I
Ismael era, entre muchos, uno más. Nunca se desveló por ser un tipo estudioso,
ni se interesó por trascender los vínculos que lo ataban a su origen familiar,
típico de gente enraizada en un ambiente pueblerino. Era el segundo de cuatro
hermanos, pero en su entorno, algo diferente de los otros tres.
Desde que tomó conciencia de la independencia que trae consigo la
adolescencia decidió que no sería igual a su padre: un hombre de trabajo. De la
madre tampoco heredó sus buenas costumbres, su eterna vocación de ama de casa
le parecía anodina y concluyó que su existencia no debía ser tan breve como la
de ella que murió siendo él, aún, niño.
Se llevaba bien con sus hermanos pero nunca aceptó el papel que su hermana
mayor asumió a la muerte de su progenitora y se hacía ideas acerca de cómo
desentenderse de su tutela. Las cosas que se le ocurrían solían concurrir para terminar
en la misma disyuntiva: carecía de independencia económica para alzar el vuelo,
abandonar la casa e independizarse.
La relación con su padre era muy elemental. El viejo quería convertirlo en
carpintero, un hombre de oficio como el suyo, que le permitía ufanarse de su
honradez y del respeto que inspiraba entre los que lo conocían; Ismael le
escuchó decir muchas veces: tienes que ayudarme, hacerte un hombre de bien para
que aprendas lo que yo sé y puedas mantener una familia cuando la tengas.
Pero Rosendo se daba cuenta que cuando Ismael trataba de aserrar una tabla,
los cortes le quedaban sesgados e inexactos y, peor aún, si intentaba clavar
clavos, se martillaba los dedos. Al cumplir los quince años los dos estaban
seguros que la carpintería no era lo suyo.
Cuando empezó a salir de noche y en un pueblo donde los destinos eran
limitados, se hizo asiduo visitante de los plantes de jugadores de barajas,
dominó y ciló. Se dio cuenta que aquello le apasionaba y al igual que los
compinches congregados, podía ganar mucha plata. El desempeño de los tahúres no
le parecía criticable, se jugaban lo suyo y se imponía el que más sabía aunque
la mayor parte de las veces no fuera en buena lid. Ni idea tenía de la
compulsión irrefrenable que la ludopatía alienta entre sus víctimas.
Cuando logró contar con un poco de dinero hizo lo que siempre había
querido; abandonó la abrumadora rutina del día a día, predecible y sin
sorpresas en que creció y se largó a un poblado colindante sobre la costa donde
la cercanía del mar prohijaba a los intrépidos que como él estaban dispuestos
a jugarse algo más que la fortuna. Pescadores de ostiones en La Isabela eran
casi todos y se convirtió en uno de ellos, aunque con ciertas diferencias.
Ismael no aprendió lo de los ostiones por tradición familiar, ni tenía prole
que mantener; mujeres tenía varias, se le daban fácil y siempre ponía el ojo en
las que no querían compromisos indisolubles, más bien hombres que les satisficieran,
las mantuvieran de buen ver y con el que pudieran exhibirse para dar celos a
las que les habían antecedido y evitar a toda costa que aparecieran otras
mientras era posible atisbar algo mejor. El ciclo del mujeriego no suele
interrumpirse y para la de turno es un reto desde el inicio de la relación. La
obligación, contrariamente, se produce en consecuencia de circunstancias inconcebibles
de antemano y aparece, únicamente, cuando el zapato entra en horma. Para él,
era inaceptable cualquier situación que estableciera límites a su libertad.
Muy joven, a los veinte, ya había conseguido cierto reconocimiento en el
negocio de los ostiones; tenía a su disposición un grupo de muchachones que los
recolectaban a puro pulmón en el arrecife coralino entre La Isabela y Cayo
Esquivel, riesgo que corrían por ganarse unos pesos para comer, tomar ron y
jugárselo en los garitos donde Ismael, que les pagaba; se hacía nuevamente con
buena parte del dinero.
Ningún tahúr de categoría es ajeno al arte de la trampa como vehículo de su
envidiada suerte y aquellos jóvenes imberbes que se sentaban a la mesa de
dominó o a jugar las cartas, nunca se dieron cuenta que Ismael siempre ocupaba
el mismo puesto porque detrás del que tenía enfrente había un espejo capaz de
reflejar las fichas de su pareja o las barajas de su adversario. La silla era
su trono y se la respetaban, a veces; cuando las apuestas no eran muy fuertes,
se dejaba ganar por aquello de que: entre col y col, una lechuga.
Su tarima de la playa era muy concurrida, vendía bien y manejaba a su
competencia con aderezos que los otros no ofrecían y así, engrosaba su
clientela. Luego pagó soborno a las autoridades, ávidas de cobrar el barato y
empezó a vender cerveza y ron y…a emplear muchachas de buen ver capaces de
exhibir sus atributos entre ropajes de poca tela. Para ese entonces ya era el
más próspero de los ostioneros de La Isabela y se adentró en el comercio del
molusco y sus secretos; nada menos que para venderlos a distribuidores y en
puestos de la capital.
Antes de cumplir los veinticinco y sin haber vuelto a saber de la familia,
se enteró que Rosendo había muerto de un ataque al corazón, que su hermana
mayor se había juntado con un guajiro analfabeto, muy trabajador, según le
contaron y que se dedicaba a velar hornos de carbón en los montes cerca de
Caibarién. Su único hermano varón se alistó de recluta voluntariamente en el
ejército y la hermana menor estaba loca. Vaya familia la mía, pensó, razón
tenía para haberla abandonado; un tipo con sus pretensiones no era merecedor de
hacerse cargo de tal desastre. Seguía aferrado a la idea del éxito que conseguir
el dinero trae aparejado y los placeres carnales obtenidos en el manoseo de
cuerpos desinhibidos y voluptuosos, parecían darle la certeza de sus decisiones.
El chulo Ismael regentaba diez puestos en la playa de su medio local y había
abierto tres en diferentes lugares de La Habana. Luego serían más.
