blanco, contaba una historia en la que los antepasados de Enrique Jorrín –músico negro, creador del chá-chá-chá- habían sido, en época de la colonia, esclavos en la plantación de café de sus antepasados y acotaba que el músico llevaba el apellido que heredó de sus ancestros por ser el del hacendado dueño de la finca y la dotación, que era el suyo; en consecuencia, él era un verdadero Jorrín y el artista, especie de usufructuario de un apellido de alcurnia que no le pertenecía.

El día que conoció a Élida, su figura grácil y un escote pronunciado que lo llevó a pensar en amasar lo que apenas ocultaba y su imaginación prolija lo hizo vislumbrar como una posibilidad concreta, pensó de inmediato en convencerla de ser un importante hombre de negocios heredados de su padre, que él encabezaba tras la muerte de éste, y que bien lo había preparado enviándolo a estudiar a una universidad americana para, llegado el momento, ponerse al frente de las empresas constructoras que su familia poseía. Según le contaría, hacía poco más de un año que ocupaba la presidencia de la compañía. Esa, sería la historia. Cualquier reto a sí mismo, le parecía poco y por demás, posible. La construcción era un sector empresarial cuya envergadura no era fácil de verificar porque se conformaba entre un limitado círculo de inversionistas y empresarios y  por razones lógicas, demasiado conocido. Cualquier mención de algún personaje trascendente, debía cumplir la inevitable dualidad de un acceso limitado y muy vinculado a quien conformaba su círculo inmediato. Él, por supuesto, era parte de ese entorno y eslabón de lo dual; sólo hasta ahí.

El señor Jorrín estaba en aquel convite de sociedad por méritos que se había inventado. Como de costumbre, pulcramente ataviado con uno de los trajes que compraba utilizando el crédito que su madre poseía en una de las más importantes tiendas de la ciudad. Eloísa Camellón, trabajaba de secretaria en una entidad gubernamental y la relación que tenía con sus superiores, la capacidad y experiencia para llevar a cabo sus funciones y su talante personal de ser muy responsable en el trabajo, le habían hecho acreedora de la confianza y conseguir garantes, a los que se esmeraba en no defraudar, no era difícil. Al fin, ya estaba vieja y a punto de jubilarse y prefería que su hijo dilapidara su peculio creando los personajes a los que nunca renunciaba –a pesar de las propias advertencias de Eloísa - en el marco de una escenografía recreada en las tramoyas de su mente.

Con la versión hilvanada, abordó a la joven; participante en el convite en compañía de una amiga, y en lo que estrenaba su nuevo personaje entre ademanes pulcros y la asunción de una respetuosa actitud. Aventurarse a crear el “rapport” –especie de mecanismo encaminado a conseguir la simpatía a priori- era para Servilio, algo habitual. Primero, era preciso disfrazar sus alegatos con el ropaje de la discreción y vincularlos de algún modo con el plan de su mentira; una vez ganada la confianza elemental, se lanzaba a fondo para presentarse según lo pergeñado. Por experiencia, sabía que a partir de ese momento la conversación podía fluir a su antojo y como de costumbre, esa vez no fue la excepción. Los dardos empezaron a centrarse en aquel pecho blanco y terso de la muchacha, que se mostraba muy interesada en escucharle.

Para  la amiga, fue fácil entender que el interés de Servilio era por Élida y sin imaginar su buena suerte, decidió compartir con otros invitados y dejarlos solos; acaparar la atención de la chica, tomar algunas copas y bailar con ella durante la velada, le permitió a Servilio entender que, de seguro, vendrían otras ocasiones. Al final de la noche había tenido el tiempo suficiente para contarle su historia y el convincente final que le mostró, la hizo más creíble. Cuando los invitados se retiraban, le ofreció acompañarla para llevarla hasta su residencia en un barrio de clase media en los suburbios en su flamante auto europeo, un Jaguar que había alquilado, asumiendo de antemano que la noche acontecida iba a ser muy especial. Ante las muestras de cortesía y caballerosidad del impostor Élida no dudo que muy pronto volverían a verse.

La segunda cita fue para invitarla a cenar en un acogedor y céntrico restaurante de la ciudad. Servilio acudió en el mismo vehículo, lo había usado varias veces y el dueño no tenía a menos reservárselo. Se dejaban escuchar los acordes  en el salón y los comensales disfrutaban de las versiones interpretadas por un músico tan negro como el piano del que provenían, era discípulo del afamado maestro Lecuona y había sido acompañante de Rita Montaner en sus giras internacionales; cariñosamente, le llamaban “El Bola”  A la hora convenida, vio aparecer a Élida luciendo un vestido de satén color café claro y de insinuante escote como el anterior, había preferido encontrarle allí porque deseaba sorprenderlo y analizar su reacción al verla, estaba consciente de que en el contorno de sus senos se anunciaban los misterios del resto de su femineidad y eso la hacía sentirse aun más atractiva y deseable. El efecto que en él provocó, fue el pretendido y en una de esas raras vivencias, Servilio se sintió atenazado por una verdad ajena a sus propósitos; ajena, porque no le prestaba demasiada atención a algún cometido que lo alejara de sus fantasías, pero aquella mujer que, apartada de las versiones del hombre, empezó a contar las suyas; comenzó a ganarle una batalla por lo cierto. La escuchaba ya por mucho tiempo y el temor de estar a la defensiva le aguijoneó el pensamiento. ¿Sería acaso esa mentira, que entendía hiperbolizada de manera desproporcionada, capaz de generar un sentimiento que él se empeñaba en desconocer? Quiso pensar que si, sólo el preámbulo de un romance más, pero en la confusión, empezó a sospechar que podía existir algo de veracidad en aquel trance.

