martes, 30 de septiembre de 2014

FUGA FRUSTRADA.


Sobre un estrecho espacio de tierra entre agua y que como punta de daga hincaba el permanente ajetreo del mar, estaba mi casa.

Era el único lugar que aún me parecía aceptable. Deseaba, sino poder permanecer siempre allí, al menos hallarme en él el mayor tiempo posible. Salir del purgatorio atenazador que el ambiente de mi trabajo representaba, era casi una obsesión atizada por la obligación y la cotidianidad.

En realidad vivía dos vidas sin poder desentenderme del todo de la omnipresencia del Estado que asoma su ojo de Polifemo multiplicado por miles y que siempre está ahí para impedir que pueda suceder algo diferente.

Ya, y por los tiempos de esta historia, no me importaba demasiado que me contaran entre los apáticos; lo peor es que la apatía establece una especie de conducta entre los detractores que es inversamente proporcional a la desidia.

Desde mi portal, podía ver el mar en constante comunión con la arena de la playa y al fondo, desde mi patio, observar el agua de la que erróneamente llaman la laguna; especie de caleta que por intermedio de dos canales se comunica con el exterior.

Aquel, mi entorno, en situación normal podía haber sido paradisíaco, pero por razones ajenas a mi voluntad y a sus características, no lo era. Donde terminaba “la laguna” había un puesto de la policía y además, la pareja de guardafronteras, rifle en ristre, impedía que un enemigo que nunca apareció y que debía venir del exterior, era la supuesta razón de su constante ir y venir.

Otras eran las razones y aunque muchos lo sabían, nadie se atrevía a ponerlo públicamente en duda. Los pocos que tenían la autorización de poseer una pequeña chalupa, debían fondearla en el espigón al fondo de la “demarcación” (la estación de policía), contar con un permiso para usarla y no alejarse más allá del primer canto del veril durante un período de tiempo que no estaba fijado por los navegantes; era potestad de los defensores de la soberanía.

Aquella noche estábamos sentados en el portal cuando frente a nosotros pasó un grupo de siete jóvenes, cinco hombres y dos mujeres, calculé que ninguno debería rebasar los veinticinco años. Iban en silencio, en fila de a uno y cargaban pequeños morrales de confección casera.

-Oye, esta gente no es de aquí, nunca los he visto antes.

-Probablemente vienen a pescar, me respondió mi mujer.

¿A pescar? Aquí no se pesca nada y esto me parece bien extraño.

-Tú siempre pensando lo que no es, mira; es tarde, vamos a dormir, no pasa nada.

El primer canalizo que comunicaba la playa con “la laguna” nos quedaba a unos escasos trescientos metros de la casa y esa era la dirección en que se habían desplazado los forasteros. Mi mujer se fue a dormir y yo me quedé preparando los materiales para mis clases del siguiente día; aunque ello fue más que todo, un pretexto para quedarme observando.

Uno de aquellos chapines partía el agua quieta de “la laguna” en dirección al canalizo y sobre él, la fantasmagórica presencia de un remero que con un solo remo, hacia que se desplazara en silencio. Luego me percaté de que, por la popa, otro la empujaba mientras nadaba impulsado por el movimiento de los pies. Era probable que usara patas de rana. Concluí que se estaban robando el bote y que se trataba de la misma gente que unas horas antes habíamos visto pasar frente a nosotros.

Traté de despertar a mi mujer y ponerla al tanto de lo que había visto. No me fue posible, yacía en el sopor de un  profundo sueño y ya era de madrugada, pensé que era abusivo forzarla; sólo en unas horas debía estar en pié, despertar a nuestro hijo para llevarlo a la escuela y seguir rumbo a su trabajo.

Hacía mucho calor aquella noche y al interior del inmueble se concentraba en una densidad húmeda y pegajosa que no era dable paliar en proporción. Un vaso de agua era la forma más socorrida para tratar de conseguirlo.