Ya para entonces, sus viajes de negocio a la gran urbe eran frecuentes.
Cobraba el dinero de las entregas en efectivo y estas llegaban a sus lugares de
destino en paneles, sino refrigerados, cargados de neveras con hielo seco que
en recorridos de ocho a diez horas, mantenía la carga en perfecto estado. Lo
mismo le vendía a los gallegos de los soportales del Prado, a los chinos del
Mercado Único o a los guajiros, gente de su mismo origen, en la Playa de Marianao.
Solían ser los más torvos y regateadores a la hora de pagar, pero por aquello
de que perro no come perro, sabía cómo manejarlos.
A Ismael le gustaba alojarse en hoteles de poca monta, después de todo, su
concepción de la civilidad no se había aguzado ni siquiera como resultado de
los fajos de billetes que cargaba en los bolsillos y en los hoteluchos del
centro, no tenía que esforzarse para justificar o vulnerar la entrada en unión de
las putas de las que se hacía acompañar. Siempre tuvo suerte, sabía desempeñarse
en ese ambiente… hasta un día. Pasado de copas se metió en el cubil y en la
cama con una meretriz que lo desfalcó; se quedó dormido y cuando despertó ya no
había ni dinero, ni prendas y mucho menos rastro de la que hizo la noche con
él.
Se maldijo mil veces bajo la regadera; mientras, despotricaba en contra de la escurridiza y su ascendencia, haciéndolo en
alta voz para tratar de acorralar su incapacidad de venganza al escucharse y
terminar concluyendo que aún le quedaba el dinero de la venta de los puestos
sin colectar; suerte para él haber pagado por adelantado el alquiler de la
habitación, de lo contrario hubiera tenido que fugarse por una ventana y al
asomarse a la única que había pensó que hubiera sido un suicidio involuntario
lanzarse desde aquel segundo piso de puntal tan elevado.
El viaje de regreso a La Isabela donde tenía una casa grande, de madera,
vieja y con pocos muebles y en la que siempre lo esperaba la amante de turno y
la mesa de juego cerca de la pared donde estaba el armario con puertas de
cristal y el espejo de las trampas; lo hacía en ómnibus de una compañía
que por el color naranja de los mismos llamaban La Mandarina y cuyos destinos eran
los territorios del centro insular en que habían estaciones importantes. Ese
día, en los asientos paralelos al que ocupaba estaban sentadas dos mujeres; una
matrona pasada de los cincuenta y una bella joven, como él, en los medianos
veinte. Debían ser madre e hija. La insistente mirada de Ismael le impedía dudarlo
porque en los ojos de ambas se revelaba el hito del parentesco.
El ajetreo capitalino y la monotonía del paisaje, de común se confabulaban
y lo sumían en involuntario y profundo sueño hasta el final del viaje. Pero esa vez no durmió y aguzó el oído lo más que pudo para tratar de enterarse
lo que comentaban entre sí las dos mujeres. Pudo escuchar el nombre de la joven,
María, que en el coloquio se limitaba a llamar mami a su acompañante. Si éstas
mujeres dejan la guagüa antes de llegar a Sagüa, me bajo donde lo hagan, pensó
decidido. Tuvo mucha suerte, los tres tenían el mismo destino pero el suyo con
María, ni siquiera lo imaginaba.
II
A María no le gustaba pensar en lo que para ella era su tragedia. Había
crecido sola porque entre la constante presencia de Dolores, su madre y la
ausencia del padre al que solo después de cumplir los siete, alcanzó a conocer por
la existencia de una fotografía maltratada por el tiempo y la desidia de su
progenitora, nunca había visto.
Por intermedio de inevitables e ineludibles preguntas a Dolores supo
que era un “hombre importante”, que vivía en La Habana, estaba casado y que
tenía más de un medio-hermano; no sabía cuántos, porque Lolita, apócope por el
que todos en el pueblo llamaban a Dolores, tampoco lo sabía. Siempre,
comentarios al vuelo que la madre hacía a la hija con menos deseo que voluntad y,
según pensaba, María fuera capaz de entender el egoísmo encarnado en la maldad
de aquel hombre.
La relación entre madre e hija estaba originalmente marcada por una
obsesiva dependencia mutua. La madre aferrada a la hija por el recuerdo del
amor y la traición de la que se consideraba víctima, la hija por el apego al
reconocimiento espontáneo que sentía por todo lo que aquella mujer le daba. Era
hija única de ella, concebida producto de una relación frugal entre los
apetitos sexuales de un hombre y el amor de una mujer que no quiso saber,
jamás, de hombre alguno. Nadie se atrevía a dudar que en los tiempos de su
juventud tampoco cediera a los requerimientos de otros, que no le faltaron.
La historia era simple, asumida en el tiempo y en ambiente de secreto que
no lo era porque el único devaneo amoroso de Dolores tuvo consecuencia y María
había crecido escuchando referencias al padre como a un fantasma que
ocasionalmente y de paso por el pueblo, ya nadie recordaba. No tuvo otra
alternativa que acostumbrarse a escuchar que un “señor” al que su propia madre
llamaba "Él", le había dado la vida.
Cuando tenía siete años y descifraba con cierta lentitud frases muy simples
que llamaban su atención, descubrió que Lolita terminaba de esconder entre las
páginas de una biblia, único libro existente entre las cuatro paredes del
rectángulo indivisible en que residían, una fotografía del tamaño de una postal
e imagen del pecado amparado por el sagrado contenido de las Escrituras.
Intrigada por la curiosidad infantil en esa etapa de los ¿por qué?, María se
atrevió a pensar que el secreto de la otra parte de su existencia vivía
agazapado entre las páginas del voluminoso texto que, de vez en vez, su madre
abría al azar hojeando las páginas impresas en diminutos tipos para volver a cerrarlo
y abrazarse a él por dos razones que se debatían entre lo que consideraba su
pecado y el amor a Dios.
