domingo, 23 de marzo de 2025

EL BARRIO (Trilogía II)

 


No hay nada que tenga una influencia mayor en la vida de las personas que el ambiente en que crecen y en el que se inicia la relación con el mundo circundante. El barrio es el molde donde se transita del medio familiar a la asimilación de las costumbres, los modismos y los alientos culturales primarios; siempre lo tenemos con nosotros y forma parte de nuestra existencia a pesar de la voluntad de querer, o no, aceptar su insoslayable presencia. El barrio no es lo mismo cuando se observa con la curiosidad de quien le es ajeno y para describirlo con propiedad, hay que conocerlo desde sus entrañas. Todo lo demás, en el mejor de los casos, no pasa de ser una alusión folclórica y pintoresca.

Colón en los sesenta, era un barrio sobrepoblado al igual que muchos otros de La Habana que fue creciendo más allá de los límites de la parte vieja de la ciudad y en el que se produjo una mezcla arquitectónica de construcciones decimonónicas con la modernidad de otras, edificadas en pleno siglo XX y en el apogeo del Art Decó durante los cincuenta. Su fama no era buena, había muchos “solares” en los que convivían familias muy pobres y como en cualquier conglomerado urbano, la promiscuidad crecía sobre sus raíces. Colón era, además, conocido y famoso por la existencia de numerosos lupanares y lugares de espuria trascendencia. Algunos contaban, no sin cierto orgullo, que el eximio compositor Alejandro García Caturla, encontraba por aquellos sitios un ambiente ideal para crear sus obras y que, entre copas e insinuantes mujeres, nacieron algunas de sus mejores composiciones, sus once hijos y le sorprendió la muerte asesinado por un reo a quien estaba a punto de sentenciar en su calidad de juez.

Todo en Colón no era lo que su fama le merecía parecer; vivió allí, en la calle Consulado, José Lezama Lima, el paradigmático escritor autor de “Paradiso” y principal alentador del famoso grupo “Orígenes” en la prolija época de las letras cubanas durante los cuarenta. Hurgando bajo la dermis sociocultural del barrio, en que la proporción entre lo bueno y lo malo estaba a favor de lo primero, podía parecer exagerado que se le atribuyera la condición de ser únicamente el foco de compraventa de sexo que se generaba en sus entrañas. Los “bayús” –nombre por el que popularmente eran conocidos los prostíbulos- estaban circunscritos a algunas de sus calles; Crespo, Amistad y, sobre todo, el famoso Callejón Bernal, de apenas unas tres cuadras de largo. En la esquina de Crespo y Bernal estaba el bayú de Zoila, “La Mexicanita”, una prostituta de armas tomar.

Zoila era una mujer de buen porte y agradable apariencia en los cuarenta, de piel morena –de ahí el origen del mote por el que le gustaba ser identificada- y pelo azabache enroscado en dos trenzas que caían libremente por su espalda hasta la cintura. No tenía chulo que la controlara y se ufanaba de regentar ella misma su negocio, famoso por una dotación de mujeres que ella seleccionaba, teniendo en cuenta los gustos de sus clientes a quienes no parecía importarle el par de pesos de más que hacían la diferencia con respecto a las tarifas de otros prostíbulos vecinos. Siete pesos, en vez de los cinco, que era el costo generalizado, estaban justificados según pensaba Zoila, porque sus “niñas” tenían todos sus documentos y vacunas en regla y allí la clamidia, la gonorrea y la sífilis no existían; no se permitía el acceso de borrachos y ella misma se encargaba de evitar los escándalos que pudieran poner en entredicho la fama de su negocio.

El bayú de “La Mejicana” estaba ubicado en los altos de un tiro al blanco, formando parte de una vetusta edificación propiedad de un “gallego” (para los cubanos el gentilicio gálico era la forma de referirse a todos los peninsulares) de apellido Esparza y al que Zoila pagaba renta por el espacio que ocupaba su local. A nosotros, muchachones curiosos y con las hormonas revueltas, nos gustaba atisbar entre las callejuelas de los lupanares donde tras ventanillas abiertas en los pórticos, las putas, mediante sugerentes ofrecimientos, llamaban a los hombres que transitaban calle abajo y de vuelta, hasta decidirse a entrar. Pero Zoila, exclusiva en todo lo que hacía, contaba con una manera muy peculiar de hacerse propaganda; se asomaba al balcón enrejado y desde él, luciendo una falda acampanada y sin ropa interior, dejaba a la vista de los desaforados transeúntes la imagen entre sus muslos de su poblado y negro pubis que concitaba el deseo y hacía irresistible para muchos la necesidad de subir las escaleras con el afán de apretarlo entre sus manos. Ella misma tenía su clientela, pero no todos podían disfrutar de sus favores y en ocasiones se acostaba hasta con diez de sus preferidos en una misma noche. A los demás, una vez en el redil, les permitía elegir entre sus chicas para que fueran a encontrar satisfacción y consuelo al gozar de sus ofrecimientos.