                                                         II 
   
Servilio nunca se vio a sí mismo como alguien afectado por un padecimiento capaz de disminuirlo físicamente ante los demás. Contrariamente, hacía ejercicios con regularidad y desde muy joven. Recordaba los días de su adolescencia en que junto a algunos de sus mejores amigos, en la azotea en que vivía uno de ellos, levantaban pesas con un juego de discos herrumbrientos y en una banca construida con un tablón, un pedazo de cámara de bicicleta claveteado en uno de sus extremos para obligar al cuerpo a mantenerse estirado sobre ella y retener los músculos abdominales en tensión.

Todos los que allí se congregaban tenían el objetivo de emular la figura de Charles Atlas, el recurrente personaje de las historietas, aparecido en pose de fisicoculturista sosteniendo en una de sus manos una esfera terrestre de grandes proporciones; él, no era la excepción, aunque de algún modo parecía más obsesionado que el resto, y si tenían un plan de ejercicios con determinada cantidad de repeticiones para los bíceps o los tríceps, los abdominales o las pantorrillas, siempre se excedía en la cuenta. No era la voluntad lo que dominaba su quehacer, más bien la idea de querer sobresalir. Sentía que no podía ser igual al resto y que todo lo que estaba en sus planes tenía que ser diferente.

Lo que ahora estaba viviendo, para él, no era cierto. Iba a cumplir el primer año recluido en la sala de internos de psiquiatría dentro de una prisión y sus razonamientos lo inducían a pensar que también allí, debía ser diferente. Otros orates tras las rejas del pabellón convertido en su morada, le parecían verdaderamente locos; hablaban en soliloquio, o simplemente podían dejar de hacerlo por días con la mirada perdida en una interrogación permanente devenida en incongruencias. Él, entretanto, prefería leer todo lo que pudiera conseguir; en la mesa contigua a su cama se amontonaban periódicos, revistas y algunos libros que los parientes lejanos que de vez en vez acudían a visitarle, le llevaban.

Siempre fue un lector voraz y ahora, producto de las circunstancias, no podía escoger sus lecturas discriminándolas por el interés que le generaban. En el entrepaño de la mesa metálica acomodaba volúmenes como los cuentos de Pío Baroja que un tío, padre de un primo suyo y español de origen, pensó que podían interesarle; era un ferviente admirador de todo lo que habían escrito sus connacionales de la generación del 98. Servilio se obsesionaba tratando de dilucidar los misterios de un crimen, palabra que lo crispaba pero que no eludía, mediante la conclusión anticipada de los cuentos de Poe previo al desenlace. Otros, más elementales en la elaboración de la trama, los había leído sólo una vez en razón del desdén que le causaban. Entre los que concitaban su interés, la obsesión por repetir una misma lectura la entendía como algo normal y era capaz de recordar párrafos completos compulsado por la paranoia.

Servilio creía que estar loco, era otra cosa. Podía entender, y aceptaba, que por ser un asesino merecía estar preso, pero no en un lugar como aquel. Se sentía vital y evitaba permanecer demasiado tiempo tendido sobre la colchoneta de un camastro bastante incómodo; su intuición lo hacía desentenderse de los medicamentos que le suministraban los doctores con el único fin de evitar una crisis y aunque le molestaba tomarlos, lo hacía porque los guardias-enfermeros no se iban hasta asegurarse de que los tragara sin encontrar la manera de sortear su escrutinio. Le obligaban a abrir la boca, sacar la lengua y levantarla, para estar seguros de que el contenido de los fármacos entrara a su organismo, se diluyera en su estómago y pasara a formar parte de su torrente sanguíneo suministrando a su cerebro descompensado los químicos paliativos capaces de corregir sus deficiencias clínicamente diagnosticadas.

Más de una vez trató de sacar conclusiones que le permitieran entender por qué no era un recluso más de los tantos que purgaban sus condenas por diferentes causas y entre los cuales habían malhechores de convicción menos comprometida; ladrones, violadores, abusadores de niños y mujeres, aunque también y como él, asesinos. La única manera que tenía de hacerlo era entablando un diálogo con los enfermeros y cuando lo visitaban, con los especialistas. Aquellos hombres de bata blanca que le trataban con cierta displicencia y a los que distinguía porque leía el nombre  a  relieve en la indumentaria antecedido de la abreviatura de doctor, pero que no lograban convencerlo porque insistían en repetir que estaba enfermo. Como su condena era larga –veinte años por homicidio- y su enfermedad incurable –esquizofrenia paranoica- los médicos no eran siempre los mismos y su posibilidad de influir en ellos, tan improbable como la de que pudiera entender porque no le permitían abandonar el confinamiento para llevar una vida de recluso como los demás y junto a ellos.

Se atormentaba al escuchar las evasivas respuestas de los facultativos que evaluaban su condición y temían que de no mantenerlo bajo control, pudiera agredir sin motivo aparente a otros reclusos que sólo tenían una estadía temporal; él, era un huésped a perpetuidad en aquel pabellón. El gran misterio de su enfermedad, aún no descifrado por la ciencia, es que algo así puede ocurrir de un momento a otro sin mediar avisos ni palabras. La esquizofrenia es un mal sórdido que se manifiesta a través del ejercicio de una violencia inusitada y casi siempre mortífera para la víctima escogida y termina convirtiéndose en catarsis y satisfacción del victimario. Para evitar la responsabilidad de que tal cosa ocurriera, había siempre dos carceleros en guardia permanente, perfectamente entrenados y en capacidad de solicitar ayuda de refuerzo en caso necesario.

Había muchas cosas de aquel sitio que aborrecía; las ventanas enrejadas en que la claridad de los mejores días quedaba conculcada por una fina malla metálica tupida por el polvo. Si ya habían barrotes que hacían las claraboyas invulnerables, ¿por qué aquellas mallas?  En función de los estándares de un reclusorio era explicable, e impedir todo contacto con los empleados que deambulaban al exterior, la razón. Nada podía moverse desde adentro, pero, la manera de evitar cualquier movimiento desde afuera, eran aquellas mugrosas rejillas que sólo de vez en vez y a intervalos muy espaciados, se limpiaban.

