EL KID.
Nunca tuve dudas de haber escuchado una versión apócrifa de aquella
historia porque siempre, y a pesar de haber sido contada por el mismo relator
en diferentes ocasiones, era exactamente igual.
En la memoria todo lo que trasciende encuentra un nicho que desaparece solo
ante la decrepitud, la senilidad o la enfermedad y aunque mi padre padeció de
todas, se refería a lo que sus ojos vieron y mientras pudo, como el calco de
una impresión que cavó el nicho con indelebles caracteres. Después, no se qué
pasaría, ya no podía contar nada.
En los treinta, cuando Santa Fe era frecuentada por forasteros debido a su
abundancia de lupanares, más que por el discutible y minúsculo atractivo de su
playita –así, con minúscula- mí viejo había puesto el ojo en aquel sitio y compró en
él un modesto y pequeño inmueble con el afán de paliar los intensos calores del
verano.
Para los que venían del torbellino citadino de la gran urbe capitalina, el propósito
de usar la nueva y flamante vía de dos sendas que el presidente Machado recién había
ordenado construir con el nombre de Carretera Central, llegar hasta el poblado
de Bauta dirigiéndose a occidente, torcer por el camino de Cangrejeras y
terminar recorriendo ocho kilómetros para concluir el periplo; el esfuerzo
superaba al estímulo.
Al fin, la visión a descubrir no pasaba de ser un pedazo sobre la línea costera
lleno de sinuosos arrecifes cálcicos en los que en cráteres pequeños el
golpeteo tenaz de las olas iba depositando una arena de grano gordo y prieto
que al mezclarse con el agua del mar se convertía en un fangal.
Ese mediodía de domingo, en que a pesar de la edad hasta los más viejos
duermen más de lo normal, mi padre observó que un grupo de personas se agrupaba
en torno a un cuerpo que yacía sobre un charco envuelto en una extraña
indumentaria.
Lo habían depositado justo frente a uno de los bares-prostíbulos más
socorridos por los que venían de otros lugares: “La Glorieta” Su concurrencia
era en cierto modo exclusiva, todo puede serlo en su propio entorno, los costos
lo determinaban así y en circunstancias similares, aún suele ser igual.
Los curiosos en torno al sujeto sobre el charco, nunca habían entrado en
aquel sitio, pero podían imaginar lo que sucedía en su interior y eran capaces
de describirlo con tanta exactitud, que de haberlos escuchado, no hubiera
parecido dudosa su presencia en él durante largas noches de bacanal, lujuria y
otras cosas allende las puertas cerradas de aquel antro, permanente claustro para
quienes no podían pagar por su acceso y fuera, únicamente, una fantasía erótica
perfectamente recreable para ellos.
Llamaba la atención que el cuerpo-bulto del hombre, cuando menos inconsciente,
era el de un negrito en los treinta con el cabello alisado por el efecto del “peine
caliente” usado con tal propósito y acomodado hacia un lado y el otro de su
cabeza en el deslinde de una raya meticulosamente trazada como con escalpelo y
que rezumaba la vaselina derretida bajo el efecto de la insolación.
El atuendo no era apropiado: un frac de color negro que no hacía contraste
con el color de su piel, era un trozo de chocolate que se derretía; a un lado, el sombrero de pajilla y ala rígida
con cinta ancha del mismo tono y un bastoncito de mariscal con
empuñadura dorada que nadie pudo pensar que fuera de oro –ni siquiera los que
lo arrojaron al exterior- y por esa razón, aún estaba allí cuando llegaron los
guardias.
Eso sí, los forros de los bolsillos se hallaban expuestos y manchados ipso-facto por el agua pútrida, que les imprimió su huella al dejarles un halo amarillento sobre la fina seda en
que habían sido confeccionados poniendo en descrédito la paciente labor de
minúsculas larvas, sin poder determinar por cuánto tiempo. Aquel atuendo
debió costarle muy caro a su portador, luego; sucio y desgarrado, valía poco;
mucho menos de lo que habían obtenido los vándalos tras ordeñar las ubres
expuestas y vacías de su recóndita intimidad.
Asegurándose que estaba vivo, que
no habían orificios provocados por la incisión de un arma blanca o un disparo, uno de
los guardias le sostuvo por los pies y el otro le tiró de los brazos, solo uno de ellos
hubiera bastado (él era un “fíder
güei”-featherweight, un peso pluma) para
atravesarlo a la grupa de uno de los caballos de cinco cuartas amarrados bajo
un pino estático, anemómetro natural y
confiable de que la brisa había terminado de soplar y el terral aún se estaba
incubando. El mediodía en el trópico insular es la pausa entre ambos y puede llegar a ser mortal en circunstancias extremas. Por
suerte para el hombre-bulto, no fue así.