Tan previsora era Zoila que su principal ayudante era un homosexual al que apodaban Tigresa, un mulato flaco y alto que se teñía las pasas –el cabello- de un rojo escarlata escandaloso y le gustaba vestirse de mujer enfundando su cuerpo rectilíneo en unos pantalones apretados y a media pierna, de tela que imitaba la piel de un leopardo –de ahí su apodo- y se calzaba unas sandalias de tacón destalonadas, sobre las que llamaba la atención arrastrando los pies al caminar en manifiesto contoneo, exponente de su inequívoca sexualidad. Tigresa se encargaba de mantener todo en orden, hacía la limpieza y las compras, además de cobrar la tarifa, siempre por adelantado, a los asiduos concurrentes de la casa de Zoila; para ella, contar con su presencia era indispensable al extremo de que Tigresa vivía bajo su protección y su mismo techo. Con el desenfadado espíritu de mofa que caracteriza a los adolescentes, al ver a Tigresa deambulando por las calles del barrio, nos burlábamos de él y hasta le gritábamos ofensas, a lo que respondía haciéndose el indiferente y acentuando sus movimientos al caminar, mientras sostenía un cigarrillo entre los dedos de largas uñas pintadas en carmesí y le colgaba del hombro un gran bolsón de paja de yarey en el que cargaba sus pertenencias y las vituallas.

En el barrio abundaban elementos marginales cuyo mal vivir los hacía temibles. El Pantera, Chorizo, Manquiquí, Pillini, Pipo el Jeringuilla, Burubuto, Papito y El Guajiro, estaban entre los que recuerdo. La mayoría habían pasado por las prisiones en calidad de delincuentes comunes y para descrédito de los que en buena fe se afiliaban a la religión yoruba o a sectas como los Abakúa o el Palo Monte; ponían siempre por delante, en franco y abierto oportunismo, la condición de pertenecer a ellas. La realidad era muy diferente y estos personajes lo único que hacían era solapar las verdaderas intenciones de sus instintos criminales utilizando las reglas que prevalecían entre los que, por verdadera fe, se vinculaban a esas creencias. En sus casos se integraban en los grupos y los empleaban como pretexto de sus fechorías, algunos tenían padrinos en la religión –babalawos- que no siempre gozaban de buena reputación entre los creyentes. Para cometer un crimen, les era fácil ampararse en la regla de los abakúas que establece la obligatoriedad de la venganza en contra del honor manchado de cualquiera de sus miembros y ello, torcidamente manejado, les permitía llegar al asesinato, lo que en el caso de algunos de los mencionados ya había sucedido.

A Emilio le iba bien en sus negocios del juego ilícito y empezó a ser conocido por esa gentuza, al extremo de que se confabuló con algunos que le recogían apuntaciones entre los adictos a los que trataba sin miramientos y con absoluta carencia de escrúpulos. En el desempeño de su actividad, los mayores dividendos se conseguían entre los fanáticos que se jugaban lo que tenían y lo que no y mientras mayor era el grado de adicción de los infelices que cifraban sus esperanzas en ganar algún premio, mayores eran sus ganancias. Emilio consideraba que por haber sido militar y ser un hombre de mundo y experiencias ganadas en la calle en medio de los peores ambientes, inspiraba respeto entre aquella cuerda de forajidos; ese fue su gran error de apreciación cuyas consecuencias jamás imaginó. Tan bien le iba, que se compró un carro usado; un Plymouth del 52 que había pertenecido a Justo el botero –así les llamaban a los que se desempeñaban como choferes de alquiler. Justo, que recién había fallecido a consecuencia de un infarto, dejó desamparada a su mujer Micaela con tres hijos pequeños; desde su muerte, el vehículo estaba estacionado frente a la que había sido su casa y en venta, a la espera de un comprador y en lo que Micaela desesperaba a consecuencia de la penosa situación en que se encontraba.

Emilio no desaprovechó la oportunidad y le ofreció a la viuda $400.00 por el carro cuyo valor era muy superior, pero inescrupuloso y abusador como era, logró sacárselo en esa cantidad; alardeaba además de su recién adquirida prestancia y se llenó de prendas que había comprado en la casa de empeños de Carusso, cuyo verdadero nombre nunca supe, porque todos se referían a él utilizando el apellido del famoso cantante y en virtud de que se aficionaba a la ópera y era poseedor de un notable torrente vocal. Por mil pesos, compró un brillante legítimo y de varios cortes montado en oro blanco que lucía en el anular de su mano izquierda y un Longines con pulsera de oro macizo que portaba en la muñeca del mismo brazo; en el índice de su mano derecha llevaba una siquitrilla, anillo en forma de “V” invertida, con un rubí engarzado en la punta y en la otra muñeca, una identificación de gruesa cadena doble con una placa en que se leía su nombre elaborado en pedrería y extraños caracteres caligráficos; del cuello le colgaba una gruesa cadena martillada de varios adarmes de peso con una medalla de Santa Bárbara, cuyos ojos eran dos pequeños brillantes. Gastaba mucho dinero en alcohol y prostitutas con las que no tenía reparo en engañar a Antonia, mientras forzaba a su hija a continuar la incestuosa relación con él. Se ufanaba de aparecer cada mañana, entre los puntos que le recogían el dinero de las apuntaciones muy bien vestido, pantalón y guayabera de hilo y unos zapatos Amadeo de dos tonos, de los que tenía varios y que Hermenegildo, el moreno limpiabotas en la esquina de su edificio, le limpiaba y pulía no menos de una vez por semana.  

