jueves, 20 de marzo de 2025

A VECES CUENTO ALGUNAS COSAS (para amigos curiosos y enemigos incrédulos)

Si hubiera podido escribir lo que pensaba, aún sin leerlo en voz alta o, en silencio; solo para mí, de seguro mi vida fuera otra, no sé si mejor, igual o peor. Nada es más apabullante que el entorno que obliga sin pedirnos permiso.

Hace mucho tiempo, cuando pensaba que era libre, porque aún creía en la libertad, quise ser cualquier cosa menos lo que esa maladada circunstancia llamada destino me deparaba (palabra fea e ineludible bajo ciertas condiciones)

No tenía discurso, solo un montón de argumentos inmediatos, físicos y materiales que me desconectaban de aquellos tipos uniformes (y uniformados) que me rodeaban.

Para ellos era un deleznable, porque no era igual; no encajaba en ningún patrón, mi nombre no formaba parte de ninguna lista. Ellos llamaban integrados a los que se movían según lo recién acontecido y en los cauces predeterminados de una corriente sin meandros, afluentes, esteros o rescoldos arenosos capaces de albergar el espíritu sagrado de la individualidad, del que corre o camina, se detiene o se aparta y regresa según su voluntad.

Entonces, había previsiones, impositivos castigos para obligar al incrédulo a creer, porque sí, se trataba de una política religiosa como luego, mucho tiempo después, me enteré que estaba consignado en manuales para militantes; aunque también, y como escribió Shumpetter, existía en el entorno un ejercicio de culto colectivo ceñido a una ortodoxia cuasi religiosa.

Me iban pasando los días sin conciencia de ser observado, potencialmente perseguido "por falta de integración" era peligroso por jugar baloncesto, practicar ciclismo, ir a fiestas donde las placas de Elvis, Paul Anka, Beach Boy´s, Dave Clark Five´s o los Four Season´s entraban camufladas en carátulas de Coralia y Ramón o Los Compadres porque de tan ajeno, aún no nos enterabamos de la existencia del vejete Carlos Puebla, menos aún, de que su comandante había llegado para mandar a parar. Luego todo se volvió gris y hasta musical se hizo la dictadura.

¡Oye!, ¿qué piensas de la vida?, no estás en nada, no tienes integración y andas en grupitos que no están bien mirados; Chenene y Monk (el chino que luego en sus treinta dirigía pioneritos) se van a reunir con ustedes en estos días...les van a poner una tarea.

La información que no tenía carácter oficial, pero lo era, venía por boca de Redondo, el director de la secundaria. Se trataba de un "encausamiento" — no judicial — para vestirnos con cualquiera de los trajes en moda para jóvenes llamados revolucionarios: podía ser el de patrulleros juveniles, el de AJR (Asociación de Jóvenes Rebeldes), Cinco Picos o el de alfabetizador de la brigada Conrado Benitez. y aunque no me lo quieran creer, por esa época hice mi primera cola (de un par de días, había que "marcar" y apuntarse en una libreta que amontonaba nombres sin ortografía) para comprar un par de zapatos en una peletería de La Manzana de Gómez, todavía no había libreta de productos industriales, tampoco muchos zapatos; hoy allí, 65 años después, ni haciendo cola es posible que, como en la parabola del camello y la aguja uno de a pie entre en El Manzana (cielo de turistas) o compre en una de sus exclusivas boutiques.

Sin mucha conciencia de lo que era "volverse conflictivo" me llegó un telegrama para asistir a una reunión con Chenene y Monk, tipos uniformados desde el amanecer y que comían candela y cagaban cenizas. Hora y lugar — no motivo — quedaban consignados en la citación. El misterio del por qué, como estilo eterno del que impone el insomnio para inspirar el miedo en versiones de primicia ya era, desde entonces, práctica habitual.

Aquella mañana entendí que formaba parte de un grupo, pero de descolocados; la Revolución. omnipresente, ente intangible, corpórea solo en la presencia del líder, quería darme una oportunidad, pero debía ganármela (todos los allí presentes debían) llevando a cabo una tarea que me hiciera entender el verdadero significado que para un joven revolucionario — que no era mi caso — tenía el sacrificio; ya esos discursos ideológicos, de haz lo que digo pero no lo que hago y hasta hoy, siguen sin prescribir.

Al cabo y en unos días me ví en el Surgidero de Batabanó, a bordo del Pinero — destripado de máquinas para hacer espacio de carga y remolcado hasta Gerona. Era un contingente de 276 y aunque llovía nuestra travesía tenía que ser en la cubierta; en el entrepiso iban familiares de presos para acudir a las visitas de los suyos encarcelados en  una prisión bautizada como Modelo para peligrosos criminales en su tiempo; ahora, reclusorio de hombres renegados por causa y razón. Unos militares nos advirtieron que no podíamos tener contacto con aquellas personas porque se trataba de contrarrevolucionarios; era agosto de 1964.

Vi la Isla (aún de Pinos) cuando era una gran prisión, desde el puerto hasta un lugar llamado El Guayabo, al sur de la Ciénaga de Lanier, a 72 kilometros de Nueva Gerona y 36 de Santa Fé, había contingentes de prisioneros, de azul los del plan Camilo Cienfuegos y de caki amarillo con una "P" negra de — de político — en la espalda y una en cada nalga del pantalón, que fuertemente custodiados los sacaban a trabajar a diario. Era lo más común.

No sé por qué me hice a la idea de que Gerona parecía la escenografía montada para un "western" con un suelo arenoso y amarillento sobre el que se levantaba el polvo en pequeños remolinos empujado por el viento; bodegón con mamparas y troncos para amarrar cabalgaduras a la entrada incluidos.

De lo que me tocó para tratar de hacerme un revolucionario en aquel páramo rodeado de pangola y vacas que pastaban en cuartones en barbecho, dieron cuenta las libras que perdí. De nada me sirvió, ni les sirvió, a los visionarios creadores de "la tarea" Regresé flaco, prieto y picado de mosquitos y jejenes y con una infección en los glúteos por cagar en unas letrinas donde los sapos se amontonaban sobre la mierda mientras un enjambre de zancudos me sacaban la sangre y me trasmitían la infección.

¡Qué carajo!, ni mi madre al verme atinaba a saber qué había podido sucederme; luego, de nuevo apareció Redondo.

— Me han informado que tú actitud no fue la mejor y en consecuencia solo tengo para ti dos opciones: tecnológico de la caña de azúcar o formación de profesores; piénsalo y luego me dices... 

— No tengo que pensarlo, a mi en el campo no se me ha perdido nada, nunca he imaginado ser maestro, pero no tengo otra opción.

Luego transcurrieron cinco años en que ninguno de los que me rodeaban supieron cómo llegué hasta allí; donde a decir verdad, no me fue mal, eso lo saben. Pero, hay, lo que no te va, no va y por eso me fui; seguí siendo el que jugaba baloncesto, prácticaba ciclismo y por supuesto, contestatario y conflictivo y en lo que me tocó en parte al graduarme, fui aquella frase de mi viejo que se quedó inscrita en mi conciencia: ...siempre en lo que hagas, trata de ser el mejor... lo demás, me entró por un oido y me salió por el otro.

A pesar de todo los quiero, amigos, hice mi vida y han reaparecido en ella sin buscarlos, me alegro mucho, la construí a contrapelo por momentos pero creo que tan mal no me ha quedado. A todos los que saben de que va esto les agradezco que traten de entenderme.

 

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