La comida, tres al día, era una ración para conseguir la subsistencia. Todo lo que una institución penal puede proveer a su población está en dependencia de la capacidad de financiación del gobierno y en tal caso, nunca rebasa las posibilidades de la parte alícuota de los impuestos pagados por los ciudadanos honorables que, de no violar la ley, nunca purgarían condenas en un lugar como aquel. Tratar de acostumbrarse, sobre todo, a la reiteración del menú, era muy difícil; el balance de una dieta en tales condiciones incluye conceptos muy básicos, mayormente carbohidratos, almidones y pocas proteínas solventadas entre pollo, algún pescado y en días muy señalados, alguna carne de res de muy dudosa calidad flotando sobre un caldo insípido.

Invariablemente, el desayuno se repetía representado por un jarro de perte que contenía un café claro ampliado con leche, un bolillo de pan, frío y elástico, y ocasionalmente alguna que otra confitura (si el diagnóstico del paciente no excluía los azúcares) Por supuesto, y en exclusividad para los internos en el pabellón psiquiátrico y totalmente bajo prohibición, cualquier alimento derivado del cacahuate; el maní está contraindicado para los enfermos mentales porque los excita. Las chucherías permitidas para sus entregas estaban sujetas a un escrutinio que excluía cualquier violación de lo “no permitido” y los visitantes se esforzaban por no vulnerar las normas. Servilio se había acostumbrado a recibir muy pocas visitas. Su madre, ya no venía; y él, tampoco preguntaba por ella. Había hecho más fácil la labor de los médicos que, en principio, habían decidido ocultárselo; Eloísa había muerto.

Desde los primeros tiempos la noche se había convertido en su parte predilecta del día. Las bombillas se apagaban a las nueve, aunque el predio no quedaba en total oscuridad y si bien leer solo era posible a través del ejercicio sobredimensionado de las pupilas hasta el dolor y el enrojecimiento, al interior del cubículo de los guardias dos lámparas de neón obligaban a los custodios a mantenerse atentos y despiertos so pena de perder su empleo y proyectando de manera limitada una claridad irrelevante para que los reos-pacientes pudieran conciliar el sueño. De vez en vez, uno de los custodios recorría el pabellón, alternativamente, para asegurarse de que todo estaba en orden. Servilio tenía su propia hora de dormirse, entre 9 y 12 –según calculaba- y terminaba por rendirse al sueño en contrapunto con sus pensamientos…y las voces que escuchaba, cada vez, con mayor frecuencia.

Le gustaba imaginarse en libertad, en los tiempos de bon vivant en que se placía en engañar a todos, incluida su madre, divirtiéndose en lo que creaba las versiones de los personajes que encarnaba según su mitomanía crónica, desconociendo el asedio de una enfermedad congénita cuyo nombre se le antojaba impronunciable y para nada incurable. Él se miraba fuerte y hacía lagartijas y abdominales a diario. ¿Cómo podía considerarse enferma a una persona capaz de ejercitarse y evitar que sus músculos se reblandecieran? Esa idea, le provocaba risa mientras las pastillas lo mantenían apto para evitar que se soliviantara como aquella vez en que provocó la alarma y la presencia de los carceleros, al desnudarse totalmente y saltar del camastro para correr por el pasillo que separaba las camas en dos lados de disposición semejante: todas las pequeñas mesas a la derecha y los camastros, uno frente a otro. Algunos lo miraban con los ojos muy abiertos, otros reían, ninguno se movió mientras lo sometían entre cuatro custodios para llevarlo al salón de enfermería y aplicarle un electroshock. En su historia clínica, quedaba establecido como recurso si le sobrevenía una crisis. Luego, algo que había fallado la vez anterior, le aumentaban la dosis de cloropromazina y Ariprazol en un porcentaje reducido.

                                                       III
 
El primer hallazgo se hizo por casualidad. Proveniente de uno de los latones donde se echaban los residuos de un restaurante céntricamente ubicado en la ciudad, venía un olor nauseabundo y un inusual enjambre de moscas revoloteaba en torno al zafacón; en principio, a los empleados que según el turno les correspondía verter las sobras, no les llamó demasiado la atención, pero cuando la fetidez se hizo irresistible y comenzó a invadir los predios del local, el gerente; acompañado del chico que requirió su presencia, decidieron investigar si alguien había tirado algún animal muerto, algo que más de una vez había sucedido con anterioridad. Ayudándose con una estaca, comenzaron a revolver los desperdicios mientras el gerente le recordaba al empleado que, en el supuesto caso de que encontraran el animal muerto, los recogedores estaban por llegar y la solución más práctica podía ser aislar el mal olor amarrando un plástico alrededor del borde del latón, lo cual y de paso; espantaría el insoportable mosquero. No muy profundo, el empleado tropezó con el bulto empaquetado en un plástico negro y meticulosamente envuelto con cinta adhesiva sobre el que las moscas concentraban su presencia dándoles a entender a ambos el avanzado estado de descomposición de lo que aquel paquete contenía. Para evitar las nauseas producidas por el olor, tuvieron que cubrirse la nariz y el gerente le ordenó al empleado sacar el paquete al exterior.

Era un bulto pesado, de algo más de un pie de largo y un diámetro de unas quince pulgadas; todavía pensaban  que posiblemente se tratara del cuerpo de un perro, si era un gato, debió haber sido demasiado grande. La sospecha y cierta curiosidad, indujeron  al gerente a creer que podía contener otra cosa, porque a pesar de que el envoltorio pretendía ser hermético, en pocos segundos el enjambre de moscas se posaba sobre el líquido acuoso y rojizo que se filtraba por los intersticios del paquete para acumularse en derredor y sobre la superficie. Entonces decidieron saber que había dentro y cuando de un tajo cortaron el plástico, ambos quedaron estupefactos: ni perro, ni gato; un trozo de carne humana correspondiente a un muslo en donde miles de pequeños gusanillos habían devorado la carne, justo a la altura de la cabeza del fémur, que aparecía expuesto para despejar cualquier duda. A partir de aquella visión horripilante, lo único procedente fue convocar la presencia de las autoridades y que se ocuparan de iniciar la investigación.