No hay nada peor que la rutina y Emilio, confiado en exceso, irrespetó la aconsejable práctica de no establecer un patrón de comportamiento similar día a día. Abandonaba la casa a media mañana para ir a encontrarse con los mismos individuos, a la misma hora y en los mismos lugares, con el único propósito de colectar el dinero de las apuntaciones que introducía en un sobre de manila y dar por concluida su faena en el tiro al blanco del gallego Esparza. Allí acudía la mayor cantidad de parroquianos cuya debilidad era apostar a los terminales y la charada, que se “tiraba” no menos de tres veces por semana; luego almorzaba y subía para acostarse con Zoila a disfrutar del solaz generado por un sexo aberrante en el que después de complacerlo, ella terminaba por sacarle algún dinero que Emilio siempre cargaba en abundancia. Emilio estaba consciente de que todo lo que hacía constituía una actividad ilegal y a consecuencia de las dificultades para encontrar un lugar donde estacionarse, dejaba el Plymouth al doblar la esquina, en un baldío que otros utilizaban con el mismo fin. Para los delincuentes que venían observándolo, la reiteración de su proceder lo hizo en extremo vulnerable.

Ese día salió del prostíbulo satisfecho, la había pasado bien con Zoila y cerca de las tres, bajó las escaleras observando que cada vez la colección crecía más. El Pantera, Manquiquí y El Chorizo, agazapados al doblar del callejón y confabulados para asaltarle, le esperaban para despojarlo del dinero y las joyas. A la hora del atraco, el área de los bayús no estaba concurrida y había pocos policías; muchos de ellos preferían ser designados al lugar y aprovechar la oportunidad para disfrutar de los favores de las chicas que, con el interés de tenerlos de su parte, no les cobraban por acostarse con ellas. Al atardecer, empezaban a llegar los asistentes consuetudinarios entre los que había padres que llevaban a sus hijos a fin de que se hicieran hombres conociendo mujer por primera vez, maridos insatisfechos anhelantes de un sexo libidinoso que no conseguían en sus hogares o simplemente tipos que ante el cuerpo semidesnudo de una de aquellas displicentes servidoras sexuales, ni siquiera eran capaces de articular palabra y terminaban metiendo la mano en el bolsillo para cambiar sexo por dinero sobre chirriantes y desvencijados catres, separados por sábanas que colgaban de unos palos fijados a las paredes y donde cada quien podía escuchar, en medio de la más absoluta promiscuidad, lo que sucedía a su lado.

Emilio, con el sobre bajo el brazo, se hallaba ya sobre la esquina cuando aparecieron Chorizo y Manquiqui asiéndolo por ambos costados para obligarlo a entrar en el hueco de un zaguán y despojarlo del dinero; frente a él, Pantera lo conminó a que se lo entregara y le ordenó que hiciera lo mismo con las prendas, pero opuso resistencia y empezó a forcejear con los tres. Pantera extrajo desde la parte posterior de su cintura, el largo cuchillo de matarife que siempre cargaba y le propinó una puñalada en el costado derecho que le atravesó el hígado haciendo que se desplomara mientras se retorcía y de la herida fluía sangre en abundancia; recogieron el dinero, lo despojaron de las joyas y se perdieron entre las callejuelas para desaparecer. Todo sucedió con rapidez y cuando Tigresa se asomó al balcón con el propósito de recoger algunas sábanas que colgaban de la baranda, pudo ver el cuerpo inerme de un hombre en posición fetal en medio de un gran charco de sangre cerca de la esquina hasta donde herido de muerte había logrado arrastrarse moribundo. Tigresa comenzó a dar gritos; en eso, Zoila salió para conocer la razón de su histeria y lo encontró aterrorizado y lívido, mientras se tapaba la boca con una mano indicándole con la otra el cuerpo yerto sobre la acera.

Zoila, sin decir palabra, bajó corriendo y al acercarse, ya los curiosos rodeaban el cadáver, uno de los presentes, convencido de que estaba muerto, comentó que era Emilio el “banquero” y Zoila, abriéndose paso para convencerse, lo corroboró añadiendo que acababa de salir de su casa. Al muerto lo habían despojado del dinero y le habían robado los zapatos y todas las prendas; cuando llegó la policía, asegurándose de que en efecto el hombre estaba muerto, uno de los agentes volteó el cadáver y pudo ver la enorme herida que aún sangrante, había sido la cusa del deceso. Atribulada y en shock, Zoila observó el rostro pálido de Emilio con los ojos abiertos y desorbitados en que los estertores de la muerte le sorprendieron.

