lunes, 19 de octubre de 2015

LOS AHOGADOS


Era demasiado joven, pero desconfiaba de su madurez porque las experiencias personales le habían forzado a vivir anticipadamente y, más que saberlo, lo sentía. Los sentimientos suelen invalidar la razón y crear obstáculos al sentido común, además, tenía la lectura como vicio y el temor de que el cerebro se le convirtiera en especie de músculo que a consecuencia de tal atrofia, pudiera llegar a ser un órgano degenerado e inservible.

Con perturbación recordaba –en menoscabo de su conciencia- que los obsequios más comunes de su padre, no eran juguetes; ¿creería, acaso, que él debería convertirse en lo que ahora era? Los libros que le entregaba, a veces bajo advertencia de préstamo, ni siquiera los compraba; provenían de su biblioteca atestada de volúmenes manoseados y llenos de anotaciones en basta caligrafía ininteligible que, de haberla podido descifrar, habría sido intrascendente.

El viejo exhaló el último suspiro sin pensar en arrepentirse de nada,  para él su única culpa era no haber conseguido su propósito de ser escritor y poder almacenar sus historias entre las que abrazaban con estrechez sus carátulas en el desvencijado librero de pino blanco, áspero y sin pintura, que le había dejado como única herencia. Dinero y otros bienes de fortuna nunca tuvo y si hubiera merecido algún título, podría haber sido el de gran diletante.

Pero, ¿por qué ninguno de sus hermanos? De seguro descubrió en él la indiferencia por el tiempo que pasaba frente a la impredecible visión del mar mientras ellos se dedicaban a otras cosas y pensó, recordando, que también él hacía lo mismo. Probablemente, le impresionaba que no se arredrara ni por la mansa quietud del piélago, ni por la salvaje y desenfrenada codicia de la tormenta al desatarse y transgredir los límites. Era lo que esperaba y sólo él, desdichado, tenía la virtud de la desidia y la  capacidad de imaginar en soliloquio, el diálogo con lo insondable. En cierto modo, no estaba exento de culpa.

Él, era el único que podía conseguir lo que el viejo no pudo: ver en tipos impresos sus manuscritos o heredar su frustración con el agravante de no hacerla extensiva a nadie más. Entonces, el viejo concibió el enjundioso plan de convertirlo en hombre antes de tiempo y, cuando empezó a buscar respuestas al rompecabezas que era su vida, ya estaba integrado en la perfecta sincronía de sus piezas; era él y no podía cambiar nada.

Sin proponérselo, encontró el ovillo de la historia enredado en su cabeza al escuchar la voz interior de su conciencia cambiar el ritmo de su respiración;  aquel bullicio, inusitado en el amanecer, se sumaba al del golpeteo provocado por las olas sobre el acantilado y se convertía en un mensaje atípico de urgencia a destiempo. Ese día, a esa hora; aun dormitaba y la sensación inevitable de la claridad le permitía, al menos, escuchar.

Entonces despertó para amodorrarse en los minutos de vigilia que preceden al tránsito entre el sueño y el devenir de lo cotidiano cada amanecer. Siempre es igual cuando se acude a la incógnita que depara el futuro y la impostergable idea de la rutina ata al cuerpo con la inercia que le es característica. Lo demás, invariablemente, es una pregunta sin respuesta.

Como cada vez, bajó las escaleras cargando bajo el brazo un puñado de libros y otros tantos cuadernos de apuntes y anduvo el trecho de unos cien metros  consignado al tramo en entrecalles que, en su caso, era el último hasta el mar y percatarse que esa mañana no era igual. Un número mayor de transeúntes de los que comúnmente deambulaban por allí a esas horas, interrumpían su rutina; la de otros curiosos que sólo podían avanzar hasta donde les era permitido.

La ancha avenida reverberaba al resplandor del Sol y llamó su atención la ausencia de tráfico vehicular, en largo tramo interrumpido por orden de las autoridades. Varios carros de policía, uno pericial y otro más grande –de la morgue- permanecían aparcados del otro lado de la vía frente al muro y los curiosos, debían conformarse con la visión de lo imprevisto para dar pábulo a una versión muy personal de lo que observaban. Sin embargo, comentaban sin dejar de especular.