Tras la presencia de la policía que se dedicó a limitar el acceso de los curiosos, llegaron los especialistas de medicina forense que haciendo uso de agua a presión y fluoruro, obligaron a los gusanillos a dejar los restos de la extremidad de una persona de raza blanca, cortados entre la parte superior de la rodilla y la articulación de la cadera y se percataron, por la forma del corte superior, que correspondía a la pierna derecha del cuerpo mutilado. Enfundado en una bolsa transparente lo alzaron para luego dejarlo caer en una nevera plástica que contenía placas de hielo seco a fin de preservar el hallazgo, prometedor augurio de que podía tratarse del desmembramiento de un cadáver. Luego y después de que los de medicina legal se habían marchado, uno de los dos oficiales se dedicó a realizar algunas preguntas a los empleados y al gerente, mientras el otro hacía anotaciones y observaba las reacciones de los interrogados. Aparentemente satisfechos con las respuestas, anunciaron que volverían si se hacía necesario llevar a cabo indagaciones con algunos de los empleados que no estaban presentes.

No tuvieron necesidad de regresar. El carácter macabro del encuentro de otros bultos se produjo con la misma celeridad con que, quien los había tirado en un área ciertamente dispersa pretendió y acusaba las mismas características del primer paquete. Ahora sabían que los restos correspondían a una mujer de entre treinta y cuarenta años, de raza blanca, contextura más bien delgada y bien proporcionada, sin cicatrices visibles u otra forma de atribuirles alguna peculiaridad. Era probable que la muerte de la desdichada se hubiera producido por asfixia porque en los cuatro bultos restantes, ninguna de las secciones encontradas mostraba perforaciones de algún proyectil o incisiones de arma blanca. El resultado de una autopsia preliminar,  evidenció que la ruptura de vasos sanguíneos en ambos pulmones podía ser indicativa de que la muerte por asfixia era la causa, aún probable, del fallecimiento. El único problema era que no habían encontrado la cabeza y como el descuartizador la cercenó en la parte baja del cuello, debían hallarla y estaban convencidos de que otro bulto, pronto aparecería.

Aquel  día, normal para ellos, los adolescentes que iban a zambullirse en las aguas de la laguna cercana al caserío donde residían le dieron solución al enigma que se había convertido en obsesión para los investigadores a cargo del caso. Uno de los muchachos, no muy lejos de la orilla, se tropezó con un maletín que descansaba sobre el fondo sin que los leves vaivenes de la corriente, casi estática, pudiera hacer que se moviera y al tratar de alzarlo, se percató de que en su interior debía haber algo muy pesado; lo arrastró hasta la orilla y antes de abrirlo comenzó a sentir el mismo olor a carne podrida. Ya los otros chicos se habían acercado y en lo que todos se llevaban las manos a la nariz para aminorar el efecto de la pestilencia, el que lo encontró zafó los broches (se usaban en lugar de zippers, porque ante la escacez de estos, los empleaban en su lugar) y ninguno pudo dar crédito a lo que sus ojos vieron: la cabeza de una mujer, junto a un bloque de construcción partido en dos, como para conseguir el reposo perfecto de lo que el maletín contenía sobre el fondo de la laguna.

Ahora, ante la última parte que complementaba los restos del cadáver, tenían la certeza de que la mujer había sido estrangulada por el asesino y que el cuerpo había sido desangrado antes de ser cortado en pedazos, el cerebro; endurecido y sin acumulaciones de sangre, era indicio de todo ello y la conclusión lógica, que el descuartizador quiso evitar que el líquido vital fluyera en demasía del cuerpo en lo que llevaba a cabo su macabra labor, evidentemente cometida con premeditación, mediante el uso combinado de un cuchillo –posiblemente de gran tamaño- y un hacha para cortar los huesos en tanto  mostraban astillamiento muy visible en los de mayor grosor. Lo único raro era que no tenían reportes de la desaparición de una mujer que respondiera a las características de aquel cadáver y en consecuencia tampoco podían determinar un área de búsqueda debido a que los “paquetes” habían sido hallados en lugares dispersos e inconexos. Quien los había tirado, pretendió que así fuera. Era alguien muy peligroso para haber sido capaz de llevar a cabo aquel tétrico plan y lo más indicado –además de que se había convertido en norma de las autoridades- era mantener la discreción en lo que trataban de avanzar en la investigación.

La clave fue el maletín. Por sus características, les fue fácil darse cuenta de que su carácter genérico lo hacía propiedad de alguien que era militar; era de los que se entregaban a los oficiales y  alumnos de una escuela de cadetes que recién se había creado por aquel tiempo y no se vendían en tiendas, ni a la población. Por su tamaño, color del vinil negro en que estaba fabricado y un examen minucioso de su interior en que descubrieron cuatro números escritos en tinta negra indeleble -evidentemente los de la unidad militar a la que pertenecía su posible dueño- pudieron determinar exactamente su procedencia; los números eran identificativos de la escuela situada cerca de la carretera, frente a Playa Baracoa, al noroeste de la ciudad. De inmediato, varios investigadores se dieron a la tarea de indagar quién podía ser el dueño, haberlo cedido en préstamo, o echarlo de menos a consecuencia de un posible robo.

Lejos de lo que pensaron, rápidamente dieron con un teniente que alegó haberle facilitado su maletín a un primo suyo –civil- que le dijo necesitarlo para hacer un viaje fuera de la capital y no tener donde acarrear sus pertenencias; hacía de eso unos diez días y no lo había vuelto a ver, pero cuando sus interlocutores le mostraron el maletín, no dudo en identificarlo yendo directamente a señalar los números que él mismo había escrito en el forro, al interior de un costado. Sin dejarle saber exactamente de lo que se trataba, insistieron que era algo muy serio, que estaba obligado a mantener absoluta discreción y tras reclamar el nombre del pariente, le repitieron que estarían en contacto con él para ponerlo en conocimiento de cualquier eventualidad. Antes de irse le advirtieron enfáticamente que por ninguna razón se pusiera al habla con su familiar y que si éste lo hacía, les avisara inmediatamente; seguidamente, le entregaron toda la información sobre los oficiales a cargo del caso en el Departamento Técnico de Investigaciones.

