Era demasiado joven, pero desconfiaba de su
madurez porque las experiencias personales le habían forzado a vivir
anticipadamente y, más que saberlo, lo sentía. Los sentimientos suelen invalidar
la razón y crear obstáculos al sentido común, además, tenía la lectura como
vicio y el temor de que el cerebro se le convirtiera en especie de músculo que a consecuencia de tal atrofia, pudiera llegar a ser un órgano degenerado e
inservible.
Con perturbación recordaba –en
menoscabo de su conciencia- que los obsequios más comunes de su padre, no eran
juguetes; ¿creería, acaso, que él debería convertirse en lo que ahora era? Los
libros que le entregaba, a veces bajo advertencia de préstamo, ni siquiera los
compraba; provenían de su biblioteca atestada de volúmenes manoseados y llenos
de anotaciones en basta caligrafía ininteligible que, de haberla podido descifrar,
habría sido intrascendente.
El viejo exhaló el último suspiro sin pensar en
arrepentirse de nada, para él su única
culpa era no haber conseguido su propósito de ser escritor y poder almacenar sus
historias entre las que abrazaban con estrechez sus carátulas en el
desvencijado librero de pino blanco, áspero y sin pintura, que le había dejado
como única herencia. Dinero y otros bienes de fortuna nunca tuvo y si hubiera
merecido algún título, podría haber sido el de gran diletante.
Pero, ¿por qué ninguno de sus hermanos? De seguro
descubrió en él la indiferencia por el tiempo que pasaba frente a la
impredecible visión del mar mientras ellos se dedicaban a otras cosas y
pensó, recordando, que también él hacía lo mismo. Probablemente, le impresionaba que no se arredrara ni por la mansa quietud del piélago, ni por la
salvaje y desenfrenada codicia de la tormenta al desatarse y transgredir los
límites. Era lo que esperaba y sólo él, desdichado, tenía la virtud de la desidia y la capacidad de imaginar en soliloquio, el
diálogo con lo insondable. En cierto modo, no estaba exento de culpa.
Él, era el único que podía conseguir lo que el
viejo no pudo: ver en tipos impresos sus manuscritos o heredar su frustración
con el agravante de no hacerla extensiva a nadie más. Entonces, el viejo
concibió el enjundioso plan de convertirlo en hombre antes de tiempo y, cuando
empezó a buscar respuestas al rompecabezas que era su vida, ya estaba integrado
en la perfecta sincronía de sus piezas; era él y no podía cambiar nada.
Sin proponérselo, encontró el ovillo de
la historia enredado en su cabeza al escuchar la voz interior de su conciencia cambiar
el ritmo de su respiración; aquel bullicio, inusitado en el amanecer,
se sumaba al del golpeteo provocado por las olas sobre el acantilado y se
convertía en un mensaje atípico de urgencia a destiempo. Ese día, a esa hora;
aun dormitaba y la sensación inevitable de la claridad le permitía, al menos,
escuchar.
Entonces despertó para amodorrarse en los minutos
de vigilia que preceden al tránsito entre el sueño y el devenir de lo cotidiano
cada amanecer. Siempre es igual cuando se acude a la incógnita que depara el
futuro y la impostergable idea de la rutina ata al cuerpo con la
inercia que le es característica. Lo demás, invariablemente, es una pregunta
sin respuesta.
Como cada vez, bajó las escaleras cargando bajo el
brazo un puñado de libros y otros tantos cuadernos de apuntes y anduvo el
trecho de unos cien metros consignado al
tramo en entrecalles que, en su caso, era el último hasta el mar y percatarse que esa mañana no era igual. Un número mayor de transeúntes de los que
comúnmente deambulaban por allí a esas horas, interrumpían su rutina; la
de otros curiosos que sólo podían avanzar hasta donde les era permitido.
La ancha avenida reverberaba al resplandor del
Sol y llamó su atención la ausencia de tráfico vehicular, en
largo tramo interrumpido por orden de las autoridades.
Varios carros de policía, uno pericial y otro más grande –de la morgue-
permanecían aparcados del otro lado de la vía frente al muro y los curiosos, debían conformarse con la visión de lo imprevisto para dar pábulo a una versión
muy personal de lo que observaban. Sin embargo, comentaban sin
dejar de especular.