A pesar de haber olvidado situaciones ocurridas después de aquella, su
segunda epifanía, María se hizo a la idea de irrespetar, por incontenible
curiosidad, la voluntad materna y se atrevió a hurtar la foto que con poco tiempo para
reparar en ella, escondió entre sus cosas. Estaba segura que era Él y fue más
lejos, sentía la necesidad de la confirmación que sólo podía ofrecerle la única
persona en la que confiaba: su madre.
-Mami, ¿es Él?, ¿es mi papá?
Dolores no tuvo tiempo para reponerse del vacío que experimentó al escuchar
a su hija e involuntariamente soltó el plato de losa que enjuagaba haciéndose
pedazos al caer junto a su secreto. Volteada, con las manos aferradas a la
meseta y como quien salta al vacío sin saber cómo alcanzar el otro lado del
abismo, asintió. Luego, en el desencuentro de un silencio fugaz entre la
inocencia reflejada en la mirada de la niña y la furiosa expresión en la suya, pensó
en arrancarle de las manos la fotografía; pero decidió no hacerlo al verla pálida
y sin poder defenderse de su decisión a pesar de las circunstancias. María, exponiendo
la foto entre sus manos nerviosas, parecía querer reclamar la vigencia de la
imagen, única de la existencia de su padre.
Aquel hombre dejó de ser Él y se convirtió en Rey, apócope de su patronímico:
Reynaldo. Su imagen consiguió escapar de su recóndito refugio y fue a parar bajo
el cristal de la mesita al lado de la cama. Ahora la fotografía en sepia y de
medio torso de Rey era visible y bajo el cristal, semejaba la imagen de un cadáver
acomodado en los estrechos límites de un catafalco, en velatorio eterno e insepulto; las dos sabían que aún estaba
vivo. Los muertos no ríen ni aparentan ufanarse de su postura para hacer
agradable el recuerdo de su visión a los demás.
María se hizo mujer amparada bajo la santidad de su nombre y la
sobreprotección de la madre que se miraba en ella cuando Reynaldo apareció en
su vida. No terminó la enseñanza secundaria por celos, los de Lolita, que no
soportaba que los muchachos de su edad se acercaran a la ventana tras haberla
acompañado al regreso de la escuela. Semejante caminata, pensaba, no puede ser
por solidaridad ni originada en una amistad sincera, era el interés que desde el pasado y su experiencia, le
hacían imposible entenderlo de otra manera.
Obsesionada con la idea de que María podía correr su misma suerte le impidió
continuar los estudios y convirtió el cuadrilátero de las afueras del pueblo en
celda de un convento de clausura al que nadie osaba acercarse. Su casa,
mientras ella tuviera vida, sería un sagrado lugar para santificar la pureza de
su hija a la cual, con toda intención, le había dado como patronímico el de la
madre de Jesús y de todos los humanos. Las virtudes de su hija no podían quedar
en entredicho y según su voluntad, ella también sería santa.
Pero tratar de ocultar la belleza de la mujer en la que María se había
convertido prohibiéndole maquillajes, visitas al peluquero y envolviendo su
cuerpo en vestimentas que consideraba apropiadas como atributo de la discreción
de una doncella, no conseguía eclipsar, a pesar del intento, el porte natural
de aquella guajira esbelta, trigueña, de piernas torneadas y andar cadencioso.
En la expresión bondadosa de su rostro de virgen de carne y hueso se escondía
el secreto de la vida yaciente en la negrura intensa de su mirada, la tentadora
carnosidad de sus labios y el altivo perfil de su nariz que desafiaba la
perfección. La melena azabache, larga y suelta, se derramaba sobre la espalda
justo sobre el lugar donde la discreción del vestuario no permitía esconder la
magnanimidad de lo que su madre pretendía hacer imperceptible.
Al ir al centro, madre e hija se acompañaban mutuamente sin que Lolita
pudiera evitar los piropos dirigidos a, quien habiendo dejado de serlo, aún
llamaba niña. Señora, vaya con Dios, que yo voy con su hija…era uno que siempre
los potenciales pretendientes solían repetir sin mucha imaginación y ningún
refinamiento; al fin, en los límites de aquellos potreros cubiertos por cañaverales y
bosques, seccionados por callejuelas tapadas por el rojo lodo y la arcilla, no
estaba el hombre de María y futuro dueño de su virginidad celosamente guardada
por su madre, cancerbera irreductible, frente al único pecado de su propia
existencia.
Al término del viaje de regreso María, Lolita e Ismael descendieron del
ómnibus. La tarde, envuelta en el soplo otoñal de un viento fresco invitaba al
silencio y la meditación. Para las dos mujeres, el resultado de la mala
experiencia que por razones ajenas acababan de vivir, debió ser lo indicado y
cuando se disponían a partir la voz del hombre, en tono amable, se dejó
escuchar a sus espaldas.
-Perdón, dijo, ya sé que no son de aquí y que viven en Quemado, está al
caer la noche; ¿Tienen quien las lleve?
Inmediatamente y escondiendo a María de la displicencia de Ismael, Dolores
adelantó su respuesta:
-Mire señor, argumentó, aunque ya debe andar por ahí, o estar al llegar, Heliodoro
siempre es quien nos lleva de vuelta cuando venimos a Sagüa. Además, agregó;
¿cómo sabe que vivimos en Quemado?, nosotras no lo conocemos; ¿Quién es usted?
-Las escuché conversar en el autobús, quizás no me vieran, pero estaba
sentado al lado de ustedes y me gustaría presentarme; mi nombre es Ismael, con
todo respeto… mi señora.
Dolores frunció el ceño en gesto de desaprobación para manifestar, sin expresarlo,
su malestar; pero María respondió con una sonrisa silenciosa enfrentando
tímidamente la mirada del interlocutor en ademán de complicidad y sin que su
madre la observara. A su retaguardia, la imaginaba con la mirada dirigida al
suelo y las manos entrelazadas bajo la cintura reforzando el lenguaje gestual
utilizado como escudo ante la impúdica mirada de los hombres. En cierto modo Dolores
no se equivocaba, pero esta vez, María levantó la cabeza, apartó la vista del
contacto de todas las pisadas y escapó por segundos de la consabida voluntad
materna.
