No hay nada que tenga una influencia mayor en la vida de las personas que
el ambiente en que crecen y en el que se inicia la relación con el mundo
circundante. El barrio es el molde donde se transita del medio familiar a la
asimilación de las costumbres, los modismos y los alientos culturales primarios;
siempre lo tenemos con nosotros y forma parte de nuestra existencia a pesar de
la voluntad de querer, o no, aceptar su insoslayable presencia. El barrio no es
lo mismo cuando se observa con la curiosidad de quien le es ajeno y para
describirlo con propiedad, hay que conocerlo desde sus entrañas. Todo lo demás,
en el mejor de los casos, no pasa de ser una alusión folclórica y pintoresca.
Colón en los sesenta, era un barrio sobrepoblado al igual que muchos otros
de La Habana que fue creciendo más allá de los límites de la parte vieja de la
ciudad y en el que se produjo una mezcla arquitectónica de construcciones
decimonónicas con la modernidad de otras, edificadas en pleno siglo XX y en el
apogeo del Art Decó durante los cincuenta. Su fama no era buena, había muchos
“solares” en los que convivían familias muy pobres y como en cualquier conglomerado
urbano, la promiscuidad crecía sobre sus raíces. Colón era, además, conocido y
famoso por la existencia de numerosos lupanares y lugares de espuria trascendencia.
Algunos contaban, no sin cierto orgullo, que el eximio compositor Alejandro
García Caturla, encontraba por aquellos sitios un ambiente ideal para crear sus
obras y que, entre copas e insinuantes mujeres, nacieron algunas de sus mejores
composiciones, sus once hijos y le sorprendió la muerte asesinado por un reo a
quien estaba a punto de sentenciar en su calidad de juez.
Todo en Colón no era lo que su fama le merecía parecer; vivió allí, en la
calle Consulado, José Lezama Lima, el paradigmático escritor autor de
“Paradiso” y principal alentador del famoso grupo “Orígenes” en la prolija
época de las letras cubanas durante los cuarenta. Hurgando bajo la dermis sociocultural
del barrio, en que la proporción entre lo bueno y lo malo estaba a favor de lo
primero, podía parecer exagerado que se le atribuyera la condición de ser únicamente
el foco de compraventa de sexo que se generaba en sus entrañas. Los “bayús”
–nombre por el que popularmente eran conocidos los prostíbulos- estaban circunscritos
a algunas de sus calles; Crespo, Amistad y, sobre todo, el famoso Callejón
Bernal, de apenas unas tres cuadras de largo. En la esquina de Crespo y Bernal
estaba el bayú de Zoila, “La Mexicanita”, una prostituta de armas tomar.
Zoila era una mujer de buen porte y agradable apariencia en los cuarenta, de
piel morena –de ahí el origen del mote por el que le gustaba ser identificada-
y pelo azabache enroscado en dos trenzas que caían libremente por su espalda
hasta la cintura. No tenía chulo que la controlara y se ufanaba de regentar
ella misma su negocio, famoso por una dotación de mujeres que ella seleccionaba,
teniendo en cuenta los gustos de sus clientes a quienes no parecía importarle
el par de pesos de más que hacían la diferencia con respecto a las tarifas de
otros prostíbulos vecinos. Siete pesos, en vez de los cinco, que era el costo
generalizado, estaban justificados según pensaba Zoila, porque sus “niñas”
tenían todos sus documentos y vacunas en regla y allí la clamidia, la gonorrea
y la sífilis no existían; no se permitía el acceso de borrachos y ella misma se
encargaba de evitar los escándalos que pudieran poner en entredicho la fama de
su negocio.
El bayú de “La Mejicana” estaba ubicado en los altos de un tiro al blanco, formando
parte de una vetusta edificación propiedad de un “gallego” (para los cubanos el
gentilicio gálico era la forma de referirse a todos los peninsulares) de
apellido Esparza y al que Zoila pagaba renta por el espacio que ocupaba su
local. A nosotros, muchachones curiosos y con las hormonas revueltas, nos
gustaba atisbar entre las callejuelas de los lupanares donde tras ventanillas abiertas
en los pórticos, las putas, mediante sugerentes ofrecimientos, llamaban a los
hombres que transitaban calle abajo y de vuelta, hasta decidirse a entrar. Pero
Zoila, exclusiva en todo lo que hacía, contaba con una manera muy peculiar de
hacerse propaganda; se asomaba al balcón enrejado y desde él, luciendo una
falda acampanada y sin ropa interior, dejaba a la vista de los desaforados
transeúntes la imagen entre sus muslos de su poblado y negro pubis que
concitaba el deseo y hacía irresistible para muchos la necesidad de subir las
escaleras con el afán de apretarlo entre sus manos. Ella misma tenía su
clientela, pero no todos podían disfrutar de sus favores y en ocasiones se
acostaba hasta con diez de sus preferidos en una misma noche. A los demás, una
vez en el redil, les permitía elegir entre sus chicas para que fueran a
encontrar satisfacción y consuelo al gozar de sus ofrecimientos.
