domingo, 23 de marzo de 2025

TIEMPOS DIFÍCILES (Trilogía III)

 

Recién había regresado de Isla de Pinos y entre las cosas que me preocupaban estaba saber de Magaly; acudiendo a Lucila, con la que estaba seguro de poder contar para que me pusiera al tanto, la llamé para encontrarme con ella. Aún no me había visto y cuando lo hizo noté que su expresión atribulada era resultado de mi apariencia de la que no lograba reponerme; le pregunté por Magaly y queriendo suavizar el efecto de lo que iba a decirme, me respondió con otra pregunta: ¿acaso no te has enterado?, -no, le respondí, ¿qué es lo que debo saber?; Magaly tuvo un accidente muy grave, han sucedido cosas horribles en estos meses y por lo que veo, no sabes nada. Zenia está presa, le echaron cinco años, he oído que la internaron en Guanajay en la prisión de mujeres; se juntó con Plinio el marino mercante, sabes quién es él, ¿verdad? sí, lo conozco, pero que tiene que ver todo eso con Maga. Supe lo de ustedes, ella me estuvo contando; el asunto es que Plinio traía “cosas de afuera” y se las daba a Zenia para que las vendiera en “bolsa negra” en el apartamento; ya era como una pequeña tienda clandestina, vendían playeras, espejuelos de sol, “pitusas” –así le llamaban a los blue jeans- y hasta relojes, los Sicura japoneses que tanta demanda tienen, pero el ajetreo, el entra y sale en el apartamento de Zenia, hizo que algún hijo de puta le diera un chivatazo a la policía, vino la gente del DTI (Departamento Técnico de Investigaciones) y cagaron con todo lo que tenía en la casa y hasta se llevaron una lista de clientes con direcciones, teléfonos y formas de localizarlos, a Zenia se la llevaron presa y el día que le hicieron el juicio le presentaron un expediente engordado con informaciones falsas de testigos a los que ni siquiera conocía. A Plinio lo expulsaron de la mercante y lo mandaron a la flota pesquera castigado para poner término a la posibilidad de que siga viajando al extranjero. En efecto, los de la flota de pesca eran considerados gente de menor nivel y posibilidades y aunque debían permanecer en los barcos arrastreros procesando la captura por meses, nunca tocaban puerto y quienes la integraban lo hacían con el afán de poder recorrer el camino a la inversa del que Plinio se convirtió en víctima.

— Mira, se que ella te gusta y tú a ella también, pero desde que Zenia desapareció Magaly empezó a andar con Guido.

— ¿Quién, el hijo de uno de los feos?, Sí, sí, ese mismo, de Cayetano, el más viejo.

— Lucila, pero Guido no es su tipo; es vulgar y mal hablado, carece de educación.

Sabía que él había estado dándole vueltas, pero ella nunca le dio oportunidad, Guido, involucrado en el asunto de la distribución de alimentos que ya estaban racionados, siempre se las arreglaba para andar con los bolsillos repletos de dinero y andaba sobre una motocicleta CZ de fabricación checa en la que se exhibía por el barrio, hasta que un día vieron a Magaly sobre la moto haciéndole compañía. El preámbulo no era muy alentador y al empezar a darme detalles de lo ocurrido, su mirada enrojeció y parecía alterada. -Guido murió en el accidente, dijo sin rodeos y Magaly, aunque sobrevivió, está sufriendo tanto que no se si hubiera sido mejor que corriera la misma suerte. ¿Dónde está?, quiero verla, le reclamé con fuerza. Ella no quiere ver a nadie, se fue con Antonia a ese pueblo donde vive y desde que la visité en el hospital la última vez, no he vuelto a saber nada. El día del accidente, empezó a contarme, había llovido bastante y el pavimento estaba muy resbaladizo, iba con él en la moto por La Rampa a gran velocidad y Guido dio un patinazo, perdió el control y fue a incrustarse entre las ruedas traseras de un ómnibus que se encontraba recogiendo pasaje en la parada, al término de la bajada de la calle frente al ICP, al parecer, el chofer no sintió el impacto y comenzó a mover el vehículo atrapando la cabeza de Guido entre las ruedas; a ella la sacaron de entre los hierros retorcidos de la moto con una herida en la pierna izquierda sobre el muslo, que luego le informaron a Antonia que se trataba de una fractura expuesta y total del fémur y con quemaduras en el rostro, la montaron en un carro y la llevaron al Calixto García, allí la sometieron a varias cirugías para salvarle la pierna y estuvo a punto de que se la amputaran.