Para Antonia y Magaly era habitual que Emilio desapareciera por largos períodos y al llegar la policía para informarles lo ocurrido, no eran capaces de imaginar que jamás volvería a regresar. El oficial a cargo de la investigación les hizo saber el motivo de su presencia mostrándoles los documentos del occiso que le permitieron conocer de quién se trataba, dónde vivía y pedirles que le acompañaran a la morgue a fin de proceder al trámite de identificar el cadáver. Debido a la presencia de las autoridades, los vecinos comenzaban a amontonarse en la puerta del apartamento donde Antonia, sin poder dar crédito a lo que había escuchado, entre nerviosos paseíllos y llevándose las manos a la cabeza, se deshizo en medio de cuestionamientos y exclamaciones de desesperación. El murmullo de los que presenciaban la escena obligó a uno de los guardias a pedir silencio y reiterarle a la mujer que debía estar lista. -Ve tú, mamá, conmigo no cuentes, dijo Magaly; que para sorpresa de todos no había abierto la boca, ni de sus ojos había escapado alguna lágrima. En ese instante, rompiendo el silencio, se dejó escuchar la voz de Zenia que dirigiéndose a Magaly le dijo: no te preocupes, Maga –de ese modo solía apocoparle el nombre- yo la acompañaré. -Hija, estoy desesperada, no puedes dejarme sola en esta situación, tienes que venir conmigo. -No insistas mamá, no iré, Zenia irá contigo.

A penas sin que nadie lo notara, Magaly se retiró al interior del inmueble y se detuvo frente a la puerta de la habitación en que Emilio la sodomizaba para pensar que lo ocurrido era una especie de venganza que ella nunca hubiera sido capaz de ejecutar. Él, ya no volvería a poner sus sucias manos sobre su cuerpo, ni ella a sentir el aliento etílico de su respiración, jadeante y asquerosa, mientras la violaba y le repetía las mismas ofensas que ya no volvería a escuchar. Emilio había pagado por sus culpas y a ella, su muerte le parecía un acto de justicia providencial, hacía mucho que había dejado de verle como su padre y no sentía remordimiento por lo que pensaba, ni pena por la manera en que lo asesinaron. En lo que Antonia se preparaba para el infausto trámite de acudir a la morgue, Zenia se acercó a Magaly dejándole saber que comprendía su actitud y Antonia les comunicó que estaba lista; -te entiendo hija, no todos reaccionamos de la misma forma, ya veremos en qué termina esto, después de todo, era tú padre y sé que es difícil para ti asimilar lo ocurrido. Las dos escucharon las palabras de Antonia pensando en lo ajena que estaba de la realidad que ya Zenia conocía. Debido a la relación que había entre ellas, supo, por fin, que Magaly había dejado de ser virgen y a manos de quién.

Las investigaciones del asesinato se condujeron con rapidez y efectividad, pronto las autoridades conocieron en detalle las actividades a las que Emilio se dedicaba, logrando establecer con claridad el móvil del crimen. Descubrieron la ausencia de los principales sospechosos e indagando entre acólitos y compinches, dieron con las pistas que los llevaron a encontrar a Manquiquí refugiándose en casa de un tío en Alturas de la Lisa, suburbio situado en uno de los extremos de la barriada de Marianao. El día que lo capturaron tenía puestos los zapatos de dos tonos, blanco y avellana, de los que despojó al occiso; lo presionaron y delató el escondite de los otros dos; habían ido a guarecerse en casa de un santero padrino de fe de Pantera en Guanabacoa, al otro lado de la bahía. La mayoría del dinero y las joyas las tenían aún en su poder y como sucedía en estos casos, el juicio tuvo lugar sumariamente.

Pantera confesó, además, haber sido el autor del asesinato de un policía ocurrido durante las últimas fiestas de carnaval que aún permanecía bajo investigación y utilizando el mismo cuchillo que festinadamente empleaba para mandar al otro mundo a quien osara desafiarlo. La sentencia: quince años de privación de libertad para Chorizo y Manquiquí; los cómplices, y pena de muerte para Pantera, cuya ejecución fue llevada a cabo en las primeras horas de la madrugada del día posterior al juicio en uno de los fosos de La Cabaña. Presentes en la sala del tribunal, Antonia y  Zoila, que no se conocían, escucharon el alegato de las pruebas periciales en lo que se dio lectura al informe del forense por parte del fiscal; la defensa, de oficio, no tuvo mucho que alegar al escucharse el contenido del documento: muerte a consecuencia de la penetración de arma blanca de gran tamaño –que le fue mostrada a los presentes- por la región subcostal derecha que traspasó el hígado, órgano vital, con incisión de entrada en la  parte anterior y salida por la parte posterior, provocando daños considerables en los tejidos aledaños y una hemorragia de grandes proporciones, causa directa del fallecimiento. Era común que las mismas autoridades se encargaran de dar a conocer el cumplimiento de las sentencias filtrando convenientemente la información y que sirviera de escarmiento entre los maleantes. Los que colaboraban con Emilio, se desentendieron por un tiempo de las actividades que los relacionaban y los peores delincuentes, optaron por tranquilizarse o moverse a otros territorios. El barrio, al que Emilio creyó controlar, terminó tragándoselo y El Pantera, convertido en siniestro personaje de una historia fatal, pagó con la vida el precio más elevado por la comisión de sus fechorías. Ninguno de los dos sobrevivió a la maldad y el destino se encargó de reivindicar a sus víctimas.

Atenazadas por la severa situación de insolvencia en que Magaly y su madre se vieron, Antonia decidió irse a vivir con sus hermanas a un pequeño pueblo al sur de la provincia llamado Río Seco, muy cerca de San Nicolás. Para ella resultaba conveniente, porque allí casi nadie la conocía y pocos la recordaban y el incidente que terminó con la vida de su marido no iba a desatar comentarios. Pensando que sería de otro modo, le dio a conocer sus planes a Magaly, pero ella se negó a secundarla; Antonia terminó por regresar al mismo sitio que desde hacía años había abandonado y en el que conoció a Emilio y se había juntado con él, para dar comienzo a una sinuosa relación de amasiato consensuado.