Tan previsora era Zoila que su principal ayudante era un homosexual al que
apodaban Tigresa, un mulato flaco y alto que se teñía las pasas –el cabello- de
un rojo escarlata escandaloso y le gustaba vestirse de mujer enfundando su cuerpo
rectilíneo en unos pantalones apretados y a media pierna, de tela que imitaba
la piel de un leopardo –de ahí su apodo- y se calzaba unas sandalias de tacón destalonadas,
sobre las que llamaba la atención arrastrando los pies al caminar en manifiesto
contoneo, exponente de su inequívoca sexualidad. Tigresa se encargaba de
mantener todo en orden, hacía la limpieza y las compras, además de cobrar la
tarifa, siempre por adelantado, a los asiduos concurrentes de la casa de Zoila;
para ella, contar con su presencia era indispensable al extremo de que Tigresa
vivía bajo su protección y su mismo techo. Con el desenfadado espíritu de mofa que
caracteriza a los adolescentes, al ver a Tigresa deambulando por las calles del
barrio, nos burlábamos de él y hasta le gritábamos ofensas, a lo que respondía
haciéndose el indiferente y acentuando sus movimientos al caminar, mientras
sostenía un cigarrillo entre los dedos de largas uñas pintadas en carmesí y le
colgaba del hombro un gran bolsón de paja de yarey en el que cargaba sus
pertenencias y las vituallas.
En el barrio abundaban elementos marginales cuyo mal vivir los hacía temibles.
El Pantera, Chorizo, Manquiquí, Pillini, Pipo el Jeringuilla, Burubuto, Papito
y El Guajiro, estaban entre los que recuerdo. La mayoría habían pasado por las
prisiones en calidad de delincuentes comunes y para descrédito de los que en
buena fe se afiliaban a la religión yoruba o a sectas como los Abakúa o el Palo
Monte; ponían siempre por delante, en franco y abierto oportunismo, la
condición de pertenecer a ellas. La realidad era muy diferente y estos
personajes lo único que hacían era solapar las verdaderas intenciones de sus
instintos criminales utilizando las reglas que prevalecían entre los que, por
verdadera fe, se vinculaban a esas creencias. En sus casos se integraban en los
grupos y los empleaban como pretexto de sus fechorías, algunos tenían padrinos
en la religión –babalawos- que no siempre gozaban de buena reputación entre los
creyentes. Para cometer un crimen, les era fácil ampararse en la regla de los
abakúas que establece la obligatoriedad de la venganza en contra del honor manchado
de cualquiera de sus miembros y ello, torcidamente manejado, les permitía
llegar al asesinato, lo que en el caso de algunos de los mencionados ya había
sucedido.
A Emilio le iba bien en sus negocios del juego ilícito y empezó a ser
conocido por esa gentuza, al extremo de que se confabuló con algunos que le
recogían apuntaciones entre los adictos a los que trataba sin miramientos y con
absoluta carencia de escrúpulos. En el desempeño de su actividad, los mayores
dividendos se conseguían entre los fanáticos que se jugaban lo que tenían y lo
que no y mientras mayor era el grado de adicción de los infelices que cifraban sus
esperanzas en ganar algún premio, mayores eran sus ganancias. Emilio consideraba
que por haber sido militar y ser un hombre de mundo y experiencias ganadas en
la calle en medio de los peores ambientes, inspiraba respeto entre aquella
cuerda de forajidos; ese fue su gran error de apreciación cuyas consecuencias
jamás imaginó. Tan bien le iba, que se compró un carro usado; un Plymouth del
52 que había pertenecido a Justo el botero –así les llamaban a los que se
desempeñaban como choferes de alquiler. Justo, que recién había fallecido a
consecuencia de un infarto, dejó desamparada a su mujer Micaela con tres hijos
pequeños; desde su muerte, el vehículo estaba estacionado frente a la que había
sido su casa y en venta, a la espera de un comprador y en lo que Micaela
desesperaba a consecuencia de la penosa situación en que se encontraba.
Emilio no desaprovechó la oportunidad y le ofreció a la viuda $400.00 por
el carro cuyo valor era muy superior, pero inescrupuloso y abusador como era,
logró sacárselo en esa cantidad; alardeaba además de su recién adquirida
prestancia y se llenó de prendas que había comprado en la casa de empeños de
Carusso, cuyo verdadero nombre nunca supe, porque todos se referían a él utilizando
el apellido del famoso cantante y en virtud de que se aficionaba a la ópera y era
poseedor de un notable torrente vocal. Por mil pesos, compró un brillante
legítimo y de varios cortes montado en oro blanco que lucía en el anular de su
mano izquierda y un Longines con pulsera de oro macizo que portaba en la muñeca
del mismo brazo; en el índice de su mano derecha llevaba una siquitrilla,
anillo en forma de “V” invertida, con un rubí engarzado en la punta y en la otra
muñeca, una identificación de gruesa cadena doble con una placa en que se leía
su nombre elaborado en pedrería y extraños caracteres caligráficos; del cuello
le colgaba una gruesa cadena martillada de varios adarmes de peso con una
medalla de Santa Bárbara, cuyos ojos eran dos pequeños brillantes. Gastaba mucho
dinero en alcohol y prostitutas con las que no tenía reparo en engañar a
Antonia, mientras forzaba a su hija a continuar la incestuosa relación con él.
Se ufanaba de aparecer cada mañana, entre los puntos que le recogían el dinero
de las apuntaciones muy bien vestido, pantalón y guayabera de hilo y unos
zapatos Amadeo de dos tonos, de los que tenía varios y que Hermenegildo, el moreno
limpiabotas en la esquina de su edificio, le limpiaba y pulía no menos de una
vez por semana.