Para los investigadores el crimen estaba prácticamente resuelto. Era obvio que el teniente Camellón, primo por vía materna de Servilio Jorrín Camellón, no tenía nada que ver con el hecho; sus respuestas fueron lógicas y coherentes, sobre todo al evidenciar satisfacción cuando le mostraron el maletín a pesar de no poder recuperarlo y presentar daños notables por los días que había permanecido sumergido; no obstante, el sentimiento de posesión al identificarlo, era la muestra de que desconocía el verdadero uso que Servilio le había dado.

                                                        IV 
      
En la que había sido una barriada de clase media alta de la capital, una amplia vivienda que perteneció a una familia de origen español y que contaba con cinco habitaciones, algunas con baño, un amplio comedor, gran cocina y un patio interior en torno a un aljibe, devino con el tiempo en casa para huéspedes que Conchita, española también, y posiblemente emparentada con los dueños originales, regentaba su negocio de alquilar los cuartos a personas que casi siempre llegaban allí por recomendación de familiares o amigos suyos. Una de esas personas era Eloísa Camellón que conocía a la dueña desde la época en que acudieron juntas a las Ursulinas y había mantenido su amistad con la asturiana hasta los tiempos en que ambas habían dejado transcurrir los mejores años de sus vidas.

Servilio prefería vivir solo y en un área que le pareciera apropiada; nada de barrios que menguaran su prestigio o pusieran en evidencia lo que le pareciera inapropiado, fue por eso que Eloísa le pidió a su amiga que le rentara una habitación a su hijo y él llegó a residir en calidad de huésped en la pensión. No despertaba sospechas, sus movimientos no lo diferenciaban mucho de los demás y en su quehacer, todo parecía normal. Alegaba ser agente de seguros, vendedor a comisión y cobrador de rentas para varias instituciones, en realidad, de alguna manera conseguía el dinero para pagar el alquiler. En una ocasión, apareció acompañado de Élida y le avisó a la dueña que ella compartiría su habitación por un tiempo, al que no fijó límite. La asturiana le aclaró que para gozar de las ventajas de su presencia tendría que pagar por ello y Servilio no puso reparos, a Conchita sólo le interesaba el pago de los viáticos. A Élida, que ya tenía con él una relación, tampoco le pareció del todo mal. Había aprendido a conocerlo y pasaba por alto muchas cosas porque se había enamorado y lo aceptaba como era.

Ella nunca supo cuan enfermo estaba Servilio, no tuvo tiempo de llegar a descubrirlo y disfrutaba de una relación apasionada, casi obsesiva; que le hacía desdeñar lo que consideraba apariencias para culminar, cada vez, en aquellos coitos en los que le arrancaba la ropa para disfrutar su desnudez. Para él era otra cosa; esa mujer lo había hecho apartarse de una realidad imaginada y nadie debía llegar a descubrirlo: el mundo de Servilio era demasiado hermético y aunque sabía que Élida había traspasado sus límites, alguna vez tendría que poner fin a lo que para él significaba sentirse descubierto. Fue entonces que las voces que escuchaba mientras se consumían los cigarrillos entre sus dedos, le aconsejaron deshacerse de ella; era lo único que había querido defender de cualquier cercanía que pudiera parecerle ajena y las recomendaciones que se amplificaban en su conciencia y por su desvarío, sólo apuntaban a la eternidad de Élida compartiendo su soledad. El psicópata mata por amor, hiere al que más ama y lo eterniza en su conciencia haciéndolo desaparecer. Por eso la mató, asfixiándola, mientras yacía frente a él desnuda tras haberla hecho suya y en el sopor de un sueño profundo y confiado. Para Servilio, fue la última vez que la tuvo antes de pensar en eternizar su entrega. Sin duda, era el mejor consejo que había escuchado jamás, los susurros nunca se equivocaban en la interpretación de sus deseos; eran el espejo y la imagen de su conciencia.

Estaba satisfecho, tanto, que pasó bastante tiempo conversando con el cadáver en lo que acariciaba sus cabellos y recorría la frialdad de su cuerpo mientras se tornaba rígido y violáceo; él, aún la escuchaba, ahora; como una voz nueva y proveniente de su mente trastornada, pero no se consideraba un asesino, más bien la había liberado del peso de sus secretos que ella había decidido compartir sin que le preocupara demasiado, tan poco, que le costó la vida y a partir de entonces, Élida sólo viviría entre los dañados laberintos del lóbulo frontal de un cerebro congénitamente signado por el mal. Entonces, tenía que hacerla desaparecer y,de antemano, sabía cómo. El desmembramiento del cuerpo de la víctima era la forma más práctica, sobre todo porque no sentía remordimientos. Llevó el cuerpo a la bañera y los primeros cortes fueron para lograr que se desangrara; mientras, el agua corría profusamente hacia el desagüe hasta que la transparencia del líquido le indicó que el cuerpo estaba listo para ser descuartizado.