Magaly optó por quedarse en el apartamento, aunque estaba convencida de que sería por poco tiempo, aquel lugar le resultaba insoportable y le recordaba situaciones que la sumían en estados depresivos que no era capaz de superar; decidió vender todo lo que tenía algún valor y se fue a vivir con Zenia. Para la mulata, la determinación que Magaly tomó constituía el gran colofón de su conquista, ahora la tenía todo el tiempo junto a ella y se exhibía oronda por las calles del barrio, ufanándose de ser la dueña de su voluntad y hasta se permitía celarla. Recuerdo que cada vez que nos tropezábamos, Zenia me miraba con desdén mostrando una sonrisa de satisfacción, dándome a entender que no debía molestarla, ni acercármele. Empecé a valorar mi relación con Magaly y llegué a la conclusión de que lo mejor sería distanciarme, evitar los encuentros, e hiriendo lo menos posible su sensibilidad, dejar que el tiempo se encargara del resto.

Pasaron algunos meses en los que puse empeño en conseguir tal objetivo, pero era inevitable que me la tropezara; casi siempre acompañada de Zenia que no se le separaba. Ella, que parecía entender mis intenciones, hacía lo mismo; al menos, era eso lo que yo creía. Pero una noche en que mataba el tiempo en la academia de ajedrez de la calle Galiano, apareció Lucila y se me acercó; ¡oye!, ¿Dónde has estado?, le he preguntado por ti a Leonardo y Angelito – buenos amigos míos- y me sugirieron que aquí podía encontrarte, menos mal que no se equivocaron; metió la mano en el bolsillo de su saya y sacó un papel manoseado y rugoso, era una nota escrita por Magaly en la que me proponía un encuentro en un sitio alejado del barrio, cerca del río Almendares, en el linde entre El Vedado y Miramar y si decidía aceptar, tenía que ser un viernes en la noche. No explicaba nada sobre las razones, pero recalcaba que cualquier respuesta debía ser utilizando, únicamente, la misma vía ¿Qué le digo?, era obvio que Lucila conocía el contenido de la nota y le respondí que iba a pensarlo, que la llamaría por teléfono para darle una respuesta. La nota despertó mi curiosidad y de regreso a la casa, empecé a sopesar la inconveniencia del encuentro frente al terreno ganado durante el tiempo transcurrido. El deseo de volverla a ver, saber cómo se sentía y sobre todo la interrogante de lo que pudiera suceder, doblegaron mi voluntad haciendo que me detuviera frente al primer teléfono público, echara mano de la pequeña libreta de apuntes que siempre cargaba y me comunicara con Lucila y le hiciera saber a Magaly que aceptaba su propuesta. Convenimos que el viernes, semana por medio, nos encontraríamos y por intermedio de la Celestina en que Lucila se había convertido, debía indicarme con exactitud el lugar y la hora de la cita. Le propuse a Lucila que, al siguiente día, en el mismo sitio en que me había encontrado, estaría esperando la respuesta.

Magaly me envió una segunda nota corroborándome que el viernes, al término de la semana y a las 9:00 de la noche; la esperara en la primera parada de los autobuses a la salida del paradero del Vedado y aunque el lugar me pareció extraño, pensé que quizás lo hacía para pasar inadvertida entre la gente que, en largas filas, esperaban los ómnibus de las diferentes rutas que allí se originaban. La razón de su intención era muy distinta de lo que suponía.

Llegué al lugar del encuentro con anticipación y a diferencia de lo que pensaba, no había tantas personas, estimé que probablemente se trataba de la hora. Encendí un cigarrillo y noté que mis manos estaban frías y temblorosas; mientras, acomodado en el banquillo, algunas personas se acercaban para preguntarme cuál de las rutas esperaba para hacer la fila. No, no espero un ómnibus y cuando estaba a punto de repetir lo mismo una vez más, escuché su voz. Hola, veo que sigues siendo muy puntual, miré mí reloj; eran exactamente las nueve. Cuando la tuve enfrente, me invadió la misma sensación que siempre se adueñaba de mi voluntad ante su presencia, la observé detenidamente y fue ella la que rompió el silencio con una pregunta cuya respuesta sabía de antemano: ¿Quieres acompañarme?, al ponerme en pie, las piernas me temblaban y de mi mente estaban ausentes las ideas, se me hacía difícil articular palabras y sentí temor de decirle algo que pudiera parecerle inapropiado. Caminando a mi lado y sin saber en qué momento, me había tomado del brazo para desplazarse en mi compañía. Estás preciosa, fue lo primero que se me ocurrió decirle y era cierto; respiraba el olor de su perfume y miré de cerca su rostro ligeramente maquillado, escrutando sus labios insinuantes que tan armónicamente formaban parte de su expresión. Llevaba una blusa de tul blanca con un pronunciado escote entre grandes rizos, que me permitía deslizar la mirada por la entrada de sus senos pequeños y desafiantes y la trenza color de miel reposando sobre el costado.