No hay nada peor que la rutina y Emilio, confiado en exceso, irrespetó la aconsejable
práctica de no establecer un patrón de comportamiento similar día a día. Abandonaba
la casa a media mañana para ir a encontrarse con los mismos individuos, a la
misma hora y en los mismos lugares, con el único propósito de colectar el
dinero de las apuntaciones que introducía en un sobre de manila y dar por
concluida su faena en el tiro al blanco del gallego Esparza. Allí acudía la
mayor cantidad de parroquianos cuya debilidad era apostar a los terminales y la
charada, que se “tiraba” no menos de tres veces por semana; luego almorzaba y
subía para acostarse con Zoila a disfrutar del solaz generado por un sexo
aberrante en el que después de complacerlo, ella terminaba por sacarle algún
dinero que Emilio siempre cargaba en abundancia. Emilio estaba consciente de
que todo lo que hacía constituía una actividad ilegal y a consecuencia de las
dificultades para encontrar un lugar donde estacionarse, dejaba el Plymouth al
doblar la esquina, en un baldío que otros utilizaban con el mismo fin. Para los
delincuentes que venían observándolo, la reiteración de su proceder lo hizo en
extremo vulnerable.
Ese día salió del prostíbulo satisfecho, la había pasado bien con Zoila y
cerca de las tres, bajó las escaleras observando que cada vez la colección crecía
más. El Pantera, Manquiquí y El Chorizo, agazapados al doblar del callejón y
confabulados para asaltarle, le esperaban para despojarlo del dinero y las
joyas. A la hora del atraco, el área de los bayús no estaba concurrida y había
pocos policías; muchos de ellos preferían ser designados al lugar y aprovechar
la oportunidad para disfrutar de los favores de las chicas que, con el interés de
tenerlos de su parte, no les cobraban por acostarse con ellas. Al atardecer,
empezaban a llegar los asistentes consuetudinarios entre los que había padres
que llevaban a sus hijos a fin de que se hicieran hombres conociendo mujer por
primera vez, maridos insatisfechos anhelantes de un sexo libidinoso que no
conseguían en sus hogares o simplemente tipos que ante el cuerpo semidesnudo de
una de aquellas displicentes servidoras sexuales, ni siquiera eran capaces de
articular palabra y terminaban metiendo la mano en el bolsillo para cambiar
sexo por dinero sobre chirriantes y desvencijados catres, separados por sábanas
que colgaban de unos palos fijados a las paredes y donde cada quien podía
escuchar, en medio de la más absoluta promiscuidad, lo que sucedía a su lado.
Emilio, con el sobre bajo el brazo, se hallaba ya sobre la esquina cuando
aparecieron Chorizo y Manquiqui asiéndolo por ambos costados para obligarlo a entrar
en el hueco de un zaguán y despojarlo del dinero; frente a él, Pantera lo
conminó a que se lo entregara y le ordenó que hiciera lo mismo con las prendas,
pero opuso resistencia y empezó a forcejear con los tres. Pantera extrajo desde
la parte posterior de su cintura, el largo cuchillo de matarife que siempre
cargaba y le propinó una puñalada en el costado derecho que le atravesó el
hígado haciendo que se desplomara mientras se retorcía y de la herida fluía sangre
en abundancia; recogieron el dinero, lo despojaron de las joyas y se perdieron
entre las callejuelas para desaparecer. Todo sucedió con rapidez y cuando
Tigresa se asomó al balcón con el propósito de recoger algunas sábanas que
colgaban de la baranda, pudo ver el cuerpo inerme de un hombre en posición
fetal en medio de un gran charco de sangre cerca de la esquina hasta donde
herido de muerte había logrado arrastrarse moribundo. Tigresa comenzó a dar
gritos; en eso, Zoila salió para conocer la razón de su histeria y lo encontró aterrorizado
y lívido, mientras se tapaba la boca con una mano indicándole con la otra el
cuerpo yerto sobre la acera.
Zoila, sin decir palabra, bajó corriendo y al acercarse, ya los curiosos rodeaban
el cadáver, uno de los presentes, convencido de que estaba muerto, comentó que
era Emilio el “banquero” y Zoila, abriéndose paso para convencerse, lo
corroboró añadiendo que acababa de salir de su casa. Al muerto lo habían
despojado del dinero y le habían robado los zapatos y todas las prendas; cuando
llegó la policía, asegurándose de que en efecto el hombre estaba muerto, uno de
los agentes volteó el cadáver y pudo ver la enorme herida que aún sangrante, había
sido la cusa del deceso. Atribulada y en shock, Zoila observó el rostro pálido
de Emilio con los ojos abiertos y desorbitados en que los estertores de la
muerte le sorprendieron.