Heliodoro nunca apareció y con la noche encima, las dos mujeres no tuvieron
otra alternativa que aceptar el ofrecimiento de Ismael que se apresuró en
encontrar otro botero que las llevara de regreso y además, les ofreció su
compañía. En el recorrido, poco más de media hora, y a pesar de los intentos por entablar conversación, sólo obtuvo lacónicas
y monosilábicas respuestas de Dolores. Como recompensa, la aprobación reflejada
en el rostro de María que sin decir palabra lo obligaba a una especie de ejercicio
caracterizado por una gran dosis de imaginación al tratar de recordar el sonido
de su voz durante los diálogos entre madre e hija en el autobús.
Cuando descendieron del vehículo, un destartalado Ford del 50, con olor a bodrio
en su interior, Ismael las acompañó hasta la puerta del rectángulo que Dolores
se apresuró en alumbrar activando el interruptor de la única bombilla colgante
del centro del techo a dos aguas y convencerse que todo estaba en orden. María
volvió a sonreírle con el añadido de una mirada que desde la intensidad de sus
pupilas parecía asegurarle que, a pesar de todo, se volverían a ver. No se
equivocaban; ni María en la intención, ni Ismael en su interpretación. La
culpabilidad hizo entonces presa de María al escuchar las primeras y únicas
palabras de su madre antes de ir a la cama: escucha hija, a los hombres no hay que
mirarlos de esa forma, se hacen ideas malas y creen que todas somos iguales…
Esa noche se quedó dormida con la mano sobre la fotografía del padre buscando
amparo y lo eximió de culpas por su soledad. Iba a intentarlo, ella también
tendría un hombre; pero de otra manera.
III
Aunque debía ser considerado un acto de violencia, no era refrendado como
tal a consecuencia de que por esa vía, un número considerable de las uniones
que engrosaban las estadísticas en rojo sobre uniones e hijos nacidos fuera de
matrimonio, estaban vinculadas al rapto. Las uniones consensuales para vivir en
amasiato no eran mal vistas; sólo por quienes se consideraban colateralmente relacionados
con las circunstancias y su denuncia, un trámite engavetado por las autoridades
y la mayoría de las veces resuelto mediante acciones de venganza.
El hombre, parte decisiva en el ejercicio de su voluntad, tomaba la
iniciativa y robaba su pareja cuando por
otras razones no podía estar a su lado. A la grupa de un caballo, dando a la
escena el mentís de un acto vandálico con el carácter de la acción de un
bandolero que huye con el objeto de su deseo amparado en la oscuridad con alevosía
y nocturnidad, obligaba a que tales argumentos legales fueran cancelados mediante
la complicidad de los involucrados. El inicio de la relación era un acuerdo entre dos y nada, ni nadie, debía
impedirlo; los posibles efectos penales quedaban condonados en razón del
contubernio.
Ismael terminó robándose a María, y ella lo aceptó. El acto estuvo caracterizado
por una diferencia; el día acordado él la espero cerca del cuartón en lugar
previamente convenido y sobre la motocicleta que le pidió prestada a un amigo. El
clásico equino resultó sustituido por un vehículo motorizado y María, sentada a
sus espaldas, sobre una parrilla acolchonada y fuertemente asida a su cintura.
Nunca había puesto sus manos sobre cuerpo de hombre, pero no tuvo mucho tiempo
de reparar en ello. Todo fue tan rápido que lo único que sentía era miedo.
Miedo a la oscuridad y lo sinuoso del camino. Sólo al tomar la carretera a La
Isabela, destino que desconocía, pensó en la reacción de Dolores.
Estaba segura que cuando Lolita despertara ella estaría lejos, al lado de
Ismael, y sería feliz; ya tendría tiempo de convencerla. No le importaba
demasiado que antes de tomar la decisión lo único que había sucedido fuera el
mutuo envío de unas escuetas notas y su vida cambiara al aceptar vivir al lado
de un hombre al que no conocía. Por intermedio del emisario de las esquelas,
minúsculas y apasionadas, no exentas de elementales errores ortográficos,
Ismael la convenció de su pasión y María se atuvo a la aventura de que él le cumpliera
todas sus promesas.
El caserón de La Isabela estaba preparado para la escena, la amante de
turno había sido compelida por Ismael a dejar el lugar con anticipación y al
llegar, los dos se dieron cuenta que el arrepentimiento no era parte del desenlace
de aquella situación.
-¿Qué lugar es éste, es un hotel?
-No María, ésta es tú nueva casa, mi casa y la de nuestros hijos… cuando
lleguen…
Sin dudas, lo había dicho con inseguridad tratando de reforzar en ella la
idea del compromiso y su disposición de crear una familia. A María le pareció apropiada
la respuesta y aceptó trasponer el umbral de la puerta, último límite hacia el pecado.
Ahora, caminaba a su lado sintiéndose asida por el talle y la mano de él sobre
su cadera le dejaba sentir algo que desconocía. Era como si al avanzar en
dirección a la alcoba, flotara en vez de caminar. Avergonzada de sí misma, sintió
los efluvios emanados de su sexo aunque en forma diferente a las veces en que
había deseado entregársele. Ya estaba allí y todo lo imaginado era tan real que
no quería evitar pertenecerle.
Para él, fue lo pensado y algo más. Se consideraba un tipo avezado en los
trajines del sexo y tenía razón, pero desconocía el apetito desatado por la
virginidad de una mujer que, aún desnuda ante sus ojos, no era igual a las que
había conocido. La indefensión de María, su inexperiencia ante los besos y las
caricias lo desarmaron y al poseerla sintió que, también para él, aquella era
la primera vez y se esforzó por ser tierno y comprender, sin reclamarle, por
qué lloraba en silencio impedida a voluntad de poner sus manos sobre la piel
desnuda y sudorosa de su cuerpo.