Nadie supo, solo las autoridades que lo trasladaron y posteriormente lo identificaron,
de quién se trataba; muy pocos se enteraron cuando la identidad del
hombre-bulto trascendió en versión de sus detractores, poniendo de manifiesto
que la prensa plana en la que aparecían las fotografías del sujeto, no acusaba
un alto índice de consumo entre los curiosos pobladores del recóndito y discreto
balneario. Pero mi viejo sí; se lo había
contado Gudelia, la mulata que cargaba con una cuenta de años que ni ella misma
sabía, ni podía recordar y a la que todos solían ver sentada en su desvencijada
mecedora, que de haber abandonado, hubiera caído desecha formando un hato de majagua
listo para ser incinerado; tal era la empatía entre Gudelia y el sillón: ambos
conformaban una especie de monumento a la curiosidad.
Gudelia nunca hacía alusión a los días de la semana; para ella todos eran
iguales, al fin; que nunca se levantaba del sillón bajo el portal del caserón que le servía de morada, suerte de barracón en que su numerosa prole había
crecido rodeada por la arena de grano gordo y muy fangosa, en la que los
cangrejos de tierra horadaban sus refugios y los “fiñes”, jodedores y desobedientes, le pedían las colillas
encendidas de los cigarrillos a los transeúntes para tirarlos a la entrada de los agujeros y observar cómo los
cangrejos las presionaban entre su muela más pequeña (la grande debe ser un
lastre para ellos por inútil) y terminar metiéndose en sus madrigueras. Al regresar, siempre lo hacen trasladándose en sentido inverso, caminan “pa´tras”, pero nunca se equivocan y si
por alguna razón –poco probable- pierden el rumbo, prefieren morirse a la
intemperie como pudo haberle ocurrido al negrito del frac, la teja y el
bastoncillo de mariscal.
Entonces Gudelia le heredó la historia a mi viejo, a cuyo relato mis oídos
se acostumbraron para escucharla con el mismo interés cada vez que
la contaba. Ese sábado, la mujer vio como
se movía lentamente por el callejón una “máquina” grande y negra que no era el
carro fúnebre proveniente de Bauta, destinado a cumplir con el encargo de cargar
los muertos de Santa Fe y, en consecuencia, conocido y fatal; fácilmente
identificable y augurio de una mala noticia entre los correligionarios. Por
demás, el coche, rara visión en aquel predio, se detuvo frente a La Glorieta y
allí se congregaban los vivos que “disfrutaban del pollo” (el muerto al hoyo)
en aquel palacete del placer cuyas puertas cedían al empuje de los dólares de
los que el negrito disponía en cantidad poco común a los de su raza.
El Kid venía sentado en el asiento trasero y en el espacioso receptáculo,
podía acomodar todo su ego de campeón mundial feather weight, importante y
codiciado título que recién había
conseguido sobre los entarimados de Nueva York y después de haber llevado a cabo algunas
incursiones europeas conservando el invicto que sus puños, su destreza
boxística y el rápido movimiento de sus inigualables piernas le habían hecho
merecer.
Comentaban quienes le habían conocido allá en La Víbora, lugar donde creció,
que cuando era solo un púber caminaba rápido y tiraba jabs al aire para
concluir con combinaciones de derecha y ganchos de izquierda a los intocables destinos
del infinito; era su sueño y no se
detuvo hasta alcanzarlo.
Aquella mañana, tras la noche sabatina y
la madrugada de bacanal dominical, sufrió un “nocau” (knock-out) fulminante. Sin haber sido tocado por el efecto
de algún puño violentamente dirigido a su rostro, se olvidó de los famosos
entarimados sobre los que se había desplazado y los cambió por el agua pútrida
y el fango de la arena, sobre la que yacía ataviado con una indumentaria para
llevar a cabo una faena a destiempo.
Mi viejo, que era uno de los pocos que siempre andaba con el periódico bajo
el brazo –sobre todo tratando de encontrar ofertas de baldíos baratos- y estaba entre los curiosos el día que el cuerpo
apareció tirado sobre el charco, inconsciente y con visibles muestras de haber
sido maltratado, se percató de quién era al cotejar la memoria del nicho en su
visión y escuchar que Gudelia se refería a él como “al campión que etá en los periódico”, el “Kí”, repetía, como para asegurarse de ser escuchada.
Gudelia no sabía leer, pero estaba segura que se trataba de un negro muy
importante porque del coche charolado, largo y lustroso, descendió primero el conductor ataviado con librea y gorra de plato, le abrió la portezuela al pasajero, figurín
de ébano, que lentamente apareció estirando la mano para que su “chauffer” blanco, depositara en ella el
bastoncillo de mariscal.
A pesar de todo, se repuso y siguió siendo campeón aunque no por mucho
tiempo; con la sangre podrida y minado su cerebro por la sífilis más que por
los golpes, murió años después solo y en el pabellón de un asilo para envejecientes. Nunca renunció al placer que se encargó de
dilapidar su suerte y su fortuna y ya
para entonces, no recordaba nada; ni
siquiera que sus coterráneos le llamaban “Ki”
y menos, su propio nombre: Eligio
Sardiñas, alguna vez dueño absoluto de las carteleras bajo el apelativo que lo
hizo trascender: “El Chico de Chocolate”
En: Cuentos de la Memoria Intrusa.
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