Para Antonia y Magaly era habitual que Emilio desapareciera por largos
períodos y al llegar la policía para informarles lo ocurrido, no eran capaces
de imaginar que jamás volvería a regresar. El oficial a cargo de la
investigación les hizo saber el motivo de su presencia mostrándoles los
documentos del occiso que le permitieron conocer de quién se trataba, dónde
vivía y pedirles que le acompañaran a la morgue a fin de proceder al trámite de
identificar el cadáver. Debido a la presencia de las autoridades, los vecinos comenzaban
a amontonarse en la puerta del apartamento donde Antonia, sin poder dar crédito
a lo que había escuchado, entre nerviosos paseíllos y llevándose las manos a la
cabeza, se deshizo en medio de cuestionamientos y exclamaciones de
desesperación. El murmullo de los que presenciaban la escena obligó a uno de
los guardias a pedir silencio y reiterarle a la mujer que debía estar lista. -Ve
tú, mamá, conmigo no cuentes, dijo Magaly; que para sorpresa de todos no había
abierto la boca, ni de sus ojos había escapado alguna lágrima. En ese instante,
rompiendo el silencio, se dejó escuchar la voz de Zenia que dirigiéndose a
Magaly le dijo: no te preocupes, Maga –de ese modo solía apocoparle el nombre- yo
la acompañaré. -Hija, estoy desesperada, no puedes dejarme sola en esta
situación, tienes que venir conmigo. -No insistas mamá, no iré, Zenia irá contigo.
A penas sin que nadie lo notara, Magaly se retiró al interior del inmueble y
se detuvo frente a la puerta de la habitación en que Emilio la sodomizaba para
pensar que lo ocurrido era una especie de venganza que ella nunca hubiera sido
capaz de ejecutar. Él, ya no volvería a poner sus sucias manos sobre su cuerpo,
ni ella a sentir el aliento etílico de su respiración, jadeante y asquerosa,
mientras la violaba y le repetía las mismas ofensas que ya no volvería a
escuchar. Emilio había pagado por sus culpas y a ella, su muerte le parecía un
acto de justicia providencial, hacía mucho que había dejado de verle como su
padre y no sentía remordimiento por lo que pensaba, ni pena por la manera en
que lo asesinaron. En lo que Antonia se preparaba para el infausto trámite de
acudir a la morgue, Zenia se acercó a Magaly dejándole saber que comprendía su
actitud y Antonia les comunicó que estaba lista; -te entiendo hija, no todos
reaccionamos de la misma forma, ya veremos en qué termina esto, después de todo,
era tú padre y sé que es difícil para ti asimilar lo ocurrido. Las dos escucharon
las palabras de Antonia pensando en lo ajena que estaba de la realidad que ya Zenia
conocía. Debido a la relación que había entre ellas, supo, por fin, que Magaly
había dejado de ser virgen y a manos de quién.
Las investigaciones del asesinato se condujeron con rapidez y efectividad, pronto
las autoridades conocieron en detalle las actividades a las que Emilio se
dedicaba, logrando establecer con claridad el móvil del crimen. Descubrieron la
ausencia de los principales sospechosos e indagando entre acólitos y compinches,
dieron con las pistas que los llevaron a encontrar a Manquiquí refugiándose en
casa de un tío en Alturas de la Lisa, suburbio situado en uno de los extremos
de la barriada de Marianao. El día que lo capturaron tenía puestos los zapatos
de dos tonos, blanco y avellana, de los que despojó al occiso; lo presionaron y
delató el escondite de los otros dos; habían ido a guarecerse en casa de un santero
padrino de fe de Pantera en Guanabacoa, al otro lado de la bahía. La mayoría
del dinero y las joyas las tenían aún en su poder y como sucedía en estos casos,
el juicio tuvo lugar sumariamente.
Pantera confesó, además, haber sido el autor del asesinato de un policía
ocurrido durante las últimas fiestas de carnaval que aún permanecía bajo
investigación y utilizando el mismo cuchillo que festinadamente empleaba para
mandar al otro mundo a quien osara desafiarlo. La sentencia: quince años de
privación de libertad para Chorizo y Manquiquí; los cómplices, y pena de muerte
para Pantera, cuya ejecución fue llevada a cabo en las primeras horas de la
madrugada del día posterior al juicio en uno de los fosos de La Cabaña.
Presentes en la sala del tribunal, Antonia y Zoila, que no se conocían, escucharon el
alegato de las pruebas periciales en lo que se dio lectura al informe del
forense por parte del fiscal; la defensa, de oficio, no tuvo mucho que alegar al
escucharse el contenido del documento: muerte a consecuencia de la penetración
de arma blanca de gran tamaño –que le fue mostrada a los presentes- por la
región subcostal derecha que traspasó el hígado, órgano vital, con incisión de
entrada en la parte anterior y salida
por la parte posterior, provocando daños considerables en los tejidos aledaños
y una hemorragia de grandes proporciones, causa directa del fallecimiento. Era
común que las mismas autoridades se encargaran de dar a conocer el cumplimiento
de las sentencias filtrando convenientemente la información y que sirviera de
escarmiento entre los maleantes. Los que colaboraban con Emilio, se desentendieron
por un tiempo de las actividades que los relacionaban y los peores delincuentes,
optaron por tranquilizarse o moverse a otros territorios. El barrio, al que
Emilio creyó controlar, terminó tragándoselo y El Pantera, convertido en
siniestro personaje de una historia fatal, pagó con la vida el precio más
elevado por la comisión de sus fechorías. Ninguno de los dos sobrevivió a la
maldad y el destino se encargó de reivindicar a sus víctimas.
Atenazadas por la severa situación de insolvencia en que Magaly y su madre
se vieron, Antonia decidió irse a vivir con sus hermanas a un pequeño pueblo al
sur de la provincia llamado Río Seco, muy cerca de San Nicolás. Para ella resultaba
conveniente, porque allí casi nadie la conocía y pocos la recordaban y el
incidente que terminó con la vida de su marido no iba a desatar comentarios. Pensando
que sería de otro modo, le dio a conocer sus planes a Magaly, pero ella se negó
a secundarla; Antonia terminó por regresar al mismo sitio que desde hacía años había
abandonado y en el que conoció a Emilio y se había juntado con él, para dar
comienzo a una sinuosa relación de amasiato consensuado.