Con el devenir de los días y sin margen para pensar en otra cosa que no fuera amar, todo
fue cambiando. El lenguaje corporal del himeneo se manifiesta en función del
instinto y el amor no se inscribe en códices, ni responde a códigos; es tan
antiguo como los humanos y por su naturaleza, siempre irrepetible. El
sentimiento de correspondencia lo hace necesario y el deseo, en su lascivia, lo
dota de las artes necesarias para sentirlo.
A Ismael ya no le iba bien. Las cosas empezaron a cambiar después del 68 y
el negocio de los ostiones quedó bajo el control del Instituto Nacional de la
Pesca, una dependencia del Ministerio de la Industria Alimenticia. No le quedó
otra alternativa que dedicarse al juego, algo que nunca dejó de hacer, aunque
ahora con la absoluta compulsión de un ludópata y de manera clandestina. El
juego era ilegal y estaba proscrito.
El mobiliario que compró en Santa Clara para agradar y complacer a María
fue desapareciendo poco a poco para conseguir dinero y cubrir deudas, mientras;
los reclamos de ella se difuminaban ante la incapacidad de Ismael de reconocer
su problema. Cuando ganaba, compraba cosas para su reina, como la llamaba;
cuando perdía, la dejaba sin trono y sin tálamo. Ella lo soportaba todo porque
lo quería, era el padre de su hijo y estaba encinta de la que vino después. Su
relación con Ismael era un caso típico de eso que los psicólogos definen como
codependencia.
Para ese entonces María sabía que la soledad no la había abandonado. Su
marido, macho redomado, ni le daba, ni le pedía cuentas y al nacer su hija se
refugió en la compañía de los dos niños. Él no quería que saliera, no le
gustaba que la vieran y le parecía que todas sus obligaciones debían estar relacionadas
con la crianza de los niños, las cosas de la casa y la satisfacción de sus
instintos. Si él hubiera sido un hombre de bien, como la mayoría, a ella no le
hubiera molestado tanto que la celara, Ismael no era un fantasma ni la imagen
en una fotografía, pero el mismo sentimiento de indefensión que siempre la
acompañó seguía siendo parte de su cotidianidad. Primero, víctima de los celos
de su madre, luego de los de un hombre para cuyo egoísmo no encontraba justificación.
IV
Para María todo se fue enfriando en el tiempo. Era muy introvertida y en
consecuencia no le gustaba enfrentar los problemas que para ella conformaban la
mayor parte de su existencia; el recuerdo de su madre a la que estaba segura de
haber traicionado y de la que no quiso volver a saber, la relación con Ismael,
tortuosa y representativa de una elección equivocada. Nada, excepto los hijos
en los que trataba de encontrar refugio, integraba un pasado digno de recordar a la vez que se consideraba gestora de su orfandad y sin posibilidad de superarla. A veces,
durante largas noches en solitario en que Ismael no aparecía, se culpaba a sí
misma de lo que estaba viviendo y trataba de evadirse pensando en cualquier
sacrificio que fuera capaz de realizar para evitar que sus hijos se
convirtieran en otras víctimas. Esa era su única preocupación, pero no lo
consiguió.
Un día se enteró que Dolores había muerto, según le contaron, de causas
naturales resumidas entre la vejez y el sufrimiento y el cuartón de Quemados,
había desaparecido bajo el efecto voraz de un nuevo tipo de geofagia mono productora
del gobierno que se preparaba para llevar a cabo una súper zafra azucarera que
se lo tragaba todo; hasta su propia historia y la de aquella mujer
incorruptible sepultada en el anonimato que vivía únicamente en su memoria y en la
que su presencia era sinónimo de culpabilidad y pecado. Estaba convencida de
que el perdón nunca existió y nadie podía concedérselo, para entonces; era
demasiado tarde.
Lo peor era que el hombre en el que había depositado su confianza la
engañaba, casi siempre lo hizo desde el comienzo de la relación y sin
disimularlo, como el domingo aquel en que tuvo la osadía de irse con la amante
a la playa en compañía de sus hijos.
-Me llevó los niños a pasear, no creo que te interese venir con nosotros…
María alzó la mirada entre la sumisión y el desafío sin decir palabra. En
efecto, no le interesaba porque estaba segura que vivir a su lado era una
obligación, una mala costumbre impuesta por las circunstancias a sabiendas de
que él no iba a cambiar: Ismael nunca sería un buen marido y menos, buen padre.
¿Cómo era posible que se hubiera enamorado de un hombre así?
-No te pierdas con ellos, mira donde los llevas, atinó a decirle.
-No te preocupes, vamos a la playa.
Domingo al fin, la playa era un hervidero de gente que mataba el tiempo del
agobio semanal entre cervezas y refrigerios bajo los cocoteros. A la sombra
cómplice de ellos y de una desvencijada sombrilla, Ismael se acomodó junto a la
mujer que los acompañaba.
-Oye, ¿no crees que los niños le cuenten a la mamá que estamos juntos?
-No, ya les advertí; ellos me obedecen, soy su padre, no tienen por qué
decir nada.
La amante trabajaba en un chinchal que Ismael frecuentaba y en el que
entablaron la relación. Allí se empleaba como mesera y en poco tiempo empezaron
a andar juntos, algo que para ambos era frecuente. Ella, mujer de muchos
hombres y él de muchas mujeres; ahora, eran el uno para el otro mientras sus
cuerpos se entregaran al disfrute del placer que mutuamente conseguían sin que
la discreción limitara sus actos ni el prejuicio fuera más allá del
cuestionamiento de una involuntaria delación infantil. A ella no le interesaba
y a él, los que le conocían, no iban a dejar de envidiarle su fama de mujeriego
empedernido, orgullo de macho. Mientras, los niños jugaban en la arena,
correteaban por ella y se sumergían en el rompiente de las olas cerca de la
orilla.
