jueves, 16 de octubre de 2014

ENTRE CICLONES.


Especie de sabiduría es la que creemos poseer en los feudos del azote donde el torbellino se gesta entre el calor excesivo del agua y la densidad de cúmulos pesados y grises, casi negros.

Dicen los que han ido más allá; en indagaciones científicas, teorías que apuntan en diversas direcciones, gradaciones de impronta diversa categorizadas en potencia; que desconocen de cierto su origen y no hay paliativos posibles. El ciclón se desaferra a voluntad y por ella misma muere, casi siempre, de frío.

Por lo que a nosotros, habitantes de la mayor de las Antillas toca, uno de entre muchos proponentes llegó a interesar a los demás con sus hipótesis y le concedieron la categoría de “experto” en el tema. Orgullo para él y también para nosotros aún a pesar de las afectaciones. El doctor Mario Rodríguez Ramírez murió sin conseguir la homologación de su famosa “Teoría Vorticial” acerca del origen de los huracanes.

Dejándome sentir la insolencia de su majestad, la furia del huracán la he vivido cerca. La primera vez –siempre hay una- sólo lo imaginaba y aunque había escuchado las historias de los viejos sobre árboles arrancados de cuajo tras haber encajado pacientemente sus raíces en la tierra durante siglos y mares de leva capaces de transformar el catastro costero de alguna población borrándola del mapa junto a sus venerables correligionarios, nunca se sabe. Los mismos viejos repiten: hay que verlo y vivirlo para creerlo.

Los miedos pueden ser diferentes y diversos sus orígenes. Cuando vienen de la naturaleza  se convierten en pánico. Ante la fuerza incontrolable de sus atributos, el miedo produce indefensión, nos somete tensando la voluntad y termina con ella rompiéndola en pedazos como a todo lo demás. Unos optan por agazaparse, a otros le sobreviene la histeria y los que parecen más calmados deciden rezar, alternativa socorrida en la desgracia.

Aquel día –el de mi primera vez- creo que por el 66, no tuve muchas opciones y me vi obligado a enfrentar al ciclón de la peor manera. Si mal no recuerdo creo que el meteoro tenía nombre de mujer, Alma, y atravesaba el occidente insular donde para mal, estaba estacionario y se negaba a disminuir su intensidad.

Llegamos – yo era parte de un “contingente”- a un lugar llamado Taco-Taco (no sé aún por qué, aunque detrás de tales nombres siempre hay una historia interesante, luego; también una prisión) El trayecto en un tren conformado por “rejillas” para el transporte de ganado vacuno nos preparó bien para el reto. Todo sucedía con rapidez y sin tiempo para limpiar el maderaje de los pisos, el olor del estiércol se hacía insoportable. Por añadidura, debido a la lluvia; copiosa y sin espacios, el suelo era muy resbaladizo. Ni soñar con posar las sentaderas, pero claudicando al cansancio y haciendo de tripas corazón la mayoría terminó dejando a un lado la asepsia y los pruritos.

De algún modo el aguacero torrencial nos beneficiaba, lavaba el piso y a nosotros; por momentos se hacía tan fuerte que las gotas se sentían como pellizcos en el rostro y la cadencia del roce metálico entre ruedas y rieles parecía disminuir su monotonía frenando el avance; ya la fuerza del viento era tal que, al mirarnos en silencio, todos comprendimos que nos acercábamos al ojo de la tormenta.

Hasta el amanecer no fue posible saber en qué lugar nos encontrábamos porque cuando un chillido de varios segundos dejo resbalar inmóviles las ruedas de los vagones sobre los rieles deteniéndolos, la oscuridad era total y lo único posible era aguzar el sentido auditivo para escuchar el zumbido del viento en    contubernio con la lluvia que dibujaba en ráfagas su indetenible precipitación. Alguien estaba esperándonos; los delataba la menguada intensidad de unos faroles de linterna que se balanceaban sin control y de seguro, fuertemente asidos a las manos de sus portadores.

Llegamos en la madrugada, casi al amanecer. Entonces nos dimos cuenta del terrible panorama conformado por la catástrofe ante nuestros ojos; parecía que el día había acortado su decurso entre las primeras horas de la mañana y el crepúsculo. El sol era sólo una quimera, idea de su existencia y mutis   absoluto de su realidad en las primeras horas de la  mañana.