Magaly optó por quedarse en el apartamento, aunque estaba convencida de que
sería por poco tiempo, aquel lugar le resultaba insoportable y le recordaba situaciones
que la sumían en estados depresivos que no era capaz de superar; decidió vender
todo lo que tenía algún valor y se fue a vivir con Zenia. Para la mulata, la determinación
que Magaly tomó constituía el gran colofón de su conquista, ahora la tenía todo
el tiempo junto a ella y se exhibía oronda por las calles del barrio,
ufanándose de ser la dueña de su voluntad y hasta se permitía celarla. Recuerdo
que cada vez que nos tropezábamos, Zenia me miraba con desdén mostrando una
sonrisa de satisfacción, dándome a entender que no debía molestarla, ni
acercármele. Empecé a valorar mi relación con Magaly y llegué a la conclusión
de que lo mejor sería distanciarme, evitar los encuentros, e hiriendo lo menos
posible su sensibilidad, dejar que el tiempo se encargara del resto.
Pasaron algunos meses en los que puse empeño en conseguir tal objetivo, pero
era inevitable que me la tropezara; casi siempre acompañada de Zenia que no se
le separaba. Ella, que parecía entender mis intenciones, hacía lo mismo; al
menos, era eso lo que yo creía. Pero una noche en que mataba el tiempo en la
academia de ajedrez de la calle Galiano, apareció Lucila y se me acercó; ¡oye!,
¿Dónde has estado?, le he preguntado por ti a Leonardo y Angelito – buenos amigos
míos- y me sugirieron que aquí podía encontrarte, menos mal que no se
equivocaron; metió la mano en el bolsillo de su saya y sacó un papel manoseado
y rugoso, era una nota escrita por Magaly en la que me proponía un encuentro en
un sitio alejado del barrio, cerca del río Almendares, en el linde entre El
Vedado y Miramar y si decidía aceptar, tenía que ser un viernes en la noche. No
explicaba nada sobre las razones, pero recalcaba que cualquier respuesta debía
ser utilizando, únicamente, la misma vía ¿Qué le digo?, era obvio que Lucila
conocía el contenido de la nota y le respondí que iba a pensarlo, que la
llamaría por teléfono para darle una respuesta. La nota despertó mi curiosidad
y de regreso a la casa, empecé a sopesar la inconveniencia del encuentro frente
al terreno ganado durante el tiempo transcurrido. El deseo de volverla a ver,
saber cómo se sentía y sobre todo la interrogante de lo que pudiera suceder,
doblegaron mi voluntad haciendo que me detuviera frente al primer teléfono
público, echara mano de la pequeña libreta de apuntes que siempre cargaba y me
comunicara con Lucila y le hiciera saber a Magaly que aceptaba su propuesta.
Convenimos que el viernes, semana por medio, nos encontraríamos y por intermedio
de la Celestina en que Lucila se había convertido, debía indicarme con
exactitud el lugar y la hora de la cita. Le propuse a Lucila que, al siguiente
día, en el mismo sitio en que me había encontrado, estaría esperando la
respuesta.
Magaly me envió una segunda nota corroborándome que el viernes, al término
de la semana y a las 9:00 de la noche; la esperara en la primera parada de los
autobuses a la salida del paradero del Vedado y aunque el lugar me pareció
extraño, pensé que quizás lo hacía para pasar inadvertida entre la gente que, en
largas filas, esperaban los ómnibus de las diferentes rutas que allí se
originaban. La razón de su intención era muy distinta de lo que suponía.
Llegué al lugar del encuentro con anticipación y a diferencia de lo que
pensaba, no había tantas personas, estimé que probablemente se trataba de la
hora. Encendí un cigarrillo y noté que mis manos estaban frías y temblorosas;
mientras, acomodado en el banquillo, algunas personas se acercaban para
preguntarme cuál de las rutas esperaba para hacer la fila. No, no espero un
ómnibus y cuando estaba a punto de repetir lo mismo una vez más, escuché su
voz. Hola, veo que sigues siendo muy puntual, miré mí reloj; eran exactamente
las nueve. Cuando la tuve enfrente, me invadió la misma sensación que siempre
se adueñaba de mi voluntad ante su presencia, la observé detenidamente y fue
ella la que rompió el silencio con una pregunta cuya respuesta sabía de
antemano: ¿Quieres acompañarme?, al ponerme en pie, las piernas me temblaban y de
mi mente estaban ausentes las ideas, se me hacía difícil articular palabras y
sentí temor de decirle algo que pudiera parecerle inapropiado. Caminando a mi
lado y sin saber en qué momento, me había tomado del brazo para desplazarse en
mi compañía. Estás preciosa, fue lo primero que se me ocurrió decirle y era
cierto; respiraba el olor de su perfume y miré de cerca su rostro ligeramente maquillado,
escrutando sus labios insinuantes que tan armónicamente formaban parte de su
expresión. Llevaba una blusa de tul blanca con un pronunciado escote entre
grandes rizos, que me permitía deslizar la mirada por la entrada de sus senos
pequeños y desafiantes y la trenza color de miel reposando sobre el costado.