— Oye, estás más delgado, pero te sienta bien; tú, como siempre, elegante y bien combinado, veo que no has cambiado, ¿o me equivocó?

 — No, no; soy el mismo y a ti, ¿cómo te va?, ¿a dónde quieres ir?

Habíamos caminado poco más de una cuadra y estábamos frente al lugar en el que ella había pensado. Entonces me di cuenta de lo que pretendía, pero de nuevo se adelantó para decirme; -estoy aquí porque quiero hacer el amor contigo y ser algo más que una simple pareja que se conoce bien, si tú lo quieres, podré dejar a un lado muchas dudas y confesarte algo de lo que no estoy segura, creo que lo que te estoy pidiendo es la única alternativa para convencerme de mis verdaderos sentimientos.

La convicción de sus palabras me hizo experimentar una fuerte sensación de calor en el rostro y creí que la mejor respuesta podía ser un beso, pero cuando traté, interpuso su mano y me lo impidió. No, aún no, quiero que hablemos. Estábamos frente a la entrada discretamente flanqueada por unos viejos y enormes laureles, de uno de aquellos edificios que llamaban “posadas” y al que las parejas acudían para llevar a cabo furtivos encuentros sexuales. Con la malicia de lo que pretendía reflejada en los ojos, me tomó de la mano, observó el pórtico y desafiante, calló esperando mi respuesta. -Está muy bonita tú camisa, dijo, tratando de aminorar la tensión; ese color me encanta. Era una camisa verde botella de mangas largas estilo Manhattan, que me cortaba y confeccionaba Julio, un mulato sastre allá en el barrio, que copiaba muy bien los modelos americanos de moda. Tú también estas preciosa, volví a decirle, ¿qué quieres hacer? Aquí cerca hay un nighclub, si me invitas a tomar algo, podemos ir y conversar.

Yo conocía el lugar al que se refería, era uno de los más populares por aquel entonces y su ubicación cercana al motel le concedía la preferencia de que gozaba. A la entrada, el anfitrión que hacía las veces de capitán del salón nos dio las buenas noches abriéndonos la puerta para franquearnos el acceso; escogí una pequeña mesa, sólo para dos, en una esquina apartada y solícito, acudió un camarero que arrimó las sillas para juntarlas y tomar la orden: ¿qué les puedo ofrecer? Magaly me sugirió que estaría bien lo que yo decidiera y ordené dos rones con cola; ¡Ah!, unas “mentiritas” -ya la capacidad propia de los cubanos para satirizar la cotidianidad de sus padecimientos, se había encargado de re-bautizar el “Cuba Libre” con el apelativo que aún conserva. Muy bien, dijo el hombre, enseguida estaré de regreso.

 — Te noto tenso, estas helado, ¿te sientes bien?, ella ya se apretaba sobre mí costado cuando me decidí a poner en orden las ideas para iniciar la conversación.

— No puedo negarme a lo que me pides, dije, pero debes saber que no acepto solo por complacerte, créeme que lo deseo tanto o más que tú.

— Era lo que quería escuchar; entonces relájate y pensemos sólo en esta noche, no estoy aquí para hablar de cosas desagradables y tú, ¿qué recuerdas?

— Sólo lo bello, le respondí, comenzando a recorrer con mi mano el tejido de su trenza de la que pendía una hebilla semejando una pequeña mariposa de alas ámbar.

Al término, tropecé con el pezón erguido de su pecho y sentí la cadencia agitada de su respiración.

— ¿Te gustan?, ¿no te parecen pequeños?

 — Son maravillosos, el ideal de cualquier hombre, soy muy dichoso al poder disfrutarlos.

— Que mentirosos son ustedes, dijo sonriendo, ¿por qué no le quitabas la vista a Irenia cada vez que aparecía?, ¿acaso pensabas lo mismo que acabas de decirme?

— No es igual la lujuria que el amor, respondí.

— Entonces, ¿qué soy para ti?, ¿Acaso el amor?

Muy cercanos a los míos, sus labios me indicaron que esperaba el beso al que no volvió a negarse y encontré en ellos la dulzura que ya conocía, como si se tratara de la primera vez y en su contacto, la comunión que sólo se produce cuando el deseo, la pasión y el amor, van de la mano.

El camarero depositó los vasos sobre la mesa discretamente iluminada por una veladora azul y al momento, comenzaron a escucharse los acordes de un piano ejecutados por un músico de la noche que dejaba pasar sus mejores momentos entre anodinos e intrascendentes escenarios. Sin detenerse, interpretaba boleros clásicos de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Frank Domínguez, Juanito Márquez y otros compositores menos conocidos. Junto al piano, una intérprete — el feeling no sólo se canta, se interpreta — comenzó a dar vida a las melodías, mientras el pianista perseguía su voz y ella transitaba entre registros que alcanzaban diferentes tesituras. La mujer lo hacía muy bien y pensé que por eso estaba allí. Al concluir su presentación, el afanoso pianista continúo hilvanando acordes consecutivamente; ¿quieres bailar?, Magaly me respondió asintiendo y al rodear su cintura y tocarla para sentir su cuerpo, me convencí de que aquel lugar era inservible a fin de materializar nuestros instintos. Aquella noche ella era la dueña de la situación, de las palabras y adelantándose a mi pensamiento, como quien intuye que ha llegado el momento, dijo: llama al camarero, pide la cuenta y vámonos.