Fue Antonia la que me contó todo cuando fui a visitar a Magaly al hospital. Era tan grave su situación, que no estaba permitido entrar en la sala donde todos los internos eran personas que habían sufrido graves accidentes de diversos tipos y solo era posible observar a los recluidos a través de un cristal. Tenía la pierna enyesada colgando de un trapecio y varillas que la atravesaban hasta el comienzo de la rodilla, la cabeza y la cara vendadas y ni siquiera tuvo conciencia de que Antonia y yo la mirábamos a través del vidrio. -Ay, Lucila, terminó diciendo Antonia, era lo que nos faltaba, primero la muerte de Emilio y ahora esto, tan presumida que era esta niña. No supe que decirle y las dos empezamos a llorar. Tampoco yo sabía que decir y levanté la cabeza para mirar al infinito tratando de encontrar alguna explicación a lo que había escuchado y reprimir la emoción. -Sé que debe ser difícil para ti, dijo Lucila apretándome el hombro, pero debes pensar que ese era su destino y nada podemos hacer.

Luego, la pasaron a una sala de recuperación y fui a visitarla nuevamente, estaba desconsolada y no quería hablar; por una abertura en el yeso le suministraban un tratamiento de antibióticos que, según le comunicó el médico a Antonia, de no resultar favorable, aún persistía la posibilidad de la amputación a la altura de la cadera; estaban tratando de controlarle una infección en la herida y una potencial gangrena. Finalmente lograron salvarle la pierna, pero el cirujano le advirtió que su movilidad iba a quedar reducida en un cincuenta por ciento y la pierna algo más corta que lo normal y, en consecuencia, debía caminar apoyándose en unas muletas durante largo tiempo o quizás por vida; las cicatrices de las quemadas en el rostro eran severas y muy notables y ella estaba convencida de que nunca volvería a ser la misma. Entre un llanto desconsolado que hacía difícil entender lo que me decía, fue capaz de repetirme varias veces que no quería ver a nadie, ni que la vieran y que al darle el alta se marcharía con Antonia a Río Seco. -Mira, es sólo un favor que te pido en su nombre, no insistas y trata de complacerla, le ocasionaras una gran pena, trata de recordarla como la conociste. En el barrio nadie volvió a comentar lo sucedido y al enterarme de que se había marchado con la madre a casa de las tías, me aparecí en el negocio de los “Tres Feos”, así se llamaba el lugar que los tres hermanos venidos de Pinar del Río, habían establecido para hacerlo gozar de la popularidad entre los parroquianos, le di el pésame a Cayetano por la muerte de su hijo y él, que aún no se recuperaba, me preguntó por Magaly; está destrozada, le respondí, me han contado que se marchó al campo a vivir con su madre y sus tías; ¿y tú, que piensas hacer?, preguntó.  Aún no lo sé, creo que lo mejor será dejar pasar el tiempo.

No hubiera querido volverla a ver, pero no tuve esa suerte. Aquel día iba de pasajero en un ómnibus repleto de personas con destino a la playa de Marianao con el propósito de encontrarme con un grupo de amigos en el Coney Island, un gran parque de atracciones que había en el lugar y pasar un buen rato, la guagua — así le llamamos los cubanos a los transportes colectivos — se detuvo en la parada del Calixto García y sentada en el banquillo, acompañada de Antonia, estaba ella. La mujer que conocí se me mostraba convertida en un guiñapo y su vestimenta era sólo un pretexto para evitar la desnudez, el pelo endurecido y recogido en una cola en el extremo por una cinta gruesa de color negro y mal atada y lo peor; la pierna, que se le había secado, atravesada por los metales de aparatos ortopédicos sobre una piel amarillenta y lisa que de la rodilla hacia abajo movía dificultosamente y sin voluntad para apoyarse en dos muletas de aluminio que a duras penas le permitieron ponerse en pié; en la parte izquierda del rostro las horribles cicatrices de las quemaduras que de seguro no la abandonarían por el resto de sus días.

Comprendí cuánta razón había tenido Lucila al aconsejarme que no volviera a verla. Me encogí lo más que pude en el asiento observando como le cedían el paso al concitar lástima entre los que se dirigían a tomar el ómnibus detrás del mío. Descendí en la próxima parada y me fui al lugar donde todo había ocurrido; lo menos importante en ese momento eran los amigos que se quedaron esperándome, mi ánimo abatido por la imagen de lo que acababa de presenciar solo hubiera servido para echarles a perder el día. Estuve largo rato de pié e inmóvil, recostado a una columna sin que nadie pudiera sospechar la razón de mi presencia en aquel lugar, convencido de que si la hubieran sabido no sería importante. No volví a verla, ni a saber de ella y con el tiempo pude llegar a recordarla como quise, abstraerme de todo y convertir su recuerdo en la imagen de su belleza invulnerable. Yo, también estaba en deuda con ella, nunca supo que fue mi primer amor.

 

 

 

       

                                                                                                      

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