Recién había regresado de Isla de Pinos y entre las cosas que me
preocupaban estaba saber de Magaly; acudiendo a Lucila, con la que estaba seguro de poder
contar para que me pusiera al tanto, la llamé para encontrarme con ella. Aún no
me había visto y cuando lo hizo noté que su expresión atribulada era resultado
de mi apariencia de la que no lograba reponerme; le pregunté por Magaly y queriendo
suavizar el efecto de lo que iba a decirme, me respondió con otra pregunta: ¿acaso
no te has enterado?, -no, le respondí, ¿qué es lo que debo saber?; Magaly tuvo
un accidente muy grave, han sucedido cosas horribles en estos meses y por lo
que veo, no sabes nada. Zenia está presa, le echaron cinco años, he oído que la
internaron en Guanajay en la prisión de mujeres; se juntó con Plinio el marino
mercante, sabes quién es él, ¿verdad? sí, lo conozco, pero que tiene que ver
todo eso con Maga. Supe lo de ustedes, ella me estuvo contando; el asunto es
que Plinio traía “cosas de afuera” y se las daba a Zenia para que las vendiera
en “bolsa negra” en el apartamento; ya era como una pequeña tienda clandestina,
vendían playeras, espejuelos de sol, “pitusas” –así le llamaban a los blue
jeans- y hasta relojes, los Sicura japoneses que tanta demanda tienen, pero el
ajetreo, el entra y sale en el apartamento de Zenia, hizo que algún hijo de
puta le diera un chivatazo a la policía, vino la gente del DTI (Departamento
Técnico de Investigaciones) y cagaron con todo lo que tenía en la casa y hasta
se llevaron una lista de clientes con direcciones, teléfonos y formas de
localizarlos, a Zenia se la llevaron presa y el día que le hicieron el juicio
le presentaron un expediente engordado con informaciones falsas de testigos a
los que ni siquiera conocía. A Plinio lo expulsaron de la mercante y lo
mandaron a la flota pesquera castigado para poner término a la posibilidad de
que siga viajando al extranjero. En efecto, los de la flota de pesca eran
considerados gente de menor nivel y posibilidades y aunque debían permanecer en
los barcos arrastreros procesando la captura por meses, nunca tocaban puerto y
quienes la integraban lo hacían con el afán de poder recorrer el camino a la
inversa del que Plinio se convirtió en víctima.
— Mira, se que ella te gusta y tú a ella también, pero desde que Zenia desapareció Magaly empezó a andar con Guido.
— ¿Quién, el hijo de uno de los
feos?, Sí, sí, ese mismo, de Cayetano, el más viejo.
— Lucila, pero Guido no es su tipo; es vulgar y mal hablado, carece de educación.
Sabía que él había estado dándole vueltas, pero ella nunca le dio
oportunidad, Guido, involucrado en el asunto de la distribución de alimentos
que ya estaban racionados, siempre se las arreglaba para andar con los
bolsillos repletos de dinero y andaba sobre una motocicleta CZ de fabricación
checa en la que se exhibía por el barrio, hasta que un día vieron a Magaly sobre
la moto haciéndole compañía. El preámbulo no era muy alentador y al empezar a
darme detalles de lo ocurrido, su mirada enrojeció y parecía alterada. -Guido
murió en el accidente, dijo sin rodeos y Magaly, aunque sobrevivió, está
sufriendo tanto que no se si hubiera sido mejor que corriera la misma suerte. ¿Dónde
está?, quiero verla, le reclamé con fuerza. Ella no quiere ver a nadie, se fue
con Antonia a ese pueblo donde vive y desde que la visité en el hospital la
última vez, no he vuelto a saber nada. El día del accidente, empezó a contarme,
había llovido bastante y el pavimento estaba muy resbaladizo, iba con él en la
moto por La Rampa a gran velocidad y Guido dio un patinazo, perdió el control y
fue a incrustarse entre las ruedas traseras de un ómnibus que se encontraba
recogiendo pasaje en la parada, al término de la bajada de la calle frente al
ICP, al parecer, el chofer no sintió el impacto y comenzó a mover el vehículo
atrapando la cabeza de Guido entre las ruedas; a ella la sacaron de entre los
hierros retorcidos de la moto con una herida en la pierna izquierda sobre el muslo,
que luego le informaron a Antonia que se trataba de una fractura expuesta y
total del fémur y con quemaduras en el rostro, la montaron en un carro y la
llevaron al Calixto García, allí la sometieron a varias cirugías para salvarle la
pierna y estuvo a punto de que se la amputaran.
Fue Antonia la que me contó todo cuando fui a visitar a Magaly al hospital.