En el exterior, la noche se dejaba sentir más fría por el efecto de la madrugada, eran cerca de las dos y en lo que desandábamos el camino, la asía a mí cuerpo con el brazo tendido sobre sus hombros. Cuando llegamos frente a la puerta del motel se detuvo sin decir nada, seguramente esperaba que yo hablara: ¿es lo qué quieres?, ¿estás decidida?; volvió a responderme con otro asentimiento y me dispuse a trasponer el umbral de la doble puerta de acceso para dirigirme al tipo que atendía la recepción tras un pequeño y desvencijado mostrador. Buenas noches, el aludido desperezándose, me respondió con una especie de sermón que a fuerza de haberlo repetido muchas veces se lo tenía bien aprendido: dos horas cinco pesos, cuatro por trece y si al término del plazo no entrega la habitación, un empleado le tocará la puerta tres veces, si se quedan dormidos y no responden, no nos incumbe, el hombre tiene orden de abrir, así que ya sabe. Observe, ahí detrás están colgadas las reglas sobre la pared, pero es mi obligación dejárselas saber a todos; ¿dos o cuatro? Miré mi reloj para comparar la hora con la de uno grande que estaba a un costado y asegurarme de la sincronía; su tiempo empieza a contar a partir del momento en que le entregué la llave. Calculé que para la hora de marcharnos debían ser alrededor de las seis y pagué el importe de cuatro horas. Sabe, dijo el tipo, nunca le he visto por aquí, debe ser usted de los que no pueden gozar de intimidad en la relación con su mujer en sus propias casas por vivir entre un montón de gente; siempre quieren el máximo de tiempo, ha tenido suerte, hoy no han venido tantos y hay suficientes cuartos vacíos, de lo contrario se tendría que conformar con dos horas, si alguna vez le sucede, es fácil resolverlo y dejando escapar una risita que se me antojó burlona, agregó: sale, da una vuelta, regresa y vuelve a alquilar o de lo contrario puede venir con más frecuencia, de eso se trata, ¿no cree? Al tiempo, me entregó la llave y dijo: es el número 11, está al final del pasillo, a la derecha.

— ¿Por qué te demoraste tanto?

— Ese tipo es un parlanchín; la tomé de la mano y fuimos en busca de la habitación.

Al abrir la puerta ausculté el interior con una rápida ojeada. La cama era de tamaño matrimonial y parecía limpia, a un costado había una mesa de noche y sobre ella una lámpara coronada por una pantalla que alguna vez había sido blanca, pero que se notaba veteada y amarillenta producto del humo de los cigarrillos. A la derecha un pequeño baño de poceta, con un lavatorio y un sanitario. Observé que las manijas, elaboradas en la típica aleación de calamina, denotaban la presencia del polvillo entre blanco y verduzco representativo del moho que suele cubrirlas con el tiempo; la regadera, además, tenía visos de herrumbre causada por el efecto del agua. Lo que llamó mi atención fue la presencia de tres grandes espejos, dos a ambos lados de la cama y uno que colgaba del techo en forma de cuña enfilado al lecho, volví a mirarla y me di cuenta de que había hecho exactamente lo mismo que yo y de consuno, terminamos nuestra inspección ocular en la coincidencia de una sonrisa maliciosa y cómplice.

Me senté en el borde de la cama y extraje del bolsillo el paquete de cigarrillos, prendí uno aspirando una gran bocanada y le hice señas para que viniera a ocupar el espacio vacío, junto a mí, al otro lado de la cama; a lo que con un delicado y a la vez sugestivo movimiento del índice de su mano se negó; -date vuelta y no mires hasta que te avise, ¿me lo prometes? Adelante, tú mandas, estoy seguro de que no vas a desaparecer; la vi sonreír, y me recosté teniendo la lámpara tan cerca de los ojos, que me convencí de que casi no iluminaba con el predeterminado propósito de mantener el ambiente en penumbra. Al momento, empezó a desvestirse procurando situarse en un ángulo de la habitación en que ninguno de los espejos reflejara su imagen, de pronto vi volar frente a mí su brasier y el minúsculo blúmer de nylon color rosa, quería que tuviera la certeza de que estaba desnuda y pensando que iba a darme vuelta, la sentí acomodarse rápidamente en la cama. Ya puedes mirar, espero qué te guste lo que vas a ver. En ese momento mi excitación era total, al extremo de sentir mi masculinidad ligera y deliciosamente adolorida y presa de pálpitos incontrolables y repetidos, torpemente comencé a despojarme de la ropa tirándola al suelo, para terminar, mezclándose con la de ella.