Todo lo tenía previsto y estaba preparado. Los dos instrumentos para llevar a cabo el cometido los tenía bien escondidos donde  fueron encontrados posteriormente por los policías sin importarle que así fuera: un afilado cuchillo de gran tamaño y una hachuela de explorador para desbrozar maleza; ambos abandonados en un pequeño armario lleno de tiestos, libros y otros objetos a los que él les concedía importancia. Antes de cometer el crimen, nadie más iba a animarse a registrar entre el desorden, después, estaría libre hasta que el hallazgo de los bultos con el macabro contenido condujeran a los investigadores hasta el escenario de los hechos; lo que al encontrar el maletín con la cabeza, no tardó en acontecer. Con la historia descifrada, llegaron hasta él y lo hallaron sentado, no pretendió resistirse ni negó las versiones acusatorias que los investigadores le comentaron. Aun no sabían que se trataba de un desquiciado, que era un hombre enfermo; fue la confesión más fácil que habían escuchado y la frialdad con que Servilio les comentó en detalle cada paso que dio mientras cortaba el cuerpo, empaquetó los bultos y se dio a la tarea de dispersarlos por la ciudad, debió producirles una mayor impresión a ellos que al propio relator de la historia, inédita, en sus experiencias respectivas como investigadores policiales.

Salió de allí esposado en compañía de los dos agentes y ante la mirada curiosa de los huéspedes de la pensión que desconocían de lo que se trataba; lo acomodaron entre ellos en el asiento posterior del vehículo policial y lo condujeron hasta las oficinas del Departamento Técnico de Investigaciones. Allí le pidieron que volviera a relatar la historia en lo que un estenógrafo reproducía la declaración de culpabilidad que debía firmar y que quedó grabada en su propia voz para hacer irrefutable su culpabilidad ¿Se trataba de la soberbia de un asesino? No parecía ser el caso; los investigadores, a los que se habían sumado otros expertos en criminología y peritos, se dieron cuenta que en ocasiones Servilio se refería a la occisa como si aún viviera y esto los hizo sospechar que en la personalidad de aquel sujeto algo andaba mal. Tuvieron la certeza cuando  les comentó que cada acción que había tomado era recomendada por los “comentarios” de sus “voces amigas” a las que siempre hacía caso porque “nunca se equivocaban” Entonces decidieron traer un especialista en psiquiatría y un psicólogo.

Leída por ambos la transcripción de la declaración del inculpado y tras hacerle algunas preguntas, el criterio fue unánime: éste hombre está demente, posiblemente se trate del acto criminal llevado a cabo por un esquizofrénico. Estaban arribando a la conclusión correcta, que, sin embargo; no exoneraba al detenido de una acusación de asesinato con premeditación y alevosía que figuró en el expediente  y que, al ser juzgado, hizo posible la declaración de culpabilidad y la sentencia de encerrarlo por veinte años en el pabellón psiquiátrico de cualquier reclusorio que lo poseyera. El día del juicio, Servilio dejó a todos atónitos cuando pidió volver a tener entre sus manos los objetos con los que cometió el desmembramiento, algo que por precaución no le permitieron. El juez, al indagar el por qué, obtuvo una respuesta que no podía imaginar: “Élida está en ese cuchillo y en el hacha, vive ahí; quisiera volver a acariciar su cuerpo” Todos los presentes, sin ocultar su asombro ni decir palabra, se miraron entre sí y en lo que imaginaban el acto que los tenía ante aquel hombre que no parecía tener remordimientos al escuchar la sentencia impertérrito; con la mirada pérdida y elusiva, enfocada en el mismo rincón de la sala y sin dirigirla a nadie en particular.

                                                          V 
     
En 1968, cuando Servilio tenía cuarenta y cinco, se convirtió en criminal confeso y convicto. Hasta 1980, en que ya había cumplido doce años de la condena y andaba cerca de los sesenta, el tiempo, a pesar de  la resistencia que trató de ponerle, lo había convertido en un recluso-demente (así lo consignaban) bajo tratamiento y observación permanente y en su cabeza rapada se notaban las huellas de los electrodos que sobre la piel habían dejado los numerosos electroshocks recibidos. La piorrea había hecho presa de sus encías y convertido su cavidad bucal en una oquedad casi vacía. Las dificultades para ingerir alimentos que por fuerza engullía sin masticar, junto a las mínimas dosis de supervivencia de una dieta maltrecha, habían dado a su cuerpo la apariencia de un esqueleto que, con los huesos adheridos a la piel, lo convertían en una persona sumamente vulnerable a escaras y; algunas yagas mal curadas, nunca llegaban a desaparecer del todo. Los carceleros y el médico que rutinariamente lo revisaba, estaban seguros que aquel despojo humano no alcanzaría el fin de su condena. Pero el verdadero final, epílogo de su propia historia, nadie pudo imaginarlo.

Esa noche llegó un grupo de guardias ajenos a la prisión, traían uniformes diferentes con grados en las charreteras. Uno de ellos, papel en mano, comenzó a reclamar por sus nombres la presencia de algunos de los recluidos y Servilio, al escuchar el suyo; no se preocupó demasiado y pensó que se trataba de un nuevo traslado. Había estado en Mazorra (hospital psiquiátrico de la capital) en más de una ocasión y a consecuencia de las crisis que le sobrevenían cada cierto tiempo; luego, era nuevamente devuelto al reclusorio; era más peligroso por loco, que por asesino. Los guardias, que llevaban a cabo una ingente y premeditada labor, completaron la capacidad de un ómnibus hasta el número total de cuarenta y dos pasajeros, era noche y la carretera a la prisión más importante del país estaba oscura y a pesar de los esfuerzos motivados por la curiosidad, poco podían apreciar del entorno los pasajeros transportados como parte de una operación que debía ser llevada a cabo con la mayor discreción posible y en que la nocturnidad era un argumento indispensable.