Lo único seguro era que aquellos tres cuerpos hinchados e inmóviles que yacían sobre el paredón, eran los de tres cadáveres que el mar había devuelto hasta la orilla. Nunca había visto ahogados y aunque conocía de historias trágicas de alguien que murió de esa manera, ahora, frente a la realidad, su impresión era distinta; iba rompiendo su imaginación y acomodándose en ella como el epitelio de los rostros de los desdichados, enrojecido y liso, que parecía escapar de sus respectivas anatomías formando islotes de una fina cáscara quemada en los bordes. Era probable que hubieran estado sumergidos por algún tiempo y luego flotaran para denunciar su involuntaria ausencia del mundo de los vivos.

No era posible determinar si aquellos hombres habían sido tan gordos y pesados como aparentaban y un mínimo puntazo en sus costados hubiera dejado escapar el agua acumulada en su interior haciendo que se desinflaran, atrofiar la imagen de la normalidad y crear una cavidad convexa de sus vientres en los que recónditamente se amontonaban las tripas secas e inactivas. Ahora, al sol, parecían el cuero de un tambor que nadie, ni los peritos, se atrevía a tocar. Aquellos individuos, entre movimientos calculadamente reiterados, se limitaban a alzar los brazos de los yertos, dejarlos caer y convencerse de que habían sido mordidos por los peces, aunque no sangraban.

La escena no era conveniente ni común. ¿Quién sabe cuántas veces se repetiría?; la mayoría, frente a los ojos de expertos cuyo silencio estaba garantizado so pena de perder el empleo y no estaban dispuestos a quebrantar la insoslayable discreción policial. Informados de cual debía ser el procedimiento a seguir, introdujeron los cuerpos en el camión de la morgue y se dedicaron a dispersar a los curiosos entre los que él se encontraba. Ya no llegaría a tiempo a su destino de cada mañana y decidió dejar transcurrir el resto del día pensando en lo que acababa de presenciar. Algo así, de seguro, no lo olvidaría fácilmente menos, cuando en los corrillos del barrio todos iban a comentarlo. ¿Serían pescadores que zozobraron al irse a pique su embarcación? Nadie podía asegurarlo, todavía el mar era un valladar infranqueable, temido y respetado y la “información oficial” era ocultada en casos de tal naturaleza. Algunos comentaban que, sin importar el riesgo, muchos trataban de escapar; aunque no se sabía cómo.
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Pasó algún tiempo hasta el día en que un tipo que le trasteaba el viejo cacharro en que andaba, comenzó a contarle una historia de un primo suyo que junto a dos amigos decidió fugarse.

- Sé lo que piensas, y no me engaño, creo que puedo hablarte de estas cosas. ¿Nunca se te ha  ocurrido la idea de irte clandestinamente?

 - ¿De dónde?, respondió para evitar la duda y aparentando desentenderse.

 - Mira, no lo hagas, las posibilidades de éxito son escasas; eso fue lo que le pasó a Angelito y a los dos que iban con él. Eran tres, se fueron por Bahía Honda y aparecieron ahogados  cerca de Galiano y Malecón. Al menos, eso fue lo  que se comentó.

No debió decir más para traer a la conversación el recuerdo de la imagen de aquel día de Agosto y los cuerpos de los ahogados despellejándose sobre el muro bajo el efecto del calor y la hinchazón. Entonces, tomó conciencia de que podía aportar el complemento de la historia.

-¿Cuánto tiempo hace de eso?, preguntó.

La respuesta coincidió con su visión de aquella mañana y decidió hacer partícipe de su vivencia al improvisado mecánico, empeñado sin éxito en aflojar una tuerca que había dejado de ser hexagonal con una llave de ojo cuyo borde interior estaba desgastado.

 -Y, ¿Tú crees que eran ellos?

 -Eso nadie puede asegurarlo, pero las coincidencias son muchas…eran tres, el mismo lugar... ¿Quién sabe?

 -Y a la familia de tú primo Ángel, ¿qué le dijeron?

 -Nada, sólo se sabe que nunca llegaron. Los dieron por muertos y eso fue todo…

 -¿Oye, estarías dispuesto a contarle tú historia a mi tía?  Ella nunca ha tenido consuelo, creo que sabe quiénes son los familiares de los otros dos.

Cuando se vio sentado frente a aquella anciana tullida por la artritis, de largos dedos delgados y deformes que lo escuchaba en silencio mientras dejaba escapar furtivas lágrimas de sus ojos secos y hundidos en las órbitas, dudó haber aceptado y quiso creer que estaba equivocado.

De todo lo que había leído, recordó  una cita de  Waldo Emerson: “…cualquiera puede hacer una historia, pero se necesita ser un genio para contarla” Desandando el camino, concluyó que su viejo pudo tener razón; algun día, habría de hacerlo.

 José Antonio Arias-Frá
En: Cuentos de la Memoria Intrusa.

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