Abandonamos los carros jaula y se nos ordenó abordar unos transportes militares que nos parecieron un premio después de varias horas enjaulados y viajando como reses que iban al matadero. El lugar de destino fue un barracón gigantesco que hacía las veces de almacén y se encontraba repleto de unas latas de veinticinco libras de color verde oliva y cuyo contenido debía ser muy peligroso al contacto del agua que no dejaba de caer y amenazaba inundar aquel galpón. Pasado el tiempo supimos que lo que había en aquellas barricas metálicas era carburo de calcio y que se hacía imprescindible evitar que tan siquiera humedeciera a fuero de explotar.

Esa mixtura del carburo con el agua, genera una reacción química que puede producir severas quemaduras y nuestra encomienda, sin saber a lo que estábamos expuestos, era evitar que algo catastrófico sucediera. Estábamos convencidos de que llevábamos a cabo una "tarea heroica" al rescate de una mercancía que, por la leyenda en cirílico de los latones –ininteligible para nosotros- era de procedencia soviética.

Sin saber el contenido de lo que manipulábamos, nos hacía sentir inseguridad y temor el reclamo ingente que se exigía para colocar los tambuchos sobre los largos camiones aparcados frente al único lugar de acceso a la nave. Mientras, la lluvia no cesaba y el viento amenazaba con desmantelar las planchas metálicas del techado. Cuando el agua comenzó a penetrar y se retiraron los dos primeros camiones con su carga tapada y sujeta, se nos ordenó deshacer la cadena con la que de mano en mano nos habíamos convertido en trasegadores del enigmático contenido.

La nueva orden vino de uno de los militares al frente de la operación:

-¡Arriba, arriba, rápido, rápido! Los tanques de abajo sobre los que están más altos.

La intuición nos hizo comprender que entre el agua y aquellas barricas existía una absoluta incompatibilidad y tal contacto era lo que a toda costa  trataba de evitarse. Al término, el agua acumulada sobre el piso  hacía que nos moviéramos  con dificultad y entre el chapoteo, nos tapaba las rodillas. Entretanto, el asedio de la lluvia y el viento no cesaba pero la estructura resistió. Al cabo de algunas semanas y de regreso a la Capital, me enteré del riesgo que todos habíamos corrido, que las tanquetas contenían carburo y para qué se utilizaba. Hasta entonces, ni idea tenía de su existencia.

La aventura de Taco-Taco duró unos cinco días, suficientes para comprender por qué los más viejos reducían su definición de ciclón a una experiencia que “hay que verla para creerla” Alma desató ráfagas de hasta 206 kilómetros p/h durante breves espacios de tiempo y posiblemente, al menos eso creo, en una de esas embestidas me tocó presenciar algo que no hubiera podido imaginar. Por una de las callejuelas que desembocaban en la maltrecha estación del ferrocarril, aproximadamente a un metro de la superficie, el tronco de una palmera se desplazaba como proyectil empujado por el viento que controlaba su velocidad de desplazamiento en voluntad y en la misma dirección en que soplaba.

Otros meteoros anduvieron merodeando mi entorno sin que la experiencia se convirtiera en algo  personal y poder observar circunstancias más allá de imágenes televisivas en reportajes de memoria trágica y patética. 

De nuevo para mí, el 24 de agosto del 92, llegó Andrew a Miami y aunque ya mi acervo no era virgen con respecto a los ciclones, viví y sufrí su experiencia de primera mano. Esa vez, aunque no me tocó verlos volar como juguetes del viento enfurecido, supe que levitaron ajenos a su peso; camiones de dieciséis ruedas, aviones militares que se levantaron de sus hangares sin ser pilotados y techos de construcciones que parecían haber implosionado. Su secuela, la más costosa hasta entonces en Estados Unidos, fue calculada en 26 000 mil millones de dólares y las fatalidades humanas en sur Florida contabilizadas en 26 y en 67 el total de sus víctimas. Tuve que verlo para creerlo y concluir  que los viejos saben más por serlo, que por sabios.

José A. Arias Frá.

En: Cuentos y Relatos de “La Memoria Intrusa”


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