El hábito de sentarse frente al mar era uno de los peores vicios de aquel tipo; nadie sabía que pretendía, que podía encontrar acompañado de la soledad frente al cegador reflejo de los rayos del sol sobre el agua en las mañanas o el hilo plateado de luz que como cono iba del destello más cercano al infinito cada noche sin respuestas - era lo más probable. Para los que conocían de aquella adicción sin ser capaces de distinguir que, aún en las noches, estaba sobre el mismo arrecife, especie de potro de suplicio y tortura de los gluteos en los que ya había perdido toda sensibilidad, estaba loco. Eso era lo de menos, porque seguía un plan que había trazado en su mente; para él, no había confidentes capaces de traicionarlo; ya había pasado por eso y siempre recordaba cuanta razón tenía aquella mujer que un día amaneció a su lado, fría y en una postura hierática, con la mirada inexpresiva de unos ojos exageradamente abiertos y sin pestañar, muerta: ...recuerda, solía advertirle en tono de sentencia, no hay secreto posible si es entre dos. Que se llegara a pensar que lo suyo fuera locura era parte del plan y por ello se abrigaba en el calor de ropajes viejos y raídos durante el verano del trópico o aparecía desafiando la frialdad de la otra estación en aquel lugar en que solo dos eran perceptibles con el torso descubierto; en fin, se había acostumbrado y a nadie le parecía extraño que el loco de la playa (sin arena, sin turistas ni curiosos, ni testigos, sin sombrillas, ni kioscos) que se miraba distante -y equidistante de todos - volviera a su lugar cada día. Pero desapareció y nadie volvió a verlo; a decir verdad, tras las primeras impresiones que deja un ser que era de sal como la mujer de Lot nadie volvió a preguntar, algunos echaron a rodar la versión, no confirmada, de que se fue sumergiendo en el agua para correr la suerte de los que carecen de la capacidad de ser anfibios y...morir, pero a él nadie le dedicó canciones ni poemas, en fin, no era verdad. El último día que fue visto hubo demasiado viento y la espuma en el crespo de las olas salpicaba las piedras y la noche de menguante hizo de la oscuridad un velo capaz de esconder cualquier objeto visible. Lo sabía, estaba seguro de que había construido la mejor coartada y el día en que encontraron a la previsora mujer hacía mucho que no sabían de él, algo que no había sucedido porque nunca estuvo entre los que la tierra se tragó...¿fue el mar?; no había nadie dispuesto a encontrarlo, ni cómo buscarlo. Su crimen hasta hoy, a saber, sigue siendo perfecto.
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