Al llegar a su destino los llevaron a uno de los comedores del lugar donde había un tipo con una cámara montada sobre un trípode y sobre el respaldo de una silla, una camisa blanca, arrugada y apestosa, de talla grande; que cada uno debía ponerse antes de que le hicieran la foto; el objetivo: proveerlos de un documento de identidad que ninguno poseía, para trasladarlos al puerto de embarque y tratar de disminuir el efecto de su llegada al destino que les habían fijado sin contar con ellos o los familiares en  caso de que los tuvieran, ya que de por sí, podía parecer sospechoso que viajaran solos a otro país. Era el mes de mayo de 1980 y un numeroso grupo de personas se aprestaba a abandonar el territorio por el puerto de Mariel. Luego, fue conocido que el gobierno utilizó la coyuntura para embarcar, junto a personas reclamadas por sus familiares en Estados Unidos, un montón de criminales, enfermos mentales e individuos integrados a la práctica de diferentes religiones. Servilio no entendía nada, no podía preguntar, aunque tampoco lo intentó; estaba acostumbrado a la callada por respuesta y cuando le tocó su turno, se puso la camisa y le hicieron la fotografía. En un par de horas, le entregaron un documento y le indicaron que lo metiera en la bolsa del pantalón y que no lo perdiera porque podía ser “la llave para su libertad anticipada”

La noche del 23 de mayo de 1980, Servilio, en compañía de otros reclusos, fue trasladado desde una gigantesca carpa rodeada de perros policías al embarcadero en el puerto, le habían dado algún alimento que a él le pareció mejor que la comida del reclusorio aunque se repitiera durante las jornadas que pasó tirado en un camastro en que una plancha de madera de bagazo prensado hacía las veces de colchón; el revoltillo de huevo enverdecido por el reposo del abandono, un arroz fétido y empelotado y un bolo de pan, descendían por su esófago con dificultad y placer al mismo tiempo. Aquello era mejor que el caldo insípido y los pedazos de pescado llenos de espinas que se veía obligado a ingerir cada día. Ahora, formaba parte de un grupo de doce que otros guardias en el muelle sumaron a un contingente de personas provenientes de la población; familias con niños, ancianos, hombres y mujeres que sentían en sus sienes el pálpito de un futuro que se les había negado en su propio medio y que se entregaban a la lucubración de un panorama desconocido e incierto, pero que vislumbraban e intuían, como prometedor. Ellos, sólo pensaban en dejar atrás la pesadilla en que las circunstancias habían convertido sus vidas y cualquier otro riesgo les parecía intrascendente.

Era contradictorio: en el sopor del sueño los padecimientos se ausentaban, mientras en la realidad del día a día, el estigma de lo no deseado les dejaba saber que, al dormitar, podían encontrar el único modo de evadir la realidad. Servilio, aún no sabía lo que estaba pasando, era casi un privilegio tener todos los días para dormir y en la vigilia, elaborar un pensamiento consecuencia de sus tribulaciones y autorizado para contrarrestar los efectos de lo tangible; al loco, que pierde el contacto con la realidad y se engaña a sí mismo por obra de la enajenación, nadie lo puede culpar, al menos, del todo. El hombre, o más bien lo que de él quedaba, presenciaba el ajetreo del puerto envuelto en la neblina de sus ojos afectados por la catarata que le hacía indefinida cualquier visión y ya no le permitía leer sin el uso de gafas que había extraviado y que nunca más pudo recuperar y menos, suplantar. Cualquier cosa que pudiera ayudarlo a tener conciencia de sí mismo se había convertido para él, en quimera inalcanzable y eso, no le interesaba a nadie. Recordaba algunas cosas, sobre todo a ella, por el tatuaje que uno de sus compañeros  había delineado sobre el costado izquierdo de su pecho y en el que se enredaban entre trazos discontinuos e imperfectos, una cruz formada por un hacha y un cuchillo; debajo, el nombre de la víctima como símbolo perpetuo de su amor, estampado con tinta de betún diluida en alcohol mediante las punzadas de una aguja artesanal contaminada de infecciones.

Estaba atardeciendo cuando sintió la presión de una mano asiéndolo por uno de sus brazos que lo obligó a moverse entre un grupo de personas en dirección al muelle en el que paralelamente, se encontraban atracadas las embarcaciones que debían ser cargadas con la masa informe de personas que integraban una rara mezcla y a la que los organizadores de todo aquello se referían como “el personal” Servilio debió cumplir la orden de que entrara en aquel barco y desorientado, el pequeño grupo de reclusos que debieron hacer lo mismo, lo integró al corrillo, ninguno lo conocía; se habían conformado al azar y era minúsculo en comparación con el resto de los viajeros. Todos los reclusos se juntaron por una simple cuestión de identidad  en una esquina de la popa de la ancha manga de un langostero de cuarenta y dos pies de eslora y borda muy baja, haciendo notar su presencia a los ojos del patrón y los dos tripulantes, sus hijos, que le acompañaban. Entre ellos, comentaron que si los “presos” trataban de intentar cualquier desafuero durante la travesía debían ser lanzados al mar;  no desconocían que les estaban haciendo cargar con gente muy peligrosa y su conceptualización visual, lejos de la óptica lombrosiana, indistintamente los hacía actuar conforme a ella.

Integrado el grupo de unas quince embarcaciones que serían las próximas en partir se escuchó la orden proveniente de unos altavoces que únicamente interrumpían la música de los himnos al ordenar la salida y cuyo propósito, era saturar los oídos de los “indeseables” y darles una lección de patriotismo que, debido a su reiteración, se convertía en una suerte de tortura. Todos esperaban la interrupción de las arengas y la música, porque habían aprendido a intuir  que era el aviso para la orden de zarpar en cada caso. El efecto de la reacción, se convertía en una corroboración de la teoría pavloviana del reflejo. Con las embarcaciones en movimiento y a la zaga de una vieja fragata de la armada hasta el límite de las aguas territoriales, Servilio comenzó a sospechar que lo estaban trasladando, pero esta vez, a otro mundo en el que nunca había pensado.