— Oye, estás más delgado, pero te sienta bien; tú, como siempre, elegante y
bien combinado, veo que no has cambiado, ¿o me equivocó?
— No, no; soy el mismo y a ti, ¿cómo
te va?, ¿a dónde quieres ir?
Habíamos caminado poco más de una cuadra y estábamos frente al lugar en el
que ella había pensado. Entonces me di cuenta de lo que pretendía, pero de
nuevo se adelantó para decirme; -estoy aquí porque quiero hacer el amor contigo
y ser algo más que una simple pareja que se conoce bien, si tú lo quieres, podré
dejar a un lado muchas dudas y confesarte algo de lo que no estoy segura, creo
que lo que te estoy pidiendo es la única alternativa para convencerme de mis
verdaderos sentimientos.
La convicción de sus palabras me hizo experimentar una fuerte sensación de
calor en el rostro y creí que la mejor respuesta podía ser un beso, pero cuando
traté, interpuso su mano y me lo impidió. No, aún no, quiero que hablemos. Estábamos
frente a la entrada discretamente flanqueada por unos viejos y enormes laureles,
de uno de aquellos edificios que llamaban “posadas” y al que las parejas
acudían para llevar a cabo furtivos encuentros sexuales. Con la malicia de lo
que pretendía reflejada en los ojos, me tomó de la mano, observó el pórtico y desafiante,
calló esperando mi respuesta. -Está muy bonita tú camisa, dijo, tratando de aminorar
la tensión; ese color me encanta. Era una camisa verde botella de mangas largas
estilo Manhattan, que me cortaba y confeccionaba Julio, un mulato sastre allá
en el barrio, que copiaba muy bien los modelos americanos de moda. Tú también
estas preciosa, volví a decirle, ¿qué quieres hacer? Aquí cerca hay un nighclub,
si me invitas a tomar algo, podemos ir y conversar.
Yo conocía el lugar al que se refería, era uno de los más populares por
aquel entonces y su ubicación cercana al motel le concedía la preferencia de
que gozaba. A la entrada, el anfitrión que hacía las veces de capitán del salón
nos dio las buenas noches abriéndonos la puerta para franquearnos el acceso; escogí
una pequeña mesa, sólo para dos, en una esquina apartada y solícito, acudió un camarero
que arrimó las sillas para juntarlas y tomar la orden: ¿qué les puedo ofrecer? Magaly
me sugirió que estaría bien lo que yo decidiera y ordené dos rones con cola; ¡Ah!,
unas “mentiritas” -ya la capacidad propia de los cubanos para satirizar la
cotidianidad de sus padecimientos, se había encargado de re-bautizar el “Cuba
Libre” con el apelativo que aún conserva. Muy bien, dijo el hombre, enseguida
estaré de regreso.
— Te noto tenso, estas helado, ¿te
sientes bien?, ella ya se apretaba sobre mí costado cuando me decidí a poner en
orden las ideas para iniciar la conversación.
— No puedo negarme a lo que me pides, dije, pero debes saber que no acepto
solo por complacerte, créeme que lo deseo tanto o más que tú.
— Era lo que quería escuchar; entonces relájate y pensemos sólo en esta noche,
no estoy aquí para hablar de cosas desagradables y tú, ¿qué recuerdas?
— Sólo lo bello, le respondí, comenzando a recorrer con mi mano el tejido
de su trenza de la que pendía una hebilla semejando una pequeña mariposa de alas
ámbar.
Al término, tropecé con el pezón erguido de su pecho y sentí la cadencia
agitada de su respiración.
— ¿Te gustan?, ¿no te parecen pequeños?
— Son maravillosos, el ideal de
cualquier hombre, soy muy dichoso al poder disfrutarlos.
— Que mentirosos son ustedes, dijo sonriendo, ¿por qué no le quitabas la
vista a Irenia cada vez que aparecía?, ¿acaso pensabas lo mismo que acabas de
decirme?
— No es igual la lujuria que el amor, respondí.
— Entonces, ¿qué soy para ti?, ¿Acaso el amor?
Muy cercanos a los míos, sus labios me indicaron que esperaba el beso al
que no volvió a negarse y encontré en ellos la dulzura que ya conocía, como si se
tratara de la primera vez y en su contacto, la comunión que sólo se produce
cuando el deseo, la pasión y el amor, van de la mano.
El camarero depositó los vasos sobre la mesa discretamente iluminada por
una veladora azul y al momento, comenzaron a escucharse los acordes de un piano
ejecutados por un músico de la noche que dejaba pasar sus mejores momentos entre
anodinos e intrascendentes escenarios. Sin detenerse, interpretaba boleros
clásicos de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Frank Domínguez,
Juanito Márquez y otros compositores menos conocidos. Junto al piano, una intérprete
— el feeling no sólo se canta, se interpreta — comenzó a dar vida a las melodías,
mientras el pianista perseguía su voz y ella transitaba entre registros que
alcanzaban diferentes tesituras. La mujer lo hacía muy bien y pensé que por eso
estaba allí. Al concluir su presentación, el afanoso pianista continúo
hilvanando acordes consecutivamente; ¿quieres bailar?, Magaly me respondió
asintiendo y al rodear su cintura y tocarla para sentir su cuerpo, me convencí de
que aquel lugar era inservible a fin de materializar nuestros instintos. Aquella
noche ella era la dueña de la situación, de las palabras y adelantándose a mi
pensamiento, como quien intuye que ha llegado el momento, dijo: llama al
camarero, pide la cuenta y vámonos.