Ismael estaba seguro que nada iba a trascender y bajo los efectos del
alcohol el desasosiego de sus manos daba rienda suelta al instinto motivado por
el deseo que la mujer no hacía nada por evitar. La traición era alevosa, capaz
de desafiar la inocencia de sus propios hijos ante cuya lejana mirada no era
posible ocultar la intención. Antes del regreso, al atardecer, ya los niños
habían comenzado a callar a pesar de sentirse culpables. No dirían nada, a su
mamá no le hubiera gustado enterarse que su papá le daba besos a otra mujer que
no era ella.
María nunca pensó que Ismael se atrevería a tanto. Esa noche antes de
acostarlos, le preguntó a los niños a dónde los había llevado su padre.
-Fuimos a la playa, mami; dijo el varón que era el mayor.
-Papi estaba con una amiga, agregó la pequeña.
-¿Pero ustedes la conocen, saben quién es?
-No, nunca la hemos visto.
-¿Y cómo es?, ¿cómo se llama?
-Es rubia, se llama Rosaura…fue buena con nosotros.
-Niños, a dormir, mañana tienen que levantarse temprano para ir a la
escuela.
Cuando María regresó a la habitación él roncaba la borrachera a medio
vestir tirado sobre la cama y ella pudo ver las marcas aun rojizas en su
cuello. Al otro día, se habían convertido en moretones que él ni siquiera se
preocupaba por ocultar. Podía soportarlo todo y era parte del destino al que su insensatez la había llevado; pero el
engaño, la traición y el morbo de unas escenas denigrantes ante la mirada
inocente de sus hijos, eso no; Ismael había ido demasiado lejos.
Pasó todo el lunes tratando de indagar quién era aquella mujer rubia
llamada Rosaura y no le fue difícil enterarse dónde trabajaba, varias
versiones provenientes de otras tantas fuentes coincidieron en que Rosaura era
una tipa de Sagüa y trabajaba en el chinchal de La Isabela, convertido en expendio
de pizzas, espaguetis y lasañas. De regreso a la casa, de donde ya Ismael había
desaparecido, quien sabe por cuantos días y para pasársela jugando, se metió en
la cocina y buscó el cuchillo que por su gran tamaño nunca se usaba. Lo
encontró metido bajo unos trapos, dentro de una gaveta, oxidado por la falta de
uso, pero arma mortal al fin.
La vecina de la casa contigua contó luego que había visto a María en el
patio mientras deslizaba la hoja sobre una piedra pómez tanteando de vez en
vez el filo de aquel perfilo con el pulgar de su diestra y terminar limpiándolo
con un pedazo de estopa embadurnado en aceite de cocina. Nada que llamara
demasiado la atención acerca del posible uso que el cuchillo pudiera tener en
manos de María, hacendosa ama de casa, siempre entregada a los quehaceres del
hogar y a la familia.
La mañana del día en que sucedieron los hechos parecía una más en la
secuencia de las vidas de sus protagonistas. María se levantó al amanecer y
como de costumbre fue a la cocina, preparó el café, única infusión que desde
hacía algún tiempo alimentaba su desgano a esa hora y el desayuno de los niños;
sobre la meseta, una bolsa lo suficientemente grande como para esconder cosas y
que utilizaba cuando iba a recoger las cuotas de alimentos asignados en la
bodega. Levantó los niños, los vistió con sus uniformes limpios y bien
planchados y les advirtió que los llevaría con la maestra un poco más tarde,
después de resolver un problema...
-Si vamos al lugar donde trabaja la muchacha que estaba en la playa con
papi, ¿ustedes me pueden decir quién es? Pero no pueden equivocarse, les
advirtió.
Los niños asintieron y aunque estaban ajenos a lo que iba a suceder, el
silencio fue presagio de la tragedia y evidencia de que la tardanza
inusual para llegar a la escuela fuera motivo de júbilo. El ambiente era tenso y el
mutismo de los tres reforzaba la incomodidad de algo terrible y por ocurrir.
Los niños aguzan su sensibilidad ante el silencio de sus mayores y aunque no puedan
concebir planes macabros, la elocuencia de sus expresiones termina evidenciado
su desconcierto y aquella pregunta: ¿pueden decirme sin equivocarse, quien era
la muchacha que acompañaba a papi en la playa?, los hacía sentirse culpables.
Entre la advertencia de Ismael: no vayan a decirle nada a su mamá…y lo que ella
les estaba requiriendo, sentían que se fraguaba una venganza pero a ambos le
debían obediencia.
Frente al chinchal recién abierto y con contados comensales a esa hora de
la mañana había un tipo sentado frente a la registradora tras el mostrador y dos
camareras; la última palabra era de María, que ante la evidencia de su
percepción, se adelantó a preguntar a sus hijos:
-Esa rubia que está junto a la barra –estaba segura de la respuesta, porque
la otra camarera era trigueña- ¿es la que estaba con ustedes en la playa?
Los niños se miraron entre sí como para tratar de encontrar acuerdo en su
respuesta y asintieron en silencio.
-No se muevan de aquí hasta que yo venga; esperen, no vayan con nadie, regreso
enseguida.
María se acercó a la mujer situándose frente a ella a la distancia apropiada
para la ejecución de su venganza; debajo del brazo izquierdo colgaba la cartera
en la que ocultaba el cuchillo aun impregnado de la grasa que había usado para
limpiarlo y según pensó, facilitar su cometido.
-¿Rosaura?
-Sí ¿Quién es usted?, no me parece conocerla, va a comer algo; siéntese,
¿la puedo atender?