Aunque a nadie le interesaba, incluidos los gestores de aquella gigantesca operación y a pesar de repetir lo dicho por el líder acerca de que se trataba de “una vía segura y organizada”; los servicios meteorológicos habían anticipado que para esos días de mayo, las condiciones para la navegación de embarcaciones menores no eran propicias en las aguas del Golfo. En el reducto de la popa, los únicos que sospechaban que Servilio no andaba bien de sus facultades mentales eran los otros reclusos agrupados junto a él y el resto de los pasajeros, eufóricos y ajenos a las predicciones, ya estaban avisados de lo que debería hacerse si algo extraño sucedía. Poco a poco, la línea de la costa fue desdibujándose entre los efectos del poniente y una nubosidad densa, presagio de lo que al desaparecer por completo cualquier visión terrena, ocurrió; la noche los puso a todos de cara a la tormenta. Era un verdadero diluvio en que la fuerza de los elementos se combinó conformando el pandemónium; las ráfagas de viento manejaban las olas a su antojo y convertían la lluvia en una cortina en constante movimiento que hacían restallar las gotas de agua como latigazos sobre la piel de los neófitos navegantes.

A pesar de todo, nada era más preocupante que la arremetida permanente de olas de más de veinte pies que jugaban con la embarcación en soledad como un diminuto cuerpo estelar a punto de desaparecer en el concepto infinito de un agujero negro. Todos querían ubicarse bajo el techo de la estructura, y quienes no lo lograron se conformaron con tirarse sobre el piso, era la mejor manera de evitar que las sucesivas embestidas del agua sobre la cubierta los arrastrara con probables consecuencias trágicas. El patrón, conocedor de las posibles consecuencias al enfrentarse a una situación así, conminó a los hombres a que fueran las mujeres, los más viejos y los niños, quienes quedarán bajo la limitada protección de la estructura, que si bien les guarecía de la lluvia, no podía hacerlo de las furiosas olas convertidas en lenguas de agua salobre  que entraban y salían por los cuatro costados: proa, popa, babor y estribor; lamiendo con avidez toda la cubierta. En situaciones como aquella, la borda baja, la ancha manga y un calado poco profundo se convertían en elementos que, para quien sabe cómo proceder, hacen más fácil la navegación bajo esas condiciones y aquel hombre sabía cómo sacar ventaja de ello. 

En medio de la confusión, nadie se percató de que Servilio había permanecido inmóvil y mientras hablaba con las voces que escuchaba, casi en secreto; se arrodilló dándole la espalda a todos y presintió que el momento había llegado. Aquel grupo de personas se negaban a ayudarlo y en consecuencia, “sus consejeros” eran los mejores aliados con los que podía contar. La distorsión provocada por una realidad estresante, era percibida por él como la razón de huir y nadie podía entenderlo. De haber observado el momento en que la ola lo empujó al desenlace, pensó, y mientras ello le fue posible, que ir a parar al agua era lo más conveniente. Un acto de suicidio era una respuesta lógica; las estadísticas indican que la propensión de atentar contra la vida es, entre los esquizofrénicos, de un diez por ciento; pero en el caso de los paranoides, puede elevarse, sobre todo, si la atención y el tratamiento resultan inadecuados. Sus largos años de reclusión, los numerosos electroshocks, la inestabilidad y deficiencias en el suministro de los medicamentos indicados, habían acrecentado su desconexión con la realidad y catalizado la psicosis, algo que para él no era perceptible y para los demás intrascendente; el “accidente” pasó inadvertido para todos y el final, al perderse entre las encrespadas aguas y en medio de la tormenta, sólo se descubrió cuando la marejada amainó y la diferencia entre cielo y mar permitieron la visión del horizonte bajo una fina llovizna que a todos parecía como un bálsamo que la naturaleza les regalaba.

Las tensiones disminuyeron e hicieron que cada cual se fuera relajando para regresar a la normalidad y volver a pensar que sólo un puñado de millas los separaba del destino deseado. Unos se gratificaban de la benevolencia divina al dar gracias, y todos parecían desasirse del peso de una amenaza mortal; fue entonces que alguien pregunto por el tipo flaco y desgarbado, el viejito; al que nadie aún, había echado de menos. La historia de Servilio había concluido sin trascendencia entre la acometida de un suicidio y la creencia general de que se trató de un trágico accidente, al descubrir su ausencia. Fue la única vez en que existió correspondencia entre la forma en que su vida transcurrió y la manera en que, consecuentemente, el propio Servilio determinó liberarse de sus fantasmas y sus males, sus recuerdos conculcados por la indefinición y la incapacidad de precisar temporalmente lo ocurrido en cada momento. Nadie sabía quién era, su nombre, dónde había nacido, ni la edad; de haberla conocido, el asombro los hubiera hecho pensar en un posible error en tanto su edad cronológica, era incompatible con su imagen.

                                                EPÍLOGO

Poco más de una semana había transcurrido cuando el patrón y sus dos hijos se encontraban enfrascados en la tarea de rehabilitar la embarcación de nombre Jackie atracada en un muelle del cayo Marathon, lugar en que residían y desde el que operaban el negocio familiar de sembrar y levantar nasas para capturar langostas en los mares aledaños al archipiélago de las atractivas y bellas islas sur floridanas, que continuaban siendo el escenario del ajetreo en consecuencia de los acontecimientos que tenían lugar. El Cayo Hueso, era conexión obligada como destino de todos los “entrantes” provenientes de otro archipiélago al sur, pero a muy poca distancia.

Mientras frotaba con un paño la teca de estribor, uno de los muchachos hizo el hallazgo; era un papel doblado y encajado entre la madera y el cintillo de bronce que sólo tenía una función decorativa; estaba doblado y vuelto a doblar, tal y cómo si el propósito de haberlo dejado allí, fuera conseguir su descubrimiento y le permitiera a quien lo hiciera, descifrar el enigma motivado por una simple curiosidad. La humedad había deteriorado el documento, pero su contenido era perfectamente legible a pesar del corrimiento de la tinta con la que había sido impreso, lo más importante: la fotografía del portador, el viejo flaco y de rostro desencajado que parecía emerger de las profundidades para proporcionar la respuesta: Servilio Jorrín Camellón, natural de La Habana, Cuba y de sesenta años de edad; nada más. El verdadero significado, Servilio lo utilizó en su propio beneficio; había sido “la llave para su libertad anticipada”

José Antonio Arias-Frá

En: “Cuentos de la Memoria Intrusa”




      


   

  



  

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