Hay tres lugares que me gusta visitar aunque impliquen, para mí, el nada agradable esfuerzo de perder horas en la carretera ; unos, más cerca que otros de mi permanente refugio citadino al pie de lugares que, por colosoales, no reclaman ni mi presencia ni mi atención.
Me gusta ir a Cayo Hueso porque El Cayo tiene historia (la suya y en el antónimo de lo magno), se siente ese aire cálido de un lugar transitable al desandarlo y hasta un olor diferente a embarcaderos de trasiego y clandestnaje de todo lo prohibido. Huele a esa mezcla de salitre y brea impregnada como huellas taponando agujeros en el calafateado casco de viejos barcos que aún navegan o que enterrados en la arena se niegan a renunciar a su pasado.
Sus casas, habitadas por gente que nunca sale de allí y viven aún en un retiro sosegado que desdeña el ruido y lo desoye.
Voy también a San Agustín, ese enclave peculiar, único lugar en que el anglosajón acepta la preminencia del español e inscribe en monumentos, en castellano, el nombre testimonial del acervo; Plaza de la Constitución, puede leerse en una tarja al centro de lo que fue el origen de la fundación por Pedro Menéndez de Avilés en 1565; era Don Pedro un Adelantado de la corona española y la península floridana un predio de ella mucho antes que los peregrinos británicos del Mayflower tocaran tierra en Plymouth en 1621
San Agustín fue refugio para el presbítero Varela cuando ya no resistió el rigor climático de Nueva York y el ejercicio de su parroquia en 1848, allí murió en 1853 año en que nació José Martí; ¿relevo? engarce conológico de dos vidas privilegiadas para una misma etnia como hito de continuidad verdadera, quizás haya un poco de misterio en ello protagonizado por dos hombres que, virtuosos desde concepciones y prácticas de una vida espiritual muy diferente, constituyen el soporte del único y verdadero patriotismo del que podemos sentirnos orgullosos los cubanos frente al límite que pone distancias entre armas como gloria un tanto efímera y pensamiento como sustancia y savia de lo perecedero.
Cada vez que voy a San Agustín pienso en Varela y le visito en los jardines de La Catedral, se me hace inevitable entrelazar un tiempo entre Cuba Y España, de las plantas me crece una atracción difícil de explicar en la cadencia de pasos sobre un trasiego diferente y ancestral.
Y más cerca de mí, a unos pocos minutos, voy a un pequeño pueblito muy pintoresco que se llama Mount Dora, algo al norte del centro floridano, con lagos de agua fresca y vegetación exhuberante que no ofrece la visión extensiva de prados verdes de grama uniforme donde crían caballos y pastan sementales de raza; Mount Dora es el anverso de esa imagen, no es Ocala: esa enorme caballeriza floridana.
Mount Dora en Navidad es un arbolito navideño y familiar gigante donde poner una corona de luces clareando el celaje nocturno de estrellas permanentes tranquiliza. A eso voy allí; como cuando era niño y me gustaba mirar a las estrellas desconociendo que existían agujeros negros.
y, cosnte, he "andado muchos caminos y recorrido veredas..." pero no siempre y, amén de las bellezas y la inmortalidad, he encontrado la paz tan necesaria en el simple acomodo de una banca en un parque.
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