Lo único seguro era que aquellos tres cuerpos
hinchados e inmóviles que yacían sobre el paredón, eran los de tres cadáveres
que el mar había devuelto hasta la orilla. Nunca había visto ahogados y aunque
conocía de historias trágicas de alguien que murió de esa manera, ahora,
frente a la realidad, su impresión era distinta; iba rompiendo su imaginación y
acomodándose en ella como el epitelio de los rostros de los desdichados,
enrojecido y liso, que parecía escapar de sus respectivas anatomías formando
islotes de una fina cáscara quemada en los bordes. Era probable que hubieran
estado sumergidos por algún tiempo y luego flotaran para denunciar su
involuntaria ausencia del mundo de los vivos.
No era posible determinar si aquellos hombres
habían sido tan gordos y pesados como aparentaban y un mínimo
puntazo en sus costados hubiera dejado escapar el agua acumulada en su interior
haciendo que se desinflaran, atrofiar la imagen de la normalidad y crear una
cavidad convexa de sus vientres en los que recónditamente se amontonaban las tripas secas e
inactivas. Ahora, al sol, parecían el cuero de un tambor que nadie, ni los peritos, se atrevía a tocar. Aquellos individuos, entre movimientos
calculadamente reiterados, se limitaban a alzar los brazos de los yertos,
dejarlos caer y convencerse de que habían sido mordidos por los peces, aunque
no sangraban.
La escena no era conveniente ni común. ¿Quién sabe
cuántas veces se repetiría?; la mayoría, frente a los ojos de expertos cuyo
silencio estaba garantizado so pena de perder el empleo y no estaban dispuestos
a quebrantar la insoslayable discreción policial. Informados de cual debía ser
el procedimiento a seguir, introdujeron los cuerpos en el camión de la morgue y
se dedicaron a dispersar a los curiosos entre los que él se encontraba. Ya no
llegaría a tiempo a su destino de cada mañana y decidió dejar transcurrir el
resto del día pensando en lo que acababa de presenciar. Algo así, de seguro,
no lo olvidaría fácilmente menos, cuando en los corrillos del barrio todos
iban a comentarlo. ¿Serían pescadores que zozobraron al irse a pique su
embarcación? Nadie podía asegurarlo, todavía el mar era un valladar infranqueable,
temido y respetado y la “información oficial” era ocultada en casos de tal
naturaleza. Algunos comentaban que, sin importar el riesgo, muchos
trataban de escapar; aunque no se sabía cómo.
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Pasó algún tiempo hasta el día en que un tipo que
le trasteaba el viejo cacharro en que andaba, comenzó a contarle una historia
de un primo suyo que junto a dos amigos decidió fugarse.
- Sé lo que piensas, y no me engaño, creo que puedo
hablarte de estas cosas. ¿Nunca se te ha ocurrido la idea de irte clandestinamente?
No debió decir más para traer a la conversación el recuerdo de la
imagen de aquel día de Agosto y los cuerpos de los ahogados
despellejándose sobre el muro bajo el efecto del calor y la hinchazón. Entonces,
tomó conciencia de que podía aportar el complemento de la historia.
-¿Cuánto tiempo hace de eso?, preguntó.
La respuesta coincidió con su visión de aquella
mañana y decidió hacer partícipe de su vivencia al improvisado mecánico,
empeñado sin éxito en aflojar una tuerca que había dejado de ser hexagonal
con una llave de ojo cuyo borde interior estaba desgastado.
Cuando se vio sentado frente a aquella anciana
tullida por la artritis, de largos dedos delgados y deformes que lo escuchaba
en silencio mientras dejaba escapar furtivas lágrimas de sus ojos secos y hundidos en
las órbitas, dudó haber aceptado y quiso creer que estaba equivocado.
De todo lo que había leído, recordó una cita de Waldo Emerson:
“…cualquiera puede hacer una historia, pero se necesita ser un genio para
contarla” Desandando el camino, concluyó que su viejo pudo tener razón;
algun día, habría de hacerlo.
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