En el exterior, la noche se dejaba sentir más fría por el efecto de la
madrugada, eran cerca de las dos y en lo que desandábamos el camino, la asía a
mí cuerpo con el brazo tendido sobre sus hombros. Cuando llegamos frente a la
puerta del motel se detuvo sin decir nada, seguramente esperaba que yo hablara:
¿es lo qué quieres?, ¿estás decidida?; volvió a responderme con otro
asentimiento y me dispuse a trasponer el umbral de la doble puerta de acceso para
dirigirme al tipo que atendía la recepción tras un pequeño y desvencijado mostrador.
Buenas noches, el aludido desperezándose, me respondió con una especie de
sermón que a fuerza de haberlo repetido muchas veces se lo tenía bien
aprendido: dos horas cinco pesos, cuatro por trece y si al término del plazo no
entrega la habitación, un empleado le tocará la puerta tres veces, si se quedan
dormidos y no responden, no nos incumbe, el hombre tiene orden de abrir, así
que ya sabe. Observe, ahí detrás están colgadas las reglas sobre la pared, pero
es mi obligación dejárselas saber a todos; ¿dos o cuatro? Miré mi reloj para
comparar la hora con la de uno grande que estaba a un costado y asegurarme de
la sincronía; su tiempo empieza a contar a partir del momento en que le entregué
la llave. Calculé que para la hora de marcharnos debían ser alrededor de las
seis y pagué el importe de cuatro horas. Sabe, dijo el tipo, nunca le he visto por
aquí, debe ser usted de los que no pueden gozar de intimidad en la relación con
su mujer en sus propias casas por vivir entre un montón de gente; siempre quieren
el máximo de tiempo, ha tenido suerte, hoy no han venido tantos y hay
suficientes cuartos vacíos, de lo contrario se tendría que conformar con dos
horas, si alguna vez le sucede, es fácil resolverlo y dejando escapar una risita
que se me antojó burlona, agregó: sale, da una vuelta, regresa y vuelve a
alquilar o de lo contrario puede venir con más frecuencia, de eso se trata, ¿no
cree? Al tiempo, me entregó la llave y dijo: es el número 11, está al final del
pasillo, a la derecha.
— ¿Por qué te demoraste tanto?
— Ese tipo es un parlanchín; la tomé de la mano y fuimos en busca de la
habitación.
Al abrir la puerta ausculté el interior con una rápida ojeada. La cama era
de tamaño matrimonial y parecía limpia, a un costado había una mesa de noche y
sobre ella una lámpara coronada por una pantalla que alguna vez había sido
blanca, pero que se notaba veteada y amarillenta producto del humo de los
cigarrillos. A la derecha un pequeño baño de poceta, con un lavatorio y un
sanitario. Observé que las manijas, elaboradas en la típica aleación de
calamina, denotaban la presencia del polvillo entre blanco y verduzco representativo
del moho que suele cubrirlas con el tiempo; la regadera, además, tenía visos de
herrumbre causada por el efecto del agua. Lo que llamó mi atención fue la
presencia de tres grandes espejos, dos a ambos lados de la cama y uno que colgaba
del techo en forma de cuña enfilado al lecho, volví a mirarla y me di cuenta de
que había hecho exactamente lo mismo que yo y de consuno, terminamos nuestra
inspección ocular en la coincidencia de una sonrisa maliciosa y cómplice.
Me senté en el borde de la cama y extraje del bolsillo el paquete de
cigarrillos, prendí uno aspirando una gran bocanada y le hice señas para que
viniera a ocupar el espacio vacío, junto a mí, al otro lado de la cama; a lo
que con un delicado y a la vez sugestivo movimiento del índice de su mano se
negó; -date vuelta y no mires hasta que te avise, ¿me lo prometes? Adelante, tú
mandas, estoy seguro de que no vas a desaparecer; la vi sonreír, y me recosté
teniendo la lámpara tan cerca de los ojos, que me convencí de que casi no
iluminaba con el predeterminado propósito de mantener el ambiente en penumbra.
Al momento, empezó a desvestirse procurando situarse en un ángulo de la
habitación en que ninguno de los espejos reflejara su imagen, de pronto vi
volar frente a mí su brasier y el minúsculo blúmer de nylon color rosa, quería
que tuviera la certeza de que estaba desnuda y pensando que iba a darme vuelta,
la sentí acomodarse rápidamente en la cama. Ya puedes mirar, espero qué te
guste lo que vas a ver. En ese momento mi excitación era total, al extremo de
sentir mi masculinidad ligera y deliciosamente adolorida y presa de pálpitos
incontrolables y repetidos, torpemente comencé a despojarme de la ropa
tirándola al suelo, para terminar, mezclándose con la de ella.