El diálogo fue tan rápido, que Rosaura nunca imaginó que aquel ofrecimiento
serían sus últimas palabras en vida. María sacó el cuchillo de la bolsa y se lo
hundió en el pecho a Rosaura partiéndole el corazón en dos. La segunda
puñalada se la dio a un cadáver, justo en medio de la parte baja del vientre
dejándole clavada la hoja con el propósito de mutilar en aquel cuerpo el
atributo de su mancillada dignidad de mujer ofendida. No estaba segura de que
los niños presenciaron lo ocurrido, pero no tuvo tiempo de correr a su
encuentro. El hombre saltó por encima del mostrador para reducirla a su
custodia sin esfuerzo hasta que llegó la policía y los gritos de horror de los
testigos atrajeron la atención de los curiosos que deambulaban por la calle y
se esforzaban por ver el cadáver desangrándose sobre el piso con aquel inmenso
cuchillo a medio clavar en el bajo vientre de la occisa. Horrorizada, sin
entender del todo lo que había sucedido, la otra empleada corrió al encuentro
de los niños al escuchar a María
referirse a ellos y decir que debían estar esperándola a la entrada; los abrazó
e hizo un esfuerzo por apartar sus miradas de la escena del crimen que su madre
acababa de cometer. La mujer trataba de consolarlos y aunque consiguió
alejarlos, sospechaba que algo habían visto porque el llanto de ambos era
desgarrador, tanto así, que los hizo enmudecer.
Luego, el oficio de rigor de las autoridades que se llevaron a María
detenida por el homicidio y su culpabilidad de la que nunca trató de defenderse.
Las investigaciones basadas en la confesión de la victimaria, la entrega de los
niños a la familia del padre; la tía, hermana de Ismael, casada con el guajiro
bonachón y analfabeto que velaba los hornos de carbón en Caibarién, la otra, la
más joven, sumida en los misterios de un desvarío mental congénito y el varón,
recluta voluntario, que había logrado alcanzar, para ese entonces, el grado de
sargento. Ismael, cuando alguien le contó lo sucedido optó por desaparecer y nadie supo de él por mucho
tiempo. Algunos que le conocían adelantaron la hipótesis de que andaba por La
Habana escondido y que les había dejado saber que tuvo mucha suerte porque María
no hizo lo mismo con él, atreviéndose a comentar que el amor de su mujer era la
causa de que le hubiera perdonado la vida. Cuando comenzaron a circular las
versiones de lo acontecido y María se enteró, contaban que ella sólo se reía sin
agregar argumentos.
Ya para ese entonces los procedimientos judiciales que se consideraban de
oficio, como era el caso, se dirimían con rapidez. La presentación de la
acusada ante el tribunal seguida de los argumentos de la fiscalía y los
posibles descargos de una defensa comprometida de antemano por la propia
confesión de la victimaria, engrosaban un legajo para ser archivado. Luego, en
un caso criminal, el proceso “visto para sentencia” y la decisión judicial que
para María fue de veinte años de privación de libertad que debería servir en
el Reclusorio de Mujeres de Guanajay. El mismo día en que fue dictada la sentencia
y a la salida del juzgado, le esperaba la furgoneta en la que junto a otras
presas, todas convictas por la comisión de delitos comunes –no políticos- fue
trasladada al destino previsto para comenzar su vida de presidiaria. La única
del pequeño grupo condenada por asesinato era ella y a partir de ese momento
debió acostumbrarse a que siempre la miraran con recelo. En tal ambiente, la
mujer que es asesina puede llegar a serlo una vez más soliviantada por el
efecto de cualquier circunstancia.
- EPÍLOGO -
Pepe llegó temprano ese sábado, era su día preferido de la semana porque no
tenía que preocuparse de hacer nada en la mañana de domingo. Había estado
compartiendo con sus dos mejores amigos, asiduos compañeros de correrías y
aventuras, entre los intersticios de algunos barrios habaneros. Tenía una novia
con la que estaba a punto de casarse y no le interesaba buscarse problemas; ella
esperaba que él le fuera fiel a pesar de la distancia de más de trescientos
kilómetros, en otra provincia y otra ciudad y, a contrapelo de cualquier
estímulo, era un tipo sensato y un desliz le parecía un acto de
traición.
Ya se había acostado, pero como dormía cerca de la puerta; fue el primero en
escuchar los toques espaciados y discretos que hubieran podido ser
imperceptibles de no ser por su ubicación en un sofá de la sala en el que se
acomodaba cada noche. Esperó, intrigado por el temor y la duda, el sonido que
aún más bajo, volvió a repetirse e intuyó que de no responder no se volvería a
producir. Miró el reloj en su muñeca del que no se despojaba nunca porque desde
el sofá que le servía de cama no era posible atisbar razón del tiempo para determinarlo
con exactitud. Se levantó, eran más de
las once, encendió la bombilla que iluminaba el descanso en la escalera
acercando el ojo al visor y alcanzó a ver la reacción de sorpresa de la mujer
que del otro lado, dirigió la mirada a la claridad mientras esperaba que
alguien abriera. Entre la puerta y la persona había una reja que a esa hora
permanecía cerrada bajo llave lo que le permitía asegurarse contra cualquier
mala intención de la desconocida.
-Buenas noches, ¿qué desea?, dijo Pepe al abrir.
-Perdone, ¿aquí vive Petra?
-Sí, es mi madre ¿Quién es usted?
-Soy María, la que era esposa de Ismael, su sobrino. Usted debe ser Pepito,
su hijo, disculpe; no nos conocemos, pensaba que era más joven ¿Está su mamá?
Pepe abrió la reja permitiéndole entrar y la invitó a sentarse en lo que
llamaba a Petra.
-Espere, ya le aviso. Creo que sé quién es usted.
La mujer, exactamente acomodada en un mínimo espacio de la silla, movía
nerviosamente las piernas como quien espera despejar en poco tiempo el motivo
de su presencia. Tras haber iluminado la pequeña saleta, escenario del
inesperado encuentro, Petra apareció desperezándose y trató de entender la
presencia de la visitante que osaba alterar la tranquilidad a semejante hora.
-Mamá, ella es María, la que era mujer de Ismael.
La mujer se incorporó, tendiéndole la mano; pero Petra la abrazó para
permanecer unos segundos en silencio.
-Siéntate hija, pero ¿qué haces aquí?, ¿cómo supiste mi dirección?
-Mire Petra, es lo de menos, antes déjeme explicarle por qué he venido.