Mirándola desnuda, no me fue posible abarcar la imagen íntegra de su piel al descubierto, suave y tersa, quería observar su mirada a la vez y descubrir sus reacciones, lo que tantas veces había imaginado resultó ser poco ante la visión de su pubis discretamente cubierto por un bello tenue, algo más oscuro que el de su cabello. Puse mis manos sobre su cuerpo recorriéndolo y me detuve en los senos perfectamente redondos de pezones erguidos que acariciaba delicadamente una y otra vez sintiendo el ritmo agitado de su pecho y los movimientos de su cuerpo que se me entregaba con displicencia, notando sus labios apretados en perentoria manifestación del deseo de que la poseyera. Hicimos el amor dos veces sin pensar cuál fue mejor y me esforcé por parecerle delicado y controlar mis instintos a pesar del deseo. Sabía que era eso lo que necesitaba a fin de convencerse que podía ser de un hombre sin que mediara la violencia y terminar haciéndolo claudicar a sus encantos. Como si me hubiera leído el pensamiento, se volteó sobre el costado mostrándome los glúteos para sentirlos al tacto en la punta de mis dedos y escucharla emitir entrecortados gemidos de placer que iban in crescendo; de pronto, sin que me diera cuenta, tuvo mi rostro asido entre sus manos y comenzó a besarme. Nuestros cuerpos sudorosos cayeron sobre el lecho y nos miramos en el espejo del techo que por primera vez nos proyectó la visión de nuestra imagen; pensé que la indiscreción del azogue que contenían estaba allí para otra clase de sexo mordaz y libidinoso y que no había servido de nada. Dime: ¿cómo te sientes?, ¿acaso debo responderte?, ¿no han sido mis caricias y la entrega suficientes? Nuevamente asintió y aprecié la felicidad del convencimiento en su mirada húmeda y henchida de satisfacción. Eché mano del reloj en la mesa de noche y bajo la luz de la lámpara, me di cuenta de que apenas nos quedaba media hora en lo que ella se incorporó para dirigirse a la regadera: ¿nos bañamos?, sin responderle, me incorporé para volver a mirar su cuerpo de proporciones maravillosas y sin exageraciones, pero en el que nada faltaba para hacer feliz a un hombre después de haberla poseído.

Mientras caminaba frente a mí, me di cuenta de que su pelo caía suelto hasta la mitad de la espalda y observé sus cortos y peculiares pasos, que conocía, aunque desde una perspectiva diferente. Bajo el agua de la regadera filtrándose entre los dos, sentí que estaba listo para entrar de nuevo en su sexo. Sé lo que estas pensando, pero no quiero que nos toquen a la puerta, nos secamos y ella se recogió el cabello húmedo en un moño que dejaba su cuello al descubierto. De pié, frente a uno de los espejos, me pidió que la ayudara con el brasier y mientras lo hacía, me convencí de que lo sucedido era algo que nos debíamos y volví a sentirme atenazado entre el deseo y la pasión. A la hora de marcharnos eché mano a un pequeño cenicero que descubrí en el baño con el nombre del lugar visible y atrapado entre el cristal del fondo y lo introduje en uno de mis bolsillos.

 — ¿Qué haces?, te puedes buscar un problema.

 — ¡Bah!, si acaso se dan cuenta será tarde, ¿no crees?

Antes de cerrar la puerta volví a mirar el lecho en desorden y pensé que algún camarero acudiría para arreglarlo. Ese era su trabajo, estaría acostumbrado y la rutina no le permitiría establecer diferencias.

Detrás del mostrador el encargado parecía más alerta que a nuestra llegada, estaba amaneciendo y esperaba por el relevo. ¿Todo bien?, preguntó, le contesté afirmativamente; me debe un peso, ¿cómo, por qué? La mayoría cargan con el cenicero, si no lo ha hecho, no me debe nada, de lo contrario, ya sabe. Le di el importe y lo miré hacer anotaciones en un libro de folios, seguramente para dejar saber al que vendría a reemplazarlo, que el 11 estaba disponible y debía ser arreglado.

 — Recuerdas que te dije que iba a confesarte algo, le escuché decir mientras caminábamos; sí, sí, lo recuerdo.

 — Por todas las terribles experiencias que he vivido y que tú conoces bien, pensé que no podría amar jamás a un hombre, ahora estoy segura de que sí. Has sido el primero en hacerme sentir como a cualquier mujer y nunca voy a olvidarlo, te lo puedo asegurar.

Al llegar a la parada en que nos habíamos encontrado, noté que los que allí estaban nos miraban como a extraños, la indumentaria nos delataba y la cercanía de nuestro abrazo, el silencio y las miradas; les hacía fácil inferir de dónde veníamos.

En eso el ómnibus apareció en la esquina, ella se levantó y yo la seguí; no, no quiero que me acompañes, me voy sola; yo insistí, pero estaba decidida a evitarlo, confundido y sin saber qué hacer, la vi subir y caminar por el pasillo del autobús hasta que se sentó recostando la cabeza sobre su mano en la ventanilla y quise creer que pensaba en lo sucedido como un paréntesis de felicidad entre las frustraciones de sus vivencias. El ruido del motor del ómnibus, amplificado en el silencio del amanecer, hizo que desapareciera calle arriba.

Amigo, me dijo uno de los que allí estaban, ¿tiene un cigarrillo?, a mi ya no me quedan.  Saqué el paquete para ponerlo a su disposición y el hombre tomó uno y lo encendió. Perdone la indiscreción, pero su novia es muy bonita, es temprano y hay pocas personas en la calle, creo que no debió dejar que se marchara sola. Me sonreí y decidí caminar de regreso para tener el tiempo necesario de convertir lo vivido en una parte inolvidable de mis recuerdos.

 

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