Mirándola desnuda, no me fue posible abarcar la imagen íntegra de su piel
al descubierto, suave y tersa, quería observar su mirada a la vez y descubrir
sus reacciones, lo que tantas veces había imaginado resultó ser poco ante la visión
de su pubis discretamente cubierto por un bello tenue, algo más oscuro que el
de su cabello. Puse mis manos sobre su cuerpo recorriéndolo y me detuve en los senos
perfectamente redondos de pezones erguidos que acariciaba delicadamente una y
otra vez sintiendo el ritmo agitado de su pecho y los movimientos de su cuerpo
que se me entregaba con displicencia, notando sus labios apretados en
perentoria manifestación del deseo de que la poseyera. Hicimos el amor dos
veces sin pensar cuál fue mejor y me esforcé por parecerle delicado y controlar
mis instintos a pesar del deseo. Sabía que era eso lo que necesitaba a fin de convencerse
que podía ser de un hombre sin que mediara la violencia y terminar haciéndolo claudicar
a sus encantos. Como si me hubiera leído el pensamiento, se volteó sobre el
costado mostrándome los glúteos para sentirlos al tacto en la punta de mis dedos
y escucharla emitir entrecortados gemidos de placer que iban in crescendo; de pronto, sin que me
diera cuenta, tuvo mi rostro asido entre sus manos y comenzó a besarme.
Nuestros cuerpos sudorosos cayeron sobre el lecho y nos miramos en el espejo
del techo que por primera vez nos proyectó la visión de nuestra imagen; pensé
que la indiscreción del azogue que contenían estaba allí para otra clase de
sexo mordaz y libidinoso y que no había servido de nada. Dime: ¿cómo te
sientes?, ¿acaso debo responderte?, ¿no han sido mis caricias y la entrega suficientes?
Nuevamente asintió y aprecié la felicidad del convencimiento en su mirada húmeda
y henchida de satisfacción. Eché mano del reloj en la mesa de noche y bajo la
luz de la lámpara, me di cuenta de que apenas nos quedaba media hora en lo que
ella se incorporó para dirigirse a la regadera: ¿nos bañamos?, sin responderle,
me incorporé para volver a mirar su cuerpo de proporciones maravillosas y sin
exageraciones, pero en el que nada faltaba para hacer feliz a un hombre después
de haberla poseído.
Mientras caminaba frente a mí, me di cuenta de que su pelo caía suelto
hasta la mitad de la espalda y observé sus cortos y peculiares pasos, que conocía,
aunque desde una perspectiva diferente. Bajo el agua de la regadera filtrándose
entre los dos, sentí que estaba listo para entrar de nuevo en su sexo. Sé lo
que estas pensando, pero no quiero que nos toquen a la puerta, nos secamos y
ella se recogió el cabello húmedo en un moño que dejaba su cuello al
descubierto. De pié, frente a uno de los espejos, me pidió que la ayudara con
el brasier y mientras lo hacía, me convencí de que lo sucedido era algo que nos
debíamos y volví a sentirme atenazado entre el deseo y la pasión. A la hora de marcharnos
eché mano a un pequeño cenicero que descubrí en el baño con el nombre del lugar
visible y atrapado entre el cristal del fondo y lo introduje en uno de mis
bolsillos.
— ¿Qué haces?, te puedes buscar un
problema.
— ¡Bah!, si acaso se dan cuenta será
tarde, ¿no crees?
Antes de cerrar la puerta volví a mirar el lecho en desorden y pensé que
algún camarero acudiría para arreglarlo. Ese era su trabajo, estaría
acostumbrado y la rutina no le permitiría establecer diferencias.
Detrás del mostrador el encargado parecía más alerta que a nuestra llegada,
estaba amaneciendo y esperaba por el relevo. ¿Todo bien?, preguntó, le contesté
afirmativamente; me debe un peso, ¿cómo, por qué? La mayoría cargan con el
cenicero, si no lo ha hecho, no me debe nada, de lo contrario, ya sabe. Le di
el importe y lo miré hacer anotaciones en un libro de folios, seguramente para
dejar saber al que vendría a reemplazarlo, que el 11 estaba disponible y debía
ser arreglado.
— Recuerdas que te dije que iba a
confesarte algo, le escuché decir mientras caminábamos; sí, sí, lo recuerdo.
— Por todas las terribles
experiencias que he vivido y que tú conoces bien, pensé que no podría amar
jamás a un hombre, ahora estoy segura de que sí. Has sido el primero en hacerme
sentir como a cualquier mujer y nunca voy a olvidarlo, te lo puedo asegurar.
Al llegar a la parada en que nos habíamos encontrado, noté que los que allí
estaban nos miraban como a extraños, la indumentaria nos delataba y la cercanía
de nuestro abrazo, el silencio y las miradas; les hacía fácil inferir de dónde
veníamos.
En eso el ómnibus apareció en la esquina, ella se levantó y yo la seguí;
no, no quiero que me acompañes, me voy sola; yo insistí, pero estaba decidida a
evitarlo, confundido y sin saber qué hacer, la vi subir y caminar por el
pasillo del autobús hasta que se sentó recostando la cabeza sobre su mano en la
ventanilla y quise creer que pensaba en lo sucedido como un paréntesis de
felicidad entre las frustraciones de sus vivencias. El ruido del motor del
ómnibus, amplificado en el silencio del amanecer, hizo que desapareciera calle
arriba.
Amigo, me dijo uno de los que allí estaban, ¿tiene un cigarrillo?, a mi ya
no me quedan. Saqué el paquete para
ponerlo a su disposición y el hombre tomó uno y lo encendió. Perdone la indiscreción,
pero su novia es muy bonita, es temprano y hay pocas personas en la calle, creo
que no debió dejar que se marchara sola. Me sonreí y decidí caminar de regreso
para tener el tiempo necesario de convertir lo vivido en una parte inolvidable de
mis recuerdos.
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