Pasó otra hora más que traté de utilizar en mi provecho sentado frente a la Remington del 57, cuya misma cinta había sido sometida al proceso manual del entintado y que ya no respondía; se estaba deshilachando por sus bordes y mientras los tipos la golpeaban, iba dejando en las cuartillas el alma de su tejido en huellas atroces e impresentables.

De pronto, el tiroteo; sonaban los disparos en ráfagas de AKM y corrí a la habitación donde ya mi mujer se había despertado, luego al otro cuarto en el que dormía mi hijo de seis años recién cumplidos y todos nos tiramos al piso. Los disparos no cesaban y en la habitación, entre cuyas paredes su eco se amplificaba, se hizo una claridad artificial que el fuego en las bocas de los cañones estaba generando.

-Por Dios Pepe, ¿qué está pasando?

- Creo imaginarlo, le respondí.

Pero tenía la certeza y de cúbito supino nos restregábamos los tres, agarrándonos las manos, sobre las frías baldosas.

Luego otras ráfagas y unos disparos de armas cortas, identificables por su espaciada cadencia, después el silencio seguido por el ruido de motores de vehículos en marcha. Corriendo a la ventana del frente, mi mujer y yo alcanzamos a ver el camión de guardafronteras con su carga de guardias y sus prisioneros. Al tiempo, carros de la policía desplazándose a oscuras y en silencio, con el único propósito de que nadie se aventurara a salir de sus casas a curiosear.

-¿Crees que hayan matado a alguien?

-No lo sé, ya nos enteraremos, lo que pasó fue aquí, en el canalizo, al lado de la casa de René –era la última y en la misma punta de la daga- el tiene que saber.

Cuando todo regresó a la normalidad, siempre y habitualmente en medio de anomalías sin respuesta, volví a mirar a “la laguna” para tratar de contagiar mi atribulado espíritu observando la quietud, casi inmutable y soporífera del agua oscura y en apariencia, estática.

-Mira, mira. Mi mujer vino a observar. Vez aquella cabecita que viene nadando hacia la orilla. Nadaba de pecho como para hacer menos ruido y partiendo el agua en “V” como cuando los peces se desplazan muy cerca de la superficie.

Alcanzó la orilla, que allí estaba conformada por un pedregal resbaladizo y cubierto de musgo. Estaba totalmente vestido y rezumando agua de toda su maltrecha indumentaria.

-Este tipo se les escapó, le dije a mi mujer

- ¿Y qué crees que hará?

- No sé, es muy probable que lo agarren, depende dónde se esconda, luego tiene que secarse y esperar a que amanezca para salir de aquí.

Al día siguiente regresé muy tarde, algo que evitaba pero las dificultades de transportación, con frecuencia me lo impedían. Eran pasadas las once de la noche y ya mi mujer estaba al tanto de los pormenores de toda la historia.

-Tenías razón, era el grupo que pasó frente a nosotros; se robaron una lanchita para tratar de irse ilegalmente…

-Te lo dije. ¿Y qué pasaría con el tipo que vimos salir del agua?

-Eso es lo más interesante. Se metió en casa de Dora –era una morena curentona que vivía sola a pesar de tener varios parientes en el pueblo. Ella lo ayudó, le prestó ropa de alguno de sus maridos y antes de irse, para entregarse según le dijo, le explicó que en medio del tiroteo se metió debajo del bote mientras sacaba la cabeza hasta la nariz para respirar. No lo descubrieron.

Cuando se llevaron a los demás y antes de que vinieran a recoger la ahora maltrecha chalupa, logró escabullirse. Dora narró el resto de la intentona en versión que de seguro se vería engrosada por la vox populi y su inseparable dosis de imaginación.

Eran de Marianao, de un barrio marginal cuyo nombre lo dice todo: Palo Cagao y, según la misma Dora, el que escapó iba a presentarse porque se percató de que en su jolongo, dentro del bote, estaba su carnet de identidad.

-¿Eres bobo, o qué?  ¿Para qué cargabas con él?

-Bueno señora, contaba Dora que le respondió, era la única forma de identificarme cuando llegara a La Yuma.

José A. Arias Frá
En: Cuentos de la Memoria Intrusa

 

   

 

 

 

 

   

   

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