Era tan grave su situación, que no estaba permitido entrar en la sala donde
todos los internos eran personas que habían sufrido graves accidentes de
diversos tipos y solo era posible observar a los recluidos a través de un
cristal. Tenía la pierna enyesada colgando de un trapecio y varillas que la
atravesaban hasta el comienzo de la rodilla, la cabeza y la cara vendadas y ni
siquiera tuvo conciencia de que Antonia y yo la mirábamos a través del vidrio. -Ay,
Lucila, terminó diciendo Antonia, era lo que nos faltaba, primero la muerte de
Emilio y ahora esto, tan presumida que era esta niña. No supe que decirle y las
dos empezamos a llorar. Tampoco yo sabía que decir y levanté la cabeza para
mirar al infinito tratando de encontrar alguna explicación a lo que había
escuchado y reprimir la emoción. -Sé que debe ser difícil para ti, dijo Lucila
apretándome el hombro, pero debes pensar que ese era su destino y nada podemos
hacer.
Luego, la pasaron a una sala de recuperación y fui a visitarla nuevamente,
estaba desconsolada y no quería hablar; por una abertura en el yeso le suministraban
un tratamiento de antibióticos que, según le comunicó el médico a Antonia, de
no resultar favorable, aún persistía la posibilidad de la amputación a la
altura de la cadera; estaban tratando de controlarle una infección en la herida
y una potencial gangrena. Finalmente lograron salvarle la pierna, pero el
cirujano le advirtió que su movilidad iba a quedar reducida en un cincuenta por
ciento y la pierna algo más corta que lo normal y, en consecuencia, debía
caminar apoyándose en unas muletas durante largo tiempo o quizás por vida; las
cicatrices de las quemadas en el rostro eran severas y muy notables y ella
estaba convencida de que nunca volvería a ser la misma. Entre un llanto
desconsolado que hacía difícil entender lo que me decía, fue capaz de repetirme
varias veces que no quería ver a nadie, ni que la vieran y que al darle el alta
se marcharía con Antonia a Río Seco. -Mira, es sólo un favor que te pido en su
nombre, no insistas y trata de complacerla, le ocasionaras una gran pena, trata
de recordarla como la conociste. En el barrio nadie volvió a comentar lo
sucedido y al enterarme de que se había marchado con la madre a casa de las
tías, me aparecí en el negocio de los “Tres Feos”, así se llamaba el lugar que
los tres hermanos venidos de Pinar del Río, habían establecido para hacerlo
gozar de la popularidad entre los parroquianos, le di el pésame a Cayetano por
la muerte de su hijo y él, que aún no se recuperaba, me preguntó por Magaly;
está destrozada, le respondí, me han contado que se marchó al campo a vivir con
su madre y sus tías; ¿y tú, que piensas hacer?, preguntó. Aún no lo sé, creo que lo mejor será dejar
pasar el tiempo.
No hubiera querido volverla a ver, pero no tuve esa suerte. Aquel día iba de
pasajero en un ómnibus repleto de personas con destino a la playa de Marianao con
el propósito de encontrarme con un grupo de amigos en el Coney Island, un gran
parque de atracciones que había en el lugar y pasar un buen rato, la guagua — así le llamamos los cubanos a los transportes colectivos — se detuvo en la
parada del Calixto García y sentada en el banquillo, acompañada de Antonia,
estaba ella. La mujer que conocí se me mostraba convertida en un guiñapo y su
vestimenta era sólo un pretexto para evitar la desnudez, el pelo endurecido y
recogido en una cola en el extremo por una cinta gruesa de color negro y mal
atada y lo peor; la pierna, que se le había secado, atravesada por los metales
de aparatos ortopédicos sobre una piel amarillenta y lisa que de la rodilla
hacia abajo movía dificultosamente y sin voluntad para apoyarse en dos muletas
de aluminio que a duras penas le permitieron ponerse en pié; en la parte
izquierda del rostro las horribles cicatrices de las quemaduras que de seguro
no la abandonarían por el resto de sus días.
Comprendí cuánta razón había tenido Lucila al aconsejarme que no volviera a
verla. Me encogí lo más que pude en el asiento observando como le cedían el
paso al concitar lástima entre los que se dirigían a tomar el ómnibus detrás
del mío. Descendí en la próxima parada y me fui al lugar donde todo había
ocurrido; lo menos importante en ese momento eran los amigos que se quedaron
esperándome, mi ánimo abatido por la imagen de lo que acababa de presenciar
solo hubiera servido para echarles a perder el día. Estuve largo rato de pié e
inmóvil, recostado a una columna sin que nadie pudiera sospechar la razón de mi
presencia en aquel lugar, convencido de que si la hubieran sabido no sería
importante. No volví a verla, ni a saber de ella y con el tiempo pude llegar a
recordarla como quise, abstraerme de todo y convertir su recuerdo en la imagen
de su belleza invulnerable. Yo, también estaba en deuda con ella, nunca supo
que fue mi primer amor.
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