-Bueno, me imagino que te habrán dado la libertad…
-No, no, nada de eso; estoy fugada y sé que me están buscando. Mi condena
es de veinte años y apenas he cumplido ocho, llevó una semana en la calle y no
puedo permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Donde estoy ahora no puedo
quedarme por más tiempo ¿Cree que pueda esconderme aquí unos días? Ya me falta
poco para irme del país y no le causaré molestias…
Pepe, acomodado en otra silla, escuchó la petición desesperada de aquella
mujer y su historia tomó vida y cuerpo ante sus ojos, la había escuchado varias
veces en diferentes circunstancias pero estaba seguro de la respuesta
de su madre.
-Hija, me estas pidiendo que me haga cómplice de un delito y aunque
entiendo tú situación, no puedo complacerte; dime, ¿cómo es eso de que estas a
punto de irte del país?, ¿acaso no me acabas de decir que te fugaste de la
cárcel?
-Sí, pero aproveché un pase que me dieron por buena conducta y no regresé,
ya tengo más de una semana de no haberme presentado. Me han estado buscando en
lugares dónde se imaginan que puedo estar, pero he logrado evadirme…
-Si no permite que me quede, al menos quisiera saber si puede ayudarme con
algún dinero. Ya le entregué a los que me van a sacar todo lo que he podido
conseguir pero aún me faltan $500.00 para completar los $4000.00 que tengo que
pagarles.
-Bueno, eso es otra cosa. Pepe, ¿crees que la puedas ayudar con algo?
-Mira vieja, le puedo dar $100.00, ¿y tú, cuánto?
-Otros $100.00, no tengo más… ¿quieres comer algo María?
-Bueno, aunque no lo crea, tengo todo el día con el estómago vacío y en mi
situación dependo de lo que otros quieran ofrecerme.
En ese momento, María se arrebujó en la silla y comenzó a llorar,
probablemente no le quedaba otra cosa por hacer que demostrar su indefensión de
esa manera, era una mujer acorralada y ahora un despojo;
lamentable víctima de sus errores y de su pasado.
Petra fue a la cocina a prepararle un refrigerio. Entonces Pepe la escuchó
decir varias veces la misma palabra entre sollozos incontrolables: gracias,
muchas gracias, gracias… la repetía como si una sola vez no fuera suficiente para
dejar entrever que en su situación cualquier cosa que no fuera contra sus
propósitos constituía un motivo de agradecimiento.
Para Pepe era difícil cotejar la imagen de la mujer que tenía ante sí con
las descripciones que había escuchado. La guajira esbelta y bella, de
desafiante anatomía y larga cabellera negra desplegada ante la mirada deseosa
de los hombres sobre los confines de una silueta escultural, no coincidía con
su visión. Ahora se trataba de una mujer envejecida, en apariencia, mucho mayor
que la edad que debía tener, macilenta y flácida, mal vestida y enfundadada en
unos pantalones azules y desgastados que presumiblemente eran parte del
uniforme de reclusa. El torso, cubierto con un chaquetón negro que hacía
imperceptible las líneas de su cuerpo, cerrado hasta el cuello como para
esconderse dentro de él y el cabello corto y entrecano que le daba a su rostro
una expresión casi masculina.
-Cómete esto María y llévate estas boberías. Es un pan con tortilla de cebolla, no tengo otra cosa que ponerle, dijo
Petra. En éste cartucho, hay unas galletas de manteca y la mitad de una barra de
dulce de guayaba para cuando te entre hambre, agregó.
En un vaso grande y de grueso vidrio, le sirvió parte del contenido de una
limonada que había preparado en un jarro de aluminio quemado por el fondo y
dejó el resto sobre la mesita del centro a discreción de María. Mientras la
observaba deglutir todo aquello, Petra se le acercó para meterle en uno de los
bolsillos del chaquetón cinco billetes de $20.00 con la imagen de otro
conspicuo “desaparecido”: Camilo Cienfuegos.
-Anda Pepe, trae lo tuyo. Ya es tarde y María tiene que irse.
Pepe tomó su parte de los ahorros que tenía para gastarlos en la luna de
miel, ya tenía fecha para la boda; le faltaban apenas unos tres meses.
-Aquí tiene usted, hay algo más de cien, imagino que lo va necesitar para moverse en lo que logra su
propósito. Le deseo mucha suerte y que todo le salga bien.
Poniéndose en pie, María metió todo el dinero en el mismo bolsillo del
chaquetón y en el otro, el cartucho con las vituallas. Cuando Petra y Pepe se
asomaron al balcón la vieron desplazarse sobre la acera, pegada a los edificios
y agazapada entre el silencio y la
oscura soledad de la noche; el paso apresurado en actitud de quien huía hasta
de sí misma. Sólo ella sabía cuál era su destino.
Transcurrido un tiempo después de aquella inesperada visita se supo que
María logró escabullirse de la persecución de sus carceleras; pero en el
conjuro para la salida clandestina por la playa de Jibacoa había un infiltrado
que delató el plan a las autoridades y todo se vino abajo. Al identificarla, se
dieron cuenta que era la reclusa escapada de Manto Negro, aún cárcel de
mujeres; le abrieron otra causa por fuga clandestina del país, volvieron a juzgarla
y le agregaron seis años a la condena que cumplía; cuatro por el asunto de la
salida y dos más por la fuga de la prisión.
Pepe se casó según lo tenía previsto y dos años más tarde, en el 80, se fue
por El Mariel en compañía de su mujer, su hijo pequeño y sus suegros. Nunca
volvió a saber nada; ni de María, ni de Ismael, su primo, al que solo recordaba
haber visto en un par de ocasiones; la primera, cuando tenía unos catorce años e
Ismael era, aún, rey de los ostiones. Luego
se lo tropezó casualmente en Santa Clara y aunque lo reconoció -se preciaba de
ser un buen fisonomista- prefirió no abordarlo. Al verlo envejecido, desaliñado
y mal vestido, experimentó eso que la gente define como vergüenza ajena.
José Antonio Arias Frá
El Rey de los Ostiones.
En: “Cuentos y Relatos de La Memoria
Intrusa”
Miami, Diciembre 2014.
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